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c/LiteraturaESP by u/fictograma 1w ago fictograma.com

La montaña mágica - Capítulo 6 / 10 - Thomas Mann

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## …Continuación de “Nieve”

Buscó con sus dedos ateridos y muertos y no le fue muy fácil desenterrar del bolsillo su reloj de oro, con tapa y monograma, que dejaba oír su tictac, vivo y fiel a su deber, aquí, en esta desolada soledad, semejante en eso a su corazón, el corazón humano tan conmovedor en el calor orgánico de su tórax.

Eran las cuatro de la tarde. ¡Qué diablo!, era casi la misma hora que cuando la tempestad había comenzado. ¿Podía creer que hubiese corrido solamente durante un cuarto de hora?

«El tiempo me ha parecido largo —pensó—. Eso de perderse es muy fastidioso, según parece. Pero como a las cinco o a las cinco y media ya es completamente de noche, es un hecho que subsiste. ¿Cesará la tempestad lo suficientemente pronto para evitar que me pierda? Entretanto, podría beber un trago de oporto para recuperar las fuerzas.»

Había llevado aquella bebida de buen paladar únicamente porque se la encontraba en el Berghof, en botellas planas y porque la vendían a los excursionistas, sin que se hubiese pensado, en verdad, en los que contra la regla se perdiesen en la montaña, en medio de la nieve y del frío, y esperasen la noche en tales condiciones. Si su espíritu hubiese estado más lúcido hubiera podido decirse que, desde el punto de vista de las posibilidades de regreso, era lo peor que podía beber.

En realidad se lo dijo, pero después de haber bebido algunos sorbos que le hicieron un efecto semejante al que le había producido la cerveza de Kulmbach la noche de su llegada, cuando, al hablar desordenadamente sobre salsas de pescado y otras cosas semejantes, produjo la sorpresa de Settembrini, el señor Lodovico, el pedagogo, que con su mirada exhortaba a los locos que se dejaban llevar y del cual Hans Castorp oía precisamente la agradable llamada del cuerno a través de los aires, signo de que el elocuente educador se aproximaba a marchas forzadas para sacar de aquella loca situación al alumno preferido, al hijo mimado por la vida y para llevarle… Lo que naturalmente era absurdo y no procedía más que de la cerveza de Kulmbach que había bebido por distracción, pues, primeramente, Settembrini no tenía cuerno, no tenía más que su organillo apoyado sobre una pata de palo, y cuyos sonidos acompañaba elevando hacia las casas sus ojos humanistas y, en segundo lugar, no sabía ni notaba absolutamente nada de lo que estaba pasando, puesto que ya no se encontraba en el sanatorio Berghof, sino en casa de Lukaceck, sastre-modista, en el pequeño desván de la botella de agua, sobre la celda de seda de Naphta, y ya no tenía derecho ni medios para intervenir, como en otro tiempo en la noche de Carnaval, cuando Hans Castorp se había encontrado en una posición tan loca y tan grave como ésta, cuando había devuelto a la enferma Clawdia Chauchat su lápiz, el lápiz de Pribislav Hippe… Además, ¿qué había ocurrido con su «posición»? Para hallarse en una posición es preciso «hallarse» en algún sitio y no de pie, para que esa palabra adquiera su sentido justo y propio en lugar de un sentido puramente metafórico. La posición horizontal, era la que convenía a un miembro tan antiguo de la sociedad de aquí arriba. ¿No estaba acostumbrado a permanecer tendido a pleno aire, con nieve y frío, tanto de noche como de día? Y se dispuso a dejarse caer, cuando la conciencia le penetró, le cogió en cierta manera por el cogote y le sostuvo de pie; por el hecho de que los balbuceos de su pensamiento sobre la «posición» debían ser igualmente atribuidos a la cerveza de Kulmbach, no procedían más que de su deseo impersonal, típicamente peligroso, de tenderse y dormir, y que estaba ahora a punto de seducirle por medio de sofismas y de juegos de palabras.

«He cometido una torpeza —confesó—. El oporto no estaba indicado; esos sorbos me han puesto excesivamente pesada la cabeza; me cae, por decirlo así, sobre el pecho, y mis pensamientos no son más que divagaciones y bromas de mal gusto de las cuales no debo fiarme. No solamente los pensamientos que se me ocurren son dudosos, sino también las observaciones críticas que hago sobre ellos, y ésta es la desgracia. Son crayon, es decir, «El lápiz de ella», y no de él; no se dice sa crayon porque el lápiz se halla en masculino, y todo lo demás no es más que una broma. Tampoco sé por qué me fijo en eso, cuando, por ejemplo, debería inquietarme mucho más el hecho de que mi pierna izquierda, sobre la cual me apoyo, recuerda de una manera sorprendente la pata de palo del organillo de Settembrini que empuja siempre delante de sí con la rodilla, sobre el empedrado, cuando se aproxima a la ventana y tiende su sombrero de terciopelo para que la muchachita le eche su moneda. Y al mismo tiempo me siento, en algún modo, atraído por manos inmateriales hacia la nieve, para tumbarme en ella. Únicamente el movimiento puede remediar eso. Es preciso que haga movimiento para castigarme por haber bebido cerveza de Kulmbach y para desentumecer mis piernas de madera.»

Con un movimiento del hombro se separó de la pared. Pero apenas se hubo alejado, apenas hubo dado un paso, el viento le asaltó con sus golpes de hoz y le rechazó hacia el abrigo del muro. Sin duda era aquél el lugar a que se veía reducido y con el que debía provisionalmente contentarse; y tenía la facultad de apoyarse, para cambiar, sobre el hombro izquierdo, sosteniéndose sobre la pierna derecha y moviendo un poco la otra para reanimarla.

«Con un tiempo semejante —se dijo— uno debe quedarse en casa. Puede uno concederse un poco de variación, pero no hay que pretender nada nuevo, no hay que exponerse al viento. Permanece tranquilo y deja tu cabeza, puesto que está tan pesada. La pared es buena, las vigas son de madera y parece que se desprende incluso cierto calor, si aquí puede hablarse de cuestiones de calor; un discreto calor natural que tal vez es una cosa subjetiva… ¡Ah, los árboles! ¡Oh, ese vivo clima de los hombres vivos! ¡Qué perfume…!»

Se hallaba en un parque, situado bajo el balcón en el cual se encontraba sin duda de pie. Un vasto parque de un verdor lujuriante, con árboles llenos de hojas, olmos, plátanos, hayas, abedules, ligeramente en la coloración de sus hojas frescas, lustrosas, y cuyas cimas se hallaban agitadas por un ligero murmullo. Un aire delicioso, húmedo, embalsamado por los árboles, murmuraba. Pasó un vaho caliente de lluvia, pero la lluvia estaba iluminada por las transparencias. Se veía muy alto en el cielo el aire que brillaba lleno de gotitas de agua. ¡Qué bello era todo eso! ¡Oh, soplo del suelo natal, plenitud de la tierra baja, después de una privación tan larga! El aire estaba lleno de cantos de pájaros, lleno de silbidos aflautados, de gorjeos y de sollozos de un dulce y grácil fervor, sin que un solo pájaro fuese visible. Hans Castorp sonrió, respirando con agradecimiento. Y todo se iba haciendo más bello. Un arco iris se tendía oblicuamente por encima del paisaje, un arco completo y nítido, de un esplendor puro, de un resplandor húmedo, con todos sus colores que, untuosos como aceite, resbalaban sobre el verdor espeso y reluciente. Era como una especie de música, como un sonido de arpas mezclado con flautas y violines. El azul y el violeta, sobre todo, resbalaban maravillosamente. Todo se fundía y se partía de un modo mágico, se metamorfoseaba sin cesar, siempre más bellamente y de un modo más nuevo. Era como el día, hacía ya muchos años, en que Hans Castorp fue a oír a un cantante famoso en el mundo entero, un tenor italiano cuya garganta vertía en el corazón de los hombres el consuelo de un arte lleno de gracia. Había atacado una nota aguda que fue bella desde el principio. Pero, poco a poco, de instante en instante, esa armonía apasionada se había ampliado, dilatado y desenvuelto, se había iluminado con una luz cada vez más resplandeciente. Uno a uno, los velos que primeramente no había percibido cayeron, había todavía uno que iba a terminar por descubrir la luz suprema y la más pura, y luego aún otro velo, y luego otro, excelso, que dejaba aparecer una profusión deslumbrante de esplendores bañados en lágrimas, y un sordo rumor resonó entonces como una objeción o una contradicción, elevándose de aquella multitud, y el joven Hans Castorp se sintió sacudido por los sollozos. El azul lo invadía todo… Los velos límpidos de la lluvia caían: aparecía un mar, era el mar del sur, de un azul profundo, y saturado, brillante de luces de plata; una bahía maravillosa, abierta en una costa de una pendiente ligera, medio cercada de cadenas de montañas de un azul cada vez más mate, sembrada de islas, en donde surgían palmeras, y sobre las cuales se veían lucir pequeñas casas blancas entre bosques de cipreses. ¡Oh, oh, basta! No merecía todo aquello. ¡Qué beatitud de luz, que profunda pureza del cielo, que frescura de agua soleada! Hans Castorp no había visto jamás aquello ni nada semejante. Había visto rápidamente algo del Mediodía con motivo de breves viajes de vacaciones. Conocía el mar salvaje, el mar tétrico, y se hallaba unido a él por sentimientos pueriles y vagos, pero no había llegado jamás hasta el Mediterráneo, hasta Nápoles, hasta Sicilia o hasta Grecia, por ejemplo. Sin embargo, se acordaba. Sí, cosa extraña, volvía a ver, reconocía todo aquello. «Sí, sí, es eso», exclamó una voz en él, como si hubiese llevado consigo y sin saberlo desde siempre, ese bienaventurado azul soleado, como escondiéndoselo a sí mismo. Y ese «desde siempre» era vasto, infinitamente vasto como el mar abierto a su izquierda, allí donde el cielo lo teñía de un matiz violeta tierno.

El horizonte era alto, la extensión parecía subir, lo que procedía de que Hans Castorp veía el golfo desde arriba, desde cierta altura. Las montañas avanzaban en promontorio, coronadas de selvas, entraban en el mar, retrocedían en semicírculo, desde el centro del paisaje hasta el lugar en que él se hallaba sentado. Era una altura rocosa, con escalones de piedra caldeados por el sol. Delante de él, la ribera descendía musgosa y pedregosa cubierta de malezas, hasta la arena en donde los guijarros formaban, entre los juncos de azules bayas, pequeños puertos y pequeños lagos. Y esa comarca soleada, y esas altas riberas de acceso fácil, y esas charcas rientes, rodeadas de rocas, lo mismo que el mar cubierto de islas y de barcas que iban y venían, todo estaba poblado. Hombres, hijos del sol y del mar, se movían y reposaban, alegres y tranquilos; una bella y joven humanidad, a cuya vista el corazón de Hans Castorp se dilataba dolorosamente pleno de amor.

Jóvenes adolescentes luchaban con caballos, corrían al lado de los animales, que relinchaban y sacudían la cabeza, o bien los montaban sin silla, batiendo los talones desnudos contra los flancos de sus monturas, empujándolos hacia el mar, mientras los músculos de sus espaldas jugaban al sol bajo la piel bronceada, y los gritos que cambiaban o dirigían a sus animales tenían una especie de sonoridad mágica. Al borde de una de las bahías donde las riberas se reflejaban como en un lago y que penetraban en el interior de la tierra, unas muchachas danzaban. Una de ellas, con los cabellos anudados en la nuca, tenía un encanto particular; se hallaba sentada, los pies metidos en un hoyo, y tocaba una flauta pastoril, con los ojos fijos, por encima de sus dedos móviles, en sus compañeras que, con largos vestidos flotantes, aisladas, los brazos abiertos y sonriendo, o por parejas, las sienes graciosamente juntas, bailaban, mientras, detrás de la que tocaba la flauta, detrás de su espalda blanca, larga, delicada, y que los movimientos de sus brazos hacían ondular, otras hermanas estaban sentadas o se mantenían abrazadas y lo contemplaban todo hablando tranquilamente. Más lejos, unos jóvenes se ejercitaban en tirar con arco. Era una visión feliz y amable el ver cómo los mayores enseñaban a los adolescentes inhábiles, de cabellos rizados, la manera de tender el arco apoyando sobre la flecha, verlos apuntar con sus discípulos, sostenerlos cuando el choque de retroceso del arco vibrante les hacía tambalear riendo. Otros pescaban con caña, se hallaban tendidos boca abajo en las rocas llanas de la ribera y hundían la liza en el agua, charlando tranquilamente, con la cabeza vuelta hacia su vecino, que, con el cuerpo alargado en posición oblicua, lanzaba muy lejos su cebo. Otros estaban ocupados en empujar una barca hacia el mar, con sus mástiles y vergas… Los niños jugaban en las rompientes. Una mujer joven, tendida en el suelo, miraba hacia atrás; con una mano sostenía su vestido florido entre los senos, tendiendo la otra hacia un fruto rodeado de hojas que un hombre de estrechas caderas, de pie ante ella, le ofrecía y luego le negaba, moviendo su brazo tendido. Unos se hallaban adosados a las rocas, otros titubeaban junto al agua, tanteando con la punta del pie su temperatura, con los brazos cruzados y las manos sobre los hombros. Unas parejas se paseaban a lo largo de la orilla, y cerca de la oreja de la muchacha estaba la boca del que la acompañaba familiarmente. Cabras de largos pelos saltaban de roca en roca, guardadas por un joven pastor que se hallaba sobre una eminencia, con una mano en la cadera y apoyándose con la otra en un bastón, cubriendo con un sombrero su cabeza.

«¡Eso es encantador! —pensó Hans Castorp—. ¡Es completamente encantador y atrayente! ¡Qué lindos, qué llenos de salud, qué inteligentes y felices! No son solamente bellos, sino también inteligentes e interiormente amables. Eso es lo que me impresiona y me enamora de ellos. El espíritu y el sentido inmanente de su ser, eso es lo que quiero decir. El espíritu con que se hallan reunidos y viven juntos.» Entendía por eso aquella gran afabilidad y las consideraciones iguales para todos que esos hombres del sol tenían en su comercio: un respeto ligero y velado con una sonrisa, que se demostraban los unos a los otros casi insensiblemente, y que, sin embargo, en virtud de una idea que se había hecho carne, era un lazo de espíritu que, manifiestamente, les unía a todos; una dignidad y una severidad que se resolvían en alegría y que les guiaban en sus actos y en sus abstenciones como una influencia espiritual e inexpresable, de una gravedad en modo alguno sombría y de una piedad razonable, a pesar de que no estuviese falta de una solemnidad ceremoniosa. Pues allá abajo, sobre una piedra redonda y cubierta de musgo, se hallaba sentada una joven madre que había desabrochado sobre uno de los hombros su oscuro vestido y que satisfacía la sed de su pequeño. Y los que pasaban cerca de ella la saludaban de una manera particular, que resumía todo lo que quedaba tan expresivamente inexpresado en la conducta general de esos hombres: los jóvenes volviéndose hacia la madre, cruzando ligeramente los brazos sobre su pecho e inclinando la cabeza con una sonrisa; las muchachas, con una genuflexión apenas iniciada, semejante al gesto del que pasa por delante de un altar. Pero, al mismo tiempo, le hacían cordiales, alegres y vivos signos con la cabeza, y esa mezcla de devoción ritual y de amistad, lo mismo que la lenta dulzura con la que la madre ayudaba al niño a mamar sin pena, apoyando el índice sobre su seno, elevando los ojos y dando las gracias con una sonrisa a los que le rendían homenaje, terminaron de encantar a Hans Castorp. No se cansaba de mirar y se preguntaba con angustia si tenía derecho a mirar, si el hecho de espiar aquella felicidad soñada y civilizada no era reprensible para él, que se sentía desprovisto de nobleza, feo y desgarbado.

No había que dudar. Un bello efebo, cuya larga cabellera peinada hacia un lado avanzaba sobre su frente y le caía sobre la sien, permanecía exactamente debajo de donde el se hallaba, con los brazos cruzados sobre el pecho, separado de sus compañeros, ni triste ni melancólico, sino sencillamente separado de los demás. El adolescente le vio, elevó la mirada hacia él, y sus ojos pasaron de él a las imágenes de la arena y volvieron luego a posarse sobre el que espiaba. Pero, de pronto, miró por encima de su cabeza a la lejanía e inmediatamente la sonrisa de cortesía fraternal y amable, que era común a todos, desapareció de su bello rostro infantil, de líneas severas, sin que frunciese las cejas, y una gravedad apareció en su semblante, una gravedad de piedra, sin expresión, insondable, algo firme y mortal, que impresionó a Hans Castorp, que acababa apenas de tranquilizarse después de haber sentido un espanto pálido cuya oscura significación presentía.

Él también volvió la cabeza… Potentes columnas sin base, hechas de bloques cilindricos, en las hendiduras de las cuales crecía el musgo, se elevaban detrás de él; eran las columnas del pórtico de un templo sobre cuyos escalones se hallaba sentado. Con el corazón palpitante se puso en pie, subió los peldaños por un lado y penetró en el profundo pórtico, continuando su marcha por una vía empedrada que le dio inmediatamente acceso a un nuevo recinto. Lo atravesó y delante de él vio el templo enorme, verdoso y roído por el tiempo, con un frontispicio ancho que reposaba sobre capiteles de potentes columnas, casi chatas, pero que se adelgazaban en lo alto, y del conjunto de las cuales surgía un bloque redondeado. Con trabajo, ayudándose de sus manos y suspirando, pues el corazón estaba a cada momento más angustiado, Hans Castorp subió los altos escalones y llegó a la selva de columnas. Ésta era muy profunda y paseó por ella como entre los troncos del bosque de cedros, evitando el centro. Pero volvía siempre y se encontró en un lugar donde las hileras de columnas se separaban ante un grupo de estatuas, de dos figuras de mujer talladas en piedra, sobre un zócalo, al parecer la madre y la hija: una sentada, de más edad, más digna, muy clemente y divina, pero con los párpados tristes sobre sus ojos vacíos y sin pupilas, envuelto en una túnica de pliegues, cubiertos con un velo sus cabellos ondulados de matrona: la otra de pie, enlazada maternalmente por la primera, con un rostro redondo de muchacha, los brazos y las manos juntos y ocultos entre las ondas de su pelo.

Mientras Hans Castorp contemplaba el grupo, su corazón, por oscuras razones, se hacía más pesado, más angustiado, más cargado de presentimientos. Apenas se atrevía —y era preciso, sin embargo—, a rodear esas figuras para franquear, tras ellas, la segunda doble hilera de columnas; la puerta de bronce del santuario estaba abierta y las rodillas del desgraciado vacilaron ante el espectáculo que descubrió su vista. Dos mujeres de cabellos grises, medio desnudas, de senos colgantes y pezones tan largos como dedos, se entregaban allá dentro, ante las llamas del brasero, a espantosas manipulaciones. Sobre una crátera descuartizaban a un niño, lo descuartizaban en medio de un silencio salvaje, con sus manos —Hans Castorp veía los finos cabellos rubios manchados de sangre— y devoraban los pedazos haciendo crujir los pequeños huesos dentro de sus bocas, mientras la sangre rezumaba por sus espantosos labios. Un estremecimiento helado inmovilizó a Hans Castorp. Quiso taparse los ojos con las manos pero no lo consiguió. Quiso huir y no pudo. Ellas, que le habían visto, sin suspender su abominable trabajo, agitaron sus puños ensangrentados y le injuriaron sin voz, con la mayor grosería, en términos obscenos, y eso en el idioma del país de Hans Castorp. Se sintió mal, peor que nunca. Desesperadamente quiso huir de aquel lugar y, al hacer un esfuerzo, cayó junto a la columna. Con los oídos llenos de aquellas horribles palabras, se encontró apretado contra la cabaña, caído en la nieve, con la cabeza apoyada y los esquíes tendidos delante de él.

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