La montaña mágica: Capítulo 7 / 3 - Thomas Mann
## Vint-et-un
Así pasaba el tiempo. Fueron semanas, al menos tres o cuatro semanas, si lo contamos, pues no podemos en modo alguno fiarnos de la opinión y del sentido que Hans Castorp tenía del tiempo. Resbalaban sin aportar nuevos cambios y fomentaban en nuestro héroe una cólera que se hacía habitual, contra ciertos acontecimientos imprevistos que le habían impuesto una reserva meritoria; contra el hecho de que se nombrase a sí mismo Pieter Peeperkorn cuando absorbía un dedo de aguardiente; contra la existencia entorpecedora de aquel hombre pintoresco, imponente e indistinto, entorpecedor de una manera mucho más agresiva que las maneras de Settembrini. Arrugas de descontento y de irritación se dibujaban verticalmente entre las cejas de Hans Castorp, y por debajo de esos pliegues contemplaba cinco veces por día a la bella dama, a pesar de todo, feliz de poder contemplarla, y lleno de desprecio hacia la presencia de alguien que no sospechaba lo equívoco que era el pasado de su compañera.
Pero una noche, como ocurre muchas veces sin ninguna causa que lo explique, la reunión en el vestíbulo y los salones adquirió un aspecto más animado que de ordinario. Se había hecho música —melodías cíngaras ejecutadas con brío por un estudiante húngaro—, después de lo cual el consejero Behrens, que había aparecido con el doctor Krokovski, había obligado a uno de los pensionistas a tocar, en el piano, el «Coro de peregrinos» de Tannhäuser mientras él mismo pasaba sobre los registros agudos del piano un cepillo, parodiando así el violín. Aquello hizo reír. En medio de los aplausos, encogiéndose de hombros con benevolencia, como sorprendido de su propia alegría, el consejero abandonó el salón. Pero la reunión se prolongó, se continuó haciendo música sin que exigiese ésta una atención demasiado concentrada, se formaron partidas de dominó, y de bridge, y se encargaron bebidas. Unos se divertían con la ayuda de los juguetes ópticos y otros bromeaban. Los habituales de la mesa de los rusos distinguidos se habían mezclado con los grupos del hall y del salón de música. Se vio a Mynheer Peeperkorn aparecer en distintos lugares y no se podía dejar de verle, pues su cabeza majestuosa dominaba a los que le rodeaban, triunfaba por su fuerza real e imponente, y los que se habían visto atraídos por su reputación de riquezas, ahora se sentían atraídos únicamente por su personalidad. Se hallaba allí sonriendo, aprobaban con la cabeza, le animaban, fascinados, por la mirada pálida bajo los formidables pliegues de la frente, mantenidos en suspenso por la insistencia de los gestos refinados de sus uñas oblongas, y sin experimentar decepción alguna por lo ininteligible, lo incoherente y lo gratuito de sus palabras.
Si en esta circunstancia nos ponemos en busca de Hans Castorp, le encontraremos en el salón de lectura y de correspondencia donde, en otro tiempo (ese otro tiempo es vago: el narrador, el lector y el héroe no ven muy claro respecto al grado de la lejanía), le fueran hechas confidencias importantes sobre la organización del progreso de la humanidad. En aquel lugar se estaba más tranquilo. Solamente estaban allí algunas personas. Un enfermo que escribía en uno de los escritorios dobles, bajo la lámpara eléctrica, y una dama, que llevaba unas antiparras sobre la nariz, ojeaba, cerca de la biblioteca, un volumen ilustrado. Hans Castorp se hallaba sentado en la proximidad del salón, volviendo la espalda a la puerta, con un diario en la mano; estaba sentado en una silla renacimiento recubierta de peluche, con un respaldo alto y derecho, sin brazos. El joven mantenía su periódico como se tiene para leer, pero no lo leía, pues con la cabeza baja escuchaba la música que llegaba hasta allí a través del rumor de las conversaciones, mientras sus párpados sombríos demostraban que aquello también lo hacía distraídamente y que sus pensamientos seguían caminos menos musicales. Seguían los caminos espinosos de la decepción que le habían causado los acontecimientos que se burlaban de un joven paciente, al final de una larga espera, caminos llenos de amargas revueltas. Algunas veces estaba a punto de tirar el diario sobre aquella silla incómoda que se encontraba allí por casualidad, abandonar aquella reunión y sumirse en la soledad glacial de su balcón, una soledad de dos: él y María Mancini.
—¿Y su primo, señor? —preguntó detrás de él, por encima de su cabeza, una voz.
Era una voz acariciadora para sus oídos, que estaban predestinados a encontrar infinitamente agradable aquel timbre velado y un poco ronco. Era la idea misma del placer, llevada hasta su límite extremo, era la voz que había dicho, hacía mucho tiempo: «Con mucho gusto, pero no lo rompas»; era una voz irresistible, una voz fatal, y, si no se equivocaba, había preguntado por el infortunado Joachim.
Dejó caer lentamente el periódico y elevó un poco el rostro de manera que su cabeza quedó apoyada sobre la vértebra cervical, apretada contra el respaldo recto. Cerró un poco los ojos, pero los abrió enseguida para elevarlos oblicuamente hacia lo alto, en la dirección que le era permitido a causa de la posición de su cabeza, no importa dónde, hacia el vacío. ¡Bravo, muchacho! Se hubiera dicho que su expresión era casi la de un vidente o la de un sonámbulo. Deseó que se le hiciese de nuevo la pregunta, pero no fue así. No estaba seguro todavía de que ella se hallase de pie tras él; después de esperar algún tiempo, con una mirada extraña y a media voz respondió:
—Ha muerto. Fue a incorporarse a su regimiento en la llanura y murió.
El mismo notó que la primera palabra pronunciada entre ellos y que estaba llena de un acento extraño, era la palabra «muerte». Notó, al mismo tiempo, que a causa de no estar familiarizada con su lengua, ella elegía expresiones demasiado ligeras para expresar su pésame, cuando dijo detrás de él:
—¡Ay! ¡Qué lástima! ¿Completamente muerto y enterrado? ¿Desde cuándo?
—Desde hace ya algún tiempo. Su madre se lo llevó. En su barbilla había crecido una barba de guerrero. Se dispararon tres salvas de honor sobre su tumba.
—Se las había merecido. Fue siempre un valiente. Era más valiente que muchos.
—Sí, era valiente. Rhadamante hablaba siempre de su exceso de celo. Pero su cuerpo no quería saber nada. Rebelio carnis, dicen los jesuitas. Siempre se había preocupado mucho por las cosas del cuerpo. Pero había dejado que penetrase en él el deshonor y se burló de su exceso de celo. Es, por otra parte, más moral perderse uno mismo que preservarse.
—Veo que continuamos siendo un filósofo que no sirve para nada. ¿Quién es Rhadamante?
—Behrens. Settembrini le llama así.
—¿Ese italiano que…? No me era simpático. No era bastante humano. —Su voz pronunciaba la palabra «humano» con un acento lánguido, despreocupado y con una especie de pereza soñadora—. ¿No está aquí? ¡Soy tonta! No sé lo que es Rhadamante.
—Algo humanista. Settembrini ya no vive aquí. Hemos filosofado largamente esos últimos tiempos, él, Naphta y yo.
—¿Quién es Naphta?
—Su antagonista.
—Si es su antagonista me gustaría conocerlo. ¿Pero no le había dicho yo que su primo moriría si intentaba ser soldado en la llanura?
—Sí, tú lo sabías.
—¿Qué es lo que dice?
Silencio prolongado. No rectificó nada. Esperó, con la vértebra apoyada contra el respaldo recto, con una mirada de vidente, que la voz se dejase oír de nuevo si se hallaba todavía detrás de él, temiendo que la música confusa que llegaba de la habitación contigua hubiese apagado el ruido de sus pasos. Al fin oyó de nuevo:
—¿Y el señor no ha ido siquiera al entierro de su primo?
Él contestó:
—No. Le dije adiós aquí, antes de que tapasen el ataúd, porque comenzaba a sonreír. No puedes imaginarte lo fría que estaba su frente.
—¿Todavía? ¿Qué manera es ésa de hablar a una mujer a la que apenas conoce?
—¿Debo hablar como humanista o como ser humano? —A pesar suyo, pronunció a su vez esa palabra de una manera arrastrada y soñolienta, como uno que se estira y bosteza.
—Quelle blague! ¿Ha permanecido usted aquí todo ese tiempo?
—Sí, he esperado.
—¿A quién?
—A ti.
Por encima de su cabeza sonó una risa, al mismo tiempo que la palabra «loco».
—¡A mí! No habrán dejado que te marchases.
—Sí, Behrens me habría dejado marchar, un día, en un acceso de cólera, pero no hubiese sido más que una partida en falso, pues, además de las viejas cicatrices de otro tiempo, de mi tiempo de colegial, ¿sabes?, hay una mancha fresca que Behrens ha descubierto y que me produce fiebre.
—¿Todavía fiebre?
—Sí, todavía. Casi siempre. Por intermitencias. Pero no es fiebre intermitente.
—¿Alusiones?
El permaneció silencioso, frunció las cejas con un aire sombrío por encima de su mirada de vidente y, al cabo de un momento, preguntó:
—Y tú, ¿dónde has estado?
Una mano dio un golpe sobre el respaldo de la silla.
—Mais c’est un sauvage! ¿Dónde he estado? En todas partes. En Moscú —la voz dijo «Moscú» con un acento lánguido análogo al que había empleado al pronunciar la palabra «humano»—, en Bakú, y asimismo en las estaciones termales alemanas, en España…
—¡Oh, en España! ¿Qué tal es España?
—Mira…, se viaja mal. Las gentes son medio negras. Castilla es muy seca y dura. El Kremlin es más bello que ese castillo o convento allá abajo al pie de la montaña…
—¿El Escorial?
—Sí, el castillo de Felipe. Un castillo. Me ha gustado mucho más el baile popular de Cataluña, la sardana, acompañada de la tenora. Yo también bailé. Todos se dan la mano y se baila en círculo, en la plaza llena de gente. Es encantador, es humano. Me compré un pequeño bonete azul, como todos los hombres y muchachos del pueblo lo llevan; casi es un fez. Llevo la boina en mi cura de reposo y en otras ocasiones. El señor juzgará si me está bien.
—¿Qué señor?
—El que está sentado aquí, en esta silla.
—Creía que era Mynheer Peeperkorn.
—Ya lo ha juzgado. Dice que estoy encantadora.
—¿Ha dicho eso? ¿Ha acabado diciendo eso? ¿Ha terminado la frase de manera que se ha podido comprender?
—¡Ah, parece que estamos de mal humor! Queremos ser malos, mordientes, desearíamos burlarnos de gentes que son más grandes, mejores y más humanas que nosotros mismos, comprendiendo nuestro… ami bavard de la Mediterranée, nuestro maître grand parleur… Pero yo no permitiré que a mis amigos…
—¿Tienes todavía mi retrato interior? —interrumpió él con acento melancólico.
Ella rió.
—Tendré que buscarlo.
—Yo llevo el tuyo siempre conmigo. Tengo un pequeño caballete sobre mi cómoda, donde, por la noche…
No tuvo tiempo de acabar su frase. Peeperkorn se hallaba de pie delante de él. El holandés buscaba a su compañera de viaje, había entrado y se encontraba delante de la silla. Estaba allí como una torre, tan cerca de los pies de Hans Castorp que éste comprendió que, a pesar de su sonambulismo, se trataba ahora de ponerse en pie y de ser educado. Le costó trabajo levantarse de su silla entre los dos, pero tuvo que hacerlo dando un paso de lado, de manera que los tres personajes quedaron formando un triángulo con la silla colocada en el centro.
Madame Chauchat cumplió con las reglas del Occidente civilizado haciendo la presentación de ambos. Un amigo de antaño, dijo al hablar de Hans Castorp, un amigo del tiempo anterior. La existencia de Peeperkorn no sugería ningún comentario. Le nombró y el holandés —con su ojo pálido dirigido sobre el joven bajo el arabesco de los pliegues de su frente y de sus sienes de ídolo— le tendió su mano ancha y pecosa.
«Una mano de capitán —pensó Hans Castorp—, si se omiten las uñas puntiagudas.»
Por primera vez sufría el efecto inmediato de la vigorosa personalidad de Peeperkorn. «Personalidad», se pensaba siempre en esta palabra ante su presencia; se comprendía repentinamente lo que era una personalidad, cuando se le veía, y uno quedaba convencido de que una personalidad no podía tener un aspecto diferente. Y aquel sexagenario, ancho de espaldas, con la cara roja y los mechones blancos, con aquella boca dolorosa y desgarrada y aquella barba que pendía larga y estrecha sobre el chaleco cerrado de eclesiástico, aplastaba bajo su peso al frágil joven. Por otra parle, Peeperkorn era la amabilidad misma.
—Señor —dijo—. Absolutamente. No, permítame…, ¡absolutamente! Le conozco a usted esta noche, conozco a un joven que inspira confianza, lo hago con toda conciencia, señor, me hallo absolutamente al corriente. Me es usted simpático. Yo…, ¡haga el favor! ¡Archivado!
No había nada que objetar. Sus gestos eran perentorios. Hans Castorp le era simpático. Y Peeperkorn sacó de eso la conclusión que manifestó por medio de alusiones y que la boca de su compañera de viaje precisó caritativamente.
—Hijo mío —añadió—, todo va bien. ¿Pero qué cree usted? Le ruego que no interprete las cosas torcidamente. La vida es corta y nuestra capacidad de responder a sus exigencias… De esta manera… Se trata de hechos, hijo mío. Leyes. Cosas intangibles. En una palabra, hijo mío, la cosa es perfecta.
Hizo durar su gesto expresivo, que invitaba a tomar una decisión, declinando toda responsabilidad para el caso en que, a pesar de su proposición, se cometiese una falta grave.
Madame Chauchat era, al parecer, práctica en adivinar sus deseos. Dijo:
—¿Por qué no? Podemos permanecer todavía juntos un poco, jugar a algo y beber una botella de vino. ¿Qué espera usted? —Y volviéndose hacia Hans Castorp—. ¡Muévase! No nos vamos a quedar aquí los tres. Es preciso que busquemos compañía. ¿Quién hay todavía en el salón? ¡Invite a los que encuentre! Busque algunos amigos. Invitaremos al doctor Ting Fu a nuestra mesa.
Peeperkorn se frotó las manos.
—¡Absolutamente! —dijo—. ¡Excelente, perfecto! ¡Dése prisa, joven! ¡Obedezca! Formaremos un círculo. Jugaremos, comeremos, beberemos. Sentiremos que nosotros… ¡Absolutamente, joven! ¡Perfecto…, muévase!
Hans Castorp se metió en el ascensor y subió hasta el segundo piso. Llamó a la puerta de A. C. Ferge, el cual, por su parte, fue a buscar a Fernando Wehsal y al señor Albin, a la chaise-longue, en la sala de reposo de abajo. Encontraron también en el vestíbulo al procurador Paravant y a los esposos Magnus, y en el salón, a la señora Stoehr y a Herminia Kleefeld.
Se dispuso una amplia mesa de juego bajo la lámpara central y a su alrededor sillas y veladores.
Mynheer saludaba a cada uno de los invitados que se presentaban con una mirada pálida y cortés, bajo el arabesco de su frente atenta y arrugada.
Se sentaron doce a la mesa —Hans Castorp entre el anfitrión majestuoso y Clawdia Chauchat—, se buscaron cartas y dados (pues se habían puesto de acuerdo para hacer una partida de «vingt-et-un») y, con su procedimiento imponente, Peeperkorn encargó a la enana, a la que había llamado, vino generoso, un Chablis de 1906, tres botellas para empezar, y algunos dulces, todos lo que pudiese encontrar en materia de frutas secas y frutas confitadas.
La manera como se frotó las manos al recibir las cosas sabrosas que se le servían, demostraba su viva satisfacción, y por la incoherencia imponente de sus frases, intentaba expresar sus sensaciones, cosa que consiguió perfectamente, pues todos experimentaban el ascendiente de su personalidad. Ponía sus dos manos sobre los antebrazos de sus vecinas, elevaba su índice puntiagudo y reclamaba y obtenía, con un éxito completo, la atención de todos hacia el esplendido color dorado del vino en las copas, hacia el azúcar que rezumaban las pasas de Málaga, hacia una especie de pequeñas aceitunas saladas, que calificó de divinas, saliendo al paso a toda contradicción que hubiese podido formularse contra aquella palabra enérgica.
Fue el primero en encargarse de la banca, pero pronto se la cedió al señor Albin, porque aquella preocupación perjudicaba el placer que sentía de poderse expansionar libremente.
La suerte, visiblemente, le importaba muy poco. Se jugaba por nada, según su opinión. A propuesta suya se había fijado la apuesta máxima a cincuenta céntimos, pero esto era mucho para la mayoría de los jugadores.
El procurador Paravant, lo mismo que la señora Stoehr, se ruborizaban y palidecían a cada momento, y ésta, sobre todo se hallaba presa de terribles luchas interiores cuando se planteaba la cuestión de saber si con dieciocho debía todavía pedir. Lanzaba gritos agudos cuando Albin, con su tranquilidad habitual, le enviaba una carta que, de pronto, hacía que se derrumbasen todos sus cálculos audaces, y Peeperkorn reía cordialmente.
—¡Grite, grite, señora! —decía—. Es un sonido agudo, lleno de vida, y que viene del fondo de… Beba, deleite de nuevo su corazón.
Y le vertía vino, y servía también a sus vecinos y a sí mismo. Encargó otras tres botellas y bebió a la salud de Wehsal y de la calamitosa señora Magnus, porque uno y otro parecían tener una necesidad particular de ser confortados. Rápidamente el vino, que era, en efecto, maravilloso, coloreó los rostros, a excepción del doctor Ting Fu, que permanecía invariablemente amarillo, con sus pupilas de rata de un negro de jaspe, y que, con una suerte insolente, hacía apuestas elevadas.
Los demás no querían permanecer en segundo lugar. El procurador Paravant, con la mirada turbia, provocó al destino apostando diez francos a una carta de apertura que no prometía mucho, pujó palideciendo y ganó el doble de su apuesta, porque el señor Albin, fiándose en que tenía un as, había hecho doblar todas las posturas.
Eran emociones que no se limitaban a la persona del que se las procuraba. Todo el círculo tomaba parte en ellas, e incluso Albin, que rivalizaba por su fría circunspección con los croupiers del casino de Montecarlo, que pretendía haber frecuentado mucho, no podía dominar más que con gran trabajo su fiebre. Hans Castorp también jugaba fuerte, lo mismo que la Kleefeld y madame Chauchat.
Se pasó a las «vueltas», se jugó al «ferrocarril» y a la peligrosa «diferencia». Muestras de alegría y expresiones de desesperación, arrebatos de cólera y crisis de risas histéricas eran provocados por la excitación que la suerte caprichosa ejercía sobre los nervios, y todas esas manifestaciones eran auténticas, serias; no hubieran sido diferentes si se hubiese tratado de un acontecimiento de la vida real.
Sin embargo, no era solamente el juego, no era precisamente el juego lo que determinaba en todos ellos aquella tensión del alma, aquel ardor de los rostros, aquella dilatación de los ojos brillantes o lo que hubiese podido llamarse el esfuerzo que realizaba aquella pequeña sociedad, su estado de tensión dolorosa, de concentración extrema; era también la influencia del jefe que se encontraba entre los asistentes, la «personalidad» que se hallaba entre ellos, Mynheer Peeperkorn, que mantenía la dirección con los magníficos gestos de sus manos y que hacía sentir a todos la fascinación del momento por medio del espectáculo de su gran fisonomía, por su mirada pálida bajo los pliegues monumentales de su frente, por su palabra y la expresión de su mímica.
¿Qué decía? No eran más que cosas muy confusas y que se hacían cada vez más indistintas a medida que iba bebiendo. Pero todos estaban suspensos de sus labios, miraban fijamente, sonreían con las cejas enarcadas, pendientes del círculo que formaban su pulgar y su índice y por encima del cual los otros dedos apuntaban como lanzas, mientras que un trabajo expresivo se iba realizando en su rostro de príncipe, y sin resistir se sometían a una servidumbre sentimental que rebasaba, con mucho, la medida de la pasión de que esas gentes se hubiesen creído ordinariamente capaces. Esa servidumbre era superior a la fuerza de algunos. Al menos, la señora Magnus se sintió indispuesta. Estuvo a punto de desmayarse, pero se negó obstinadamente a marchar a su habitación y se contentó con tenderse sobre la chaise-longue, con una servilleta mojada sobre la frente; pero pronto volvió a unirse al círculo, después de haber descansado un poco.
... "
Así pasaba el tiempo. Fueron semanas, al menos tres o cuatro semanas, si lo contamos, pues no podemos en modo alguno fiarnos de la opinión y del sentido que Hans Castorp tenía del tiempo. Resbalaban sin aportar nuevos cambios y fomentaban en nuestro héroe una cólera que se hacía habitual, contra ciertos acontecimientos imprevistos que le habían impuesto una reserva meritoria; contra el hecho de que se nombrase a sí mismo Pieter Peeperkorn cuando absorbía un dedo de aguardiente; contra la existencia entorpecedora de aquel hombre pintoresco, imponente e indistinto, entorpecedor de una manera mucho más agresiva que las maneras de Settembrini. Arrugas de descontento y de irritación se dibujaban verticalmente entre las cejas de Hans Castorp, y por debajo de esos pliegues contemplaba cinco veces por día a la bella dama, a pesar de todo, feliz de poder contemplarla, y lleno de desprecio hacia la presencia de alguien que no sospechaba lo equívoco que era el pasado de su compañera.
Pero una noche, como ocurre muchas veces sin ninguna causa que lo explique, la reunión en el vestíbulo y los salones adquirió un aspecto más animado que de ordinario. Se había hecho música —melodías cíngaras ejecutadas con brío por un estudiante húngaro—, después de lo cual el consejero Behrens, que había aparecido con el doctor Krokovski, había obligado a uno de los pensionistas a tocar, en el piano, el «Coro de peregrinos» de Tannhäuser mientras él mismo pasaba sobre los registros agudos del piano un cepillo, parodiando así el violín. Aquello hizo reír. En medio de los aplausos, encogiéndose de hombros con benevolencia, como sorprendido de su propia alegría, el consejero abandonó el salón. Pero la reunión se prolongó, se continuó haciendo música sin que exigiese ésta una atención demasiado concentrada, se formaron partidas de dominó, y de bridge, y se encargaron bebidas. Unos se divertían con la ayuda de los juguetes ópticos y otros bromeaban. Los habituales de la mesa de los rusos distinguidos se habían mezclado con los grupos del hall y del salón de música. Se vio a Mynheer Peeperkorn aparecer en distintos lugares y no se podía dejar de verle, pues su cabeza majestuosa dominaba a los que le rodeaban, triunfaba por su fuerza real e imponente, y los que se habían visto atraídos por su reputación de riquezas, ahora se sentían atraídos únicamente por su personalidad. Se hallaba allí sonriendo, aprobaban con la cabeza, le animaban, fascinados, por la mirada pálida bajo los formidables pliegues de la frente, mantenidos en suspenso por la insistencia de los gestos refinados de sus uñas oblongas, y sin experimentar decepción alguna por lo ininteligible, lo incoherente y lo gratuito de sus palabras.
Si en esta circunstancia nos ponemos en busca de Hans Castorp, le encontraremos en el salón de lectura y de correspondencia donde, en otro tiempo (ese otro tiempo es vago: el narrador, el lector y el héroe no ven muy claro respecto al grado de la lejanía), le fueran hechas confidencias importantes sobre la organización del progreso de la humanidad. En aquel lugar se estaba más tranquilo. Solamente estaban allí algunas personas. Un enfermo que escribía en uno de los escritorios dobles, bajo la lámpara eléctrica, y una dama, que llevaba unas antiparras sobre la nariz, ojeaba, cerca de la biblioteca, un volumen ilustrado. Hans Castorp se hallaba sentado en la proximidad del salón, volviendo la espalda a la puerta, con un diario en la mano; estaba sentado en una silla renacimiento recubierta de peluche, con un respaldo alto y derecho, sin brazos. El joven mantenía su periódico como se tiene para leer, pero no lo leía, pues con la cabeza baja escuchaba la música que llegaba hasta allí a través del rumor de las conversaciones, mientras sus párpados sombríos demostraban que aquello también lo hacía distraídamente y que sus pensamientos seguían caminos menos musicales. Seguían los caminos espinosos de la decepción que le habían causado los acontecimientos que se burlaban de un joven paciente, al final de una larga espera, caminos llenos de amargas revueltas. Algunas veces estaba a punto de tirar el diario sobre aquella silla incómoda que se encontraba allí por casualidad, abandonar aquella reunión y sumirse en la soledad glacial de su balcón, una soledad de dos: él y María Mancini.
—¿Y su primo, señor? —preguntó detrás de él, por encima de su cabeza, una voz.
Era una voz acariciadora para sus oídos, que estaban predestinados a encontrar infinitamente agradable aquel timbre velado y un poco ronco. Era la idea misma del placer, llevada hasta su límite extremo, era la voz que había dicho, hacía mucho tiempo: «Con mucho gusto, pero no lo rompas»; era una voz irresistible, una voz fatal, y, si no se equivocaba, había preguntado por el infortunado Joachim.
Dejó caer lentamente el periódico y elevó un poco el rostro de manera que su cabeza quedó apoyada sobre la vértebra cervical, apretada contra el respaldo recto. Cerró un poco los ojos, pero los abrió enseguida para elevarlos oblicuamente hacia lo alto, en la dirección que le era permitido a causa de la posición de su cabeza, no importa dónde, hacia el vacío. ¡Bravo, muchacho! Se hubiera dicho que su expresión era casi la de un vidente o la de un sonámbulo. Deseó que se le hiciese de nuevo la pregunta, pero no fue así. No estaba seguro todavía de que ella se hallase de pie tras él; después de esperar algún tiempo, con una mirada extraña y a media voz respondió:
—Ha muerto. Fue a incorporarse a su regimiento en la llanura y murió.
El mismo notó que la primera palabra pronunciada entre ellos y que estaba llena de un acento extraño, era la palabra «muerte». Notó, al mismo tiempo, que a causa de no estar familiarizada con su lengua, ella elegía expresiones demasiado ligeras para expresar su pésame, cuando dijo detrás de él:
—¡Ay! ¡Qué lástima! ¿Completamente muerto y enterrado? ¿Desde cuándo?
—Desde hace ya algún tiempo. Su madre se lo llevó. En su barbilla había crecido una barba de guerrero. Se dispararon tres salvas de honor sobre su tumba.
—Se las había merecido. Fue siempre un valiente. Era más valiente que muchos.
—Sí, era valiente. Rhadamante hablaba siempre de su exceso de celo. Pero su cuerpo no quería saber nada. Rebelio carnis, dicen los jesuitas. Siempre se había preocupado mucho por las cosas del cuerpo. Pero había dejado que penetrase en él el deshonor y se burló de su exceso de celo. Es, por otra parte, más moral perderse uno mismo que preservarse.
—Veo que continuamos siendo un filósofo que no sirve para nada. ¿Quién es Rhadamante?
—Behrens. Settembrini le llama así.
—¿Ese italiano que…? No me era simpático. No era bastante humano. —Su voz pronunciaba la palabra «humano» con un acento lánguido, despreocupado y con una especie de pereza soñadora—. ¿No está aquí? ¡Soy tonta! No sé lo que es Rhadamante.
—Algo humanista. Settembrini ya no vive aquí. Hemos filosofado largamente esos últimos tiempos, él, Naphta y yo.
—¿Quién es Naphta?
—Su antagonista.
—Si es su antagonista me gustaría conocerlo. ¿Pero no le había dicho yo que su primo moriría si intentaba ser soldado en la llanura?
—Sí, tú lo sabías.
—¿Qué es lo que dice?
Silencio prolongado. No rectificó nada. Esperó, con la vértebra apoyada contra el respaldo recto, con una mirada de vidente, que la voz se dejase oír de nuevo si se hallaba todavía detrás de él, temiendo que la música confusa que llegaba de la habitación contigua hubiese apagado el ruido de sus pasos. Al fin oyó de nuevo:
—¿Y el señor no ha ido siquiera al entierro de su primo?
Él contestó:
—No. Le dije adiós aquí, antes de que tapasen el ataúd, porque comenzaba a sonreír. No puedes imaginarte lo fría que estaba su frente.
—¿Todavía? ¿Qué manera es ésa de hablar a una mujer a la que apenas conoce?
—¿Debo hablar como humanista o como ser humano? —A pesar suyo, pronunció a su vez esa palabra de una manera arrastrada y soñolienta, como uno que se estira y bosteza.
—Quelle blague! ¿Ha permanecido usted aquí todo ese tiempo?
—Sí, he esperado.
—¿A quién?
—A ti.
Por encima de su cabeza sonó una risa, al mismo tiempo que la palabra «loco».
—¡A mí! No habrán dejado que te marchases.
—Sí, Behrens me habría dejado marchar, un día, en un acceso de cólera, pero no hubiese sido más que una partida en falso, pues, además de las viejas cicatrices de otro tiempo, de mi tiempo de colegial, ¿sabes?, hay una mancha fresca que Behrens ha descubierto y que me produce fiebre.
—¿Todavía fiebre?
—Sí, todavía. Casi siempre. Por intermitencias. Pero no es fiebre intermitente.
—¿Alusiones?
El permaneció silencioso, frunció las cejas con un aire sombrío por encima de su mirada de vidente y, al cabo de un momento, preguntó:
—Y tú, ¿dónde has estado?
Una mano dio un golpe sobre el respaldo de la silla.
—Mais c’est un sauvage! ¿Dónde he estado? En todas partes. En Moscú —la voz dijo «Moscú» con un acento lánguido análogo al que había empleado al pronunciar la palabra «humano»—, en Bakú, y asimismo en las estaciones termales alemanas, en España…
—¡Oh, en España! ¿Qué tal es España?
—Mira…, se viaja mal. Las gentes son medio negras. Castilla es muy seca y dura. El Kremlin es más bello que ese castillo o convento allá abajo al pie de la montaña…
—¿El Escorial?
—Sí, el castillo de Felipe. Un castillo. Me ha gustado mucho más el baile popular de Cataluña, la sardana, acompañada de la tenora. Yo también bailé. Todos se dan la mano y se baila en círculo, en la plaza llena de gente. Es encantador, es humano. Me compré un pequeño bonete azul, como todos los hombres y muchachos del pueblo lo llevan; casi es un fez. Llevo la boina en mi cura de reposo y en otras ocasiones. El señor juzgará si me está bien.
—¿Qué señor?
—El que está sentado aquí, en esta silla.
—Creía que era Mynheer Peeperkorn.
—Ya lo ha juzgado. Dice que estoy encantadora.
—¿Ha dicho eso? ¿Ha acabado diciendo eso? ¿Ha terminado la frase de manera que se ha podido comprender?
—¡Ah, parece que estamos de mal humor! Queremos ser malos, mordientes, desearíamos burlarnos de gentes que son más grandes, mejores y más humanas que nosotros mismos, comprendiendo nuestro… ami bavard de la Mediterranée, nuestro maître grand parleur… Pero yo no permitiré que a mis amigos…
—¿Tienes todavía mi retrato interior? —interrumpió él con acento melancólico.
Ella rió.
—Tendré que buscarlo.
—Yo llevo el tuyo siempre conmigo. Tengo un pequeño caballete sobre mi cómoda, donde, por la noche…
No tuvo tiempo de acabar su frase. Peeperkorn se hallaba de pie delante de él. El holandés buscaba a su compañera de viaje, había entrado y se encontraba delante de la silla. Estaba allí como una torre, tan cerca de los pies de Hans Castorp que éste comprendió que, a pesar de su sonambulismo, se trataba ahora de ponerse en pie y de ser educado. Le costó trabajo levantarse de su silla entre los dos, pero tuvo que hacerlo dando un paso de lado, de manera que los tres personajes quedaron formando un triángulo con la silla colocada en el centro.
Madame Chauchat cumplió con las reglas del Occidente civilizado haciendo la presentación de ambos. Un amigo de antaño, dijo al hablar de Hans Castorp, un amigo del tiempo anterior. La existencia de Peeperkorn no sugería ningún comentario. Le nombró y el holandés —con su ojo pálido dirigido sobre el joven bajo el arabesco de los pliegues de su frente y de sus sienes de ídolo— le tendió su mano ancha y pecosa.
«Una mano de capitán —pensó Hans Castorp—, si se omiten las uñas puntiagudas.»
Por primera vez sufría el efecto inmediato de la vigorosa personalidad de Peeperkorn. «Personalidad», se pensaba siempre en esta palabra ante su presencia; se comprendía repentinamente lo que era una personalidad, cuando se le veía, y uno quedaba convencido de que una personalidad no podía tener un aspecto diferente. Y aquel sexagenario, ancho de espaldas, con la cara roja y los mechones blancos, con aquella boca dolorosa y desgarrada y aquella barba que pendía larga y estrecha sobre el chaleco cerrado de eclesiástico, aplastaba bajo su peso al frágil joven. Por otra parle, Peeperkorn era la amabilidad misma.
—Señor —dijo—. Absolutamente. No, permítame…, ¡absolutamente! Le conozco a usted esta noche, conozco a un joven que inspira confianza, lo hago con toda conciencia, señor, me hallo absolutamente al corriente. Me es usted simpático. Yo…, ¡haga el favor! ¡Archivado!
No había nada que objetar. Sus gestos eran perentorios. Hans Castorp le era simpático. Y Peeperkorn sacó de eso la conclusión que manifestó por medio de alusiones y que la boca de su compañera de viaje precisó caritativamente.
—Hijo mío —añadió—, todo va bien. ¿Pero qué cree usted? Le ruego que no interprete las cosas torcidamente. La vida es corta y nuestra capacidad de responder a sus exigencias… De esta manera… Se trata de hechos, hijo mío. Leyes. Cosas intangibles. En una palabra, hijo mío, la cosa es perfecta.
Hizo durar su gesto expresivo, que invitaba a tomar una decisión, declinando toda responsabilidad para el caso en que, a pesar de su proposición, se cometiese una falta grave.
Madame Chauchat era, al parecer, práctica en adivinar sus deseos. Dijo:
—¿Por qué no? Podemos permanecer todavía juntos un poco, jugar a algo y beber una botella de vino. ¿Qué espera usted? —Y volviéndose hacia Hans Castorp—. ¡Muévase! No nos vamos a quedar aquí los tres. Es preciso que busquemos compañía. ¿Quién hay todavía en el salón? ¡Invite a los que encuentre! Busque algunos amigos. Invitaremos al doctor Ting Fu a nuestra mesa.
Peeperkorn se frotó las manos.
—¡Absolutamente! —dijo—. ¡Excelente, perfecto! ¡Dése prisa, joven! ¡Obedezca! Formaremos un círculo. Jugaremos, comeremos, beberemos. Sentiremos que nosotros… ¡Absolutamente, joven! ¡Perfecto…, muévase!
Hans Castorp se metió en el ascensor y subió hasta el segundo piso. Llamó a la puerta de A. C. Ferge, el cual, por su parte, fue a buscar a Fernando Wehsal y al señor Albin, a la chaise-longue, en la sala de reposo de abajo. Encontraron también en el vestíbulo al procurador Paravant y a los esposos Magnus, y en el salón, a la señora Stoehr y a Herminia Kleefeld.
Se dispuso una amplia mesa de juego bajo la lámpara central y a su alrededor sillas y veladores.
Mynheer saludaba a cada uno de los invitados que se presentaban con una mirada pálida y cortés, bajo el arabesco de su frente atenta y arrugada.
Se sentaron doce a la mesa —Hans Castorp entre el anfitrión majestuoso y Clawdia Chauchat—, se buscaron cartas y dados (pues se habían puesto de acuerdo para hacer una partida de «vingt-et-un») y, con su procedimiento imponente, Peeperkorn encargó a la enana, a la que había llamado, vino generoso, un Chablis de 1906, tres botellas para empezar, y algunos dulces, todos lo que pudiese encontrar en materia de frutas secas y frutas confitadas.
La manera como se frotó las manos al recibir las cosas sabrosas que se le servían, demostraba su viva satisfacción, y por la incoherencia imponente de sus frases, intentaba expresar sus sensaciones, cosa que consiguió perfectamente, pues todos experimentaban el ascendiente de su personalidad. Ponía sus dos manos sobre los antebrazos de sus vecinas, elevaba su índice puntiagudo y reclamaba y obtenía, con un éxito completo, la atención de todos hacia el esplendido color dorado del vino en las copas, hacia el azúcar que rezumaban las pasas de Málaga, hacia una especie de pequeñas aceitunas saladas, que calificó de divinas, saliendo al paso a toda contradicción que hubiese podido formularse contra aquella palabra enérgica.
Fue el primero en encargarse de la banca, pero pronto se la cedió al señor Albin, porque aquella preocupación perjudicaba el placer que sentía de poderse expansionar libremente.
La suerte, visiblemente, le importaba muy poco. Se jugaba por nada, según su opinión. A propuesta suya se había fijado la apuesta máxima a cincuenta céntimos, pero esto era mucho para la mayoría de los jugadores.
El procurador Paravant, lo mismo que la señora Stoehr, se ruborizaban y palidecían a cada momento, y ésta, sobre todo se hallaba presa de terribles luchas interiores cuando se planteaba la cuestión de saber si con dieciocho debía todavía pedir. Lanzaba gritos agudos cuando Albin, con su tranquilidad habitual, le enviaba una carta que, de pronto, hacía que se derrumbasen todos sus cálculos audaces, y Peeperkorn reía cordialmente.
—¡Grite, grite, señora! —decía—. Es un sonido agudo, lleno de vida, y que viene del fondo de… Beba, deleite de nuevo su corazón.
Y le vertía vino, y servía también a sus vecinos y a sí mismo. Encargó otras tres botellas y bebió a la salud de Wehsal y de la calamitosa señora Magnus, porque uno y otro parecían tener una necesidad particular de ser confortados. Rápidamente el vino, que era, en efecto, maravilloso, coloreó los rostros, a excepción del doctor Ting Fu, que permanecía invariablemente amarillo, con sus pupilas de rata de un negro de jaspe, y que, con una suerte insolente, hacía apuestas elevadas.
Los demás no querían permanecer en segundo lugar. El procurador Paravant, con la mirada turbia, provocó al destino apostando diez francos a una carta de apertura que no prometía mucho, pujó palideciendo y ganó el doble de su apuesta, porque el señor Albin, fiándose en que tenía un as, había hecho doblar todas las posturas.
Eran emociones que no se limitaban a la persona del que se las procuraba. Todo el círculo tomaba parte en ellas, e incluso Albin, que rivalizaba por su fría circunspección con los croupiers del casino de Montecarlo, que pretendía haber frecuentado mucho, no podía dominar más que con gran trabajo su fiebre. Hans Castorp también jugaba fuerte, lo mismo que la Kleefeld y madame Chauchat.
Se pasó a las «vueltas», se jugó al «ferrocarril» y a la peligrosa «diferencia». Muestras de alegría y expresiones de desesperación, arrebatos de cólera y crisis de risas histéricas eran provocados por la excitación que la suerte caprichosa ejercía sobre los nervios, y todas esas manifestaciones eran auténticas, serias; no hubieran sido diferentes si se hubiese tratado de un acontecimiento de la vida real.
Sin embargo, no era solamente el juego, no era precisamente el juego lo que determinaba en todos ellos aquella tensión del alma, aquel ardor de los rostros, aquella dilatación de los ojos brillantes o lo que hubiese podido llamarse el esfuerzo que realizaba aquella pequeña sociedad, su estado de tensión dolorosa, de concentración extrema; era también la influencia del jefe que se encontraba entre los asistentes, la «personalidad» que se hallaba entre ellos, Mynheer Peeperkorn, que mantenía la dirección con los magníficos gestos de sus manos y que hacía sentir a todos la fascinación del momento por medio del espectáculo de su gran fisonomía, por su mirada pálida bajo los pliegues monumentales de su frente, por su palabra y la expresión de su mímica.
¿Qué decía? No eran más que cosas muy confusas y que se hacían cada vez más indistintas a medida que iba bebiendo. Pero todos estaban suspensos de sus labios, miraban fijamente, sonreían con las cejas enarcadas, pendientes del círculo que formaban su pulgar y su índice y por encima del cual los otros dedos apuntaban como lanzas, mientras que un trabajo expresivo se iba realizando en su rostro de príncipe, y sin resistir se sometían a una servidumbre sentimental que rebasaba, con mucho, la medida de la pasión de que esas gentes se hubiesen creído ordinariamente capaces. Esa servidumbre era superior a la fuerza de algunos. Al menos, la señora Magnus se sintió indispuesta. Estuvo a punto de desmayarse, pero se negó obstinadamente a marchar a su habitación y se contentó con tenderse sobre la chaise-longue, con una servilleta mojada sobre la frente; pero pronto volvió a unirse al círculo, después de haber descansado un poco.
... "