El Orden Inestable de las Cosas - Capítulo 14: "RECUERDOS" (Final)
Escuché sus pasos apresurados moverse por los pasillos, dentro de la casa, y encima de la grava, rodeando la enorme casa para llegar hacia mí. Recuerdo que no le llevó ni un minuto hacerlo, porque cuando volteé para agarrar mis cosas, ahí lo encontré. Estaba parado a una prudente distancia de mi presencia, con la cara pálida como si acabara de ver un fantasma. Pensé que iba a correr a abrazarme, torpe y desesperado como un perro, y que yo iba a hacer lo mismo, pero en cuanto lo encontré allí, tan producto de mis sueños más remotos y de mi imaginación descabellada, tuve que tomarme un momento para confirmar que todo eso que me estaba sucediendo era, e iba a ser, veredicto. Y creo que él tuvo que asegurarse de lo mismo.
No me dijo nada, no porque no hubiera querido, sino porque, tal y como yo pensaba, no había palabras que pudieran explicarlo. Caminó con prisa la breve distancia que nos separaba y me rodeó todo el cuerpo con los brazos con cautela, como si pudiera romperme. Yo rodeé también el suyo. Abracé cada porción de su musculosa blanca y sus omóplatos sudados, suaves y desnudos mientras con su respiración caliente me perforaba el cuello. Y permanecimos así por quién sabe cuánto. Podría haber permanecido así hasta el día siguiente. Hubiera detenido el tiempo en ese momento, y para siempre.
—Es importante lo que estás haciendo —Le dije en algún momento de esa misma tarde, cuando el día ya casi se moría. Estábamos en el ombú, él en la hamaca y yo sentado en el pasto. Habíamos estado en silencio por un rato largo. Hacía un rato había conocido a su papá, un tipo cincuentón y bastante simpático que no necesitó demasiadas explicaciones para alegrarse por mi inesperada visita. En menos de una hora también había conocido a las dos mucamas, al jardinero, al encargado de limpiar la pileta y a todos sus perros.
—¿Ah, sí? —Inquirió.
—Lo que vas a hacer por tu papá. Lo amás, lo sé. Pero no deja de ser un sacrificio. Y eso habla bien de vos.
—¿Un sacrificio?
—Sí.
—Creo que esa palabra es extrema. No le diría así.
—No lo digo como algo malo. Vos me entendés. Ojalá hubiera tenido alguien por quien sacrificarme —fruncí los hombros. No lo estaba viendo, pero supe que él me miró.
—No me importa quedar bien o mal, o lo que fuera. Es lo mínimo que puedo hacer —suspiró, intentando cambiarle el rumbo a la conversación—. Ojalá pudiera hacer más.
—Creo que hacés todo lo que podés.
—Es un desastre esto. —Se rio y frunció los hombros, pero tenía los ojos cristalizados—. Pero tengo que hacerlo. Y sí, a mí me pone feliz saber que, en realidad, puedo hacerlo. Por él. —No quería pronunciar esa palabra. “Irme”. Y yo tampoco quería oírla. Su mirada clavada en el horizonte y su voz baja, pausada—. Y me pone feliz saber que puedo volver. Aunque nada sea igual. Aunque-Ahora me destroza. —Risa nerviosa—. Quizás ya no exista este lugar porque van a venderlo. No sé. Quizás ya no existas vos ni los demás. Pero estar acá, y respirar este aire, o el aire de la ciudad-Eso me va a devolver todo, Elías. Y entonces pienso… No necesito nada más, ¿no? Yo creo que-Si los recuerdos no fueran importantes no se hubiera inventado una palabra para ellos, ¿sabés? Estos días estuve pensando en eso.
—Los recuerdos… —Repetí, saboreando la palabra en la boca.
—Nos dominan —concluyó. Y me miró—. Para siempre.
Aún a la tardecita, las cigarras continuaban estridulando encima nuestro, en la altitud de los árboles, y los perros perseguían teros en la lejanía. Estaba descalzo, y el césped corto y quemado se sentía fenomenal debajo de las plantas de mis pies. Joaquín se balanceaba, tarareando una canción improvisada. La soga de la hamaca chirriaba. Su padre leía una revista de arqueología, allá a lo lejos, mientras pelaba una naranja. Él divisó que yo lo miraba, y luego de devolverme la vista, me preguntó: —¿Vamos a la bodega?
Asentí, sin dudarlo. Agarramos unas bicicletas duras y destartaladas y hacia allá nos dirigimos, yo persiguiéndolo por detrás, por unos caminos de grava finitos en los que cualquiera hubiera podido perder el equilibrio y caer, en silencio mientras el sol detrás de nosotros se metía por completo en el horizonte.
La bodega estaba situada a unos dos kilómetros de la casa, aún más entrada en el campo. Apenas entramos nos invadió el frío húmedo, el olor a guardado y a madera de los barriles y el aroma dulzón y concentrado de las frutas dentro de ellos. Los barriles eran enormes, tres o cuatro veces nuestro tamaño, pero en un sitio donde hace años de seguro cupieron cientos no había más que un par de ellos esparcidos por el recinto enorme y silencioso. Caminamos por un rato sin decir mucho. Nuestros pasos, lentos, retumbaban en forma de ecos interminables en la altura del enorme galpón, que estaba prácticamente vacío. Joaquín, para romper el silencio, me explicó algo acerca del vino que estaba fermentando en aquel momento, que algo había estado leyendo sobre eso para ayudar a su padre, o para al menos fingir que lo hacía. No quería que se echara a perder todo eso. Aunque, como ya me había dicho, no era algo que le divirtiera demasiado.
—En realidad, esto es lo que me divierte… —me dijo, riendo.
Me agarró de la mano y me condujo por unas breves escaleras que se dirigían hacia abajo, a un sótano el cual habían convertido en una cava que, aunque diminuta, estaba completísima. Creo que ni en las licorerías más grandes había visto tanto vino junto. Cada uno de ellos estaba ubicado prolijamente en su respectivo espacio y pertenecían a su viñedo. Las estanterías alcanzaban el techo y los más viejos databan desde 1963. Él aprovechó mi estupefacción para extender una manta de arpillera, vieja y polvorosa, en el suelo. Luego caminó hacia donde estaba y agarró el vino viejo que yo estaba mirando.
Al cabo de una hora terminamos ese vino y otro más. Estábamos bastante borrachos, completamente incapaces de volver a andar en las bicicletas que habían quedado tiradas en la oscuridad del campo y desandar los caminos finitos para regresar a la casa. Entonces nos quedamos ahí, y nos besamos sobre esa manta pestilente, entre las sombras de esa cava penumbrosa y los barriles, fuera de la bodega. Fue un hecho. Y no podemos ignorar que, en aquel tiempo, yo estaba podrido hasta los huesos. Y, a pesar de todo, también estaba en deuda con él. Con la paciencia y con el amor que me tuvo y que yo no había podido devolverle, tanto por incapacidad o por egoísmo. Pero allí estaba, todo suyo en un mundo en el que había mucho que perder. Porque no había hecho menos que salvarme la vida, y entonces, tenía que vivir para él. Por primera vez me sentía feliz sin culpa y sin remordimientos. Sin preocuparme por el pasado y sin pensar en lo que me esperaba. Yo amaba. Y amaba que cuando me decía “creo que te voy a pensar para siempre” ambos supiéramos que eso significaba hasta tan solo el viernes. Amaba que decidiera amarme a pesar de mí, a pesar de que los dos supiéramos que al final todo iba a terminar.
Los recuerdos que tengo de esos tres días son difusos, como si todo lo que hicimos o dijimos solo me hubiera ocurrido en algún lejano sueño. Pero son sólidos, demoledores de mi alma ya hecha pedazos, porque a pesar de los años puedo traerlos al presente cuando necesito recordar que el corazón todavía me late. Todo ese tiempo se había tratado de conexión. La conexión no comprende los mandatos mundanos. Él no había estado buscándome, y yo mucho menos, pero debido a la extraña disposición de los acontecimientos nos encontramos y, para bien o para mal, había reparado lo que estaba roto dentro de mí sin que ninguno de los dos lo notara. Y después, varias semanas después, pude darme cuenta de todo: de eso me había estado hablando todo ese tiempo. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos arriesgarnos y entregarnos a transformar el futuro, porque aunque todo tenga un orden, ese orden es indiscreto, desprolijo e inestable. Lo complicado es lograr todo lo que debes proponerte para alcanzarlo. Y yo lo único que quería era alcanzarlo, lo quería de nuevo conmigo, en el dormitorio de al lado, forjando mis sueños más preciosos y entrañándose en mis pensamientos nocturnos. Iniciar una y otra vez, aunque eso fuera imposible. Aunque debiera seguir adelante a sabiendas.
Volver a la vida real fue terrible. Cambié mi número de celular, y me hubiera cambiado el nombre de haber tenido las agallas. Necesitaba despojarme de mí mismo porque Córdoba era un lugar fantástico, a pesar de todo la gente era genial, y realmente quería disfrutar de la grata experiencia que por fin la vida me había regalado, pero era difícil cuando caminabas por los pasillos y por la calle y por los salones arrastrando recuerdos que llevaban muchos nombres. Pasé meses en agonía, más solo que nunca, aferrado a esos días que, en cierta forma, todavía lograban resucitarme. Aún en la distancia, yo tenía la esperanza de que él también añoraba volver a encontrarme, accidentalmente, volver a tropezar conmigo, con todo lo que habíamos dejado atrás y ansiabamos revivir.
Me hubiera gustado, me encantaría poder decirles que esa conexión perduró con el tiempo, pero estaría mintiendo si diría que, al día de hoy, recordaba el sonido de su voz. Con el tiempo su nombre se convirtió en un concepto. Una memoria de ciertos días buenos entre tantos malos que solía tener, que eran ya tan lejanos como irreales, a la vez que tan movilizadores como ciertos.
Mi vida cambió por completo. Conocí personas excepcionales y otras no tanto. Muchas de ellas fueron y vinieron, y otras se quedaron. Mi carrera me permitió viajar por Europa, donde viví unos meses en Francia y otros en Escocia, para luego instalarme el Londres. Alquilé mucho tiempo un departamento compartido con otras seis personas exclusivamente para actuar en películas y en el teatro. No me fue muy bien. Nada es tan sencillo. Eventualmente tuve que volver a Argentina, donde me radiqué en Buenos Aires y me dediqué a la docencia. La vida nunca dejó de ser dura conmigo.
Hace dos meses recibí un llamado, y probablemente esa sea la razón de toda esta perorata. Era Martínez, que continuaba dando la misma materia en la Universidad Nacional de Córdoba. Hacía alrededor de diez años que no escuchaba su voz. Si bien habíamos mantenido el contacto una vez que me recibí y me fui de la ciudad, dichas charlas telefónicas y encuentros esporádicos se fueron diluyendo con el tiempo. Y, sin embargo, ahí estaba otra vez; su voz chillona del otro lado de la línea. Me dijo, muy emocionada, que quería que les contara a los estudiantes de su cátedra acerca de mi vida como estudiante, mis ambiciones en aquel entonces, mi experiencia como actor en el extranjero y finalmente mi vida como profesor y actor de cine y teatro. Necesitaba una respuesta urgente, y yo necesitaba pensarlo, por lo que dudé demasiado. No solamente porque me atacara los nervios dar charlas, sino porque la idea de volver a Córdoba, lugar que no pisaba desde mis veintes, no me entusiasmaba en absoluto.
Pero, por alguna razón, me tomé un colectivo a Córdoba. El viaje fue aterrador, me comí las uñas mientras rogaba que hubieran cambiado la infraestructura, que, al menos, hubieran pintado las paredes de otros colores para así no tener que desenterrar tanta nostalgia junta. Pero, para mi constante infortunio, nada de todo lo que se situaba encima de las instalaciones de la universidad a la que había pertenecido durante tantos años había cambiado. Ni los colores de las paredes, ni los pasillos, ni la cafetería, ni el interior de los salones. Ni siquiera Martínez, quien me esperó con los brazos abiertos en su oficina, luciendo su cabello rubio tan espléndido como lo recordaba y los mismos aros de plumas colgando de sus orejas.
Nos dirigimos al teatro y di la charla. El teatro fue el primer lugar que me golpeó. Fue el lugar donde había empezado todo. En veinte años había actuado en inmensos y prestigiosos teatros, pero ese siempre sería el primero. Donde siempre reviviría mi pelea con Patricio y Néstor, y mis ganas de volver a encontrarlos de nuevo, en algún momento, y que me perdonen. Donde siempre reviviría mi extinta amistad con Lili, y las extenuantes jornadas de ensayos, y las presentaciones y los días que ya no volverían.
Allí había mucha gente; profesores, otros actores, algunos directores y productores quienes también ofrecieron sus experiencias. Yo me sentía importante en ese estrado, hablándoles a través del micrófono como si fuera un magnate, un genio, a esos chicos impacientes. Respondiendo sus preguntas, obligadas en su mayoría. Muchos de ellos me miraban fingiendo atención pero estaba seguro que, por dentro, pensaban “me importa un carajo lo que me diga este idiota” como solía pensar cuando otros como yo iban a la universidad a dar ese tipo de discursos.
Cuando finalmente todo aquello acabó, me aplaudieron y bajé del estrado. Tomé asiento en mi lugar, todavía temblando gracias a los inevitables nervios. Luego de otro par de discursos, declararon una hora de recreo para que cada quien hiciera lo que le placiera. Algunos estudiantes se dirigieron a la cafetería, otros a la biblioteca, la mayoría de los profesores se marchó a beber café o a dictar sus próximas clases y los de mi tipo buscaron entretenimiento en el almuerzo. Yo ya había terminado con mi deber en ese lugar, entonces seguí a Martínez de nuevo a su oficina dentro de la facultad, con la necesidad de apaciguar mis nervios, hablar un rato, ponernos al día.
—Casi no te reconozco con ese traje cuando te vi llegar —sonrió mientras me servía café en un vaso descartable. Le di un sorbo. La mandíbula todavía me temblaba—. Cuánto has cambiado.
—Espero que para bien —sonreí de regreso. Ella me guiñó un ojo.
—Me parece que la vida te recompensó, después de todo. —Ella continuó, justo antes de que pudiera siquiera explicarme. Se metió debajo de su escritorio mientras seguía hablando—. Estoy tan feliz de que hayas podido venir. No solo por la charla que, dicho sea de paso, lo hiciste genial. Pero-No sé. Siento que te fuiste corriendo de acá cuando te recibiste. Fue tanto lo que quedó inconcluso. Ni siquiera te llevaste las cosas que quedaron en tu dormitorio. Al principio se las dieron a tu amiga Lili pero, cuando ella se fue, me las dio a mí. Me daba tanta lástima tirarlas que las guardé. Pensé, seguramente algún día lo vuelvo a ver, quien sabe —se reía—, y mirá, ¡acá estás!
Reapareció y, encima de su escritorio, situó una caja pequeña, del tamaño de una caja de zapatos sellada con cinta de papel, que encima tenía escrito mi nombre y mi apellido con fibrón negro indeleble.
—¿Qué es esto? —Le pregunté, tan confundido como consternado—. No recuerdo haberme olvidado de nada. Al menos no nada importante.
—No la abrí, no sé qué hay adentro, pero, ¿no te parece tierno? Una caja con recuerditos.
Se me erizaron los pelos de los brazos al oír la palabra en diminutivo.
—Le agradezco por haberla guardado por tanto tiempo —dije, finalmente—, pero no necesito nada de esto. La puede tirar.
—Te repito; no sé qué hay adentro, no la abrí. Y yo no la voy a tirar. —Le sonó el celular y, antes de contestar, salió de la oficina—. Esperame un ratito, Elías. No te vayas. Te tengo que contar algo.
Entonces nos quedamos solos en el pequeño despacho; la caja y yo, mirándonos como quien no quiere la cosa. La agarré con desconfianza. El cartón áspero y el polvillo de la tapa deslizándose debajo de mis dedos que temblaban, quizás, más que antes. Traté de tranquilizarme pensando que nada que cupiera en una caja de zapatos podría ser tan importante. Era ligera, como si estuviera prácticamente vacía, como si no contuviera nada que valiera la pena guardar por más de una década. La sacudí como a una maraca, y sonó a pesado y a sólido, a objetos grandes y pequeños, a papeles. Sonaba a basura y a misterio. A una bomba casera que rogaba que hubiera salido mal.
Un rato después de que Martínez no reapareciera, y sin pintas de que lo hiciera, volví a dejarla en su escritorio y me paré para encarar hacia la puerta con la intención de irme, pero algo me detuvo. Quizás fue la pena que me daba haber despreciado algo que Martínez había guardado por tanto tiempo y con tanto cuidado. Quizás fue su cariño y la empatía que por mi sentía. Quizás fue la necesidad de ahorrarme todas las preguntas que, de seguro, se me iban a ocurrir luego. Quizás fue la curiosidad, la intriga. O el hecho de que, en realidad, no había dejado de extrañar ni por un minuto cada porción de esa parte de mi vida, y que no me importaba que esa máquina del tiempo no me deje salir ileso de esta nueva agonía.
Agarré la caja y me fui. Caminé rápido, como huyendo de Dios sabrá quién, en dirección al Parque Brujas, que estaba mucho mejor y más prolijo que en mis recuerdos. Mientras caminaba divisé la sanguchería donde comimos con Joaquín, sentados en las mesitas de Coca con cacas de paloma. Estaba ampliada y modernizada, y solo fui capaz de reconocerla porque el cocinero que tomaba los pedidos era el mismo. Me senté en frente de ese lugar, en el pasto seco a la sombra de los árboles, cruzando la calle …….. Nadie más ahí, solo el tráfico, y el sol tibio y las hojas rozando unas con otras a causa del viento de abril. Me saqué el saco y me aflojé la corbata. Coloqué la caja en mi regazo y comencé a arrancar la cinta de papel, que estaba prácticamente fusionada debido al paso del tiempo. Luego la destapé.
Comencé a desenredar las cosas que allí dentro yacían desde hacía tanto, tan unidas la una a la otra que casi no podían definirse por una misma sino por un cúmulo de basura recuerdal olvidada. Como, por ejemplo, un atado de Parliaments a medio fumar, tan viejos como húmedos. Un cepillo de dientes casi en descomposición. Dos o tres pares de medias descartados y manchados. Una botellita de agua reciclable. Tickets, listas del súper, recibos, notitas. Billetes de dos pesos enrollados y monedas que ya estaban fuera de circulación. Una foto con Patricio y Néstor, que tan a propósito había dejado. Y una encomienda sin emisor, todavía envuelta en su embalaje prolijo e inmutable.
Contemplé la foto por un rato, y me entristecí al notar que no solo había olvidado sus voces, sino cómo lucían sus rostros. Luego, la doblé y la escondí en el bolsillo interno del saco. Volví a meter el resto de las cosas en la caja y me dirigí a un tacho de basura cercano para vaciar su interior dentro. Todo cayó con liviandad, mezclándose con el resto de los residuos, y estaba a punto de olvidarme de la misteriosa encomienda, cuando se oyó un pequeño estruendo al golpear su contenido contra el metal que componía aquel cesto.
La saqué de entre la basura. Era un sobre de papel madera que había sido envuelto con cinta adhesiva para evitar que se rompiera durante el envío. Lentamente, comencé a rascar el empaque. Hasta tuve que usar los dientes. No recordaba que alguien me mandara nada en absoluto, ni haber estado esperando alguno durante esos días. Pero en cuanto se dejó entrever una mínima porción de lo que esa cosa contenía, me tuve que sentar por otro rato. Era el martillo. Pegado en el mango había una nota, ya amarillenta debido al paso del tiempo, doblada varias veces, que en tinta negra y caligrafía desprolija decía:
“5 de Mayo de 2007: Te prometí que iba a volver”.
... "
No me dijo nada, no porque no hubiera querido, sino porque, tal y como yo pensaba, no había palabras que pudieran explicarlo. Caminó con prisa la breve distancia que nos separaba y me rodeó todo el cuerpo con los brazos con cautela, como si pudiera romperme. Yo rodeé también el suyo. Abracé cada porción de su musculosa blanca y sus omóplatos sudados, suaves y desnudos mientras con su respiración caliente me perforaba el cuello. Y permanecimos así por quién sabe cuánto. Podría haber permanecido así hasta el día siguiente. Hubiera detenido el tiempo en ese momento, y para siempre.
—Es importante lo que estás haciendo —Le dije en algún momento de esa misma tarde, cuando el día ya casi se moría. Estábamos en el ombú, él en la hamaca y yo sentado en el pasto. Habíamos estado en silencio por un rato largo. Hacía un rato había conocido a su papá, un tipo cincuentón y bastante simpático que no necesitó demasiadas explicaciones para alegrarse por mi inesperada visita. En menos de una hora también había conocido a las dos mucamas, al jardinero, al encargado de limpiar la pileta y a todos sus perros.
—¿Ah, sí? —Inquirió.
—Lo que vas a hacer por tu papá. Lo amás, lo sé. Pero no deja de ser un sacrificio. Y eso habla bien de vos.
—¿Un sacrificio?
—Sí.
—Creo que esa palabra es extrema. No le diría así.
—No lo digo como algo malo. Vos me entendés. Ojalá hubiera tenido alguien por quien sacrificarme —fruncí los hombros. No lo estaba viendo, pero supe que él me miró.
—No me importa quedar bien o mal, o lo que fuera. Es lo mínimo que puedo hacer —suspiró, intentando cambiarle el rumbo a la conversación—. Ojalá pudiera hacer más.
—Creo que hacés todo lo que podés.
—Es un desastre esto. —Se rio y frunció los hombros, pero tenía los ojos cristalizados—. Pero tengo que hacerlo. Y sí, a mí me pone feliz saber que, en realidad, puedo hacerlo. Por él. —No quería pronunciar esa palabra. “Irme”. Y yo tampoco quería oírla. Su mirada clavada en el horizonte y su voz baja, pausada—. Y me pone feliz saber que puedo volver. Aunque nada sea igual. Aunque-Ahora me destroza. —Risa nerviosa—. Quizás ya no exista este lugar porque van a venderlo. No sé. Quizás ya no existas vos ni los demás. Pero estar acá, y respirar este aire, o el aire de la ciudad-Eso me va a devolver todo, Elías. Y entonces pienso… No necesito nada más, ¿no? Yo creo que-Si los recuerdos no fueran importantes no se hubiera inventado una palabra para ellos, ¿sabés? Estos días estuve pensando en eso.
—Los recuerdos… —Repetí, saboreando la palabra en la boca.
—Nos dominan —concluyó. Y me miró—. Para siempre.
Aún a la tardecita, las cigarras continuaban estridulando encima nuestro, en la altitud de los árboles, y los perros perseguían teros en la lejanía. Estaba descalzo, y el césped corto y quemado se sentía fenomenal debajo de las plantas de mis pies. Joaquín se balanceaba, tarareando una canción improvisada. La soga de la hamaca chirriaba. Su padre leía una revista de arqueología, allá a lo lejos, mientras pelaba una naranja. Él divisó que yo lo miraba, y luego de devolverme la vista, me preguntó: —¿Vamos a la bodega?
Asentí, sin dudarlo. Agarramos unas bicicletas duras y destartaladas y hacia allá nos dirigimos, yo persiguiéndolo por detrás, por unos caminos de grava finitos en los que cualquiera hubiera podido perder el equilibrio y caer, en silencio mientras el sol detrás de nosotros se metía por completo en el horizonte.
La bodega estaba situada a unos dos kilómetros de la casa, aún más entrada en el campo. Apenas entramos nos invadió el frío húmedo, el olor a guardado y a madera de los barriles y el aroma dulzón y concentrado de las frutas dentro de ellos. Los barriles eran enormes, tres o cuatro veces nuestro tamaño, pero en un sitio donde hace años de seguro cupieron cientos no había más que un par de ellos esparcidos por el recinto enorme y silencioso. Caminamos por un rato sin decir mucho. Nuestros pasos, lentos, retumbaban en forma de ecos interminables en la altura del enorme galpón, que estaba prácticamente vacío. Joaquín, para romper el silencio, me explicó algo acerca del vino que estaba fermentando en aquel momento, que algo había estado leyendo sobre eso para ayudar a su padre, o para al menos fingir que lo hacía. No quería que se echara a perder todo eso. Aunque, como ya me había dicho, no era algo que le divirtiera demasiado.
—En realidad, esto es lo que me divierte… —me dijo, riendo.
Me agarró de la mano y me condujo por unas breves escaleras que se dirigían hacia abajo, a un sótano el cual habían convertido en una cava que, aunque diminuta, estaba completísima. Creo que ni en las licorerías más grandes había visto tanto vino junto. Cada uno de ellos estaba ubicado prolijamente en su respectivo espacio y pertenecían a su viñedo. Las estanterías alcanzaban el techo y los más viejos databan desde 1963. Él aprovechó mi estupefacción para extender una manta de arpillera, vieja y polvorosa, en el suelo. Luego caminó hacia donde estaba y agarró el vino viejo que yo estaba mirando.
Al cabo de una hora terminamos ese vino y otro más. Estábamos bastante borrachos, completamente incapaces de volver a andar en las bicicletas que habían quedado tiradas en la oscuridad del campo y desandar los caminos finitos para regresar a la casa. Entonces nos quedamos ahí, y nos besamos sobre esa manta pestilente, entre las sombras de esa cava penumbrosa y los barriles, fuera de la bodega. Fue un hecho. Y no podemos ignorar que, en aquel tiempo, yo estaba podrido hasta los huesos. Y, a pesar de todo, también estaba en deuda con él. Con la paciencia y con el amor que me tuvo y que yo no había podido devolverle, tanto por incapacidad o por egoísmo. Pero allí estaba, todo suyo en un mundo en el que había mucho que perder. Porque no había hecho menos que salvarme la vida, y entonces, tenía que vivir para él. Por primera vez me sentía feliz sin culpa y sin remordimientos. Sin preocuparme por el pasado y sin pensar en lo que me esperaba. Yo amaba. Y amaba que cuando me decía “creo que te voy a pensar para siempre” ambos supiéramos que eso significaba hasta tan solo el viernes. Amaba que decidiera amarme a pesar de mí, a pesar de que los dos supiéramos que al final todo iba a terminar.
Los recuerdos que tengo de esos tres días son difusos, como si todo lo que hicimos o dijimos solo me hubiera ocurrido en algún lejano sueño. Pero son sólidos, demoledores de mi alma ya hecha pedazos, porque a pesar de los años puedo traerlos al presente cuando necesito recordar que el corazón todavía me late. Todo ese tiempo se había tratado de conexión. La conexión no comprende los mandatos mundanos. Él no había estado buscándome, y yo mucho menos, pero debido a la extraña disposición de los acontecimientos nos encontramos y, para bien o para mal, había reparado lo que estaba roto dentro de mí sin que ninguno de los dos lo notara. Y después, varias semanas después, pude darme cuenta de todo: de eso me había estado hablando todo ese tiempo. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos arriesgarnos y entregarnos a transformar el futuro, porque aunque todo tenga un orden, ese orden es indiscreto, desprolijo e inestable. Lo complicado es lograr todo lo que debes proponerte para alcanzarlo. Y yo lo único que quería era alcanzarlo, lo quería de nuevo conmigo, en el dormitorio de al lado, forjando mis sueños más preciosos y entrañándose en mis pensamientos nocturnos. Iniciar una y otra vez, aunque eso fuera imposible. Aunque debiera seguir adelante a sabiendas.
Volver a la vida real fue terrible. Cambié mi número de celular, y me hubiera cambiado el nombre de haber tenido las agallas. Necesitaba despojarme de mí mismo porque Córdoba era un lugar fantástico, a pesar de todo la gente era genial, y realmente quería disfrutar de la grata experiencia que por fin la vida me había regalado, pero era difícil cuando caminabas por los pasillos y por la calle y por los salones arrastrando recuerdos que llevaban muchos nombres. Pasé meses en agonía, más solo que nunca, aferrado a esos días que, en cierta forma, todavía lograban resucitarme. Aún en la distancia, yo tenía la esperanza de que él también añoraba volver a encontrarme, accidentalmente, volver a tropezar conmigo, con todo lo que habíamos dejado atrás y ansiabamos revivir.
Me hubiera gustado, me encantaría poder decirles que esa conexión perduró con el tiempo, pero estaría mintiendo si diría que, al día de hoy, recordaba el sonido de su voz. Con el tiempo su nombre se convirtió en un concepto. Una memoria de ciertos días buenos entre tantos malos que solía tener, que eran ya tan lejanos como irreales, a la vez que tan movilizadores como ciertos.
Mi vida cambió por completo. Conocí personas excepcionales y otras no tanto. Muchas de ellas fueron y vinieron, y otras se quedaron. Mi carrera me permitió viajar por Europa, donde viví unos meses en Francia y otros en Escocia, para luego instalarme el Londres. Alquilé mucho tiempo un departamento compartido con otras seis personas exclusivamente para actuar en películas y en el teatro. No me fue muy bien. Nada es tan sencillo. Eventualmente tuve que volver a Argentina, donde me radiqué en Buenos Aires y me dediqué a la docencia. La vida nunca dejó de ser dura conmigo.
Hace dos meses recibí un llamado, y probablemente esa sea la razón de toda esta perorata. Era Martínez, que continuaba dando la misma materia en la Universidad Nacional de Córdoba. Hacía alrededor de diez años que no escuchaba su voz. Si bien habíamos mantenido el contacto una vez que me recibí y me fui de la ciudad, dichas charlas telefónicas y encuentros esporádicos se fueron diluyendo con el tiempo. Y, sin embargo, ahí estaba otra vez; su voz chillona del otro lado de la línea. Me dijo, muy emocionada, que quería que les contara a los estudiantes de su cátedra acerca de mi vida como estudiante, mis ambiciones en aquel entonces, mi experiencia como actor en el extranjero y finalmente mi vida como profesor y actor de cine y teatro. Necesitaba una respuesta urgente, y yo necesitaba pensarlo, por lo que dudé demasiado. No solamente porque me atacara los nervios dar charlas, sino porque la idea de volver a Córdoba, lugar que no pisaba desde mis veintes, no me entusiasmaba en absoluto.
Pero, por alguna razón, me tomé un colectivo a Córdoba. El viaje fue aterrador, me comí las uñas mientras rogaba que hubieran cambiado la infraestructura, que, al menos, hubieran pintado las paredes de otros colores para así no tener que desenterrar tanta nostalgia junta. Pero, para mi constante infortunio, nada de todo lo que se situaba encima de las instalaciones de la universidad a la que había pertenecido durante tantos años había cambiado. Ni los colores de las paredes, ni los pasillos, ni la cafetería, ni el interior de los salones. Ni siquiera Martínez, quien me esperó con los brazos abiertos en su oficina, luciendo su cabello rubio tan espléndido como lo recordaba y los mismos aros de plumas colgando de sus orejas.
Nos dirigimos al teatro y di la charla. El teatro fue el primer lugar que me golpeó. Fue el lugar donde había empezado todo. En veinte años había actuado en inmensos y prestigiosos teatros, pero ese siempre sería el primero. Donde siempre reviviría mi pelea con Patricio y Néstor, y mis ganas de volver a encontrarlos de nuevo, en algún momento, y que me perdonen. Donde siempre reviviría mi extinta amistad con Lili, y las extenuantes jornadas de ensayos, y las presentaciones y los días que ya no volverían.
Allí había mucha gente; profesores, otros actores, algunos directores y productores quienes también ofrecieron sus experiencias. Yo me sentía importante en ese estrado, hablándoles a través del micrófono como si fuera un magnate, un genio, a esos chicos impacientes. Respondiendo sus preguntas, obligadas en su mayoría. Muchos de ellos me miraban fingiendo atención pero estaba seguro que, por dentro, pensaban “me importa un carajo lo que me diga este idiota” como solía pensar cuando otros como yo iban a la universidad a dar ese tipo de discursos.
Cuando finalmente todo aquello acabó, me aplaudieron y bajé del estrado. Tomé asiento en mi lugar, todavía temblando gracias a los inevitables nervios. Luego de otro par de discursos, declararon una hora de recreo para que cada quien hiciera lo que le placiera. Algunos estudiantes se dirigieron a la cafetería, otros a la biblioteca, la mayoría de los profesores se marchó a beber café o a dictar sus próximas clases y los de mi tipo buscaron entretenimiento en el almuerzo. Yo ya había terminado con mi deber en ese lugar, entonces seguí a Martínez de nuevo a su oficina dentro de la facultad, con la necesidad de apaciguar mis nervios, hablar un rato, ponernos al día.
—Casi no te reconozco con ese traje cuando te vi llegar —sonrió mientras me servía café en un vaso descartable. Le di un sorbo. La mandíbula todavía me temblaba—. Cuánto has cambiado.
—Espero que para bien —sonreí de regreso. Ella me guiñó un ojo.
—Me parece que la vida te recompensó, después de todo. —Ella continuó, justo antes de que pudiera siquiera explicarme. Se metió debajo de su escritorio mientras seguía hablando—. Estoy tan feliz de que hayas podido venir. No solo por la charla que, dicho sea de paso, lo hiciste genial. Pero-No sé. Siento que te fuiste corriendo de acá cuando te recibiste. Fue tanto lo que quedó inconcluso. Ni siquiera te llevaste las cosas que quedaron en tu dormitorio. Al principio se las dieron a tu amiga Lili pero, cuando ella se fue, me las dio a mí. Me daba tanta lástima tirarlas que las guardé. Pensé, seguramente algún día lo vuelvo a ver, quien sabe —se reía—, y mirá, ¡acá estás!
Reapareció y, encima de su escritorio, situó una caja pequeña, del tamaño de una caja de zapatos sellada con cinta de papel, que encima tenía escrito mi nombre y mi apellido con fibrón negro indeleble.
—¿Qué es esto? —Le pregunté, tan confundido como consternado—. No recuerdo haberme olvidado de nada. Al menos no nada importante.
—No la abrí, no sé qué hay adentro, pero, ¿no te parece tierno? Una caja con recuerditos.
Se me erizaron los pelos de los brazos al oír la palabra en diminutivo.
—Le agradezco por haberla guardado por tanto tiempo —dije, finalmente—, pero no necesito nada de esto. La puede tirar.
—Te repito; no sé qué hay adentro, no la abrí. Y yo no la voy a tirar. —Le sonó el celular y, antes de contestar, salió de la oficina—. Esperame un ratito, Elías. No te vayas. Te tengo que contar algo.
Entonces nos quedamos solos en el pequeño despacho; la caja y yo, mirándonos como quien no quiere la cosa. La agarré con desconfianza. El cartón áspero y el polvillo de la tapa deslizándose debajo de mis dedos que temblaban, quizás, más que antes. Traté de tranquilizarme pensando que nada que cupiera en una caja de zapatos podría ser tan importante. Era ligera, como si estuviera prácticamente vacía, como si no contuviera nada que valiera la pena guardar por más de una década. La sacudí como a una maraca, y sonó a pesado y a sólido, a objetos grandes y pequeños, a papeles. Sonaba a basura y a misterio. A una bomba casera que rogaba que hubiera salido mal.
Un rato después de que Martínez no reapareciera, y sin pintas de que lo hiciera, volví a dejarla en su escritorio y me paré para encarar hacia la puerta con la intención de irme, pero algo me detuvo. Quizás fue la pena que me daba haber despreciado algo que Martínez había guardado por tanto tiempo y con tanto cuidado. Quizás fue su cariño y la empatía que por mi sentía. Quizás fue la necesidad de ahorrarme todas las preguntas que, de seguro, se me iban a ocurrir luego. Quizás fue la curiosidad, la intriga. O el hecho de que, en realidad, no había dejado de extrañar ni por un minuto cada porción de esa parte de mi vida, y que no me importaba que esa máquina del tiempo no me deje salir ileso de esta nueva agonía.
Agarré la caja y me fui. Caminé rápido, como huyendo de Dios sabrá quién, en dirección al Parque Brujas, que estaba mucho mejor y más prolijo que en mis recuerdos. Mientras caminaba divisé la sanguchería donde comimos con Joaquín, sentados en las mesitas de Coca con cacas de paloma. Estaba ampliada y modernizada, y solo fui capaz de reconocerla porque el cocinero que tomaba los pedidos era el mismo. Me senté en frente de ese lugar, en el pasto seco a la sombra de los árboles, cruzando la calle …….. Nadie más ahí, solo el tráfico, y el sol tibio y las hojas rozando unas con otras a causa del viento de abril. Me saqué el saco y me aflojé la corbata. Coloqué la caja en mi regazo y comencé a arrancar la cinta de papel, que estaba prácticamente fusionada debido al paso del tiempo. Luego la destapé.
Comencé a desenredar las cosas que allí dentro yacían desde hacía tanto, tan unidas la una a la otra que casi no podían definirse por una misma sino por un cúmulo de basura recuerdal olvidada. Como, por ejemplo, un atado de Parliaments a medio fumar, tan viejos como húmedos. Un cepillo de dientes casi en descomposición. Dos o tres pares de medias descartados y manchados. Una botellita de agua reciclable. Tickets, listas del súper, recibos, notitas. Billetes de dos pesos enrollados y monedas que ya estaban fuera de circulación. Una foto con Patricio y Néstor, que tan a propósito había dejado. Y una encomienda sin emisor, todavía envuelta en su embalaje prolijo e inmutable.
Contemplé la foto por un rato, y me entristecí al notar que no solo había olvidado sus voces, sino cómo lucían sus rostros. Luego, la doblé y la escondí en el bolsillo interno del saco. Volví a meter el resto de las cosas en la caja y me dirigí a un tacho de basura cercano para vaciar su interior dentro. Todo cayó con liviandad, mezclándose con el resto de los residuos, y estaba a punto de olvidarme de la misteriosa encomienda, cuando se oyó un pequeño estruendo al golpear su contenido contra el metal que componía aquel cesto.
La saqué de entre la basura. Era un sobre de papel madera que había sido envuelto con cinta adhesiva para evitar que se rompiera durante el envío. Lentamente, comencé a rascar el empaque. Hasta tuve que usar los dientes. No recordaba que alguien me mandara nada en absoluto, ni haber estado esperando alguno durante esos días. Pero en cuanto se dejó entrever una mínima porción de lo que esa cosa contenía, me tuve que sentar por otro rato. Era el martillo. Pegado en el mango había una nota, ya amarillenta debido al paso del tiempo, doblada varias veces, que en tinta negra y caligrafía desprolija decía:
“5 de Mayo de 2007: Te prometí que iba a volver”.
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