LIVE
Loading live headlines…
Home Trending World Technology Entertainment Gaming Sports Music Science Lifestyle Business About Contact
c/LiteraturaESP by u/fictograma 2h ago fictograma.com

Hora Extra - Cap 004 - Ruan

1 upvotes 0 comments
El banco ya no olía a pintura, ahora olía a decepción municipal. La pintura gris se había secado con un acabado rugoso que se sentía como sentarse sobre una lija de grano fino. Enzo estaba ahí, en su postura de siempre: despatarrado, con el libro de japoneses cerrado sobre el muslo y la mirada perdida en un punto exacto entre el puesto de diarios y el vacío existencial.

Me senté. No hubo saludo. No hace falta protocolo cuando compartís tres horas de oxígeno estancado por día.

—Está seco —dije, pasando la mano por la madera.\
—Pero perdió la mística —respondió Enzo sin mirarme—. El riesgo de la mancha te mantenía alerta. Ahora somos solo dos tipos sentados en un objeto inanimado.\
—Sentarse en un banco no debería ser un deporte extremo, Ludovisi. Bajá un cambio con la filosofía de la adrenalina.\
—Es que la comodidad es el primer paso hacia la decadencia, Carcasona. Mirá a ese tipo que va allá.

Señaló a un ejecutivo que caminaba apurado, con el maletín golpeándole la pierna.\
—Cero estética. El tipo camina como si sus piernas fueran un trámite pendiente. No hay armonía en el movimiento inferior.\
—El tipo camina para llegar, Enzo. Vos caminás para que el suelo te sienta. Son modelos de negocio distintos.\
—El problema es que la gente no aprecia los cimientos. Para mí, todo entra por la base. Si la arquitectura inferior es defectuosa, el edificio no tiene sentido por más que le pongas un helipuerto de oro.\
—¿Hablamos de arquitectura o de minas? Porque me perdí en el segundo subsuelo.\
—Hablamos de la verdad, Ruan. De las piernas. De la curva de la cadera. Del ritmo que dicta la cintura. Es como el bajo en una banda; nadie le presta atención hasta que falta, y ahí la canción se cae a pedazos.\
—El bajo es importante, pero la voz es la que te vende el disco —me crucé de brazos—. Yo soy un hombre simple, Enzo. Economía de recursos. La primera impresión es el frente, la visual directa. El busto es el titular de la noticia. Si el titular no me atrapa, no leo la nota completa.\
—Sos un reduccionista industrial. El busto es un adorno estacional. Las piernas son la estructura permanente. Una buena cadera es un argumento irrefutable, una cintura marcada es una elipsis perfecta.\
—La cintura es solo el nudo de la bolsa, Enzo. Lo que importa es el contenido de arriba. Es el centro de gravedad. Si hay un buen busto, el eje del universo se desplaza tres centímetros hacia adelante y todo lo demás gira en órbita alrededor de eso. Es una cuestión de atracción gravitatoria impositiva.\
—Es una cuestión de proporcionalidad clásica —insistió Enzo, moviendo las manos como si estuviera esculpiendo el aire—. Vos ves el objeto, yo veo el flujo. Una mujer con buenas piernas y caderas es una declaración de independencia de la gravedad. Es movimiento puro. Lo de arriba es estático, es… utilitario.\
—¿Utilitario? ¡Es estético! Es lo que te separa del aburrimiento visual. Es el superávit de la belleza. Unas buenas piernas son solo dos palos que sirven para caminar hacia donde está lo verdaderamente importante.\
—Esos “dos palos” son la Victoria de Samotracia, animal. Son el camino, no el vehículo.

Enzo se indignó tanto que abrió el libros solo para cerrarlo de nuevo con un estruendo.\
—A ver, Carcasona. Imaginá que tenés que invertir tus ahorros en una sola zona. Una sola. ¿De verdad me vas a decir que preferís un busto imponente sobre unas caderas que redefinen el concepto de espacio-tiempo?\
—Si la rentabilidad del busto es alta, el riesgo de la cadera estrecha es asumible —respondí, entrando en modo técnico—. Es una inversión de bajo riesgo y alta visibilidad. Lo tuyo es una inversión a largo plazo que requiere mucha observación periférica. Soy un tipo de contacto visual directo.\
—Tu contacto visual es un sesgo cognitivo. Te perdés el 70% de la obra por mirar solo el prólogo.\
—El prólogo es lo que decide si compro el libro, Ludovisi.\
—Y por eso tu biblioteca debe ser una colección de portadas brillantes con hojas en blanco.

Pasó un camión de basura haciendo un ruido que parecía el fin del mundo. Esperamos a que el aire dejara de vibrar.\
—Carolina —dijimos los dos al mismo tiempo, como si el camión hubiera activado una frecuencia de radio en nuestros cerebros.\
—Piernas de mármol —dijo Enzo, cerrando los ojos con respeto religioso—. Cuando usa esa falda escocesa, la geometría del aula deja de ser euclidiana. Esas rodillas tienen más cultura que todo el departamento de Humanidades.\
—Buen busto —sentencié yo—. Cuando se inclina para anotar algo en el pizarrón, la ley de oferta y demanda llega a un punto de equilibrio perfecto. Es un balance de activos envidiable.\
—Es que no podés separar el activo de la base, Ruan. Ella camina y las piernas son el motor de esa elegancia.\
—El motor puede ser potente, pero si el diseño de la carrocería frontal no acompaña, es un tractor, Enzo. Y Carolina no es un tractor. Es un deportivo de lujo con toda la carga en el eje delantero.\
—La carga está en el paso, en la oscilación de la cadera…\
—La carga está en el escote de la blusa cuando se olvida el último botón, no me jodas.

Nos quedamos en silencio, procesando la imagen de la profesora de Literatura corrigiendo exámenes en un universo donde nosotros éramos los únicos jueces de su estética.\
—¿Qué diría tu hermana abogada de esta charla? —pregunté, mirando una paloma que parecía estar escuchando.\
—Me leería un artículo sobre acoso simbólico y me mandaría a lavar los platos de acá a navidad.\
—Mi vieja me diría que soy un básico y me preguntaría si ya saqué el turno para el médico —suspiré—. Por eso estas charlas son un mercado negro, Enzo. No tienen regulación estatal.

Pará.

Me frené en seco. El cerebro me hizo un cortocircuito hermoso, cruzando dos variables que hasta ahora parecían independientes y saltándose toda la burocracia de la lógica. Giré el cuello lentamente hacia él.

—Pará… ahora caigo.\
—¿Caés en qué? ¿En la cuenta de que la gravedad me da la razón? —preguntó Enzo sin levantar la vista de su libro.\
—No, genio del urbanismo. En la cuenta de por qué ayer me preguntaste por Zurin. ¿Te gustó mi prima porque es plana? ¿Ese es tu fetiche? ¿La ausencia total de superávit frontal encaja en tu filosofía de la “arquitectura inferior”?\
Enzo cerró el librito de golpe. No perdió la calma, pero su voz subió medio tono en la escala del disimulo.\
—No me gustó. Pregunté por pura curiosidad estadística.\
—¡Estadística un cuerno, Ludovisi! ¡El mercado acaba de ajustarse! Tu desprecio por el busto, tu apología de los cimientos, tu interés repentino en una asesina serial de quince años que tiene la misma curvatura delantera que el DNI que lleva en la billetera… Sos un pervertido del minimalismo.\
—Estás sacando conclusiones apresuradas basadas en una correlación espuria —se defendió, cruzándose de piernas—. Primero, repito, no dije que me gustara. Dije que me gusta el peligro. Y segundo, la falta de volumen, como le decís vos con tanta vulgaridad contable, no es un defecto. Es la escuela de la Bauhaus aplicada a la anatomía humana.\
—¿Me estás justificando tus fetiches desviados con la Bauhaus?\
—“Menos es más”, Ruan. La función dicta la forma. Sin elementos distractores en el eje Y, la mirada del observador puede concentrarse puramente en la fluidez del paso. Es estética destilada.\
—Enzo, Zurin no fluye. Acecha.\
—El acecho requiere un control pélvico excelente.\
—Estás enfermo —dije, señalándolo con un dedo acusador—. Acabás de usar “control pélvico” y el nombre de mi prima en la misma oración. Mi deber como eslabón familiar y como ser humano con un piso de moralidad estable sería golpearte con este banco, pero está recién pintado y me da pereza.\
—No podés juzgar la apreciación del arte incomprendido. Aparte, el exceso frontal rompe la aerodinámica.\
—Ah, ahora resulta que la mina es un avión de combate.\
—Si no hay resistencia al viento, el movimiento es puro. Linealidad.\
—Tabla de planchar.\
—Aerodinámica superior.\
—Carencia de recursos.\
—Optimización de espacio visual.\
—Deflación estética.\
—Evasión de impuestos a la mirada. Elegancia sutil, Ruan.\
—¡Es una piba que te va a clavar un tenedor oxidado en el ojo, Enzo! Estás defendiendo un terreno baldío.\
—Los terrenos baldíos tienen un potencial infinito —Enzo levantó un dedo al cielo, en modo profesor de Filosofía—. Vos le pondrías un shopping genérico encima solo para poder cobrar el alquiler por metro cuadrado. Yo prefiero pararme en el borde y soñar con qué clase de bosque misterioso podría crecer ahí.\
—El único bosque que crece en Zurin es el de los suicidas de Aokigahara. Dejá de romantizar el peligro biológico. Aparte, esquizofrénico de las formas, ¿no decías recién que Carolina era el motor de la existencia? Pasaste de venerar el Renacimiento italiano a un boceto a lápiz del cubismo en menos de cinco minutos.\
—La mente humana es amplia, Carcasona. Puedo admirar el Coliseo romano y, a la vez, saber apreciar el minimalismo crudo de un jardín zen. La dicotomía exclusiva es un invento del capitalismo para que compres un solo bando.\
—La dicotomía es para los que no quieren terminar en terapia intensiva por intentar regar el jardín zen de una psicópata.\
—Tus prejuicios familiares te nublan el juicio estético.\
—Mi instinto de supervivencia me mantiene respirando, que es algo que vos estás arriesgando al teorizar sobre el chasis de mi sangre.

Enzo soltó un suspiro pesado, como si yo fuera un alumno de primer año que no lograba entender un silogismo básico. Volvió a abrir el libros de atrás para adelante.\
Miré el reloj del celular. Las 16:55. El tiempo en la plaza se consume como un cigarrillo mal armado: rápido en las puntas y lento en el medio.

—El 132 —dijo Enzo, señalando el colectivo que venía sorteando autos con la prepotencia de un tanque—. Tuve un momento de duda, pero las piernas ganaron por un pelito de nariz.\
—Mañana te traigo un gráfico de barras sobre el impacto del busto en la economía doméstica —me levanté, sacudiéndome la “lija” gris del pantalón—. En cinco minutos mi vieja abre la cafetería y tengo que transformarme en el mozo que no mira faldas.\
—Suerte con la disonancia cognitiva, Ruan.\
—Suerte con el bajo de la guitarra, Enzo. Trata de no desafinar con las caderas.

Enzo subió al bondi con el libro bajo el brazo, probablemente buscando una página que le confirmara su teoría de los cimientos. Yo crucé la calle hacia el “Café de las Flores”. La persiana subió con ese estruendo metálico que me recuerda que la libertad es solo un intervalo entre las dos y las cinco.

Antes de entrar, miré hacia la esquina por donde solía aparecer Carolina. Todavía no llegaba.\
“26 años”, pensé. “Y un centro de gravedad que debería estar prohibido por el Ministerio de Economía”.

Entré al café, me puse el delantal y empecé a calentar la máquina. Mañana sería viernes. Mañana, tal vez, hablaríamos de si los alienígenas prefieren el fútbol o el básquet. O quizás, simplemente, Enzo me convencería de que la cintura de una mujer es el único lugar del universo donde las leyes de la oferta y la demanda no se atreven a entrar.

Al final, daba lo mismo. El café siempre salía con la misma espuma, sea cual fuera la curvatura del mundo
Visit source Open discussion