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c/LiteraturaESP by u/fictograma 1h ago fictograma.com

Hora Extra - Cap 005 - Enzo

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El viernes altera el orden molecular de la semana. Las leyes de la física se ablandan y la plaza San Martín parece un lugar menos hostil. Pero hoy la plaza quedó relegada a un segundo plano, porque Ruan rompió la neutralidad de nuestro contrato no escrito: me invitó a pasar al otro lado de la trinchera.

A cambio de asilo climático en el “Café de las Flores”, acepté la degradación moral del trabajo manual no remunerado. El trato era simple: ayudarlo a sacar las bolsas de consorcio del mediodía y hacer cadena humana para recibir a las tres de la tarde al proveedor de tortas y budines.

La persiana gris ya estaba arriba. Adentro, el olor a desinfectante industrial peleaba a muerte con el aroma fantasma a café molido. Zurin, la prima psicópata de quince años, estaba a dos mesas de distancia de la barra. Hoy “le tocaba ayudar”, lo que en su dialecto significaba estar hundida en una silla de madera, acariciando la pantalla de su celular con los pulgares a la velocidad de una máquina de escribir.

Yo estaba acodado en la barra. Ruan terminaba de lavarse las manos en la bacha del fondo.

—La bolsa negra que tiramos recién pesaba como si mi vieja hubiera desmembrado a un cliente —dijo Ruan, secándose con un trapo—. Me dio un flashback a cuando era chico y pensaba que si pasaba el basurero y yo estaba en la vereda, me iban a compactar con los cartones.
—Miedo irracional de manual —le contesté, acomodando los servilleteros por puro TOC—. Yo le tenía terror a las estatuas vivientes de la peatonal. Creía que si les ponías una moneda y no les gustaba, se bajaban del cajón y te seguían hasta tu casa en silencio.
—Esa es una buena premisa para una historia de miedo. Una película de terror clase B.
—Todo da miedo cuando medís un metro veinte, Ruan. El mundo está diseñado en picada. Pero si querés terror real, prefiero los zombies.
—Pará, definamos términos —Ruan se acercó a la caja registradora, apretando botones sin sentido—. ¿Qué tipo de zombie? Esto es fundamental para la economía del terror.
—El zombie de Romero. Lento. Putrefacto. Inexorable.
—Error. Aburrido —sentenció Ruan—. El zombie rápido. El que corre como si estuviera perdiendo el colectivo 132. Ese te genera un colapso sistémico en 24 horas. Los mercados mundiales no pueden prever a un muerto haciendo los cien metros llanos en diez segundos.
—Vos lo ves con ojos de Wall Street. El zombie lento es mejor narrativa. Representa a la muerte misma. No podés negociar, no corre, pero no se cansa. Te atrapa por tu propio agotamiento emocional, no por superioridad atlética. El zombie rápido es solo un barrabrava con rabia.
—El zombie lento te da tiempo a liquidar activos y mudarte a la Patagonia —retrucó Ruan—. ¿Sobreviviríamos nosotros a un apocalipsis?
—Depende de qué apocalipsis. Si es nuclear, no me interesa sobrevivir. Te pasás el día buscando agua y terminás muriendo de tétanos por una lata de duraznos. Yo me siento en el epicentro con un buen libro y que la onda expansiva me agarre por el capítulo tres.
—Yo sobrevivo a una invasión alienígena —dijo Ruan con mucha seguridad—. Porque los extraterrestres seguro traen una burocracia interestelar. Yo aprendo sus leyes de comercio y me convierto en el intermediario para venderles humanos.
—Sos un traidor a la especie.
—Soy un adaptador de nichos de mercado. Supervivencia pura.

A las 15:10, una bocina interrumpió el debate. Era la camioneta del proveedor. Un tipo con una remera transpirada que nos empezó a revolear cajas de cartón desde la puerta.
“Budín de limón”, “Pastafrola”, “Tarta de Ricota”. La poesía de los carbohidratos en su máxima expresión.

Nos pasamos veinte minutos moviendo cajas. Ruan acomodaba todo en la heladera mostrador con una precisión geométrica enferma.
—¿Notaste que el repartidor tenía la camiseta de Olimpo? —dije de pronto, pasándole el último budín de naranja.
—Pobre tipo. Su vida debe ser un sufrimiento constante para mantener la categoría —dijo Ruan—. Yo soy de San Lorenzo. Heredado por mi abuelo materno.
—Eso explica tu tolerancia a las crisis estructurales prolongadas.
—Totalmente. Somos un club que perdió su barrio, Enzo. Somos nómades espirituales. Es vivir de la nostalgia del metro cuadrado y las copas sufridas. ¿Vos tenés afinidad balompédica o la filosofía te prohíbe patear cosas?
—No miro fútbol. Mi concepto de domingo no incluye gritarle a un televisor. Pero mi viejo es de Estudiantes de La Plata, así que soy de Estudiantes por ósmosis y asociación de domicilio.
—El bilardismo.
—El fin justifica los medios —asentí—. Si hay que pinchar con un alfiler al rival para ganar la copa, se pincha. Hay una belleza siniestra en ese pragmatismo extremo.

Desde la mesa del rincón, sin levantar la vista de su pantalla luminosa, una voz monocorde cruzó el local como un témpano de hielo.
—De River. Y del Real Madrid. Como Dios manda.

Ruan me miró. Yo la miré a ella.
—¿River y Real Madrid? —exclamó Ruan hacia su prima—. ¡Sos accionista mayoritaria, Zurin! ¡No tenés alma futbolística! Sos el equivalente deportivo de ir al casino y apostarle al rojo y al negro al mismo tiempo. No hay sufrimiento, es evasión de impuestos emocionales.
Zurin ni se inmutó.
—Yo no nací para sufrir. Yo nací para ganar y ver sufrir al resto —dijo. Su pulgar derecho siguió scrolleando. Fin de su declaración oficial.

Ruan se tapó la cara con una mano, indignado por la falta de barro en el ADN de su sangre.
—Te lo digo, Enzo. Esta piba no es de la familia. Es un clon de un experimento mal diseñado.

Me reí por lo bajo. Agarré una espátula de la barra e intenté hacer equilibrio con ella sobre mi dedo índice. Duró tres segundos antes de caer con un clac metálico contra el mostrador.
—Pésimo equilibrio, Ludovisi —Ruan negó con la cabeza, guardando cajas vacías abajo de la registradora—. Nunca entrarías al Guinness. ¿Sabés cuál es el récord mundial que más me deprime de la humanidad?
—¿El de las uñas más largas del mundo? Es un atentado contra la higiene personal.
—No, ese es asqueroso, pero entendés el sacrificio. Me refiero a cosas como “Mayor cantidad de cucharas equilibradas en el rostro”. El récord es de treinta y algo.
—Es una habilidad muy específica para una situación nula —analicé.
—Es la prueba irrefutable de que el humano tiene demasiado tiempo libre. Alguien, un martes a las cinco de la tarde, agarró la cubertería de su madre, se acostó en el sillón y descubrió su destino. Es triste.
—¿Triste? Es heroico —le discutí—. En un mundo donde vos tenés que organizar la contabilidad del café familiar y yo tengo que memorizar la línea de sucesión de los reyes católicos, ese tipo rompió la matriz. “No voy a producir ni voy a pensar. Voy a ser un perchero de cucharas”. Es nihilismo activo.

De repente, un gemido de frustración absoluta vino de la mesa del fondo. Zurin había dejado caer su celular sobre la madera. Nos miró con sus ojos azules reducidos a dos rendijas de odio puro.
—Se cayó el wifi.

El silencio en el “Café de las Flores” fue sepulcral.
Ruan se acercó despacio a donde estaba el router negro en una repisa. Miró las lucecitas. La de internet parpadeaba en un rojo apocalíptico.
—Listo. El fin del mundo empezó, Enzo. Preparen las estacas.
—¿Qué vas a hacer, Ruan?
—Darle la bienvenida a las 5 etapas del duelo cibernético —Ruan se cruzó de brazos, usando tono de profesor universitario dirigiéndose a su prima—. Etapa 1: Negación. Vas a desconectar y conectar el Wi-Fi del celular esperando que sea un error de tu dispositivo, no del universo.
Zurin estaba, en efecto, tocando frenéticamente el botón de su pantalla.
—Etapa 2: Ira. —Ruan me señaló a mí—. Observá la violencia física sobre los botones y los insultos mentalmente dirigidos a Fibertel o Telecentro, culpando al país de su subdesarrollo.
Zurin bufó y golpeó la mesa con el puño.
—Callate y reiniciá el aparato, inútil —siseó.
—Ahí tenés la Ira mezclada con amenazas a mi integridad. Ahora pasamos a la Etapa 3: Negociación. Vas a agarrar el celular, lo vas a levantar hacia el techo como Simba en el Rey León, intentando captar 4G de la calle y rogándole a Dios —el de River y del Madrid— que te cargue al menos un último mensaje de WhatsApp.
Zurin ya estaba parada, con el brazo estirado hacia la ventana que daba a la plaza. Me mordí el labio para no reírme. Era un estudio de comportamiento en tiempo real.
—Etapa 4: Depresión.
Zurin bajó el brazo, derrotada. Suspiró profundamente, se dejó caer en la silla de madera, cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó la cabeza encima, ocultando su rostro pelirrojo de una realidad desconectada.
—Impecable ejecución —le susurré a Ruan.
—Es que somos seres previsibles, Ludovisi —Ruan asintió, orgulloso de su cátedra—. Y finalmente, la Etapa 5: Aceptación.

Pasaron unos diez segundos. Se escuchó el rítmico repiqueteo del pulgar de Zurin sobre la pantalla de cristal.
—Está jugando al dinosaurio saltarín de Google Chrome, ¿no? —pregunté.
—Está jugando al dinosaurio saltarín de Google Chrome —confirmó Ruan, satisfecho.

Miré el reloj viejo colgado al lado de la máquina expresso. 16:55. El 132 no esperaba a los percheros de cucharas ni a los supervivientes de zombies lentos.

Fui hasta la bacha, me enjuagué las manos de los rastros invisibles de cajas de pastafrola y me colgué la mochila de un solo hombro.
—Se levantó la sesión del viernes, Ruan. La hora pico me está llamando a sus trincheras.
—Cuidate de los zombies en la parada, Enzo. Fijate que no te coman la materia gris, aunque viniendo de Humanidades ya no te deben ver como una comida nutritiva.
—Es probable. Suerte domando a la hincha del Madrid que tenés ahí jugando al T-Rex.

Crucé la puerta del local. El aire caliente de la tarde céntrica, ese limbo suburbano que habitamos, me dio de lleno en la cara. La luz del router del café a mis espaldas, me fijé por la vidriera, se había vuelto a prender en verde. Zurin levantó la cabeza a la velocidad de la luz.

Caminé hacia la plaza. Hoy no me iba a sentar en el banco color gris burocrático. Simplemente esperé en el poste despintado de la esquina hasta que el estruendo de los frenos del colectivo anunció que mi carruaje sin Wi-Fi había llegado.

Subí. El chofer escuchaba cumbia vieja a todo volumen. Sonreí. Las cucharas seguían en el cajón, la falda escocesa seguramente descansaba hasta el lunes, y yo tenía cuarenta y cinco minutos de viaje para no pensar en absoluto en nada.

Mañana sería sábado. Al fin un respiro. Una pena que, en el fondo, preferiría estar analizando la balística de una baguette que intentando dormir hasta el mediodía.
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