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c/LiteraturaESP by u/fictograma 1w ago fictograma.com

El Mar de las Damas

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## Cuento

Allí estaba otra vez, resurgiendo de las cenizas marinas cuando nadie la veía, cuando volvía a aparecer en un vasto sol de dudas donde apenas pasaban las goletas para volverse a inundar, para volverse a hundir en el fondo del mar y luego repetir el mismo ciclo interminable.

Empezó a caminar. Todo temblaba, el mar se había hecho un caldo de ballenas y peces triturados por el paso de la Dama, llamando a sus consejeras, siempre omnipresentes bajo el agua, pero débiles en tierra firme. Ninguna había visto un hombre en sus tantos siglos de vida, y cuando soñaban con verlos pintados en los retratos de los mares, suspiraban y se quejaban de sí mismas por olfatearlos, saborearlos, hacerlos volver a sus vidas y no dejarlos huir hacia ningún otro escape. Habían nacido impregnadas de ellos, por lo que ni sus mentes y cuerpos eran capaces de olvidar dicho género.

Pero eran tan bellas, distintas unas de otras, que era imposible confundirlas desde cualquier ángulo. La Dama, sobre todo, era la reina de los mares; con su cabellera azul plata, esbelta de caderas y de pieles blancas, con su eterno vestido blanco y una corona de algas adornadas con dientes de tiburones blancos, que la hacía sin darse cuenta la más poderosa de las mujeres, la más imponente de las formas. Las demás eran reinas de sí mismas, gobernaban sus mares y hacían resquebrajar continentes enteros cuando sabían que la humanidad hacía de las suyas.

Organizó el Congreso del Mar, después del letargo de un sueño de más de cien años, donde las convocó a todas para determinar el principio del fin de su inacción y empezar por primera vez, en la historia de las aguas, la Gran Confesión, por lo que ordenó a todos los animales acuáticos a participar en un gran torbellino que atraería huracanes, volcanes y trombas que fácilmente podrían arrasar con el más grande de los pueblos. Debían mantenerse incógnitas, para que nadie ni nada las descubriese jamás.

En el apogeo de la reunión se debatían, entre importunas y clarividentes, las del Arábigo, Caribe, Cantábrico, Rojo, Muerto y de otros lugares cuya idiosincrasia era sencillamente caótica. La Dama, presurosa pero sin perder el rastro de su aparente serenidad, invitó a la calma para empezar la confesión. Seguido una tras otra, callaron en un santiamén hasta no escucharse el más mínimo lamento. Y con su exuberante belleza, despertó a los delfines durmientes con los ronquidos de su voz, tan livianos y dulces, y empezó:

—Reinas, blancas palidecientes, azules coral, turbias grises, amarillas saladas, de los colores del fin de los días, es la pena más grande tener que deciros esto y pronto escuchar vuestros duros comentarios sobre lo que me retiene esclavizada. Por esto, os he hecho venir de tan lejanos lugares para contaros a todos mi destino como Dama, pues serán tan bellas y tristes mis propias palabras, que temo que hagan arder el mundo y me secuestren del trono para marginarme. Pero he decidido tomar riesgos, aceptar la dicha y acatar el destino —dijo muy pronto, con su dialecto de todas partes, tornándose rojiza, con sus lágrimas empezando a asomar en sus ojos perlas llameantes.

Durante unos pocos minutos un silencio de muerte se hacía escuchar, y solo se percibían el sonido de las trombas; pronto los huracanes se fueron disipando. Los animales más temibles rindieron culto a la Dama y las demás, expectantes, empezaron a revolverse ante su declaración.

—Queridas doncellas: ¡He de conocer a un hombre! ¡Sí! ¡A un hombre! A un hombre que me ató; que es, en su extremada locura, más poderoso y embelesante que todas vosotras y yo juntas, porque aquel sujeto fue capaz de hechizarme con el candor de las brazas de sus sílabas, de sus poemas, de su eterna juventud y madurez, y que es todo para mí, en mi memoria y en cada rincón de mi cuerpo; mi eros se ha nutrido de él hasta consumarme y hacerle esto a vosotras. Pero no es mi culpa, pues estoy tan encantada, que morir por él significa poca cosa a cambio de lo que me pedís. Es un drama de nunca acabar y un amor de nunca socavar. Os pido perdón —concluyó nerviosa, hecha un sufrimiento mientras pasaba el tiempo y todas la miraban ya rota.

La mitad del Congreso, vasto e imperioso allí reunido, arremetió contra ella, arrojando restos de cetáceos descompuestos y barcos carcomidos por la inconsciencia de los arrecifes, y todo lo que encontraban a su paso para demostrar su inconformidad. El resto aclamaba en su favor, y muchos otros gobernantes que conformaban la defensa la protegían; se reproducían comentarios de todo tipo menos espantosos para que por fin recobrara su candidez y desenvoltura ante el desorden, y así tomar una decisión que la haría libre o exiliada de su propio trono.

Cuando la calma reinó de nuevo en mitad del apocalipsis marino, entre lo peor y lo mejor del abrazo de las olas, se coló un velero empapado, casi sumergido por estribor y babor, entrando muy despacio y recalando por entre las gobernantes, sin nadie que pareciera abordarlo. Escabulléndose de su escondite, apareció aquel poeta, vestido de blanco marinero y sosteniendo un libro de versos en sus manos vírgenes arrugadas por la vejez del mar.

Todo parecía haberse paralizado, hasta las más nimias almas que acompañan las costas inexistentes donde se levantaba el Congreso del Mar; empezaron a escuchar, con detenimiento, el canto nunca antes oído de los versos que el muchacho había de componer como para una ocasión especial, y que sin embargo se había precipitado a recitar única y exclusivamente para mantener su pellejo con vida, y de paso deslumbrar a las no sirenas, y sobre todo, a su Dama:

—Cual vago tesoro de las profundidades eres, que sin resistencia te declaraste ebria y te abriste ante un querer lleno de poderes. Ay, diosa de un mar lleno de simbolismo y extraña oscuridad, serás el fin cuando tu sol despunte el alba de la belleza que te haga recostar de impura verdad ante los deseos de tu felicidad. Serás el fin cuando no haya vida del otro lado y pasarás a ser por fin mi eterna flor de un campo arado y de lleno callado. ¡Oh, mujer de lindos labios, larguémonos de aquí como lo que somos sin dejar rastros de desagravios! —y siguió, repitiendo con la voz casi quebrada y con cansancio las hojas de sus rimas, hasta que no pudo más, y se desplomó ante el mundo que lo veía, a la deriva ante el tumultuoso simposio.

Los rostros casi todos abrumados se recuperaron muy pronto de su sorpresa al ver a la Dama; devastada por la intensidad en que habían sido pronunciadas aquellas rimas desordenadas y llenas de caóticas entonaciones. Sollozó ante él hasta que sus propios ojos se desvanecieron y, viendo de reojo el gran escenario, hizo desmontar, con una furia e ira de incalculable magnitud, las trombas y los huracanes, los volcanes y el sinfín de olas que la rodeaban, y todo para echar a aquellas que se oponían a su opulenta pasión.

Todo recuperó su normalidad. El mar impávido resurgió tranquilo. Las más grandes bestias desaparecieron y retornaron a las profundidades de donde venían; la brisa fría se tornó caliente en un mar que no hacía sino emitir el vapor de la desesperación. A la gran Dama le había sido arrebatado su mando por la orden de los dioses, que se dieron cuenta muy pronto de lo acaecido en los preámbulos de la Gran Confesión.

Pero la dicha no volvió a aparecer sino después de que hubiese sido despojada de su divino poder, después de tantos milenios de hegemonía, a una mujer ordinaria y común. Viéndose aterrada y sin huella de su habitual y eterno mandato, se volvió, llena de espanto, hacia el cuerpo de su hombre desmayado. Lo abrazó con todas las fuerzas que le quedaban hasta que se despertó de la oscuridad que había soñado unos minutos antes.

Ambos se levantaron, se hablaron el uno al otro, y las paredes del sueño y de una imaginación llena de un estupor tan real dejaban impregnadas cada una de las tablas de la remendada goleta. El poeta se vio abrazando un desvanecimiento, el fin de su ilusión desintegrándose en humaradas de un polvo que se resbalaba entre sus dedos. La Dama volvió a la realidad de la muerte material, y él no hizo más que llorar frente a las cenizas que reclamaba la naturaleza de un mundo lleno de fantasías y reinas, de bellas y naufragios, de animales y aguas turbias por la ira de los dioses.

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