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c/LiteraturaESP by u/fictograma 1w ago fictograma.com

Madrid Salvaje - I Parte: Cap. 3

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Candela se despertó con el estómago revuelto y la cabeza flotando. En la habitación aún quedaban restos de la noche anterior: su chaqueta sobre la silla, los pendientes en el suelo, una entrada arrugada de Rock-Ola en la mesilla. Todo le parecía ajeno, como si hubiera sido otra la que vivió esa noche. Pero el cuerpo la delataba: la garganta seca, las piernas pesadas y la piel todavía tibia de una fiebre que no tenía nombre.

Abrió la persiana a medias y una luz blanca, sin calor, le devolvió la realidad de diciembre.

—¡Candela! —gritó su madre desde abajo—. ¡Que llegas tarde otra vez!

Respondió con un “sí” desganado que no la convenció ni a ella misma. Se puso en pie, se lavó la cara con agua helada, se vistió con lo primero que encontró: camiseta blanca, sujetador oscuro que se marcaba bajo la tela, vaqueros desgastados y su chaqueta vaquera llena de parches deshilachados, como galones de un soldado.

Bajó las escaleras de dos en dos, tambaleándose como un muerto viviente.

Su madre la esperaba en la cocina con la taza de café a medio enfriar. No dijo nada al principio. Solo la observó mientras Candela metía dos galletas en la boca y cogía una mandarina.

—Ese no es desayuno para una universitaria —soltó al fin.

Candela masticó sin responder.

—Con tanto alcohol, tanta salida y tanto descontrol… así no vas a llegar a nada. No te engañes, hija. La vida es otra cosa. Y no te va a esperar.

Candela la miró en silencio. Se tragó las palabras junto al café tibio y se levantó.

—Ya me vas avisando cuando la vida llame al timbre —respondió.

Cogió las llaves del 127 y salió sin más.

El coche encendió a la segunda. Un rugido metálico, familiar, como si también él tuviera resaca. Mientras salía del barrio, metió la cinta que le había pasado Silvia días antes. Antonio Vega: selección casera. La portada era un folio doblado con una lista de canciones escrita a rotulador. La tercera pista empezó a sonar justo cuando tomaba la avenida:

“Aguardando…”

La voz del poeta de alma rota y mirada triste llenó el coche como una confidencia. Candela apoyó la cabeza en el reposacabezas y dejó que la letra le acariciara la mente.

“Un relato…”

Miró por la ventanilla. Madrid pasaba a su lado en tonos grises. Gente esperando el bus con los hombros encogidos. Kioscos cerrados. Un tipo barriendo con los auriculares puestos. Las aceras parecían mojadas, aunque no hubiera llovido. La ciudad olía a café, a pan del día, a desidia.

No podía sacarse a Víctor de la cabeza. Ni la forma en que la había mirado. Ni el golpe seco del bombo. Ni la toalla de Rosaura.

Apretó el volante con más fuerza.

“Quiero pasar”

La entrada al campus de la Universidad Autónoma le dio la bienvenida con su caos habitual: coches mal aparcados sobre la tierra, estudiantes cruzando entre los árboles, conversaciones sueltas sobre exámenes, huelgas, amores deshechos o teorías marxistas.

Aparcó entre un Renault 5 y un SEAT Panda cubierto de pegatinas. Desde el coche ya se escuchaban las primeras voces elevadas: un grupo de chicos discutía algo frente a la facultad de Filosofía, pancarta en mano. Carteles por todas partes: “NO a la subida de tasas”, “La universidad no es una empresa”, “Feminismo o barbarie”.

Candela salió del coche y respiró hondo. El aire sabía a algo denso: mezcla de tabaco, tierra mojada y colonia barata. En los árboles, algunos carteles ondeaban como si esperaran una revolución que no acababa de llegar. El edificio de Derecho se alzaba delante de ella, sobrio, cuadrado, con ese color beige que parecía inventado solo para oficinas públicas.

Se apoyó un momento en el coche, observando a la gente que entraba. Reconocía caras, pero no buscaba a nadie… salvo a Silvia.

No había dado señales desde la noche anterior. Y aunque no era raro, Candela sentía ese cosquilleo molesto de quien ha vivido algo intenso y necesita compartirlo.

Esperó.

Pasaron un par de chicos con carpetas forradas. Una chica con botas rojas le saludó con la mano. Un profesor con pinta de jubilado eterno mascullaba algo mientras subía los escalones. El cielo seguía blanco.

Y entonces la vio.

Silvia, caminando desde el aparcamiento como si desfilara en una pasarela invisible. Llevaba gafas de sol redondas, una camiseta negra con el cuello dado de sí y un abrigo masculino sobre los hombros como si fuera una actriz de teatro underground.

—Buenos días, Candelaria —dijo, como si no hubieran pasado más que cinco minutos desde la noche anterior.

—Te he llamado cuatro veces.

—Ya. Estaba… indispuesta.

—¿Indispuesta o indecente?

Silvia se quitó las gafas con lentitud.

—Ambas. El chico era decente. La noche, indecente. La cama, pequeña. Y la conversación, innecesaria. Pero… —hizo una pausa teatral— tenía una espalda bonita.

Candela rió, aliviada.

—¿No vas a darme más detalles?

—Claro. En la cafetería. Con cafeína y un abogado.

—¿Qué pasó después?

—Me quedé dormida encima de su pierna. Me desperté cuando se levantó a mear. Me dio un beso en la frente y me dijo que ojalá tuviera mi edad.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Le dije que ojalá tuviera mi estilo.

Silvia se encogió de hombros y echó a andar hacia la entrada de Derecho.

—Venga, que Penal no se aprueba sola. Y tengo resaca orgásmica.

Candela la siguió. Entraron entre murmullos, pasillos largos y el sonido amortiguado de puertas al cerrarse. La universidad era una aventura. Pero también otra forma de supervivencia.

Durante toda la clase de Derecho Laboral, Candela no despegó los ojos de Silvia. Era como ver una versión en negativo de la chica que la había arrastrado por Rock-Ola solo unas noches antes. La luz grisácea que se colaba por los ventanales no tenía nada que ver con la iluminación sudorosa de los garitos que solían frecuentar. Bajo aquella claridad pálida, Silvia parecía otra: una criatura translúcida, como dibujada en carboncillo. El sol delineaba con precisión casi quirúrgica las venas de su cuello y de sus mejillas, y, unido al contraste con su pelo rojizo, le daba un aire de vampiresa: hermosa, sí, pero quebradiza. De salud frágil. Como si fuera a romperse si alguien hablaba demasiado alto.

Candela frunció el ceño al notar la profundidad de sus ojeras. No eran las típicas de resaca. Aquello tenía otro color, otra textura. Y la delgadez. Cada vez más evidente. Ya no era ese cuerpo fino de quien come mal y vive deprisa. Era el cuerpo que empieza a consumir sus propias reservas. El cuerpo de alguien que se está borrando poco a poco.

Sin hacer ruido, rasgó una esquinita de papel de su cuaderno y escribió con letra nerviosa:

¿Qué coño te pasa?

Se la deslizó entre los apuntes sin que el profesor Elizalde —un anciano de voz pausada y mirada fulminante— la viera.

Silvia tardó en reaccionar. Parpadeó como si se le hubiera empañado la vista. Leyó la nota y dejó el papel donde estaba, sin tocarlo. Cuando al fin giró la cara hacia Candela, le murmuró algo apenas audible:

—Estoy bien. No te rayes.

Pero Candela no se conformó. Se inclinó un poco, lo justo para no llamar la atención.

—No estarás jugando otra vez con esa mierda, ¿no?

Silvia negó con la cabeza. Sonrió. Pero aquella sonrisa no le pertenecía. Era prestada, mecánica. Como una careta que ya no le encajaba del todo.

La clase siguió. El profesor Elizalde se perdió entre artículos, jurisprudencias y sentencias del Supremo mientras algunos alumnos trataban de sobresalir metiendo referencias políticas cada tres frases. Candela apenas escuchó nada. Su cabeza giraba en torno a Silvia, a su mirada opaca, al temblor leve en sus dedos al pasar las hojas.

Cuando la clase acabó, Elizalde se despidió con la lentitud digna de un juez jubilado y dejó, como siempre, una amenaza final:

—El parcial será dentro de dos semanas. Quien no tenga el trabajo sobre la evolución del derecho a huelga en la negociación colectiva durante la Transición, que se vaya despidiendo. Mínimo diez mil palabras. A doble espacio. Y sin excusas.

Fuera del aula, Candela arrastró a Silvia de la muñeca antes de que pudiese esconderse tras la excusa de la siguiente asignatura. Bajaron los escalones de la facultad y salieron al exterior, donde el aire era algo más amable y los bancos de hormigón se llenaban poco a poco de estudiantes comiendo bocadillos, fumando y comentando exámenes.

Silvia se dejó caer con desgana en uno de los bancos.

—No deberíamos saltarnos la clase. Hoy explicaban la segunda parte del contrato por cuenta ajena —protestó sin fuerza.

—Tía, estás hecha una mierda —dijo Candela, sentándose a su lado y mirándola sin disfrazar la preocupación.

Silvia encendió un cigarro con una destreza que parecía de otro mundo. Lo hizo con la calma ensayada de quien sabe que ese gesto es su cortina de humo.

—Si sigues tratándome como si fueras mi padre, sí que voy a acabar hecha una mierda —respondió, sin mirar a su amiga.

El humo dibujó una espiral entre ambas.

—¿Qué estás tomando? —insistió Candela.

Silvia soltó una carcajada corta.

—Nada. Lo mismo de siempre. Tabaco, café, algún trago… y algo de speed, si se tercia. No te pongas dramática.

—¿Otra vez con eso?

—No me he metido nada raro. Solo necesitaba desconectar un poco. ¿Tú sabes lo que es estar tan despierta que te duelen las ideas?

Candela la miró en silencio.

—Sí. Lo sé. Pero eso no te está manteniendo despierta. Te está devorando.

—Ay, por favor. Qué tonta estás. Te falta la túnica de predicadora y ya te puedes subir al púlpito —ironizó Silvia, dándole una calada al cigarro con cierta rabia.

Un silencio incómodo se instaló entre ellas. Alrededor, la universidad seguía viva: risas, pasos, conversaciones cruzadas. El mundo no se detenía porque alguien se estuviera cayendo por dentro.

—No quiero perderte —dijo Candela, al fin, sin mirarla.

Silvia la miró de reojo. Y por primera vez en mucho tiempo, pareció afectada de verdad.

—No me vas a perder. Solo necesito que no me salves todo el rato. A veces, solo quiero estar jodida. ¿Está tan mal?

—Está mal si acabas no regresando.

La respuesta quedó en el aire.

Y entonces, como si el universo supiera que había que romper esa tensión, una voz interrumpió la escena.

—¡Mis favoritas!

Vanesa, una chica mulata de piernas larguísimas y abrigo de cuadros escoceses, se acercó como si la tierra fuera una pasarela invisible. Tenía la piel brillante, los labios pintados en un burdeos perfecto, y el pelo recogido en una coleta alta que se balanceaba al ritmo de su paso. Todos se giraban a mirarla cuando pasaba. Vanesa lo sabía. Y lo usaba a su favor.

—Estáis muy intensas para un martes, ¿eh? ¿Drama de sobremesa o drama de dormitorio? —bromeó, dejándose caer a su lado con una naturalidad envidiable.

—Ambos —respondió Silvia, recuperando un poco de chispa—. ¿Y tú, qué? ¿Desayuno con tus fans o reunión de admiradores?

—Ambas también —rió Vanesa—. Pero me he traído a uno conmigo.

Detrás de ella apareció Gabriel, el chico de rostro sereno y mirada clara que cursaba también Derecho, aunque casi nunca participaba. Tenía algo de monje y algo de músico de iglesia: recogido, observador, con una calma que a veces resultaba inquietante.

—Hola —dijo él, con una media sonrisa—. ¿Interrumpo?

Candela tardó un segundo en responder. No sabía por qué, pero en ese momento, verlo a él le pareció un respiro.

Gabriel se acomodó junto al banco, con una de sus manos en el bolsillo del abrigo. Miró a Candela con esa expresión suave, inquisitiva, que a veces resultaba imposible de leer del todo.

—¿Qué tal el concierto de anoche? —preguntó, sin levantar la voz, pero clavando los ojos directamente en los suyos.

Candela abrió la boca, pero no tuvo tiempo de articular palabra.

—¡Se quedó prendada del batería! —interrumpió Silvia, con su sonrisa afilada ya recuperada—. No del grupo, no de las canciones… del tipo que parecía haber salido de una película de James Dean en versión oscura.

—Silvia… —murmuró Candela, bajando un poco la cabeza.

—¿Qué? —respondió, fingiendo inocencia—. ¿Miento?

Gabriel parpadeó apenas. Una sombra leve —una vibración apenas perceptible— cruzó por su mirada. Fue un destello, una torsión mínima. Pero Candela la vio. Justo antes de que él volviera a sonreír. Una sonrisa tímida, cuidadosamente tejida. La misma que usaba cuando no quería que se notara que algo lo había afectado.

Vanesa, que disfrutaba con cada chispa de tensión, se inclinó hacia ellas con los ojos encendidos.

—Venga, describidlo. Que me dejáis con la intriga. ¿Qué pinta tenía ese batería?

—Mmm… cuero negro de pies a cabeza, tupé rockabilly, sonrisa ladeada y esos brazos que te levantan en volandas y luego te dejan caer para que te hagas pedazos —dijo Silvia, teatral, haciendo el gesto con las manos de abrazar un fantasma.

Vanesa silbó.

—O sea, peligro. Me encanta. ¿Y el grupo?

Gabriel intervino con naturalidad, aunque sin mirar directamente a nadie:

—He oído hablar de ellos. Estado de Nervios, ¿no? Dicen que no dejan de ser una imitación barata de The Damned —añadió, como quien opina sobre una bebida que nunca ha probado, pero que no le interesa.

—Sí, bueno, pero a Candela lo que le interesaba no era precisamente la calidad del directo —añadió Silvia, guiñándole un ojo a su amiga—. Más bien la percusión… o los brazos del batería.

Todos rieron. Incluso Gabriel, aunque su risa fue más una exhalación que una carcajada.

Candela fingió un gesto de fastidio, pero no pudo evitar sonreír también. Su mirada, sin embargo, se detuvo en Gabriel por un segundo más. En sus ojos grises. En su forma de inclinar la cabeza. En la manera en que, incluso cuando le dolía algo, sabía disimularlo mejor que nadie.

La decisión surgió con esa facilidad mágica que solo da la juventud. No hubo votación ni argumento alguno. Vanesa simplemente lo dijo, y los demás, como si lo hubieran estado esperando, asintieron sin hacer preguntas.

—¿Y si vamos a la Sierra? —propuso—. Tengo la manta en el coche. Y cero ganas de seguir fingiendo que me importa Derecho Administrativo.

Silvia rió. Gabriel no dijo nada, pero ya sacaba las llaves de su Renault 5. Candela miró hacia el cielo grisáceo y pensó que sí, que a veces la huida inesperada era la que mejor funcionaba.

El coche arrancó con su sonido de costumbre —tos metálica, vibración sorda, como si supiera que iba a hacer un esfuerzo—. Las ventanillas empañadas comenzaron a aclararse mientras dejaban atrás el campus y se adentraban en una carretera secundaria que ascendía entre pinares, postes de luz y zonas de sombra donde la nieve ya empezaba a acumularse en los bordes.

La cinta de casete sonaba sin mucho volumen: Golpes Bajos primero, algo de Duncan Dhu después. Silvia iba en el asiento trasero, canturreando con la cabeza apoyada en el cristal empañado. Vanesa se retocaba los labios con un espejito redondo. Gabriel conducía con sus habituales manos firmes, pero ahora con los guantes puestos, los ojos grises entornados contra el reflejo del sol de invierno.

Candela sentía el cuerpo pesado por dentro, pero liviano por fuera. Como si algo en su interior aún estuviese en pausa.

—¿Alguna vez pensáis que estos momentos son los que vamos a recordar con nostalgia? —preguntó Vanesa sin despegar los ojos del retrovisor.

—Yo los pienso vivir toda mi vida, niña —respondió Candela.

Subieron hasta un claro entre árboles donde ya había nieve en las cunetas y pequeños charcos congelados. Aparcaron cerca de un saliente desde el que se veía parte del valle, cubierto de escarcha y luz pálida. El cielo era blanco, como una hoja por escribir.

Vanesa extendió su manta sobre la nieve pisada. Silvia sacó una lata de cerveza, Gabriel repartió un paquete de galletas y unas mandarinas. El aire cortaba las mejillas, y cada aliento salía en nubes.

—¿Qué coño hacemos aquí? —dijo Silvia, metiéndose las manos en los bolsillos—. Nos vamos a quedar pajaritos.

—Calla —le contestó Vanesa, dándole un golpe en la pierna—. Mira esto. ¿No vale la pena?

Silencio. Solo el crujido de sus botas al moverse, el ruido apagado de un casete sonando lejos, el murmullo de ramas agitadas por el viento.

Se sentaron los cuatro sobre la manta, cruzando los brazos, tiritando un poco, pero riéndose de eso también. No hablaban mucho. A veces solo lanzaban frases sueltas, recuerdos, anécdotas. Silvia narró cómo una vez se cayó en medio de una discoteca mientras sonaba Loquillo. Gabriel confesó que tenía un miedo absurdo a los ascensores. Vanesa recitó versos de Gil de Biedma con voz temblorosa. Candela no dijo casi nada. Solo miraba. A ellos. A la nieve. Disfrutando el momento.

—¿Y si esto ya fuera lo mejor que vamos a tener? —murmuró de pronto.

Silvia la miró.

—Pues entonces más nos vale no olvidarlo.

El sol empezó a caer rápido tras los árboles. El frío aumentó. El suelo crujía con cada paso. El casete terminó. Emprendieron la bajada envueltos en silencio y bufandas. Candela se acurrucó en el asiento trasero mientras las luces anaranjadas de las farolas se encendían a lo lejos, una a una. Dejaron a Vanesa primero, luego a Silvia, que murmuró un “mañana te llamo” sin demasiadas ganas. Gabriel se detuvo, por último, frente al portal de Candela.

—¿Estás bien? —le preguntó, sin girarse del todo.

—Sí. Solo congelada.

—Mejor eso que quemada —dijo él.

No sonrió. Pero sus ojos tenían algo cálido.

Candela bajó, cerró la puerta despacio y lo vio alejarse. El motor desapareció bajo el ruido sordo de la ciudad en transición entre la tarde y la noche.

La casa olía a lentejas. Su madre estaba en el sofá, bata encima, una manta sobre las rodillas, y el telediario puesto. Todo exactamente igual que siempre.

Candela pasó de largo. Subía las escaleras cuando una frase de la televisión la hizo detenerse.

—Última hora. La policía confirma el hallazgo del cadáver de una joven en las inmediaciones de la estación de Príncipe Pío. Todo apunta a un asesinato violento…

Se giró lentamente. Su madre ni se movía, absorta en la pantalla.

La cámara mostró una imagen congelada. Un retrato mal recortado, como sacado de un fotomatón.

Candela sintió cómo algo dentro de ella se contraía. La chica rubia. La del grito en Rock-Ola. La del maquillaje exagerado, la camiseta recortada, los pantalones brillantes. Su corazón dio un golpe seco.

—¿Qué pasa? —dijo su madre, sin apartar la vista del televisor.

Candela no respondió. No podía.

La imagen seguía ahí. Una sonrisa congelada. Un pasado que se había convertido en nota policial.

Y el miedo...

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