Hora Extra - Cap 002 - Ruan
Ahí estaba Enzo. La misma posición que ayer, el mismo banco, la misma sombra miserable del roble. Si fuera una estatua de la municipalidad, tendría más gracia. Lo vi desde la esquina mientras cruzaba el semáforo que, según mi cronómetro mental, dura exactamente tres segundos menos de lo que un ser humano necesita para no morir atropellado por un taxi.
Me acerqué. Enzo ni levantó la vista. Estaba hipnotizado por un librito de esos que se leen al revés. No entiendo la logíca japonesa; hacés todo un esfuerzo para fabricar un objeto y después obligás al cliente a desaprender a leer. Ineficiente por donde se lo mire.
—¿Qué es eso? ¿Un manual de cómo leer de atrás para adelante? —me senté, sintiendo el calor del banco traspasarme el pantalón.\
—Es un manga, Ruan. Va de dos tipos que se sientan en una escalera a intentar ser comediantes —dijo Enzo sin despegar los ojos del dibujo—. Básicamente, lo que hacemos nosotros pero con un poco más de talento.\
—Si el talento es sentarse a hablar, nosotros somos Messi y Pelé. Pero dudo que nos paguen regalías por esto. ¿Tuviste Historia hoy?\
—Dos horas de absolutismo monárquico. Salí con ganas de guillotinar a alguien, pero me conformo con que pase el 132 a tiempo.\
—Te entiendo. ¿Tenés hermanos, Enzo? ¿O sos un experimento solitario de tus viejos?
Enzo cerró el librito, pero dejó el dedo índice marcando la página. Es de esa gente que respeta la jerarquía de la lectura.\
—Padre, madre y una hermana. Tiene 21. Estudia Abogacía.\
—Uff, qué peligro. Te debe discutir hasta el color de las medias usando incisos del Código Civil.\
—Peor. No discute, te lee tus derechos antes de decirte que laves los platos. Es como vivir con un fiscal que conoce tus debilidades desde que usabas pañales. ¿Vos?\
—Hijo único. Madre soltera. Soy el dueño absoluto del control remoto, pero el precio es que soy el único responsable de sacar la basura y escuchar cómo le fue en el curso de pastelería —me encogí de hombros—. Mi prima a veces viene a casa a manguear wifi. Tiene 15, la pelirroja en sociales.\
—¿15 años? ¿Sociales? —Enzo ladeó la cabeza—. Hay dos pelirrojas en ese año. Una que tiene más pecas que cara y otra que parece que te va a clavar un punzón en la yugular si la mirás mucho.\
—La segunda. La asesina serial —asentí—. En casa es igual. Te pide la clave del router con la misma intensidad con la que un villano pide los códigos nucleares. Pero bueno, al menos me mantiene alerta.
Me quedé mirando mis zapatillas. Estaban un poco sucias. Mañana tendría que pasarles un trapo o darlas por perdidas ante la entropía.\
—Che, Enzo. ¿Por qué no tenemos amigos? —solté de repente.\
—¿Quién dijo que no tenemos? —preguntó él, mirando una paloma que caminaba como si tuviera un plan—. Yo tengo gente con la que comparto espacio físico. Pero coordinar una salida me da una fatiga existencial inmanejable.\
—A mí me pasa que la gente me aburre rápido. O hablan mucho de cosas que no me importan, o no hablan nada. Nosotros hablamos de pavadas, pero es una pavada… dinámica.\
—Es que nosotros no intentamos caernos bien, Ruan. Estamos acá por un fallo en el sistema de transporte y por la pizzería que todavía no abrió. Eso es honestidad brutal.
Enzo se acomodó el pelo. Lo tiene siempre igual, ese castaño que parece que no conoce el peine pero que, si lo tocás, seguro tiene un orden secreto.\
—Contame un chiste, Ruan. De esos de Economía que nadie entiende.\
—No existen chistes de Economía, solo tragedias con números. Pero me acuerdo de uno: “¿Qué hace un contable cuando tiene insomnio? Cuenta ovejas, pero después se queda despierto tres horas más tratando de cuadrar el balance de lana”.\
—Es horrible. Te doy un cuatro por el esfuerzo y un cero por el humor —Enzo suspiró—. Yo me acuerdo de uno de músicos: “¿Cómo hacés para que un guitarrista deje de tocar? Le ponés una partitura adelante”.\
—Ese es mejor. Ataca directamente la falta de formación técnica. Me gusta.
Pasó un silencio. De esos que ayer no habríamos aguantado pero que hoy ya se sentían parte del mobiliario de la plaza.\
—Ruan, ¿qué te parece el mercado editorial? —preguntó Enzo, mirando su manga.\
—¿El mercado qué? —me sorprendí—. Enzo, yo vendo café con leche. Mi única relación con lo editorial es cuando uso los diarios de ayer para envolver las sobras del bizcochuelo.\
—No sé, lo digo por el objeto. ¿Quién decide que este papel vale lo que vale? Alguien se sienta en una oficina, mira un dibujo de dos tipos en una escalera y dice: “Sí, imprimamos diez mil de estos porque el mundo necesita ver a dos vagos hablando”.\
—Para mí es una conspiración de las madereras —dije, entrando en calor—. Tienen exceso de celulosa y necesitan que la gente compre cosas que ocupan espacio en las estanterías. El libro físico es el enemigo del espacio minimalista. En el futuro, vamos a leer en paredes invisibles y los bibliotecarios van a ser desempleados VIP.\
—Yo creo que la gente compra libros porque le gusta el olor. El olor a papel viejo es un ansiolítico. Si vendieran perfumes con olor a “libro de biblioteca municipal de los años 80”, serían millonarios.\
—Suena a fetiche de Humanidades —repliqué—. En Economía preferimos el olor a billete recién impreso o, en su defecto, a desinfectante de pino de las cajas de caudales.
—Cambiando de tema —Enzo cerró el manga definitivamente y se reclinó—. ¿Cuál es la chica más linda del año?\
—Qué pregunta de adolescente básico, Ludovisi. Me decepcionás.\
—Es un relevamiento estadístico, Carcasona. No me juzgues.\
—Depende de qué definas por linda. Si vamos a la visual pura, a la armonía de las facciones, tenés a Sofía, la de tu curso. Es como una pintura renacentista pero con un iPhone.\
—Demasiado perfecta —Enzo arrugó la nariz—. Me pone nervioso la gente que tiene la cara tan simétrica. Siento que si parpadeo se van a transformar en un androide. Para mí, la belleza es el rostro. El rostro te cuenta si la persona es interesante. Lara, la que se sienta adelante mío, tiene un hoyuelo de un solo lado y siempre tiene cara de que está a punto de entender un secreto del universo. Eso es lindo.\
—Eso es una interpretación subjetiva con tintes poéticos —le retruqué—. Para mí lo lindo es la personalidad, la energía. Si la mina entra a un lugar y el aire se siente más ligero, es linda. No me importa si tiene la nariz chueca. Me importa que no me dé ganas de bostezar a los tres minutos de charla.\
—Entonces tu estándar es “no-aburrida”.\
—Exactamente. La belleza es una inversión de tiempo. Si la rentabilidad del tiempo invertido en charla es baja, la belleza se deprecia en menos de una semana. Es inflación estética.
—Pero —intervino Enzo con una mirada cómplice—, si tenemos que ponernos de acuerdo en algo…\
—Carolina —dijimos los dos al unísono.\
—La falda escocesa de ayer no fue superada por nada en el día de hoy —dijo Enzo—. La proporcionalidad de sus extremidades inferiores debería estudiarse en Bellas Artes.\
—En Economía también —añadí yo—. Es un recurso perfectamente distribuido. Tiene ese caminar de “corregí cincuenta exámenes y todavía tengo ganas de citar a Jorge Luis Borges”. Esas piernas no conocen el cansancio burocrático.\
—Carolina tiene 25 y las piernas de una atleta que se escapó de las Olimpíadas para darnos clases de gramática —concluyó Enzo, suspirando.
Me fijé en la hora. El sol había bajado unos milímetros, lo suficiente para que la sombra del roble me tapara la pierna derecha pero me dejara la izquierda cocinándose.\
—Enzo, el bondi. El 132 está doblando allá en la esquina. Se ve el humo negro desde acá.\
—Es verdad. El acorde final de la tarde. —Se levantó, sacudiendo el manga—. Mañana traé chistes mejores, Ruan. El de las ovejas fue un golpe al PIB de mi alegría.\
—Mañana te cuento cómo terminó la inspección de medialunas de Carolina. En veinte llegan mi vieja y mi tía con la llave del café y tengo que empezar a actuar como un ciudadano productivo.
Enzo caminó hacia la parada con ese andar parsimonioso de los que no tienen apuro por el futuro. Yo me quedé sentado un minuto más, estirando los brazos. La plaza empezaba a vaciarse de estudiantes y a llenarse de gente con caras de “mi jefe es un idiota”.
Caminé hacia la cafetería de enfrente. Vi el local, la persiana gris todavía baja, el cartel de “Café de las Flores” gastado por el sol. Pensé en Enzo, en su hermana abogada y en la teoría de los aviones arrogantes.
Me toqué el bolsillo. Tenía la llave de la trastienda. La tarde se estaba volviendo fresca, de esa forma que te avisa que el invierno no está tan lejos. Saqué el celular y vi que mi prima, la “asesina serial”, me había mandado un mensaje: “Pasame la clave del wifi nueva, rata”.
Sonreí. La realidad era aburrida, pero las pavadas la hacían tolerable. Mañana sería jueves. Mañana, tal vez, averiguaríamos por qué las palomas nunca sonríen.
O quizás, simplemente, volveríamos a mirar la falda de Carolina y a sentir que los 17 años son el mejor hoyo en uno que podés hacer antes de que la vida te empiece a cobrar intereses.
Me acerqué. Enzo ni levantó la vista. Estaba hipnotizado por un librito de esos que se leen al revés. No entiendo la logíca japonesa; hacés todo un esfuerzo para fabricar un objeto y después obligás al cliente a desaprender a leer. Ineficiente por donde se lo mire.
—¿Qué es eso? ¿Un manual de cómo leer de atrás para adelante? —me senté, sintiendo el calor del banco traspasarme el pantalón.\
—Es un manga, Ruan. Va de dos tipos que se sientan en una escalera a intentar ser comediantes —dijo Enzo sin despegar los ojos del dibujo—. Básicamente, lo que hacemos nosotros pero con un poco más de talento.\
—Si el talento es sentarse a hablar, nosotros somos Messi y Pelé. Pero dudo que nos paguen regalías por esto. ¿Tuviste Historia hoy?\
—Dos horas de absolutismo monárquico. Salí con ganas de guillotinar a alguien, pero me conformo con que pase el 132 a tiempo.\
—Te entiendo. ¿Tenés hermanos, Enzo? ¿O sos un experimento solitario de tus viejos?
Enzo cerró el librito, pero dejó el dedo índice marcando la página. Es de esa gente que respeta la jerarquía de la lectura.\
—Padre, madre y una hermana. Tiene 21. Estudia Abogacía.\
—Uff, qué peligro. Te debe discutir hasta el color de las medias usando incisos del Código Civil.\
—Peor. No discute, te lee tus derechos antes de decirte que laves los platos. Es como vivir con un fiscal que conoce tus debilidades desde que usabas pañales. ¿Vos?\
—Hijo único. Madre soltera. Soy el dueño absoluto del control remoto, pero el precio es que soy el único responsable de sacar la basura y escuchar cómo le fue en el curso de pastelería —me encogí de hombros—. Mi prima a veces viene a casa a manguear wifi. Tiene 15, la pelirroja en sociales.\
—¿15 años? ¿Sociales? —Enzo ladeó la cabeza—. Hay dos pelirrojas en ese año. Una que tiene más pecas que cara y otra que parece que te va a clavar un punzón en la yugular si la mirás mucho.\
—La segunda. La asesina serial —asentí—. En casa es igual. Te pide la clave del router con la misma intensidad con la que un villano pide los códigos nucleares. Pero bueno, al menos me mantiene alerta.
Me quedé mirando mis zapatillas. Estaban un poco sucias. Mañana tendría que pasarles un trapo o darlas por perdidas ante la entropía.\
—Che, Enzo. ¿Por qué no tenemos amigos? —solté de repente.\
—¿Quién dijo que no tenemos? —preguntó él, mirando una paloma que caminaba como si tuviera un plan—. Yo tengo gente con la que comparto espacio físico. Pero coordinar una salida me da una fatiga existencial inmanejable.\
—A mí me pasa que la gente me aburre rápido. O hablan mucho de cosas que no me importan, o no hablan nada. Nosotros hablamos de pavadas, pero es una pavada… dinámica.\
—Es que nosotros no intentamos caernos bien, Ruan. Estamos acá por un fallo en el sistema de transporte y por la pizzería que todavía no abrió. Eso es honestidad brutal.
Enzo se acomodó el pelo. Lo tiene siempre igual, ese castaño que parece que no conoce el peine pero que, si lo tocás, seguro tiene un orden secreto.\
—Contame un chiste, Ruan. De esos de Economía que nadie entiende.\
—No existen chistes de Economía, solo tragedias con números. Pero me acuerdo de uno: “¿Qué hace un contable cuando tiene insomnio? Cuenta ovejas, pero después se queda despierto tres horas más tratando de cuadrar el balance de lana”.\
—Es horrible. Te doy un cuatro por el esfuerzo y un cero por el humor —Enzo suspiró—. Yo me acuerdo de uno de músicos: “¿Cómo hacés para que un guitarrista deje de tocar? Le ponés una partitura adelante”.\
—Ese es mejor. Ataca directamente la falta de formación técnica. Me gusta.
Pasó un silencio. De esos que ayer no habríamos aguantado pero que hoy ya se sentían parte del mobiliario de la plaza.\
—Ruan, ¿qué te parece el mercado editorial? —preguntó Enzo, mirando su manga.\
—¿El mercado qué? —me sorprendí—. Enzo, yo vendo café con leche. Mi única relación con lo editorial es cuando uso los diarios de ayer para envolver las sobras del bizcochuelo.\
—No sé, lo digo por el objeto. ¿Quién decide que este papel vale lo que vale? Alguien se sienta en una oficina, mira un dibujo de dos tipos en una escalera y dice: “Sí, imprimamos diez mil de estos porque el mundo necesita ver a dos vagos hablando”.\
—Para mí es una conspiración de las madereras —dije, entrando en calor—. Tienen exceso de celulosa y necesitan que la gente compre cosas que ocupan espacio en las estanterías. El libro físico es el enemigo del espacio minimalista. En el futuro, vamos a leer en paredes invisibles y los bibliotecarios van a ser desempleados VIP.\
—Yo creo que la gente compra libros porque le gusta el olor. El olor a papel viejo es un ansiolítico. Si vendieran perfumes con olor a “libro de biblioteca municipal de los años 80”, serían millonarios.\
—Suena a fetiche de Humanidades —repliqué—. En Economía preferimos el olor a billete recién impreso o, en su defecto, a desinfectante de pino de las cajas de caudales.
—Cambiando de tema —Enzo cerró el manga definitivamente y se reclinó—. ¿Cuál es la chica más linda del año?\
—Qué pregunta de adolescente básico, Ludovisi. Me decepcionás.\
—Es un relevamiento estadístico, Carcasona. No me juzgues.\
—Depende de qué definas por linda. Si vamos a la visual pura, a la armonía de las facciones, tenés a Sofía, la de tu curso. Es como una pintura renacentista pero con un iPhone.\
—Demasiado perfecta —Enzo arrugó la nariz—. Me pone nervioso la gente que tiene la cara tan simétrica. Siento que si parpadeo se van a transformar en un androide. Para mí, la belleza es el rostro. El rostro te cuenta si la persona es interesante. Lara, la que se sienta adelante mío, tiene un hoyuelo de un solo lado y siempre tiene cara de que está a punto de entender un secreto del universo. Eso es lindo.\
—Eso es una interpretación subjetiva con tintes poéticos —le retruqué—. Para mí lo lindo es la personalidad, la energía. Si la mina entra a un lugar y el aire se siente más ligero, es linda. No me importa si tiene la nariz chueca. Me importa que no me dé ganas de bostezar a los tres minutos de charla.\
—Entonces tu estándar es “no-aburrida”.\
—Exactamente. La belleza es una inversión de tiempo. Si la rentabilidad del tiempo invertido en charla es baja, la belleza se deprecia en menos de una semana. Es inflación estética.
—Pero —intervino Enzo con una mirada cómplice—, si tenemos que ponernos de acuerdo en algo…\
—Carolina —dijimos los dos al unísono.\
—La falda escocesa de ayer no fue superada por nada en el día de hoy —dijo Enzo—. La proporcionalidad de sus extremidades inferiores debería estudiarse en Bellas Artes.\
—En Economía también —añadí yo—. Es un recurso perfectamente distribuido. Tiene ese caminar de “corregí cincuenta exámenes y todavía tengo ganas de citar a Jorge Luis Borges”. Esas piernas no conocen el cansancio burocrático.\
—Carolina tiene 25 y las piernas de una atleta que se escapó de las Olimpíadas para darnos clases de gramática —concluyó Enzo, suspirando.
Me fijé en la hora. El sol había bajado unos milímetros, lo suficiente para que la sombra del roble me tapara la pierna derecha pero me dejara la izquierda cocinándose.\
—Enzo, el bondi. El 132 está doblando allá en la esquina. Se ve el humo negro desde acá.\
—Es verdad. El acorde final de la tarde. —Se levantó, sacudiendo el manga—. Mañana traé chistes mejores, Ruan. El de las ovejas fue un golpe al PIB de mi alegría.\
—Mañana te cuento cómo terminó la inspección de medialunas de Carolina. En veinte llegan mi vieja y mi tía con la llave del café y tengo que empezar a actuar como un ciudadano productivo.
Enzo caminó hacia la parada con ese andar parsimonioso de los que no tienen apuro por el futuro. Yo me quedé sentado un minuto más, estirando los brazos. La plaza empezaba a vaciarse de estudiantes y a llenarse de gente con caras de “mi jefe es un idiota”.
Caminé hacia la cafetería de enfrente. Vi el local, la persiana gris todavía baja, el cartel de “Café de las Flores” gastado por el sol. Pensé en Enzo, en su hermana abogada y en la teoría de los aviones arrogantes.
Me toqué el bolsillo. Tenía la llave de la trastienda. La tarde se estaba volviendo fresca, de esa forma que te avisa que el invierno no está tan lejos. Saqué el celular y vi que mi prima, la “asesina serial”, me había mandado un mensaje: “Pasame la clave del wifi nueva, rata”.
Sonreí. La realidad era aburrida, pero las pavadas la hacían tolerable. Mañana sería jueves. Mañana, tal vez, averiguaríamos por qué las palomas nunca sonríen.
O quizás, simplemente, volveríamos a mirar la falda de Carolina y a sentir que los 17 años son el mejor hoyo en uno que podés hacer antes de que la vida te empiece a cobrar intereses.