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c/LiteraturaESP by u/fictograma 11h ago fictograma.com

Los Viajes de Shin

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## SEGUNDA PARTE: Mar de extrañezas

“Entendí que mi dolor no tenía que ser el dolor del universo cuando la vi a ella Nacer”

—Emperador de Exquema, Dante Lorian

Capitulo Siete: De nada a nada
Frío.

Un frío que no pertenecía a ningún invierno conocido. Un frío que se metía en los huesos como agujas de hielo mientras Shin caía, libre, sin resistencia, sin rumbo. Sus heridas ardían. La piel descubierta se erizaba y cada respiración se convertía en un vapor que no existía realmente, pues el aire mismo parecía extinguirse alrededor de ella.

Se mantenía inconsciente en caída libre, o al menos eso era lo que parecía. La brisa de su descenso agitaba su cabello y desprendía poco a poco los trozos más débiles de su armadura, perdiéndolos en la oscuridad absoluta a su alrededor.

Cuando comenzó a reaccionar y abrió los ojos, solo vio negro. Los tenía abiertos pero no había nada que ver. No había nada que pudiera verse en una oscuridad así.

Quiso gritar desde lo más profundo de ella, por el terror de no ver y seguir cayendo, pero su voz no salió. O si lo hizo, jamás la escuchó.

Sabía dónde estaba pero no sabía si estaba ciega, con la garganta cortada o, peor aún, muerta. Si así se sentía la muerte era extraña. Más allá de caer de manera infinita y no poseer vista ni voz, no había nada más.

Su cuerpo seguía ardiendo por las heridas del ataque de Omerys, heridas que poco a poco iban curándose por sí solas.

Eso la tranquilizó de cierta manera. Si eso estaba pasando, no estaba muerta. Pero más allá de esa lógica no había ninguna otra en este lugar.

Buscó tomar algo con sus manos hacia los lados, tanteando con los dedos y con los pies, pero no había nada a lo que aferrarse.

Comenzó a pensar en todas las posibilidades de dónde podría estar. Lo único que se le venía a la mente para un lugar así era algún limbo dentro de un agujero negro. Sabía que la naturaleza de tales cosas era en parte desconocida, sobre todo lo que ocurría en su interior, pero nada de esto se parecía a lo que debía ser uno. Era lo más cercano que se le ocurría.

¿Esto era un agujero negro?

Siempre había creído que la aniquilación sería instantánea. Una muerte violenta, no este silencio pacífico, casi anestesiante. No había vértigo. Solo vacío. Inhalaba y exhalaba un aire frío, denso, como si viniera de ninguna parte y de todas a la vez.

Su mente comenzó a jugarle en contra. ¿Cómo escapar de un lugar donde no había nada que hacer? Pensó en su final. Caer eternamente, atrapada no por el fuego ni la espada, sino quizás por el hambre, la sed, o peor aún, por la locura. La posibilidad de una eternidad sin salida la golpeó con más fuerza que cualquier puño.

Ya había pasado un tiempo sin que pudiera hacer nada. Su caída no se detenía y estaba obligada a concentrarse únicamente en sus pensamientos.

Pensó en su padre, en su madre, en la hermana con la que apenas hablaba desde que ambas luchaban en la guerra. No sintió tristeza ni dolor. Y esa ausencia de emociones la incomodó, porque no era de pensar esas cosas. Muchas veces ignoraba esa clase de pensamientos y emociones en pos de su deber como princesa, como capitana, como Suprema Comandante.

No creía que sentir fuera igual a debilidad. Pero evitaba mostrarlo para ser más eficiente. Tenía que serlo. Era la heredera de un imperio en guerra.

El tiempo se volvió un enemigo intangible. No sabía cuánto había transcurrido desde que despertó y mucho menos desde que cayó ahí, y con cada segundo, minuto u hora que pasaba solo lograba perderse un poco más en sus propios pensamientos.

Luego de lo que parecía una eternidad, el silencio perpetuo se quebró de un segundo a otro. Al principio, suave. Un roce, como algo arrastrándose. Luego más claro, un peso que se movía lentamente, rodeándola. Shin se tensó, endureciendo los músculos. Los ruidos se multiplicaron.

Carnosos, húmedos, grotescos. Como piel frotándose contra carne viva, como miembros arrastrándose sin hueso. Su respiración se aceleró mientras hacía el movimiento inútil de mover los ojos hacia los lados buscando algo que no podía ser observado.

Intentó hablar con fuerza pero fue incapaz de emitir algún sonido. Ahora sí podía oír en ese lugar con claridad. Solo era ella quien no podía hablar.

Su paranoia se encendió poco a poco. Estaba indefensa frente a algo que solo podía imaginar acercándose. El aire cambió. La rozaban. Sentía roces ásperos en su piel descubierta, como si dedos invisibles la tantearan, estudiándola, saboreándola.

Los gruñidos surgieron. Bajos, guturales, cercanos. No eran ecos. Eran presencias.

Una de ellas la atrapó por el tobillo y tiró de ella con violencia hacia un lado, lanzándola como una muñeca por el espacio vacío, para luego ser tomada otra vez por una sensación viscosa y húmeda en su pierna y arrojada en otra dirección.

Algo estaba jugando con ella. O quizás solo la desgastaba, como cualquier bestia haría con una presa. Cuando fue lanzada por tercera vez fue con más violencia, suficiente para azotarla en el aire y obligarla a cerrar los ojos, que era igual que tenerlos abiertos en este lugar.

De pronto, con los ojos cerrados, comenzó a sentir una calidez extraña. Una luz que se filtraba por sus párpados.

Los abrió.

Una luz al final del túnel. Cálida, creciente, que la atraía con fuerza y se hacía más grande a medida que se acercaba hasta por fin alcanzarla.

Cuando entró en ella fue como volver a nacer. Su vista se recuperó de golpe. Su garganta volvió a emitir sonidos. Podía jadear, podía oírse respirar, podía sentir el viento real contra su rostro durante la caída libre que la llevaba directo hacia el suelo, un suelo blanco y nevado que se abría debajo de ella desde los cielos.

Se estrelló contra una montaña nevada. El impacto la arrastró por metros, levantando avalanchas de rocas y hielo. Terminó chocando contra un lago congelado que se resquebrajó bajo su peso. El agua gélida la devoró.

Se vio obligada a quitarse lo poco que quedaba de su armadura, ya destrozada y desgastada, para poder flotar y nadar con desesperación hasta la orilla. Emergió jadeante, temblando, empapada.

Escaló la orilla hasta caer de espaldas sobre la nieve, respirando con dificultad, mirando el cielo donde permanecía aquella rasgadura brillante que había sido su salida, un tajo azul rodeado de nubes negras en espiral. No se cerraba. Permanecía allí, abierta, como una herida en el mundo.

Shin se levantó, tambaleante, cada músculo ardiendo. La nieve se pegaba a su piel. El viento mordía su carne.

Con una mano sostenía su estómago aún adolorido y comenzó a caminar sin dirección clara. Solo hacia el frente, con pasos lentos y cautos.

Sin armadura. Sin mandoble. Sin legión.

Por primera vez en su vida, completamente sola
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