Siddhartha: Segunda Parte, Capítulo 5 - Herman Hesse
# Segunda Parte, Capítulo 5: Kamala
Siddhartha aprendió muchas cosas nuevas a cada paso que dio por su camino, pues el mundo había cambiado y su corazón estaba encantado. Veía salir el sol sobre las montañas y ponerse tras las lejanas playas rodeadas de palmeras. Por la noche veía en el cielo las estrellas guardando su orden eterno, y la hoz de la luna navegando como un barco en el azul. Veía árboles, estrellas, bestias, nubes, arcos iris, rocas, hierbas, flores, arroyos y ríos, relámpagos de rocío en los matorrales al amanecer, altas montañas lejanas azules y pálidas, pájaros cantores y abejas, vientos que soplaban plateando los campos de arroz. Todo esto, múltiple y abigarrado, había existido siempre; siempre habían brillado el sol y la luna, siempre había susurrado el río y la abeja, pero en los primeros tiempos todo esto no había sido para Siddhartha más que un velo ligero y engañoso ante los ojos, observado con desconfianza, destinado a ser traspasado por los pensamientos y a ser destruido, porque no era un ser, pues el ser está más allá de lo visible. Pero ahora sus ojos liberados se detenían de esta parte de acá, veía y conocía lo visible, buscaba una patria en este mundo, no buscaba el ser, no apuntaba a ningún más allá. Bello era el mundo cuando se le miraba así, sin buscar nada, tan sencilla e infantilmente. Bella la Luna y las montañas, bello el arroyo y la ribera, el bosque y las rocas, la cabra y la cetonia, la flor y la mariposa. Bello y amable era caminar así por el mundo, tan infantilmente, tan despierto, tan accesible a lo próximo, tan sin desconfianza. El sol quemaba en la piel de otra forma, la sombra del bosque refrescaba de modo distinto, el agua de los arroyos y cisternas sabía de otra manera, como la calabaza y las bananas. Breves eran los días; cortas, las noches; las horas pasaban raudas como una vela en el mar; bajo la vela, un barco lleno de tesoros, lleno de alegrías. Siddhartha vio un pueblo de simios caminando por la alta bóveda del bosque y escuchó un canto salvaje y codicioso. Siddhartha vio un carnero que perseguía a una oveja, con la que se apareó. En un charco cubierto de juncos vio al sollo cazar su cena, haciendo huir ante él al tropel de pececillos plateados, revolviendo el agua con sus movimientos impetuosos.
Todo esto había siempre así, y no lo había visto; nunca había estado allí. Ahora sí estaba en ello, le pertenecía. Por sus ojos pasaban luces y sombras; por su corazón, estrellas y luna.
Siddhartha recordó también por el camino todo lo que había experimentado en el jardín Jetavana, la doctrina que en él escuchó, la del divino Buda, la despedida de Govinda, la conversación con el Sublime. Sus propias palabras, las que dirigió al Sublime, volvían a su recuerdo, palabra por palabra, y comprendió con asombro que había dicho allí cosas que entonces no sabía de cierto: su tesoro y misterio, el del Buda, no era la doctrina, sino lo inexpresable y no enseñable que sintió en el momento de su transfiguración; esto era precisamente lo que él empezaba a sentir. Ahora debía sentirse a sí mismo. Ya hacía mucho que sabía que su ser era Atman, un ser eterno como Brahma. Pero nunca había encontrado realmente este ser, porque había querido atraparlo con la red del pensamiento. También estaba seguro de que el cuerpo no era este ser propio, ni el juego de los sentidos, ni tampoco el pensamiento ni la razón, ni la ciencia aprendida, ni el arte adquirido, ni sacar conclusiones e hilar nuevos pensamientos de lo ya pensado. No, tampoco este mundo del pensamiento estaba de este lado ni conducía a ninguna parte si se mataba el yo accidental de los sentidos y se alimentaba, en cambio, el yo accidental del pensamiento y del saber. Tanto los pensamientos como los sentidos eran cosas hermosas; tras ellas estaba oculto el último significado; importaba escuchar a las dos, jugar con las dos, ni despreciarlas a ambas ni sobreestimarlas: escuchar las voces secretas de su interior. No quería aspirar a nada que no le mandaran aspirar las voces, no quería permanecer junto a nada que no le hubieran aconsejado las voces. ¿Por qué había estado en otro tiempo Gotama, en el momento de los momentos, sentado bajo el Bo, donde le alcanzó la iluminación divina? Había oído una voz, una voz en su propio corazón, que le ordenaba buscar descanso bajo este árbol, y había pospuesto las mortificaciones, los sacrificios, las abluciones u oraciones, el comer y el beber, el dormir y el soñar, y había obedecido a la voz. Obedecer así, no las órdenes exteriores, sino solamente la voz, estar así dispuesto, esto era lo bueno, esto era lo necesario y no lo otro.
La noche en que durmió en la choza de paja de un barquero, a la orilla del río, Siddhartha tuvo un sueño: Govinda estaba ante él, vestido con una túnica amarilla de asceta. Govinda aparecía muy triste, y le preguntó: “¿Por qué me has abandonado?”
Entonces abrazó a Govinda, y cuando le atrajo hacia sí y le besó, Govinda se convirtió en una mujer, cuya túnica se entreabrió mostrando un pecho henchido, sobre el que descansó Siddhartha y del que bebió leche dulce y fuerte. Aquella leche sabía a mujer y a hombre, a sol y a bosque, a bestias y a flores, a todas las frutas, a todos los placeres. Aquella bebida emborrachaba y hacía perder el conocimiento. Cuando Siddhartha despertó, brillaba el pálido río a través de la puerta de la cabaña, y en el bosque se oía profundo y armonioso el canto oscuro del búho.
Y cuando rompió el día, Siddhartha rogó a su huésped, el barquero, que le llevara sobre el río. El barquero le llevó en su balsa de bambúes sobre el río, que brillaba rojizo con el arrebol de la aurora.
—Es un río muy hermoso —dijo Siddhartha a su acompañante.
—Sí —dijo el barquero—, un río muy hermoso, yo lo amo sobre todas las cosas. Le he escuchado con frecuencia, con frecuencia he mirado en sus ojos, y siempre he aprendido algo de él. Se puede aprender mucho de un río.
—Te doy gracias, mi bienhechor —dijo Siddhartha cuando desembarcó en la otra orilla—. No tengo nada que regalarte, querido, ni dinero para pagarte el pasaje. Soy un hombre sin patria, un hijo de brahmán, un samana.
—Ya lo veo —dijo el barquero—, y no esperaba de ti ni dinero ni regalos. Ya me lo darás otra vez.
—¿Tú crees? —preguntó Siddhartha, regocijado.
—Ciertamente. También he aprendido esto del río: ¡todo vuelve! Tú también, samana, volverás un día. Ahora, ¡que te vaya bien! Ojalá tu amistad sea mi recompensa. Acuérdate de mí cuando ofrendes a los dioses.
Se separaron, sonriendo, Siddhartha se regocijó pensando en la llaneza y amistad del barquero. “Es como Govinda —pensó, sonriendo—. Todos los que me encuentro en mi camino son como Govinda. Todos son agradecidos, aunque son ellos los que tienen derecho al agradecimiento. Todos son sumisos, todos son inclinados a la amistad, están dispuestos a obedecer, poco a pensar. Los hombres son como niños.”
Al mediodía atravesó una aldea. Ante las chozas de barro jugaban los niños con semillas de calabaza y conchas, gritaban y se peleaban, pero todos huyeron atemorizados al ver al samana. Al otro extremo de la aldea, el camino cruzaba un arroyo, y a la orilla del arroyo había una mujer joven lavando la ropa. Cuando Siddhartha la saludó, levantó la cabeza y le miró con una sonrisa, viendo Siddhartha brillar sus ojos. Pronunció una bendición sobre ella, como era costumbre de los caminantes, y preguntó qué distancia había hasta la ciudad. Ella entonces se levantó y se acercó a él, refulgiéndole graciosamente la húmeda boca en el rostro joven. Cambió algunas bromas con él, le preguntó si había comido y si era verdad que los samanas duermen solos en el bosque por la noche y no pueden tener ninguna mujer a su lado. Luego puso ella su pie izquierdo en el derecho de él e hizo un movimiento, como el que hace la mujer cuando provoca al hombre a aquella manera del gozar amoroso que los libros sabios llaman “trepar al árbol”. Siddhartha sintió que la sangre le hervía, y como recordara en aquel instante el sueño pasado, se inclinó un poco sobre la mujer y besó los botones morenos de sus pechos. Al levantar los ojos vio su rostro que sonreía lleno de deseo y sus ojos empequeñecidos suplicando con vehemencia.
También Siddhartha sentía deseos ardientes y que la fuente del sexo se movía; pero como todavía no había tocado nunca a una mujer, vaciló un momento, mientras sus manos estaban ya dispuestas a asir las de ella. Y en este instante escuchó estremecido la voz de su interior, y la voz decía no. Entonces desapareció del rostro sonriente de la joven mujer todo encanto y no vio nada más que la húmeda mirada de una hembra ardiente. Le acarició amistoso la mejilla, se apartó de ella y desapareció con pies ligeros por entre un bosquecillo de bambúes, dejándola desilusionada.
En este día llegó por la noche a una gran ciudad, y se alegró, pues anhelaba la compañía de las gentes. Había vivido mucho tiempo en el bosque, y la choza de paja del barquero, en la que había pasado la noche, era el primer techo que le cobijaba desde hacía mucho tiempo.
Delante de la ciudad, junto a un bello bosquecillo cercado, encontró el caminante un pequeño séquito de criados y criadas cargados con cestos. En medio, en una silla de manos muy adornada que traían entre cuatro, venía sentada sobre cojines rojos y bajo un toldillo de colorines una mujer, la señora. Siddhartha se detuvo a la entrada del parque de recreo, miró a los criados, a las criadas, los cestos, la silla, y en la silla a la dama. Bajo unos cabellos muy rizados y muy negros vio un rostro luminoso, muy delicado, muy discreto, una boca roja como un higo recién abierto, unas cejas cuidadas y pintadas formando un arco alto, unos ojos negros sensatos y despiertos, un cuello esbelto y blanco emergiendo de entre unas telas verdes y doradas, unas manos finas y largas con pulseras de oro en las muñecas.
Siddhartha vio cuán hermosa era, y su corazón sonrió. Se inclinó profundamente cuando la silla estuvo cerca, y al incorporarse la miró a la cara; leyó por un instante en los ojos prudentes y muy arqueados, respiró un aroma que no conocía. La señora inclinó la cabeza sonriendo un momento, y desapareció dentro del jardín, y los criados, tras ella.
“Entro con buenos augurios en la ciudad”, pensó Siddhartha. Se le ocurrió entrar en el jardín, pero examinó su figura y comprendió que no era extraño que los criados y criadas le hubieran mirado con desprecio, con desconfianza, rechazándole.
“Todavía soy un samana —pensó—, todavía soy un asceta y un mendigo. No puedo seguir así, así no puedo entrar en el jardín.” Y sonrió.
Al primer hombre que pasó por el camino le interrogó sobre aquel parque y le preguntó el nombre de la dama, y supo que aquel era el jardín de Kamala, la famosa cortesana, y que tenía, además del jardín, una casa en la ciudad.
Luego entro en la ciudad. Ahora tenía un objetivo.
Siguiendo su plan vagó por la ciudad, recorrió sus calles, se detuvo en las plazas, descansó en la escalinata de piedra del río. Al anochecer hizo amistad con un mozo de barbería, al que había visto trabajar a la sombra de una arquería, al que volvió a encontrar pidiendo a la puerta de un templo de Visnú, al que contó la historia de Visnú y Laksmi. Pasó la noche tendido junto a los botes del río, y muy de mañana, antes que los primeros parroquianos vinieran a la barbería, se hizo afeitar y cortar el pelo por su amigo, se peinó y se ungió el cabello con un fino aceite. Luego se bañó en el río.
Cuando la hermosa Kamala se retiró al atardecer a su jardín, a la puerta estaba Siddhartha, se inclinó y recibió el saludo de la cortesana. Al último criado del cortejo le hizo una seña y le rogó que hiciera saber a su señora que un joven brahmán deseaba hablarle. A poco regresó el criado, pidió al que esperaba que le siguiera, lo condujo en silencio hasta un pabellón donde reposaba Kamala en un diván y le dejó a solas con ella.
—¿No eres tú el que ayer me saludó ahí afuera?— preguntó Kamala.
—Sí, ayer te vi y te saludé.
—Pero ¿no tenías ayer una barba y largos cabellos y polvo en el pelo?
—Bien lo observaste, todo lo viste. Viste a Siddhartha, el hijo del brahmán, que dejó su patria para convertirse en un samana y que ha sido samana durante tres años. Pero ahora he dejado esta senda y he llegado a esta ciudad, y lo primero que encuentro antes de entrar en ella eres tú. Es decir, ¡que he venido a ti, oh Kamala! Eres la primera mujer a la que hablo sin bajar los ojos a tierra. Nunca más abatiré la mirada cuando me encuentre con una mujer hermosa.
Kamala sonreía y jugaba con su abanico de plumas de pavo real. Y preguntó:
—¿Y solo para decirme esto ha venido a mí Siddhartha?
—Para decirte esto y para darte gracias por ser tan bella. Y si no te desagrada, Kamala, quisiera rogarte que fueras mi amiga y maestra, pues no sé nada de este arte en el que tú eres maestra.
Kamala se echó a reír.
—¡Nunca me ha sucedido, amigo, que un samana viniera del bosque a mí y quisiera que yo le enseñara! ¡Nunca me ha sucedido que un samana de largos cabellos viniera a mí con unos harapos en torno a las caderas! Muchos jóvenes vienen a mí, y entre ellos, muchos hijos de brahmanes, pero vienen con hermosos vestidos, traen finos zapatos, tienen perfumado el cabello y dinero en la bolsa. Así son, samana, los jóvenes que se acercan a mí.
Habló Siddhartha:
—Ya empiezo a aprender de ti. Ayer también aprendí algo. Me quité la barba, me peiné, unté mis cabellos con aceite. Poco es lo que me falta, hermosa: vestidos finos, zapatos elegantes, dinero en la bolsa. Mira, Siddhartha se ha propuesto cosas más difíciles que estas y las ha alcanzado. ¿Cómo no va a conseguir lo que ayer se propuso: ser tu amigo y aprender de ti las alegrías del amor? Me encontrarás dócil, Kamala; he aprendido cosas más difíciles que las que tú has de enseñarme. Así que dime: ¿no te basta Siddhartha como es, con aceite en el pelo, pero sin vestidos, sin zapatos, sin dinero?
Kamala exclamó, riendo:
—No, querido; no basta eso. Debe tener vestidos, vestidos hermosos, y zapatos, zapatos lindos, y mucho dinero en la bolsa, y regalos para Kamala. ¿Te enteras, samana de los bosques? ¿Te has dado cuenta?
—Me he dado cuenta muy bien —exclamó Siddhartha—. ¡Cómo no darse cuenta de lo que viene de una boca así! Tu boca es como un higo recién abierto, Kamala. También mi boca es roja y fresca, te gustará; lo has de ver. Pero dime, hermosa Kamala, ¿no tienes temor del samana de los bosques, que viene a aprender el amor?
—¿Por qué he de tener temor de un samana, de un simple samana de los bosques, salido de entre los chacales y que no sabe todavía lo que son las mujeres?
—¡Oh!, el samana es fuerte y no teme a nadie. Podría forzarte, hermosa muchacha. Podría raptarte. Podría hacerte mal.
—No, samana, eso no me causa temor. ¿Ha tenido miedo nunca un samana o un brahmán de que alguien pudiera venir y robarle su sabiduría, su piedad y su profundidad de espíritu? No, pues todo esto le pertenece, y solo da parte a quien él quiere y cuando quiere. Así es y lo mismo sucede con Kamala y con las alegrías del amor. ¡Bella y roja es la boca de Kamala, pero intenta besarla contra la voluntad de Kamala y no alcanzarás ni una gota de dulzura de sus labios, que saben dar tantas dulzuras! Eres dócil, Siddhartha, así que aprende esto: el amor se puede mendigar, comprar, recibirlo regalado, encontrarlo en la calle, pero no se puede robar. Te has trazado un camino falso. No; sería una pena que un joven tan apuesto como tú quisiera obrar así.
Siddhartha se inclinó, sonriendo.
—Sería una verdadera pena, Kamala, ¡tienes razón! Sería una pena grandísima. No, ¡no se ha de perder ni una gota de dulzura de tu boca, ni de la mía! Quedamos en que Siddhartha volverá cuando tenga lo que le falta: vestidos, zapatos, dinero. Pero dime, noble Kamala, ¿no podrías darme un consejo?
—¿Un consejo? ¿Por qué no? ¿Quién no querrá dar un consejo a un pobre, a un ignorante samana, que viene de entre los chacales del bosque?
—Amada Kamala, aconséjame: ¿dónde iré para alcanzar cuanto antes estas tres cosas?
—Amigo, eso lo sabe cualquiera. Debes hacer lo que has aprendido, y exigir por ello dinero, vestidos y calzado. De otra forma, el pobre nunca llegará a tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
—Sé pensar. Sé esperar. Sé ayunar.
—¿Nada más?
—Nada más. También sé hacer versos. ¿Quieres darme un beso por una poesía?
—Te lo daré si me gusta. ¿Cómo dice ese verso?
Siddhartha recitó este poema, después de haber pensado un momento:
*En su sombroso vergel entra la hermosa Kamala,*
*a la puerta del jardín está el broncíneo samana.*
*Al ver esta flor de loto, profundamente se inclina,*
*Kamala le responde con una sonrisa.*
*El joven piensa: mejor que ofrendar a los dioses*
*es ofrendar a la hermosa Kamala.*
Kamala aplaude ruidosamente, y las pulseras de oro acompañan sus palmadas con tintineos armoniosos.
—Bellos son tus versos, broncíneo samana, y en verdad que no pierdo nada si te doy un beso por ellos.
Le atrajo hacia sí con los ojos; él inclinó su rostro sobre el de ella, y puso su boca sobra la otra boca, que parecía un higo recién abierto. Kamala le besó largamente, y con profundo asombro sintió Siddhartha cómo le enseñaba, cuán sabia era, cómo le dominaba; le rechazó, le volvió a atraer a sí, y siguió una serie de besos, todos diferentes unos de otros. Respirando profundamente se incorporó; parecía en aquel momento un niño asombrado de la profusión de ciencia y conocimientos que se ofrecían a sus ojos.
—Tus versos son muy hermosos —exclamó Kamala—; si yo fuera rica te daría montones de oro por ellos. Pero te va a ser difícil ganar con tus versos todo el dinero que necesitas. Pues necesitas mucho dinero para ser amigo de Kamala.
—¡Cómo sabes besar, Kamala! —balbució Siddhartha.
—Sí, lo hago bastante bien; por eso no me faltan vestidos, zapatos, pulseras y otras bellas cosas. Pero ¿qué va a ser de ti? ¿No sabes otra cosa más que pensar, ayunar y rimar?
—Conozco también los cantos de los sacrificios —dijo Siddhartha—, pero no quiero volver a cantarlos. Sé también muchos conjuros, pero no quiero volver a pronunciarlos. He leído manuscritos…
—Alto —interrumpió Kamala— ¿Sabes leer? ¿Sabes escribir?
—Sí. Y muchos también.
—La mayoría no saben. Yo tampoco. Es una suerte que sepas leer y escribir. También podrás valerte de los conjuros.
En este momento llegó corriendo una criada y susurró al oído de la señora un recado.
—Tengo visita —dijo Kamala—. Marcha enseguida, Siddhartha; nadie debe verte aquí, ¡tenlo muy presente! Mañana volveré a recibirte.
Ordenó a la criada que diera una túnica blanca al piadoso brahmán. Sin darse cuenta de nada, Siddhartha se vio llevado de allí por la criada, introducido en una casa del jardín, obsequiado con una túnica, conducido a la espesura y rogado insistentemente que saliera cuanto antes del parque.
Lleno de contento hizo lo que le pedían. Acostumbrado a moverse en el bosque, salió silenciosamente del jardín saltando la cerca. Muy contento regresó a la ciudad, con la túnica enrollada bajo el brazo. En un mesón donde entraban muchos viajeros se colocó a la puerta, pidió silenciosamente de comer y recibió un trozo de pastel de arroz. “Quizá mañana —pensó—no tenga que pedir de comer.”
El orgullo se apoderó de él de repente. Ya no era ningún samana, era indigno andar pidiendo. Dio el trozo de pastel de arroz a un perro y se quedó sin comer.
“Sencilla es la vida que aquí llevan —pensó Siddhartha—. No tiene dificultades. Todo era difícil, penoso y al fin desesperanzador cuando todavía era samana. Ahora todo es fácil, fácil como la lección de besos que Kamala me dio. Necesito dinero y vestidos, casi nada, pequeñeces que no me quitarán el sueño.”
Anduvo preguntando por la casa de Kamala, y allí se encontró al día siguiente.
—Todo va bien —dijo ella saliéndole al encuentro—. Te esperan en casa de Kamaswami, el comerciante más rico de esta ciudad. Si le agradas te dará un empleo. Sé prudente, broncíneo samana. He logrado que otro le hablara de ti. Sé amistoso con él, es muy poderoso. ¡Pero no sean tan modesto! No quiero que seas su criado, sino su igual; de lo contrario no estaré contenta de ti. Kamaswami empieza a ser viejo y comodón. Si le agradas te confiará muchas cosas.
Siddhartha le dio gracias y sonrió, y cuando Kamala se enteró de que no había comido nada ni ayer ni hoy, mandó traer pan y frutas, y le regaló.
—Has tenido suerte —dijo al despedirle—; una puerta tras otra van abriéndose ante ti. ¿Cómo puede ser esto? ¿Tienes un talismán?
Dijo Siddhartha:
—Ayer te dije que sabía pensar, esperar y ayunar; pero te pareció que esto no servía para nada. Pero sirve de mucho, Kamala, ya lo verás. Comprobarás que el estúpido samana aprendió muchas cosas en el bosque que vosotros no sabéis. Anteayer era yo un mendigo harapiento, ayer ya besé a Kamala, y pronto seré un comerciante y tendré dinero y todas esas cosas en las que pones tanta estima.
—Sí —dijo ella—. Pero ¡qué sería de ti sin mí? ¿Qué serías si Kamala no te ayudara?
—Querida Kamala —dijo Siddhartha, y se irguió—; cuando me llegué a ti en el parque di el primer paso. Era mi intención aprender el amor junto a aquella hermosa mujer. Desde el momento en que tomé aquella determinación sabía también que lo conseguiría. Sabía que me ayudarías; lo supe al recibir tu primera mirada a la puerta del jardín.
—¿Y si yo no hubiera querido?
—Quisiste. Mira, Kamala: cuando arrojas una piedra al agua se va al fondo por el camino más corto. Así sucede cuando Siddhartha se propone algo. Siddhartha no hace nada, espera, piensa, ayuna, pero avanza a través de las cosas del mundo, como la piedra a través del agua, sin hacer nada, sin moverse; es empujado, se deja caer. Su meta le atrae, pues no deja penetrar nada en su alma que pueda entorpecerle el camino hacia su meta. Esto es lo que Siddhartha aprendió junto a los samanas. Esto es lo que los necios llaman sortilegio, y creen que el sortilegio es obrado por los demonios. Los demonios no hacen nada, no hay demonios. Todos pueden obrar prodigios, todos pueden alcanzar su meta si saben pensar, si saben esperar, si saben ayunar.
Kamala le escuchaba. Le gustaba su voz, le gustaba la mirada de sus ojos.
—Quizá sea así como dices, amigo. Pero quizá sea también porque Siddhartha es un guapo mozo, porque su mirada agrada a las mujeres, por lo que la dicha viene a su encuentro.
Siddhartha se despidió con un beso.
—Ojalá sea así, maestra mía. Ojalá te agrade por siempre mi mirada. ¡Ojalá me venga siempre la dicha de ti!
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Siddhartha aprendió muchas cosas nuevas a cada paso que dio por su camino, pues el mundo había cambiado y su corazón estaba encantado. Veía salir el sol sobre las montañas y ponerse tras las lejanas playas rodeadas de palmeras. Por la noche veía en el cielo las estrellas guardando su orden eterno, y la hoz de la luna navegando como un barco en el azul. Veía árboles, estrellas, bestias, nubes, arcos iris, rocas, hierbas, flores, arroyos y ríos, relámpagos de rocío en los matorrales al amanecer, altas montañas lejanas azules y pálidas, pájaros cantores y abejas, vientos que soplaban plateando los campos de arroz. Todo esto, múltiple y abigarrado, había existido siempre; siempre habían brillado el sol y la luna, siempre había susurrado el río y la abeja, pero en los primeros tiempos todo esto no había sido para Siddhartha más que un velo ligero y engañoso ante los ojos, observado con desconfianza, destinado a ser traspasado por los pensamientos y a ser destruido, porque no era un ser, pues el ser está más allá de lo visible. Pero ahora sus ojos liberados se detenían de esta parte de acá, veía y conocía lo visible, buscaba una patria en este mundo, no buscaba el ser, no apuntaba a ningún más allá. Bello era el mundo cuando se le miraba así, sin buscar nada, tan sencilla e infantilmente. Bella la Luna y las montañas, bello el arroyo y la ribera, el bosque y las rocas, la cabra y la cetonia, la flor y la mariposa. Bello y amable era caminar así por el mundo, tan infantilmente, tan despierto, tan accesible a lo próximo, tan sin desconfianza. El sol quemaba en la piel de otra forma, la sombra del bosque refrescaba de modo distinto, el agua de los arroyos y cisternas sabía de otra manera, como la calabaza y las bananas. Breves eran los días; cortas, las noches; las horas pasaban raudas como una vela en el mar; bajo la vela, un barco lleno de tesoros, lleno de alegrías. Siddhartha vio un pueblo de simios caminando por la alta bóveda del bosque y escuchó un canto salvaje y codicioso. Siddhartha vio un carnero que perseguía a una oveja, con la que se apareó. En un charco cubierto de juncos vio al sollo cazar su cena, haciendo huir ante él al tropel de pececillos plateados, revolviendo el agua con sus movimientos impetuosos.
Todo esto había siempre así, y no lo había visto; nunca había estado allí. Ahora sí estaba en ello, le pertenecía. Por sus ojos pasaban luces y sombras; por su corazón, estrellas y luna.
Siddhartha recordó también por el camino todo lo que había experimentado en el jardín Jetavana, la doctrina que en él escuchó, la del divino Buda, la despedida de Govinda, la conversación con el Sublime. Sus propias palabras, las que dirigió al Sublime, volvían a su recuerdo, palabra por palabra, y comprendió con asombro que había dicho allí cosas que entonces no sabía de cierto: su tesoro y misterio, el del Buda, no era la doctrina, sino lo inexpresable y no enseñable que sintió en el momento de su transfiguración; esto era precisamente lo que él empezaba a sentir. Ahora debía sentirse a sí mismo. Ya hacía mucho que sabía que su ser era Atman, un ser eterno como Brahma. Pero nunca había encontrado realmente este ser, porque había querido atraparlo con la red del pensamiento. También estaba seguro de que el cuerpo no era este ser propio, ni el juego de los sentidos, ni tampoco el pensamiento ni la razón, ni la ciencia aprendida, ni el arte adquirido, ni sacar conclusiones e hilar nuevos pensamientos de lo ya pensado. No, tampoco este mundo del pensamiento estaba de este lado ni conducía a ninguna parte si se mataba el yo accidental de los sentidos y se alimentaba, en cambio, el yo accidental del pensamiento y del saber. Tanto los pensamientos como los sentidos eran cosas hermosas; tras ellas estaba oculto el último significado; importaba escuchar a las dos, jugar con las dos, ni despreciarlas a ambas ni sobreestimarlas: escuchar las voces secretas de su interior. No quería aspirar a nada que no le mandaran aspirar las voces, no quería permanecer junto a nada que no le hubieran aconsejado las voces. ¿Por qué había estado en otro tiempo Gotama, en el momento de los momentos, sentado bajo el Bo, donde le alcanzó la iluminación divina? Había oído una voz, una voz en su propio corazón, que le ordenaba buscar descanso bajo este árbol, y había pospuesto las mortificaciones, los sacrificios, las abluciones u oraciones, el comer y el beber, el dormir y el soñar, y había obedecido a la voz. Obedecer así, no las órdenes exteriores, sino solamente la voz, estar así dispuesto, esto era lo bueno, esto era lo necesario y no lo otro.
La noche en que durmió en la choza de paja de un barquero, a la orilla del río, Siddhartha tuvo un sueño: Govinda estaba ante él, vestido con una túnica amarilla de asceta. Govinda aparecía muy triste, y le preguntó: “¿Por qué me has abandonado?”
Entonces abrazó a Govinda, y cuando le atrajo hacia sí y le besó, Govinda se convirtió en una mujer, cuya túnica se entreabrió mostrando un pecho henchido, sobre el que descansó Siddhartha y del que bebió leche dulce y fuerte. Aquella leche sabía a mujer y a hombre, a sol y a bosque, a bestias y a flores, a todas las frutas, a todos los placeres. Aquella bebida emborrachaba y hacía perder el conocimiento. Cuando Siddhartha despertó, brillaba el pálido río a través de la puerta de la cabaña, y en el bosque se oía profundo y armonioso el canto oscuro del búho.
Y cuando rompió el día, Siddhartha rogó a su huésped, el barquero, que le llevara sobre el río. El barquero le llevó en su balsa de bambúes sobre el río, que brillaba rojizo con el arrebol de la aurora.
—Es un río muy hermoso —dijo Siddhartha a su acompañante.
—Sí —dijo el barquero—, un río muy hermoso, yo lo amo sobre todas las cosas. Le he escuchado con frecuencia, con frecuencia he mirado en sus ojos, y siempre he aprendido algo de él. Se puede aprender mucho de un río.
—Te doy gracias, mi bienhechor —dijo Siddhartha cuando desembarcó en la otra orilla—. No tengo nada que regalarte, querido, ni dinero para pagarte el pasaje. Soy un hombre sin patria, un hijo de brahmán, un samana.
—Ya lo veo —dijo el barquero—, y no esperaba de ti ni dinero ni regalos. Ya me lo darás otra vez.
—¿Tú crees? —preguntó Siddhartha, regocijado.
—Ciertamente. También he aprendido esto del río: ¡todo vuelve! Tú también, samana, volverás un día. Ahora, ¡que te vaya bien! Ojalá tu amistad sea mi recompensa. Acuérdate de mí cuando ofrendes a los dioses.
Se separaron, sonriendo, Siddhartha se regocijó pensando en la llaneza y amistad del barquero. “Es como Govinda —pensó, sonriendo—. Todos los que me encuentro en mi camino son como Govinda. Todos son agradecidos, aunque son ellos los que tienen derecho al agradecimiento. Todos son sumisos, todos son inclinados a la amistad, están dispuestos a obedecer, poco a pensar. Los hombres son como niños.”
Al mediodía atravesó una aldea. Ante las chozas de barro jugaban los niños con semillas de calabaza y conchas, gritaban y se peleaban, pero todos huyeron atemorizados al ver al samana. Al otro extremo de la aldea, el camino cruzaba un arroyo, y a la orilla del arroyo había una mujer joven lavando la ropa. Cuando Siddhartha la saludó, levantó la cabeza y le miró con una sonrisa, viendo Siddhartha brillar sus ojos. Pronunció una bendición sobre ella, como era costumbre de los caminantes, y preguntó qué distancia había hasta la ciudad. Ella entonces se levantó y se acercó a él, refulgiéndole graciosamente la húmeda boca en el rostro joven. Cambió algunas bromas con él, le preguntó si había comido y si era verdad que los samanas duermen solos en el bosque por la noche y no pueden tener ninguna mujer a su lado. Luego puso ella su pie izquierdo en el derecho de él e hizo un movimiento, como el que hace la mujer cuando provoca al hombre a aquella manera del gozar amoroso que los libros sabios llaman “trepar al árbol”. Siddhartha sintió que la sangre le hervía, y como recordara en aquel instante el sueño pasado, se inclinó un poco sobre la mujer y besó los botones morenos de sus pechos. Al levantar los ojos vio su rostro que sonreía lleno de deseo y sus ojos empequeñecidos suplicando con vehemencia.
También Siddhartha sentía deseos ardientes y que la fuente del sexo se movía; pero como todavía no había tocado nunca a una mujer, vaciló un momento, mientras sus manos estaban ya dispuestas a asir las de ella. Y en este instante escuchó estremecido la voz de su interior, y la voz decía no. Entonces desapareció del rostro sonriente de la joven mujer todo encanto y no vio nada más que la húmeda mirada de una hembra ardiente. Le acarició amistoso la mejilla, se apartó de ella y desapareció con pies ligeros por entre un bosquecillo de bambúes, dejándola desilusionada.
En este día llegó por la noche a una gran ciudad, y se alegró, pues anhelaba la compañía de las gentes. Había vivido mucho tiempo en el bosque, y la choza de paja del barquero, en la que había pasado la noche, era el primer techo que le cobijaba desde hacía mucho tiempo.
Delante de la ciudad, junto a un bello bosquecillo cercado, encontró el caminante un pequeño séquito de criados y criadas cargados con cestos. En medio, en una silla de manos muy adornada que traían entre cuatro, venía sentada sobre cojines rojos y bajo un toldillo de colorines una mujer, la señora. Siddhartha se detuvo a la entrada del parque de recreo, miró a los criados, a las criadas, los cestos, la silla, y en la silla a la dama. Bajo unos cabellos muy rizados y muy negros vio un rostro luminoso, muy delicado, muy discreto, una boca roja como un higo recién abierto, unas cejas cuidadas y pintadas formando un arco alto, unos ojos negros sensatos y despiertos, un cuello esbelto y blanco emergiendo de entre unas telas verdes y doradas, unas manos finas y largas con pulseras de oro en las muñecas.
Siddhartha vio cuán hermosa era, y su corazón sonrió. Se inclinó profundamente cuando la silla estuvo cerca, y al incorporarse la miró a la cara; leyó por un instante en los ojos prudentes y muy arqueados, respiró un aroma que no conocía. La señora inclinó la cabeza sonriendo un momento, y desapareció dentro del jardín, y los criados, tras ella.
“Entro con buenos augurios en la ciudad”, pensó Siddhartha. Se le ocurrió entrar en el jardín, pero examinó su figura y comprendió que no era extraño que los criados y criadas le hubieran mirado con desprecio, con desconfianza, rechazándole.
“Todavía soy un samana —pensó—, todavía soy un asceta y un mendigo. No puedo seguir así, así no puedo entrar en el jardín.” Y sonrió.
Al primer hombre que pasó por el camino le interrogó sobre aquel parque y le preguntó el nombre de la dama, y supo que aquel era el jardín de Kamala, la famosa cortesana, y que tenía, además del jardín, una casa en la ciudad.
Luego entro en la ciudad. Ahora tenía un objetivo.
Siguiendo su plan vagó por la ciudad, recorrió sus calles, se detuvo en las plazas, descansó en la escalinata de piedra del río. Al anochecer hizo amistad con un mozo de barbería, al que había visto trabajar a la sombra de una arquería, al que volvió a encontrar pidiendo a la puerta de un templo de Visnú, al que contó la historia de Visnú y Laksmi. Pasó la noche tendido junto a los botes del río, y muy de mañana, antes que los primeros parroquianos vinieran a la barbería, se hizo afeitar y cortar el pelo por su amigo, se peinó y se ungió el cabello con un fino aceite. Luego se bañó en el río.
Cuando la hermosa Kamala se retiró al atardecer a su jardín, a la puerta estaba Siddhartha, se inclinó y recibió el saludo de la cortesana. Al último criado del cortejo le hizo una seña y le rogó que hiciera saber a su señora que un joven brahmán deseaba hablarle. A poco regresó el criado, pidió al que esperaba que le siguiera, lo condujo en silencio hasta un pabellón donde reposaba Kamala en un diván y le dejó a solas con ella.
—¿No eres tú el que ayer me saludó ahí afuera?— preguntó Kamala.
—Sí, ayer te vi y te saludé.
—Pero ¿no tenías ayer una barba y largos cabellos y polvo en el pelo?
—Bien lo observaste, todo lo viste. Viste a Siddhartha, el hijo del brahmán, que dejó su patria para convertirse en un samana y que ha sido samana durante tres años. Pero ahora he dejado esta senda y he llegado a esta ciudad, y lo primero que encuentro antes de entrar en ella eres tú. Es decir, ¡que he venido a ti, oh Kamala! Eres la primera mujer a la que hablo sin bajar los ojos a tierra. Nunca más abatiré la mirada cuando me encuentre con una mujer hermosa.
Kamala sonreía y jugaba con su abanico de plumas de pavo real. Y preguntó:
—¿Y solo para decirme esto ha venido a mí Siddhartha?
—Para decirte esto y para darte gracias por ser tan bella. Y si no te desagrada, Kamala, quisiera rogarte que fueras mi amiga y maestra, pues no sé nada de este arte en el que tú eres maestra.
Kamala se echó a reír.
—¡Nunca me ha sucedido, amigo, que un samana viniera del bosque a mí y quisiera que yo le enseñara! ¡Nunca me ha sucedido que un samana de largos cabellos viniera a mí con unos harapos en torno a las caderas! Muchos jóvenes vienen a mí, y entre ellos, muchos hijos de brahmanes, pero vienen con hermosos vestidos, traen finos zapatos, tienen perfumado el cabello y dinero en la bolsa. Así son, samana, los jóvenes que se acercan a mí.
Habló Siddhartha:
—Ya empiezo a aprender de ti. Ayer también aprendí algo. Me quité la barba, me peiné, unté mis cabellos con aceite. Poco es lo que me falta, hermosa: vestidos finos, zapatos elegantes, dinero en la bolsa. Mira, Siddhartha se ha propuesto cosas más difíciles que estas y las ha alcanzado. ¿Cómo no va a conseguir lo que ayer se propuso: ser tu amigo y aprender de ti las alegrías del amor? Me encontrarás dócil, Kamala; he aprendido cosas más difíciles que las que tú has de enseñarme. Así que dime: ¿no te basta Siddhartha como es, con aceite en el pelo, pero sin vestidos, sin zapatos, sin dinero?
Kamala exclamó, riendo:
—No, querido; no basta eso. Debe tener vestidos, vestidos hermosos, y zapatos, zapatos lindos, y mucho dinero en la bolsa, y regalos para Kamala. ¿Te enteras, samana de los bosques? ¿Te has dado cuenta?
—Me he dado cuenta muy bien —exclamó Siddhartha—. ¡Cómo no darse cuenta de lo que viene de una boca así! Tu boca es como un higo recién abierto, Kamala. También mi boca es roja y fresca, te gustará; lo has de ver. Pero dime, hermosa Kamala, ¿no tienes temor del samana de los bosques, que viene a aprender el amor?
—¿Por qué he de tener temor de un samana, de un simple samana de los bosques, salido de entre los chacales y que no sabe todavía lo que son las mujeres?
—¡Oh!, el samana es fuerte y no teme a nadie. Podría forzarte, hermosa muchacha. Podría raptarte. Podría hacerte mal.
—No, samana, eso no me causa temor. ¿Ha tenido miedo nunca un samana o un brahmán de que alguien pudiera venir y robarle su sabiduría, su piedad y su profundidad de espíritu? No, pues todo esto le pertenece, y solo da parte a quien él quiere y cuando quiere. Así es y lo mismo sucede con Kamala y con las alegrías del amor. ¡Bella y roja es la boca de Kamala, pero intenta besarla contra la voluntad de Kamala y no alcanzarás ni una gota de dulzura de sus labios, que saben dar tantas dulzuras! Eres dócil, Siddhartha, así que aprende esto: el amor se puede mendigar, comprar, recibirlo regalado, encontrarlo en la calle, pero no se puede robar. Te has trazado un camino falso. No; sería una pena que un joven tan apuesto como tú quisiera obrar así.
Siddhartha se inclinó, sonriendo.
—Sería una verdadera pena, Kamala, ¡tienes razón! Sería una pena grandísima. No, ¡no se ha de perder ni una gota de dulzura de tu boca, ni de la mía! Quedamos en que Siddhartha volverá cuando tenga lo que le falta: vestidos, zapatos, dinero. Pero dime, noble Kamala, ¿no podrías darme un consejo?
—¿Un consejo? ¿Por qué no? ¿Quién no querrá dar un consejo a un pobre, a un ignorante samana, que viene de entre los chacales del bosque?
—Amada Kamala, aconséjame: ¿dónde iré para alcanzar cuanto antes estas tres cosas?
—Amigo, eso lo sabe cualquiera. Debes hacer lo que has aprendido, y exigir por ello dinero, vestidos y calzado. De otra forma, el pobre nunca llegará a tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
—Sé pensar. Sé esperar. Sé ayunar.
—¿Nada más?
—Nada más. También sé hacer versos. ¿Quieres darme un beso por una poesía?
—Te lo daré si me gusta. ¿Cómo dice ese verso?
Siddhartha recitó este poema, después de haber pensado un momento:
*En su sombroso vergel entra la hermosa Kamala,*
*a la puerta del jardín está el broncíneo samana.*
*Al ver esta flor de loto, profundamente se inclina,*
*Kamala le responde con una sonrisa.*
*El joven piensa: mejor que ofrendar a los dioses*
*es ofrendar a la hermosa Kamala.*
Kamala aplaude ruidosamente, y las pulseras de oro acompañan sus palmadas con tintineos armoniosos.
—Bellos son tus versos, broncíneo samana, y en verdad que no pierdo nada si te doy un beso por ellos.
Le atrajo hacia sí con los ojos; él inclinó su rostro sobre el de ella, y puso su boca sobra la otra boca, que parecía un higo recién abierto. Kamala le besó largamente, y con profundo asombro sintió Siddhartha cómo le enseñaba, cuán sabia era, cómo le dominaba; le rechazó, le volvió a atraer a sí, y siguió una serie de besos, todos diferentes unos de otros. Respirando profundamente se incorporó; parecía en aquel momento un niño asombrado de la profusión de ciencia y conocimientos que se ofrecían a sus ojos.
—Tus versos son muy hermosos —exclamó Kamala—; si yo fuera rica te daría montones de oro por ellos. Pero te va a ser difícil ganar con tus versos todo el dinero que necesitas. Pues necesitas mucho dinero para ser amigo de Kamala.
—¡Cómo sabes besar, Kamala! —balbució Siddhartha.
—Sí, lo hago bastante bien; por eso no me faltan vestidos, zapatos, pulseras y otras bellas cosas. Pero ¿qué va a ser de ti? ¿No sabes otra cosa más que pensar, ayunar y rimar?
—Conozco también los cantos de los sacrificios —dijo Siddhartha—, pero no quiero volver a cantarlos. Sé también muchos conjuros, pero no quiero volver a pronunciarlos. He leído manuscritos…
—Alto —interrumpió Kamala— ¿Sabes leer? ¿Sabes escribir?
—Sí. Y muchos también.
—La mayoría no saben. Yo tampoco. Es una suerte que sepas leer y escribir. También podrás valerte de los conjuros.
En este momento llegó corriendo una criada y susurró al oído de la señora un recado.
—Tengo visita —dijo Kamala—. Marcha enseguida, Siddhartha; nadie debe verte aquí, ¡tenlo muy presente! Mañana volveré a recibirte.
Ordenó a la criada que diera una túnica blanca al piadoso brahmán. Sin darse cuenta de nada, Siddhartha se vio llevado de allí por la criada, introducido en una casa del jardín, obsequiado con una túnica, conducido a la espesura y rogado insistentemente que saliera cuanto antes del parque.
Lleno de contento hizo lo que le pedían. Acostumbrado a moverse en el bosque, salió silenciosamente del jardín saltando la cerca. Muy contento regresó a la ciudad, con la túnica enrollada bajo el brazo. En un mesón donde entraban muchos viajeros se colocó a la puerta, pidió silenciosamente de comer y recibió un trozo de pastel de arroz. “Quizá mañana —pensó—no tenga que pedir de comer.”
El orgullo se apoderó de él de repente. Ya no era ningún samana, era indigno andar pidiendo. Dio el trozo de pastel de arroz a un perro y se quedó sin comer.
“Sencilla es la vida que aquí llevan —pensó Siddhartha—. No tiene dificultades. Todo era difícil, penoso y al fin desesperanzador cuando todavía era samana. Ahora todo es fácil, fácil como la lección de besos que Kamala me dio. Necesito dinero y vestidos, casi nada, pequeñeces que no me quitarán el sueño.”
Anduvo preguntando por la casa de Kamala, y allí se encontró al día siguiente.
—Todo va bien —dijo ella saliéndole al encuentro—. Te esperan en casa de Kamaswami, el comerciante más rico de esta ciudad. Si le agradas te dará un empleo. Sé prudente, broncíneo samana. He logrado que otro le hablara de ti. Sé amistoso con él, es muy poderoso. ¡Pero no sean tan modesto! No quiero que seas su criado, sino su igual; de lo contrario no estaré contenta de ti. Kamaswami empieza a ser viejo y comodón. Si le agradas te confiará muchas cosas.
Siddhartha le dio gracias y sonrió, y cuando Kamala se enteró de que no había comido nada ni ayer ni hoy, mandó traer pan y frutas, y le regaló.
—Has tenido suerte —dijo al despedirle—; una puerta tras otra van abriéndose ante ti. ¿Cómo puede ser esto? ¿Tienes un talismán?
Dijo Siddhartha:
—Ayer te dije que sabía pensar, esperar y ayunar; pero te pareció que esto no servía para nada. Pero sirve de mucho, Kamala, ya lo verás. Comprobarás que el estúpido samana aprendió muchas cosas en el bosque que vosotros no sabéis. Anteayer era yo un mendigo harapiento, ayer ya besé a Kamala, y pronto seré un comerciante y tendré dinero y todas esas cosas en las que pones tanta estima.
—Sí —dijo ella—. Pero ¡qué sería de ti sin mí? ¿Qué serías si Kamala no te ayudara?
—Querida Kamala —dijo Siddhartha, y se irguió—; cuando me llegué a ti en el parque di el primer paso. Era mi intención aprender el amor junto a aquella hermosa mujer. Desde el momento en que tomé aquella determinación sabía también que lo conseguiría. Sabía que me ayudarías; lo supe al recibir tu primera mirada a la puerta del jardín.
—¿Y si yo no hubiera querido?
—Quisiste. Mira, Kamala: cuando arrojas una piedra al agua se va al fondo por el camino más corto. Así sucede cuando Siddhartha se propone algo. Siddhartha no hace nada, espera, piensa, ayuna, pero avanza a través de las cosas del mundo, como la piedra a través del agua, sin hacer nada, sin moverse; es empujado, se deja caer. Su meta le atrae, pues no deja penetrar nada en su alma que pueda entorpecerle el camino hacia su meta. Esto es lo que Siddhartha aprendió junto a los samanas. Esto es lo que los necios llaman sortilegio, y creen que el sortilegio es obrado por los demonios. Los demonios no hacen nada, no hay demonios. Todos pueden obrar prodigios, todos pueden alcanzar su meta si saben pensar, si saben esperar, si saben ayunar.
Kamala le escuchaba. Le gustaba su voz, le gustaba la mirada de sus ojos.
—Quizá sea así como dices, amigo. Pero quizá sea también porque Siddhartha es un guapo mozo, porque su mirada agrada a las mujeres, por lo que la dicha viene a su encuentro.
Siddhartha se despidió con un beso.
—Ojalá sea así, maestra mía. Ojalá te agrade por siempre mi mirada. ¡Ojalá me venga siempre la dicha de ti!
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