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c/LiteraturaESP by u/fictograma 2h ago fictograma.com

Hora Extra - Cap 003 - Enzo

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El olor a pintura fresca es el perfume del optimismo burocrático. La municipalidad decidió que el verde hospital de los bancos de la plaza era demasiado alegre, así que los repintaron de un gris administrativo que, según el cartel de “Pintura Fresca” torcido, todavía tenía el poder de arruinarte el pantalón.

Por eso terminamos en las hamacas. No es la posición más digna para dos tipos de diecisiete años con mochilas que pesan como cadáveres, pero el metal frío de las cadenas es preferible a llevar una marca gris en el trasero por el resto del cuatrimestre. Yo me dejaba colgar, tocando apenas el suelo con las puntas de las zapatillas, mientras Ruan se balanceaba con una energía que me daba vértigo solo de mirar.

—Lo de los baños del tercer piso es un error de cálculo logístico —arrancó Ruan, impulsándose con las piernas como si quisiera entrar en órbita—. No podés elegir el baño que está justo al lado de la sala de preceptores. Es como intentar robar un banco entrando por la comisaría.\
—El amor no entiende de mapas, Ruan —dije, mirando cómo mis pies dibujaban arcos en la arena—. Es una pulsión irracional. Además, el tercer piso tiene esa luz fluorescente mortecina que le da un toque de cine francés.\
—Le dio un toque de “suspendidos por una semana”, Enzo. El preceptor los enganchó porque el pibe dejó la mochila afuera. ¡Afuera! Es un error de principiante. Si vas a romper las reglas, por lo menos ocultá la evidencia de que existís.\
—Capaz fue un acto fallido. El deseo inconsciente de ser atrapados para terminar con la tensión del secreto. Una catarsis romántica.\
—Fue estupidez, Enzo. En Economía eso se llama mala gestión de activos. Estás invirtiendo tu reputación en un lugar con alta tasa de auditoría.

Ruan frenó la hamaca clavando los talones, levantando una nube de polvo que me hizo estornudar.\
—Cambiando de tema, Enzo. Tengo una duda existencial que no me dejó dormir después de la clase de Contabilidad.\
—¿El sentido de la vida?\
—No, algo importante. ¿Qué podrías lanzar más lejos: una baguette o un pan naan?\
Me quedé procesando la pregunta. Me gusta cómo funciona su cabeza; es un lugar donde la física y la panadería chocan sin pedir permiso.\
—Depende del estado de la baguette —dije finalmente—. Si es del día anterior, es básicamente una jabalina. Tiene una aerodinámica longitudinal superior. Si la lanzás con el ángulo correcto, podés atravesar el pecho de un ganso a veinte metros.\
—Exacto. Pero el naan es un disco, Enzo. Es un frisbee de carbohidratos. Si le aplicás el efecto de rotación, la sustentación por diferencia de presión lo mantendría más tiempo en el aire. La baguette es un proyectil de caída balística; el naan es un planeador.\
—Pero el viento, Ruan. El naan tiene mucha superficie de arrastre. Una ráfaga mínima y se te convierte en un bumerán que no vuelve. La baguette corta el aire con desprecio. Es el misil de la gastronomía.\
—El misil que se deshace si hay humedad. El naan es elástico.\
—Si estamos en una competencia de lanzamiento de pan en una isla desierta, yo me quedo con la baguette. Sirve como arma y como remo.

Ruan se volvió a impulsar. Creeeak, creeeak, hacían las cadenas oxidadas.\
—La isla desierta. El cliché máximo —dijo—. ¿Qué te llevás? Y no me digas “una balsa”, que te tiro la hamaca en la cara.\
—Una guitarra —dije sin dudar—. Si voy a morir de escorbuto y soledad, por lo menos quiero que tenga banda sonora. Además, puedo usar las cuerdas para hacer trampas para pájaros.\
—Una guitarra es un desperdicio de espacio, Enzo. Yo me llevo un espejo gigante.\
—¿Para mirarte mientras perdés la cordura?\
—No, idiota. Para hacer señales de luz con el sol y para quemar hormigas gigantes. Y si me canso, lo rompo y tengo mil puntas afiladas para pescar. Es la herramienta multiuso definitiva.\
—El optimismo del economista. Creés que el sol va a estar siempre de tu lado. ¿Y si te toca un genio? De esos de la lámpara.\
—Esos son peores que el banco central —Ruan arrugó la nariz—. Tienen letra chica. Pedís dinero y te lo dan en monedas de un imperio desaparecido que ya no tienen valor legal.\
—Tenés que pedir deseos absolutos. Por ejemplo: “Quiero que el concepto de hambre deje de existir”. No puede haber trampa en eso.\
—El genio haría que todos nos convirtiéramos en plantas. No tendríamos hambre, pero estaríamos estancados en el suelo esperando que un perro nos mee. Hay que ser específico, Enzo. Hay que redactar el deseo con un abogado al lado.

En ese momento, el sol de la tarde fue eclipsado por una mancha roja. No era el atardecer, era el pelo de la prima de Ruan. Zurin Praag. Caminaba por el sendero de gravilla con una amiga, arrastrando los pies de esa forma que tienen los de quince años que sienten que el mundo les debe una explicación. Su pelo era un pelirrojo tan oscuro que bajo la sombra parecía caoba, lacio como una cortina de lluvia y con esos ojos azules que, efectivamente, te hacían chequear si tenías todos los órganos en su lugar.

Se detuvo frente a nosotros. No saludó. Ni siquiera hizo el esfuerzo de fingir que nos respetaba por ser dos años mayores.\
—La llave —dijo Zurin, extendiendo una mano pálida hacia Ruan.\
—Hola, Zurin. Qué lindo saludarte, ¿cómo estás? —ironizó Ruan, buscando en su bolsillo.\
—Tenemos que estudiar. El local. Ahora —respondió ella. Su voz era plana, como un electrocardiograma de alguien que ya se murió de aburrimiento.\
Ruan sacó el manojo de llaves con el llavero de una medialuna de plástico.\
—Mi vieja llega en dos horas. No rompan nada y no usen la máquina de espresso, que si la tía se entera te corta las trenzas que no tenés.\
Zurin agarró las llaves sin decir “gracias”, sin hacer contacto visual y se dio la vuelta. Su amiga nos dedicó una sonrisa de disculpa y salió corriendo tras ella.

Nos quedamos mirando cómo la mancha roja cruzaba la calle y abría la persiana del “Café de las Flores”.\
—Es aterradora —admití, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la sombra del roble.\
—Es un fenómeno climatológico con patas —coincidió Ruan—. En mi familia decimos que si Zurin te mira fijo por más de cinco segundos, se te agria la leche de la heladera.\
—¿De dónde salió el apellido Praag?\
—Ni idea. Mi tía se casó con un tipo que decía ser descendiente de aristócratas checos y resultó ser un vendedor de seguros de vida en oferta.

Volvimos al ritmo de las hamacas. El silencio de la tarde empezaba a ser interrumpido por el ruido de los primeros autos de la hora pico.\
—Che, ¿deberían las escuelas tener clases más cortas? —preguntó Ruan, volviendo a la carga.\
—Claro. Cuarenta minutos es una falta de respeto al lapso de atención humano. Deberían ser micro-dosis de quince minutos. El profesor entra, tira un dato importante, explota una bomba de humo y se va.\
—El problema es que los profesores aman escucharse. Yo creo que el sistema educativo está diseñado para los tipos que no tienen a nadie que los escuche en casa.\
—Es una terapia grupal donde nosotros somos los que pagamos la cuota con juventud perdida.\
—Yo prefiero el silencio —dijo Ruan, mirando al cielo—. A veces me satura que haya música en todos lados. Entrás al súper, música. Subís al bondi, música del chofer. Vas a cagar y el vecino tiene puesta la radio. El silencio es el nuevo lujo, Enzo.\
—El silencio es el vacío de información, Ruan. La música es el orden del caos. Sin música de fondo, te das cuenta de que el mundo suena a engranajes oxidados y gente quejándose. La música es el filtro de Instagram para los oídos.

Ruan se quedó pensando en eso, hamacándose suavemente.\
—O sea que si la vida tuviera banda sonora, ¿Carolina tendría un solo de saxo cada vez que entra al aula?\
—Obvio. Un jazz lento y sugerente. Y nosotros tendríamos una música de circo permanente.\
—¿El rojo es de verdad el contrario al azul? —saltó de tema otra vez.\
—Físicamente sí, en el espectro. Pero culturalmente me parece que el contrario del azul es el gris aburrido de estos bancos frescos. El azul es profundidad, el rojo es urgencia.\
—Yo creo que es una imposición de las marcas de gaseosa —sentenció Ruan—. Nos programaron para creer en esa dualidad. Es binarismo cromático corporativo.

Me detuve. La hamaca dejó de balancearse. Miré a Ruan, que estaba concentrado en una hormiga que intentaba subir por la cadena de su hamaca. La pregunta se me formó en la boca antes de que mi filtro de “esto es raro” pudiera detenerla.\
—¿Tu prima tiene novio?

Ruan se congeló. Su hamaca pegó un tirón brusco. Giró la cabeza hacia mí tan rápido que juraría que escuché un crujido en su cuello. Sus ojos azulados brillaron con una mezcla de sospecha, asombro y “qué carajo acabás de preguntar”.\
—¿Zurin? —preguntó, como si hubiera más de una pelirroja asesina en su vida.\
—Sí, ella.\
—¿Ehh? ¿De dónde salió esa, Ludovisi? ¿Te pegó el sol de frente o la pintura gris emite gases tóxicos?\
—Solo curiosidad estadística. Me preguntaba si alguien es lo suficientemente valiente o suicida como para intentar invitarla a comer una hamburguesa.\
—No —dijo Ruan, recuperando el aire—. No, creo que no. Al menos no uno que haya sobrevivido para contarlo. En casa lo más parecido a un novio que tuvo fue un poster de un tipo de una banda coreana al que terminó acuchillando con un marcador porque el pibe se casó.\
—O sea que el estándar de fidelidad es alto.\
—El estándar es la inexistencia de competencia. Pero en serio, Enzo… ¿por qué?\
—Me gusta el peligro —mentí, volviendo a hamacarme—. Y el rojo.

Ruan me miró un minuto más, tratando de descifrar si era un chiste de Humanidades o una declaración de guerra económica. Al final, se encogió de hombros.\
—Suerte con eso. Yo que vos voy preparando el espejo gigante para la isla desierta, lo vas a necesitar para que no te hipnotice con la mirada.

Miré la parada de colectivo. El 132 asomó su silueta de ladrillo rodante tres cuadras abajo.\
—Pasó el tiempo, che. Mi carro de sustentación arrogante se acerca.\
—Y en diez minutos llegan los dueños de la moral a abrir la cafetería —dijo Ruan, levantándose y sacudiéndose el pantalón—. Me toca ser el engranaje del sistema que odia la música de fondo.

Caminamos hacia el borde de la plaza. El olor a pintura fresca seguía ahí, recordándonos que el mundo siempre intenta ocultar lo viejo con algo que te mancha si no tenés cuidado.\
—Carolina va a estar hoy, calculo —dijo Ruan, mirando hacia el café—. Va a preguntar por qué tardé tanto.\
—Decile que estábamos analizando la balística de una baguette —sugerí.\
—Es una excusa demasiado inteligente. No me la va a creer.

Nos saludamos con un choque de palmas distraído. Me subi al colectivo, que olía a sudor colectivo y a la promesa de un viaje largo. Me senté al fondo, donde el motor vibra más. Miré por la ventana. Ruan estaba cruzando la calle, con los hombros un poco más derechos, acercándose a la cafetería donde la asesina serial de pelo rojo seguramente ya estaba usando todo el ancho de banda del wifi para algo ilegal.

Mañana sería viernes. Mañana la pintura estaría seca. Y mañana, tal vez, descubriríamos si un genio de la lámpara aceptaría un pago en cuotas. Pero sobre todo, mañana volvería a sentarme a esperar, sabiendo que el tiempo muerto solo existe para la gente que no sabe hablar de pan.
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