La montaña mágica - Capítulo 7 / 5 - Thomas Mann
#### **…Continuación de Todavía Mynheer Peeperkorn**
En lo que se refiere a las relaciones de Hans Castorp con sus demás compañeros, conviene relatar dos conversaciones extrañas que en este tiempo sostuvo a solas nuestro poco heroico héroe con Clawdia Chauchat y con su compañero de viaje. Habló con ella en el vestíbulo después de la comida, cuando Peeperkorn se hallaba presa de la fiebre, y con él una de las tardes que le visitaba, sentado a su cabecera.
El vestíbulo aquella noche se hallaba sumido en la penumbra. La reunión de costumbre había sido breve y estuvo muy poco animada, y los huéspedes se habían retirado temprano a sus balcones para la cura nocturna. Una lámpara solitaria estaba encendida en el techo y los salones vecinos se encontraban también casi a oscuras. Pero Hans Castorp sabía que madame Chauchat, que había comido sola, no había subido todavía al primer piso, permanecía en el salón de lectura y por eso él también había tardado en subir. Había permanecido sentado en el fondo del vestíbulo, separado de la parte central por algunos pilares blancos revestidos de madera. Se hallaba sentado delante de la estufa de loza, en un sillón, parecido al sillón en que Marusja se balanceaba la noche en que Joachim había tenido con ella su única conversación, y fumaba un cigarrillo como estaba permitido a todo el mundo en aquella hora.
Ella llegó. El oyó sus pasos y el roce de su vestido. Luego se puso a su lado. Se abanicaba con una carta, que sostenía por una de sus puntas, y dijo con su voz de Pribislav:
—El portero se ha ido. Deme un sello.
Aquella noche llevaba un vestido de seda oscuro y ligera, un vestido de escote redondo y amplias mangas que se abrochaban en los puños. Iba engalonada con su collar de perlas, que brillaban con un pálido resplandor en la penumbra. Él elevó los ojos hacia el rostro de tártaro y dijo:
—¿Un sello? No tengo ninguno.
—¿Cómo es eso? *Tant pis pour vous*. ¿No puede ser útil a una mujer? —Hans Castorp apretó los labios y se encogió de hombros—. Me decepciona. Debería ser un poco más previsor y ordenado. Imaginé que usted llevaría en su cartera un pequeño surtido de sellos clasificados por precios.
—No. ¿Para qué? —contestó él—. Nunca escribo cartas. ¿A quién he de escribir? A veces compro una tarjeta postal ya franqueada. ¿A quién he de escribir cartas? No tengo a nadie. No tengo relación alguna con la llanura. He perdido todo contacto, Tenemos entre nuestras canciones populares una que dice: «Estoy perdido para el mundo.» Ese es mi caso.
—Bueno. Déme al menos un cigarrillo, hombre perdído —dijo ella sentándose ante él, en el banco cubierto con un almohadón, cruzando las piernas y tendiendo la mano—. Al menos debe de tener cigarrillos. —Y negligentemente, sin darle las gracias, cogió un cigarrillo de la petaca de plata que él le ofrecía y lo encendió, tomando fuego con las tenacillas e inclinándose.
Ese indolente «deme al menos» y el hecho de aceptar el cigarrillo sin dar las gracias revelaban a la mujer mimada. Además, ese gesto adquiría el sentido de una comunidad humana, o más bien, *humainement*, una sencillez natural, a la vez salvaje y dulce. Hans dijo:
—Sí, de esto estoy siempre provisto. ¿Sería posible pasar aquí sin tabaco? A eso se llama pasión. Pero he de confesar que no soy un hombre apasionado, aunque tengo pasiones, pasiones flemáticas.
—Eso me tranquiliza completamente —dijo ella, soltando el humo de su cigarrillo—, me tranquiliza saber que no es un hombre apasionado. Si fuese apasionado, no podría ser lo que es. La pasión significa vivir por amor a la vida. Ya sabemos que usted vive por las sensaciones que la vida le produce. La pasión es el olvido de uno mismo y usted no tiene más preocupación que la de enriquecerse. *C’est ça*. No se da cuenta de que se trata de un abominable egoísmo y que usted aparecerá un día como un enemigo de la humanidad.
—¡Vamos, vamos! ¿Enemigo de la humanidad? ¿Qué dices, Clawdia? ¿En qué cosas precisas y personales estás pensando al decir que no nos preocupamos de la vida, sino de enriquecernos? Vosotras las mujeres no predicáis moralidad sin sentido. ¡Oh, la moral! Eso es más bien un tema de discusión para Naphta y Settembrini. ¿Se puede saber si uno vive por amor a la vida o por amor a sí mismo? Quiero decir que no hay límite preciso entre una cosa y otra. Hay sacrificios egoístas y egoísmos desinteresados… Creo que eso pasa en todo, incluso en el amor. Sin duda es inmoral el que yo no pueda conceder importancia a lo que tú dices sobre la moral y que, ante todo, yo me sienta feliz porque nos hallamos reunidos como no lo hemos estado más de una vez hasta ahora y como nunca desde tu regreso. Y que pueda decirte lo bien que te sientan esas mangas que te aprietan los puños y esa seda que flota en torno a tus brazos…
—Me marcho.
—¡No, te lo ruego! Tendré en cuenta las circunstancias y las personalidades.
—Eso es lo menos que se puede esperar de un hombre sin pasión.
—Sí, ¡ya ves! Te burlas y me regañas cuando yo… Y te quieres marchar cuando…
—Le ruego que hable de un modo más preciso si desea que le comprenda.
—¿No me ayudarás con tu habilidad a completar las frases inacabadas? Diría que es injusto, si no comprendiese que la justicia no tiene nada que ver con eso.
—¡Oh!, no, la justicia es una pasión flemática muy diferente de los celos con los que la gente flemática se pone inevitablemente en ridículo.
—¿Lo ves…? ¡Ridículo! ¡Concédeme, pues, la flema! Te lo suplico. ¿Cómo podría seguir viviendo sin ella? ¿Cómo habría podido, por ejemplo, soportar el tiempo que te he estado esperando?
—¿Cómo?
—El tiempo que te he estado esperando…
—*Voyons, mon ami*. No quiero seguir hablando de la forma absurda en que usted se dirige a mí. Acabará por cansarme. Además, yo no soy una burguesa susceptible…
—No, porque estás enferma. La enfermedad te concede la libertad más completa. Te hace… ¡un momento! Se me ha ocurrido una palabra que jamás había usado… ¡Te hace genial!
—Ya hablaremos en otra ocasión de la genialidad. No es eso lo que quería decir. Me pregunto una cosa. Supongo que no pretenderá que yo he contribuido a que usted me esperase y tampoco que le he autorizado… Usted dirá inmediatamente que se trata de lo contrario…
—Con mucho gusto, Clawdia. Tú no dijiste que te esperase. He esperado espontáneamente. Comprendo que des importancia a eso.
—Incluso sus concesiones tienen cierta impertinencia, Dios sabe por qué. No sólo en sus relaciones conmigo, sino también en otras circunstancias. Incluso su admiración, su subordinación tienen algo de impertinentes. ¿Cree que no me doy cuenta? Ni siquiera debería dirigirle la palabra; además, es usted muy atrevido al hablar de espera. Es injustificable que se halle aún aquí. Desde hace mucho tiempo debería estar reintegrado a su trabajo, en los astilleros o donde sea…
—Ahora hablas sin genio y según las conveniencias, Clawdia. Pero eso no es más que una manera de hablar. Al igual que Settembrini, no puedes pensar eso. Cuando habláis así, no puedo tomarlo en serio. No me marcharé súbitamente como mi pobre primo que, como habías predicho, murió después de intentar cumplir con su deber en la llanura. Él sabía perfectamente que iba a morir, pero prefirió hacerlo antes que continuar al servicio de la cura. Bueno, por algo era soldado. Yo soy un civil. Para mí sería desertar el comportarme como él y querer a toda costa, a pesar de la prohibición de Rhadamante, servir allá abajo a la causa del progreso y realizar una tarea útil. Sería la mayor de las ingratitudes y la mayor infidelidad para con la enfermedad y el genio, y también para con mi amor por ti, del que llevo las antiguas cicatrices y las heridas recientes, y para con tus brazos que conozco, aunque conceda que no los haya conocido más que en sueños, en un sueño genial, de manera que no resulta para ti ninguna consecuencia, ninguna obligación ni ninguna limitación de tu libertad…
Ella se echó a reír con el cigarrillo en los labios; sus ojos de tártaro se entornaron y apoyada en la pared con las manos sobre el asiento y una pierna cruzada sobre la otra, balanceó su pie calzado de negro.
—*Quelle générosité! Oh, là, vraiment, así he imaginado siempre a un homme de génie. ¡Pobre chico!*
—Olvídalo, Clawdia. No he nacido para ser un *homme dé génie* ni un hombre de talla. Eso es evidente, Dios mío. Pero es por azar (yo llamo a eso azar) por lo que he sido transportado tan arriba, a esas regiones geniales… En una palabra, tú ignoras que existe una pedagogía, una alquimia hermética, la transustanciación en una especie superior, la sublimación por consiguiente, para que lo comprendas. Pero como es natural, un cuerpo que se muestra capaz de tal desarrollo debe tener ciertas cualidades propias. Lo que había en mí es que, desde hace tiempo, estaba familiarizado con la enfermedad y la muerte ya que, siendo todavía niño, hice la locura de pedirte prestado un lápiz lo mismo que aquí una noche de Carnaval. Pero el amor irracional es genial, pues la muerte es el principio genial, la *res bina*, el *lapis philosophorum*, y es también el principio pedagógico, pues el amor por ese principio conduce al amor de la vida y del hombre. Descubrí eso en mi balcón y estoy muy satisfecho de podértelo decir. Hay dos caminos que llevan a la vida. Uno es el camino ordinario, directo y honrado. El otro es peligroso, es el camino de la muerte, y éste es el camino genial.
—Eres un filósofo loco —dijo ella—. No pretendo comprender todos tus chocantes pensamientos alemanes, pero todo eso parece humano, como dices, y seguramente eres un buen muchacho. Por otra parte, te comportas como un perfecto filósofo, hay que concederte eso…
—Demasiado filósofo, según tu opinión. ¿No es cierto, Clawdia?
—¡No seas impertinente! Eso me fastidia. Era estúpido esperar y yo no te había autorizado. Pero ¿me guardas rencor por haber esperado inútilmente?
—Eso es un poco duro, Clawdia, incluso para un hombre de pasiones flemáticas. Duro para mí y duro por tu parte el que hayas vuelto acompañada de él, pues naturalmente tú sabías por Behrens que me hallaba aquí y que te esperaba. ¿No te he dicho acaso que consideraba nuestra noche como una noche de sueño y que reconocía tu libertad? Finalmente no he esperado en vano, pues estás de nuevo aquí, nos encontramos sentados uno cerca del otro como aquel día, oigo tu voz maravillosamente aguda y desde hace tiempo familiar a mis oídos, y bajo esa seda sutil se hallan tus brazos que conozco tan bien como tu compañero de viaje, que reposa allá arriba presa de la fiebre, el gran Peeperkorn, que te ha regalado esas perlas…
—Y con el cual te entiendes tan perfectamente para enriquecer tu experiencia.
—¡No debes guardarme rencor, Clawdia! Settembrini me amonesta por la misma razón, pero eso no es más que un prejuicio. Aprendo mucho con la sociedad de ese hombre, es una gran personalidad. Es verdad que es viejo. Comprendo, sin embargo que, como mujer, le ames infinitamente. ¿Le amas mucho?
—Por mucho que reconozca tu filosofía, mi pequeño Hans alemán —dijo ella acariciándole los cabellos—, no me parece humano hablarte de mi amor hacia él.
—¿Por qué no, Clawdia? Creo que la humanidad comienza allí donde la gente sin genio imagina que acaba. Hablemos, pues, tranquilamente de él. ¿Le amas con pasión?
Ella se inclinó para arrojar el cigarrillo en la chimenea y permaneció luego con los brazos cruzados.
—Me ama —dijo— y su amor hace que me sienta orgullosa, agradecida y sumisa a él. Has de comprenderlo, de lo contrario, no serías digno de la amistad que te concede… Su amor me ha obligado a seguirle y a servirle. ¿Era posible otra cosa? ¡Juzga tú mismo! ¿Crees posible resistir a sus sentimientos?
—Es imposible —confirmó Hans Castorp—. Es absolutamente imposible. ¿Cómo es posible que una mujer pudiese desdeñar sus sentimientos y abandonarle en Getsemaní…?
—No eres tonto —dijo ella, y sus ojos oblicuos adquirieron un aspecto soñador—. Eres inteligente. La angustia de sentir…
—No es necesaria mucha inteligencia para darse cuenta de que debes seguirle, a pesar de que su amor tenga algo de angustioso, o más exactamente, porque debe de tener algo de angustioso.
—*C’est exact*… ¡Angustioso! Tengo muchas preocupaciones por causa de él, muchas dificultades…
Había cogido su mano y jugaba inconscientemente con sus falanges. De pronto, elevó los ojos frunciendo el entrecejo y preguntó:
—¿No cometemos una vileza hablando de él de esta manera?
—Seguramente, no, Clawdia. No, nada de eso. Es humano. Te gusta esta palabra, la pronuncias con un acento seductor; siempre la he oído con interés pronunciada en tu boca. A mi primo Joachim no le gustaba por razones militares. Decía que significaba indolencia, y si se la interpretara como una expresión de tolerancia sin límites también yo formularía algunas objeciones. Pero cuando tiene el sentido de libertad, de genio y de bondad, es una gran cosa que nosotros podamos invocarla para la defensa de nuestra conversación sobre Peeperkorn y las preocupaciones y dificultades que te causa. Nacen naturalmente de su honor, de su miedo de no superar sus sentimientos que le hacen amar las fuentes clásicas de la vida y todo lo que es deleitoso. Podemos hablar con todo respeto, pues en él todo es grandioso y regio y no nos rebajamos ni le rebajamos hablando de eso humanamente.
—No se trata de nosotros —dijo ella. Había cruzado de nuevo los brazos—. No sería mujer si por el amor de un hombre, de un hombre grande, como tú dices, que nos produce un sentimiento que llega hasta la angustia, no se aceptase incluso el rebajarse.
—Ciertamente, Clawdia, es así. La humillación también acaba por ser grande, por tener categoría, y la mujer puede hablar, desde lo alto de su humildad, a los que no tienen categoría regia, con tanto desdén como tú lo hacías hace un momento al hablar de los sellos, y en el tono en que tú has dicho: «Debería ser un poco más previsor y ordenado.»
—¿Tan susceptible eres? Dejémoslo. Mandemos a paseo la susceptibilidad. ¿No estás conforme? Yo también me he mostrado susceptible a veces, debo reconocerlo, puesto que esta noche nos hallamos sentados aquí, uno al lado del otro. Me he irritado a causa de tu flema y de que te entiendas tan bien con él, por amor a tu experiencia egoísta de la vida. Y sin embargo, esto me produce placer y te estoy agradecida de que le hayas demostrado respeto… Había mucha lealtad en tu conducta, a pesar de que fuese acompañada de un poco de impertinencia. En definitiva, me he visto obligada a tenerte en cuenta.
—Eres muy buena conmigo.
Ella le miró.
—Creo que eres incorregible. Eres malicioso. No se si tienes talento, pero seguramente estás lleno de malicia. Bueno, podemos hacer las paces. Incluso se puede sentir amistad por ti. ¿Quieres que seamos buenos amigos y que formemos una alianza para él, como se hacen alianzas contra alguien? ¿Me das la mano? A menudo tengo miedo… A veces tengo miedo de estar sola, de sentirme interiormente sola. ¡Es angustioso! En ciertas ocasiones tengo miedo de acabar mal… ¡Me estremezco! ¡Me gustaría tanto tener un hombre bueno a mi lado! En fin, si quieres saberlo, es tal vez por eso por lo que he vuelto aquí con él…
Se hallaban sentados, uno frente a otro, él en el sillón, ella en el banco. Estrechaba la mano de Hans Castorp al pronunciar estas palabras y la mantenía muy cerca de su rostro.
Él dijo:
—¿Por mí? ¡Oh, qué bello! ¡Oh, Clawdia!, eso es algo inesperado. ¿Has vuelto aquí con él porque estaba yo? ¿Y pretendes que he sido tonto al esperarte? ¿Qué he esperado sin permiso e inútilmente? Sería muy torpe si no apreciase el ofrecimiento de tu amistad, de una amistad contigo por él…
Entonces ella le besó en la boca. Era un beso ruso, de los que se cambian en ese vasto país lleno de alma, en las sublimes fiestas cristianas, como una consagración del amor. Pero como se trataba de un joven notoriamente «malicioso» y de una mujer encantadora, de lánguido andar, nos hacen pensar, a pesar nuestro, en la manera hábil pero un poco equívoca con que el doctor Krovovski hablaba del amor, con un espíritu ligeramente vacilante, de manera que nadie hubiese podido tener la certeza de si se trataba de un sentimiento piadoso o de algo carnal y apasionado. ¿Imitamos nosotros al doctor Krokovski o Hans Castorp y Clawdia le imitaron en su beso? ¿Qué diría el lector si nos negásemos a llegar al fondo de la cuestión? Según nuestro modo de ver, se trataría sin duda de un buen análisis, pero sería, como diría Hans Castorp, «muy poco hábil» (por otra parte, manifestaríamos poca simpatía hacia la vida) si quisiéramos distinguir claramente entre la piedad y la pasión. ¿Qué significa aquí «claramente»? ¿Qué significa «incertidumbre» y «equívoco»? No ocultaremos que nos burlamos francamente de estas distinciones. ¿No es bueno que la lengua no posea más que una palabra para todo lo que puede comprenderse en dicha palabra, desde el sentimiento más piadoso hasta el deseo carnal? Este equívoco es, pues, perfectamente un «unívoco», pues el amor más piadoso no puede ser inmaterial ni puede estar falto de piedad. Desde su aspecto más carnal continúa siendo el mismo; tanto si es alegría de vida como pasión suprema, es la simpatía hacia lo orgánico, el abrazo conmovedor y voluptuoso de lo que está destinado a la descomposición. Hay caridad hasta en la pasión más admirable y aun en la más espantosa. ¿Un sentido vacilante? Pues, dejemos vacilar el sentido de la palabra «amor». Esa vacilación es la vida y la humanidad, y sería dar pruebas de una falta desesperante de malicia el inquietarse por eso.
Mientras los labios de Hans Castorp y madame Chauchat se juntaron así en un beso ruso, dejemos a oscuras nuestro escenario para pasar a un nuevo cuadro, pues ahora va a tratarse de la segunda de las dos entrevistas de las que hemos prometido dar cuenta.
Demos la luz, la turbia de un día de primavera que toca a su fin en la época del deshielo. Vemos a nuestro héroe en una situación que para él ya se ha convertido en habitual, sentado a la cabecera de la cama del gran Peeperkorn, en conversación respetuosa y amistosa con él.
Después del té de las cuatro, servido en el comedor donde madame Chauchat había aparecido sola —como en las tres anteriores comidas— para ir inmediatamente después de compras en Platz, Hans Castorp se había hecho anunciar a Peeperkorn para manifestarle su interés y disfrutar de la compañía de su personalidad. En una palabra, por razones tan inciertas como vivas.
Peeperkorn dejó el *Der Telegraaf*, puso las lentes sobre el periódico y tendió al visitante su mano de capitán, mientras sus labios desgarrados se movían confusamente con una expresión dolorosa. Como de costumbre, tenía a su alcance vino tinto y café. El servicio de café se hallaba colocado sobre la silla, manchada a causa del uso. Peeperkorn había tomado su café de la tarde, muy caliente, con azúcar y leche, y estaba sudando. Su rostro, rodeado de mechones blancos, se había enrojecido, y pequeñas gotas perlaban su frente y se estacionaban encima del labio superior.
—Sudo un poco —dijo—. Sea bienvenido, joven. Siéntese. Es un signo de debilidad cuando, después de haber absorbido una bebida caliente… ¿Quiere usted hacerme…? Precisamente… El pañuelo… Muchas gracias.
El enrojecimiento de su rostro había ido desapareciendo poco a poco y en su lugar quedó una palidez amarilla, esa palidez que cubría ordinariamente la faz del hombre magnífico después de un ataque de fiebre. Esta tarde la fiebre cuartana había sido muy fuerte en sus tres fases, la fase fría, la fase ardiente y la fase húmeda. Y los ojos pálidos de Peeperkorn tenían una mirada fatigada bajo los arabescos de su frente de ídolo. Dijo:
—En… en absoluto, joven…, la palabra «apreciable» me parece… Absolutamente… Es usted muy amable al no olvidarse de un anciano enfermo y al…
—¿Visitarle? —preguntó Hans Castorp—. De ninguna manera, Mynheer Peeperkorn. Soy yo quien debo manifestar mi agradecimiento por poderme sentar un instante cerca de usted. Yo me aprovecho mucho más que usted. Vengo por razones puramente egoístas. Pero qué calificación más singular e inexacta hace de su persona: «Un anciano enfermo.» Nadie podría adivinar que se refiere a usted. ¿No se trata de una imagen completamente falsa?
—¡Bien, bien! —respondió Peeperkorn, y cerró por unos instantes los ojos, con su cabeza majestuosa reposando sobre la almohada, la barbilla en lo alto, sus largos dedos de alargadas uñas sobre el pecho real que se dibujaba bajo la camisa de punto—. Está bien, joven; tiene buenas intenciones, estoy seguro. Ayer por la tarde la cosa era muy agradable en ese lugar hospitalario…, he olvidado el nombre… donde comimos aquella deliciosa mortadela con huevos duros y aquel vinillo del país…
—¡Era magnífico! —confirmó Hans Castorp—. Disfrutamos de un placer casi prohibido; el director del Berghof se hubiera irritado de habernos visto. El señor Settembrini estaba encantado, comía con los ojos. Es un patriota, como usted ya debe de saber, un patriota demócrata. Ha consagrado su alabarda de ciudadano en el altar de la humanidad para que la mortadela no tenga que pagar aduana al pasar la frontera del Brenner.
—Esto no tiene importancia —declaró Peeperkorn—, es un hombre caballeresco, alegre y locuaz; un caballero, a pesar de que no pueda disfrutar las ventajas de cambiar con frecuencia de traje.
—Nunca se lo cambia —dijo Hans Castorp—. Jamas ha disfrutado de esa ventaja. Le conozco desde hace mucho tiempo y nos hallamos unidos por una vieja amistad. Se ha interesado por mí de una manera que nunca podré agradecerle bastante, puesto que él ha estimado que yo era un «niño mimado por la vida» (es una expresión de que se sirve y cuyo sentido no está muy claro) y se esfuerza por ejercer sobre mí una influencia provechosa. Pero jamás le he visto con otro traje; tanto en invierno como en verano lleva ese pantalón a cuadros y esa levita raída. Por otra parte, lo lleva con una corrección verdaderamente notable, como un hombre distinguido; le doy toda la razón sobre ese punto. La manera como viste constituye un triunfo sobre la pobreza y sobre la elegancia del pequeño Naphta, que nunca me ha parecido muy católico. Se trata de una elegancia diabólica y sus recursos son de origen muy tenebroso, estoy bastante informado sobre su situación.
—¡Un hombre distinguido! —replicó Peeperkorn—. Pero permítame ciertas reservas. Mi compañera de viaje no le aprecia mucho, como ya se habrá dado cuenta. Habla de él sin simpatía, probablemente porque la actitud que él observa respecto a ella supone ciertos prejuicios. Ni una palabra más, joven. Estoy muy lejos, en lo que se refiere a Settembrini y a los sentimientos amistosos de usted hacia él, de querer… ¡Clasificado! No pretendo que en lo que se refiere a la cortesía respecto a una mujer debida por un caballero… Perfectamente, querido amigo, sin reproche. Pero hay, de todos modos, un límite, una reserva, una cierta recusación que pone de mal humor a la señora humanamente hablando, muy…
—Comprendido. Que lo justifica plenamente. Perdóneme, Mynheer Peeperkorn, que termine su frase. Me atrevo porque soy consciente de que estoy de acuerdo con usted. Sobre todo si se considera que las mujeres (no se sonría al oírme hablar a mi edad de este modo de las mujeres) adoptan una actitud, respecto al hombre, en relación con la actitud que el hombre adopta respecto a ellas. Esto no tiene nada de extraño. Las mujeres son criaturas que reaccionan sin iniciativa propia, son inactivas, pasivas… Permítame que desarrolle este punto de vista de un modo un poco más completo. La mujer, por lo que he podido observar, se considera, en los asuntos amorosos, en primer lugar como un objeto; deja que se le aproximen, no elige libremente, se convierte en el objeto del amor, el objeto que elige después que el hombre ha elegido, e incluso en este momento su libre albedrío se halla muy limitado y disminuido por el mismo hecho de que ella ha sido el objeto elegido. Seguramente todo lo que estoy diciendo no son más que lugares comunes, pero cuando uno es joven todo parece nuevo, muy nuevo y sorprendente. Si preguntamos a una mujer: «¿Le amas?», la mujer nos contesta: «¡Me ama tanto!» Imagine una respuesta semejante en boca de uno de nosotros (perdone que me ponga en el mismo plano que usted). Tal vez hay hombres que deberían contestar de esta manera, pero en tal caso son netamente ridículos, juguetes del amor, para expresarme de un modo epigramático. Desearía saber qué importancia se atribuye la mujer cuando contesta de este modo. ¿Estima que debe al hombre una adhesión sin límites, al hombre que concede a una criatura tan inferior la gracia de su amor, o ve en el amor que el hombre siente por su persona un signo infalible de su perfección? Me he preguntado muchas veces eso durante mis horas de reposo.
—Verdades eternas, hechos clásicos. Usted habla, joven, de un modo bastante hábil de sentimientos sagrados —respondió Peeperkorn—. El hombre se embriaga con su deseo, y la mujer pide y espera ser embriagada por el deseo del hombre. De esto proviene para nosotros la obligación sentimental, de aquí nace la espantosa vergüenza de la insensibilidad, de la impotencia en despertar el deseo de la mujer. ¿Quiere beber un vaso de vino tinto? Yo bebo… Tengo sed. El gasto de humedad ha sido muy considerable.
—Muchas gracias, Mynheer Peeperkorn. Lo cierto es que no tengo costumbre de beber a esta hora, pero beberé con mucho gusto a su salud.
—Pues bien, coja el vaso, no hay más que uno. Yo beberé con el jarro. Creo que no ofendo a ese vinillo si lo bebo en un recipiente tan humilde.
Con su mano temblorosa de capitán escanció el vino y luego, ansiosamente, vació de un tirón el recipiente en su garganta de estatua, lo mismo que si se hubiese tratado de agua clara.
—Esto causa placer —dijo—. ¿No bebe más? Vamos, permítame que yo vuelva a beber…
Derramó un poco de vino al servirse de nuevo en el jarro, y la sábana quedó manchada de rojo.
—Repito —dijo con el dedo en alto mientras el jarro de vino temblaba en su otra mano—. Repito: por eso tenemos nosotros la obligación de sentir. Nuestra sensibilidad es la fuerza viril que despierta a la vida. La vida duerme. Quiere ser despertada por el divino sentimiento, pues el sentimiento, joven, es divino. El hombre es divino en la medida en que es sensible. Es la sensibilidad de Dios. Dios le ha creado para sentir a través de él. El hombre no es más que el órgano mediante el cual Dios realiza sus bodas con la vida despierta y embriagada. Si el hombre falta a la sensibilidad, falta a Dios, es la derrota de la fuerza viril de Dios, constituye una catástrofe cósmica, un terror inimaginable…
Y vació su jarro.
—Permítame que le tome el jarro, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp—. Me es muy provechoso seguir sus razonamientos. Usted desarrolla una teoría teológica por la cual atribuye al hombre una función religiosa muy honrosa, aunque tal vez un poco unilateral. En su opinión, permítame que lo indique, hay un rigorismo bastante angustioso, ¡perdóneme! Toda la austeridad religiosa es realmente angustiosa para los hombres de una categoría más modesta. No deseo desviarle de la conversación, pero desearía volver a hablar de lo que usted ha indicado como «prejuicios», esos prejuicios opuestos por Settembrini a su señora compañera de viaje. Conozco desde hace mucho tiempo al señor Settembrini, desde hace muchos días y muchos años. Y puedo asegurarle que sus prejuicios, aunque existiendo realmente, no tienen, en modo alguno, un carácter mezquino ni burgués. Sería ridículo pensar semejante cosa. No puede tratarse más que de prejuicios de altos vuelos, y, por consiguiente, de un carácter impersonal, de un carácter pedagógico, respecto a los cuales, he de confesárselo abiertamente, el señor Settembrini me ha clasificado como a «un hijo mimado por la vida»… Pero eso nos llevaría bastante lejos. Se trata de una cuestión demasiado vasta para que pueda resumirla en dos palabras…
—¿Ama usted a la señora? —preguntó de pronto Mynheer Peeperkorn, y volvió hacia su visitante su rostro regio, de boca desgarrada, de ojos pálidos y de arrugas en la frente…
Hans Castorp sintió miedo. Luego balbuceó:
—Si yo…, es decir… Respeto, naturalmente, a madame Chauchat en su calidad de…
—Se lo suplico —dijo Peeperkorn tendiendo su mano como para rechazar con un gesto la respuesta de Castorp—. Déjeme repetir que estoy muy lejos de reprochar a este señor italiano el haber faltado a las reglas de la cortesía. No formulo un reproche contra nadie, contra nadie… Pero me extraña una cosa… En este momento me causa más bien satisfacción… ¡Bien, joven! Todo está muy bien. Lo celebro, no cabe duda alguna, me es verdaderamente agradable. Sin embargo, me digo… En una palabra, me digo: usted conoce a la señora desde hace más tiempo que yo. Usted ya compartió su anterior estancia en estos lugares. Además, es una mujer llena de encantos y yo no soy más que un anciano enfermo… Como estoy indispuesto, ella se ha marchado sola esta tarde para hacer unas compras en la aldea. No es una desgracia. No, seguramente… Pero no es dudoso que… Debo explicarme por la influencia de los principios pedagógicos del señor Settembrini que usted no haya seguido el impulso caballeresco… Le ruego que me comprenda. Literalmente…
—Literalmente, Mynheer Peeperkorn. ¡Oh, no! De ninguna manera. Obro absolutamente por mi propio impulso. Por el contrario, el señor Settembrini, en una ocasión incluso… Veo una mancha de vino en la sábana, Mynheer Peeperkorn. ¿No deberíamos? En casa teníamos la costumbre de poner sal…
—Eso no tiene importancia —dijo Peeperkorn, sin mirar a su visitante.
Hans Castorp se puso pálido.
—Las cosas ocurren fuera de lo acostumbrado —afirmó—. El espíritu que aquí reina no es un espíritu convencional. El enfermo, hombre o mujer, es quien tiene la prioridad. Los preceptos de la galantería se borran ante esa regla. Usted está pasajeramente indispuesto, Mynheer Peeperkorn. Es una indisposición aguda. Su compañera de viaje se encuentra relativamente bien. Creo obrar completamente con arreglo a la manera de pensar de la señora, imaginándola cerca de usted durante sus ausencias (si puede hablarse de imaginación) en vez de imaginarle a usted cerca de ella y acompañarla a la aldea. ¿Con que derecho impondría yo a su compañera mis oficiosidades de caballero adorador? No tengo títulos ni mandato para hacerlo. Debo decir que tengo mucho sentido para las situaciones de derecho positivo. En una palabra, yo creo que mi actitud es correcta, que responde a la situación general, y principalmente a los caros sentimientos que me ligan a usted, Mynheer Peeperkorn. Creo haber dado una contestación satisfactoria a su pregunta, pues sin duda usted había hecho una pregunta.
—Una respuesta muy agradable —contestó Peeperkorn—. Escucho con un placer involuntario sus palabras ágiles, joven. Franquean todos los obstáculos y dan a las cosas una forma amable. Pero ¿satisfacción? No. Su respuesta no me satisface completamente. Perdone que le cause una decepción. «Rigorismo», querido amigo; usted se ha servido hace un momento de esa palabra al hablar de ciertos conceptos formulados por mí. En sus palabras hay también un cierto rigor, algo severo y forzado que me parece no armoniza con su temperamento, a pesar de que ya haya hecho sobre su manera de comportarse observaciones análogas. Es el mismo aire cohibido que usted mantiene respecto a la señora durante nuestras entrevistas y nuestros paseos en común (aire que usted no tiene con nadie más) y esto debe explicármelo; es un deber, es una obligación, joven. No me equivoco. Mis observaciones se han confirmado muchas veces, y es improbable que otros no lo hayan observado también, con la diferencia de que esos otros observadores poseen probablemente la explicación del fenómeno.
A pesar de que se hallaba agotado por la fiebre, Mynheer Peeperkorn hablaba esa tarde en un estilo excepcionalmente preciso, sin incoherencias. Se encontraba sentado en la cama, mostrando sus formidables hombros, con su magnífica cabeza vuelta hacia su visitante, con un brazo alargado sobre las sábanas, y su mano de capitán, saliendo de la manga de lana, formaba un círculo con sus dedos puntiagudos mientras su boca iba articulando las palabras con una fluidez tan precisa que el mismo Settembrini hubiera podido envidiarla.
—Usted se sonríe —continuó diciendo—, mueve la cabeza y hace guiños con los ojos. Parece que se tortura vanamente el cerebro. Pero es indudable que comprende lo que quiero decir y de qué se trata. No pretendo afirmar que no dirige la palabra a la señora o que usted evita contestarle cuando la conversación lo exige. Pero repito que siente cierta timidez, más exactamente, que procura evitarla. Al parecer, se tiene la impresión de que, según los términos de cierto convenio, usted no tiene derecho a dirigirle directamente la palabra. En cambio, usted evita eso regularmente y sin excepción, y no le dice jamás «usted».
—Pero Mynheer Peeperkorn… ¿De que ha de tratarse?
—Permítame que llame su atención sobre un hecho del cual sin duda se ha dado cuenta: se ha puesto usted extraordinariamente pálido.
Hans Castorp no levantó los ojos. Inclinado, contemplaba con gran atención la mancha roja de la sábana.
«Había de llegar a eso —pensaba—. Eso es lo que él quería. Creo que yo mismo he hecho todo lo que estaba en mi poder para llegar a este momento. Ahora me doy cuenta. ¿Me he puesto verdaderamente pálido? Es muy posible, pues ha llegado el instante de que se puede bordear la cosa o de que se rompa. No se sabe lo que va a ocurrir. ¿Puedo mentir? Sería posible, pero no quiero. Provisionalmente seguiré contemplando esa mancha de sangre, esa mancha de vino.»
El otro permaneció igualmente callado. El silencio duró dos o tres minutos, lo que permitió que se dieran cuenta de la extensión de esas minúsculas unidades en determinadas circunstancias. Fue Peeperkorn quien reanudó la conversación.
—Fue en la noche en que tuve el honor de conocerle —comenzó diciendo con voz sonora, voz que luego fue amortiguándose como si hubiese pronunciado la primera frase de un largo período—. Habíamos organizado una pequeña fiesta, habíamos comido y bebido y, en un alegre estado de alma, en un estado de abandono humano, nos dirigíamos del brazo a nuestros lechos, a una hora muy avanzada de la noche. Sucedió entonces que aquí, delante de mi puerta, al despedirnos, se me ocurrió la idea de invitarle a besar la frente de la mujer que le había presentado a usted como a un buen amigo de otros tiempos. Usted rechazó mi proposición, la rechazó manifestando que le parecía absurdo el besar en la frente a mi compañera de viaje. No negará que eso fue una aclaración incompleta que a su vez, precisaba una explicación; una explicación que hoy todavía me debe. ¿Está dispuesto a pagar esa deuda?
«¡Ah!, ¿conque te habías dado cuenta de eso? —pensó Hans Castorp, y se dedicó con mucha más atención a contemplar la mancha de vino y a rascarla con la punta de la uña del dedo pulgar—. En efecto, yo deseé aquel día que te dieses cuenta. Si no, ¿por que hubiera dicho eso? Pero ahora, ¿qué va a ocurrir? Mi corazón late con bastante fuerza. ¿Asistiremos a un regio acceso de cólera de primer orden? ¿He de preocuparme de su puño que tal vez me está amenazando? Decididamente, me encuentro en una situación muy singular y muy crítica.»
De pronto sintió que la mano de Peeperkorn le cogía la muñeca derecha.
«Ahora me coge la muñeca derecha —pensó—, vamos, soy ridículo, estoy cogido como un perro mojado. ¿Le he faltado? De ninguna manera. En primer lugar, quien tiene derecho a quejarse es su mando. Luego otros y después yo. Él no tiene ningún derecho, según creo. ¿Por qué late, pues, mi corazón? Es ya tiempo de que me ponga en pie y que le mire francamente, aunque con respeto, a su rostro de soberano.»
Y lo hizo de esta manera. La cara principesca estaba amarilla, los ojos lanzaban una mirada blanda y bajo las arrugas de la frente, la expresión de los labios desgarrados era amarga.
El gran anciano y el hombre insignificante leyeron el uno en los ojos del otro. Finalmente, Peeperkorn dijo con dulzura:
—¿Fue usted el amante de Clawdia Chauchat durante la anterior estancia de ella aquí?
Hans Castorp inclinó de nuevo la cabeza, pero la volvió a elevar inmediatamente y dijo:
—¡Mynheer Peeperkorn! Me disgusta, hasta el más alto grado, el decir mentiras y me esfuerzo en evitarlo en la medida de lo posible. No es fácil. Exageraría si confirmase su pregunta y mentiría si la desmintiese. Pasó lo siguiente: Viví tiempo, mucho tiempo, en esta casa con Clawdia, perdóneme, con su actual compañera de viaje, sin haberle sido presentado. Nuestras relaciones no tenían nada de mundano, al menos mis relaciones con ella, cuyo origen se hallaba sumido en la oscuridad. En mi pensamiento, yo no he tratado jamás a Clawdia más que de «tú». Lo mismo ha ocurrido en la realidad. La noche en que me liberé de ciertos lazos pedagógicos de que hemos hablado hace un momento y en que me acerque a ella (mediante un pretexto que me proporcionaba un recuerdo lejano), era una noche de máscaras, una noche de Carnaval, una noche sin responsabilidad, una noche en que el «tú» era la costumbre y en el curso de la cual el «tú» adquirió todo su sentido, de una manera apenas consciente y como en un sueño. Era, además, la víspera de la partida de Clawdia.
«Todo su sentido» —repitió Peeperkorn—. Usted, muy amablemente…
Soltó a Hans Castorp y comenzó a pasar sus manos de capitán por la cara. Luego las juntó sobre la sábana manchada de vino e inclinó la cabeza.
—Le he contestado lo más exactamente posible, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp—, y me he esforzado con toda conciencia en no decir poco ni demasiado. Se trata, ante todo para mí, de hacerle notar que usted es completamente libre de tener en cuenta o no esa noche dedicada al «tú», que era una noche situada fuera de todo orden y fuera casi del calendario, un entremés, por decirlo así, una velada suplementaria, el 29 de febrero, y por tanto no habría más que una mentira a medias si hubiese contestado negativamente a su pregunta.
Peeperkorn no contestó.
—He preferido —dijo Hans Castorp, después de una pausa—, decirle la verdad, corriendo el peligro de perder su benevolencia, lo que, hablando francamente, hubiese sido para mí una pérdida sensible, incluso un golpe, un golpe rudo que se hubiera podido comparar al que constituyó para mí la llegada de madame Chauchat cuando no lo hizo sola, sino como su compañera de viaje. He corrido ese peligro porque desde hace tiempo ése era mi deseo, el deseo de que todo se aclarase entre nosotros, entre ustedes, hacia los que siento profundo respeto, y yo, y eso me parece más bello y humano (usted sabe cómo Clawdia pronuncia esa palabra con voz maravillosamente velada alargándola deliciosamente) que el silencio o el fingimiento; y desde este punto de vista ha experimentado un gran alivio cuando, hace un momento, usted ha planteado el asunto.
No hubo respuesta.
—Todavía otra cosa, Mynheer Peeperkorn, hay otra cosa que me hace desear decirle la verdad; es la experiencia personal que he adquirido de una incertidumbre irritante. Usted sabe ahora con quién Clawdia ha vivido y realizado un veintinueve de febrero, antes de que una situación de derecho positiva se hallase establecida entre ustedes, una situación completamente positiva ante la cual constituiría una locura no inclinarse. Por mi parte, yo no he podido adquirir jamás tal certeza, aunque no he dejado de pensar que haya podido haber antecesores, y a pesar de que no conociese más que la existencia del consejero Behrens, que, usted lo que sabe tal vez, como aficionado a la pintura, hizo un retrato de ella en numerosas sesiones, un retrato notable que reproduce la calidad de la piel con una verdad que, entre nosotros, me dejó bastante perplejo. Esto me atormentó mucho, me dejó bastante inquieto y hoy todavía me causa preocupación.
—¿La ama todavía? —preguntó Peeperkorn, sin cambiar de posición y volviendo la cabeza en sentido contrario.
La habitación se iba sumiendo en la penumbra.
—Perdóneme, Mynheer Peeperkorn —contestó Hans Castorp—, mis sentimientos hacia usted, sentimientos de profundo respeto y admiración, me harían parecer como poco educado al hablar de mis sentimientos respecto a su compañera de viaje.
—¿Y los comparte ella? —preguntó Peeperkorn a media voz— . ¿Los comparte hoy todavía?
—No digo que los haya jamás compartido. Eso me parece poco probable. Hemos tratado, hace un momento, este asunto de una manera teórica, cuando hablamos de las reacciones de la naturaleza femenina. No hay mucho que amar en mí. ¿Qué importancia tengo? Juzgue usted mismo. Si por casualidad se produce un… un veintinueve de febrero, esto es debido únicamente al hecho de que la mujer puede dejarse seducir por la elección que el hombre hace de ella… Desearía añadir, que tengo la impresión de alabarme y de faltar al buen gusto hablando de mí como de un «hombre»… En cambio, Clawdia es, ciertamente, una mujer.
—Ha seguido sus sentimientos —mumuró Peeperkorn, con los labios desgarrados.
—Como lo ha hecho, en el caso de usted, con mucha más obediencia —dijo Hans Castorp—; y como, según toda probabilidad, lo ha hecho ya en otros casos. Sobre este punto no puede haber dudas para quienes se hallen en esa situación…
—¡Alto! —dijo Peeperkorn, con la cabeza vuelta, pero alargando la mano hacia su intelocutor—. ¿No es vil hablar de ella de esta manera?
—No lo creo, Mynheer Peeperkorn. No lo creo. Hablamos de cosas humanas, tomando la palabra «humano» en sentido de libertad, de «genialidad». Disculpe esa palabra un poco rebuscada, pero me he apropiado de ella porque tenía necesidad.
—Bien, continuemos —ordenó Peeperkorn, con dulzura.
Hans Castorp habló también dulcemente, sentado al borde del asiento de su silla, inclinado hacia el regio anciano.
—Pues ella es una criatura genial —dijo— y el marido está más allá del Cáucaso (usted sabe sin duda que ella tiene un marido más allá del Cáucaso) y le concede esa libertad genial, bien sea por estupidez o por inteligencia, pues no conozco a ese muchacho. De todos modos, hace bien en concederle esa libertad, pues al principio genial de la enfermedad a lo que debe el ser de este modo y a quien se halle en su misma situación hará bien en seguir su ejemplo y no lamentarse ni del pasado ni del porvenir.
—¿No se lamenta usted? —preguntó Peeperkorn, y volvió la cara.
Parecía estar muy pálido en la penumbra; los ojos estaban adormecidos y, bajo su frente de ídolo, la gran boca desgarrada estaba entreabierta como la de una máscara trágica.
—Me parece —respondió modestamente Hans Castorp— que no debe hablarse de mí. Me esforzaba en conseguir que usted no se lamentase y que, a causa de los acontecimientos pasados, no me retirase su benevolencia.
—Sin embargo —dijo Peeperkorn—, sin saberlo he debido causarle una pena profunda.
—Si esto es una pregunta —respondió Hans Castorp— y si digo que sí, eso no significa en ningún caso que yo no aprecie la inmensa ventaja de haberle conocido, pues tal ventaja se halla inseparablemente unida a esa decepción.
—Se lo agradezco, joven. Aprecio la delicadeza de sus frases. Pero si hacemos abstracción de nuestras relaciones…
—Eso es difícil —dijo Hans Castorp—; yo no puedo hacer abstracción. El hecho de que Clawdia haya venido acompañada de una personalidad de la altura de usted no podía menos de agravar y aumentar el mal que resultaba para mí el hecho de que hubiese vuelto en compañía de otro hombre. Eso me causó mucha pena y me la causa hoy todavía, no lo niego, y con toda intención me he atenido, en la medida de lo posible, al aspecto positivo de la aventura, a mi sincera veneración hacia usted, Mynheer Peeperkorn, lo que causaba un poco de contrariedad a su compañera de viaje, pues las mujeres no gustan de que sus amantes se entiendan.
—En efecto —dijo Peeperkorn, y disimuló una sonrisa, pasándose la mano por la boca y la barbilla, como si temiese que madame Chauchat le viese sonreír.
Hans Castorp también sonrió discretamente y luego ambos se encogieron de hombros, en completo acuerdo.
—Esta pequeña venganza —continuó diciendo Hans Castorp— me correspondía, en cierta manera, pues tenía algún derecho de quejarme, no de Clawdia ni de usted, Mynheer Peeperkorn, sino de mi vida y mi destino. Puesto que tengo el honor de gozar de su confianza, y esta hora crepuscular es tan singular en varios aspectos, quiero, al menos por alusiones, hablarle un poco.
—Con mucho gusto —dijo cortesmente Peeperkorn. Hans Castorp dijo:
—Me hallo aquí desde hace bastante tiempo, desde hace muchos años, no sé exactamente desde cuándo, desde hace años de mi vida. Por eso he hablado de «vida», y en el momento oportuno volveré a hablar del destino. Mi primo, al que yo tenía intención de hacer una corta visita, un militar lleno de valientes y leales intenciones que no le sirvieron de nada, murió, me fue arrebatado y yo continúo aquí. Yo no era militar, tenía una profesión civil, como usted quizá ya sabe, una profesión sólida y razonable que contribuye, según parece, a la solidaridad internacional, pero no sentí nunca mucha afición hacia ella, se lo confieso, y eso por razones que no puedo explicar bien, que son bastante oscuras, que se refieren a los orígenes de mis sentimientos hacia la compañera de viaje de usted (me refiero a ella de esta manera para poner de relieve que no tengo intención alguna de violentar los derechos positivos de usted), de mis sentimientos por Clawdia y de nuestro tuteo, del cual no he renegado jamás desde que vi por primera vez sus ojos y éstos me dominaron, ¿comprende? Por amor a ella, y desafiando a Settembrini, me sometí al principio irrazonable, al principio genial de la enfermedad, al cual, en verdad, estaba sujeto desde siempre, y me hallo aquí no sé exactamente desde cuándo, pues lo he olvidado todo y he roto con todo, con mis parientes y mi profesión en la llanura y con todas mis esperanzas. Cuando Clawdia se marchó yo la esperé, no cese de esperarla aquí, de manera que estoy definitivamente muerto. En esto pensaba cuando he hablado del «destino» y por eso me he permitido insinuar que tenía el derecho de quejarme de mi situación y de mi derecho lesionado. Leí una vez una historia (no, no la leí, la vi una vez en el teatro), la historia de un hombre (era militar como mi primo) que se enamora de una encantadora gitana, con una flor en la oreja, una mujer fatal y salvaje, y la ama hasta tal punto que reniega de todo y lo sacrifica todo, deserta, se hace contrabandista y se deshonra desde todos los puntos de vista. Cuando ha realizado todo esto, ella se cansa de él y se escapa con un torero, una personalidad de marca con una espléndida voz de barítono. La cosa termina de esta manera: el soldadito, pálido como la muerte, con la camisa abierta, la apuñala junto a la plaza, crimen que ella había provocado. Cuento esta historia sin motivo alguno. Pero ¿por qué se me ha ocurrido ahora?
Cuando Hans Castorp había hablado de «apuñalar», Mynheer Peeperkorn había cambiado ligeramente de posición, había retrocedido, volviendo bruscamente su rostro hacia su visitante y le había mirado a los ojos con un aire investigador. Luego se apoyó en el codo y dijo..
..."
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En lo que se refiere a las relaciones de Hans Castorp con sus demás compañeros, conviene relatar dos conversaciones extrañas que en este tiempo sostuvo a solas nuestro poco heroico héroe con Clawdia Chauchat y con su compañero de viaje. Habló con ella en el vestíbulo después de la comida, cuando Peeperkorn se hallaba presa de la fiebre, y con él una de las tardes que le visitaba, sentado a su cabecera.
El vestíbulo aquella noche se hallaba sumido en la penumbra. La reunión de costumbre había sido breve y estuvo muy poco animada, y los huéspedes se habían retirado temprano a sus balcones para la cura nocturna. Una lámpara solitaria estaba encendida en el techo y los salones vecinos se encontraban también casi a oscuras. Pero Hans Castorp sabía que madame Chauchat, que había comido sola, no había subido todavía al primer piso, permanecía en el salón de lectura y por eso él también había tardado en subir. Había permanecido sentado en el fondo del vestíbulo, separado de la parte central por algunos pilares blancos revestidos de madera. Se hallaba sentado delante de la estufa de loza, en un sillón, parecido al sillón en que Marusja se balanceaba la noche en que Joachim había tenido con ella su única conversación, y fumaba un cigarrillo como estaba permitido a todo el mundo en aquella hora.
Ella llegó. El oyó sus pasos y el roce de su vestido. Luego se puso a su lado. Se abanicaba con una carta, que sostenía por una de sus puntas, y dijo con su voz de Pribislav:
—El portero se ha ido. Deme un sello.
Aquella noche llevaba un vestido de seda oscuro y ligera, un vestido de escote redondo y amplias mangas que se abrochaban en los puños. Iba engalonada con su collar de perlas, que brillaban con un pálido resplandor en la penumbra. Él elevó los ojos hacia el rostro de tártaro y dijo:
—¿Un sello? No tengo ninguno.
—¿Cómo es eso? *Tant pis pour vous*. ¿No puede ser útil a una mujer? —Hans Castorp apretó los labios y se encogió de hombros—. Me decepciona. Debería ser un poco más previsor y ordenado. Imaginé que usted llevaría en su cartera un pequeño surtido de sellos clasificados por precios.
—No. ¿Para qué? —contestó él—. Nunca escribo cartas. ¿A quién he de escribir? A veces compro una tarjeta postal ya franqueada. ¿A quién he de escribir cartas? No tengo a nadie. No tengo relación alguna con la llanura. He perdido todo contacto, Tenemos entre nuestras canciones populares una que dice: «Estoy perdido para el mundo.» Ese es mi caso.
—Bueno. Déme al menos un cigarrillo, hombre perdído —dijo ella sentándose ante él, en el banco cubierto con un almohadón, cruzando las piernas y tendiendo la mano—. Al menos debe de tener cigarrillos. —Y negligentemente, sin darle las gracias, cogió un cigarrillo de la petaca de plata que él le ofrecía y lo encendió, tomando fuego con las tenacillas e inclinándose.
Ese indolente «deme al menos» y el hecho de aceptar el cigarrillo sin dar las gracias revelaban a la mujer mimada. Además, ese gesto adquiría el sentido de una comunidad humana, o más bien, *humainement*, una sencillez natural, a la vez salvaje y dulce. Hans dijo:
—Sí, de esto estoy siempre provisto. ¿Sería posible pasar aquí sin tabaco? A eso se llama pasión. Pero he de confesar que no soy un hombre apasionado, aunque tengo pasiones, pasiones flemáticas.
—Eso me tranquiliza completamente —dijo ella, soltando el humo de su cigarrillo—, me tranquiliza saber que no es un hombre apasionado. Si fuese apasionado, no podría ser lo que es. La pasión significa vivir por amor a la vida. Ya sabemos que usted vive por las sensaciones que la vida le produce. La pasión es el olvido de uno mismo y usted no tiene más preocupación que la de enriquecerse. *C’est ça*. No se da cuenta de que se trata de un abominable egoísmo y que usted aparecerá un día como un enemigo de la humanidad.
—¡Vamos, vamos! ¿Enemigo de la humanidad? ¿Qué dices, Clawdia? ¿En qué cosas precisas y personales estás pensando al decir que no nos preocupamos de la vida, sino de enriquecernos? Vosotras las mujeres no predicáis moralidad sin sentido. ¡Oh, la moral! Eso es más bien un tema de discusión para Naphta y Settembrini. ¿Se puede saber si uno vive por amor a la vida o por amor a sí mismo? Quiero decir que no hay límite preciso entre una cosa y otra. Hay sacrificios egoístas y egoísmos desinteresados… Creo que eso pasa en todo, incluso en el amor. Sin duda es inmoral el que yo no pueda conceder importancia a lo que tú dices sobre la moral y que, ante todo, yo me sienta feliz porque nos hallamos reunidos como no lo hemos estado más de una vez hasta ahora y como nunca desde tu regreso. Y que pueda decirte lo bien que te sientan esas mangas que te aprietan los puños y esa seda que flota en torno a tus brazos…
—Me marcho.
—¡No, te lo ruego! Tendré en cuenta las circunstancias y las personalidades.
—Eso es lo menos que se puede esperar de un hombre sin pasión.
—Sí, ¡ya ves! Te burlas y me regañas cuando yo… Y te quieres marchar cuando…
—Le ruego que hable de un modo más preciso si desea que le comprenda.
—¿No me ayudarás con tu habilidad a completar las frases inacabadas? Diría que es injusto, si no comprendiese que la justicia no tiene nada que ver con eso.
—¡Oh!, no, la justicia es una pasión flemática muy diferente de los celos con los que la gente flemática se pone inevitablemente en ridículo.
—¿Lo ves…? ¡Ridículo! ¡Concédeme, pues, la flema! Te lo suplico. ¿Cómo podría seguir viviendo sin ella? ¿Cómo habría podido, por ejemplo, soportar el tiempo que te he estado esperando?
—¿Cómo?
—El tiempo que te he estado esperando…
—*Voyons, mon ami*. No quiero seguir hablando de la forma absurda en que usted se dirige a mí. Acabará por cansarme. Además, yo no soy una burguesa susceptible…
—No, porque estás enferma. La enfermedad te concede la libertad más completa. Te hace… ¡un momento! Se me ha ocurrido una palabra que jamás había usado… ¡Te hace genial!
—Ya hablaremos en otra ocasión de la genialidad. No es eso lo que quería decir. Me pregunto una cosa. Supongo que no pretenderá que yo he contribuido a que usted me esperase y tampoco que le he autorizado… Usted dirá inmediatamente que se trata de lo contrario…
—Con mucho gusto, Clawdia. Tú no dijiste que te esperase. He esperado espontáneamente. Comprendo que des importancia a eso.
—Incluso sus concesiones tienen cierta impertinencia, Dios sabe por qué. No sólo en sus relaciones conmigo, sino también en otras circunstancias. Incluso su admiración, su subordinación tienen algo de impertinentes. ¿Cree que no me doy cuenta? Ni siquiera debería dirigirle la palabra; además, es usted muy atrevido al hablar de espera. Es injustificable que se halle aún aquí. Desde hace mucho tiempo debería estar reintegrado a su trabajo, en los astilleros o donde sea…
—Ahora hablas sin genio y según las conveniencias, Clawdia. Pero eso no es más que una manera de hablar. Al igual que Settembrini, no puedes pensar eso. Cuando habláis así, no puedo tomarlo en serio. No me marcharé súbitamente como mi pobre primo que, como habías predicho, murió después de intentar cumplir con su deber en la llanura. Él sabía perfectamente que iba a morir, pero prefirió hacerlo antes que continuar al servicio de la cura. Bueno, por algo era soldado. Yo soy un civil. Para mí sería desertar el comportarme como él y querer a toda costa, a pesar de la prohibición de Rhadamante, servir allá abajo a la causa del progreso y realizar una tarea útil. Sería la mayor de las ingratitudes y la mayor infidelidad para con la enfermedad y el genio, y también para con mi amor por ti, del que llevo las antiguas cicatrices y las heridas recientes, y para con tus brazos que conozco, aunque conceda que no los haya conocido más que en sueños, en un sueño genial, de manera que no resulta para ti ninguna consecuencia, ninguna obligación ni ninguna limitación de tu libertad…
Ella se echó a reír con el cigarrillo en los labios; sus ojos de tártaro se entornaron y apoyada en la pared con las manos sobre el asiento y una pierna cruzada sobre la otra, balanceó su pie calzado de negro.
—*Quelle générosité! Oh, là, vraiment, así he imaginado siempre a un homme de génie. ¡Pobre chico!*
—Olvídalo, Clawdia. No he nacido para ser un *homme dé génie* ni un hombre de talla. Eso es evidente, Dios mío. Pero es por azar (yo llamo a eso azar) por lo que he sido transportado tan arriba, a esas regiones geniales… En una palabra, tú ignoras que existe una pedagogía, una alquimia hermética, la transustanciación en una especie superior, la sublimación por consiguiente, para que lo comprendas. Pero como es natural, un cuerpo que se muestra capaz de tal desarrollo debe tener ciertas cualidades propias. Lo que había en mí es que, desde hace tiempo, estaba familiarizado con la enfermedad y la muerte ya que, siendo todavía niño, hice la locura de pedirte prestado un lápiz lo mismo que aquí una noche de Carnaval. Pero el amor irracional es genial, pues la muerte es el principio genial, la *res bina*, el *lapis philosophorum*, y es también el principio pedagógico, pues el amor por ese principio conduce al amor de la vida y del hombre. Descubrí eso en mi balcón y estoy muy satisfecho de podértelo decir. Hay dos caminos que llevan a la vida. Uno es el camino ordinario, directo y honrado. El otro es peligroso, es el camino de la muerte, y éste es el camino genial.
—Eres un filósofo loco —dijo ella—. No pretendo comprender todos tus chocantes pensamientos alemanes, pero todo eso parece humano, como dices, y seguramente eres un buen muchacho. Por otra parte, te comportas como un perfecto filósofo, hay que concederte eso…
—Demasiado filósofo, según tu opinión. ¿No es cierto, Clawdia?
—¡No seas impertinente! Eso me fastidia. Era estúpido esperar y yo no te había autorizado. Pero ¿me guardas rencor por haber esperado inútilmente?
—Eso es un poco duro, Clawdia, incluso para un hombre de pasiones flemáticas. Duro para mí y duro por tu parte el que hayas vuelto acompañada de él, pues naturalmente tú sabías por Behrens que me hallaba aquí y que te esperaba. ¿No te he dicho acaso que consideraba nuestra noche como una noche de sueño y que reconocía tu libertad? Finalmente no he esperado en vano, pues estás de nuevo aquí, nos encontramos sentados uno cerca del otro como aquel día, oigo tu voz maravillosamente aguda y desde hace tiempo familiar a mis oídos, y bajo esa seda sutil se hallan tus brazos que conozco tan bien como tu compañero de viaje, que reposa allá arriba presa de la fiebre, el gran Peeperkorn, que te ha regalado esas perlas…
—Y con el cual te entiendes tan perfectamente para enriquecer tu experiencia.
—¡No debes guardarme rencor, Clawdia! Settembrini me amonesta por la misma razón, pero eso no es más que un prejuicio. Aprendo mucho con la sociedad de ese hombre, es una gran personalidad. Es verdad que es viejo. Comprendo, sin embargo que, como mujer, le ames infinitamente. ¿Le amas mucho?
—Por mucho que reconozca tu filosofía, mi pequeño Hans alemán —dijo ella acariciándole los cabellos—, no me parece humano hablarte de mi amor hacia él.
—¿Por qué no, Clawdia? Creo que la humanidad comienza allí donde la gente sin genio imagina que acaba. Hablemos, pues, tranquilamente de él. ¿Le amas con pasión?
Ella se inclinó para arrojar el cigarrillo en la chimenea y permaneció luego con los brazos cruzados.
—Me ama —dijo— y su amor hace que me sienta orgullosa, agradecida y sumisa a él. Has de comprenderlo, de lo contrario, no serías digno de la amistad que te concede… Su amor me ha obligado a seguirle y a servirle. ¿Era posible otra cosa? ¡Juzga tú mismo! ¿Crees posible resistir a sus sentimientos?
—Es imposible —confirmó Hans Castorp—. Es absolutamente imposible. ¿Cómo es posible que una mujer pudiese desdeñar sus sentimientos y abandonarle en Getsemaní…?
—No eres tonto —dijo ella, y sus ojos oblicuos adquirieron un aspecto soñador—. Eres inteligente. La angustia de sentir…
—No es necesaria mucha inteligencia para darse cuenta de que debes seguirle, a pesar de que su amor tenga algo de angustioso, o más exactamente, porque debe de tener algo de angustioso.
—*C’est exact*… ¡Angustioso! Tengo muchas preocupaciones por causa de él, muchas dificultades…
Había cogido su mano y jugaba inconscientemente con sus falanges. De pronto, elevó los ojos frunciendo el entrecejo y preguntó:
—¿No cometemos una vileza hablando de él de esta manera?
—Seguramente, no, Clawdia. No, nada de eso. Es humano. Te gusta esta palabra, la pronuncias con un acento seductor; siempre la he oído con interés pronunciada en tu boca. A mi primo Joachim no le gustaba por razones militares. Decía que significaba indolencia, y si se la interpretara como una expresión de tolerancia sin límites también yo formularía algunas objeciones. Pero cuando tiene el sentido de libertad, de genio y de bondad, es una gran cosa que nosotros podamos invocarla para la defensa de nuestra conversación sobre Peeperkorn y las preocupaciones y dificultades que te causa. Nacen naturalmente de su honor, de su miedo de no superar sus sentimientos que le hacen amar las fuentes clásicas de la vida y todo lo que es deleitoso. Podemos hablar con todo respeto, pues en él todo es grandioso y regio y no nos rebajamos ni le rebajamos hablando de eso humanamente.
—No se trata de nosotros —dijo ella. Había cruzado de nuevo los brazos—. No sería mujer si por el amor de un hombre, de un hombre grande, como tú dices, que nos produce un sentimiento que llega hasta la angustia, no se aceptase incluso el rebajarse.
—Ciertamente, Clawdia, es así. La humillación también acaba por ser grande, por tener categoría, y la mujer puede hablar, desde lo alto de su humildad, a los que no tienen categoría regia, con tanto desdén como tú lo hacías hace un momento al hablar de los sellos, y en el tono en que tú has dicho: «Debería ser un poco más previsor y ordenado.»
—¿Tan susceptible eres? Dejémoslo. Mandemos a paseo la susceptibilidad. ¿No estás conforme? Yo también me he mostrado susceptible a veces, debo reconocerlo, puesto que esta noche nos hallamos sentados aquí, uno al lado del otro. Me he irritado a causa de tu flema y de que te entiendas tan bien con él, por amor a tu experiencia egoísta de la vida. Y sin embargo, esto me produce placer y te estoy agradecida de que le hayas demostrado respeto… Había mucha lealtad en tu conducta, a pesar de que fuese acompañada de un poco de impertinencia. En definitiva, me he visto obligada a tenerte en cuenta.
—Eres muy buena conmigo.
Ella le miró.
—Creo que eres incorregible. Eres malicioso. No se si tienes talento, pero seguramente estás lleno de malicia. Bueno, podemos hacer las paces. Incluso se puede sentir amistad por ti. ¿Quieres que seamos buenos amigos y que formemos una alianza para él, como se hacen alianzas contra alguien? ¿Me das la mano? A menudo tengo miedo… A veces tengo miedo de estar sola, de sentirme interiormente sola. ¡Es angustioso! En ciertas ocasiones tengo miedo de acabar mal… ¡Me estremezco! ¡Me gustaría tanto tener un hombre bueno a mi lado! En fin, si quieres saberlo, es tal vez por eso por lo que he vuelto aquí con él…
Se hallaban sentados, uno frente a otro, él en el sillón, ella en el banco. Estrechaba la mano de Hans Castorp al pronunciar estas palabras y la mantenía muy cerca de su rostro.
Él dijo:
—¿Por mí? ¡Oh, qué bello! ¡Oh, Clawdia!, eso es algo inesperado. ¿Has vuelto aquí con él porque estaba yo? ¿Y pretendes que he sido tonto al esperarte? ¿Qué he esperado sin permiso e inútilmente? Sería muy torpe si no apreciase el ofrecimiento de tu amistad, de una amistad contigo por él…
Entonces ella le besó en la boca. Era un beso ruso, de los que se cambian en ese vasto país lleno de alma, en las sublimes fiestas cristianas, como una consagración del amor. Pero como se trataba de un joven notoriamente «malicioso» y de una mujer encantadora, de lánguido andar, nos hacen pensar, a pesar nuestro, en la manera hábil pero un poco equívoca con que el doctor Krovovski hablaba del amor, con un espíritu ligeramente vacilante, de manera que nadie hubiese podido tener la certeza de si se trataba de un sentimiento piadoso o de algo carnal y apasionado. ¿Imitamos nosotros al doctor Krokovski o Hans Castorp y Clawdia le imitaron en su beso? ¿Qué diría el lector si nos negásemos a llegar al fondo de la cuestión? Según nuestro modo de ver, se trataría sin duda de un buen análisis, pero sería, como diría Hans Castorp, «muy poco hábil» (por otra parte, manifestaríamos poca simpatía hacia la vida) si quisiéramos distinguir claramente entre la piedad y la pasión. ¿Qué significa aquí «claramente»? ¿Qué significa «incertidumbre» y «equívoco»? No ocultaremos que nos burlamos francamente de estas distinciones. ¿No es bueno que la lengua no posea más que una palabra para todo lo que puede comprenderse en dicha palabra, desde el sentimiento más piadoso hasta el deseo carnal? Este equívoco es, pues, perfectamente un «unívoco», pues el amor más piadoso no puede ser inmaterial ni puede estar falto de piedad. Desde su aspecto más carnal continúa siendo el mismo; tanto si es alegría de vida como pasión suprema, es la simpatía hacia lo orgánico, el abrazo conmovedor y voluptuoso de lo que está destinado a la descomposición. Hay caridad hasta en la pasión más admirable y aun en la más espantosa. ¿Un sentido vacilante? Pues, dejemos vacilar el sentido de la palabra «amor». Esa vacilación es la vida y la humanidad, y sería dar pruebas de una falta desesperante de malicia el inquietarse por eso.
Mientras los labios de Hans Castorp y madame Chauchat se juntaron así en un beso ruso, dejemos a oscuras nuestro escenario para pasar a un nuevo cuadro, pues ahora va a tratarse de la segunda de las dos entrevistas de las que hemos prometido dar cuenta.
Demos la luz, la turbia de un día de primavera que toca a su fin en la época del deshielo. Vemos a nuestro héroe en una situación que para él ya se ha convertido en habitual, sentado a la cabecera de la cama del gran Peeperkorn, en conversación respetuosa y amistosa con él.
Después del té de las cuatro, servido en el comedor donde madame Chauchat había aparecido sola —como en las tres anteriores comidas— para ir inmediatamente después de compras en Platz, Hans Castorp se había hecho anunciar a Peeperkorn para manifestarle su interés y disfrutar de la compañía de su personalidad. En una palabra, por razones tan inciertas como vivas.
Peeperkorn dejó el *Der Telegraaf*, puso las lentes sobre el periódico y tendió al visitante su mano de capitán, mientras sus labios desgarrados se movían confusamente con una expresión dolorosa. Como de costumbre, tenía a su alcance vino tinto y café. El servicio de café se hallaba colocado sobre la silla, manchada a causa del uso. Peeperkorn había tomado su café de la tarde, muy caliente, con azúcar y leche, y estaba sudando. Su rostro, rodeado de mechones blancos, se había enrojecido, y pequeñas gotas perlaban su frente y se estacionaban encima del labio superior.
—Sudo un poco —dijo—. Sea bienvenido, joven. Siéntese. Es un signo de debilidad cuando, después de haber absorbido una bebida caliente… ¿Quiere usted hacerme…? Precisamente… El pañuelo… Muchas gracias.
El enrojecimiento de su rostro había ido desapareciendo poco a poco y en su lugar quedó una palidez amarilla, esa palidez que cubría ordinariamente la faz del hombre magnífico después de un ataque de fiebre. Esta tarde la fiebre cuartana había sido muy fuerte en sus tres fases, la fase fría, la fase ardiente y la fase húmeda. Y los ojos pálidos de Peeperkorn tenían una mirada fatigada bajo los arabescos de su frente de ídolo. Dijo:
—En… en absoluto, joven…, la palabra «apreciable» me parece… Absolutamente… Es usted muy amable al no olvidarse de un anciano enfermo y al…
—¿Visitarle? —preguntó Hans Castorp—. De ninguna manera, Mynheer Peeperkorn. Soy yo quien debo manifestar mi agradecimiento por poderme sentar un instante cerca de usted. Yo me aprovecho mucho más que usted. Vengo por razones puramente egoístas. Pero qué calificación más singular e inexacta hace de su persona: «Un anciano enfermo.» Nadie podría adivinar que se refiere a usted. ¿No se trata de una imagen completamente falsa?
—¡Bien, bien! —respondió Peeperkorn, y cerró por unos instantes los ojos, con su cabeza majestuosa reposando sobre la almohada, la barbilla en lo alto, sus largos dedos de alargadas uñas sobre el pecho real que se dibujaba bajo la camisa de punto—. Está bien, joven; tiene buenas intenciones, estoy seguro. Ayer por la tarde la cosa era muy agradable en ese lugar hospitalario…, he olvidado el nombre… donde comimos aquella deliciosa mortadela con huevos duros y aquel vinillo del país…
—¡Era magnífico! —confirmó Hans Castorp—. Disfrutamos de un placer casi prohibido; el director del Berghof se hubiera irritado de habernos visto. El señor Settembrini estaba encantado, comía con los ojos. Es un patriota, como usted ya debe de saber, un patriota demócrata. Ha consagrado su alabarda de ciudadano en el altar de la humanidad para que la mortadela no tenga que pagar aduana al pasar la frontera del Brenner.
—Esto no tiene importancia —declaró Peeperkorn—, es un hombre caballeresco, alegre y locuaz; un caballero, a pesar de que no pueda disfrutar las ventajas de cambiar con frecuencia de traje.
—Nunca se lo cambia —dijo Hans Castorp—. Jamas ha disfrutado de esa ventaja. Le conozco desde hace mucho tiempo y nos hallamos unidos por una vieja amistad. Se ha interesado por mí de una manera que nunca podré agradecerle bastante, puesto que él ha estimado que yo era un «niño mimado por la vida» (es una expresión de que se sirve y cuyo sentido no está muy claro) y se esfuerza por ejercer sobre mí una influencia provechosa. Pero jamás le he visto con otro traje; tanto en invierno como en verano lleva ese pantalón a cuadros y esa levita raída. Por otra parte, lo lleva con una corrección verdaderamente notable, como un hombre distinguido; le doy toda la razón sobre ese punto. La manera como viste constituye un triunfo sobre la pobreza y sobre la elegancia del pequeño Naphta, que nunca me ha parecido muy católico. Se trata de una elegancia diabólica y sus recursos son de origen muy tenebroso, estoy bastante informado sobre su situación.
—¡Un hombre distinguido! —replicó Peeperkorn—. Pero permítame ciertas reservas. Mi compañera de viaje no le aprecia mucho, como ya se habrá dado cuenta. Habla de él sin simpatía, probablemente porque la actitud que él observa respecto a ella supone ciertos prejuicios. Ni una palabra más, joven. Estoy muy lejos, en lo que se refiere a Settembrini y a los sentimientos amistosos de usted hacia él, de querer… ¡Clasificado! No pretendo que en lo que se refiere a la cortesía respecto a una mujer debida por un caballero… Perfectamente, querido amigo, sin reproche. Pero hay, de todos modos, un límite, una reserva, una cierta recusación que pone de mal humor a la señora humanamente hablando, muy…
—Comprendido. Que lo justifica plenamente. Perdóneme, Mynheer Peeperkorn, que termine su frase. Me atrevo porque soy consciente de que estoy de acuerdo con usted. Sobre todo si se considera que las mujeres (no se sonría al oírme hablar a mi edad de este modo de las mujeres) adoptan una actitud, respecto al hombre, en relación con la actitud que el hombre adopta respecto a ellas. Esto no tiene nada de extraño. Las mujeres son criaturas que reaccionan sin iniciativa propia, son inactivas, pasivas… Permítame que desarrolle este punto de vista de un modo un poco más completo. La mujer, por lo que he podido observar, se considera, en los asuntos amorosos, en primer lugar como un objeto; deja que se le aproximen, no elige libremente, se convierte en el objeto del amor, el objeto que elige después que el hombre ha elegido, e incluso en este momento su libre albedrío se halla muy limitado y disminuido por el mismo hecho de que ella ha sido el objeto elegido. Seguramente todo lo que estoy diciendo no son más que lugares comunes, pero cuando uno es joven todo parece nuevo, muy nuevo y sorprendente. Si preguntamos a una mujer: «¿Le amas?», la mujer nos contesta: «¡Me ama tanto!» Imagine una respuesta semejante en boca de uno de nosotros (perdone que me ponga en el mismo plano que usted). Tal vez hay hombres que deberían contestar de esta manera, pero en tal caso son netamente ridículos, juguetes del amor, para expresarme de un modo epigramático. Desearía saber qué importancia se atribuye la mujer cuando contesta de este modo. ¿Estima que debe al hombre una adhesión sin límites, al hombre que concede a una criatura tan inferior la gracia de su amor, o ve en el amor que el hombre siente por su persona un signo infalible de su perfección? Me he preguntado muchas veces eso durante mis horas de reposo.
—Verdades eternas, hechos clásicos. Usted habla, joven, de un modo bastante hábil de sentimientos sagrados —respondió Peeperkorn—. El hombre se embriaga con su deseo, y la mujer pide y espera ser embriagada por el deseo del hombre. De esto proviene para nosotros la obligación sentimental, de aquí nace la espantosa vergüenza de la insensibilidad, de la impotencia en despertar el deseo de la mujer. ¿Quiere beber un vaso de vino tinto? Yo bebo… Tengo sed. El gasto de humedad ha sido muy considerable.
—Muchas gracias, Mynheer Peeperkorn. Lo cierto es que no tengo costumbre de beber a esta hora, pero beberé con mucho gusto a su salud.
—Pues bien, coja el vaso, no hay más que uno. Yo beberé con el jarro. Creo que no ofendo a ese vinillo si lo bebo en un recipiente tan humilde.
Con su mano temblorosa de capitán escanció el vino y luego, ansiosamente, vació de un tirón el recipiente en su garganta de estatua, lo mismo que si se hubiese tratado de agua clara.
—Esto causa placer —dijo—. ¿No bebe más? Vamos, permítame que yo vuelva a beber…
Derramó un poco de vino al servirse de nuevo en el jarro, y la sábana quedó manchada de rojo.
—Repito —dijo con el dedo en alto mientras el jarro de vino temblaba en su otra mano—. Repito: por eso tenemos nosotros la obligación de sentir. Nuestra sensibilidad es la fuerza viril que despierta a la vida. La vida duerme. Quiere ser despertada por el divino sentimiento, pues el sentimiento, joven, es divino. El hombre es divino en la medida en que es sensible. Es la sensibilidad de Dios. Dios le ha creado para sentir a través de él. El hombre no es más que el órgano mediante el cual Dios realiza sus bodas con la vida despierta y embriagada. Si el hombre falta a la sensibilidad, falta a Dios, es la derrota de la fuerza viril de Dios, constituye una catástrofe cósmica, un terror inimaginable…
Y vació su jarro.
—Permítame que le tome el jarro, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp—. Me es muy provechoso seguir sus razonamientos. Usted desarrolla una teoría teológica por la cual atribuye al hombre una función religiosa muy honrosa, aunque tal vez un poco unilateral. En su opinión, permítame que lo indique, hay un rigorismo bastante angustioso, ¡perdóneme! Toda la austeridad religiosa es realmente angustiosa para los hombres de una categoría más modesta. No deseo desviarle de la conversación, pero desearía volver a hablar de lo que usted ha indicado como «prejuicios», esos prejuicios opuestos por Settembrini a su señora compañera de viaje. Conozco desde hace mucho tiempo al señor Settembrini, desde hace muchos días y muchos años. Y puedo asegurarle que sus prejuicios, aunque existiendo realmente, no tienen, en modo alguno, un carácter mezquino ni burgués. Sería ridículo pensar semejante cosa. No puede tratarse más que de prejuicios de altos vuelos, y, por consiguiente, de un carácter impersonal, de un carácter pedagógico, respecto a los cuales, he de confesárselo abiertamente, el señor Settembrini me ha clasificado como a «un hijo mimado por la vida»… Pero eso nos llevaría bastante lejos. Se trata de una cuestión demasiado vasta para que pueda resumirla en dos palabras…
—¿Ama usted a la señora? —preguntó de pronto Mynheer Peeperkorn, y volvió hacia su visitante su rostro regio, de boca desgarrada, de ojos pálidos y de arrugas en la frente…
Hans Castorp sintió miedo. Luego balbuceó:
—Si yo…, es decir… Respeto, naturalmente, a madame Chauchat en su calidad de…
—Se lo suplico —dijo Peeperkorn tendiendo su mano como para rechazar con un gesto la respuesta de Castorp—. Déjeme repetir que estoy muy lejos de reprochar a este señor italiano el haber faltado a las reglas de la cortesía. No formulo un reproche contra nadie, contra nadie… Pero me extraña una cosa… En este momento me causa más bien satisfacción… ¡Bien, joven! Todo está muy bien. Lo celebro, no cabe duda alguna, me es verdaderamente agradable. Sin embargo, me digo… En una palabra, me digo: usted conoce a la señora desde hace más tiempo que yo. Usted ya compartió su anterior estancia en estos lugares. Además, es una mujer llena de encantos y yo no soy más que un anciano enfermo… Como estoy indispuesto, ella se ha marchado sola esta tarde para hacer unas compras en la aldea. No es una desgracia. No, seguramente… Pero no es dudoso que… Debo explicarme por la influencia de los principios pedagógicos del señor Settembrini que usted no haya seguido el impulso caballeresco… Le ruego que me comprenda. Literalmente…
—Literalmente, Mynheer Peeperkorn. ¡Oh, no! De ninguna manera. Obro absolutamente por mi propio impulso. Por el contrario, el señor Settembrini, en una ocasión incluso… Veo una mancha de vino en la sábana, Mynheer Peeperkorn. ¿No deberíamos? En casa teníamos la costumbre de poner sal…
—Eso no tiene importancia —dijo Peeperkorn, sin mirar a su visitante.
Hans Castorp se puso pálido.
—Las cosas ocurren fuera de lo acostumbrado —afirmó—. El espíritu que aquí reina no es un espíritu convencional. El enfermo, hombre o mujer, es quien tiene la prioridad. Los preceptos de la galantería se borran ante esa regla. Usted está pasajeramente indispuesto, Mynheer Peeperkorn. Es una indisposición aguda. Su compañera de viaje se encuentra relativamente bien. Creo obrar completamente con arreglo a la manera de pensar de la señora, imaginándola cerca de usted durante sus ausencias (si puede hablarse de imaginación) en vez de imaginarle a usted cerca de ella y acompañarla a la aldea. ¿Con que derecho impondría yo a su compañera mis oficiosidades de caballero adorador? No tengo títulos ni mandato para hacerlo. Debo decir que tengo mucho sentido para las situaciones de derecho positivo. En una palabra, yo creo que mi actitud es correcta, que responde a la situación general, y principalmente a los caros sentimientos que me ligan a usted, Mynheer Peeperkorn. Creo haber dado una contestación satisfactoria a su pregunta, pues sin duda usted había hecho una pregunta.
—Una respuesta muy agradable —contestó Peeperkorn—. Escucho con un placer involuntario sus palabras ágiles, joven. Franquean todos los obstáculos y dan a las cosas una forma amable. Pero ¿satisfacción? No. Su respuesta no me satisface completamente. Perdone que le cause una decepción. «Rigorismo», querido amigo; usted se ha servido hace un momento de esa palabra al hablar de ciertos conceptos formulados por mí. En sus palabras hay también un cierto rigor, algo severo y forzado que me parece no armoniza con su temperamento, a pesar de que ya haya hecho sobre su manera de comportarse observaciones análogas. Es el mismo aire cohibido que usted mantiene respecto a la señora durante nuestras entrevistas y nuestros paseos en común (aire que usted no tiene con nadie más) y esto debe explicármelo; es un deber, es una obligación, joven. No me equivoco. Mis observaciones se han confirmado muchas veces, y es improbable que otros no lo hayan observado también, con la diferencia de que esos otros observadores poseen probablemente la explicación del fenómeno.
A pesar de que se hallaba agotado por la fiebre, Mynheer Peeperkorn hablaba esa tarde en un estilo excepcionalmente preciso, sin incoherencias. Se encontraba sentado en la cama, mostrando sus formidables hombros, con su magnífica cabeza vuelta hacia su visitante, con un brazo alargado sobre las sábanas, y su mano de capitán, saliendo de la manga de lana, formaba un círculo con sus dedos puntiagudos mientras su boca iba articulando las palabras con una fluidez tan precisa que el mismo Settembrini hubiera podido envidiarla.
—Usted se sonríe —continuó diciendo—, mueve la cabeza y hace guiños con los ojos. Parece que se tortura vanamente el cerebro. Pero es indudable que comprende lo que quiero decir y de qué se trata. No pretendo afirmar que no dirige la palabra a la señora o que usted evita contestarle cuando la conversación lo exige. Pero repito que siente cierta timidez, más exactamente, que procura evitarla. Al parecer, se tiene la impresión de que, según los términos de cierto convenio, usted no tiene derecho a dirigirle directamente la palabra. En cambio, usted evita eso regularmente y sin excepción, y no le dice jamás «usted».
—Pero Mynheer Peeperkorn… ¿De que ha de tratarse?
—Permítame que llame su atención sobre un hecho del cual sin duda se ha dado cuenta: se ha puesto usted extraordinariamente pálido.
Hans Castorp no levantó los ojos. Inclinado, contemplaba con gran atención la mancha roja de la sábana.
«Había de llegar a eso —pensaba—. Eso es lo que él quería. Creo que yo mismo he hecho todo lo que estaba en mi poder para llegar a este momento. Ahora me doy cuenta. ¿Me he puesto verdaderamente pálido? Es muy posible, pues ha llegado el instante de que se puede bordear la cosa o de que se rompa. No se sabe lo que va a ocurrir. ¿Puedo mentir? Sería posible, pero no quiero. Provisionalmente seguiré contemplando esa mancha de sangre, esa mancha de vino.»
El otro permaneció igualmente callado. El silencio duró dos o tres minutos, lo que permitió que se dieran cuenta de la extensión de esas minúsculas unidades en determinadas circunstancias. Fue Peeperkorn quien reanudó la conversación.
—Fue en la noche en que tuve el honor de conocerle —comenzó diciendo con voz sonora, voz que luego fue amortiguándose como si hubiese pronunciado la primera frase de un largo período—. Habíamos organizado una pequeña fiesta, habíamos comido y bebido y, en un alegre estado de alma, en un estado de abandono humano, nos dirigíamos del brazo a nuestros lechos, a una hora muy avanzada de la noche. Sucedió entonces que aquí, delante de mi puerta, al despedirnos, se me ocurrió la idea de invitarle a besar la frente de la mujer que le había presentado a usted como a un buen amigo de otros tiempos. Usted rechazó mi proposición, la rechazó manifestando que le parecía absurdo el besar en la frente a mi compañera de viaje. No negará que eso fue una aclaración incompleta que a su vez, precisaba una explicación; una explicación que hoy todavía me debe. ¿Está dispuesto a pagar esa deuda?
«¡Ah!, ¿conque te habías dado cuenta de eso? —pensó Hans Castorp, y se dedicó con mucha más atención a contemplar la mancha de vino y a rascarla con la punta de la uña del dedo pulgar—. En efecto, yo deseé aquel día que te dieses cuenta. Si no, ¿por que hubiera dicho eso? Pero ahora, ¿qué va a ocurrir? Mi corazón late con bastante fuerza. ¿Asistiremos a un regio acceso de cólera de primer orden? ¿He de preocuparme de su puño que tal vez me está amenazando? Decididamente, me encuentro en una situación muy singular y muy crítica.»
De pronto sintió que la mano de Peeperkorn le cogía la muñeca derecha.
«Ahora me coge la muñeca derecha —pensó—, vamos, soy ridículo, estoy cogido como un perro mojado. ¿Le he faltado? De ninguna manera. En primer lugar, quien tiene derecho a quejarse es su mando. Luego otros y después yo. Él no tiene ningún derecho, según creo. ¿Por qué late, pues, mi corazón? Es ya tiempo de que me ponga en pie y que le mire francamente, aunque con respeto, a su rostro de soberano.»
Y lo hizo de esta manera. La cara principesca estaba amarilla, los ojos lanzaban una mirada blanda y bajo las arrugas de la frente, la expresión de los labios desgarrados era amarga.
El gran anciano y el hombre insignificante leyeron el uno en los ojos del otro. Finalmente, Peeperkorn dijo con dulzura:
—¿Fue usted el amante de Clawdia Chauchat durante la anterior estancia de ella aquí?
Hans Castorp inclinó de nuevo la cabeza, pero la volvió a elevar inmediatamente y dijo:
—¡Mynheer Peeperkorn! Me disgusta, hasta el más alto grado, el decir mentiras y me esfuerzo en evitarlo en la medida de lo posible. No es fácil. Exageraría si confirmase su pregunta y mentiría si la desmintiese. Pasó lo siguiente: Viví tiempo, mucho tiempo, en esta casa con Clawdia, perdóneme, con su actual compañera de viaje, sin haberle sido presentado. Nuestras relaciones no tenían nada de mundano, al menos mis relaciones con ella, cuyo origen se hallaba sumido en la oscuridad. En mi pensamiento, yo no he tratado jamás a Clawdia más que de «tú». Lo mismo ha ocurrido en la realidad. La noche en que me liberé de ciertos lazos pedagógicos de que hemos hablado hace un momento y en que me acerque a ella (mediante un pretexto que me proporcionaba un recuerdo lejano), era una noche de máscaras, una noche de Carnaval, una noche sin responsabilidad, una noche en que el «tú» era la costumbre y en el curso de la cual el «tú» adquirió todo su sentido, de una manera apenas consciente y como en un sueño. Era, además, la víspera de la partida de Clawdia.
«Todo su sentido» —repitió Peeperkorn—. Usted, muy amablemente…
Soltó a Hans Castorp y comenzó a pasar sus manos de capitán por la cara. Luego las juntó sobre la sábana manchada de vino e inclinó la cabeza.
—Le he contestado lo más exactamente posible, Mynheer Peeperkorn —dijo Hans Castorp—, y me he esforzado con toda conciencia en no decir poco ni demasiado. Se trata, ante todo para mí, de hacerle notar que usted es completamente libre de tener en cuenta o no esa noche dedicada al «tú», que era una noche situada fuera de todo orden y fuera casi del calendario, un entremés, por decirlo así, una velada suplementaria, el 29 de febrero, y por tanto no habría más que una mentira a medias si hubiese contestado negativamente a su pregunta.
Peeperkorn no contestó.
—He preferido —dijo Hans Castorp, después de una pausa—, decirle la verdad, corriendo el peligro de perder su benevolencia, lo que, hablando francamente, hubiese sido para mí una pérdida sensible, incluso un golpe, un golpe rudo que se hubiera podido comparar al que constituyó para mí la llegada de madame Chauchat cuando no lo hizo sola, sino como su compañera de viaje. He corrido ese peligro porque desde hace tiempo ése era mi deseo, el deseo de que todo se aclarase entre nosotros, entre ustedes, hacia los que siento profundo respeto, y yo, y eso me parece más bello y humano (usted sabe cómo Clawdia pronuncia esa palabra con voz maravillosamente velada alargándola deliciosamente) que el silencio o el fingimiento; y desde este punto de vista ha experimentado un gran alivio cuando, hace un momento, usted ha planteado el asunto.
No hubo respuesta.
—Todavía otra cosa, Mynheer Peeperkorn, hay otra cosa que me hace desear decirle la verdad; es la experiencia personal que he adquirido de una incertidumbre irritante. Usted sabe ahora con quién Clawdia ha vivido y realizado un veintinueve de febrero, antes de que una situación de derecho positiva se hallase establecida entre ustedes, una situación completamente positiva ante la cual constituiría una locura no inclinarse. Por mi parte, yo no he podido adquirir jamás tal certeza, aunque no he dejado de pensar que haya podido haber antecesores, y a pesar de que no conociese más que la existencia del consejero Behrens, que, usted lo que sabe tal vez, como aficionado a la pintura, hizo un retrato de ella en numerosas sesiones, un retrato notable que reproduce la calidad de la piel con una verdad que, entre nosotros, me dejó bastante perplejo. Esto me atormentó mucho, me dejó bastante inquieto y hoy todavía me causa preocupación.
—¿La ama todavía? —preguntó Peeperkorn, sin cambiar de posición y volviendo la cabeza en sentido contrario.
La habitación se iba sumiendo en la penumbra.
—Perdóneme, Mynheer Peeperkorn —contestó Hans Castorp—, mis sentimientos hacia usted, sentimientos de profundo respeto y admiración, me harían parecer como poco educado al hablar de mis sentimientos respecto a su compañera de viaje.
—¿Y los comparte ella? —preguntó Peeperkorn a media voz— . ¿Los comparte hoy todavía?
—No digo que los haya jamás compartido. Eso me parece poco probable. Hemos tratado, hace un momento, este asunto de una manera teórica, cuando hablamos de las reacciones de la naturaleza femenina. No hay mucho que amar en mí. ¿Qué importancia tengo? Juzgue usted mismo. Si por casualidad se produce un… un veintinueve de febrero, esto es debido únicamente al hecho de que la mujer puede dejarse seducir por la elección que el hombre hace de ella… Desearía añadir, que tengo la impresión de alabarme y de faltar al buen gusto hablando de mí como de un «hombre»… En cambio, Clawdia es, ciertamente, una mujer.
—Ha seguido sus sentimientos —mumuró Peeperkorn, con los labios desgarrados.
—Como lo ha hecho, en el caso de usted, con mucha más obediencia —dijo Hans Castorp—; y como, según toda probabilidad, lo ha hecho ya en otros casos. Sobre este punto no puede haber dudas para quienes se hallen en esa situación…
—¡Alto! —dijo Peeperkorn, con la cabeza vuelta, pero alargando la mano hacia su intelocutor—. ¿No es vil hablar de ella de esta manera?
—No lo creo, Mynheer Peeperkorn. No lo creo. Hablamos de cosas humanas, tomando la palabra «humano» en sentido de libertad, de «genialidad». Disculpe esa palabra un poco rebuscada, pero me he apropiado de ella porque tenía necesidad.
—Bien, continuemos —ordenó Peeperkorn, con dulzura.
Hans Castorp habló también dulcemente, sentado al borde del asiento de su silla, inclinado hacia el regio anciano.
—Pues ella es una criatura genial —dijo— y el marido está más allá del Cáucaso (usted sabe sin duda que ella tiene un marido más allá del Cáucaso) y le concede esa libertad genial, bien sea por estupidez o por inteligencia, pues no conozco a ese muchacho. De todos modos, hace bien en concederle esa libertad, pues al principio genial de la enfermedad a lo que debe el ser de este modo y a quien se halle en su misma situación hará bien en seguir su ejemplo y no lamentarse ni del pasado ni del porvenir.
—¿No se lamenta usted? —preguntó Peeperkorn, y volvió la cara.
Parecía estar muy pálido en la penumbra; los ojos estaban adormecidos y, bajo su frente de ídolo, la gran boca desgarrada estaba entreabierta como la de una máscara trágica.
—Me parece —respondió modestamente Hans Castorp— que no debe hablarse de mí. Me esforzaba en conseguir que usted no se lamentase y que, a causa de los acontecimientos pasados, no me retirase su benevolencia.
—Sin embargo —dijo Peeperkorn—, sin saberlo he debido causarle una pena profunda.
—Si esto es una pregunta —respondió Hans Castorp— y si digo que sí, eso no significa en ningún caso que yo no aprecie la inmensa ventaja de haberle conocido, pues tal ventaja se halla inseparablemente unida a esa decepción.
—Se lo agradezco, joven. Aprecio la delicadeza de sus frases. Pero si hacemos abstracción de nuestras relaciones…
—Eso es difícil —dijo Hans Castorp—; yo no puedo hacer abstracción. El hecho de que Clawdia haya venido acompañada de una personalidad de la altura de usted no podía menos de agravar y aumentar el mal que resultaba para mí el hecho de que hubiese vuelto en compañía de otro hombre. Eso me causó mucha pena y me la causa hoy todavía, no lo niego, y con toda intención me he atenido, en la medida de lo posible, al aspecto positivo de la aventura, a mi sincera veneración hacia usted, Mynheer Peeperkorn, lo que causaba un poco de contrariedad a su compañera de viaje, pues las mujeres no gustan de que sus amantes se entiendan.
—En efecto —dijo Peeperkorn, y disimuló una sonrisa, pasándose la mano por la boca y la barbilla, como si temiese que madame Chauchat le viese sonreír.
Hans Castorp también sonrió discretamente y luego ambos se encogieron de hombros, en completo acuerdo.
—Esta pequeña venganza —continuó diciendo Hans Castorp— me correspondía, en cierta manera, pues tenía algún derecho de quejarme, no de Clawdia ni de usted, Mynheer Peeperkorn, sino de mi vida y mi destino. Puesto que tengo el honor de gozar de su confianza, y esta hora crepuscular es tan singular en varios aspectos, quiero, al menos por alusiones, hablarle un poco.
—Con mucho gusto —dijo cortesmente Peeperkorn. Hans Castorp dijo:
—Me hallo aquí desde hace bastante tiempo, desde hace muchos años, no sé exactamente desde cuándo, desde hace años de mi vida. Por eso he hablado de «vida», y en el momento oportuno volveré a hablar del destino. Mi primo, al que yo tenía intención de hacer una corta visita, un militar lleno de valientes y leales intenciones que no le sirvieron de nada, murió, me fue arrebatado y yo continúo aquí. Yo no era militar, tenía una profesión civil, como usted quizá ya sabe, una profesión sólida y razonable que contribuye, según parece, a la solidaridad internacional, pero no sentí nunca mucha afición hacia ella, se lo confieso, y eso por razones que no puedo explicar bien, que son bastante oscuras, que se refieren a los orígenes de mis sentimientos hacia la compañera de viaje de usted (me refiero a ella de esta manera para poner de relieve que no tengo intención alguna de violentar los derechos positivos de usted), de mis sentimientos por Clawdia y de nuestro tuteo, del cual no he renegado jamás desde que vi por primera vez sus ojos y éstos me dominaron, ¿comprende? Por amor a ella, y desafiando a Settembrini, me sometí al principio irrazonable, al principio genial de la enfermedad, al cual, en verdad, estaba sujeto desde siempre, y me hallo aquí no sé exactamente desde cuándo, pues lo he olvidado todo y he roto con todo, con mis parientes y mi profesión en la llanura y con todas mis esperanzas. Cuando Clawdia se marchó yo la esperé, no cese de esperarla aquí, de manera que estoy definitivamente muerto. En esto pensaba cuando he hablado del «destino» y por eso me he permitido insinuar que tenía el derecho de quejarme de mi situación y de mi derecho lesionado. Leí una vez una historia (no, no la leí, la vi una vez en el teatro), la historia de un hombre (era militar como mi primo) que se enamora de una encantadora gitana, con una flor en la oreja, una mujer fatal y salvaje, y la ama hasta tal punto que reniega de todo y lo sacrifica todo, deserta, se hace contrabandista y se deshonra desde todos los puntos de vista. Cuando ha realizado todo esto, ella se cansa de él y se escapa con un torero, una personalidad de marca con una espléndida voz de barítono. La cosa termina de esta manera: el soldadito, pálido como la muerte, con la camisa abierta, la apuñala junto a la plaza, crimen que ella había provocado. Cuento esta historia sin motivo alguno. Pero ¿por qué se me ha ocurrido ahora?
Cuando Hans Castorp había hablado de «apuñalar», Mynheer Peeperkorn había cambiado ligeramente de posición, había retrocedido, volviendo bruscamente su rostro hacia su visitante y le había mirado a los ojos con un aire investigador. Luego se apoyó en el codo y dijo..
..."
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