Hora Extra - Cap 006 - Ruan
El martes es el error de diseño más grosero del calendario gregoriano. El lunes tiene la dignidad del trauma: arranca la semana, todo el mundo sufre por igual, hay un consenso general de miseria. El miércoles es la bisagra. El jueves es la víspera y el viernes es la gloria. ¿Pero el martes? El martes es tiempo muerto a escala planetaria. No sirve para nada. Es la sala de espera de la semana.
Me senté en el banco gris de la plaza San Martín. Enzo ya estaba ahí, por supuesto. A las 14:15, él es más constante que la inflación. Estaba mirando un punto fijo en el pasto reseco.
—Las aves no son reales —solté, sin “hola”, sin preámbulo.
Enzo parpadeó despacio, apartó la vista del pasto y me miró con una calma que me dio ganas de tirarle el cuaderno de Contabilidad por la cabeza.
—Ah —dijo—. Entramos en esa fase del delirio. ¿Te pegó el sol en la nuca o desayunaste lavandina?
—Pensalo empíricamente, Ludovisi. Sacate el filtro de Humanidades un segundo. ¿Alguna vez viste una paloma bebé?
—No salgo a buscar nidos, Ruan. Tengo una vida… más o menos.
—Nadie vio una paloma bebé, Enzo. Porque no nacen, se ensamblan. Las aves murieron en los años ochenta por la contaminación. El gobierno las reemplazó por drones de vigilancia con cobertura de plumas sintéticas.
Enzo suspiró, cerró el libro que no estaba leyendo y se cruzó de brazos.
—Claro. Y se paran en los cables de alta tensión porque les gusta la vista.
—¡No! ¡Se paran en los cables para recargar las baterías por inducción electromagnética! —le apunté con el dedo, triunfal—. Es el crimen fiscal perfecto. Usan la red eléctrica pública para financiar espionaje civil. Por eso siempre hay palomas cerca de los bancos y las plazas. Recopilan datos de consumo.
—El mes pasado una paloma me cagó en el hombro, Ruan. ¿Qué clase de aceite industrial me tiró encima entonces? ¿Líquido de frenos con obsolescencia programada?
—Ese es el sistema de desecho de hardware dañado. O marcaje de objetivos. Seguramente te ficharon por leer a Cortázar en la vía pública.
Enzo se rió por lo nariz y volvió a mirar el pasto. El silencio duró exactamente los cinco segundos que tardó mi cerebro en hacer sinapsis hacia otra dirección aleatoria.
—¿Qué tan bien sabés tocar la guitarra?
—¿Qué? —Enzo ladeó la cabeza—. ¿Cómo pasaste de la CIA emplumada a mi habilidad musical?
—Asociación libre. Los cables de luz me recordaron a las cuerdas, las cuerdas a la vibración, y me acordé de que en la isla desierta dijiste que llevarías una guitarra. ¿Sos un siete, un ocho? Cuantifica tu talento.
—Depende. En la escala del fogón de campamento, donde el objetivo es que la gente cante y no escuche mis errores, soy un ocho. En la escala de un conservatorio de música clásica, soy un simio con dos ramas intentando abrir un coco.
—¿Podés tocar Wonderwall?
—Todo el que tiene pulgares oponibles puede tocar Wonderwall. Es el impuesto inflacionario de agarrar una guitarra. Yo voy más por la bossa nova. Acordes disminuidos. Ritmo irregular pero fluido.
—Bossa nova… —saboreé la palabra—. Música de ascensor para gente que finge saber de vinos.
—Música de cadencia, ignorante. Se trata del ritmo al caminar, no de la velocidad. Es la suspensión del tiempo entre una nota y otra. Es como…
Enzo se detuvo. Nos miramos. El aire se cargó con esa energía telepática que solo la pubertad y el aburrimiento crónico pueden generar.
—Carolina —dijimos los dos al mismo tiempo.
—Hoy no trajo la falda escocesa —anuncié con voz de corresponsal de guerra, derrotado—. Pantalón de vestir oscuro. Pinzado.
—Una tragedia griega —asintió Enzo, frotándose la frente como si le doliera físicamente—. El pantalón pinzado oculta el cimiento. Destruye la línea arquitectónica de la pierna y la reemplaza por tela flotante. Es un crimen de lesa humanidad.
—Discrepo, Enzo. Macroeconomía básica —levanté un dedo—. Oferta restringida. Al tapar la pierna, restringe el mercado visual y aumenta exponencialmente el valor de la imaginación. El misterio es un valor agregado. El pantalón pinzado ajusta en la cintura y después cae suelto… resalta el centro de gravedad.
—El maldito centro de gravedad de nuevo —gruñó Enzo—. Sos un fanático del busto y la cintura, Carcasona. Yo necesito ver cómo la rodilla articula el paso de la profesora de Literatura, y hoy el Ministerio de Educación me lo negó.
—Seguía caminando con ese ritmo de Bossa nova que tanto te gusta igual. Tac, tac, tac. Tacos de cinco centímetros. Perfecta optimización del esfuerzo articular.
—25 años, Ruan. Esa resistencia física solo puede venir de un cuarto de siglo de vida, donde la esperanza aún amortigua los impactos contra el suelo.
—¡26! —grité casi ofendido—. Te dije que la crisis del cuarto de siglo ya la pasó. Hoy entró a la sala de profesores frotándose las sienes. Ese gesto tiene CUIT propio y empieza a los veintiséis. El dolor de cabeza del docente que no llega a fin de mes no conoce la juventud.
—Yo creo que le dolía la cabeza por tratar de encontrarle el sujeto tácito a las redacciones de tus compañeros de Economía.
Pasó un tipo en bicicleta a toda velocidad, casi atropellando a una paloma que estaba picoteando un envoltorio de alfajor. La paloma dio un saltito, aleteó un poco y volvió a bajar.
—Mirala —susurré—. Los servos de las alas le fallaron por un microsegundo. Tienen que ajustar el software de evasión de ciclistas en el próximo parche.
—Ruan, las palomas cagan, mueren, se reproducen y tienen miedo.
—Exactamente lo que el gobierno quiere que creas.
—Si el gobierno fuera tan eficiente para fabricar pájaros falsos, mi colectivo pasaría a horario —sentenció Enzo, aplicando una lógica tan aplastante que mi teoría se tambaleó por un segundo.
Señaló hacia el horizonte. La mole roja del 132 ya estaba cabeceando en el asfalto derretido, a unas cuatro cuadras de distancia.
—Hablando de transporte deficiente —Enzo se colgó la mochila sobre un hombro, usando el movimiento de siempre—. Ya llega el salvador de mis tardes martesinas.
—Martesianas, marcianas. Martes de la obsolescencia.
—Como sea. Tratá de no desarmar una paloma para ver qué tiene adentro. Mi consejo de abogado honorario (por hermana) es que no vas a poder explicarle a la policía de la ciudad que estabas buscando baterías AA en un animal vivo.
—Es que no está vivo, Enzo. Todo es una simulación impositiva.
—Y la guitarra de la isla desierta también, Ruan.
Se levantó. Yo no me moví.
—Che, Ludovisi —lo llamé antes de que llegara al cordón de la vereda. Se dio vuelta—. Si mañana Carolina viene con la falda otra vez… ¿El mercado de los cimientos se estabiliza o entra en burbuja especulativa?
Enzo me dedicó una sonrisa de medio lado, la de un sabio que acaba de descubrir el fuego pero sabe que se va a quemar.
—Entramos en hiperinflación visual, hermano. Yo que vos voy invirtiendo en atención.
El 132 frenó, Enzo subió, pagó y desapareció hacia el fondo.
Suspiré, estirando los brazos. Martes. Un día donde las aves eran drones, las profesoras de veintiséis años dictaban el ritmo del universo y la música se reducía a no pasar vergüenza en un fogón. Absolutamente nada útil, absolutamente nada productivo.
Me levanté, miré la persiana del “Café de las Flores” de enfrente y me preparé mentalmente.
Quizás hoy podría convencer a mi prima Zurin de que su celular también la espía. Total, tiempo para matar era lo único que sobraba.