PRIMERA PARTE Capítulo 1 -Presente-
***Para todas aquellas***
***cuya luz sigue brillando***
El golpe fue rápido y seco. Totalmente inesperado.
Candela cayó de rodillas, las manos sujetándose el estómago. No era la primera vez que su esposo le pegaba, pero sí la primera desde que estaba embarazada.
Había recibido la noticia hacía un par de semanas, atrapada en una sensación de irrealidad, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Veía los labios del médico moverse, pero no captaba una sola palabra. Su mente se quedó anclada en la primera frase:
—Felicidades. Va a tener un bebé.
Dios mío, un bebé, pensó entonces, mientras esbozaba su mejor sonrisa para ocultar el agujero negro que se abría dentro de ella. ¿Qué voy a hacer con un bebé? Y, sobre todo: ¿qué pasará cuando se lo cuente a él?
Él se lo tomó bien. O al menos eso pareció cuando bajó corriendo a la tienda de la esquina a comprar una botella de champán para celebrarlo. Pero su expresión se desdibujó en cuanto ella le recordó que no era buena idea que una embarazada bebiera alcohol.
A su marido no le gustaba que lo corrigieran. Mucho menos si percibía, aunque fuera de forma vaga, que alguien se burlaba de su ignorancia. Era un tema que lo acomplejaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Aun así, tras ese silencio tenso en el que Candela no supo si disculparse o cambiar de tema, los días siguientes transcurrieron sin grandes problemas. De hecho, su relación parecía haber encontrado una calma extraña, como si ese visitante inesperado que crecía en su interior hubiese traído consigo un bálsamo capaz de suavizarlo todo.
Sí, todo había mejorado. Hasta ese día.
Candela había pasado la tarde con las pocas amigas que aún conservaba. Pero había cometido el “imperdonable” error de volver demasiado tarde a casa.
—Si vas a llegar tarde, más vale que tengas una buena razón —le había advertido más de una vez—. Y si además no me avisas… ya te puedes preparar.
Pero la tarde había transcurrido entre risas, confidencias y planes de futuro. Sus amigas estaban entusiasmadas con la noticia del embarazo. Hablaban de posibles nombres para el bebé, libros sobre maternidad y rituales de cuidado que convertían el momento en una fiesta donde todo lo demás dejaba de importar. Un estado que Candela experimentaba rara vez, pero que, cuando llegaba, la transportaba tan lejos que le resultaba difícil regresar.
Y eso tenía un precio. Un precio que estaba pagando ahora.
Gateó por el suelo del salón hasta que llegó la primera patada, esta vez en las costillas. Un fogonazo estalló ante sus ojos. Entrecruzó las manos de forma instintiva, como si tratara de protegerse o de rezar. Como hacía de niña cuando sentía que había sido mala y merecía un castigo.
Sí, ella era la culpable. Bastaba con una llamada. Un simple SMS. Pero no. Tenía que dejarse llevar por el entusiasmo y olvidar una de las reglas básicas: no preocupar a su marido.
—No sabía dónde estabas —masculló él mientras le propinaba otra patada—. Sabes que tienes que avisarme. Me preocupo si no sé nada de ti.
Se agachó. Le cruzó la cara con una bofetada que le rompió el labio. El dolor le hizo desear desvanecerse, como la niebla al alba.
Candela se arrastró boca arriba, cubriéndose como podía de la lluvia de golpes. Suplicó que se detuviera. Que no lo hiciera por ella, sino por el bebé. Ese milagro que, de alguna forma, había traído de vuelta la luz a sus vidas.
Pero él no escuchaba. Se había convertido en lo que Candela llamaba, en su fuero interno, el otro. Una forma inútil de justificar lo injustificable.
La agarró del cabello y comenzó a arrastrarla por el suelo.
Cualquier mujer habría gritado. Pataleado. Se habría aferrado a una mesa o arañado el aire mientras intentaba soltarse de su agresor.
Pero Candela ya no era cualquier mujer.
Había aprendido por las malas que resistirse solo añadía leña al fuego. No te muevas y se calmará. Se enfada más si no colaboras.
Era un mantra que se repetía en su cabeza cada vez que los gritos subían de volumen, cada vez que la furia se apoderaba de él, cada vez que la mirada se le volvía turbia y el otro tomaba el control.
Pero esta vez había alguien más en la ecuación. Alguien más pequeño. Más indefenso.
Un ser que aún no tenía voz ni forma, pero que ya existía.
Que ya respiraba a través de ella.
Pensar en eso le provocó un vértigo repentino, como si el suelo hubiera desaparecido. Se le revolvió el estómago. Tuvo que contener una arcada.
Lo que daría por volver atrás. Por volver a tener veinte años, los labios pintados de rojo, los hombros descubiertos y esa sensación de que me comía el mundo…
Se detuvo. Qué estupidez. Qué reflexión más idiota cuando te están dando una paliza, se dijo, mientras su marido la empujaba contra la estantería del salón.
Los libros que nunca había leído —regalos de cumpleaños, manuales de cocina, un par de novelas que compró por compromiso— cayeron como piezas de dominó.
El golpe fue seco, torpe, casi ridículo… si no hubiera dolido tanto. Sintió cómo una de las esquinas de madera se le clavaba entre las costillas.
—¿Así que lo has pasado bien, eh? —escupió él, acercando su rostro al suyo—. ¿Te parece bien llegar tarde? ¿Dejarme como un gilipollas aquí esperando?
Candela no respondió. Sabía que cualquier palabra podía encender aún más la mecha.
Lo miró. No al hombre que la sostenía por el pelo. No.
A lo que había detrás. A esa cosa hueca y rota que alguna vez había confundido con amor.
Y lo más terrible —lo que más le dolía admitir, incluso en los rincones más escondidos de su conciencia— era que aún lo seguía respetando.
O al menos respetaba la idea de lo que él parecía ser.
De lo que había fingido ser. Un espejismo de estabilidad y afecto que, en su momento, confundió con amor. Y que, a fuerza de costumbre, a veces todavía deseaba recuperar. Pero volvía a engañarse a sí misma. Lo sabía.
Igual que sabía que, en algún lugar profundo, bajo toneladas de reproches, silencios, manipulaciones y palizas no merecidas, la verdadera Candela aún existía. La Candela que reía hasta que le dolía el vientre. La que bailaba sin importarle quién mirara. La que caminaba por la ciudad con los auriculares puestos, imaginando que la vida aún podía ser una película. La que aún creía en los hombres que sabían mirar sin poseer. La que ardía de ganas por tocarlo todo, probarlo todo, sentirlo todo.
Y también quedaba en ella el recuerdo de él. De otro hombre. De aquel al que había amado sin miedo, sin medida. El hombre que no quiso apagar su luz, sino abrazarla hasta dejarse consumir por ella.
Ese recuerdo —lejos de diluirse— seguía fresco, como una herida cerrada sin cicatrizar del todo.
Como una quemadura que no dolía, pero ardía en los días fríos.
Sabía que nunca volvería a verlo. Que aquel amor había quedado atrapado para siempre en otro tiempo, en otra ciudad, en otra versión de ella misma.
Y que esa versión ya no existía.
Igual que no volvería aquella época ingenua, atolondrada, hermosa y llena de contradicciones.
Una época de fanzines, promesas rotas, besos borrachos en el portal. Una época de poesía sonora que hablaba de romper las reglas y de ser libre para siempre. Ahora su vida era esto: sumisión y drama. Dolor y desgracia. Un día tras otro como copias marchitas de una hoja rota.
Entonces llegó otro golpe. El más fuerte de todos. El que ya no sonaba como un estallido, sino como un portazo interior.
Su cuerpo cedió.
El suelo desapareció bajo sus pies.
Y con él, también desapareció el salón.
Las paredes. El reloj de cuerda. El grito apagado.
Desapareció él.
Y quedó el silencio.
En ese silencio… ella se vio a sí misma.
Tenía veinte años.
La piel tensa, los ojos brillantes. Un cigarro sin encender entre los labios.
Estaba frente al espejo, ajustándose los pendientes. El aire olía a laca, a perfume barato, a noche por estrenar.
Un mechón rebelde caía sobre su frente. Y ella lo apartaba con una sonrisa pícara.
Sus piernas temblaban de emoción, no de miedo. El corazón palpitaba rápido. No por terror, sino por deseo.
Madrid la esperaba.
Y lo hacía con luces de neón, con portales abiertos, con promesas tatuadas en la piel de desconocidos.
Una noche de música, de desenfreno. De pasión improvisada.
Una noche que no acababa con una puerta cerrándose, sino con mil puertas abiertas al amanecer.
Una noche salvaje.
***cuya luz sigue brillando***
El golpe fue rápido y seco. Totalmente inesperado.
Candela cayó de rodillas, las manos sujetándose el estómago. No era la primera vez que su esposo le pegaba, pero sí la primera desde que estaba embarazada.
Había recibido la noticia hacía un par de semanas, atrapada en una sensación de irrealidad, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Veía los labios del médico moverse, pero no captaba una sola palabra. Su mente se quedó anclada en la primera frase:
—Felicidades. Va a tener un bebé.
Dios mío, un bebé, pensó entonces, mientras esbozaba su mejor sonrisa para ocultar el agujero negro que se abría dentro de ella. ¿Qué voy a hacer con un bebé? Y, sobre todo: ¿qué pasará cuando se lo cuente a él?
Él se lo tomó bien. O al menos eso pareció cuando bajó corriendo a la tienda de la esquina a comprar una botella de champán para celebrarlo. Pero su expresión se desdibujó en cuanto ella le recordó que no era buena idea que una embarazada bebiera alcohol.
A su marido no le gustaba que lo corrigieran. Mucho menos si percibía, aunque fuera de forma vaga, que alguien se burlaba de su ignorancia. Era un tema que lo acomplejaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Aun así, tras ese silencio tenso en el que Candela no supo si disculparse o cambiar de tema, los días siguientes transcurrieron sin grandes problemas. De hecho, su relación parecía haber encontrado una calma extraña, como si ese visitante inesperado que crecía en su interior hubiese traído consigo un bálsamo capaz de suavizarlo todo.
Sí, todo había mejorado. Hasta ese día.
Candela había pasado la tarde con las pocas amigas que aún conservaba. Pero había cometido el “imperdonable” error de volver demasiado tarde a casa.
—Si vas a llegar tarde, más vale que tengas una buena razón —le había advertido más de una vez—. Y si además no me avisas… ya te puedes preparar.
Pero la tarde había transcurrido entre risas, confidencias y planes de futuro. Sus amigas estaban entusiasmadas con la noticia del embarazo. Hablaban de posibles nombres para el bebé, libros sobre maternidad y rituales de cuidado que convertían el momento en una fiesta donde todo lo demás dejaba de importar. Un estado que Candela experimentaba rara vez, pero que, cuando llegaba, la transportaba tan lejos que le resultaba difícil regresar.
Y eso tenía un precio. Un precio que estaba pagando ahora.
Gateó por el suelo del salón hasta que llegó la primera patada, esta vez en las costillas. Un fogonazo estalló ante sus ojos. Entrecruzó las manos de forma instintiva, como si tratara de protegerse o de rezar. Como hacía de niña cuando sentía que había sido mala y merecía un castigo.
Sí, ella era la culpable. Bastaba con una llamada. Un simple SMS. Pero no. Tenía que dejarse llevar por el entusiasmo y olvidar una de las reglas básicas: no preocupar a su marido.
—No sabía dónde estabas —masculló él mientras le propinaba otra patada—. Sabes que tienes que avisarme. Me preocupo si no sé nada de ti.
Se agachó. Le cruzó la cara con una bofetada que le rompió el labio. El dolor le hizo desear desvanecerse, como la niebla al alba.
Candela se arrastró boca arriba, cubriéndose como podía de la lluvia de golpes. Suplicó que se detuviera. Que no lo hiciera por ella, sino por el bebé. Ese milagro que, de alguna forma, había traído de vuelta la luz a sus vidas.
Pero él no escuchaba. Se había convertido en lo que Candela llamaba, en su fuero interno, el otro. Una forma inútil de justificar lo injustificable.
La agarró del cabello y comenzó a arrastrarla por el suelo.
Cualquier mujer habría gritado. Pataleado. Se habría aferrado a una mesa o arañado el aire mientras intentaba soltarse de su agresor.
Pero Candela ya no era cualquier mujer.
Había aprendido por las malas que resistirse solo añadía leña al fuego. No te muevas y se calmará. Se enfada más si no colaboras.
Era un mantra que se repetía en su cabeza cada vez que los gritos subían de volumen, cada vez que la furia se apoderaba de él, cada vez que la mirada se le volvía turbia y el otro tomaba el control.
Pero esta vez había alguien más en la ecuación. Alguien más pequeño. Más indefenso.
Un ser que aún no tenía voz ni forma, pero que ya existía.
Que ya respiraba a través de ella.
Pensar en eso le provocó un vértigo repentino, como si el suelo hubiera desaparecido. Se le revolvió el estómago. Tuvo que contener una arcada.
Lo que daría por volver atrás. Por volver a tener veinte años, los labios pintados de rojo, los hombros descubiertos y esa sensación de que me comía el mundo…
Se detuvo. Qué estupidez. Qué reflexión más idiota cuando te están dando una paliza, se dijo, mientras su marido la empujaba contra la estantería del salón.
Los libros que nunca había leído —regalos de cumpleaños, manuales de cocina, un par de novelas que compró por compromiso— cayeron como piezas de dominó.
El golpe fue seco, torpe, casi ridículo… si no hubiera dolido tanto. Sintió cómo una de las esquinas de madera se le clavaba entre las costillas.
—¿Así que lo has pasado bien, eh? —escupió él, acercando su rostro al suyo—. ¿Te parece bien llegar tarde? ¿Dejarme como un gilipollas aquí esperando?
Candela no respondió. Sabía que cualquier palabra podía encender aún más la mecha.
Lo miró. No al hombre que la sostenía por el pelo. No.
A lo que había detrás. A esa cosa hueca y rota que alguna vez había confundido con amor.
Y lo más terrible —lo que más le dolía admitir, incluso en los rincones más escondidos de su conciencia— era que aún lo seguía respetando.
O al menos respetaba la idea de lo que él parecía ser.
De lo que había fingido ser. Un espejismo de estabilidad y afecto que, en su momento, confundió con amor. Y que, a fuerza de costumbre, a veces todavía deseaba recuperar. Pero volvía a engañarse a sí misma. Lo sabía.
Igual que sabía que, en algún lugar profundo, bajo toneladas de reproches, silencios, manipulaciones y palizas no merecidas, la verdadera Candela aún existía. La Candela que reía hasta que le dolía el vientre. La que bailaba sin importarle quién mirara. La que caminaba por la ciudad con los auriculares puestos, imaginando que la vida aún podía ser una película. La que aún creía en los hombres que sabían mirar sin poseer. La que ardía de ganas por tocarlo todo, probarlo todo, sentirlo todo.
Y también quedaba en ella el recuerdo de él. De otro hombre. De aquel al que había amado sin miedo, sin medida. El hombre que no quiso apagar su luz, sino abrazarla hasta dejarse consumir por ella.
Ese recuerdo —lejos de diluirse— seguía fresco, como una herida cerrada sin cicatrizar del todo.
Como una quemadura que no dolía, pero ardía en los días fríos.
Sabía que nunca volvería a verlo. Que aquel amor había quedado atrapado para siempre en otro tiempo, en otra ciudad, en otra versión de ella misma.
Y que esa versión ya no existía.
Igual que no volvería aquella época ingenua, atolondrada, hermosa y llena de contradicciones.
Una época de fanzines, promesas rotas, besos borrachos en el portal. Una época de poesía sonora que hablaba de romper las reglas y de ser libre para siempre. Ahora su vida era esto: sumisión y drama. Dolor y desgracia. Un día tras otro como copias marchitas de una hoja rota.
Entonces llegó otro golpe. El más fuerte de todos. El que ya no sonaba como un estallido, sino como un portazo interior.
Su cuerpo cedió.
El suelo desapareció bajo sus pies.
Y con él, también desapareció el salón.
Las paredes. El reloj de cuerda. El grito apagado.
Desapareció él.
Y quedó el silencio.
En ese silencio… ella se vio a sí misma.
Tenía veinte años.
La piel tensa, los ojos brillantes. Un cigarro sin encender entre los labios.
Estaba frente al espejo, ajustándose los pendientes. El aire olía a laca, a perfume barato, a noche por estrenar.
Un mechón rebelde caía sobre su frente. Y ella lo apartaba con una sonrisa pícara.
Sus piernas temblaban de emoción, no de miedo. El corazón palpitaba rápido. No por terror, sino por deseo.
Madrid la esperaba.
Y lo hacía con luces de neón, con portales abiertos, con promesas tatuadas en la piel de desconocidos.
Una noche de música, de desenfreno. De pasión improvisada.
Una noche que no acababa con una puerta cerrándose, sino con mil puertas abiertas al amanecer.
Una noche salvaje.