LIVE
Loading live headlines…
Home Trending World Technology Entertainment Gaming Sports Music Science Lifestyle Business About Contact
c/LiteraturaESP by u/fictograma 1w ago fictograma.com

Epílogo

3 upvotes 0 comments
No encontraron a mi madre en cuarenta y ocho horas.

Ni en setenta y dos.

El caso permaneció abierto durante semanas con esa burocracia lenta y sin urgencia que tienen las desapariciones de adultos sin circunstancias claras. Sin rastro de violencia, sin movimientos en la cuenta bancaria, sin cámaras que la captaran saliendo del edificio. El agente que llevaba el caso me llamaba cada pocos días con actualizaciones que no eran actualizaciones, frases construidas para parecer información sin serlo.

Dani venía todas las noches.

No vivía conmigo, tenía su piso, sus cosas, su estudio con el equipo y los cables y el olor a café recalentado que formaba parte del lugar casi más que cualquier objeto. Pero venía. Llegaba sobre las nueve, a veces con comida, a veces sin nada, y se quedaba hasta que yo me dormía y luego se iba, o eso creía yo, porque a veces me despertaba a las tres de la mañana y oía su respiración desde el salón y no decía nada y volvía a cerrar los ojos.

No hablábamos de lo que había pasado en la casa.

No porque lo evitáramos exactamente. Era más que eso: era que hablar de ello habría requerido un lenguaje que ninguno de los dos tenía todavía. Lo que habíamos visto, lo que habíamos sentido, lo que habíamos hecho en esa habitación con la figura detrás de Dani y los dos sin apartar la vista el uno del otro, no cabía en ninguna conversación normal. Así que lo dejábamos ahí, sin nombre, como un archivo que sabes que existe pero que has decidido no reproducir.

El programa de edición lo abrí por primera vez quince días después.

Solo para comprobar. La pantalla se cargó con esa familiaridad mecánica que durante años había sido lo más neutro del mundo. Busqué la carpeta. No estaba. Revisé el historial, la papelera, cada directorio del disco, uno por uno, con la meticulosidad de quien busca algo que sabe que no va a encontrar pero que necesita confirmar de todas formas.

Nada.

Conecté los auriculares. Los puse. Silencio limpio, sin capas, sin esa segunda pista que nunca debería haber estado ahí. El tipo de silencio que tiene el sonido cuando es solo sonido.

Respiré.

Volví a trabajar.



La llamada llegó un martes por la mañana, tres semanas después de la desaparición.

Estaba editando una pista de voz para un cliente, algo completamente banal, una entrevista sobre hábitos de sueño, y el móvil vibró sobre la mesa con ese número sin nombre que llevaba semanas sin aparecer y que había empezado a creer que no volvería.

Lo miré durante tres vibraciones completas.

Lo cogí.

—¿Sí?

Silencio al otro lado. No el silencio de una línea muerta sino el de alguien que está ahí y que está eligiendo cuándo hablar.

Luego una voz.

Era la de mi madre.

No exactamente. Era una aproximación, la misma aproximación que había escuchado durante semanas en los audios, esa imitación que aprende los patrones sin terminar de capturar lo que está debajo de ellos. El timbre era correcto. La cadencia, casi. Pero había algo en la forma de construir las palabras, algo en el ritmo entre sílabas, que no era del todo humano.

—Clara —dijo.

No respondí.

—Clara, hay algo que no te dije.

La frase era perfecta. Era exactamente la frase que mi madre habría dicho. La estructura, el tono ligeramente contenido, esa forma suya de abrir una conversación difícil sin anunciar que iba a serlo. Era tan precisa que durante un segundo, solo uno, algo dentro de mí quiso creerlo.

—¿Qué? —dije.

Una pausa.

—Mateo.

Se me heló la mano alrededor del teléfono.

—¿Qué pasa con Mateo?

Otra pausa. Más larga. Y en esa pausa, debajo del silencio, escuché algo que conocía: el murmullo irregular, el roce que nunca era exactamente igual, esa frecuencia baja que no se percibe en los oídos sino en el pecho.

—Mateo nunca se cerró —dijo la voz.

Colgué.

Me quedé mirando el móvil durante un tiempo que no supe medir, con el programa de edición abierto en la pantalla detrás, con la pista de la entrevista sobre hábitos de sueño pausada en el segundo cuatro, con el silencio del estudio completamente quieto a mi alrededor.

Luego abrí el programa.

Fui al historial de recientes.

Había un archivo nuevo.

No recordaba haberlo importado. No tenía nombre. No tenía duración visible.

Y la línea de tiempo estaba llena.

Llamé a Dani.

Descolgó al segundo tono.

—Hay un archivo —dije, sin preámbulo.

Silencio al otro lado.

—¿En el programa?

—Sí.

—No lo abras.

—No voy a abrirlo.

—¿Cuánto dura?

Miré la pantalla. La línea de tiempo sin medida visible, sin el contador que debería aparecer en cualquier archivo normal. Solo la barra. Solo el inicio y el final.

—No lo sé —dije—. No tiene duración.

El silencio que siguió fue de los que se llenan solos.

—Voy para allá —dijo Dani.

Colgué.

Dejé el móvil sobre la mesa.

Miré la pantalla.

El archivo seguía ahí, sin nombre, sin duración, con esa línea de tiempo que se extendía más allá del margen visible de la pantalla, más allá de donde debería terminar cualquier cosa grabada, como si no hubiera empezado en ningún punto concreto y no fuera a terminar en ninguno.

Aparté la silla.

Me levanté.

Fui a la puerta del estudio y puse la mano en el pomo y me detuve.

Desde dentro del programa, desde la pantalla que había dejado encendida, llegó un sonido.

Muy leve.

Ese clic seco que precede al audio.

No me giré.

Salí del estudio.

Cerré la puerta.

Y mientras esperaba a Dani sentada en el salón con las manos quietas sobre las rodillas y la luz de la tarde entrando por la ventana, escuché cómo el archivo empezaba a reproducirse solo al otro lado de esa puerta cerrada, con una paciencia que no tenía prisa, con todo el tiempo del mundo, como algo que ha aprendido que lo único que necesita es esperar a que coincida el momento.

El expediente nunca se había cerrado.

Solo había aprendido a esperar.
Visit source Open discussion