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c/LiteraturaESP by u/fictograma 1w ago fictograma.com

La montaña mágica - Capítulo 6 / 13

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### **…Continuación de “Como soldado y como valiente”**

Joachim mantenía la mano de la señora Ziemssen en la suya, una mano que estaba tan amarilla y mustia como su rostro, en el cual, a causa de la demacración general, las orejas —esa ligera contrariedad de sus años felices— se destacaban más sensiblemente que antes, dándole una fealdad chocante; pero, fuera de este defecto, su rostro aparecía virilmente embellecido a pesar de la marca del sufrimiento, gracias a la expresión de seriedad y de severidad, incluso de orgullo, que aparecía en él, a pesar de que sus labios, con el pequeño bigote negro, apareciesen también demasiado llenos en relación con las sombras de las mejillas hundidas. Dos surcos se habían abierto en la piel amarillenta de su frente, entre los ojos, que, aunque profundamente hundidos en las órbitas óseas, eran más bellos y más grandes que nunca, a los cuales Hans Castorp podía mirar sin sentir desazón, pues, desde que Joachim se hallaba en cama, toda turbación, toda inquietud y toda incertidumbre habían desaparecido, y únicamente aquella luz percibida en otro tiempo era visible en sus profundidades serenas y oscuras. Es cierto que aparecía también aquella «amenaza».

No sonrió al estrechar la mano de su madre, al saludarla y darle la bienvenida. No había sonreído tampoco cuando ella había entrado, y esa inmovilidad de su rostro lo decía todo.

Luisa Ziemssen era una mujer animosa. No se dejó arrastrar por el dolor a la vista de su valeroso hijo. Estoica, conteniéndose con entereza y energía —como son los de su país, según ya dijimos—, asumió el cuidar a Joachim, aguijoneada, al verle, por una combatividad maternal y animada de esa fe que, si se podía todavía salvar algo, su fuerza y su vigilancia lo conseguirían. No fue ciertamente para su propia comodidad, sino que por respeto a las conveniencias, por lo que consintió, algunos días más tarde, en que se hiciese venir una enfermera al lado del enfermo. Era la hermana Berta, en realidad Alfreda Schidknecht, que apareció con su maleta de noche a la cabecera de Joachim; pero, ni durante el día ni durante la noche, la energía celosa de la señora Ziemssen le dejaron mucho que hacer, y la hermana Berta disponía de mucho tiempo para permanecer al acecho, en el corredor, con el cordón de sus antiparras detrás de la oreja.

La enfermera protestane era un alma prosaica. Sola en la habitación, con Hans Castorp y con el enfermo que no dormía nada, que se hallaba tendido de espaldas con los ojos entreabiertos, era capaz de decir:

—No, verdaderamente no me hubiese imaginado nunca que sería un día llamada a cuidar a uno de estos señores hasta su muerte.

Hans Castorp, espantado, le mostró los puños con una expresión salvaje, pero ella comprendió apenas lo que quería decirle, bien lejos, y con razón, del pensamiento de que convenía tener consideración a Joachim, y con un espíritu mucho más objetivo para suponer que alguien, y con mucha razón el principal interesado, pudiese hacerse ilusiones sobre el carácter y el final de este caso.

—Tome —decía ella, vertiendo agua de Colonia en el pañuelo y manteniéndolo bajo la nariz de Joachim—, dése usted todavía un poco de buena vida, señor teniente.

Y, en efecto, hubiese sido entonces poco razonable querer engañar al buen Joachim, a menos que no fuese para ejercer sobre él una influencia tonificante, como la señora Ziemssen intentaba hacer cuando hablaba en voz alta y emocionada de la curación de su hijo. Pues dos cosas estaban claras, y uno no podía equivocarse. Primera: que Joachim iba a la muerte con toda conciencia, y segunda: que lo hacía en paz consigo mismo y satisfecho de sí.

Sólo en la última semana, a fines de noviembre, cuando la debilidad del corazón se hizo sensible, se dejó llevar, durante horas enteras, por esperanzas consoladoras respecto a su estado. Hablaba entonces de su vuelta próxima al regimiento y de la parte que tomaría en las grandes maniobras que creía continuaban todavía.

Fue precisamente en este momento cuando el consejero Behrens renunció a dar esperanzas algunas a sus parientes y declaró que el fin no era más que cuestión de horas.

Es un fenómeno tan melancólico como fatal el de esa ilusión olvidadiza y crédula en la que caen incluso las almas viriles durante el período o proceso destructor que se aproxima a su fin; fenómeno impersonal, normal y más fuerte que toda conciencia individual, en la misma medida que la tentación de sueño que seduce al hombre que va a morir de frío, o que el error del extraviado que va girando en círculos sobre sus propios pasos.

Hans Castorp, a quien la pena y el desgarramiento de su corazón no impedían considerar este fenómeno con objetividad, hacía consideraciones torpemente expresadas, pero lúcidas, en sus conversaciones con Naphta y Settembrini, cuando les daba cuenta del estado de su pariente, e hizo caer sobre él la censura de este último cuando dijo que el concepto corriente según el cual la credulidad filosófica y la confianza en el bien eran un testimonio de salud, mientras que el pesimismo y la severidad respecto al mundo serían un signo de enfermedad, reposaba, con toda apariencia, sobre un error; si no fuese así, el estado final y desesperado no podía favorecer un optimismo inquietante, respecto al cual el humor sombrío que había precedido aparecía como una manifestación de la vida sana y vigorosa. A Dios gracias, pudo al mismo tiempo comunicar a sus compasivos amigos que Rhadamante dejaba subsistir una esperanza en el seno mismo de esta situación desesperada, profetizando, a pesar de la juventud de Joachim, un *exitus* dulce y sin sufrimiento.

—Un idílico asunto del corazón, querida señora —decía, estrechando la mano de Luisa Ziemssen entre sus dos enormes manos en forma de palas, y mirándola con sus ojos lacrimosos e inyectados de sangre—. Esto me produce un gran placer, me satisface extraordinariamente que eso vaya tomando un curso cordial, si puede decirse así y que no haya necesidad de esperar el edema de la lengua y otras viles cosas. De esta manera se evitará mucho jaleo. El corazón cede rápidamente, tanto mejor para él y tanto mejor para nosotros que podemos cumplir nuestro deber con la jeringa del alcanfor, sin mucho peligro de exponerle todavía a complicaciones prolongadas. Dormirá mucho al final y tendrá sueños agradables, eso es lo que creo poder prometerle, y si en último caso no consigue precisamente dormir, tendrá, a pesar de todo, una muerte corta y sin dolores, le será completamente indiferente, créame. En el fondo, pasa casi siempre así. Conozco la muerte, soy uno de sus viejos empleados; créame, se la sobreestima. Puedo decírselo: no es casi nada. Pues todo lo que de cosas desagradables, en ciertas circunstancias, *precede* a ese instante en cuestión, no puede ser considerado como formando parte de la muerte, es lo que hay de más vivo y puede conducir a la vida y a la curación. Pero de la muerte, nadie que volviese de ella podría decir que vale la pena, pues no se la vive. Salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas. Entre esos dos instantes hay cosas vividas, pero nosotros no vivimos ni el principio ni el fin, ni el nacimiento ni la muerte; no tienen carácter subjetivo; como acontecimiento, no se hallan más que en el dominio de lo objetivo. Así pasa la cosa.

Tal era la manera de consolar del consejero. Esperamos que hiciese algún bien a la razonable señora Ziemssen.

Y sus seguridades se confirmaron, en efecto, bastante exactamente. Joachim, debilitado, durmió largas horas, durante sus últimos días; soñó también todo lo que le era agradable soñar, es decir, suponemos que vio en sueños el país llano y la vida militar, y cuando se despertaba y le preguntaban cómo se encontraba, contestaba siempre, aunque indistintamente, que se sentía bien y feliz, a pesar de que apenas tuviese pulso y no sintiese casi el pinchazo de la jeringa de inyecciones. Su cuerpo habíase vuelto insensible, le hubiesen podido quemar y pellizcar, sin que eso interesara para nada al buen Joachim.

A pesar de esto, desde la llegada de su madre se operaron grandes cambios en él. Como le resultaba muy penoso el afeitarse y había dejado de hacerlo desde hacía ocho o diez días, su rostro estaba ahora encuadrado en una especie de collar de barba negra, de una barba de guerrero, como la que los soldados se dejan crecer en campaña y que, según opinión de todos, le daban una belleza viril. Sí, Joachim, de joven se había convertido en hombre maduro a causa de esa barba, y sin duda no solamente a causa de ella. Vivía deprisa, como un mecanismo de reloj que se estropea, franqueaba al galope las edades que no le era concedido alcanzar en el tiempo, y durante las últimas veinticuatro horas se convirtió en un anciano. La debilidad de su corazón le producía una hinchazón en el rostro, lo que daba a Hans Castorp la impresión de que la muerte debía ser, por lo menos, un esfuerzo muy penoso, a pesar de que Joachim, gracias a los frecuentes eclipses de su conciencia, no parecía darse cuenta. Esta hinchazón alcanzaba principalmente a los labios, y a la sequedad o el enervamiento del interior de la boca contribuía visiblemente a que Joachim balbucease como un viejo, cosa que le irritaba. Si no hubiese tenido esa molestia, decía balbuceando, todo hubiera ido bien, pero eso constituía una fastidiosa contrariedad.

Lo que quería decir al manifestar «que todo hubiera ido bien» no estaba muy claro. La tendencia de su estado al equívoco aparecía de una manera impresionante. Más de una vez dijo cosas de doble sentido. Parecía saber y no saber, y declaró una vez, visiblemente sacudido por un escalofrío de agotamiento, moviendo la cabeza y con una cierta contrición, que «jamás se había sentido tan mal afinado».

Luego su actitud se hizo distante, severa, inabordable, incluso incivil; no se dejaba impresionar por ninguna ficción ni por ningún paliativo, ni contestaba; miraba ante él con un aire ausente. Sobre todo después que el joven pastor, que Luisa Ziemssen había hecho llamar y que, con gran sentimiento de Hans Castorp, no llevaba alzacuello almidonado, sino sencillamente un pequeño cuello, hubo rezado con él, su actitud adquirió un empaque oficial y no expresó sus deseos más que bajo la forma de breves órdenes.

A las seis de la tarde manifestó una manía chocante. Con la mano derecha, cuya muñeca se hallaba más ceñida por un pequeño brazalete, se frotó repetidas veces la región de la cadera, elevando un poco la mano y luego arrastrándola hacia él, sobre la colcha, con un gesto de rascar, como si atrajese o recogiese algo.

A las siete murió, Alfreda Schidlknecht se encontraba en el comedor, y estaban únicamente presentes la madre y el primo. Joachim se había hundido en la cama y ordenó brevemente que le alzasen. Mientras que la señora Ziemssen enlazaba con su brazo la espalda de su hijo, obedeciendo esa orden, dijo éste con apresuramiento que inmediatamente debía redactar y enviar una solicitud de prolongación de su permiso, mientras decía eso, el «breve tránsito» se realizó, observado por Hans Castorp con recogimiento, a la luz de la lamparilla de la cabecera, velada con una pantalla roja. Los ojos giraron, la inconsciente tensión de sus facciones desapareció, la penosa hinchazón de los labios se desvaneció rápidamente, y el mudo rostro de nuestro Joachim recobró la belleza de una juventud viril.

Todo había terminado.

Luisa Ziemssen volvió la cabeza llorando, y fue Hans Castorp quien, con la yema del anular, cerró los párpados de aquel que ya no tenía respiración ni movimiento, y fue él quien unió suavemente sus manos sobre la colcha. Luego Hans Castorp lloró, dejó resbalar sobre sus mejillas las lágrimas que habían quemado al oficial de la marina inglesa, ese líquido claro que mana en todas partes del mundo tan abundante, tan amargamente y a toda hora, hasta el punto de que se ha dado al valle terrestre un nombre poético que recuerda ese producto alcalino y salado de las glándulas, que el trastorno nervioso de un dolor que nos traspasa tanto el dolor físico como el moral arranca a nuestro cuerpo. Sabía que ese líquido contenía, igualmente, un poco de mucina y de albúmina.

Llegó el consejero, avisado por la hermana Berta. Media hora antes había estado ya allí y había dado al moribundo una inyección de alcanfor; no estuvo ausente más que en el instante del «breve tránsito».

—Éste ya está listo —dijo simplemente, separando su estetoscopio del pecho silencioso de Joachim. Y estrechó las manos de los dos parientes, haciéndoles un signo con la cabeza. Luego permaneció todavía un instante con ellos, contemplando el rostro inmóvil del cadáver, encuadrado en una barba de guerrero.

—Gran loco, gran atrevido —dijo por encima del hombro, señalando con la cabeza al que ya reposaba—. Quiso forzar las cosas, ¿saben ustedes? Naturalmente, su servicio, allá abajo, no fue más que esfuerzos y violencia; cumplía su servicio sumido en la fiebre, ¡contra todo y a pesar de todo! El campo del honor, ¿comprenden ustedes?, cogió la llave del campo del honor. Pero el honor ha sido la muerte para él, y la muerte, pueden ustedes pensar lo que quieran, la muerte dice seguramente ahora: «¡Tengo un gran honor!» ¡Gran loco, gran descabellado!

Y se marchó, alto y curvado, con su nuca saliente.

El traslado de Joachim a su ciudad natal era cosa decidida, y la casa del Berghof se ocupaba de todo lo que era necesario y de lo que parecía conveniente. La madre y el primo no tuvieron que preocuparse de nada.

Al día siguiente, enfundado en su camisón de seda, entre las flores esparcidas sobre el lecho, reposaba Joachim envuelto en una claridad mate y nivea. Se había embellecido aún más que inmediatamente después del tránsito. Todo rastro de esfuerzo había desaparecido de su rostro que, al enfriarse, había adquirido la forma silenciosa más pura. Sus cabellos negros y ligeramente rizados caían sobre una frente inmóvil y amarillenta, que parecía construida con una materia noble y delicada, entre cera y mármol, y en la barba, igualmente crespa, los labios se curvaban llenos y orgullosos. Un casco antiguo hubiese convenido a esa cabeza, como hicieron notar algunos visitantes que fueron a despedirse de él.

La señora Stoehr lloró con pesadumbre al ver en lo que se había convertido aquél que fue Joachim.

—¡Un héroe, un héroe! —exclamó repetidas veces, y propuso que era preciso tocar en sus funerales la sinfonía «erótica» de Beethoven.

—¡Cállese usted! —silbó Settembrini a su lado.

Se hallaba en la habitación al mismo tiempo que ella y estaba visiblemente emocionado. Con las dos manos señaló a Joachim a los presentes invitándoles a meditar. *Un giovanotto tanto simpático, tanto stimabile*! —exclamó repetidas veces.

Naphta no pudo abstenerse, conservando su actitud recogida y sin mirar al italiano, de decir con una voz baja y mordiente:

—Estoy satisfecho de ver que, además de tenerlo para la libertad y el progreso, tiene usted también sentido para las cosas serias.

Settembrini le dio la mano. Tal vez tenía conciencia de la superioridad de la posición de Naphta sobre la suya, superioridad provisional que era debida a los acontecimientos; tal vez era esa superioridad momentánea del adversario que le había tentado a equilibrar la vivacidad de sus sentimientos y le hizo guardar silencio cuando Leo Naphta, aprovechándose de las ventajas pasajeras de su posición, observó en tono cortante y sentencioso:

—El error de la literatura consiste en creer que únicamente el espíritu hace comportarse de un modo conveniente. Es, más bien, lo contrario. No hay comportamiento conveniente más que allí donde no hay espíritu.

«Vamos —pensó Hans Castorp—, ya tenemos un oráculo pítico. Si uno aprieta los labios después de haber formulado el oráculo, puede causar todavía cierta momentánea impresión…»

Por la tarde llegó el ataúd de plomo. Un hombre que había llegado al mismo tiempo, dio a entender que su misión particular era la de colocar a Joachim dentro de aquel suntuoso recipiente decorado con anillas y cabezas de león. Era un pariente del empresario de pompas fúnebres, iba vestido de negro, llevaba una especie de levita corta y, en su mano plebeya, una alianza cuyo círculo amarillo se hallaba, en cierto modo, hendido en la carne y aparecía casi recubierto por ella. No estaba tentado a admitir que de su vestido de gala se desprendía un olor de cadáver, lo que no era más que un espejismo. Sin embargo, este hombre emitió la pretensión del especialista de que todo su trabajo debía realizarse tras la cortina y que no convenía exponer a las miradas de los sobrevivientes más que cuadros piadosos y edificantes, lo que despertó la desconfianza en Hans Castorp, que no atendió, en manera alguna, sus indicaciones. Suplicó a la señora Ziemssen que se retirase, pero no se dejó expulsar él por los cumplidos y permaneció allí. Cogió el cuerpo por debajo de la espalda y ayudó a llevarlo desde la cama al ataúd, a poner sobre la tela y sobre la almohada galoneada los despojos de Joachim, alto y solemne, entre los cirios que la casa Berghof había proporcionado.

Pero al día siguiente se produjo un fenómeno que decidió a Hans Castorp a separar y a despegarse interiormente de la forma, a abandonar decididamente el campo al profesional, al mezquino guardián de la piedad. En efecto, Joachim, cuya expresión había sido, hasta aquel momento, tan grave y tan leal, había comenzado a sonreír entre su barba de guerrero, y Hans Castorp no se disimulaba que esa sonrisa tenía una tendencia a degenerar, inspiraba al menos una prisa repentina. Y, Dios mío, se sintió feliz, cuando vinieron a buscarle, de que el ataúd fuese cerrado y atornillado. Venciendo sus hábitos de tiesura innata, Hans Castorp rozó delicadamente con los labios, en signo de adiós, la frente helada de su Joachim de otros tiempos y, a pesar de toda su desconfianza respecto al hombre negro, abandonó dócilmente la habitación con Luisa Ziemssen.

Dejemos correr la cortina por penúltima vez. Pero, mientras va bajando, vamos todavía, en espíritu, con Hans Castorp, que se ha quedado en la alta montaña, mirando a lo lejos, aguzando el oído, hacia un húmedo cementerio del país llano en donde una espada brilla y se abate, en el que las voces de mando resuenan y una triple descarga —tres saludos heroicos— crepita sobre la tumba de soldado de Joachim Ziemssen.
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