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c/LiteraturaESP by u/fictograma 2h ago fictograma.com

Cuando Mateo se fue

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Karina caminaba preocupada, con la mirada fija en el pavimento.\
“Dios, espero encontrar hoy alguna moneda… espero también encontrar algún trabajo”, pensaba mientras avanzaba por las calles frías de la ciudad.

Su mayor deseo era ser profesora. Le gustaban los niños; quería cuidarlos, enseñarles sus primeras letras, escuchar sus risas y jugar con ellos. Tenía experiencia como niñera. Mateo se llamaba el niño al que había cuidado durante casi dos años.

Mateo vivía con su madre y su padrastro. Ellos tenían un negocio y además alquilaban otra tienda. La vida para esa familia parecía cómoda desde afuera, pero dentro de la casa nunca había paz. Las discusiones eran constantes y, muchas veces, terminaban en fuertes peleas.

Cuando eso ocurría, Karina llevaba a Mateo a la habitación y trataba de distraerlo con juegos para que no escuchara los gritos. Él apenas era un niño pequeño y todavía veía el mundo con inocencia.

Su hermanastro lo odiaba. En cambio, Mateo lo amaba profundamente. Siempre quería acercarse a él, tocarle la mano o jugar juntos. Pero el muchacho respondía con brusquedad: lo empujaba, lo insultaba o lo apartaba con desprecio.

Mateo solo respondía riendo.

Quizá en su pequeña cabecita todavía no existía la maldad. Tal vez pensaba que un insulto era una invitación para jugar o que un empujón significaba cariño. En su inocencia no podía ver el odio y el resentimiento que guardaba su hermanastro.

Y quizá aquel muchacho, aun siendo también muy joven, ya había aprendido a culpar a Mateo por la separación de su madre biológica.

Trabajaba de lunes a sábado todo el día. Muchas veces su mamá tardaba en volver; otras llamaba para decir que se retrasaría. Karina ya entendía que, simplemente, llegaría tarde.

La señora le decía: “Hija, me avisas cuando llegues. Cuidado, no te pase nada; anda en taxi.”\
Nos daba almuerzo tanto a mí como a Mateo y vigilaba que ambos termináramos todo. Mateo era gordito; yo, muy delgada.\
—Hija, estás muy delgadita, tienes que comer. Quiero que termines todo —decía.

Fue una etapa bonita, que duró casi medio año.

De pronto, las peleas comenzaron a aumentar. Las discusiones eran cada vez más frecuentes. Claramente, ellos no se entendían: la pelea era por dinero, por la familia de la señora, por el alquiler del negocio… por todo. En esa casa, parecía que un día sin pelea no era un día feliz.

En los últimos días, Mateo ya estaba marcado por el miedo; en sus ojos se notaba la pena y la tristeza cuando escuchaba los gritos. Ya sabía que todo eso no era bueno.

Un día, la señora se fue a Lima junto a Mateo, cerraron el negocio y Karina se quedó sin empleo. En ese momento sintió que no solo se había quedado sin dinero, sino también sin la posibilidad de costear sus estudios y pequeños gustos, como las golosinas y la comida callejera que tanto le gustaban.

Los días siguientes continuaron normales, pero ella sintió un vacío. No sabía si a todas las niñeras les pasaba, pero sentía como si una parte de ella se hubiera ido con la señora. Sufrió por Mateo; lo extrañaba como a un hermanito menor. Él sonreía cuando llegaba, dormía en sus brazos y lloraba cuando se iba.

Nunca pensó que llegaría el día de la despedida. Creía que su trabajo duraría años, hasta que Mateo creciera y se volviera independiente, quizá incluso hasta que terminara “odiándola” o “olvidándola”.

Desde que se fue, pasó casi un año. Se preparó para la universidad, pero no logró ingresar. No sabe si fue la nostalgia, la falta de dinero o las distracciones; hay muchas excusas posibles, pero el resultado es uno solo: no sabe qué hacer con su vida.

A veces desea volver a ser niñera, y otras veces piensa que igual terminará sufriendo si se vuelve a encariñar. También piensa en buscar un trabajo a tiempo completo, pero sabe que muchos son muy demandantes y mal pagados, y que apenas alcanzaría para sus gastos básicos. Otros incluso le parecen peligrosos. Su vida se siente como una ruina, pero no quiere empeorarla más.

Ayer conoció a una amiga que le comentó sobre un trabajo como mesera en un recreo. Tal vez pueda aceptarlo. Ya no quiere descansar más; incluso teme que la pereza la haga volver a dejarlo todo.

Sus sueños de ser profesora sienten alejarse, como se alejan los recuerdos de Mateo.

A veces pregunta por él a su madre, pero ella solo responde: “Está bien”. Karina siente que quizá la mujer ya nota cuánto se apegó a su hijo, o incluso piensa algo negativo. Por eso, hace cuatro meses dejó de preguntar.

Pero no puede negar que a veces camina mirando a algún niño parecido a Mateo. Le gustaría abrazarlo y despedirse como se debe, porque la última vez se despidió de noche, de forma apresurada.

Al día siguiente, el teléfono sonó. Era la señora:

—Hija, viajaré urgente a Lima con Mateo. No te preocupes por el pago de hoy, te lo deposito. Te aviso cuando regrese. Cuídate y come, estás muy flaca, jaja.

Karina esperó semanas que le dijera que había vuelto, pero cuando llamó, la señora solo le contó que se había separado de su esposo y que ya estaba en Lima con un nuevo trabajo junto a Mateo.
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