Hora Extra - Cap 001 - Enzo
El sol de las 14:10 tiene una saña particular en esta época del año. No es el calor radiante de las películas de verano; es un calor de cemento, de escape de colectivo y de camisa de uniforme que se te pega a la espalda como un pecado del que no te podés arrepentir.
Estaba sentado en el banco de madera de la plaza San Martín. Mi banco. El que está bajo el roble que, por algún milagro urbanístico, proyecta una sombra que no te cobra peaje. Hoy el mundo se sentía incompleto: me olvidé los auriculares cargando en la mesa de la cocina y mi libro de Cortázar parecía haber decidido que sus palabras eran demasiado densas para mi cerebro licuado por la clase de Filosofía.
Abrí el libro. Leí: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Lo cerré. Demasiado esfuerzo metafísico para un martes.
Entonces llegó él.
Ruan Carcasona. Lo ubico porque está en Economía y siempre camina como si estuviera llegando tarde a una maratón. Se sentó a mi derecha, manteniendo ese vacío sanitario de cincuenta centímetros que dicta el código de ética de los bancos de plaza.
—Enzo, ¿no? —preguntó, mirando hacia la parada de colectivos con una intensidad que sugería que podía hacer que el bondi apareciera por pura telequinesis.\
—El mismo. ¿Ruan?\
—Sí. Te olvidaste los auriculares hoy. Se nota.\
—¿Por qué? —pregunté, sin moverme—. ¿Tengo cara de estar escuchando el monólogo de la existencia?\
—Tenés cara de que los gorriones te están molestando. Cuando tenés los auriculares puestos, caminás como si el suelo fuera de nube. Hoy caminás como si el suelo fuera de… bueno, de asfalto caliente. Lo cual es verdad, pero es una verdad que los auriculares suelen ocultar.\
—Es una buena observación —admití—. Sin música, la realidad tiene demasiados bordes filosos.
Ruan se rascó el brazo, inquieto. Su pierna derecha empezó un tableteo rítmico contra el piso. Tac-tac-tac.\
—Hablando de bordes filosos… ¿viste hoy a la profe Carolina? —soltó sin anestesia.\
—La de Literatura. La vi. Entró al aula y el silencio fue tan pesado que creo que bajó la presión atmosférica.\
—Es la falda, Enzo. Es una falda que desafía el estatuto docente. Si los cuadros de la tela fueran un poco más chicos, estaríamos hablando de un arma de distracción masiva.\
—Es una falda escocesa que no conoce Escocia —dije—. Pero el problema no es la falda en sí, sino la intención pedagógica detrás de la falda. ¿Cómo pretende que analice la rima asonante en Bécquer cuando el sistema visual está saturado de información geométrica de alto impacto?\
—Exacto. Yo estaba en medio de un ejercicio de Macroeconomía, tratando de entender la curva de oferta, y de repente entra ella a buscar una tiza. Mi curva de oferta se fue al demonio. El cerebro prioriza. Es biología. El cerebro dice: “Olvidá el superávit primario, mirá esa rodilla que asoma por el tajo lateral”.\
—Prioridades evolutivas —suspiré—. ¿Cuántos años decís que tiene?\
—26 —dijo Ruan con una seguridad que asustaba—. Ni uno más, ni uno menos.\
—Yo le doy 25. Tiene ese aire de que todavía no procesó del todo que tiene que pagar aportes jubilatorios.\
—No, 26 —insistió Ruan—. A los 25 todavía tenés esperanza. A los 26 es cuando empezás a notar que el café ya no es una opción, sino una necesidad vital. Ella hoy entró a la sala de profesores con el termo como si fuera un tanque de oxígeno. Eso es marca registrada de los 26.\
—Es una teoría sólida. Pero 25 le da un aire más trágico a su belleza. La tragedia de ser joven en un sistema que te obliga a corregir monografías sobre el Martin Fierro un viernes a la noche.
Ruan guardó silencio unos segundos, observando un avión que cruzaba el cielo, dejando una estela blanca perfectamente recta.\
—¿Alguna vez pensaste por qué vuelan esas cosas? —preguntó, señalando al cielo.\
—Sustentación aerodinámica, Ruan. Bernouilli. Diferencia de presión. Lo vimos en Física de cuarto.\
—Mentira —Ruan negó con la cabeza—. Eso es lo que te dicen para que no entres en pánico. Para mí, los aviones vuelan por pura arrogancia corporativa.\
—¿Arrogancia?\
—Sí. El motor hace tanto ruido y es tan prepotente que el aire se asusta. El aire dice: “Este bicho hace demasiado quilombo, mejor me corro”. El avión no flota en el aire; el aire se rinde ante él. El día que un piloto tenga un momento de duda o de humildad extrema, el avión se cae en picada. La fe ciega del piloto es el combustible real.\
—Me gusta —dije, mirando mis manos—. Yo creo que es más como la música. Pensalo: una nota larga, una nota sostenida. La física es solo el metrónomo. Si la canción es buena, la nota se mantiene en el aire. El avión es un acorde que se resiste a terminar.\
—Si el avión es un acorde, los aeropuertos son estudios de grabación donde nadie sabe tocar —concluyó Ruan.
En ese momento, una mujer cruzó la plaza paseando un galgo que parecía un fideo de alta gama. Ella llevaba anteojos de sol enormes, de esos que te ocultan hasta las intenciones.\
—Mirá eso —susurró Ruan—. Es Scarlett Johansson.\
—Scarlett si hubiera nacido en Barrio Norte y tuviera que pelearse con el consorcio por las expensas —corregí.\
—Es igual. Pero versión “vengo del laburo y me di cuenta de que no tengo papel higiénico”. Tiene ese aire de importancia pero con los hombros un poco caídos por la burocracia nacional.\
—¿Viste que la gente se parece a famosos solo cuando está en su momento más miserable? —reflexioné—. Nadie te dice “che, te parecés a Brad Pitt” cuando estás recién salido de la peluquería. Te lo dicen cuando tenés ojeras, una mancha de café en la remera y estás esperando un bondi que no viene.\
—Es el hándicap de la belleza —asintió Ruan—. Humanizás al ícono a través de tu propia decadencia.
Ruan se paró un segundo, estiró las piernas y se volvió a sentar. No sabe estar quieto. Es un ente de energía cinética contenido por una mochila de cuero.\
—Enzo, ¿tenemos amigos en común?\
—Lo dudo —dije—. Yo estoy en Humanidades. Mi círculo social se basa en gente que se cuestiona si la realidad existe pero no sabe arreglar una canilla.\
—Yo estoy en Economía. Mi círculo social se basa en gente que sabe exactamente cuánto sale la canilla pero no tiene alma.\
—Estamos en dimensiones paralelas que solo convergen en este banco de plaza —dije—. Es irónico que compartamos el mismo edificio seis horas por día y nos conozcamos porque el transporte público es una estafa.\
—La infraestructura nos une a través de la ineficiencia —dijo Ruan con solemnidad—. Es la base de la sociedad argentina. Si el 132 pasara a las 14:05, vos y yo seríamos completos extraños. Mi falta de ocupación hasta las cinco y tu espera de tres horas son los cimientos de esta amistad accidental.\
—Agradezcamos al Ministerio de Transporte, entonces. Por la amistad y el asfalto derretido.
—Volviendo a Carolina —dijo Ruan, retomando el hilo como si fuera un bucle de programación—. ¿Notaste que cuando camina hace ese sonido con los tacos? Clac, clac, clac. Es un mensaje en código.\
—¿Código morse?\
—No, es un mensaje jerárquico. Significa “Sé que me están mirando pero soy demasiado intelectual para que me importe”. Pero a la vez, se acomoda el flequillo cuando pasa frente al espejo del pasillo de dirección. 26 años, te lo digo yo. Los 25 no necesitan el espejo, los 26 empiezan a chequear si la realidad sigue en su lugar.\
—25 —insistí yo—. El espejo es para ver si todavía queda algo de la chica que quería ser poeta antes de que los programas de estudio la convirtieran en una corregidora de faltas de ortografía.
Pasó un tiempo muerto. De esos que no se pueden medir con reloj. Una paloma intentó comerse una colilla de cigarrillo cerca de nuestros pies, se dio cuenta de que el mundo es cruel y se fue volando hacia la fuente.\
—¿Viste el golf? —preguntó Ruan de la nada.\
—¿Viste el golf cómo? No es algo que se “vea”. Es algo que sucede mientras otros duermen la siesta.\
—Estuve analizando las reglas. Es el único deporte donde el objetivo principal es, paradójicamente, jugar la menor cantidad de golf posible.\
—Espera. Explicame eso.\
—Si sos muy bueno en el fútbol, querés la pelota todo el tiempo. Querés noventa minutos. Si sos un genio del golf, hacés un hoyo en uno y se terminó. El ganador es el que menos tiempo pasa en la cancha. El sueño de todo golfista profesional es irse a su casa rápido para dejar de ser un golfista.\
—Es una contradicción existencial absoluta —admití—. El éxito en el golf se mide en la velocidad de tu propia jubilación diaria.\
—Exacto. Es un deporte de gente que odia el deporte. Es maravilloso.\
—Como nosotros con el estudio de la Historia —dije—. Estudiamos para el examen no para saber, sino para dejar de estudiar. La nota es el “hoyo en uno” que nos libera de tener que pensar en Napoleón.\
—Napoleón jugaba al golf con la geografía de Europa —metió Ruan, en un arranque de brillantez económica—. Hizo demasiados golpes. Perdió en el hoyo de Waterloo.\
—Waterloo tenía un bunker de arena demasiado grande —completé.
Ruan se rió, esta vez una risa de verdad, corta y seca. Se fijó en la hora en su celular.\
—En veinte llegan mi vieja y mi tía a abrir la cafetería. Me toca ponerme el delantal y fingir que me importa si el cortado tiene espuma o no.\
—Tu cafetería es como un escenario de golf —le dije—. Querés atender a los clientes rápido para que se vayan y así dejar de ser un mozo.\
—Filosofía barata de Humanidades, pero tenés razón. Cuando abro la persiana, mi único deseo es que sea la hora de cerrarla. Pero antes, tengo que ver si hoy Carolina pasa a comprar sus medialunas de grasa de las 17:15.\
—¿Pasa siempre?\
—Religiosamente. Pide un café doble sin azúcar y tres medialunas de grasa. Se las come mientras lee. Ni una gota de café se le cae. Una técnica impecable.\
—Eso confirma los 26 —dije finalmente—. El café sin azúcar es el punto de no retorno hacia la madurez cínica.\
—Viste. Al final de la espiral, siempre tengo razón.
Me levanté. A lo lejos, el 132 asomó su trompa gastada por la avenida. El chirrido de los frenos se escuchaba desde acá.\
—Ahí viene mi carro de arrogancia aerodinámica —anuncié, colgándome la mochila—. El acorde de mi tarde.\
—Mañana te cuento si hoy usó otra vez la falda de cuadros —dijo Ruan, sin levantarse del banco—. Me queda media hora de mirar a la nada antes de entrar al sistema productivo.\
—Mañana trato de no olvidarme los auriculares —mentí—. Aunque la optimización del aburrimiento hoy fue eficiente.
Caminé hacia la parada. El bondi se detuvo con ese estrépito de metal cansado. Me subí, pagué con la tarjeta y busqué el asiento del fondo. Miré por la ventana mientras el 132 arrancaba.
Ruan seguía ahí, en el banco, pequeño bajo la sombra del roble. Parecía estar analizando el ángulo de caída de una hoja seca. Quizás estaba calculando el interés compuesto de la naturaleza o quizás, simplemente, estaba esperando a que la falda escocesa de los 26 años cruzara la esquina de nuevo para darle sentido a su tarde de tiempo muerto.
Me apoyé en el vidrio. La ciudad empezó a moverse. Sin auriculares, el ruido del colectivo era un solo sostenido y áspero. Cerré los ojos. Mañana iba a ser miércoles. Mañana volveríamos a la plaza. Mañana, tal vez, descubriríamos por qué los parquímetros son tan infelices.
Mañana sería, sin dudas, otro hoyo en uno en el arte de perder el tiempo.
Estaba sentado en el banco de madera de la plaza San Martín. Mi banco. El que está bajo el roble que, por algún milagro urbanístico, proyecta una sombra que no te cobra peaje. Hoy el mundo se sentía incompleto: me olvidé los auriculares cargando en la mesa de la cocina y mi libro de Cortázar parecía haber decidido que sus palabras eran demasiado densas para mi cerebro licuado por la clase de Filosofía.
Abrí el libro. Leí: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Lo cerré. Demasiado esfuerzo metafísico para un martes.
Entonces llegó él.
Ruan Carcasona. Lo ubico porque está en Economía y siempre camina como si estuviera llegando tarde a una maratón. Se sentó a mi derecha, manteniendo ese vacío sanitario de cincuenta centímetros que dicta el código de ética de los bancos de plaza.
—Enzo, ¿no? —preguntó, mirando hacia la parada de colectivos con una intensidad que sugería que podía hacer que el bondi apareciera por pura telequinesis.\
—El mismo. ¿Ruan?\
—Sí. Te olvidaste los auriculares hoy. Se nota.\
—¿Por qué? —pregunté, sin moverme—. ¿Tengo cara de estar escuchando el monólogo de la existencia?\
—Tenés cara de que los gorriones te están molestando. Cuando tenés los auriculares puestos, caminás como si el suelo fuera de nube. Hoy caminás como si el suelo fuera de… bueno, de asfalto caliente. Lo cual es verdad, pero es una verdad que los auriculares suelen ocultar.\
—Es una buena observación —admití—. Sin música, la realidad tiene demasiados bordes filosos.
Ruan se rascó el brazo, inquieto. Su pierna derecha empezó un tableteo rítmico contra el piso. Tac-tac-tac.\
—Hablando de bordes filosos… ¿viste hoy a la profe Carolina? —soltó sin anestesia.\
—La de Literatura. La vi. Entró al aula y el silencio fue tan pesado que creo que bajó la presión atmosférica.\
—Es la falda, Enzo. Es una falda que desafía el estatuto docente. Si los cuadros de la tela fueran un poco más chicos, estaríamos hablando de un arma de distracción masiva.\
—Es una falda escocesa que no conoce Escocia —dije—. Pero el problema no es la falda en sí, sino la intención pedagógica detrás de la falda. ¿Cómo pretende que analice la rima asonante en Bécquer cuando el sistema visual está saturado de información geométrica de alto impacto?\
—Exacto. Yo estaba en medio de un ejercicio de Macroeconomía, tratando de entender la curva de oferta, y de repente entra ella a buscar una tiza. Mi curva de oferta se fue al demonio. El cerebro prioriza. Es biología. El cerebro dice: “Olvidá el superávit primario, mirá esa rodilla que asoma por el tajo lateral”.\
—Prioridades evolutivas —suspiré—. ¿Cuántos años decís que tiene?\
—26 —dijo Ruan con una seguridad que asustaba—. Ni uno más, ni uno menos.\
—Yo le doy 25. Tiene ese aire de que todavía no procesó del todo que tiene que pagar aportes jubilatorios.\
—No, 26 —insistió Ruan—. A los 25 todavía tenés esperanza. A los 26 es cuando empezás a notar que el café ya no es una opción, sino una necesidad vital. Ella hoy entró a la sala de profesores con el termo como si fuera un tanque de oxígeno. Eso es marca registrada de los 26.\
—Es una teoría sólida. Pero 25 le da un aire más trágico a su belleza. La tragedia de ser joven en un sistema que te obliga a corregir monografías sobre el Martin Fierro un viernes a la noche.
Ruan guardó silencio unos segundos, observando un avión que cruzaba el cielo, dejando una estela blanca perfectamente recta.\
—¿Alguna vez pensaste por qué vuelan esas cosas? —preguntó, señalando al cielo.\
—Sustentación aerodinámica, Ruan. Bernouilli. Diferencia de presión. Lo vimos en Física de cuarto.\
—Mentira —Ruan negó con la cabeza—. Eso es lo que te dicen para que no entres en pánico. Para mí, los aviones vuelan por pura arrogancia corporativa.\
—¿Arrogancia?\
—Sí. El motor hace tanto ruido y es tan prepotente que el aire se asusta. El aire dice: “Este bicho hace demasiado quilombo, mejor me corro”. El avión no flota en el aire; el aire se rinde ante él. El día que un piloto tenga un momento de duda o de humildad extrema, el avión se cae en picada. La fe ciega del piloto es el combustible real.\
—Me gusta —dije, mirando mis manos—. Yo creo que es más como la música. Pensalo: una nota larga, una nota sostenida. La física es solo el metrónomo. Si la canción es buena, la nota se mantiene en el aire. El avión es un acorde que se resiste a terminar.\
—Si el avión es un acorde, los aeropuertos son estudios de grabación donde nadie sabe tocar —concluyó Ruan.
En ese momento, una mujer cruzó la plaza paseando un galgo que parecía un fideo de alta gama. Ella llevaba anteojos de sol enormes, de esos que te ocultan hasta las intenciones.\
—Mirá eso —susurró Ruan—. Es Scarlett Johansson.\
—Scarlett si hubiera nacido en Barrio Norte y tuviera que pelearse con el consorcio por las expensas —corregí.\
—Es igual. Pero versión “vengo del laburo y me di cuenta de que no tengo papel higiénico”. Tiene ese aire de importancia pero con los hombros un poco caídos por la burocracia nacional.\
—¿Viste que la gente se parece a famosos solo cuando está en su momento más miserable? —reflexioné—. Nadie te dice “che, te parecés a Brad Pitt” cuando estás recién salido de la peluquería. Te lo dicen cuando tenés ojeras, una mancha de café en la remera y estás esperando un bondi que no viene.\
—Es el hándicap de la belleza —asintió Ruan—. Humanizás al ícono a través de tu propia decadencia.
Ruan se paró un segundo, estiró las piernas y se volvió a sentar. No sabe estar quieto. Es un ente de energía cinética contenido por una mochila de cuero.\
—Enzo, ¿tenemos amigos en común?\
—Lo dudo —dije—. Yo estoy en Humanidades. Mi círculo social se basa en gente que se cuestiona si la realidad existe pero no sabe arreglar una canilla.\
—Yo estoy en Economía. Mi círculo social se basa en gente que sabe exactamente cuánto sale la canilla pero no tiene alma.\
—Estamos en dimensiones paralelas que solo convergen en este banco de plaza —dije—. Es irónico que compartamos el mismo edificio seis horas por día y nos conozcamos porque el transporte público es una estafa.\
—La infraestructura nos une a través de la ineficiencia —dijo Ruan con solemnidad—. Es la base de la sociedad argentina. Si el 132 pasara a las 14:05, vos y yo seríamos completos extraños. Mi falta de ocupación hasta las cinco y tu espera de tres horas son los cimientos de esta amistad accidental.\
—Agradezcamos al Ministerio de Transporte, entonces. Por la amistad y el asfalto derretido.
—Volviendo a Carolina —dijo Ruan, retomando el hilo como si fuera un bucle de programación—. ¿Notaste que cuando camina hace ese sonido con los tacos? Clac, clac, clac. Es un mensaje en código.\
—¿Código morse?\
—No, es un mensaje jerárquico. Significa “Sé que me están mirando pero soy demasiado intelectual para que me importe”. Pero a la vez, se acomoda el flequillo cuando pasa frente al espejo del pasillo de dirección. 26 años, te lo digo yo. Los 25 no necesitan el espejo, los 26 empiezan a chequear si la realidad sigue en su lugar.\
—25 —insistí yo—. El espejo es para ver si todavía queda algo de la chica que quería ser poeta antes de que los programas de estudio la convirtieran en una corregidora de faltas de ortografía.
Pasó un tiempo muerto. De esos que no se pueden medir con reloj. Una paloma intentó comerse una colilla de cigarrillo cerca de nuestros pies, se dio cuenta de que el mundo es cruel y se fue volando hacia la fuente.\
—¿Viste el golf? —preguntó Ruan de la nada.\
—¿Viste el golf cómo? No es algo que se “vea”. Es algo que sucede mientras otros duermen la siesta.\
—Estuve analizando las reglas. Es el único deporte donde el objetivo principal es, paradójicamente, jugar la menor cantidad de golf posible.\
—Espera. Explicame eso.\
—Si sos muy bueno en el fútbol, querés la pelota todo el tiempo. Querés noventa minutos. Si sos un genio del golf, hacés un hoyo en uno y se terminó. El ganador es el que menos tiempo pasa en la cancha. El sueño de todo golfista profesional es irse a su casa rápido para dejar de ser un golfista.\
—Es una contradicción existencial absoluta —admití—. El éxito en el golf se mide en la velocidad de tu propia jubilación diaria.\
—Exacto. Es un deporte de gente que odia el deporte. Es maravilloso.\
—Como nosotros con el estudio de la Historia —dije—. Estudiamos para el examen no para saber, sino para dejar de estudiar. La nota es el “hoyo en uno” que nos libera de tener que pensar en Napoleón.\
—Napoleón jugaba al golf con la geografía de Europa —metió Ruan, en un arranque de brillantez económica—. Hizo demasiados golpes. Perdió en el hoyo de Waterloo.\
—Waterloo tenía un bunker de arena demasiado grande —completé.
Ruan se rió, esta vez una risa de verdad, corta y seca. Se fijó en la hora en su celular.\
—En veinte llegan mi vieja y mi tía a abrir la cafetería. Me toca ponerme el delantal y fingir que me importa si el cortado tiene espuma o no.\
—Tu cafetería es como un escenario de golf —le dije—. Querés atender a los clientes rápido para que se vayan y así dejar de ser un mozo.\
—Filosofía barata de Humanidades, pero tenés razón. Cuando abro la persiana, mi único deseo es que sea la hora de cerrarla. Pero antes, tengo que ver si hoy Carolina pasa a comprar sus medialunas de grasa de las 17:15.\
—¿Pasa siempre?\
—Religiosamente. Pide un café doble sin azúcar y tres medialunas de grasa. Se las come mientras lee. Ni una gota de café se le cae. Una técnica impecable.\
—Eso confirma los 26 —dije finalmente—. El café sin azúcar es el punto de no retorno hacia la madurez cínica.\
—Viste. Al final de la espiral, siempre tengo razón.
Me levanté. A lo lejos, el 132 asomó su trompa gastada por la avenida. El chirrido de los frenos se escuchaba desde acá.\
—Ahí viene mi carro de arrogancia aerodinámica —anuncié, colgándome la mochila—. El acorde de mi tarde.\
—Mañana te cuento si hoy usó otra vez la falda de cuadros —dijo Ruan, sin levantarse del banco—. Me queda media hora de mirar a la nada antes de entrar al sistema productivo.\
—Mañana trato de no olvidarme los auriculares —mentí—. Aunque la optimización del aburrimiento hoy fue eficiente.
Caminé hacia la parada. El bondi se detuvo con ese estrépito de metal cansado. Me subí, pagué con la tarjeta y busqué el asiento del fondo. Miré por la ventana mientras el 132 arrancaba.
Ruan seguía ahí, en el banco, pequeño bajo la sombra del roble. Parecía estar analizando el ángulo de caída de una hoja seca. Quizás estaba calculando el interés compuesto de la naturaleza o quizás, simplemente, estaba esperando a que la falda escocesa de los 26 años cruzara la esquina de nuevo para darle sentido a su tarde de tiempo muerto.
Me apoyé en el vidrio. La ciudad empezó a moverse. Sin auriculares, el ruido del colectivo era un solo sostenido y áspero. Cerré los ojos. Mañana iba a ser miércoles. Mañana volveríamos a la plaza. Mañana, tal vez, descubriríamos por qué los parquímetros son tan infelices.
Mañana sería, sin dudas, otro hoyo en uno en el arte de perder el tiempo.