La montaña mágica: Capítulo 7 / 7
### El gran embrutecimiento
Una vez más oímos la voz del doctor Behrens. ¡Escuchemos! Será, quizá, la última vez que le oigamos. Esa historia misma tendrá un fin, su tiempo más largo ha pasado, o mejor, la duración de su contenido ha adquirido tal empuje que ya no hay manera de detenerlo, y su duración musical también toca a su término, de manera que tal vez ya no tendremos ocasión de escuchar la voz alegre y las locuciones proverbiales de Rhadamante. Decía a Hans Castorp:
—Castorp, viejo tronco, usted me fastidia. Me hace la vida imposible, leo cada día en su frente su mal humor. Es usted un tipo agotado. Castorp, ha sido mimado por las sensaciones, y si no se le propone cada día una novedad de primer orden se enfurruña durante todo el tiempo de las vacas flacas. ¿Tengo o no razón?
Hans Castorp permaneció en silencio, y esta actitud testimoniaba que, en efecto, reinaba bastante oscuridad en su interior.
—Tengo razón, como siempre —se contestó a sí mismo Behrens—. Y antes de que propague aquí el veneno del descontento, ciudadano rebelde, va a ver que no se halla completamente abandonado de Dios y los hombres, que las autoridades le vigilan, que no le han perdido de vista, querido mío, y que buscan sin descanso ni reposo el divertirle. Vamos, bromas aparte, amiguito mío. Se me ha ocurrido una idea. ¡Y Dios sabe cuántas noches de insomnio he pasado antes de que se me ocurriese! Se podría hablar de una iluminación: el hecho es que yo espero mucho de mi idea, es decir, espero nada menos que su desintoxicación y su marcha triunfal en una fecha próxima insospechada. No abra de esa manera los ojos —continuó diciendo después de una pausa calculada, a pesar de que Hans Castorp no hubiese abierto los ojos, sino que le miraba de un modo soñoliento y distraído—. Usted no puede sospechar lo que el viejo Behrens quiere decir. He aquí mi opinión. Hay algo en usted que no marcha en el sentido de que sus fenómenos de intoxicación no corresponden, desde hace tiempo, a su estado local, incontestablemente mejorado. No, estoy pensando desde ayer: aquí tenemos su última fotografía. Aproximemos a la luz ese objeto mágico. Como ve, nuestro mayor pesimista y embadurnador de negro no podría descubrir nada aquí. Algunos focos se encuentran completamente reabsorbidos, el nido se ha encogido y delimitado netamente, lo que (usted es sabio y no lo ignora) constituye un indicio de curación. Este estado de cosas no explica la irregularidad de su temperatura, muchacho. Y el médico se ve obligado a buscar otras causas.
El movimiento de cabeza de Hans Castorp expresó una curiosidad cortés y nada más.
—Usted pensará, Castorp, que el viejo Behrens deberá convenir en que el tratamiento ha fracasado. Pero en tal caso, pensaría como un aprendiz y no se mostraría a la altura de la situación ni del viejo Behrens. Su tratamiento no ha fracasado, pero es posible que haya sido demasiado unilateral. He considerado esta posibilidad al ver que sus síntomas no se refieren exclusivamente a la tuberculosis, y deduzco esta probabilidad del hecho de que en efecto hoy no hay otra manera de explicárselo. Sus disturbios deben de tener otro origen. Según mi opinión, usted tiene «cocos». Según mi convicción profunda —y el consejero acentuó su afirmación después de haber observado cómo Castorp se encogía de hombros—, usted tiene *streptos*, lo que por otra parte no es una razón para que se asuste.
No podía hablarse de susto; la fisonomía de Hans Castorp expresaba más bien una especie de agradecimiento irónico, ya sea por la perspicacia que se le atribuía, ya por la nueva dignidad con que el consejero le investía a causa de su hipótesis.
—No hay motivo alguno para sentirse presa del pánico —añadió el consejero—. Todo el mundo tiene «cocos», todos los imbéciles tienen *streptos*. No tiene usted ningún motivo para sentirse orgulloso. Desde hace algún tiempo sabemos que se pueden tener estreptococos en la sangre y no manifestarse ningún síntoma visible de infección. Nos hallamos en presencia de un hecho que muchos de nuestros colegas ignoran todavía, a saber: que la sangre puede tener tubérculos sin que resulte nada de ello. No nos hallamos incluso lejos de suponer que la tuberculosis podría ser únicamente una enfermedad de la sangre.
A Hans Castorp esto le pareció muy notable.
—Por consiguiente, cuando yo digo *streptos* no ha de imaginar usted la conocida imagen de una enfermedad grave. El análisis bacteriológico de la sangre demostrará si esos pequeños cuerpos se hallan instalados verdaderamente en usted. Pero únicamente el tratamiento por las vacunas nos demostrará si éste es el origen de su estado febril. He aquí el camino que convendrá seguir, amigo mío, y como ya le he dicho, espero un resultado completamente inesperado. La tuberculosis puede arrastrarse indefinidamente, pero se registran con frecuencia curaciones muy rápidas de enfermedades de esta naturaleza, y verdaderamente, si usted reacciona a estas inyecciones, dentro de seis semanas se sentirá como un pez en el agua. ¿Qué dice? ¿No vigila el granero el viejo Behrens?
—Por ahora esto no es más que una hipótesis —contestó Hans Castorp sin entusiasmo.
—Una hipótesis que puede confirmarse, una hipótesis muy fecunda —replicó el consejero—. Usted podrá darse cuenta de hasta qué punto es fecunda cuando vea nacer las cascarillas en nuestros cultivos. Mañana por la tarde, Castorp, le sangraremos con arreglo a las reglas del arte de los barberos del pueblo. Esto ya constituye en sí mismo un placer y no puede dejar de ejercer sobre el alma y el cuerpo los más felices efectos…
Hans Castorp se manifestó dispuesto a esta diversión y dio las gracias al consejero por la atención que le había concedido. Con la cabeza inclinada sobre el hombro contempló cómo se alejaba Behrens. La intervención del patrón se había producido en el instante crítico. Rhadamante había interpretado con bastante exactitud el juego de fisonomía y el estado anímico del pensionista del Berghof, y su nuevo experimento estaba destinado —no lo había ocultado— a ayudar a Hans Castorp a franquear el punto muerto a que había llegado desde hacía algún tiempo, como podía deducirse de su expresión, que recordaba muy precisamente la que había tenido el difunto Joachim cuando ciertas decisiones sombrías se iban preparando en él.
Hay que decir todavía más. No sólo Hans Castorp parecía haber llegado a tal punto, sino que también parecía hallarse en esa situación todo el conjunto, toda la «asamblea».
Después del final excéntrico de sus relaciones con cierta personalidad, después de los disturbios de toda suerte que este fin había producido en la casa, después de que Clawdia Chauchat había abandonado de nuevo la comunidad de los de aquí arriba, después del adiós que habían cambiado en la sombra trágica de una gran renunciación por respeto hacia el difunto, desde este momento le parecía al joven Castorp que algo flaqueaba en la vida; se le antojaba que iba cada vez peor, y que una ansiedad creciente se había apoderado de él, como si un demonio se hubiese hecho cargo del poder, un demonio peligroso y burlón que desde hacía algún tiempo había desempeñado un papel bastante importante y que ahora acababa de proclamar, sin reservas, su autoridad, inspirando un terror misterioso y sugiriendo pensamientos de huida, un demonio que tenía por nombre «embrutecimiento».
Se juzgará que el narrador ha encargado su paleta de una manera demasiado romántica asociando la palabra embrutecimiento con el principio demoníaco y afirmando que producían un terror místico. Sin embargo, no se trataba de una fábula y nos atenemos muy exactamente a la aventura personal de nuestro héroe, aventura cuyo conocimiento se escapa a todo control y que demuestra que el embrutecimiento pueda, en ciertas circunstancias, adquirir ese carácter e inspirar tales sentimientos.
Hans Castorp miró alrededor de él. No veía más que cosas lúgubres, inquietantes, y sabía lo que veía, veía la vida del tiempo, la vida despreocupada y privada de esperanza, la vida muerta.
Esa vida era activa a su manera. Existían ocupaciones de todas clases, pero, de vez en cuando, una de ellas degeneraba en una moda furiosa a la que todo el mundo se sacrificaba con fanatismo.
La fotografía de aficionado había ocupado siempre un lugar importante en el mundo del Berghof. Por dos veces —pues cuando se permanecía algún tiempo en la altura podía verse cómo se repetían las epidemias— esa pasión se había convertido, durante semanas y meses, en una locura sobre un aparato apoyado encima del estómago, que no enfocase un objetivo y no terminase por hacer circular fotografías durante las comidas. Desde hacía tiempo, la cámara oscura, que se encontraba a disposición de los pensionistas, era insuficiente para cubrir las necesidades. Se cerraban las puertas y los balcones de los cuartos y se cubrían con cortinas negras; se manipulaba, a la luz roja, en los baños químicos, hasta que estuvo a punto de producirse un incendio y el estudiante búlgaro de la mesa de los rusos bien corrió el peligro de quedar convertido en ceniza. Entonces las autoridades prohibieron ese ejercicio en las habitaciones.
Por otra parte, no se tardó mucho en desinteresarse por la fotografía sencilla. Fueron lanzadas las fotografías al magnesio y la fotografía en color por el procedimiento Lumière. Circulaban los retratos de personas que, sorprendidas por el relámpago de magnesio, con los ojos fijos y los rostros convulsos, parecían cadáveres de gentes asesinadas que hubiesen sido puestos de pie y se les hubiesen abierto los ojos.
Hans Castorp conservaba una placa encuadrada en cartón en la que, cuando la miraba al transparente, se veía él mismo entre la señora Stoehr y la señorita Levy del rostro de marfil. La primera llevaba una blusa azul, la segunda una blusa púrpura, los rostros eran cobrizos y por fondo tenía un prado.
Reinaba también la afición a coleccionar sellos. Esta manía practicada por algunos pensionistas, se convertía de pronto en una locura general. Todo el mundo pegaba, cambiaba y traficaba. Se abonaban a revistas de filatelia, se sostenía correspondencia con casas especializadas de todos los países, con asociaciones y aficionados, se destinaban sumas inverosímiles a la compra de sellos raros e incluso se daba el caso de que pensionistas cuya situación financiera no les permitía más que pasar algunos meses en ese lujoso establecimiento, hacía importantes compras de sellos.
Esta epidemia duraba hasta que otro entretenimiento la vencía y el buen tono exigía, por ejemplo, que se reuniesen y devorasen grandes cantidades de chocolate de las marcas más variadas. Todo el mundo aparecía entonces con los labios morenos, y los productos más apetitosos de las cocinas del Berghof ya no podían ser apreciados por aquellos estómagos que estaban atiborrados de Milka, «*Chocolat à la crême d’amandes*», «*Marquis-Napolitain*» y lenguas de gato salpicadas de oro.
El dibujo de pequeños cerdos —diversión instaurada una noche de Carnaval por la más alta autoridad—, puso de moda los juegos de paciencia, a los cuales se consagraba el esfuerzo mental de todos los pensionistas del Berghof, y que exigían los últimos esfuerzos, las supremas manifestaciones de energía de los moribundos. Durante semanas, la casa estuvo bajo el signo de una figura complicada que se componía de ocho grandes círculos, de ocho pequeños y de algunos triángulos inscritos uno dentro del otro. Se trataba de dibujar esa figura de un solo trazo; pero la más completa maestría consistía en realizar este trabajo con los ojos vendados. El procurador Paravant fue el único que lo consiguió, pues era el que se hallaba más atacado de esta manía de precisión.
Sabemos que se consagraba a las matemáticas, nos enteramos por boca del propio consejero, y conocemos el púdico origen de esa manía cuyos efectos calmantes ya hemos oído celebrar. Embotaba el aguijón de la carne, y si todo el mundo hubiese imitado el ejemplo del procurador, ciertas medidas de precaución que habían sido tomadas recientemente hubiesen resultado superfluas.
Estas medidas consistieron en cerrar los pasos de los balcones, entre la balaustrada y los biombos de cristal esmerilado, por medio de pequeñas puertas que iba cerrando por las noches el masajista, con una sonrisa jovial. Desde entonces, las habitaciones del primer piso que daban a la galería eran muy buscadas porque, saltando de la balaustrada, se podía ir de balcón en balcón pasando por encima del techo de cristal. Pero si todos hubiesen sido como el procurador no se hubiera hecho necesario recurrir a esa nueva disciplina.
La peligrosa excitación que la presencia de una cierta Fatma egipcia había producido en Paravant había sido dominada desde hacía tiempo, y ésta fue la última agitación de sus sentidos.
Con un fervor redoblado se había lanzado en brazos de la diosa de los ojos claros, cuyo poder calmante había sido celebrado por el consejero en términos muy edificantes, y el problema que día y noche ocupaba su pensamiento, y al cual se entregaba con perseverancia, con tenacidad deportiva, hubiese podido convertir a los desgraciados pecadores. Ese problema era la cuadratura del círculo.
El funcionario desplazado había adquirido, en el curso de sus estudios, la convicción de que las pruebas por las cuales la ciencia demostraba la imposibilidad de esta construcción no eran sólidas, y que la Providencia le había alejado de la humanidad inferior del mundo de los vivos y le había transportado aquí, porque le había elegido para transformar ese problema insoluble en una de las posibilidades terrenales.
Trazaba círculos y efectuaba cálculos en todas partes donde se hallaba, cubría cantidades formidables de papel con cifras y rayas, con signos algebraicos, y su rostro bronceado, el rostro de un hombre aparentemente sano, adquiría la expresión de un maniático. Su conversación se refería exclusivamente, y con espantosa monotonía, al número proporcional pi, a esa fracción desesperante que el genio inferior de un calculador llamado Zacarías Dase había calculado un día hasta doscientas cifras decimales, y eso por puro lujo, porque ni dos mil decimales habrían agotado las posibilidades de obtener una precisión irrealizable.
Todo el mundo procuraba escaparse de aquel pensador atormentado, pues los que él conseguía cazar tenían que escuchar palabras apasionadas destinadas a hacerles ver la vergüenza que constituía para el espíritu humano la irracionalidad irremediable de esa proporción mística. La inutilidad de las multiplicaciones eternas del diámetro por pi, para determinar la periferia del cuadro, para obtener el área de la superficie del círculo, hacían pasar al procurador por accesos de duda.
Se preguntaba si, desde el tiempo de Arquímedes, la humanidad había complicado inútilmente la solución del problema, y si esta solución no era en realidad, de una sencillez pueril. ¡Cómo! ¿No podía convertirse en recta la línea circular? ¿No se podía cambiar toda línea recta en un círculo? A veces Paravant se creía muy cerca de una revelación. Se le veía con frecuencia, a altas horas de la noche, sentado ante su mesa, en el comedor vacío y poco alumbrado. Disponía cuidadosamente un pedazo de hilo en forma de círculo; luego lo estiraba bruscamente, lo convertía en una línea recta; y después, apoyado en la mesa, se perdía en una meditación amarga.
El consejero le animaba algunas veces y hablaba con él. El desgraciado se dirigió también a Hans Castorp, en cierta ocasión, y luego en otra, porque había encontrado en él una simpatía amorosa hacia el misterio del círculo. Demostraba al joven el callejón sin salida de pi por medio de un dibujo muy preciso, en el cual, realizando un esfuerzo jamás visto, había encerrado un círculo en un polígono exterior y otro interior, de lados minúsculos e innumerables, con el máximum de aproximación a que el hombre puede llegar. Pero la curva se escapaba de una manera espiritual a la racionalización del cálculo.
—Eso —decía el procurador Paravant, con el maxilar inferior tembloroso—, eso es pi.
Hans Castorp, a pesar de toda su afabilidad, mostraba menos interés por pi que por su interlocutor. Dijo que se trataba de un engaño, aconsejó a Paravant que no se preocupase demasiado seriamente y le habló de los puntos de inflexión sin extensión de que se componía el círculo desde su principio, que no existía, hasta su fin, que tampoco existía, lo mismo que la melancolía presuntuosa de la eternidad que sin duración de dirección, continúa en sí misma. Habló de todo eso con una devoción tranquila que ejerció pasajeramente una influencia tranquilizadora sobre el procurador.
Por otra parte, la naturaleza del excelente Hans Castorp le inclinaba a acoger benévolo las confidencias de más de uno de sus compañeros que se hallaban presa de alguna idea fija y sufrían por no encontrar comprensión cerca de los demás pensionistas, que tomaban la vida a la ligera.
Un viejo escultor, natural de una provincia austríaca, de blanco bigote, nariz ganchuda y ojos azules, había concebido un plan financiero —lo había caligrafiado subrayando con tinta china los párrafos más importantes— que consistía en lo siguiente:
Cada abonado a un diario debería estar obligado a entregar, el primero de cada mes, una cantidad correspondiente a cuarenta gramos de papel viejo por día, lo que sumaría al año unos 14.000 gramos y en veinte años más de 288 kilos, lo que representaba, valorando el kilo a 20 *pfennings*, un importe de 57-62 marcos alemanes. Cinco millones de abonados proporcionaban, pues, en veinte años, la suma formidable de 288 millones de marcos, de los cuales las dos terceras partes serían deducidas del precio de su nuevo abono, mientras que el resto, otra tercera parte, o sea 100 millones de marcos, estaría consagrado a obras humanitarias, a sostener sanatorios populares para enfermos de pulmones, fomentar los talentos pobres y otras cosas.
El plan había sido elaborado de un modo muy completo. Su autor había representado, por medio de gráficos, las tablas con arreglo a las cuales el organismo encargado de recoger el papel debía calcular, todos los meses, el valor, y hasta los formularios taladrados que servían de recibo por las cantidades de papel entregadas. El proyecto estaba justificado y era fundado desde todos los puntos de vista. El gasto insensato de papel y la destrucción de papel de periódico que las gentes no advertidas dejaban que se perdiese por las cloacas o por el fuego representaba una alta traición para nuestras selvas, una herida causada a la economía nacional. Ahorrar el papel, economizar el papel, era ahorrar y economizar la celulosa, los bosques, el material humano que exigía la fabricación de la celulosa y del papel. Como el papel viejo de periódicos podía adquirir un valor triple, con la producción de cartón para embalajes, se podía convenir en objeto de impuestos de carácter fiscal muy provechosos para el Estado y las municipalidades, y los lectores de periódicos podrían ser desgravados de sus contribuciones.
En una palabra, el proyecto era bueno, irrefutable, y si tenía algo de siniestro y gratuito, de molesto e incluso de chocante, esto no era debido más que al fanatismo exorbitante con que el viejo artista defendía, con exclusión de todo otro, un proyecto económico que, en realidad, él mismo se tomaba poco en serio, pues no hacía ninguna tentativa para su realización.
Hans Castorp escuchó a nuestro hombre con la cabeza inclinada, aprobaba cuando su interlocutor elogiaba ante él, con palabras febriles y fáciles, su panacea, y analizaba la naturaleza del desprecio y de la repugnancia que le impedían tomar la postura del inventor en un mundo completamente aturdido.
Había, desde hacía algún tiempo, un grupo de ingleses que habían introducido el siguiente juego de sociedad: Uno de los que tomaban parte hacía la siguiente pregunta: *Did you ever see the devil with a night-cap on*? [\[4\]](https://fictograma.com/d/2954-la-montana-magica-capitulo-7-7#nota4)^El^ otro contestaba: *No! I never saw the devil with a night-cap on*[\[5\]](https://fictograma.com/d/2954-la-montana-magica-capitulo-7-7#nota5)^, después de lo cual hacía al siguiente la misma pregunta y así sucesivamente, el uno después del otro. ¡Era espantoso!
Pero el pobre Hans Castorp se sentía mucho más molesto ante los que se dedicaban a hacer solitarios, a los que se podía encontrar por todas partes y a todas las horas del día. Esta pasión se había manifestado hasta tal punto que él mismo había sido algunas veces víctima de ella, y tal vez el más gravemente atacado, de esa epidemia. El que le había embrujado era el solitario de las once; el juego consiste en disponer tres hileras de cartas y cubrir dos que, juntas, sumen once puntos, lo mismo que las tres figuras cuando se presentan, hasta que un azar adorable desenlaza la partida. Cuesta trabajo admitir que el alma pueda verse estimulada hasta la obsesión por cosas tan sencillas. Sin embargo, Hans Castorp, semejante a los demás, dependía de ese azar y, con las cejas fruncidas, experimentaba los contratiempos de la mala fortuna. Entregado a los caprichos del demonio de las cartas, subyugado por ese favor fantástico y cambiante que multiplicaba en un vuelo feliz las parejas de once puntos, los encuentros de la sota, la reina y el rey, de manera que el juego ya se había dado todo entero antes de que la tercera serie hubiese terminado (triunfo pasajero que no hacía más que aguijonear los nervios para nuevas tentativas), y otras veces negaba a la novena y última carta toda la posibilidad de éxito, contrariando en el último momento, con una detención brusca, un éxito casi seguro; hacía tentativas a todas horas del día, por la noche bajo las estrellas, por la mañana en pijama, en la mesa e incluso en sueños. Se estremecía, pero continuaba, y un día la visita de Settembrini le «estorbó».
—*Accidente*! —dijo el visitante—. ¿Echa usted las cartas, ingeniero?
—No es eso precisamente. Lucho con el azar abstracto. Su versátil capricho me intriga; unas veces es de un servilismo amable y otras de una increíble resistencia. Esta mañana, al levantarme, he triunfado tres veces seguidas, una de ellas en dos series, lo que constituye un récord. Pero ¿creerá usted que ahora he ensayado treinta y tres veces y no estoy más que a la mitad del juego?
Settembrini le miró como había hecho ya con frecuencia durante los tres cortos años, con sus ojos negros y entristecidos.
—De todos modos me parece usted preocupado —dijo—. Creo que no podré encontrar aquí un consuelo para mis preocupaciones ni un bálsamo para el conflicto íntimo que me atormenta.
—¿Conflicto? —repitió Hans Castorp, y tiró una carta.
—La situación mundial me turba —gimió el francmasón—. El acuerdo balcánico se realizará, ingeniero; todas mis informaciones lo indican. Rusia trabaja febrilmente y la punta de la combinación se halla dirigida contra la monarquía austrohúngara, sin la destrucción de la cual ningún punto del programa ruso se puede realizar. ¿Comprende mis escrúpulos? Odio a Viena con todo mi corazón, como usted sabe. Pero ¿es ésa una razón para conceder al despotismo sármata el apoyo de mi alma cuando está a punto de traer la tea incendiaria a nuestro continente? Por otro lado, una colaboración diplomática, incluso ocasional, de mi país con Austria, me heriría como un deshonor. Éstos son los escrúpulos de conciencia que…
—Siete y cuatro —dijo Hans Castorp—. Ocho y tres. Sota, caballo, rey. Todo va bien. Me trae la suerte, señor Settembrini.
El italiano calló. Hans Castorp sintió sus ojos negros, la mirada profundamente entristecida de la razón y el sentido moral, pero continuó todavía un instante cubriendo las cartas, antes de apoyar la mejilla en la mano y elevar los ojos hacia su mentor —que se hallaba en pie delante de él— con la expresión impertinente y de falsa inocencia de un píllete.
—Sus ojos —dijo Settembrini— se esfuerzan en vano en ocultar que usted sabe perfectamente a dónde ha llegado.
—*Placet experiri* —fue la impertinente contestación de Hans Castorp, y el señor Settembrini le abandonó. Después de haberse quedado solo, el joven permaneció todavía algún tiempo con la mejilla apoyada en la mano, sentado ante la mesa, en medio de la habitación blanca, sin echar cartas, y en el fondo de sí mismo presa de espanto ante ese estado siniestro e incierto en que veía al mundo, ante la sonrisa del demonio, de ese dios simiesco, bajo cuyo poder insensato y desenfrenado se hallaba y cuyo nombre era «el gran embrutecimiento».
Nombre grave y apocalíptico, apropiado para inspirar una ansiedad secreta.
Hans Castorp estaba sentado y con la palma de la mano se frotaba la frente y la región del corazón. Tenía miedo. Le parecía que «todo aquello» no podía acabar bien, que aquello terminaría con una catástrofe, con una sublevación de la naturaleza paciente, con una tempestad que limpiaría todo, que rompería el maleficio que pesaba sobre el mundo, que arrastraría la vida más allá del «punto muerto», y que el período de la pesadilla iría seguido de un terrible juicio final. Sentía ganas de huir, lo hemos ya dicho, y constituía, pues, una suerte que las autoridades tuviesen el ojo sobre él, como ya se sabe, que hubiesen leído la verdad en su fisonomía y se hubiese encargado de distraerle con nuevas y fecundas hipótesis.
Con un tono de jovialidad, la autoridad suprema había declarado que se estaba sobre la pista de las verdaderas causas de la temperatura irregular de Hans Castorp, causas que tendrían fácil remedio y prometían la curación y la marcha legítima al país llano en una fecha próxima.
El corazón del joven latía asaltado por múltiples impresiones cuando tendió su brazo para la sangría. Haciendo guiños con los ojos y palideciendo ligeramente, admiró el maravilloso color rubí de su jugo vital que llenó el recipiente transparente. El consejero mismo, asistido del doctor Krokovski y de una enfermera, realizó aquella pequeña operación cuyo alcance era tan grande.
Luego pasaron una serie de días dominados por el deseo de Hans Castorp de saber si la sangre dada, analizada fuera de él, respondería a los ojos de la ciencia.
Naturalmente, no había tenido tiempo de germinar, comenzó por decir el consejero. Desgraciadamente, hasta ahora no se había descubierto nada, dijo más tarde. Pero llegó una mañana, a la hora del desayuno, en que el consejero se acercó a Hans Castorp, que se sentaba ahora a la mesa de los rusos bien, en el sitio de esa mesa donde se había sentado en otro tiempo una cierta personalidad a la que había tuteado, y le anunció, con muchas felicitaciones, que el estreptococo había sido finalmente descubierto en uno de los cultivos preparados.
Se trataba de un problema de cálculo de probabilidades, de establecer si los fenómenos de intoxicación debían ser atribuidos a la pequeña tuberculosis que existía incontestablemente o a los estreptococos que habían sido descubiertos en una proporción modesta.
Behrens se proponía examinar la cosa más detenidamente. El cultivo no había adquirido todavía todo su desarrollo. Se lo enseñó en el «labo». Era una especie de gelatina roja sobre el cual se distinguían unos puntitos grises. Aquello eran los «cocos».
Separada de Hans Castorp, bajo los ojos de la ciencia, la sangre coagulada del joven continuaba evolucionando. Llegó una mañana en que el consejero informó, con una emoción estereotipada, que los cocos se habían desarrollado no solamente en uno de los cultivos, sino también en todos los demás, y que germinaban en grandes cantidades. No era muy seguro que todos fuesen estreptococos, pero era más que probable que los fenómenos de intoxicación procedían de ellos, aunque no se pudiese saber exactamente si se debía tener en cuenta la tuberculosis, de la que había estado indudablemente enfermo y de la cual no se hallaba completamente curado.
¿Qué conclusión se debía sacar de todo eso? ¡Una autovacuna de estreptococos! ¿El pronóstico? Extraordinariamente favorable. Además, la tentativa no tenía ningún peligro, no podía en manera alguna hacerle daño, pues el suero se sacaba de la propia sangre de Hans Castorp, de manera que la inyección no introduciría en su cuerpo ningún elemento de enfermedad que no se encontrase ya en él. Pensando lo peor, el tratamiento podía ser estéril. Cero… Pero el hecho de que el enfermo debiese entonces continuar aquí ¿podría ser considerado como una cosa grave?
En modo alguno. Hans Castorp no podía suponer eso. Se sometió al tratamiento, a pesar de que lo juzgaba ridículo y deshonroso. Estas vacunas con su propia sangre le parecían una diversión espantosamente desagradable, una especie de incesto ignominioso consigo mismo, estéril e inútil. De este modo juzgaba, sumido en su hipocondría de ignorante. No tuvo razón más que en lo que se refería a la inutilidad (en este punto plenamente y sin reservas). La diversión duró semanas. Parecía, algunas veces, que le hacía daño, lo que no podía ser más que un error; otras, parecía que le era provechosa, lo que también pudo comprobarse que era un error. El resultado fue cero, sin que se proclamase eso expresamente. La empresa se perdió en el vacío y Hans Castorp continuó haciendo solitarios cara a cara con el demonio, cuyo reinado absoluto sobre su espíritu debía tener un fin violento.
Una vez más oímos la voz del doctor Behrens. ¡Escuchemos! Será, quizá, la última vez que le oigamos. Esa historia misma tendrá un fin, su tiempo más largo ha pasado, o mejor, la duración de su contenido ha adquirido tal empuje que ya no hay manera de detenerlo, y su duración musical también toca a su término, de manera que tal vez ya no tendremos ocasión de escuchar la voz alegre y las locuciones proverbiales de Rhadamante. Decía a Hans Castorp:
—Castorp, viejo tronco, usted me fastidia. Me hace la vida imposible, leo cada día en su frente su mal humor. Es usted un tipo agotado. Castorp, ha sido mimado por las sensaciones, y si no se le propone cada día una novedad de primer orden se enfurruña durante todo el tiempo de las vacas flacas. ¿Tengo o no razón?
Hans Castorp permaneció en silencio, y esta actitud testimoniaba que, en efecto, reinaba bastante oscuridad en su interior.
—Tengo razón, como siempre —se contestó a sí mismo Behrens—. Y antes de que propague aquí el veneno del descontento, ciudadano rebelde, va a ver que no se halla completamente abandonado de Dios y los hombres, que las autoridades le vigilan, que no le han perdido de vista, querido mío, y que buscan sin descanso ni reposo el divertirle. Vamos, bromas aparte, amiguito mío. Se me ha ocurrido una idea. ¡Y Dios sabe cuántas noches de insomnio he pasado antes de que se me ocurriese! Se podría hablar de una iluminación: el hecho es que yo espero mucho de mi idea, es decir, espero nada menos que su desintoxicación y su marcha triunfal en una fecha próxima insospechada. No abra de esa manera los ojos —continuó diciendo después de una pausa calculada, a pesar de que Hans Castorp no hubiese abierto los ojos, sino que le miraba de un modo soñoliento y distraído—. Usted no puede sospechar lo que el viejo Behrens quiere decir. He aquí mi opinión. Hay algo en usted que no marcha en el sentido de que sus fenómenos de intoxicación no corresponden, desde hace tiempo, a su estado local, incontestablemente mejorado. No, estoy pensando desde ayer: aquí tenemos su última fotografía. Aproximemos a la luz ese objeto mágico. Como ve, nuestro mayor pesimista y embadurnador de negro no podría descubrir nada aquí. Algunos focos se encuentran completamente reabsorbidos, el nido se ha encogido y delimitado netamente, lo que (usted es sabio y no lo ignora) constituye un indicio de curación. Este estado de cosas no explica la irregularidad de su temperatura, muchacho. Y el médico se ve obligado a buscar otras causas.
El movimiento de cabeza de Hans Castorp expresó una curiosidad cortés y nada más.
—Usted pensará, Castorp, que el viejo Behrens deberá convenir en que el tratamiento ha fracasado. Pero en tal caso, pensaría como un aprendiz y no se mostraría a la altura de la situación ni del viejo Behrens. Su tratamiento no ha fracasado, pero es posible que haya sido demasiado unilateral. He considerado esta posibilidad al ver que sus síntomas no se refieren exclusivamente a la tuberculosis, y deduzco esta probabilidad del hecho de que en efecto hoy no hay otra manera de explicárselo. Sus disturbios deben de tener otro origen. Según mi opinión, usted tiene «cocos». Según mi convicción profunda —y el consejero acentuó su afirmación después de haber observado cómo Castorp se encogía de hombros—, usted tiene *streptos*, lo que por otra parte no es una razón para que se asuste.
No podía hablarse de susto; la fisonomía de Hans Castorp expresaba más bien una especie de agradecimiento irónico, ya sea por la perspicacia que se le atribuía, ya por la nueva dignidad con que el consejero le investía a causa de su hipótesis.
—No hay motivo alguno para sentirse presa del pánico —añadió el consejero—. Todo el mundo tiene «cocos», todos los imbéciles tienen *streptos*. No tiene usted ningún motivo para sentirse orgulloso. Desde hace algún tiempo sabemos que se pueden tener estreptococos en la sangre y no manifestarse ningún síntoma visible de infección. Nos hallamos en presencia de un hecho que muchos de nuestros colegas ignoran todavía, a saber: que la sangre puede tener tubérculos sin que resulte nada de ello. No nos hallamos incluso lejos de suponer que la tuberculosis podría ser únicamente una enfermedad de la sangre.
A Hans Castorp esto le pareció muy notable.
—Por consiguiente, cuando yo digo *streptos* no ha de imaginar usted la conocida imagen de una enfermedad grave. El análisis bacteriológico de la sangre demostrará si esos pequeños cuerpos se hallan instalados verdaderamente en usted. Pero únicamente el tratamiento por las vacunas nos demostrará si éste es el origen de su estado febril. He aquí el camino que convendrá seguir, amigo mío, y como ya le he dicho, espero un resultado completamente inesperado. La tuberculosis puede arrastrarse indefinidamente, pero se registran con frecuencia curaciones muy rápidas de enfermedades de esta naturaleza, y verdaderamente, si usted reacciona a estas inyecciones, dentro de seis semanas se sentirá como un pez en el agua. ¿Qué dice? ¿No vigila el granero el viejo Behrens?
—Por ahora esto no es más que una hipótesis —contestó Hans Castorp sin entusiasmo.
—Una hipótesis que puede confirmarse, una hipótesis muy fecunda —replicó el consejero—. Usted podrá darse cuenta de hasta qué punto es fecunda cuando vea nacer las cascarillas en nuestros cultivos. Mañana por la tarde, Castorp, le sangraremos con arreglo a las reglas del arte de los barberos del pueblo. Esto ya constituye en sí mismo un placer y no puede dejar de ejercer sobre el alma y el cuerpo los más felices efectos…
Hans Castorp se manifestó dispuesto a esta diversión y dio las gracias al consejero por la atención que le había concedido. Con la cabeza inclinada sobre el hombro contempló cómo se alejaba Behrens. La intervención del patrón se había producido en el instante crítico. Rhadamante había interpretado con bastante exactitud el juego de fisonomía y el estado anímico del pensionista del Berghof, y su nuevo experimento estaba destinado —no lo había ocultado— a ayudar a Hans Castorp a franquear el punto muerto a que había llegado desde hacía algún tiempo, como podía deducirse de su expresión, que recordaba muy precisamente la que había tenido el difunto Joachim cuando ciertas decisiones sombrías se iban preparando en él.
Hay que decir todavía más. No sólo Hans Castorp parecía haber llegado a tal punto, sino que también parecía hallarse en esa situación todo el conjunto, toda la «asamblea».
Después del final excéntrico de sus relaciones con cierta personalidad, después de los disturbios de toda suerte que este fin había producido en la casa, después de que Clawdia Chauchat había abandonado de nuevo la comunidad de los de aquí arriba, después del adiós que habían cambiado en la sombra trágica de una gran renunciación por respeto hacia el difunto, desde este momento le parecía al joven Castorp que algo flaqueaba en la vida; se le antojaba que iba cada vez peor, y que una ansiedad creciente se había apoderado de él, como si un demonio se hubiese hecho cargo del poder, un demonio peligroso y burlón que desde hacía algún tiempo había desempeñado un papel bastante importante y que ahora acababa de proclamar, sin reservas, su autoridad, inspirando un terror misterioso y sugiriendo pensamientos de huida, un demonio que tenía por nombre «embrutecimiento».
Se juzgará que el narrador ha encargado su paleta de una manera demasiado romántica asociando la palabra embrutecimiento con el principio demoníaco y afirmando que producían un terror místico. Sin embargo, no se trataba de una fábula y nos atenemos muy exactamente a la aventura personal de nuestro héroe, aventura cuyo conocimiento se escapa a todo control y que demuestra que el embrutecimiento pueda, en ciertas circunstancias, adquirir ese carácter e inspirar tales sentimientos.
Hans Castorp miró alrededor de él. No veía más que cosas lúgubres, inquietantes, y sabía lo que veía, veía la vida del tiempo, la vida despreocupada y privada de esperanza, la vida muerta.
Esa vida era activa a su manera. Existían ocupaciones de todas clases, pero, de vez en cuando, una de ellas degeneraba en una moda furiosa a la que todo el mundo se sacrificaba con fanatismo.
La fotografía de aficionado había ocupado siempre un lugar importante en el mundo del Berghof. Por dos veces —pues cuando se permanecía algún tiempo en la altura podía verse cómo se repetían las epidemias— esa pasión se había convertido, durante semanas y meses, en una locura sobre un aparato apoyado encima del estómago, que no enfocase un objetivo y no terminase por hacer circular fotografías durante las comidas. Desde hacía tiempo, la cámara oscura, que se encontraba a disposición de los pensionistas, era insuficiente para cubrir las necesidades. Se cerraban las puertas y los balcones de los cuartos y se cubrían con cortinas negras; se manipulaba, a la luz roja, en los baños químicos, hasta que estuvo a punto de producirse un incendio y el estudiante búlgaro de la mesa de los rusos bien corrió el peligro de quedar convertido en ceniza. Entonces las autoridades prohibieron ese ejercicio en las habitaciones.
Por otra parte, no se tardó mucho en desinteresarse por la fotografía sencilla. Fueron lanzadas las fotografías al magnesio y la fotografía en color por el procedimiento Lumière. Circulaban los retratos de personas que, sorprendidas por el relámpago de magnesio, con los ojos fijos y los rostros convulsos, parecían cadáveres de gentes asesinadas que hubiesen sido puestos de pie y se les hubiesen abierto los ojos.
Hans Castorp conservaba una placa encuadrada en cartón en la que, cuando la miraba al transparente, se veía él mismo entre la señora Stoehr y la señorita Levy del rostro de marfil. La primera llevaba una blusa azul, la segunda una blusa púrpura, los rostros eran cobrizos y por fondo tenía un prado.
Reinaba también la afición a coleccionar sellos. Esta manía practicada por algunos pensionistas, se convertía de pronto en una locura general. Todo el mundo pegaba, cambiaba y traficaba. Se abonaban a revistas de filatelia, se sostenía correspondencia con casas especializadas de todos los países, con asociaciones y aficionados, se destinaban sumas inverosímiles a la compra de sellos raros e incluso se daba el caso de que pensionistas cuya situación financiera no les permitía más que pasar algunos meses en ese lujoso establecimiento, hacía importantes compras de sellos.
Esta epidemia duraba hasta que otro entretenimiento la vencía y el buen tono exigía, por ejemplo, que se reuniesen y devorasen grandes cantidades de chocolate de las marcas más variadas. Todo el mundo aparecía entonces con los labios morenos, y los productos más apetitosos de las cocinas del Berghof ya no podían ser apreciados por aquellos estómagos que estaban atiborrados de Milka, «*Chocolat à la crême d’amandes*», «*Marquis-Napolitain*» y lenguas de gato salpicadas de oro.
El dibujo de pequeños cerdos —diversión instaurada una noche de Carnaval por la más alta autoridad—, puso de moda los juegos de paciencia, a los cuales se consagraba el esfuerzo mental de todos los pensionistas del Berghof, y que exigían los últimos esfuerzos, las supremas manifestaciones de energía de los moribundos. Durante semanas, la casa estuvo bajo el signo de una figura complicada que se componía de ocho grandes círculos, de ocho pequeños y de algunos triángulos inscritos uno dentro del otro. Se trataba de dibujar esa figura de un solo trazo; pero la más completa maestría consistía en realizar este trabajo con los ojos vendados. El procurador Paravant fue el único que lo consiguió, pues era el que se hallaba más atacado de esta manía de precisión.
Sabemos que se consagraba a las matemáticas, nos enteramos por boca del propio consejero, y conocemos el púdico origen de esa manía cuyos efectos calmantes ya hemos oído celebrar. Embotaba el aguijón de la carne, y si todo el mundo hubiese imitado el ejemplo del procurador, ciertas medidas de precaución que habían sido tomadas recientemente hubiesen resultado superfluas.
Estas medidas consistieron en cerrar los pasos de los balcones, entre la balaustrada y los biombos de cristal esmerilado, por medio de pequeñas puertas que iba cerrando por las noches el masajista, con una sonrisa jovial. Desde entonces, las habitaciones del primer piso que daban a la galería eran muy buscadas porque, saltando de la balaustrada, se podía ir de balcón en balcón pasando por encima del techo de cristal. Pero si todos hubiesen sido como el procurador no se hubiera hecho necesario recurrir a esa nueva disciplina.
La peligrosa excitación que la presencia de una cierta Fatma egipcia había producido en Paravant había sido dominada desde hacía tiempo, y ésta fue la última agitación de sus sentidos.
Con un fervor redoblado se había lanzado en brazos de la diosa de los ojos claros, cuyo poder calmante había sido celebrado por el consejero en términos muy edificantes, y el problema que día y noche ocupaba su pensamiento, y al cual se entregaba con perseverancia, con tenacidad deportiva, hubiese podido convertir a los desgraciados pecadores. Ese problema era la cuadratura del círculo.
El funcionario desplazado había adquirido, en el curso de sus estudios, la convicción de que las pruebas por las cuales la ciencia demostraba la imposibilidad de esta construcción no eran sólidas, y que la Providencia le había alejado de la humanidad inferior del mundo de los vivos y le había transportado aquí, porque le había elegido para transformar ese problema insoluble en una de las posibilidades terrenales.
Trazaba círculos y efectuaba cálculos en todas partes donde se hallaba, cubría cantidades formidables de papel con cifras y rayas, con signos algebraicos, y su rostro bronceado, el rostro de un hombre aparentemente sano, adquiría la expresión de un maniático. Su conversación se refería exclusivamente, y con espantosa monotonía, al número proporcional pi, a esa fracción desesperante que el genio inferior de un calculador llamado Zacarías Dase había calculado un día hasta doscientas cifras decimales, y eso por puro lujo, porque ni dos mil decimales habrían agotado las posibilidades de obtener una precisión irrealizable.
Todo el mundo procuraba escaparse de aquel pensador atormentado, pues los que él conseguía cazar tenían que escuchar palabras apasionadas destinadas a hacerles ver la vergüenza que constituía para el espíritu humano la irracionalidad irremediable de esa proporción mística. La inutilidad de las multiplicaciones eternas del diámetro por pi, para determinar la periferia del cuadro, para obtener el área de la superficie del círculo, hacían pasar al procurador por accesos de duda.
Se preguntaba si, desde el tiempo de Arquímedes, la humanidad había complicado inútilmente la solución del problema, y si esta solución no era en realidad, de una sencillez pueril. ¡Cómo! ¿No podía convertirse en recta la línea circular? ¿No se podía cambiar toda línea recta en un círculo? A veces Paravant se creía muy cerca de una revelación. Se le veía con frecuencia, a altas horas de la noche, sentado ante su mesa, en el comedor vacío y poco alumbrado. Disponía cuidadosamente un pedazo de hilo en forma de círculo; luego lo estiraba bruscamente, lo convertía en una línea recta; y después, apoyado en la mesa, se perdía en una meditación amarga.
El consejero le animaba algunas veces y hablaba con él. El desgraciado se dirigió también a Hans Castorp, en cierta ocasión, y luego en otra, porque había encontrado en él una simpatía amorosa hacia el misterio del círculo. Demostraba al joven el callejón sin salida de pi por medio de un dibujo muy preciso, en el cual, realizando un esfuerzo jamás visto, había encerrado un círculo en un polígono exterior y otro interior, de lados minúsculos e innumerables, con el máximum de aproximación a que el hombre puede llegar. Pero la curva se escapaba de una manera espiritual a la racionalización del cálculo.
—Eso —decía el procurador Paravant, con el maxilar inferior tembloroso—, eso es pi.
Hans Castorp, a pesar de toda su afabilidad, mostraba menos interés por pi que por su interlocutor. Dijo que se trataba de un engaño, aconsejó a Paravant que no se preocupase demasiado seriamente y le habló de los puntos de inflexión sin extensión de que se componía el círculo desde su principio, que no existía, hasta su fin, que tampoco existía, lo mismo que la melancolía presuntuosa de la eternidad que sin duración de dirección, continúa en sí misma. Habló de todo eso con una devoción tranquila que ejerció pasajeramente una influencia tranquilizadora sobre el procurador.
Por otra parte, la naturaleza del excelente Hans Castorp le inclinaba a acoger benévolo las confidencias de más de uno de sus compañeros que se hallaban presa de alguna idea fija y sufrían por no encontrar comprensión cerca de los demás pensionistas, que tomaban la vida a la ligera.
Un viejo escultor, natural de una provincia austríaca, de blanco bigote, nariz ganchuda y ojos azules, había concebido un plan financiero —lo había caligrafiado subrayando con tinta china los párrafos más importantes— que consistía en lo siguiente:
Cada abonado a un diario debería estar obligado a entregar, el primero de cada mes, una cantidad correspondiente a cuarenta gramos de papel viejo por día, lo que sumaría al año unos 14.000 gramos y en veinte años más de 288 kilos, lo que representaba, valorando el kilo a 20 *pfennings*, un importe de 57-62 marcos alemanes. Cinco millones de abonados proporcionaban, pues, en veinte años, la suma formidable de 288 millones de marcos, de los cuales las dos terceras partes serían deducidas del precio de su nuevo abono, mientras que el resto, otra tercera parte, o sea 100 millones de marcos, estaría consagrado a obras humanitarias, a sostener sanatorios populares para enfermos de pulmones, fomentar los talentos pobres y otras cosas.
El plan había sido elaborado de un modo muy completo. Su autor había representado, por medio de gráficos, las tablas con arreglo a las cuales el organismo encargado de recoger el papel debía calcular, todos los meses, el valor, y hasta los formularios taladrados que servían de recibo por las cantidades de papel entregadas. El proyecto estaba justificado y era fundado desde todos los puntos de vista. El gasto insensato de papel y la destrucción de papel de periódico que las gentes no advertidas dejaban que se perdiese por las cloacas o por el fuego representaba una alta traición para nuestras selvas, una herida causada a la economía nacional. Ahorrar el papel, economizar el papel, era ahorrar y economizar la celulosa, los bosques, el material humano que exigía la fabricación de la celulosa y del papel. Como el papel viejo de periódicos podía adquirir un valor triple, con la producción de cartón para embalajes, se podía convenir en objeto de impuestos de carácter fiscal muy provechosos para el Estado y las municipalidades, y los lectores de periódicos podrían ser desgravados de sus contribuciones.
En una palabra, el proyecto era bueno, irrefutable, y si tenía algo de siniestro y gratuito, de molesto e incluso de chocante, esto no era debido más que al fanatismo exorbitante con que el viejo artista defendía, con exclusión de todo otro, un proyecto económico que, en realidad, él mismo se tomaba poco en serio, pues no hacía ninguna tentativa para su realización.
Hans Castorp escuchó a nuestro hombre con la cabeza inclinada, aprobaba cuando su interlocutor elogiaba ante él, con palabras febriles y fáciles, su panacea, y analizaba la naturaleza del desprecio y de la repugnancia que le impedían tomar la postura del inventor en un mundo completamente aturdido.
Había, desde hacía algún tiempo, un grupo de ingleses que habían introducido el siguiente juego de sociedad: Uno de los que tomaban parte hacía la siguiente pregunta: *Did you ever see the devil with a night-cap on*? [\[4\]](https://fictograma.com/d/2954-la-montana-magica-capitulo-7-7#nota4)^El^ otro contestaba: *No! I never saw the devil with a night-cap on*[\[5\]](https://fictograma.com/d/2954-la-montana-magica-capitulo-7-7#nota5)^, después de lo cual hacía al siguiente la misma pregunta y así sucesivamente, el uno después del otro. ¡Era espantoso!
Pero el pobre Hans Castorp se sentía mucho más molesto ante los que se dedicaban a hacer solitarios, a los que se podía encontrar por todas partes y a todas las horas del día. Esta pasión se había manifestado hasta tal punto que él mismo había sido algunas veces víctima de ella, y tal vez el más gravemente atacado, de esa epidemia. El que le había embrujado era el solitario de las once; el juego consiste en disponer tres hileras de cartas y cubrir dos que, juntas, sumen once puntos, lo mismo que las tres figuras cuando se presentan, hasta que un azar adorable desenlaza la partida. Cuesta trabajo admitir que el alma pueda verse estimulada hasta la obsesión por cosas tan sencillas. Sin embargo, Hans Castorp, semejante a los demás, dependía de ese azar y, con las cejas fruncidas, experimentaba los contratiempos de la mala fortuna. Entregado a los caprichos del demonio de las cartas, subyugado por ese favor fantástico y cambiante que multiplicaba en un vuelo feliz las parejas de once puntos, los encuentros de la sota, la reina y el rey, de manera que el juego ya se había dado todo entero antes de que la tercera serie hubiese terminado (triunfo pasajero que no hacía más que aguijonear los nervios para nuevas tentativas), y otras veces negaba a la novena y última carta toda la posibilidad de éxito, contrariando en el último momento, con una detención brusca, un éxito casi seguro; hacía tentativas a todas horas del día, por la noche bajo las estrellas, por la mañana en pijama, en la mesa e incluso en sueños. Se estremecía, pero continuaba, y un día la visita de Settembrini le «estorbó».
—*Accidente*! —dijo el visitante—. ¿Echa usted las cartas, ingeniero?
—No es eso precisamente. Lucho con el azar abstracto. Su versátil capricho me intriga; unas veces es de un servilismo amable y otras de una increíble resistencia. Esta mañana, al levantarme, he triunfado tres veces seguidas, una de ellas en dos series, lo que constituye un récord. Pero ¿creerá usted que ahora he ensayado treinta y tres veces y no estoy más que a la mitad del juego?
Settembrini le miró como había hecho ya con frecuencia durante los tres cortos años, con sus ojos negros y entristecidos.
—De todos modos me parece usted preocupado —dijo—. Creo que no podré encontrar aquí un consuelo para mis preocupaciones ni un bálsamo para el conflicto íntimo que me atormenta.
—¿Conflicto? —repitió Hans Castorp, y tiró una carta.
—La situación mundial me turba —gimió el francmasón—. El acuerdo balcánico se realizará, ingeniero; todas mis informaciones lo indican. Rusia trabaja febrilmente y la punta de la combinación se halla dirigida contra la monarquía austrohúngara, sin la destrucción de la cual ningún punto del programa ruso se puede realizar. ¿Comprende mis escrúpulos? Odio a Viena con todo mi corazón, como usted sabe. Pero ¿es ésa una razón para conceder al despotismo sármata el apoyo de mi alma cuando está a punto de traer la tea incendiaria a nuestro continente? Por otro lado, una colaboración diplomática, incluso ocasional, de mi país con Austria, me heriría como un deshonor. Éstos son los escrúpulos de conciencia que…
—Siete y cuatro —dijo Hans Castorp—. Ocho y tres. Sota, caballo, rey. Todo va bien. Me trae la suerte, señor Settembrini.
El italiano calló. Hans Castorp sintió sus ojos negros, la mirada profundamente entristecida de la razón y el sentido moral, pero continuó todavía un instante cubriendo las cartas, antes de apoyar la mejilla en la mano y elevar los ojos hacia su mentor —que se hallaba en pie delante de él— con la expresión impertinente y de falsa inocencia de un píllete.
—Sus ojos —dijo Settembrini— se esfuerzan en vano en ocultar que usted sabe perfectamente a dónde ha llegado.
—*Placet experiri* —fue la impertinente contestación de Hans Castorp, y el señor Settembrini le abandonó. Después de haberse quedado solo, el joven permaneció todavía algún tiempo con la mejilla apoyada en la mano, sentado ante la mesa, en medio de la habitación blanca, sin echar cartas, y en el fondo de sí mismo presa de espanto ante ese estado siniestro e incierto en que veía al mundo, ante la sonrisa del demonio, de ese dios simiesco, bajo cuyo poder insensato y desenfrenado se hallaba y cuyo nombre era «el gran embrutecimiento».
Nombre grave y apocalíptico, apropiado para inspirar una ansiedad secreta.
Hans Castorp estaba sentado y con la palma de la mano se frotaba la frente y la región del corazón. Tenía miedo. Le parecía que «todo aquello» no podía acabar bien, que aquello terminaría con una catástrofe, con una sublevación de la naturaleza paciente, con una tempestad que limpiaría todo, que rompería el maleficio que pesaba sobre el mundo, que arrastraría la vida más allá del «punto muerto», y que el período de la pesadilla iría seguido de un terrible juicio final. Sentía ganas de huir, lo hemos ya dicho, y constituía, pues, una suerte que las autoridades tuviesen el ojo sobre él, como ya se sabe, que hubiesen leído la verdad en su fisonomía y se hubiese encargado de distraerle con nuevas y fecundas hipótesis.
Con un tono de jovialidad, la autoridad suprema había declarado que se estaba sobre la pista de las verdaderas causas de la temperatura irregular de Hans Castorp, causas que tendrían fácil remedio y prometían la curación y la marcha legítima al país llano en una fecha próxima.
El corazón del joven latía asaltado por múltiples impresiones cuando tendió su brazo para la sangría. Haciendo guiños con los ojos y palideciendo ligeramente, admiró el maravilloso color rubí de su jugo vital que llenó el recipiente transparente. El consejero mismo, asistido del doctor Krokovski y de una enfermera, realizó aquella pequeña operación cuyo alcance era tan grande.
Luego pasaron una serie de días dominados por el deseo de Hans Castorp de saber si la sangre dada, analizada fuera de él, respondería a los ojos de la ciencia.
Naturalmente, no había tenido tiempo de germinar, comenzó por decir el consejero. Desgraciadamente, hasta ahora no se había descubierto nada, dijo más tarde. Pero llegó una mañana, a la hora del desayuno, en que el consejero se acercó a Hans Castorp, que se sentaba ahora a la mesa de los rusos bien, en el sitio de esa mesa donde se había sentado en otro tiempo una cierta personalidad a la que había tuteado, y le anunció, con muchas felicitaciones, que el estreptococo había sido finalmente descubierto en uno de los cultivos preparados.
Se trataba de un problema de cálculo de probabilidades, de establecer si los fenómenos de intoxicación debían ser atribuidos a la pequeña tuberculosis que existía incontestablemente o a los estreptococos que habían sido descubiertos en una proporción modesta.
Behrens se proponía examinar la cosa más detenidamente. El cultivo no había adquirido todavía todo su desarrollo. Se lo enseñó en el «labo». Era una especie de gelatina roja sobre el cual se distinguían unos puntitos grises. Aquello eran los «cocos».
Separada de Hans Castorp, bajo los ojos de la ciencia, la sangre coagulada del joven continuaba evolucionando. Llegó una mañana en que el consejero informó, con una emoción estereotipada, que los cocos se habían desarrollado no solamente en uno de los cultivos, sino también en todos los demás, y que germinaban en grandes cantidades. No era muy seguro que todos fuesen estreptococos, pero era más que probable que los fenómenos de intoxicación procedían de ellos, aunque no se pudiese saber exactamente si se debía tener en cuenta la tuberculosis, de la que había estado indudablemente enfermo y de la cual no se hallaba completamente curado.
¿Qué conclusión se debía sacar de todo eso? ¡Una autovacuna de estreptococos! ¿El pronóstico? Extraordinariamente favorable. Además, la tentativa no tenía ningún peligro, no podía en manera alguna hacerle daño, pues el suero se sacaba de la propia sangre de Hans Castorp, de manera que la inyección no introduciría en su cuerpo ningún elemento de enfermedad que no se encontrase ya en él. Pensando lo peor, el tratamiento podía ser estéril. Cero… Pero el hecho de que el enfermo debiese entonces continuar aquí ¿podría ser considerado como una cosa grave?
En modo alguno. Hans Castorp no podía suponer eso. Se sometió al tratamiento, a pesar de que lo juzgaba ridículo y deshonroso. Estas vacunas con su propia sangre le parecían una diversión espantosamente desagradable, una especie de incesto ignominioso consigo mismo, estéril e inútil. De este modo juzgaba, sumido en su hipocondría de ignorante. No tuvo razón más que en lo que se refería a la inutilidad (en este punto plenamente y sin reservas). La diversión duró semanas. Parecía, algunas veces, que le hacía daño, lo que no podía ser más que un error; otras, parecía que le era provechosa, lo que también pudo comprobarse que era un error. El resultado fue cero, sin que se proclamase eso expresamente. La empresa se perdió en el vacío y Hans Castorp continuó haciendo solitarios cara a cara con el demonio, cuyo reinado absoluto sobre su espíritu debía tener un fin violento.