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c/LiteraturaESP by u/fictograma 5d ago fictograma.com

Siddhartha: Primera Parte, Capítulo 2 - Herman Hesse

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## Primera Parte, Capítulo 2: Con los samanas


En la noche de aquel día llegaron junto a los ascetas, los descarnados samanas, y les ofrecieron acompañamiento y obediencia. Fueron admitidos.

Siddhartha regaló su túnica a un pobre brahmán en la calle. No traía puesto más que un paño a la cadera y un lienzo sucio de tierra y descosido, colgado de los hombros. Comió solo una vez al día, y nunca alimentos cocidos. Ayunó quince días. Ayunó veintiocho días. Le disminuyó la carne en los muslos y en las mejillas. Sueños ardientes flameaban en sus ojos agrandados, en sus dedos secos crecían las uñas, y en el mentón, una barba seca e hirsuta. Su mirada se volvió fría como hielo cuando se encontraba con una mujer; su boca se contraía en una mueca de desprecio cuando pasaba por una ciudad con gentes bien vestidas. Vio negociar a los comerciantes, vio ir de caza a los príncipes, a los doloridos llorar a sus muertos, a las hetairas ofrecerse lascivas, a los médicos afanarse por sus enfermos, a los sacerdotes señalar el día de la siembra, amar a los amantes, a las madres callar a sus hijos; y todo esto no era digno de las miradas de sus ojos, todo era mentira, todo era pestilente, todo olía a engaño, todo falseaba los sentimientos, la dicha y la belleza, y todo era inconfesada putrefacción. El mundo sabía amargo. La vida era sufrimiento.

Había una meta ante Siddhartha, una sola: vaciarse, vaciarse de sed, vaciarse de deseo, vaciarse de sueño, vaciarse de alegría y dolor. Morir para sí mismo, no ser más un yo, encontrar la paz en el corazón vacío, estar abierto al milagro por la introspección: esta era su meta. Cuando todo el yo estuviera vencido y muerto, cuando cada anhelo y cada impulso callara en el corazón, entonces debería despertar el Último, lo más íntimo del ser, que no es ya el Yo, el gran misterio.

Silencioso estaba Siddhartha en pie bajo los perpendiculares rayos del sol, ardiendo de dolores, ardiendo de sed, y así permanecía hasta que ya no sentía dolor ni sed. Silencioso estaba en pie bajo la lluvia; las gotas de agua caían de su pelo sobre los hombros llenos de frío, sobre las heladas caderas y piernas, y así permanecía el penitente hasta que los hombros y las piernas dejaban de sentir frío, hasta que callaban, hasta que quedaban quietos. En silencio, estaba agachado entre los espinos, la sangre brotaba roja de la piel ardiente, el pus, de las úlceras, y Siddhartha permanecía rígido, permanecía inmóvil, hasta que la sangre dejaba de brotar, hasta que nada le punzaba, hasta que nada le quemaba.

Siddhartha estaba sentado muy derecho y aprendía a contener la respiración, aprendía a regularla, aprendía a suprimir el alentar. Aprendía, empezando por la respiración a aquietar los latidos del corazón, a espaciarlos, hasta suprimirlos casi.

Adoctrinado por el más anciano de los samanas, Siddhartha ejercitaba el ensimismamiento, ejercitaba la meditación. Si una garza volaba sobre el bosque de bambúes, Siddhartha tomaba la garza en el alma, volaba sobre el bosque y la montaña, se convertía en garza, comía pescados, pasaba hambres de garza, hablaba con graznidos de garza, moría muerte de garza. Si un chacal aparecía muerto al borde del arenal, el alma de Siddhartha se deslizaba dentro del cadáver, se convertía en un chacal muerto, yacía en la arena, se hinchaba, olía mal, se corrompía, era despedazado por las hienas, era desollado por los buitres, se convertía en esqueleto, se volvía polvo, se esparcía por la campiña. Y el alma de Siddhartha regresaba, estaba muerta, estaba corrompida, estaba esparcida como el polvo, había gustado la turbia embriaguez de los remolinos, atormentado por una nueva sed como un cazador en el puesto; esperaba conocer dónde terminaría el remolino, dónde estaba el fin de las causas, dónde empezaba la eternidad sin dolores. Mataba sus sentidos, mataba sus recuerdos, se salía de su yo para introducirse en mil formas extrañas: era animal, carroña, piedra, árbol, agua, y al despertar se volvía a encontrar a sí mismo; luciera el sol o la luna, volvía a ser un yo, giraba en remolinos, sentía sed, vencía la sed, volvía a sentir sed otra vez.

Mucho aprendió Siddhartha entre los samanas; aprendió a andar muchos caminos fuera de su yo. Recorrió el camino del ensimismamiento por el dolor, por el voluntario sufrir, y venciendo al dolor, al hambre, a la sed, a la fatiga. Recorrió el camino del ensimismamiento por la meditación, por el vacío del pensamiento de los sentidos de toda imagen. Aprendió a andar estos y otros caminos, perdió mil veces su yo, permaneció horas y días hundido en el No–Yo. Pero aunque estos caminos partían del yo, su meta estaba siempre en el mismo Yo. Si Siddhartha huyó mil veces de su Yo, si permanecía en la nada, en la bestia, en la piedra, el regreso era inevitable, insoslayable la hora en que se volvían a encontrar, bajo el resplandor del sol o de la luna, a la sombra o bajo la lluvia, Siddhartha y su yo, y volvía a sentir el tormento del remolino impuesto.

Junto a él vivía Govinda, su sombra; seguía su mismo camino, se imponía los mismos trabajos. Raramente hablaban entre sí más de lo que exigían sus tareas y servicio. A veces iban juntos por las aldeas, mendigando el alimento para sí y sus maestros.

—¿Qué te parece, Govinda? —solía preguntar Siddhartha durante estas correrías implorando la caridad—. ¿Crees que vamos por buen camino? ¿Habremos de alcanzar la meta?

Respondía Govinda:

—Hemos aprendido mucho, y seguiremos aprendiendo. Tú llegarás a ser un gran samana, Siddhartha. Todo lo has aprendido en seguida, los viejos samanas te admiran con frecuencia. Llegarás a ser un santo, ¡oh Siddhartha!

Hablaba Siddhartha:

—A mí no me parece así, amigo mío. Lo que he aprendido hasta ahora entre los samanas, ¡oh Govinda!, lo hubiera podido aprender pronto y con facilidad. En cualquier taberna de barrio de burdeles, entre carreteros y jugadores de dados, hubiera podido aprenderlo, amigo mío.

Hablaba Govinda:

—Siddhartha se burla de mí. ¿Cómo hubieras podido aprender ensimismamiento, el contener la respiración, la insensibilidad ante el hambre y el dolor, entre aquellos miserables?

Y Siddhartha decía en voz baja, como si hablara para sí:

—¿Qué es el ensimismamiento? ¿Qué es el abandono del cuerpo? ¿Qué es el ayuno? ¿Qué la contención del aliento? Es la huida del Yo, es un breve alejarse del tormento del ser Yo, es un corto embotamiento frente al dolor y la falta de sentido de la vida. La misma huida, el mismo breve embotamiento encuentra el boyero en el mesón cuando bebe su vino de arroz o la leche de coco fermentada. Entonces no siente ya su Yo, ya no siente el dolor de la vida, entonces encuentra un breve embotamiento. Encuentra, dormitando sobre su taza de vino de arroz, lo mismo que Siddhartha y Govinda encuentran cuando se evaden de sus cuerpos, tras largos ejercicios, y permanecen el No–Yo. Así es, ¡oh Govinda!

Habló Govinda:

—Eso dices, ¡oh amigo!; pero sabe que Siddhartha no es ningún boyero, ni un samana, un bebedor. Cierto que el que bebe encuentra fácilmente el embotamiento, cierto que con facilidad halla la evasión y el descanso; pero vuelve pronto del sortilegio y vuelve a encontrarlo todo como antes, no se ha hecho más sabio, no ha adquirido conocimientos, no ha subido más alto ni un peldaño.

Y Siddhartha habló con una sonrisa:

—No lo sé, no he sido nunca bebedor. Pero que yo, Siddhartha, en mis ejercicios y éxtasis solo encuentro breves embotamientos y que estoy tan lejos de la sabiduría y de la liberación como cuando era niño en el vientre de la madre, eso lo sé bien, Govinda, eso lo sé muy bien.

Y otra vez, cuando Siddhartha y Govinda salieron del bosque para pedir por las aldeas algo de comer para sus hermanos y maestros, empezó Siddhartha a hablar, y dijo:

—¿Estaremos, ¡oh Govinda!, en el buen camino? ¿Nos vamos acercando al conocimiento? ¿Nos acercamos a la redención? ¿O no estaremos quizá caminando en círculo, nosotros, que pensábamos salir de él?

Habló Govinda:

—Mucho hemos aprendido, Siddhartha; mucho nos queda por aprender. No caminamos en círculo, vamos hacia arriba, el círculo es una espiral, hemos subido ya muchos escalones.

Respondió Siddhartha:

—¿Qué edad crees tú que tendrá nuestro samana más anciano, nuestro venerado maestro?

Habló Govinda:

—Quizá tenga sesenta años.

Y Siddhartha:

—Tiene sesenta años y no ha alcanzado el Nirvana. Tendrá setenta y ochenta, y tú y yo seremos igual de viejos y seguiremos ejercitándonos, seguiremos ayunando y meditando. Pero no alcanzaremos el Nirvana, ni él ni nosotros. ¡Oh Govinda!, creo que ninguno de todos los samanas que hay alcanzará quizá el Nirvana. Encontramos consuelos, encontramos embotamientos, aprendemos habilidades con las que nos engañamos. Pero lo esencial, la senda de las sendas no la encontramos.

—¡No pronuncies —dijo Govinda— tan terribles palabras, Siddhartha! ¿Cómo es posible que entre tantos hombres sabios, entre tantos brahmanes, entre tantos severos y venerables samanas, entre tantos hombres sabios, santos e introvertidos, ninguno encuentre el Camino de los Cantinos?

Pero Siddhartha respondió con una voz que tenía tanto de triste como de irónica:

—Pronto, Govinda, tu amigo dejará esta senda de los samanas, por la que tanto ha caminado contigo. Padezco sed, ¡oh Govinda!, y en este largo camino del samana no ha menguado en nada mi sed. Siempre he tenido sed de conocimientos, siempre he estado lleno de interrogaciones. He preguntado a los brahmanes, año tras año, y he preguntado a los Vedas, año tras año. Quizá, ¡oh Govinda!, hubiera sido tan bueno, tan prudente, tan sano, haber preguntado al rinoceronte o al chimpancé. He empleado mucho tiempo y todavía no he llegado al fin para aprender esto, ¡oh Govinda!: ¡qué nada se puede aprender! Yo creo que no hay esa cosa que nosotros llamamos “aprender”. Hay solo, ¡oh mi amigo!, una ciencia que está por todas partes, que es Atman; está en mí y en ti y en cada ser. Y de esta forma empiezo a creer que esta ciencia no tiene enemigos más encarnizados que los sabios y los instruidos.

Entonces, Govinda se paró en el camino, levantó la mano y habló:

—¡No atormentes, Siddhartha, a tu amigo con semejantes palabras! En verdad que ellas angustian mi corazón. Y piensa solamente en qué queda la santidad de la oración, la dignidad de los brahmanes, la religiosidad de los samanas, si fuera como dices, que no hay nada que aprender. ¿Qué sería, entonces, ¡oh Siddhartha!, de lo que en la tierra tenemos por santo, por venerable y más preciado?

Y Govinda recitó para sí un verso de una Upanishada:


Quien meditando,

con el alma purificada,

se hunde en Atman,

no puede describir con palabras

el gozo de su corazón.


Pero Siddhartha callaba. Reflexionaba sobre las palabras que Govinda le había dirigido, y pensaba cada frase hasta el fin.

“Sí —decía para sí, con la cabeza humillada—, ¿qué queda de todo lo que nos parecía santo? ¿Qué queda? ¿Qué se conserva?”

Y movió la cabeza.

Una vez, cuando ambos jóvenes llevaban viviendo unos tres años con los samanas y habían tomado parte en todas sus prácticas, llegó hasta ellos por diversos caminos y rodeos una noticia, un rumor, una leyenda: había aparecido uno, llamado Gotama, el Sublime, el Buda, el cual había vencido en sí el dolor del mundo y había sujetado la rueda de las reencarnaciones. Recorría los campos enseñando a las gentes, rodeado de jóvenes, sin poseer nada, sin patria, sin mujer, envuelto en el manto amarillo de los ascetas, pero con la frente radiante, como un bienaventurado, y los brahmanes y los príncipes se inclinaban ante él y se convertían en discípulos suyos.

Esta leyenda, este rumor, esta fábula, resonaba por todas partes, exhalaba su aroma aquí y allá; en las ciudades hablaban de él los brahmanes; en el bosque, los samanas; cada vez penetraba más el nombre de Gotama, el Buda; en los oídos de los jóvenes, para bien y para mal, en alabanzas y en injurias.

Como cuando en una comarca reina la peste y se difunde la nueva de que hay un hombre, un sabio, un perito, cuya palabra y aliento basta para librar a cualquiera de la epidemia, e igual que este rumor atraviesa todo el país y todos hablan de ello, muchos creen, muchos dudan, pero muchos también son los que se ponen al punto en camino para ir en busca del Sabio, del Salvador, así recorrió la región aquella nueva, aquella perfumada leyenda de Gotama, el Buda, el Sabio de la descendencia de Sakya. Según los creyentes, poseía los más altos conocimientos, recordaba su encarnación anterior, había alcanzado el Nirvana y ya no volvería a entrar en el círculo ni se hundiría en la turbia corriente de la transmigración. Se decían de él cosas increíbles y maravillosas: que había hecho milagros, que había vencido al demonio, que había hablado con los dioses. Pero sus enemigos y los incrédulos decían que este tal Gotama era un embaucador, que pasaba los días en una vida de delicias, que despreciaba los sacrificios, que carecía de instrucción y no conocía ni los ejercicios ni la mortificación.

Dulcemente sonaba la leyenda de Buda; estas nuevas exhalaban cierto encanto. El mundo estaba enfermo, la vida era difícil de soportar, y ved que aquí parece brotar una fuente, aquí parece oírse la llamada de un mensajero llena de consuelo, dulce, llena de nobles promesas. Por todas partes donde resonaba el rumor de Buda, por toda la India, escuchaban los jóvenes, sentían añoranza, alentaban esperanzas, y entre los hijos de los brahmanes de las ciudades y aldeas cualquier peregrino era muy bien recibido si traía noticias de él, del Sublime, del Sakyamuni.

También había llegado hasta los samanas del bosque, hasta Siddhartha, hasta Govinda, la leyenda, lentamente, a gotas, cada gota preñada de esperanzas, cada gota llena de dudas. Hablaban poco de ello, pues el anciano de los samanas era poco amigo de esta leyenda. Había sabido que aquel pretendido Buda había sido antes un asceta y había vivido en el bosque, y luego se había entregado a la buena vida y a los placeres del mundo y no daba mucha importancia a este Gotama.

—¡Oh Siddhartha! —dijo un día Govinda a su amigo—. Hoy estuve en la aldea y un brahmán me invitó a entrar en su casa, y en su casa estaba el hijo de un brahmán de Magadha, el cual ha visto con sus propios ojos al Buda y ha escuchado sus enseñanzas. En verdad que entonces sentí un dolor en el pecho, y pensé para mí: “¡Ojalá pudiera yo también, ojalá pudiéramos ambos, Siddhartha y yo, conocer la hora en que recibiéramos lección de la boca de aquel bienaventurado!” Di, amigo, ¿no podríamos ir nosotros también a su encuentro y escuchar de los labios del Buda la lección?

Habló Siddhartha:

—Siempre, ¡oh Govinda!, he pensado que Govinda permanecería entre los samanas, siempre he creído que su meta era llegar a los sesenta o a los setenta, practicando siempre las reglas y ejercicios que adornan a los samanas. Pero mira: yo conocí poco a Govinda, sabía poco de su corazón. De modo que ahora quieres, mi fiel amigo, tomar la senda y llegar hasta allí donde el Buda enseña su doctrina.

Habló Govinda:

—Te gusta bromear. ¡Puedes bromear cuanto quieras, Siddhartha! Pero ¿no te ha venido en gana, no ha despertado en ti el deseo de escuchar esta doctrina? ¿Y no me has dicho en otra ocasión que no seguirías por más tiempo el camino de los samanas?

Sonrió Siddhartha a su manera, con lo que el tono de su voz adquirió un matiz de tristeza y una sombra de mofa, y dijo:

—Bien has dicho, Govinda, bien has dicho y bien has recordado. Sin embargo, también deberías recordar lo otro que a mí me oíste, es decir, que estoy cansado y desconfío de todas las doctrinas y enseñanzas y que es poca mi fe en las palabras de los maestros que llegan hasta nosotros. Mas, ¡ea, querido!, estoy dispuesto a escuchar aquellas enseñanzas, aunque creo de todo corazón que el mejor fruto de ellas ya lo hemos saboreado.

Habló Govinda:

—Tu buena disposición regocija mi corazón. Pero dime, ¿cómo es posible que antes de escuchar la doctrina del Gotama hayamos gustado ya sus mejores frutos?

Habló Siddhartha:

—¡Gocemos de este fruto y esperemos lo demás, oh Govinda! Pero este fruto que ya hemos de agradecer al Gotama, ¡consiste en que nos llama para sacarnos de entre los samanas! Si nos ha de dar otras cosas y algo mejor, ¡oh amigo!, esperemos en ello con corazón tranquilo. Aquel mismo día, dio a conocer Siddhartha al anciano de los samanas su decisión de dejarlos. Se lo dio a conocer con la cortesía y humildad que conviene a un joven y a un alumno. Pero el samana se llenó de enojo al ver que los dos jóvenes querían abandonarlos, y habló descompuestamente y profirió groseros insultos.

Govinda estaba asustado y perplejo, pero Siddhartha se inclinó sobre el oído de Govinda y susurró:

—Ahora quiero demostrar al viejo que he aprendido algo entre ellos.

Mientras se acercaba al samana, con el alma concentrada prendió la mirada del anciano con la suya, le hechizó, le hizo callar, se apropió de su voluntad, le impuso la suya, le ordenó que hiciera silenciosamente lo que le pedía. El anciano quedó mudo, sus ojos miraban fijamente, su voluntad estaba paralizada, sus brazos pendían inertes, estaba sin fuerzas, preso en el encanto de Siddhartha. Pero los pensamientos de Siddhartha se habían apoderado de los del samana, y este debía hacer todo lo que el otro le ordenara. Y así, el anciano se inclinó varias veces, hizo ademán de bendecirlos una y otra vez y pronunció, vacilante, una piadosa oración de despedida. Y los jóvenes respondieron agradecidos a las inclinaciones, a los votos de ventura, y salieron de allí saludando. Por el camino, dijo Govinda:

—¡Oh Siddhartha!, has aprendido con los samanas más de lo que yo creía. Es muy difícil, dificilísimo, hechizar a un viejo samana. En verdad que si te hubieras quedado allí habrías aprendido pronto a caminar sobre las aguas.

—No codicio el andar sobre el agua —dijo Siddhartha—. Que los viejos samanas se den por contentos con semejantes artes.
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