DE LAS LOCURAS Y LOS DIVANES de Colección de Cuentos Fantásticos 70°C
Persiguen a S.M.M., a quien se le ha negado la inmortalidad, tanto en los hechos como en la convicción. Su obra no ha trascendido más allá de su locura. Los Dioses, celosos e iracundos, prosiguen ante la cátedra de sus alumnos:
—Realmente me tiene sin cuidado lo que pregunten sus ciencias. Supongo —y hasta creo— que son felices en sus ilustres ignorancias. No sé cómo sienten las rocas la erosión de las mareas, ni siento lo que otros al ver a las muchachas de hermosas piernas. No culpéis al palo por la violencia ni a la sangre por su prole, sea esta justa o ilegítima. Conocer la Teogonía de Hesíodo o hacer el amor da igual; del mismo modo que atender una conferencia sobre cuásares o quedarse dormido.
Sus alumnos, determinados, murmuraban entre sí: «volver a servir la mesa o pegarse un tiro».
No adivinaban. Llevaban años hablando a espaldas del observador, hasta llegar a una respuesta metálica: perforaciones en las sienes que debían mantenerse ocultas.
En el Consejo, cuando se discutía el caso del ilegítimo S.M.M. —y el de los alumnos, marcados por tantas peyorativas—, las opiniones se dividieron. Algunos reclamaban su inmediata suspensión; otros, en un acuerdo tácito de olvido, desviaron el reproche hacia un solo punto:
—Que se lo utilice como desperdicio, como despojo. Que se lo degrade al castigo más duro.
Después de todo, su instrucción había sido perfecta —o casi—: cientos de años, miles de hombres, docenas de Dioses enfrentados a casos semejantes. No era asunto de darse por vencidos.
Mientras los Dioses discutían, los alumnos esperaban órdenes.
Un Dios joven, de cabello encanecido y gestos caducos, afirmó que todo se trataba de una broma:
—No es el primero con quien nos topamos. Perforación tras perforación: que aprenda respeto por sus Dioses.
Añadió que ni la inmortalidad ni el conocimiento podían ser arrojados por la borda. S.M.M. debía servir de ejemplo para los nuevos aspirantes. Era necesario suspenderlo sin audiencia.
Entonces otro Dios tomó la palabra:
—He llegado a tal extremo que, aun siendo el más inteligente, me siento el más infeliz de los inmortales. Es aburrido parecer estúpido. Preferiría dejar de ser Dios y convertirme en un aspirante mediocre, de esos que apenas duran cien años y son incapaces de reaccionar. Somos, en el fondo, impotencia: no porque no podamos morir, sino porque revelamos debilidades inferiores. Nadie comprende que, pese a su grandeza, los humanos desperdician el tiempo. Nosotros no morimos, y esa es nuestra falla. Dirán que hablo como un hombre, y que por ello me equivoco. Denme tiempo —ese absurdo que nombramos— y demostraré lo contrario.
Deliberaron en el centro, como de costumbre. O quizá, como nunca antes. Un silencio impalpable turbó la asamblea: algo fallaba. Pero, fieles a su naturaleza, estallaron en furias contenidas, hasta hacer colapsar las paredes del simposio.
El Dios joven guardó silencio mientras los otros planificaban castigos cada vez más severos.
Un Dios anciano lo llamó insolente, mezquino, incapaz de corresponder a la infinitud del conocimiento que le había sido otorgado:
—Es mejor que muchos de nosotros —dijo—, pero merece una muerte sin gloria.
Otro añadió:
—Es cierto que no podemos morir, pero eso no limita nuestros poderes. La libertad humana existe solo en relación con nuestros propósitos. No saben respetar la muerte. Somos grandes… pero ¿qué seríamos si también hubiésemos de morir?
El escepticismo recorrió la sala. Murmullos, risas, sospechas.
Finalmente, uno de los Dioses —temido por prudente y sabio— propuso el castigo definitivo:
—Hace miles de años, a los hombres que no se comportaban con normalidad se los aislaba. Se los dejaba hablar solos hasta consumirse. Nadie los escuchaba. Puesto que no podemos eliminar a S.M.M., propongo encerrarlo. Que su realidad se reduzca a un rincón oscuro. Que monologue sin fin, corroído por su propia eternidad. Ese será el verdadero castigo.
La sala entera celebró, jalándose las barbas en aprobación.
Los alumnos, entretanto, se miraban sin comprender. Algunos rieron. Otros apenas distinguieron las sílabas: S.M.M. Pero en el fondo, no les importaba. Sus preocupaciones eran otras. La discusión sobre la mortalidad les resultaba tediosa, incomprensible. Esperaban, simplemente, el timbre de salida.
Cuando salieron y regresaron al aula, la discusión por S.M.M. seguía allí, mientras la voz de los Dioses se debilitaba. Se acercaban a su ocaso, incapaces de sostener su propia eternidad. Les dolía el pensamiento.
Entonces, uno a uno, se acercaron al borde de los mundos y se arrojaron, haciéndose pedazos contra las rocas, disolviéndose en las mareas.
Los que quedaron, atónitos, decidieron borrar toda noción de locura, ensueño, ilusión y fantasía del mundo humano. Condenaron a quienes intentaran recordar.
Quemaron la Gran Sala de la Reversibilidad de la Memoria y los Testimonios.
Y, cuando ya no quedó nada por arder, descendieron al mundo de los hombres. Allí olvidaron sus nombres y sus propósitos. Nunca habían sido Dioses.
Eligieron el olvido en lugar de la razón.
Pero no contaban con la locura de unos pocos: aquellos que beben siempre del mar y, aun así, tienen sed.
En ellos, a los que llamaron esquizofrénicos, las fisuras del conocimiento siguen siendo más grandes que sus Dioses.
—Realmente me tiene sin cuidado lo que pregunten sus ciencias. Supongo —y hasta creo— que son felices en sus ilustres ignorancias. No sé cómo sienten las rocas la erosión de las mareas, ni siento lo que otros al ver a las muchachas de hermosas piernas. No culpéis al palo por la violencia ni a la sangre por su prole, sea esta justa o ilegítima. Conocer la Teogonía de Hesíodo o hacer el amor da igual; del mismo modo que atender una conferencia sobre cuásares o quedarse dormido.
Sus alumnos, determinados, murmuraban entre sí: «volver a servir la mesa o pegarse un tiro».
No adivinaban. Llevaban años hablando a espaldas del observador, hasta llegar a una respuesta metálica: perforaciones en las sienes que debían mantenerse ocultas.
En el Consejo, cuando se discutía el caso del ilegítimo S.M.M. —y el de los alumnos, marcados por tantas peyorativas—, las opiniones se dividieron. Algunos reclamaban su inmediata suspensión; otros, en un acuerdo tácito de olvido, desviaron el reproche hacia un solo punto:
—Que se lo utilice como desperdicio, como despojo. Que se lo degrade al castigo más duro.
Después de todo, su instrucción había sido perfecta —o casi—: cientos de años, miles de hombres, docenas de Dioses enfrentados a casos semejantes. No era asunto de darse por vencidos.
Mientras los Dioses discutían, los alumnos esperaban órdenes.
Un Dios joven, de cabello encanecido y gestos caducos, afirmó que todo se trataba de una broma:
—No es el primero con quien nos topamos. Perforación tras perforación: que aprenda respeto por sus Dioses.
Añadió que ni la inmortalidad ni el conocimiento podían ser arrojados por la borda. S.M.M. debía servir de ejemplo para los nuevos aspirantes. Era necesario suspenderlo sin audiencia.
Entonces otro Dios tomó la palabra:
—He llegado a tal extremo que, aun siendo el más inteligente, me siento el más infeliz de los inmortales. Es aburrido parecer estúpido. Preferiría dejar de ser Dios y convertirme en un aspirante mediocre, de esos que apenas duran cien años y son incapaces de reaccionar. Somos, en el fondo, impotencia: no porque no podamos morir, sino porque revelamos debilidades inferiores. Nadie comprende que, pese a su grandeza, los humanos desperdician el tiempo. Nosotros no morimos, y esa es nuestra falla. Dirán que hablo como un hombre, y que por ello me equivoco. Denme tiempo —ese absurdo que nombramos— y demostraré lo contrario.
Deliberaron en el centro, como de costumbre. O quizá, como nunca antes. Un silencio impalpable turbó la asamblea: algo fallaba. Pero, fieles a su naturaleza, estallaron en furias contenidas, hasta hacer colapsar las paredes del simposio.
El Dios joven guardó silencio mientras los otros planificaban castigos cada vez más severos.
Un Dios anciano lo llamó insolente, mezquino, incapaz de corresponder a la infinitud del conocimiento que le había sido otorgado:
—Es mejor que muchos de nosotros —dijo—, pero merece una muerte sin gloria.
Otro añadió:
—Es cierto que no podemos morir, pero eso no limita nuestros poderes. La libertad humana existe solo en relación con nuestros propósitos. No saben respetar la muerte. Somos grandes… pero ¿qué seríamos si también hubiésemos de morir?
El escepticismo recorrió la sala. Murmullos, risas, sospechas.
Finalmente, uno de los Dioses —temido por prudente y sabio— propuso el castigo definitivo:
—Hace miles de años, a los hombres que no se comportaban con normalidad se los aislaba. Se los dejaba hablar solos hasta consumirse. Nadie los escuchaba. Puesto que no podemos eliminar a S.M.M., propongo encerrarlo. Que su realidad se reduzca a un rincón oscuro. Que monologue sin fin, corroído por su propia eternidad. Ese será el verdadero castigo.
La sala entera celebró, jalándose las barbas en aprobación.
Los alumnos, entretanto, se miraban sin comprender. Algunos rieron. Otros apenas distinguieron las sílabas: S.M.M. Pero en el fondo, no les importaba. Sus preocupaciones eran otras. La discusión sobre la mortalidad les resultaba tediosa, incomprensible. Esperaban, simplemente, el timbre de salida.
Cuando salieron y regresaron al aula, la discusión por S.M.M. seguía allí, mientras la voz de los Dioses se debilitaba. Se acercaban a su ocaso, incapaces de sostener su propia eternidad. Les dolía el pensamiento.
Entonces, uno a uno, se acercaron al borde de los mundos y se arrojaron, haciéndose pedazos contra las rocas, disolviéndose en las mareas.
Los que quedaron, atónitos, decidieron borrar toda noción de locura, ensueño, ilusión y fantasía del mundo humano. Condenaron a quienes intentaran recordar.
Quemaron la Gran Sala de la Reversibilidad de la Memoria y los Testimonios.
Y, cuando ya no quedó nada por arder, descendieron al mundo de los hombres. Allí olvidaron sus nombres y sus propósitos. Nunca habían sido Dioses.
Eligieron el olvido en lugar de la razón.
Pero no contaban con la locura de unos pocos: aquellos que beben siempre del mar y, aun así, tienen sed.
En ellos, a los que llamaron esquizofrénicos, las fisuras del conocimiento siguen siendo más grandes que sus Dioses.