La montaña mágica - Capítulo 6 / 11
## **Como soldado y como valiente**
Hans Castorp no cesó de recibir breves noticias de su primo. Primero buenas, alegres; luego, menos favorables; finalmente, noticias que disimulaban mal algo muy triste.
La serie de tarjetas postales comenzó con el mensaje que daba cuenta de la llegada de Joachim al regimiento y de la ceremonia romántica en la que, como Hans Castorp manifestó en la tarjeta postal que envió contestando a su primo, habían prestado juramento de pobreza, de castidad y de obediencia. La cosa fue continuando alegremente: las etapas de una carrera fácil y favorecida, allanada por una adhesión apasionada al oficio y por la simpatía de los jefes, eran descritas y seguidas de saludos y votos.
Como Joachim había estudiado durante algunos semestres en la universidad, le habían dispensado de los cursos en la escuela de guerra y eximido del servicio de aspirante. Promovido a suboficial para el nuevo año, envió una fotografía en la que aparecía con sus galones. Sus lacónicas noticias reflejaban el entusiasmo que sentía por someterse a una disciplina de hierro, endurecida por el sentimiento del honor, pero que tenía en cuenta, al mismo tiempo, con un rudo humor, la debilidad humana. Se consignaban anécdotas sobre la conducta romántica y embrollada que tenía respecto a él su sargento, un viejo soldado fanático que veía, a pesar de todo, en ese joven y falible subordinado, al jefe sacrosanto de mañana —en efecto, Joachim había sido ya admitido a la mesa de los oficiales—. Era un sargento extravagante y feroz. Luego hablaba sobre la cuestión del examen de oficial. A principios de abril, Joachim fue nombrado teniente.
No había hombre más feliz que él; la naturaleza y los deseos no podían mostrar más satisfacción de aquella forma de existencia. Con una especie de voluptuosidad púdica contaba cómo, en su nuevo esplendor, había pasado por primera vez por delante del Ayuntamiento y con un gesto de la mano había contenido al funcionario que se había cuadrado para rendirle honores. Hablaba de las pequeñas contrariedades y de las satisfacciones del servicio, de los camaradas sorprendentes y simpáticos, de la fidelidad maliciosa de su ordenanza, de incidentes cómicos durante el ejercicio y en la hora de la instrucción, de revistas y de comidas militares. Incidentalmente hablaba también de acontecimientos mundanos, de visitas, de banquetes, de bailes. Pero jamás de su salud.
Eso duró hasta la proximidad del verano. Anunció, entonces, que se hallaba en la cama, que desgraciadamente había tenido que declararse enfermo: gripe, asunto de algunos días.
A principios de junio reanudó su servicio, pero a mediados de mes estaba de nuevo «fastidiado», se lamentaba amargamente de su «gandulería» y reflejaba el temor de no poder hallarse en su puesto para las grandes maniobras, a principios de agosto, maniobras que había esperado con una alegre impaciencia. ¡Vanas preocupaciones! En julio rebosó salud durante semanas enteras, hasta que las malditas oscilaciones de su temperatura habían hecho necesaria una consulta y todo dependía del resultado.
Hans Castorp permaneció largo tiempo sin noticias acerca del resultado de esa consulta, y cuando las recibió no fueron de Joachim —bien porque no estuviese en estado de hacerlo o porque se sintiese avergonzado—; fue la madre de este, la señora Ziemssen, la que envió un telegrama, anunciando que Joachim había pedido licencia por algunas semanas, cosa que había sido juzgada como indispensable por los médicos. Se recomendaba la alta montaña, se prescribía la partida inmediata y rogaba que se reservasen dos habitaciones. Respuesta pagada. Firmado: tía Luisa.
Fue a fines de julio cuando Hans Castorp recibió este telegrama, hallándose en el balcón. Lo leyó y volvió a leer. Movió ligeramente la cabeza, y no solamente la cabeza, sino toda la parte superior del cuerpo, y dijo entre dientes:
—¡Toma, toma, toma! ¡No es posible, no es posible! ¡Joachim vuelve! —Y se sintió penetrado de una alegría repentina.
Casi inmediatamente se calmó y pensó: «¡Hum, hum, grave noticia! Se podía decir también: ¡linda sorpresa! ¡Diablo, eso ha sido muy deprisa! ¿Ya está maduro para el país? La madre viene con él (dijo “la madre”, no “tía Luisa”)»; su sentimiento del parentesco se había sensiblemente atenuado, de manera que se sentía casi un extraño. Es una circunstancia agravante. Y precisamente antes de las grandes maniobras en las que ese querido muchacho estaba impaciente por tomar parte. Hay en todo eso una fuerte dosis de villanía, de una villanía sarcástica; se trata de un hecho antiidealista. El cuerpo triunfa, quiere otra cosa que el alma, y se impone para la confusión de las gentes presuntuosas que nos enseñan que está sometido al alma. Parece que no saben lo que dicen, pues si tuviesen razón eso dejaría muy turbia la cuestión del alma en un caso como éste. *Sapienti sat*, ya sé lo que quiero decir; pues la cuestión que planteo es justamente la de saber en qué medida es un error oponerlos el uno al otro, en que medida son contrarios al acuerdo y desempeñan una parte concertada. Pero he aquí una idea que felizmente no se les ocurrirá a los presuntuosos. Mi buen Joachim, ¿quién puede reprocharte tu celo excesivo? Tú eres leal, ¿pero de qué te sirve la lealtad si el cuerpo y el alma se han puesto de acuerdo? ¿Es posible que no hayas olvidado ciertos perfumes sedantes, un pecho opulento y una risa sin razón que te esperan en la mesa de la Stoehr?
»Joachim viene —se dijo de nuevo, y se estremeció de alegría—. Llega en mal estado sin duda, pero de nuevo seremos dos y no me hallaré aquí completamente entregado a mí mismo. Eso está bien. Es verdad que las cosas no ocurrirán exactamente como antes. ¿No está ocupado su cuarto? Mistress MacDonald tose sordamente y tiene a mano naturalmente la fotografía de su joven hijo, o la ha puesto ante ella en la mesita. Pero si la habitación no ha sido reservada, se puede provisionalmente reservar otra. El 28 está libre, según creo. Voy enseguida a la administración, y principalmente a ver a Behrens. Es una noticia triste desde ciertos puntos de vista, sorprendentemente desde otros, pero en todo caso ¡una noticia formidable! Voy a esperar al camarada amable que debe pasar dentro de poco. Son ya las tres y media. Voy a preguntarle si estima que, incluso en este caso, el fenómeno físico debe ser considerado como secundario.»
Antes de la hora del té se dirigió a la oficina administrativa. La habitación de referencia, que daba al mismo corredor que la suya, se hallaba disponible y también se miraría de alojar a la señora Ziemssen. Se apresuró luego en ir a ver a Behrens. Le encontró en el «labo», con un cigarro en la mano, teniendo en la otra un tubo de ensayo con un contenido de color dudoso.
—¿Sabe usted, doctor…? —comenzó diciendo Hans Castorp.
—Sí, que no decolora —contesto el especialista—. Aquí tiene a Rosenheim, de Utrecht —dijo, y con su cigarro señaló el tubo—, Gaffky 10. Y he aquí que Schmitz, el director de la fábrica, grita y se lamenta porque Rosenheim ha expectorado durante el paseo, con Gaffky 10. Debo darle un rapapolvo. Pero si le doy un meneo perderá la serenidad, porque es exageradamente susceptible, y ocupa tres habitaciones con toda su familia. No puedo ponerle en la puerta, tendría que habérmelas entonces con la dirección general. Ya ve en qué conflictos me encuentro complicado a cada momento; es inútil querer seguir su camino en paz y sin reproche.
—¡Qué contrariedad! —dijo Hans Castorp con la comprensión del habituado y el veterano—. Conozco a esos señores. Schmitz se atiene al reglamento, mientras que Rosenheim es un abandonado. Pero tal vez haya entre ellos puntos de coincidencia fuera del campo de la higiene, al menos así me lo parece. Schmitz y Rosenheim son, los dos, amigos de la señora Pérez, de Barcelona, de la mesa de la Kleefeld. Es por aquí por donde hay que buscar el origen de esa querella. Le aconsejaría que recordase de una manera general las prescripciones que se discuten y que, para los demás, cerrase los ojos.
—Naturalmente que los cierro. No hago más que eso. A fuerza de cerrarlos casi padezco un blesfarospasmo. ¿Pero qué es lo que quiere usted?
Hans Castorp comunicó la noticia triste y sorprendente al mismo tiempo.
El consejero no se mostró precisamente sorprendido. No lo hubiera estado en ningún caso, pero en esta ocasión no lo estuvo absolutamente nada, porque Hans Castorp, interrogado sobre este punto, o por su propio impulso, había informado a Behrens que, ya en el mes de mayo, su primo había tenido que guardar cama.
—¡Toma, toma! —dijo Behrens—. ¡Vamos! ¿Qué le dije a usted? ¿Qué le dije textualmente, no diez veces, sino cien? ¡Ya está usted servido! ¡Durante nueve meses ha disfrutado, ha gozado del paraíso! Pero en un paraíso en el que, si no se está desintoxicado, no hay salvación alguna; eso es lo que nuestro evadido no quiso creer cuando el viejo Behrens se lo decía. Hay que creer siempre al viejo Behrens; si no, uno está fastidiado y llega demasiado tarde al mea culpa. Ya ve lo que ha conseguido el joven teniente; a la verdad, nada. ¿Para qué le sirve todo eso? Dios ve el fondo de los corazones, no se ocupa ni de rango ni de estado, nos hallamos todos delante de él desnudos, tanto el general como el sencillo soldado… —Y comenzó a armarse un lío, se frotó los ojos con su enorme mano, cuyos dedos sostenían el cigarro, y rogó a Hans Castorp que no le entretuviese por más tiempo esta vez. Una habitación para Ziemssen era cosa fácil de encontrar y cuando el primo llegase encargaba a Hans Castorp que le metiese en la cama sin tardanza. En cuanto a él, Behrens, no reprochaba jamás nada a nadie, abría paternalmente sus brazos y estaba dispuesto a degollar la vaca gorda en obsequio del hijo pródigo.
Hans Castorp envió un telegrama. Contó, en todas partes, que su primo iba a volver, y todos los que conocían a Joachim sentían pesadumbre y satisfacción, ambas cosas sinceramente, pues el carácter leal y caballeresco de Joachim le había ganado la simpatía general, y el juicio o el sentimiento inexpresado de numerosos enfermos era que Joachim había sido el mejor de todos.
No nos referimos a nadie en particular, pero creemos que más de uno experimentó una cierta satisfacción al enterarse de que Joachim volvía del estado militar a la posición horizontal y de que, a pesar de toda su corrección, iba de nuevo a ser de «los nuestros».
Como se sabe, la señora Stoehr había previsto esto ya desde el principio. La cosa se había confirmado, a pesar del escepticismo vulgar de que se había visto rodeada cuando la partida de Joachim para la llanura, y ella no dejó de vanagloriarse de ello. «¡Malo, malo!», dijo. Ella ya se había dado cuenta enseguida de que la cosa iba mal, y quería esperar que Ziemssen, con su testarudez, no hubiese atizado el asunto. Valía más quedarse en la cuna, como ella había hecho, a pesar de tener también sus intereses en el país llano, en Cannstadt, un marido y dos hijos. Pero sabía dominarse…
Ni Joachim ni la señora Ziemssen enviaron más noticias. Hans Castorp permaneció en la ignorancia acerca de la hora y del día de su llegada. Por la misma razón no fue a esperarles a la estación, pero, tres días después de expedido el telegrama de Hans, se presentaron sencillamente allí, y el teniente Joachim apareció con una sonrisa excitada al lado de la *chaise-longue* reglamentaria de su primo.
Fue a la hora en que comenzaba la cura de reposo de la noche. Llegaron en el mismo tren que también había traído a Hans Castorp hacía unos años, que no habían sido breves ni largos, sino privados de duración, muy ricos en acontecimientos, y sin embargo nulos e inconscientes; la estación también era la misma, era exactamente la misma: uno de los primeros días de agosto.
Joachim entró alegremente —sí; por el momento mostraba una agitación incontestablemente alegre— en la habitación de Hans Castorp, o más exactamente, pasó de la habitación, que había recorrido a paso gimnástico, al balcón y saludó riendo a su primo, con la respiración corta y ensordecida. Había realizado de nuevo el largo viaje a través de países diversos, por encima del lago semejante a un mar; luego había subido por estrechos senderos, y ahora se hallaba allí, como si no se hubiese marchado nunca, saludado por su pariente, que se había alzado a medias de su posición horizontal, lanzando exclamaciones de «no es posible».
Tenía el rostro colorado, bien por la vida al aire libre que había llevado, bien como consecuencia del viaje. Directamente, sin preguntar siquiera por su habitación, había corrido al número 34 para saludar al compañero de los días antiguos, los cuales se habían hecho ahora presentes, mientras su madre estaba ocupada en arreglarse un poco. Tenían intención de comer dentro de diez minutos, naturalmente en el restaurante. Hans Castorp podía comer con ellos, o al menos beber un dedo de vino. Y Joachim arrastró a su primo al número 28, en donde pasó lo que había ocurrido la noche de la venida de Hans, pero de un modo contrario: Joachim, charlando de un modo febril, se lavó las manos en el lavabo resplandeciente, y Hans Castorp le contempló sorprendido y en cierto modo decepcionado de ver a su primo vestido de paisano. Su estado militar no se reflejaba en nada en su manera de vestir. Se le había figurado, durante todo el tiempo, como un oficial vestido de uniforme, y he aquí que ahora se hallaba allí con su traje gris, como un cualquiera.
Joachim se rió y le encontró inocente. ¡Ah, no, su uniforme se había quedado allá abajo! Hans Castorp debía saber que el uniforme era algo distinto. No se iba a cualquier parte de uniforme.
—¡Ah, gracias por la noticia! —dijo Hans Castorp.
Pero Joachim parecía no tener conciencia del sentido ofensivo que podía darse a su explicación. Se informó sobre las personas y los acontecimientos del Berghof, no solamente sin la menor presunción, sino con una ternura y solicitud propias del que regresa.
Luego apareció la señora Ziemssen por la puerta de comunicación. Saludó a su sobrino de la manera que muchas personas afectan en esas circunstancias, es decir, como si se hallase alegremente sorprendida al encontrarle allí, con una expresión que, por otra parte, aparecía ensombrecida por una especie de melancolía, por la fatiga y por una pena muda que se relacionaba, aparentemente, con Joachim.
Salieron de la habitación.
Luis Ziemssen tenía los mismos bellos ojos negros que Joachim. Sus cabellos, igualmente negros, pero ya sensiblemente mezclados de hilos blancos, eran mantenidos por una redecilla casi invisible, y eso armonizaba con su manera de ser, que era reflexiva, mesurada con gracia, discreta con dulzura, y que, a pesar de una evidente sencillez de espíritu, le daba una dignidad agradable.
Era claro —y Hans Castorp no se sorprendió— que ella no comprendía la alegría de Joachim, su respiración acelerada y su palabra precipitada, fenómenos que contradecían, sin duda, la actitud que había conservado allá abajo y que estaban, en efecto, mal apropiados a su situación. Y ella parecía, en cierto modo, despechada. Aquella vuelta le parecía triste y ella creía deber ajustar su comportamiento a ella. No podía participar de las impresiones de Joachim, de las sensaciones tumultuosas del regreso, que le arrastraban momentáneamente en una ola de embriaguez, ni podía comprender que el hecho de respirar de nuevo este aire, nuestro aire incomparablemente ligero, inconsistente, le exaltase todavía más. Estas sensaciones eran impenetrables para ella.
«Mi pobre pequeño», pensó, mirando al pobre pequeño cómo se abandonaba, con su primo, a una alegría desbordante, despertando mil recuerdos, haciendo mil preguntas y riéndose de las contestaciones, echándose contra el respaldo de la silla. Algunas veces, dijo: «¡Pero, hijos míos!» Y lo que luego añadió, debía ser alegre, pero tenía un acento de sorpresa y casi de censura: «Joachim, hace mucho tiempo que no te había visto así. Se diría que teníamos que venir aquí para que estuvieses de nuevo como el día de tu promoción.» Al oír eso, la alegría de Joachim desapareció. Su buen humor quedó deprimido, recobró la conciencia de su estado, calló, no probó los entremeses, a pesar de que fuesen muy apetitosos —lo contrario de Hans Castorp, que le hacía honor a pesar de que no hubiese transcurrido una hora desde su sustanciosa comida— y terminó por no levantar los ojos, seguramente porque los tenía llenos de lágrimas.
Sin duda no había sido ésa la intención de la señora Ziemssen. Era más bien por respeto a las conveniencias que había querido poner un poco de seriedad, de moderación, ignorando que todo lo que es término medio y medida era extraño a ese lugar, y que sólo cabía elegir entre los dos extremos. Cuando ella vio a su hijo deprimido de tal manera, estuvo también a punto de derramar lágrimas, y agradeció a su sobrino los esfuerzos que hizo para reanimar a Joachim, profundamente entristecido.
En lo que se refería a los pensionistas —decía Hans Castorp—, Joachim iba a encontrar muchos cambios bastante nuevos, pero, por lo demás, las cosas habían seguido, durante su ausencia, el curso ordinario. Hacía mucho tiempo que la tía abuela, con su compañía, se hallaba de vuelta. Esas señoras estaban sentadas, como siempre, a la mesa de la señora Stoehr. Marusja reía mucho y con todo su corazón.
Joachim permaneció silencioso. Pero esas palabras recordaron a la señora Ziemssen un encuentro y unos saludos que estaba encargada de transmitir. El encuentro con una señora bastante simpática, a pesar de que viajase sola y que la línea de sus cejas fuese un poco demasiado regular. La habían encontrado en Munich, en donde habían pasado un día entre dos trayectos nocturnos, y en el restaurante ella se había acercado a su mesa, para saludar a Joachim. Una antigua vecina de sanatorio… Y ella rogó a Joachim que le recordase el nombre de la señora.
—Madame Chauchat —dijo en voz baja Joachim—. Se encontraba por entonces en un balneario de Allgäu, y se proponía pasar el otoño en España. En invierno volvería sin duda aquí. Les había dado recuerdos.
Hans Castorp, que no era ya un niño, dominó los nervios vasculares, que hubiesen podido hacer enrojecer o palidecer su rostro. Dijo:
—¡Ah! ¿Era ella? ¿Ha vuelto, pues, del fondo del Cáucaso? ¿Y quiere ir a España?
La dama había citado un lugar de los Pirineos.
—Una linda mujer o al menos encantadora. Una voz agradable y movimientos agradables. Pero maneras libres y despreocupadas —dijo la señora Ziemssen—. Se nos acercó con naturalidad, como viejos amigos, nos interrogó, charló con nosotros, a pesar de que Joachim, según me ha dicho, no trabó conocimiento con ella. ¡Muy chocante!
—Es el Oriente y es la enfermedad —respondió Hans Castorp. No había que pensar que aplicar a esas cosas la medida de la civilización humanista. Sería un error. ¡Precisamente madame Chauchat tenía intención de ir a España! España se hallaba en la dirección opuesta, también muy lejos del término medio humanista, no de la parte despreocupada, sino del lado rígido; no era ausencia de forma, sino exceso de forma, la muerte considerada como forma, no la disolución de la muerte, sino la austeridad de la muerte, negra, distinguida y sangrienta, la Inquisición, la golilla, Loyola, El Escorial… Sería interesante saber cómo madame Chauchat disfrutaría en España. Sin duda perdería la costumbre de dar portazos y tal vez se estableció un cierto equilibrio humano entre los dos campos antihumanistas. Pero cuando el Oriente iba a España podía igualmente resultar un terrorismo feroz…
No, no se había puesto colorado ni había palidecido; pero la impresión que esas noticias inesperadas de madame Chauchat le habían producido, se traducía en palabras que no tenían más respuesta que un silencio cohibido.
Joachim no se mostró muy asustado. Se acordaba de las sutilezas extravagantes de su primo. Pero la más grande estupefacción se pintaba en los ojos de la señora Ziemssen, que se comportó como si Hans Castorp hubiese pronunciado palabras de la más grosera inconveniencia, y después de un silencio penoso se levantó de la mesa pronunciando algunas frases destinadas a poner fin a aquella situación embarazosa.
Antes de separarse, Hans Castorp les informó de las instrucciones del consejero: Joachim debía permanecer mañana en la cama hasta que se le hubiese auscultado. Luego ya se vería. Después, los tres parientes, cada uno por su lado, se tendieron en sus habitaciones abiertas a la frescura de aquella noche de verano de la alta montaña, cada uno con sus pensamientos. Hans Castorp entregado a la perspectiva del regreso de madame Chauchat, para dentro de seis meses.
Y ese pobre Joachim había, pues, venido de su «país» para someterse a una pequeña cura complementaria, que se consideraba oportuna. Esa expresión de «cura complementaria» era, al parecer, la consigna dada en el país llano, y de ella se servían aquí igualmente. El consejero Behrens adoptó también esta expresión, a pesar de que comenzó por administrar a Joachim, desde el primer día, cuatro semanas de reposo en la cama; eran necesarias para evitar cosas más graves, para ayudarle a aclimatarse y para regularizar un poco los saltos de su temperatura. Supo, por otra parte, evitar el señalar una duración precisa a la pequeña cura complementaria. La señora Ziemssen, razonable, sensata, no se entregaba a esperanzas exageradas; propuso —en ausencia de Joachim— el otoño, el mes de octubre, por ejemplo, como fecha eventual de la partida, y Behrens la aprobó o al menos declaró que en aquel momento uno estaría más orientado que hoy. Por otra parte, le produjo una impresión excelente. Él era muy galante, decía «querida señora» mirándola lealmente con sus ojos llenos de lágrimas e inyectados en sangre, y usaba perfectamente el lenguaje pintoresco de los estudiantes alemanes que, a pesar de toda su tristeza, ella acababa de reírse. «Se halla en las mejores manos», dijo, y se marchó a Hamburgo ocho días después de su llegada, puesto que no había lugar a prestar a su hijo ningún servicio, y tanto más cuanto que Joachim tenía aquí un pariente para hacerle compañía.
—Alégrate, se ha fijado el otoño —dijo Hans Castorp cuando se halló en el número 28, sentado a la cabecera de la cama de su primo—. El viejo se ha comprometido hasta cierto punto. Puedes contar con eso. Octubre es un buen tiempo. Muchas gentes, en ese momento, van a España y tú volverás al lado de tu *bandera* para distinguirte brillantemente.
Su ocupación diaria era la de consolar a Joachim, sobre todo por haber faltado, viviendo aquí, al gran juego militar que comenzaba en esos días de agosto, pues era esto sobre todo lo que desolaba a Joachim y le hacía manifestar un verdadero desprecio contra la maldita debilidad que le había hecho sucumbir en el último momento.
—*Rebellio carnis* —dijo Hans Castorp—. ¿Qué quieres hacerle? El más valiente oficial no puede contra esto, y el mismo san Antonio podría decirnos algo. Dios mío, hay maniobras cada año, y tú ya conoces cómo transcurre el tiempo aquí. No se le puede llamar tiempo, no has estado ausente un plazo tan largo para que no recuperes rápidamente el ritmo, y pronto tu pequeña cura complementaria habría pasado.
Sin embargo, el sentido del tiempo había sido renovado demasiado sensiblemente en Joachim, por su permanencia en el país llano, para que no dejase de sentir miedo ante esas cuatro semanas que le esperaban. Pero todos le ayudaban a franquearlas y la simpatía que todos le testimoniaban, a causa de su carácter tan digno, se manifestó en visitas. Settembrini vino, compadeció, se mostró encantador, y como había llamado siempre a Joachim teniente, ahora le dio el título de *capitán*… Naphta también visitó al enfermo, y todos los antiguos amigos de la casa comparecieron, poco a poco, aprovechando el cuarto de hora de libertad que les permitía el reglamento, para sentarse junto a su cama a repetir la expresión «pequeña cura complementaria» y a pedir que les contase sus aventuras: las señoras Stoehr, Levy, Iltis y Kleefeld, los señores Ferge, Wehsal y otros. Algunos le llevaron incluso flores. Cuando hubieron pasado las cuatro semanas se levantó, porque la fiebre había descendido suficientemente para que pudiese ir y venir, y recuperó su lugar en el comedor, al lado de su primo, entre Hans Castorp y la esposa del cervecero, la señora Magnus, en el ángulo de la mesa, en el lugar mismo que el tío James y, más tarde, la señora Ziemssen habían ocupado algún tiempo.
De esta manera, los jóvenes vivieron de nuevo uno al lado del otro, como antes, y para que la situación anterior resucitase más completamente, Joachim tomó posesión de su antiguo cuarto después que la señora MacDonald hubo lanzado el último suspiro, con el retrato de su hijito entre las manos; de su antigua habitación, al lado de la de Hans Castorp, naturalmente después que hubo sido concienzudamente desinfectada con H~2~CO. En realidad, y desde un punto de vista sentimental, esta vez era Joachim quien vivía al lado de Hans Castorp y no Hans Castorp quien vivía al lado de su primo. El primero era actualmente el habitante sedentario, y Joachim no hacía más que compartir su existencia, momentáneamente y como visitante. Pues Joachim se esforzaba, con una firmeza rígida, en mantener ante su vista el plazo fijado para octubre, a pesar de que ciertas partes de su sistema nervioso central no se resignasen a seguir una conducta conforme a la norma humanista y de que su piel permaneciese ardiente y seca.
Reanudaron igualmente sus visitas a Settembrini y a Naphta, lo mismo que sus paseos con esos dos hombres unidos por su antagonismo; cuando A. C. Ferge y Fernando Wehsal tomaban parte, lo que ocurría con frecuencia, eran seis, y esos adversarios en el dominio del espíritu continuaban entonces sus peleas incesantes, de las cuales no podríamos dar cuenta de una manera explícita sin perdernos en un dédalo desesperante, exactamente como hacían ellos mismos todos los días, ante un público bastante numeroso, a pesar de que Hans Castorp tendiese a considerar su pobre alma como el principal botín de sus debates dialécticos.
Se había enterado, por Naphta, de que Settembrini era francmasón, lo que le había causado una impresión no menos viva que la confidencia del italiano sobre las concomitancias de Naphta con los jesuitas y el origen de sus recursos. De nuevo experimentó sorpresa al enterarse de que verdaderamente existían cosas tan fantásticas, y con insistencia interrogó al terrorista sobre el origen y la naturaleza de esa curiosa institución que celebraría, dentro de algunos años, su doscientos aniversario.
Si Settembrini hablaba de la naturaleza intelectual de Naphta a espaldas de su vecino, poniéndole patéticamente en guardia contra algo diabólico, Naphta, a espaldas del otro, se burlaba cordialmentc y sin énfasis de la esfera que Settembrini representaba, dando a entender que todo aquello era muy atrasado y fuera de nuestro tiempo: el liberalismo burgués, que no era otra cosa que un lamentable fantasma del espíritu, pero que se abandonaba todavía a la ilusión de estar animado por una vida revolucionaria. Decía:
—Qué quiere usted, su abuelo era carbonario, lo que quiere decir carbonero. A él le debe esa fe de carbonero en la razón, la libertad, el progreso de la humanidad y toda esa maleta llena de una idealogía de virtudes burguesas y clásicas, todas roídas por los mitos. Como puede usted ver, lo que turba al mundo es la desproporción entre la rapidez del espíritu y la pesadez, la lentitud, la increíble pereza y la fuerza de inercia de la materia. Es preciso convenir que esta desproporción podría servir de excusa a un espíritu que se desinterese de lo real, pues está dentro de la regla que los fermentos que provocan, en realidad, las revoluciones le repugnan desde hace tiempo. En efecto, el espíritu muerto repugna al espíritu vivo, son basaltos que, al menos, no tienen la pretensión de ser espíritu y vida. Tales basaltos, vestigios de realidades antiguas que el espíritu ha dejado muy lejos detrás de sí y que se niega a unir al concepto de lo real, se conservan por inercia y por su persistente pesadez, impidiendo desgraciadamente a las ideas atrasadas darse cuenta de hasta qué punto lo son. Me expreso de un modo general, pero usted puede aplicar estas generalidades en cierto liberalismo humanitario que se cree encontrar siempre en una situación heroica ante el despotismo y la autoridad. Eso sin hablar de catástrofes por las cuales querría demostrar que vive, de esos triunfos atrasados y ruidosos que prepara y que sueña poder festejar un día. Al pensamiento de todo eso, el espíritu vivo podría morir de aburrimiento si no supiese que es el quien atrapará la verdad y que se aprovechará de catástrofes semejantes, aliando a los elementos del pasado, los elementos más lejanos del porvenir para realizar una verdadera revolución… ¿Cómo está su primo? Ya sabe que siento mucha simpatía hacia él.
—Gracias, señor Naphta. Creo que todo el mundo tiene simpatía por él, es un excelente muchacho. Settembrini también le quiere mucho, a pesar de que, naturalmente, debe desaprobar cierto terrorismo exaltado que implica el oficio de Joachim. Pero usted me ha dicho que es un hermano de logia. ¡Dígame! Eso me preocupa, lo confieso, me le hace aparentar con un aspecto nuevo, y me explico muchas cosas. ¿Coloca sus pies, en determinadas ocasiones, en ángulo recto y da la mano de una cierta manera? No me he dado cuenta de nada…
—Creo que nuestro buen hermano tres puntos debe haber pasado la edad de tales puerilidades. Presumo que el ceremonial de las logias ha debido adaptarse muy difícilmente a la sequedad del espíritu burgués contemporáneo. Se avergonzaría del ritual de otros tiempos como de un charlatanismo desplazado, y no sin motivo, pues, en definitiva, sería verdaderamente impropio disfrazar de misterio el republicanismo ateo. No sé por qué sistema de apariciones terroríficas se ha puesto a prueba la constancia del señor Settembrini, ni si se le ha llevado, con los ojos vendados, por una serie de pasillos, ni si le han hecho esperar bajo sombrías bóvedas, antes de que haya aparecido ante él la logia, llena de luces y de reflejos; ni si le han catequizado solemnemente y si, en presencia de un cráneo y de tres velas, le han amenazado con espadas. Pregúnteselo a él mismo, pero temo que no sea locuaz, pues, aunque todo eso se hubiese desarrollado de una manera más burguesa, no por eso dejaría de prestar juramento de silencio.
—¿Juramento? ¿De silencio? ¡Vaya!
—Seguramente. De silencio y obediencia.
—¿De obediencia también? Escuche, profesor, entonces me parece que no tiene razón alguna para mostrarse extrañado del terrorismo y de la exaltación del oficio de mi primo. ¡Silencio y obediencia! Jamás hubiera creído que un hombre tan liberal como Settembrini pudiera someterse a tales condiciones y a juramentos tan españoles. Entreveo algo militar y jesuítico en la francmasonería.
—Ve usted muy justo —contestó Naphta—. Su varita mágica ha dado el golpe. La idea de asociación es, en general, inseparable de la idea de absoluto; por consiguiente, es terrorista, es decir, antiliberal. Descarga la conciencia individual y, en nombre del objetivo absoluto, santifica todos los medios, incluso los más sangrientos, incluso el crimen. Hay razones para suponer que en las logias masónicas la unión de los hermanos era simbólicamente sellada con sangre. Una unión no era jamás contemplativa: es, por naturaleza, organizadora en un sentido absoluto. Usted ignora, sin duda, que el fundador de la orden de los iluminados, que estuvo a punto de confundirse, durante algún tiempo, con la francmasonería, era un antiguo miembro de la Compañía de Jesús.
—Confieso que no sabía nada…
—Adam Weishaupt organizó su asociación secreta y humanitaria exactamente según el modelo de la orden de los jesuítas. Él mismo era francmasón y los hermanos más respetados de la logia de este tiempo eran iluminados. Hablo de la segunda mitad del siglo XVIII, que Settembrini no dudará en caracterizar como una época de decadencia. Pero, en realidad, fue la época de la más alta floración, como la de todas las demás asociaciones secretas, el tiempo en que la francmasonería estuvo realmente animada por una vida superior, por una vida de la que ha sido expurgada después por la especie de hombres de nuestro filántropo, de nuestro amigo que, si hubiese vivido en aquella época, la hubiese acusado de jesuitismo y de oscurantismo.
—¿Estaría justificado?
—Sí, si usted quiere. El librepensamiento trivial tenía sus razones para juzgar así. Era el tiempo en que nuestros padres se esforzaban en animar la asociación con la vida católica y hierática, y en que prosperó en Clermont, en Francia, una logia de jesuitas masones. Es, además, el tiempo en que el espíritu de los Rosa-Cruz penetró en las logias, una cofradía muy singular en la que se mezclaron anhelos puramente racionalistas, progresistas, políticos y sociales, con un culto singular a las ciencias secretas del Oriente, a la sabiduría hindú y árabe, y a la magia natural. La reforma y reorganización de muchas logias masónicas se realizó entonces en un sentido de observación estricta, en un sentido netamente irracionalista y misterioso, mágico y alquimista, al cual los grados escoceses de la masonería deben su existencia. Grados de caballeros que se han añadido a la antigua jerarquía militar de aprendices, de compañeros y de maestros, grados de sublimes maestros de un carácter sacerdotal, penetrados de los misterios de la Rosa-Cruz. Se trata de una vuelta a ciertas órdenes espirituales de caballeros de la Edad Media, la de los templarios en particular, que prestaban, ante el patriarca de Jerusalén, juramento de pobreza, de castidad y de obediencia. Hoy todavía, un gran maestre de la jerarquía masónica lleva el título de «gran duque de Jerusalén».
—¡Todo eso es nuevo para mí, señor Naphta! Usted me descubre nuevos aspectos de nuestro buen Settembrini… «Gran duque de Jerusalén», no está mal. Debería llamarle usted así en broma. El otro día le llamó a usted «doctor angelicus».
—¡Oh!, hay una gran cantidad de títulos, igualmente significativos, para los grandes maestros y templarios de la estricta observancia. Tenemos un maestro perfecto, un caballero del Oriente, un gran sacerdote, y el grado treinta y uno se titula: Príncipe augusto del misterio real. Observe que todos esos nombres revelan relaciones con el misticismo oriental. La reaparición del templario no significa más que la reanudación de semejantes relaciones, la irrupción de fermentos irracionales en un universo de ideas progresistas, razonables y utilitarias. La francmasonería ganó un nuevo encanto y un nuevo esplendor que explica el éxito que obtuvo en ese tiempo. Atrajo a todos los elementos que estaban cansados del racionalismo del siglo, de su liberalismo humanitario, y que se sentían ávidos de filtros más potentes. El éxito de la orden fue tal que los filisteos se lamentaron de que descarriaba a los hombres de la felicidad conyugal y de la dignidad femenina.
—Bueno, profesor, si es así, comprendo que Settembrini no recuerde con gusto esa época de floración de su orden.
—No, no la recuerda con gusto; no recuerda con gusto que ha habido tiempo en que su orden se había atraído toda la antipatía que el liberalismo, el ateísmo y la razón enciclopédica sienten de ordinario hacia el complejo Iglesia, catolicismo, fraile, Edad Media. Ya ha oído usted que se acusaba a los francmasones de oscurantismo…
—¿Por que? Desearía que usted me dijese cómo pudo ocurrir eso.
—Voy a decírselo. La observancia estricta significaba una profundización y una ampliación de las tradiciones de la orden, situando su origen histórico en el mundo de los misterios y en las pretendidas tinieblas de la Edad Media. Los grandes maestros de las logias estaban iniciados en las *physica mystica*, se hallaban en posesión de una ciencia mágica de la naturaleza, y eran en suma, y sobre todo, grandes alquimistas…
—Tengo que hacer un gran esfuerzo para recordar lo que significa, de un modo justo, la palabra «alquimia». La alquimia, ¿no es hacer oro, no era la piedra filosofal, *aurum potabile*?
—Sin duda, en el sentido popular. Pero, en un lenguaje un poco más sabio, esa palabra significa depuración, transmutación, transustanciación, y, en una forma más elevada, mejora; por consiguiente, el *lapis philosophorum*, el producto andrógino del azufre y del mercurio, la *res bina*, la prima materia bisexuada, no eran nada más ni nada menos que el principio de la transmutación, del desarrollo hacia una forma superior por influencias exteriores; una pedagogía mágica, si usted quiere.
Hans Castorp permaneció en silencio y entornando los ojos miró al cielo.
—La cripta, sobre todo —continuó diciendo Naphta—, era un símbolo de la transmutación alquimista.
—¿La tumba?
—Sí, el lugar de la descomposición. Es el principio fundamental de todo hermetismo. La tumba no es otra cosa que el vaso, la crátera de cristal preciosamente conservada, en la que la materia es empujada hasta su última metamorfosis, hasta su suprema depuración.
—«Hermetismo» está muy bien dicho, señor Naphta. «Hermético», me gusta. Es una verdadera palabra de magia, con asociación de ideas indeterminadas y lejanas. Perdóneme, pero no puedo dejar de pensar en los tarros de conservas que nuestra ama de llaves de Hamburgo (se llama Schalleen, sin señora ni señorita, simplemente Schalleen) guarda en su despensa, alineados, sobre estanterías, con las bocas herméticamente cerradas. Se hallan allí, alineados, durante meses y años, y cuando se abre uno, según las necesidades, el contenido está fresco e intacto. Los meses y los años no han podido influir nada en la pureza del comestible. Es verdad que allí no hay química ni purificación, sino sencillamente conservación; de aquí el nombre de conserva. Pero lo que hay de mágico en eso es que esa conserva haya escapado al tiempo; ha sido herméticamente separada, el tiempo ha pasado por su lado; no ha tenido tiempo, ha permanecido fuera de él, fuera de su acción. ¡Bueno, basta con los tarros de conserva! No he sacado una gran consecuencia. Perdóneme. Creo que quería usted informarme más detalladamente.
—A condición de que usted lo desee. Es preciso que el aprendiz esté ávido de saber y se muestre impávido, para hablar en el estilo de nuestro tema. La tumba siempre ha sido el símbolo principal del pacto de alianza. El aprendiz, el neófito que desea ser admitido a saber, debe demostrar su valor ante los terrores de la tumba. Las costumbres de la orden exigen que, a título de prueba, sea conducido a la tumba y permanezca allí hasta que es sacado de la mano por un hermano desconocido. De aquí ese laberinto de pasillos y de bóvedas sombrías que el novicio debe atravesar, el paño negro de que se halla tendida la logia de la observancia estricta, el culto del ataúd, que desempeña un papel tan importante en el ceremonial de la consagración y de la reunión. El camino del misterio y de la purificación está rodeado de peligros. Conduce a través de angustias, a través del reino de la podredumbre, y el aprendiz, el neófito, es la juventud de los milagros de la vida, impaciente por verse provisto de una vida sobrenatural, guiado por hombres enmascarados que no son más que las sombras del misterio.
—Se lo agradezco mucho, profesor Naphta. ¡Es magnífico! Es eso, pues, la pedagogía hermética. No puede haber daño alguno en informarse de esas cosas.
—No, puesto que se trata de una introducción a las cosas últimas, a la confesión absoluta del trascendente, es decir, del objetivo. La observancia masónica, alquimista, durante años seguidos, ha conducido muchos espíritus nobles e inquietos a ese objetivo y no tengo necesidad de nombrarlos, pues no habrá usted dejado de comprender que los altos grados escoceses no son más que un equivalente de la jerarquía sagrada, que la sabiduría alquimista del maestro francmasón se desenvuelve dentro del misterio de la metamorfosis, y que las directivas secretas que la logia da a sus adeptos, se encuentran también netamente en la iniciación eclesiástica, de la misma manera que los juegos simbólicos del ceremonial masónico se encuentran en el simbolismo litúrgico y arquitectural de nuestra Santa Iglesia Católica.
—¡Ah!
—Perdone, no es eso todo. Me he permitido ya observar que no constituye más que una interpretación histórica el hacer remontar el origen de las logias a la honorable corporación de los masones. Al menos, la observancia estricta ha dado a la francmasonería fundamentos humanos mucho más profundos. El rito de las logias tiene algo de común con los misterios de nuestra Iglesia, ciertas relaciones con las solemnidades ocultas y los excesos sagrados propios de la humanidad más remota… Pienso, en lo que se refiere a la Iglesia, en los ágapes y en la Santa Cena, en la manducación de la carne y de la sangre, a lo que corresponden, en la logia…
—Un instante, un instante, permítame una observación. En esa existencia de una comunidad cerrada, como la de mi primo, hay también ágapes. Me ha hablado, con frecuencia, de ellos en sus cartas. Naturalmente, salvo que se embriaguen un poco, todo pasa muy correctamente, no se va nunca tan lejos como en los banquetes de estudiantes…
—A lo que corresponden, en la logia, el culto de la tumba y del ataúd, sobre el cual he llamado, hace un momento, su atención. En esos dos casos, nos hallamos en presencia de un simbolismo de cosas últimas y supremas, de elementos de una religiosidad primitiva y orgánica, de sacrificios nocturnos y desenfrenos en honor de la muerte y del porvenir, de la metamorfosis y de la resurrección… Usted recordará que los misterios de Isis, lo mismo que los de Eleusis, eran celebrados por la noche y en oscuras cavernas. Han existido muchas reminiscencias egipcias en la masonería, y muchas sociedades secretas se han dado el nombre de alianzas eleusinas. En las logias se han celebrado fiestas, fiestas de misterios eleusinos y afrodisíacos en las que las mujeres acaban, a pesar de todo, interviniendo; fiesta de rosas, a las cuales hacen alusión las tres rosas azules del mandil del masón y que, según parece, terminaban en bacanales.
—Pero veamos, profesor Naphta, ¿qué es lo que oigo? ¿La francmasonería es todo eso? Y es a todo eso a lo que nuestro amigo Settembrini, un espíritu tan claro…
—¡Es injusto con él! No, Settembrini no sabe absolutamente nada de todo eso. ¿No le he dicho ya que la logia ha sido desembarazada, por hombres como él, de todos los elementos de una vida superior? ¡Se ha humanizado, se ha modernizado! Se ha separado de los extravíos de esa especie para someterse a la utilidad, a la razón y al progreso, a la lucha contra los príncipes y los clerizantes, en una palabra: a un concepto social de la felicidad. En las logias se ocupan de nuevo de la naturaleza, de la virtud, de la medida y de la patria. Supongo que incluso se habla de asuntos particulares. En una palabra: es el espíritu mezquino burgués bajo la forma de un Círculo.
—¡Qué lástima! ¡Qué lástima por lo que se refiere a la fiesta de las rosas! Preguntaré a Settembrini si verdaderamente no está enterado de eso.
—¡El honesto caballero de la escuadra! —exclamó irónicamente Naphta—. Tenga en cuenta que no le fue fácil hacerse admitir en el taller del templo de la humanidad, pues es más pobre que una rata y, además, de una cultura superior, de una cultura humanista; se prefiere una fortuna suficiente para poder pagar los derechos de entrada y las cotizaciones anuales, que no son poca cosa. ¡Cultura y fortuna, ésa es la burguesía! ¡Aquí tiene usted los fundamentos de la república liberal universal!
—En efecto —exclamó, riendo, Hans Castorp—, eso es evidente.
—Sin embargo —añadió Naphta, después de un silencio—, le aconsejo que no tome demasiado a la ligera a ese hombre y a su causa; le recomendaría incluso, ya que ahora estamos hablando de él, que se pusiera usted en guardia. Lo pasado de moda no equivale forzosamente a lo inocente. El ser limitado no quiere decir que sea inofensivo. Esas gentes han metido mucha agua en el vino que antaño era generoso, pero la misma idea de alianza continúa siendo bastante fuerte para soportar el ser diluida, conservando vestigios de un misterio fecundo; es evidente que las logias ejercen una influencia en la marcha del mundo, y no puede dudarse que detrás de ese amable señor Settembrini se disimulan potencias de las que es afiliado y emisario…
—¿Emisario?
—Sí, un proselitista, un pescador de almas.
«¿Qué clase de emisario debes ser tú?», pensó Hans Castorp, y luego dijo en voz alta:
—Le doy las gracias, profesor Naphta. Le agradezco sinceramente su consejo. ¿Sabe lo que voy a hacer? Voy a subir al piso de arriba y tantear a ese hermano y masón disfrazado. Es preciso que un aprendiz sienta avidez por saber y sea impávido. Naturalmente… también es preciso que sea prudente. Es necesaria la prudencia para tratar con esos emisarios.
Sin temor alguno podía continuar instruyéndose cerca de Settembrini, pues éste nada tenía que reprochar a Naphta en lo referente a discreción, y por otra parte no parecía muy interesado en mantener en el misterio sus relaciones con aquella compañía armoniosa. *La Revista della Massoneria Italiana* se hallaba abierta sobre la mesa. Hans Castorp no se había fijado en ella hasta aquel momento, y cuando, informado por Naphta, dirigió la conversación hacia el arte imperial, como si las relaciones de Settembrini con la francmasonería fuesen indudables, no encontró más que un conato de reserva. Sin duda había puntos sobre los cuales el literato no quería profundizar, y respecto a los cuales permanecía con la boca cerrada. Seguramente se hallaba ligado por juramentos terroristas, por aquellos juramentos de que Naphta ya le había hablado, cosas que no se referían más que a los usos exteriores y a su propia posición en el seno de aquella extraña organización. Pero, por lo demás, hablaba incluso abundantemente y exponía al curioso un cuadro sobre la importancia de la extensión de su liga, que se hallaba representada en el mundo entero por más de veinte mil logias y ciento cincuenta grandes logias, y que se extendía hasta civilizaciones como la de Haití y a la república negra de Liberia. Citó también toda clase de nombres célebres cuyos titulares habían sido francmasones, o en la actualidad lo eran. Nombró a Voltaire, Lafayette y Napoleón, Franklin y Washington, Mazzini y Garibaldi, y, entre los actuales, al rey de Inglaterra en persona. Citó, además, nombres de personalidades que intervienen en los asuntos de los Estados europeos, a miembros de los Gobiernos y de los parlamentos…
Hans Castorp no cesó de recibir breves noticias de su primo. Primero buenas, alegres; luego, menos favorables; finalmente, noticias que disimulaban mal algo muy triste.
La serie de tarjetas postales comenzó con el mensaje que daba cuenta de la llegada de Joachim al regimiento y de la ceremonia romántica en la que, como Hans Castorp manifestó en la tarjeta postal que envió contestando a su primo, habían prestado juramento de pobreza, de castidad y de obediencia. La cosa fue continuando alegremente: las etapas de una carrera fácil y favorecida, allanada por una adhesión apasionada al oficio y por la simpatía de los jefes, eran descritas y seguidas de saludos y votos.
Como Joachim había estudiado durante algunos semestres en la universidad, le habían dispensado de los cursos en la escuela de guerra y eximido del servicio de aspirante. Promovido a suboficial para el nuevo año, envió una fotografía en la que aparecía con sus galones. Sus lacónicas noticias reflejaban el entusiasmo que sentía por someterse a una disciplina de hierro, endurecida por el sentimiento del honor, pero que tenía en cuenta, al mismo tiempo, con un rudo humor, la debilidad humana. Se consignaban anécdotas sobre la conducta romántica y embrollada que tenía respecto a él su sargento, un viejo soldado fanático que veía, a pesar de todo, en ese joven y falible subordinado, al jefe sacrosanto de mañana —en efecto, Joachim había sido ya admitido a la mesa de los oficiales—. Era un sargento extravagante y feroz. Luego hablaba sobre la cuestión del examen de oficial. A principios de abril, Joachim fue nombrado teniente.
No había hombre más feliz que él; la naturaleza y los deseos no podían mostrar más satisfacción de aquella forma de existencia. Con una especie de voluptuosidad púdica contaba cómo, en su nuevo esplendor, había pasado por primera vez por delante del Ayuntamiento y con un gesto de la mano había contenido al funcionario que se había cuadrado para rendirle honores. Hablaba de las pequeñas contrariedades y de las satisfacciones del servicio, de los camaradas sorprendentes y simpáticos, de la fidelidad maliciosa de su ordenanza, de incidentes cómicos durante el ejercicio y en la hora de la instrucción, de revistas y de comidas militares. Incidentalmente hablaba también de acontecimientos mundanos, de visitas, de banquetes, de bailes. Pero jamás de su salud.
Eso duró hasta la proximidad del verano. Anunció, entonces, que se hallaba en la cama, que desgraciadamente había tenido que declararse enfermo: gripe, asunto de algunos días.
A principios de junio reanudó su servicio, pero a mediados de mes estaba de nuevo «fastidiado», se lamentaba amargamente de su «gandulería» y reflejaba el temor de no poder hallarse en su puesto para las grandes maniobras, a principios de agosto, maniobras que había esperado con una alegre impaciencia. ¡Vanas preocupaciones! En julio rebosó salud durante semanas enteras, hasta que las malditas oscilaciones de su temperatura habían hecho necesaria una consulta y todo dependía del resultado.
Hans Castorp permaneció largo tiempo sin noticias acerca del resultado de esa consulta, y cuando las recibió no fueron de Joachim —bien porque no estuviese en estado de hacerlo o porque se sintiese avergonzado—; fue la madre de este, la señora Ziemssen, la que envió un telegrama, anunciando que Joachim había pedido licencia por algunas semanas, cosa que había sido juzgada como indispensable por los médicos. Se recomendaba la alta montaña, se prescribía la partida inmediata y rogaba que se reservasen dos habitaciones. Respuesta pagada. Firmado: tía Luisa.
Fue a fines de julio cuando Hans Castorp recibió este telegrama, hallándose en el balcón. Lo leyó y volvió a leer. Movió ligeramente la cabeza, y no solamente la cabeza, sino toda la parte superior del cuerpo, y dijo entre dientes:
—¡Toma, toma, toma! ¡No es posible, no es posible! ¡Joachim vuelve! —Y se sintió penetrado de una alegría repentina.
Casi inmediatamente se calmó y pensó: «¡Hum, hum, grave noticia! Se podía decir también: ¡linda sorpresa! ¡Diablo, eso ha sido muy deprisa! ¿Ya está maduro para el país? La madre viene con él (dijo “la madre”, no “tía Luisa”)»; su sentimiento del parentesco se había sensiblemente atenuado, de manera que se sentía casi un extraño. Es una circunstancia agravante. Y precisamente antes de las grandes maniobras en las que ese querido muchacho estaba impaciente por tomar parte. Hay en todo eso una fuerte dosis de villanía, de una villanía sarcástica; se trata de un hecho antiidealista. El cuerpo triunfa, quiere otra cosa que el alma, y se impone para la confusión de las gentes presuntuosas que nos enseñan que está sometido al alma. Parece que no saben lo que dicen, pues si tuviesen razón eso dejaría muy turbia la cuestión del alma en un caso como éste. *Sapienti sat*, ya sé lo que quiero decir; pues la cuestión que planteo es justamente la de saber en qué medida es un error oponerlos el uno al otro, en que medida son contrarios al acuerdo y desempeñan una parte concertada. Pero he aquí una idea que felizmente no se les ocurrirá a los presuntuosos. Mi buen Joachim, ¿quién puede reprocharte tu celo excesivo? Tú eres leal, ¿pero de qué te sirve la lealtad si el cuerpo y el alma se han puesto de acuerdo? ¿Es posible que no hayas olvidado ciertos perfumes sedantes, un pecho opulento y una risa sin razón que te esperan en la mesa de la Stoehr?
»Joachim viene —se dijo de nuevo, y se estremeció de alegría—. Llega en mal estado sin duda, pero de nuevo seremos dos y no me hallaré aquí completamente entregado a mí mismo. Eso está bien. Es verdad que las cosas no ocurrirán exactamente como antes. ¿No está ocupado su cuarto? Mistress MacDonald tose sordamente y tiene a mano naturalmente la fotografía de su joven hijo, o la ha puesto ante ella en la mesita. Pero si la habitación no ha sido reservada, se puede provisionalmente reservar otra. El 28 está libre, según creo. Voy enseguida a la administración, y principalmente a ver a Behrens. Es una noticia triste desde ciertos puntos de vista, sorprendentemente desde otros, pero en todo caso ¡una noticia formidable! Voy a esperar al camarada amable que debe pasar dentro de poco. Son ya las tres y media. Voy a preguntarle si estima que, incluso en este caso, el fenómeno físico debe ser considerado como secundario.»
Antes de la hora del té se dirigió a la oficina administrativa. La habitación de referencia, que daba al mismo corredor que la suya, se hallaba disponible y también se miraría de alojar a la señora Ziemssen. Se apresuró luego en ir a ver a Behrens. Le encontró en el «labo», con un cigarro en la mano, teniendo en la otra un tubo de ensayo con un contenido de color dudoso.
—¿Sabe usted, doctor…? —comenzó diciendo Hans Castorp.
—Sí, que no decolora —contesto el especialista—. Aquí tiene a Rosenheim, de Utrecht —dijo, y con su cigarro señaló el tubo—, Gaffky 10. Y he aquí que Schmitz, el director de la fábrica, grita y se lamenta porque Rosenheim ha expectorado durante el paseo, con Gaffky 10. Debo darle un rapapolvo. Pero si le doy un meneo perderá la serenidad, porque es exageradamente susceptible, y ocupa tres habitaciones con toda su familia. No puedo ponerle en la puerta, tendría que habérmelas entonces con la dirección general. Ya ve en qué conflictos me encuentro complicado a cada momento; es inútil querer seguir su camino en paz y sin reproche.
—¡Qué contrariedad! —dijo Hans Castorp con la comprensión del habituado y el veterano—. Conozco a esos señores. Schmitz se atiene al reglamento, mientras que Rosenheim es un abandonado. Pero tal vez haya entre ellos puntos de coincidencia fuera del campo de la higiene, al menos así me lo parece. Schmitz y Rosenheim son, los dos, amigos de la señora Pérez, de Barcelona, de la mesa de la Kleefeld. Es por aquí por donde hay que buscar el origen de esa querella. Le aconsejaría que recordase de una manera general las prescripciones que se discuten y que, para los demás, cerrase los ojos.
—Naturalmente que los cierro. No hago más que eso. A fuerza de cerrarlos casi padezco un blesfarospasmo. ¿Pero qué es lo que quiere usted?
Hans Castorp comunicó la noticia triste y sorprendente al mismo tiempo.
El consejero no se mostró precisamente sorprendido. No lo hubiera estado en ningún caso, pero en esta ocasión no lo estuvo absolutamente nada, porque Hans Castorp, interrogado sobre este punto, o por su propio impulso, había informado a Behrens que, ya en el mes de mayo, su primo había tenido que guardar cama.
—¡Toma, toma! —dijo Behrens—. ¡Vamos! ¿Qué le dije a usted? ¿Qué le dije textualmente, no diez veces, sino cien? ¡Ya está usted servido! ¡Durante nueve meses ha disfrutado, ha gozado del paraíso! Pero en un paraíso en el que, si no se está desintoxicado, no hay salvación alguna; eso es lo que nuestro evadido no quiso creer cuando el viejo Behrens se lo decía. Hay que creer siempre al viejo Behrens; si no, uno está fastidiado y llega demasiado tarde al mea culpa. Ya ve lo que ha conseguido el joven teniente; a la verdad, nada. ¿Para qué le sirve todo eso? Dios ve el fondo de los corazones, no se ocupa ni de rango ni de estado, nos hallamos todos delante de él desnudos, tanto el general como el sencillo soldado… —Y comenzó a armarse un lío, se frotó los ojos con su enorme mano, cuyos dedos sostenían el cigarro, y rogó a Hans Castorp que no le entretuviese por más tiempo esta vez. Una habitación para Ziemssen era cosa fácil de encontrar y cuando el primo llegase encargaba a Hans Castorp que le metiese en la cama sin tardanza. En cuanto a él, Behrens, no reprochaba jamás nada a nadie, abría paternalmente sus brazos y estaba dispuesto a degollar la vaca gorda en obsequio del hijo pródigo.
Hans Castorp envió un telegrama. Contó, en todas partes, que su primo iba a volver, y todos los que conocían a Joachim sentían pesadumbre y satisfacción, ambas cosas sinceramente, pues el carácter leal y caballeresco de Joachim le había ganado la simpatía general, y el juicio o el sentimiento inexpresado de numerosos enfermos era que Joachim había sido el mejor de todos.
No nos referimos a nadie en particular, pero creemos que más de uno experimentó una cierta satisfacción al enterarse de que Joachim volvía del estado militar a la posición horizontal y de que, a pesar de toda su corrección, iba de nuevo a ser de «los nuestros».
Como se sabe, la señora Stoehr había previsto esto ya desde el principio. La cosa se había confirmado, a pesar del escepticismo vulgar de que se había visto rodeada cuando la partida de Joachim para la llanura, y ella no dejó de vanagloriarse de ello. «¡Malo, malo!», dijo. Ella ya se había dado cuenta enseguida de que la cosa iba mal, y quería esperar que Ziemssen, con su testarudez, no hubiese atizado el asunto. Valía más quedarse en la cuna, como ella había hecho, a pesar de tener también sus intereses en el país llano, en Cannstadt, un marido y dos hijos. Pero sabía dominarse…
Ni Joachim ni la señora Ziemssen enviaron más noticias. Hans Castorp permaneció en la ignorancia acerca de la hora y del día de su llegada. Por la misma razón no fue a esperarles a la estación, pero, tres días después de expedido el telegrama de Hans, se presentaron sencillamente allí, y el teniente Joachim apareció con una sonrisa excitada al lado de la *chaise-longue* reglamentaria de su primo.
Fue a la hora en que comenzaba la cura de reposo de la noche. Llegaron en el mismo tren que también había traído a Hans Castorp hacía unos años, que no habían sido breves ni largos, sino privados de duración, muy ricos en acontecimientos, y sin embargo nulos e inconscientes; la estación también era la misma, era exactamente la misma: uno de los primeros días de agosto.
Joachim entró alegremente —sí; por el momento mostraba una agitación incontestablemente alegre— en la habitación de Hans Castorp, o más exactamente, pasó de la habitación, que había recorrido a paso gimnástico, al balcón y saludó riendo a su primo, con la respiración corta y ensordecida. Había realizado de nuevo el largo viaje a través de países diversos, por encima del lago semejante a un mar; luego había subido por estrechos senderos, y ahora se hallaba allí, como si no se hubiese marchado nunca, saludado por su pariente, que se había alzado a medias de su posición horizontal, lanzando exclamaciones de «no es posible».
Tenía el rostro colorado, bien por la vida al aire libre que había llevado, bien como consecuencia del viaje. Directamente, sin preguntar siquiera por su habitación, había corrido al número 34 para saludar al compañero de los días antiguos, los cuales se habían hecho ahora presentes, mientras su madre estaba ocupada en arreglarse un poco. Tenían intención de comer dentro de diez minutos, naturalmente en el restaurante. Hans Castorp podía comer con ellos, o al menos beber un dedo de vino. Y Joachim arrastró a su primo al número 28, en donde pasó lo que había ocurrido la noche de la venida de Hans, pero de un modo contrario: Joachim, charlando de un modo febril, se lavó las manos en el lavabo resplandeciente, y Hans Castorp le contempló sorprendido y en cierto modo decepcionado de ver a su primo vestido de paisano. Su estado militar no se reflejaba en nada en su manera de vestir. Se le había figurado, durante todo el tiempo, como un oficial vestido de uniforme, y he aquí que ahora se hallaba allí con su traje gris, como un cualquiera.
Joachim se rió y le encontró inocente. ¡Ah, no, su uniforme se había quedado allá abajo! Hans Castorp debía saber que el uniforme era algo distinto. No se iba a cualquier parte de uniforme.
—¡Ah, gracias por la noticia! —dijo Hans Castorp.
Pero Joachim parecía no tener conciencia del sentido ofensivo que podía darse a su explicación. Se informó sobre las personas y los acontecimientos del Berghof, no solamente sin la menor presunción, sino con una ternura y solicitud propias del que regresa.
Luego apareció la señora Ziemssen por la puerta de comunicación. Saludó a su sobrino de la manera que muchas personas afectan en esas circunstancias, es decir, como si se hallase alegremente sorprendida al encontrarle allí, con una expresión que, por otra parte, aparecía ensombrecida por una especie de melancolía, por la fatiga y por una pena muda que se relacionaba, aparentemente, con Joachim.
Salieron de la habitación.
Luis Ziemssen tenía los mismos bellos ojos negros que Joachim. Sus cabellos, igualmente negros, pero ya sensiblemente mezclados de hilos blancos, eran mantenidos por una redecilla casi invisible, y eso armonizaba con su manera de ser, que era reflexiva, mesurada con gracia, discreta con dulzura, y que, a pesar de una evidente sencillez de espíritu, le daba una dignidad agradable.
Era claro —y Hans Castorp no se sorprendió— que ella no comprendía la alegría de Joachim, su respiración acelerada y su palabra precipitada, fenómenos que contradecían, sin duda, la actitud que había conservado allá abajo y que estaban, en efecto, mal apropiados a su situación. Y ella parecía, en cierto modo, despechada. Aquella vuelta le parecía triste y ella creía deber ajustar su comportamiento a ella. No podía participar de las impresiones de Joachim, de las sensaciones tumultuosas del regreso, que le arrastraban momentáneamente en una ola de embriaguez, ni podía comprender que el hecho de respirar de nuevo este aire, nuestro aire incomparablemente ligero, inconsistente, le exaltase todavía más. Estas sensaciones eran impenetrables para ella.
«Mi pobre pequeño», pensó, mirando al pobre pequeño cómo se abandonaba, con su primo, a una alegría desbordante, despertando mil recuerdos, haciendo mil preguntas y riéndose de las contestaciones, echándose contra el respaldo de la silla. Algunas veces, dijo: «¡Pero, hijos míos!» Y lo que luego añadió, debía ser alegre, pero tenía un acento de sorpresa y casi de censura: «Joachim, hace mucho tiempo que no te había visto así. Se diría que teníamos que venir aquí para que estuvieses de nuevo como el día de tu promoción.» Al oír eso, la alegría de Joachim desapareció. Su buen humor quedó deprimido, recobró la conciencia de su estado, calló, no probó los entremeses, a pesar de que fuesen muy apetitosos —lo contrario de Hans Castorp, que le hacía honor a pesar de que no hubiese transcurrido una hora desde su sustanciosa comida— y terminó por no levantar los ojos, seguramente porque los tenía llenos de lágrimas.
Sin duda no había sido ésa la intención de la señora Ziemssen. Era más bien por respeto a las conveniencias que había querido poner un poco de seriedad, de moderación, ignorando que todo lo que es término medio y medida era extraño a ese lugar, y que sólo cabía elegir entre los dos extremos. Cuando ella vio a su hijo deprimido de tal manera, estuvo también a punto de derramar lágrimas, y agradeció a su sobrino los esfuerzos que hizo para reanimar a Joachim, profundamente entristecido.
En lo que se refería a los pensionistas —decía Hans Castorp—, Joachim iba a encontrar muchos cambios bastante nuevos, pero, por lo demás, las cosas habían seguido, durante su ausencia, el curso ordinario. Hacía mucho tiempo que la tía abuela, con su compañía, se hallaba de vuelta. Esas señoras estaban sentadas, como siempre, a la mesa de la señora Stoehr. Marusja reía mucho y con todo su corazón.
Joachim permaneció silencioso. Pero esas palabras recordaron a la señora Ziemssen un encuentro y unos saludos que estaba encargada de transmitir. El encuentro con una señora bastante simpática, a pesar de que viajase sola y que la línea de sus cejas fuese un poco demasiado regular. La habían encontrado en Munich, en donde habían pasado un día entre dos trayectos nocturnos, y en el restaurante ella se había acercado a su mesa, para saludar a Joachim. Una antigua vecina de sanatorio… Y ella rogó a Joachim que le recordase el nombre de la señora.
—Madame Chauchat —dijo en voz baja Joachim—. Se encontraba por entonces en un balneario de Allgäu, y se proponía pasar el otoño en España. En invierno volvería sin duda aquí. Les había dado recuerdos.
Hans Castorp, que no era ya un niño, dominó los nervios vasculares, que hubiesen podido hacer enrojecer o palidecer su rostro. Dijo:
—¡Ah! ¿Era ella? ¿Ha vuelto, pues, del fondo del Cáucaso? ¿Y quiere ir a España?
La dama había citado un lugar de los Pirineos.
—Una linda mujer o al menos encantadora. Una voz agradable y movimientos agradables. Pero maneras libres y despreocupadas —dijo la señora Ziemssen—. Se nos acercó con naturalidad, como viejos amigos, nos interrogó, charló con nosotros, a pesar de que Joachim, según me ha dicho, no trabó conocimiento con ella. ¡Muy chocante!
—Es el Oriente y es la enfermedad —respondió Hans Castorp. No había que pensar que aplicar a esas cosas la medida de la civilización humanista. Sería un error. ¡Precisamente madame Chauchat tenía intención de ir a España! España se hallaba en la dirección opuesta, también muy lejos del término medio humanista, no de la parte despreocupada, sino del lado rígido; no era ausencia de forma, sino exceso de forma, la muerte considerada como forma, no la disolución de la muerte, sino la austeridad de la muerte, negra, distinguida y sangrienta, la Inquisición, la golilla, Loyola, El Escorial… Sería interesante saber cómo madame Chauchat disfrutaría en España. Sin duda perdería la costumbre de dar portazos y tal vez se estableció un cierto equilibrio humano entre los dos campos antihumanistas. Pero cuando el Oriente iba a España podía igualmente resultar un terrorismo feroz…
No, no se había puesto colorado ni había palidecido; pero la impresión que esas noticias inesperadas de madame Chauchat le habían producido, se traducía en palabras que no tenían más respuesta que un silencio cohibido.
Joachim no se mostró muy asustado. Se acordaba de las sutilezas extravagantes de su primo. Pero la más grande estupefacción se pintaba en los ojos de la señora Ziemssen, que se comportó como si Hans Castorp hubiese pronunciado palabras de la más grosera inconveniencia, y después de un silencio penoso se levantó de la mesa pronunciando algunas frases destinadas a poner fin a aquella situación embarazosa.
Antes de separarse, Hans Castorp les informó de las instrucciones del consejero: Joachim debía permanecer mañana en la cama hasta que se le hubiese auscultado. Luego ya se vería. Después, los tres parientes, cada uno por su lado, se tendieron en sus habitaciones abiertas a la frescura de aquella noche de verano de la alta montaña, cada uno con sus pensamientos. Hans Castorp entregado a la perspectiva del regreso de madame Chauchat, para dentro de seis meses.
Y ese pobre Joachim había, pues, venido de su «país» para someterse a una pequeña cura complementaria, que se consideraba oportuna. Esa expresión de «cura complementaria» era, al parecer, la consigna dada en el país llano, y de ella se servían aquí igualmente. El consejero Behrens adoptó también esta expresión, a pesar de que comenzó por administrar a Joachim, desde el primer día, cuatro semanas de reposo en la cama; eran necesarias para evitar cosas más graves, para ayudarle a aclimatarse y para regularizar un poco los saltos de su temperatura. Supo, por otra parte, evitar el señalar una duración precisa a la pequeña cura complementaria. La señora Ziemssen, razonable, sensata, no se entregaba a esperanzas exageradas; propuso —en ausencia de Joachim— el otoño, el mes de octubre, por ejemplo, como fecha eventual de la partida, y Behrens la aprobó o al menos declaró que en aquel momento uno estaría más orientado que hoy. Por otra parte, le produjo una impresión excelente. Él era muy galante, decía «querida señora» mirándola lealmente con sus ojos llenos de lágrimas e inyectados en sangre, y usaba perfectamente el lenguaje pintoresco de los estudiantes alemanes que, a pesar de toda su tristeza, ella acababa de reírse. «Se halla en las mejores manos», dijo, y se marchó a Hamburgo ocho días después de su llegada, puesto que no había lugar a prestar a su hijo ningún servicio, y tanto más cuanto que Joachim tenía aquí un pariente para hacerle compañía.
—Alégrate, se ha fijado el otoño —dijo Hans Castorp cuando se halló en el número 28, sentado a la cabecera de la cama de su primo—. El viejo se ha comprometido hasta cierto punto. Puedes contar con eso. Octubre es un buen tiempo. Muchas gentes, en ese momento, van a España y tú volverás al lado de tu *bandera* para distinguirte brillantemente.
Su ocupación diaria era la de consolar a Joachim, sobre todo por haber faltado, viviendo aquí, al gran juego militar que comenzaba en esos días de agosto, pues era esto sobre todo lo que desolaba a Joachim y le hacía manifestar un verdadero desprecio contra la maldita debilidad que le había hecho sucumbir en el último momento.
—*Rebellio carnis* —dijo Hans Castorp—. ¿Qué quieres hacerle? El más valiente oficial no puede contra esto, y el mismo san Antonio podría decirnos algo. Dios mío, hay maniobras cada año, y tú ya conoces cómo transcurre el tiempo aquí. No se le puede llamar tiempo, no has estado ausente un plazo tan largo para que no recuperes rápidamente el ritmo, y pronto tu pequeña cura complementaria habría pasado.
Sin embargo, el sentido del tiempo había sido renovado demasiado sensiblemente en Joachim, por su permanencia en el país llano, para que no dejase de sentir miedo ante esas cuatro semanas que le esperaban. Pero todos le ayudaban a franquearlas y la simpatía que todos le testimoniaban, a causa de su carácter tan digno, se manifestó en visitas. Settembrini vino, compadeció, se mostró encantador, y como había llamado siempre a Joachim teniente, ahora le dio el título de *capitán*… Naphta también visitó al enfermo, y todos los antiguos amigos de la casa comparecieron, poco a poco, aprovechando el cuarto de hora de libertad que les permitía el reglamento, para sentarse junto a su cama a repetir la expresión «pequeña cura complementaria» y a pedir que les contase sus aventuras: las señoras Stoehr, Levy, Iltis y Kleefeld, los señores Ferge, Wehsal y otros. Algunos le llevaron incluso flores. Cuando hubieron pasado las cuatro semanas se levantó, porque la fiebre había descendido suficientemente para que pudiese ir y venir, y recuperó su lugar en el comedor, al lado de su primo, entre Hans Castorp y la esposa del cervecero, la señora Magnus, en el ángulo de la mesa, en el lugar mismo que el tío James y, más tarde, la señora Ziemssen habían ocupado algún tiempo.
De esta manera, los jóvenes vivieron de nuevo uno al lado del otro, como antes, y para que la situación anterior resucitase más completamente, Joachim tomó posesión de su antiguo cuarto después que la señora MacDonald hubo lanzado el último suspiro, con el retrato de su hijito entre las manos; de su antigua habitación, al lado de la de Hans Castorp, naturalmente después que hubo sido concienzudamente desinfectada con H~2~CO. En realidad, y desde un punto de vista sentimental, esta vez era Joachim quien vivía al lado de Hans Castorp y no Hans Castorp quien vivía al lado de su primo. El primero era actualmente el habitante sedentario, y Joachim no hacía más que compartir su existencia, momentáneamente y como visitante. Pues Joachim se esforzaba, con una firmeza rígida, en mantener ante su vista el plazo fijado para octubre, a pesar de que ciertas partes de su sistema nervioso central no se resignasen a seguir una conducta conforme a la norma humanista y de que su piel permaneciese ardiente y seca.
Reanudaron igualmente sus visitas a Settembrini y a Naphta, lo mismo que sus paseos con esos dos hombres unidos por su antagonismo; cuando A. C. Ferge y Fernando Wehsal tomaban parte, lo que ocurría con frecuencia, eran seis, y esos adversarios en el dominio del espíritu continuaban entonces sus peleas incesantes, de las cuales no podríamos dar cuenta de una manera explícita sin perdernos en un dédalo desesperante, exactamente como hacían ellos mismos todos los días, ante un público bastante numeroso, a pesar de que Hans Castorp tendiese a considerar su pobre alma como el principal botín de sus debates dialécticos.
Se había enterado, por Naphta, de que Settembrini era francmasón, lo que le había causado una impresión no menos viva que la confidencia del italiano sobre las concomitancias de Naphta con los jesuitas y el origen de sus recursos. De nuevo experimentó sorpresa al enterarse de que verdaderamente existían cosas tan fantásticas, y con insistencia interrogó al terrorista sobre el origen y la naturaleza de esa curiosa institución que celebraría, dentro de algunos años, su doscientos aniversario.
Si Settembrini hablaba de la naturaleza intelectual de Naphta a espaldas de su vecino, poniéndole patéticamente en guardia contra algo diabólico, Naphta, a espaldas del otro, se burlaba cordialmentc y sin énfasis de la esfera que Settembrini representaba, dando a entender que todo aquello era muy atrasado y fuera de nuestro tiempo: el liberalismo burgués, que no era otra cosa que un lamentable fantasma del espíritu, pero que se abandonaba todavía a la ilusión de estar animado por una vida revolucionaria. Decía:
—Qué quiere usted, su abuelo era carbonario, lo que quiere decir carbonero. A él le debe esa fe de carbonero en la razón, la libertad, el progreso de la humanidad y toda esa maleta llena de una idealogía de virtudes burguesas y clásicas, todas roídas por los mitos. Como puede usted ver, lo que turba al mundo es la desproporción entre la rapidez del espíritu y la pesadez, la lentitud, la increíble pereza y la fuerza de inercia de la materia. Es preciso convenir que esta desproporción podría servir de excusa a un espíritu que se desinterese de lo real, pues está dentro de la regla que los fermentos que provocan, en realidad, las revoluciones le repugnan desde hace tiempo. En efecto, el espíritu muerto repugna al espíritu vivo, son basaltos que, al menos, no tienen la pretensión de ser espíritu y vida. Tales basaltos, vestigios de realidades antiguas que el espíritu ha dejado muy lejos detrás de sí y que se niega a unir al concepto de lo real, se conservan por inercia y por su persistente pesadez, impidiendo desgraciadamente a las ideas atrasadas darse cuenta de hasta qué punto lo son. Me expreso de un modo general, pero usted puede aplicar estas generalidades en cierto liberalismo humanitario que se cree encontrar siempre en una situación heroica ante el despotismo y la autoridad. Eso sin hablar de catástrofes por las cuales querría demostrar que vive, de esos triunfos atrasados y ruidosos que prepara y que sueña poder festejar un día. Al pensamiento de todo eso, el espíritu vivo podría morir de aburrimiento si no supiese que es el quien atrapará la verdad y que se aprovechará de catástrofes semejantes, aliando a los elementos del pasado, los elementos más lejanos del porvenir para realizar una verdadera revolución… ¿Cómo está su primo? Ya sabe que siento mucha simpatía hacia él.
—Gracias, señor Naphta. Creo que todo el mundo tiene simpatía por él, es un excelente muchacho. Settembrini también le quiere mucho, a pesar de que, naturalmente, debe desaprobar cierto terrorismo exaltado que implica el oficio de Joachim. Pero usted me ha dicho que es un hermano de logia. ¡Dígame! Eso me preocupa, lo confieso, me le hace aparentar con un aspecto nuevo, y me explico muchas cosas. ¿Coloca sus pies, en determinadas ocasiones, en ángulo recto y da la mano de una cierta manera? No me he dado cuenta de nada…
—Creo que nuestro buen hermano tres puntos debe haber pasado la edad de tales puerilidades. Presumo que el ceremonial de las logias ha debido adaptarse muy difícilmente a la sequedad del espíritu burgués contemporáneo. Se avergonzaría del ritual de otros tiempos como de un charlatanismo desplazado, y no sin motivo, pues, en definitiva, sería verdaderamente impropio disfrazar de misterio el republicanismo ateo. No sé por qué sistema de apariciones terroríficas se ha puesto a prueba la constancia del señor Settembrini, ni si se le ha llevado, con los ojos vendados, por una serie de pasillos, ni si le han hecho esperar bajo sombrías bóvedas, antes de que haya aparecido ante él la logia, llena de luces y de reflejos; ni si le han catequizado solemnemente y si, en presencia de un cráneo y de tres velas, le han amenazado con espadas. Pregúnteselo a él mismo, pero temo que no sea locuaz, pues, aunque todo eso se hubiese desarrollado de una manera más burguesa, no por eso dejaría de prestar juramento de silencio.
—¿Juramento? ¿De silencio? ¡Vaya!
—Seguramente. De silencio y obediencia.
—¿De obediencia también? Escuche, profesor, entonces me parece que no tiene razón alguna para mostrarse extrañado del terrorismo y de la exaltación del oficio de mi primo. ¡Silencio y obediencia! Jamás hubiera creído que un hombre tan liberal como Settembrini pudiera someterse a tales condiciones y a juramentos tan españoles. Entreveo algo militar y jesuítico en la francmasonería.
—Ve usted muy justo —contestó Naphta—. Su varita mágica ha dado el golpe. La idea de asociación es, en general, inseparable de la idea de absoluto; por consiguiente, es terrorista, es decir, antiliberal. Descarga la conciencia individual y, en nombre del objetivo absoluto, santifica todos los medios, incluso los más sangrientos, incluso el crimen. Hay razones para suponer que en las logias masónicas la unión de los hermanos era simbólicamente sellada con sangre. Una unión no era jamás contemplativa: es, por naturaleza, organizadora en un sentido absoluto. Usted ignora, sin duda, que el fundador de la orden de los iluminados, que estuvo a punto de confundirse, durante algún tiempo, con la francmasonería, era un antiguo miembro de la Compañía de Jesús.
—Confieso que no sabía nada…
—Adam Weishaupt organizó su asociación secreta y humanitaria exactamente según el modelo de la orden de los jesuítas. Él mismo era francmasón y los hermanos más respetados de la logia de este tiempo eran iluminados. Hablo de la segunda mitad del siglo XVIII, que Settembrini no dudará en caracterizar como una época de decadencia. Pero, en realidad, fue la época de la más alta floración, como la de todas las demás asociaciones secretas, el tiempo en que la francmasonería estuvo realmente animada por una vida superior, por una vida de la que ha sido expurgada después por la especie de hombres de nuestro filántropo, de nuestro amigo que, si hubiese vivido en aquella época, la hubiese acusado de jesuitismo y de oscurantismo.
—¿Estaría justificado?
—Sí, si usted quiere. El librepensamiento trivial tenía sus razones para juzgar así. Era el tiempo en que nuestros padres se esforzaban en animar la asociación con la vida católica y hierática, y en que prosperó en Clermont, en Francia, una logia de jesuitas masones. Es, además, el tiempo en que el espíritu de los Rosa-Cruz penetró en las logias, una cofradía muy singular en la que se mezclaron anhelos puramente racionalistas, progresistas, políticos y sociales, con un culto singular a las ciencias secretas del Oriente, a la sabiduría hindú y árabe, y a la magia natural. La reforma y reorganización de muchas logias masónicas se realizó entonces en un sentido de observación estricta, en un sentido netamente irracionalista y misterioso, mágico y alquimista, al cual los grados escoceses de la masonería deben su existencia. Grados de caballeros que se han añadido a la antigua jerarquía militar de aprendices, de compañeros y de maestros, grados de sublimes maestros de un carácter sacerdotal, penetrados de los misterios de la Rosa-Cruz. Se trata de una vuelta a ciertas órdenes espirituales de caballeros de la Edad Media, la de los templarios en particular, que prestaban, ante el patriarca de Jerusalén, juramento de pobreza, de castidad y de obediencia. Hoy todavía, un gran maestre de la jerarquía masónica lleva el título de «gran duque de Jerusalén».
—¡Todo eso es nuevo para mí, señor Naphta! Usted me descubre nuevos aspectos de nuestro buen Settembrini… «Gran duque de Jerusalén», no está mal. Debería llamarle usted así en broma. El otro día le llamó a usted «doctor angelicus».
—¡Oh!, hay una gran cantidad de títulos, igualmente significativos, para los grandes maestros y templarios de la estricta observancia. Tenemos un maestro perfecto, un caballero del Oriente, un gran sacerdote, y el grado treinta y uno se titula: Príncipe augusto del misterio real. Observe que todos esos nombres revelan relaciones con el misticismo oriental. La reaparición del templario no significa más que la reanudación de semejantes relaciones, la irrupción de fermentos irracionales en un universo de ideas progresistas, razonables y utilitarias. La francmasonería ganó un nuevo encanto y un nuevo esplendor que explica el éxito que obtuvo en ese tiempo. Atrajo a todos los elementos que estaban cansados del racionalismo del siglo, de su liberalismo humanitario, y que se sentían ávidos de filtros más potentes. El éxito de la orden fue tal que los filisteos se lamentaron de que descarriaba a los hombres de la felicidad conyugal y de la dignidad femenina.
—Bueno, profesor, si es así, comprendo que Settembrini no recuerde con gusto esa época de floración de su orden.
—No, no la recuerda con gusto; no recuerda con gusto que ha habido tiempo en que su orden se había atraído toda la antipatía que el liberalismo, el ateísmo y la razón enciclopédica sienten de ordinario hacia el complejo Iglesia, catolicismo, fraile, Edad Media. Ya ha oído usted que se acusaba a los francmasones de oscurantismo…
—¿Por que? Desearía que usted me dijese cómo pudo ocurrir eso.
—Voy a decírselo. La observancia estricta significaba una profundización y una ampliación de las tradiciones de la orden, situando su origen histórico en el mundo de los misterios y en las pretendidas tinieblas de la Edad Media. Los grandes maestros de las logias estaban iniciados en las *physica mystica*, se hallaban en posesión de una ciencia mágica de la naturaleza, y eran en suma, y sobre todo, grandes alquimistas…
—Tengo que hacer un gran esfuerzo para recordar lo que significa, de un modo justo, la palabra «alquimia». La alquimia, ¿no es hacer oro, no era la piedra filosofal, *aurum potabile*?
—Sin duda, en el sentido popular. Pero, en un lenguaje un poco más sabio, esa palabra significa depuración, transmutación, transustanciación, y, en una forma más elevada, mejora; por consiguiente, el *lapis philosophorum*, el producto andrógino del azufre y del mercurio, la *res bina*, la prima materia bisexuada, no eran nada más ni nada menos que el principio de la transmutación, del desarrollo hacia una forma superior por influencias exteriores; una pedagogía mágica, si usted quiere.
Hans Castorp permaneció en silencio y entornando los ojos miró al cielo.
—La cripta, sobre todo —continuó diciendo Naphta—, era un símbolo de la transmutación alquimista.
—¿La tumba?
—Sí, el lugar de la descomposición. Es el principio fundamental de todo hermetismo. La tumba no es otra cosa que el vaso, la crátera de cristal preciosamente conservada, en la que la materia es empujada hasta su última metamorfosis, hasta su suprema depuración.
—«Hermetismo» está muy bien dicho, señor Naphta. «Hermético», me gusta. Es una verdadera palabra de magia, con asociación de ideas indeterminadas y lejanas. Perdóneme, pero no puedo dejar de pensar en los tarros de conservas que nuestra ama de llaves de Hamburgo (se llama Schalleen, sin señora ni señorita, simplemente Schalleen) guarda en su despensa, alineados, sobre estanterías, con las bocas herméticamente cerradas. Se hallan allí, alineados, durante meses y años, y cuando se abre uno, según las necesidades, el contenido está fresco e intacto. Los meses y los años no han podido influir nada en la pureza del comestible. Es verdad que allí no hay química ni purificación, sino sencillamente conservación; de aquí el nombre de conserva. Pero lo que hay de mágico en eso es que esa conserva haya escapado al tiempo; ha sido herméticamente separada, el tiempo ha pasado por su lado; no ha tenido tiempo, ha permanecido fuera de él, fuera de su acción. ¡Bueno, basta con los tarros de conserva! No he sacado una gran consecuencia. Perdóneme. Creo que quería usted informarme más detalladamente.
—A condición de que usted lo desee. Es preciso que el aprendiz esté ávido de saber y se muestre impávido, para hablar en el estilo de nuestro tema. La tumba siempre ha sido el símbolo principal del pacto de alianza. El aprendiz, el neófito que desea ser admitido a saber, debe demostrar su valor ante los terrores de la tumba. Las costumbres de la orden exigen que, a título de prueba, sea conducido a la tumba y permanezca allí hasta que es sacado de la mano por un hermano desconocido. De aquí ese laberinto de pasillos y de bóvedas sombrías que el novicio debe atravesar, el paño negro de que se halla tendida la logia de la observancia estricta, el culto del ataúd, que desempeña un papel tan importante en el ceremonial de la consagración y de la reunión. El camino del misterio y de la purificación está rodeado de peligros. Conduce a través de angustias, a través del reino de la podredumbre, y el aprendiz, el neófito, es la juventud de los milagros de la vida, impaciente por verse provisto de una vida sobrenatural, guiado por hombres enmascarados que no son más que las sombras del misterio.
—Se lo agradezco mucho, profesor Naphta. ¡Es magnífico! Es eso, pues, la pedagogía hermética. No puede haber daño alguno en informarse de esas cosas.
—No, puesto que se trata de una introducción a las cosas últimas, a la confesión absoluta del trascendente, es decir, del objetivo. La observancia masónica, alquimista, durante años seguidos, ha conducido muchos espíritus nobles e inquietos a ese objetivo y no tengo necesidad de nombrarlos, pues no habrá usted dejado de comprender que los altos grados escoceses no son más que un equivalente de la jerarquía sagrada, que la sabiduría alquimista del maestro francmasón se desenvuelve dentro del misterio de la metamorfosis, y que las directivas secretas que la logia da a sus adeptos, se encuentran también netamente en la iniciación eclesiástica, de la misma manera que los juegos simbólicos del ceremonial masónico se encuentran en el simbolismo litúrgico y arquitectural de nuestra Santa Iglesia Católica.
—¡Ah!
—Perdone, no es eso todo. Me he permitido ya observar que no constituye más que una interpretación histórica el hacer remontar el origen de las logias a la honorable corporación de los masones. Al menos, la observancia estricta ha dado a la francmasonería fundamentos humanos mucho más profundos. El rito de las logias tiene algo de común con los misterios de nuestra Iglesia, ciertas relaciones con las solemnidades ocultas y los excesos sagrados propios de la humanidad más remota… Pienso, en lo que se refiere a la Iglesia, en los ágapes y en la Santa Cena, en la manducación de la carne y de la sangre, a lo que corresponden, en la logia…
—Un instante, un instante, permítame una observación. En esa existencia de una comunidad cerrada, como la de mi primo, hay también ágapes. Me ha hablado, con frecuencia, de ellos en sus cartas. Naturalmente, salvo que se embriaguen un poco, todo pasa muy correctamente, no se va nunca tan lejos como en los banquetes de estudiantes…
—A lo que corresponden, en la logia, el culto de la tumba y del ataúd, sobre el cual he llamado, hace un momento, su atención. En esos dos casos, nos hallamos en presencia de un simbolismo de cosas últimas y supremas, de elementos de una religiosidad primitiva y orgánica, de sacrificios nocturnos y desenfrenos en honor de la muerte y del porvenir, de la metamorfosis y de la resurrección… Usted recordará que los misterios de Isis, lo mismo que los de Eleusis, eran celebrados por la noche y en oscuras cavernas. Han existido muchas reminiscencias egipcias en la masonería, y muchas sociedades secretas se han dado el nombre de alianzas eleusinas. En las logias se han celebrado fiestas, fiestas de misterios eleusinos y afrodisíacos en las que las mujeres acaban, a pesar de todo, interviniendo; fiesta de rosas, a las cuales hacen alusión las tres rosas azules del mandil del masón y que, según parece, terminaban en bacanales.
—Pero veamos, profesor Naphta, ¿qué es lo que oigo? ¿La francmasonería es todo eso? Y es a todo eso a lo que nuestro amigo Settembrini, un espíritu tan claro…
—¡Es injusto con él! No, Settembrini no sabe absolutamente nada de todo eso. ¿No le he dicho ya que la logia ha sido desembarazada, por hombres como él, de todos los elementos de una vida superior? ¡Se ha humanizado, se ha modernizado! Se ha separado de los extravíos de esa especie para someterse a la utilidad, a la razón y al progreso, a la lucha contra los príncipes y los clerizantes, en una palabra: a un concepto social de la felicidad. En las logias se ocupan de nuevo de la naturaleza, de la virtud, de la medida y de la patria. Supongo que incluso se habla de asuntos particulares. En una palabra: es el espíritu mezquino burgués bajo la forma de un Círculo.
—¡Qué lástima! ¡Qué lástima por lo que se refiere a la fiesta de las rosas! Preguntaré a Settembrini si verdaderamente no está enterado de eso.
—¡El honesto caballero de la escuadra! —exclamó irónicamente Naphta—. Tenga en cuenta que no le fue fácil hacerse admitir en el taller del templo de la humanidad, pues es más pobre que una rata y, además, de una cultura superior, de una cultura humanista; se prefiere una fortuna suficiente para poder pagar los derechos de entrada y las cotizaciones anuales, que no son poca cosa. ¡Cultura y fortuna, ésa es la burguesía! ¡Aquí tiene usted los fundamentos de la república liberal universal!
—En efecto —exclamó, riendo, Hans Castorp—, eso es evidente.
—Sin embargo —añadió Naphta, después de un silencio—, le aconsejo que no tome demasiado a la ligera a ese hombre y a su causa; le recomendaría incluso, ya que ahora estamos hablando de él, que se pusiera usted en guardia. Lo pasado de moda no equivale forzosamente a lo inocente. El ser limitado no quiere decir que sea inofensivo. Esas gentes han metido mucha agua en el vino que antaño era generoso, pero la misma idea de alianza continúa siendo bastante fuerte para soportar el ser diluida, conservando vestigios de un misterio fecundo; es evidente que las logias ejercen una influencia en la marcha del mundo, y no puede dudarse que detrás de ese amable señor Settembrini se disimulan potencias de las que es afiliado y emisario…
—¿Emisario?
—Sí, un proselitista, un pescador de almas.
«¿Qué clase de emisario debes ser tú?», pensó Hans Castorp, y luego dijo en voz alta:
—Le doy las gracias, profesor Naphta. Le agradezco sinceramente su consejo. ¿Sabe lo que voy a hacer? Voy a subir al piso de arriba y tantear a ese hermano y masón disfrazado. Es preciso que un aprendiz sienta avidez por saber y sea impávido. Naturalmente… también es preciso que sea prudente. Es necesaria la prudencia para tratar con esos emisarios.
Sin temor alguno podía continuar instruyéndose cerca de Settembrini, pues éste nada tenía que reprochar a Naphta en lo referente a discreción, y por otra parte no parecía muy interesado en mantener en el misterio sus relaciones con aquella compañía armoniosa. *La Revista della Massoneria Italiana* se hallaba abierta sobre la mesa. Hans Castorp no se había fijado en ella hasta aquel momento, y cuando, informado por Naphta, dirigió la conversación hacia el arte imperial, como si las relaciones de Settembrini con la francmasonería fuesen indudables, no encontró más que un conato de reserva. Sin duda había puntos sobre los cuales el literato no quería profundizar, y respecto a los cuales permanecía con la boca cerrada. Seguramente se hallaba ligado por juramentos terroristas, por aquellos juramentos de que Naphta ya le había hablado, cosas que no se referían más que a los usos exteriores y a su propia posición en el seno de aquella extraña organización. Pero, por lo demás, hablaba incluso abundantemente y exponía al curioso un cuadro sobre la importancia de la extensión de su liga, que se hallaba representada en el mundo entero por más de veinte mil logias y ciento cincuenta grandes logias, y que se extendía hasta civilizaciones como la de Haití y a la república negra de Liberia. Citó también toda clase de nombres célebres cuyos titulares habían sido francmasones, o en la actualidad lo eran. Nombró a Voltaire, Lafayette y Napoleón, Franklin y Washington, Mazzini y Garibaldi, y, entre los actuales, al rey de Inglaterra en persona. Citó, además, nombres de personalidades que intervienen en los asuntos de los Estados europeos, a miembros de los Gobiernos y de los parlamentos…