EL MAYOR DE LOS TESOROS
Los alumnos entraron al salón con solemnidad y paciencia, así les habían enseñado.
El padre Alfonso Montes los seguía con la mirada, de pie con la sotana larga hasta por encima de los zapatos negros de cuero, erguido y con ojo de halcón para corregir cualquier falta. No se permitía correr, ni hablar, ni reír al entrar. Todos los alumnos pulcramente vestidos con sus sotanas entraron de dos en dos como por rutina y tomaron sus asientos en sepulcral silencio. Apenas se escuchaba el cantar de los pájaros en el exterior. Y un bostezo.
La expresión del padre que había dibujado una sutil sonrisa provocada por el orden que había imperado en su clase, un orden que había esculpido él mismo, la borró de inmediato.
—¿Quién ha sido?—Preguntó buscando con la mirada al culpable del atrevimiento.
Nadie contestó, pero desde su lugar, todos ya sabían la respuesta.
—Pregunté ¿Quién ha sido?—Volvió a cuestionar el padre.
Ya estaba abriendo la boca para aplicar su sermón sobre la omnipresencia de Dios y que él todo lo ve y que juzga a los que se esconden sin enfrentar sus faltas y sin confesarlas, cuando una mano se levantó en la cuarta fila del salón junto al pasillo de la pared.
—He sido yo.
—Como no me extraña, Guillermo Fortín—Sancionó el padre con voz resignada.—Levántate.
El jóven, de quince años, edad similar a la de sus compañeros, se puso de pie obedientemente.
—Recítame el evangelio de ayer.
Guillermo abrió los ojos con preocupación y volteó a ver a sus compañeros hacia un lado y detrás de él.
—¿Guillermo?—Le preguntó el padre, levantando la cabeza con impaciencia.
Guillermo cerró los ojos y los apretó tratando de recordar el evangelio, pero en su mente solo había un recuerdo durante la misa: las manos de Samuel, su amigo y compañero, sus manos que sostenían la biblia de donde el padre estaba leyendo aquél evangelio, de pie frente a él y con la seriedad que ameritaba tan respetuoso momento.
Dios mismo le habló a Guillermo en ese instante, con la mirada amenazante del padre clavándole la cien y como si por medio de la imagen de su amigo le hablara en su recuerdo le contestó:
—“No os hagáis tesoros en la tierra… porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón… La luz del cuerpo es el ojo.”
—La lámpara.—Corrigió el padre.
—La lámpara del cuerpo es el ojo.— Repitió el joven.
El padre suspiró con cierta satisfacción.
—Mateo seis…—El padre le instó a continuar.
Guillermo de nuevo dudó, pero entonces con una sonrisa dijo:
—Pues no sé.
Contestó ya con su característica sinceridad, llamado honestidad por los suyos, cinismo por sus maestros.
El padre se acercó con paso firme hasta su mesa y lo jaló de la sotana hasta la puerta del salón.
—Ve a lavarte la cara, Fortín.—ordenó el padre ya con evidente disgusto mientras los compañeros, seminaristas de la ermita de Santa Isabel, rieron por lo bajo y aprovecharon a lanzarse miradas burlonas unos a otros.
Samuel, que veía todo desde el otro lado de la fila, junto al pasillo de la otra pared pegada a la ventana, se rió junto con sus compañeros con orgullo, con respeto, por Memo Fortín que no temía a los padres ni a los castigos y a veces parecía que no temía ni a Dios.
—
—¡Fortín! ¡Fortín!— Gritó un compañero mientras corría con los libros pegados al pecho. —¿Te duele?
Guillermo caminaba mientras se sobaba y quejaba de los azotes que el padre le había dado en las nalgas frente al salón.
—¡Pues, claro!
—Dios te habla pero no muy fuerte, Fortín.—Dijo el compañero mientras se reía y se compadecía del dolor de su amigo.—¿Cómo te acuerdas del evangelio pero no de los versículos, hombre?
—Es que soy malo con los números.
—Ni que fueran matemáticas…
—Los números son números, Paco. No me llevo con ellos y tampoco ellos conmigo, por eso me mandaron aquí y no a trabajar al negocio de mi papá.
Paco se encogió de hombros
A lo lejos, cerca del atrio de la iglesia y junto a otros compañeros, estaba Samuel, su amigo, con su piel morena brillando bajo el sol y sus cabellos negros bien peinados y cortos que dejaban su nuca y una amplia friente descubiertas. Se acercaba y ya apreciaba su nariz ancha y pequeña, sus brillantes ojos negros bajo sus prominentes cejas y sus dientes imperfectos pero blancos bajo sus gruesos labios que oraban junto a él durante las misas.
—Fortín, ¿Va a venir tu papá a la reunión?— Preguntó un compañero que no era Samuel y que se le acercó.
—Quién sabe. —Dijo, sin despegar la mirada de Samuel.
—Si no viene, ¿Crees que venga tu mamá?
—¿Y a ti qué te importa?—Contestó Fortín mirándole a la cara después de haberle tocado una vena sensible.
Se sabía de la madre de Guillermo que era bien vista entre los hombres, era guapa, de piel morena clara, de cabellos oscuros y ojos castaños, de buena cintura y anchas caderas. Más de uno de los jóvenes había babeado al verla caminar por el seminario evidenciando el desarrollo de su pubertad.
—Nomás preguntaba, Memo.
Samuel, que estaba a unos pasos de él, finalmente llegó a su lado.
—¿Qué haces?— Le preguntó Guillermo con calidez mientras le agarraba la mano entrelazando sus dedos con los de él.
—Nos van a tomar medidas para las nuevas sotanas.
—¿Y dónde está la humildad?
—Las van a donar, Memo.
—¿Quién?
Samuel lo miró de reojo y lo apartó del resto. Con voz muy baja y acercándose al oído de Guillermo le confesó.
—Escuché que tu papá. Que va a traer las flores para las fiestas y las sotanas nuevas para que nos veamos bien.
—¡Es cosa de Don Manuel Fortín!… si se supone que debemos vernos así, pobres.
—Tu no eres pobre. Y baja la voz, me van a llamar chismoso. —Susurró Samuel apretando los dientes.
—Con lo bonita que te queda esa sotana…
De repente los dos chicos sintieron un golpazo en las manos entrelazadas que les cimbró con un dolor agudo y les hizo soltarse.
—¡Ay!—Gritaron los dos sobándose también los dedos con gesto de dolor.
—Está prohibido tomarse de las manos. —Dijo con frialdad serena un padre mayor de poco cabello y cano con la vara de madera aún sostenida. —Vente, Fortín.—Dijo el padre comenzando a caminar, y Guillermo le siguió sobándose aún y despidiéndose de Samuel con la mirada.
—
La oficina del padre Hernando tenía las paredes de piedra que colindaban con la iglesia, eran como solía decir orgulloso, los remanentes de una vieja iglesia que se quedaron inmortalizados en las paredes de la ermita. La historia misma estaba siempre a un toque de su mano.
Dejó la vara de madera a un lado y se dirigió a Guillermo con su fría y serena voz.
—¿Qué he dicho sobre el acercamiento entre compañeros?
—Más vale tener cerca a un amigo que a un enemigo…
¡Bam! sonó la mesa contra la que la mano del padre golpeó. Había furia en el acto pero no en su expresión.
—No va a ser gracioso conmigo, Fortín.—Dijo el padre con un tono escalofriantemente suave sentándose detrás de su escritorio. —El domingo voy a hablar con su padre, le tenemos un gran afecto y respeto. Su benevolencia ha ofrecido a la parroquia cambios significativos que enaltecen la gracia de Dios y por lo tanto le otorgan un lugar en el firmamento.
Guillermo hizo un gran esfuerzo para no reírse en ese momento.
El padre fingió ignorarlo y continuó:
—Lamento mucho que no haya adquirido esa idiosincrasia de su padre. Es una verdadera lástima.
—No se preocupe padre, la idiosincrasia la adquiriré cuando llegue la herencia. —Soltó Guillermo con cierta sorna.
El padre Hernando se puso nuevamente de pie y se acercó a él.
—¿Tanto rencor hay en tu corazón Guillermo, que buscas en otros esa paz que no has encontrado en tí? Dios mismo llora al ver que no has encontrado su abrazo si no en el de tus amigos, cuando es él tu único amigo.
Guillermo lo miró con seriedad mientras escuchaba sus palabras.
—Pero no seré yo quien te enseñe de nuevo las reglas, porque a mi parecer tu comportamiento te niega un pase directo al cielo. Sin embargo, Dios es misericordioso y te dará la oportunidad de redimirte.
El padre habló y le abrió la puerta para que saliera de su oficina.
—Y si no es Dios,—Le dijo antes de que el muchacho saliera. —En la tierra actuaremos por la gloria de su nombre.
—
El padre Jesús, un hombre de cara amigable, de unos treinta y seis años, piel muy curtida por el sol y cuerpo ancho, se acercó a toda prisa.
—¡Fortín!, perdóname…—Dijo cesando.
—Padre Jesús.
Entre todos los profesores, el padre Jesús era el único al que Guillermo le tenía respeto. Nunca lo había castigado y respondía a sus preguntas con humildad y gracia.
—Hijo, Pero, ¿otra vez? Yo ya no puedo decirte cosas que ya no sepas.
—Es todo culpa mía.
—No, no, Guillermo. Está muy bien amar a los amigos, son un complemento del alma.
El padre se secó el sudor de su frente con un pañuelo mientras se abanicaba con la otra mano.
—Es como este árbol que nos da sombra, un refugio entre tanto caos.—Continuó.
—Samuel es mi refugio.—Dijo Guillermo sin vacilamiento.
—Si, eso lo entiendo, pero no debes descuidar a Dios quien es verdadero amigo, Guillermo. Cuándo Samuel te falte ¿qué va a pasar? Dios será la sombra que cobije tu espíritu.
Guillermo bajó la cabeza y luego miró a lo lejos donde sabía que Samuel estaría esperando, quizás bajo otro árbol, quizás en compañía de otros amigos, quizás leyendo en soledad o quizás hincado rezando en la capilla.
—Lamento recordártelo, Guillermo, está bien amar a los amigos, pero no se les agarra de la mano, ni se les besa, ni se pasa uno la vida pensando en dónde estarán. Cuando se les ve se les aprecia porque no los tenemos cerca siempre que queremos.
Guillermo volvió a bajar la mirada.
—¿Y cómo se les ama, entonces?
—En comunión con Dios. Como se ama a un padre, a una madre y a un hermano.
—
El día de la reunión de padres de familia, Guillermo Fortín camino de prisa con la sotana sacudiéndose entre sus pantalones, los zapatos buenos ahora estaban sucios por el lodo del terreno hacia donde se dirigía, ahí en la casita que había hecho de biblioteca en tiempos anteriores. Abrió la ventana de un costado cómo solo él y una persona más sabían abrirla y entró a hurtadillas.
El espacio con paredes de piedra y que apenas daba para cuatro estanterías grandes donde antaño iban los libros, estaba ahora lleno de cajas, muebles viejos, algunos de cabeza, y dos vigas gruesas que hacían de soporte para que el techo no se viniera encima. Ahí, sentado en un rincón sobre sacos rellenos de viejos trapos y vestimentas, estaba sentado Samuel, esperando.
—¿Te vieron?
—Nunca me ven.
—Siempre tienen los ojos sobre ti, Memo.
—Y yo sobre ti y no me importa nada más.
Samuel sonrió tímidamente y agarró con sus dos manos las manos sudadas de Guillermo.
—¿Te regañó mucho el padre Hernando?— preguntó Samuel, sonriendo como si ya esperara una respuesta creativa.
—Nada. Al contrario, le besó los pies a mi papá. Y me estrechó la mano y me agradeció por tener un papá tan amable. Dice que con su dinero va a construir una catedral.
El tono sarcástico hizo reír a Samuel.
—Estás loco. —Le contestó.—Yo no me atrevería a burlarme de ninguno de ellos y menos de desobedecerlos.
—Pero ya lo haces. Eres un rebelde como yo.— Le dijo presionando sus mejillas con una mano.
En su mente, Samuel sabía que era cierto. En sus recuerdos, también sabía que Guillermo era el único que le entendía, con quien tenía gustos afines en lectura y con quien podía hablar cómodamente de cualquier cosa.
Samuel contempló el rostro de su intrépido amigo y los lunares que tanto le gustaban sobre su piel clara, lo recorrió del cuello hasta la cabeza.
—Mírate el pelo,—Dijo Samuel soltando una risita.—Es un relajo, te va a regañar tu papá.
—Péiname, pues.— Contestó Guillermo inclinando la cabeza para que su amigo le tocara la cabeza.
Samuel le soltó las manos y comenzó a acariciar su cabello suavemente con los dedos.
—Me gusta el color de tu pelo, ¿Te lo había dicho antes?
—Creo que no.
—Estoy seguro de que si.
—¿Y por qué preguntas, entonces?
—Para saber si te acordabas.
—Si me lo habías dicho. Y yo siempre te contesto que…
—Es el color de pelo de mi/tu mamá—Dijeron ambos al mismo tiempo.
Ambos rieron y se taparon la boca sofocando la risa para evitar ser escuchados.
—A mi me gusta tu boca, Sami, y tus dientes blancos.
—No son tan blancos.
—Más que los míos, si.
Samuel sonrió forzadamente y apretó los dientes para mostrar toda su dentadura.
—¿Ves? El colmillo está un poco amarillo.
Guillermo se acercó y lo tomó de la barbilla para plantarle un beso sobre los labios.
Ambos amigos se miraron a los ojos. Estudiaron cada parte de sus rostros desde menos de una palma de distancia y volvieron a pegar suavemente sus bocas el uno con la del otro.
En la dulce inexperiencia, apenas se movían, pero su respiración caliente acariciaba sus mejillas haciéndoles sentir que se calentaban y fundían uno con el otro. Si eso era pecado, Dios había sido injusto.
“Está bien amar a los amigos.” Pero Guillermo amaba a Samuel más que a nadie, más que a nada y más que a sí mismo.
“No se les agarra de las manos.” Pero Guillermo no quería soltar jamás a Samuel y quería llevárselo lejos donde pudieran predicar uno al lado del otro.
“No se les besa”, pero Guillermo quería abrazarle y besarle como esos hombres ahí fuera besaban a las señoritas a todas horas.
“No se vive pensando dónde estarán”, y Guillermo no quería saber, porque quería estar donde Samuel estuviera como en la omnipresencia de Dios.
Guillermo, que había aprendido poco con Samuel, apenas se había atrevido a girar la cabeza para besarle desde otro ángulo, un poco mejor que la segunda vez, y aún así seguían siendo inexpertos, como dos niños aprendiendo a amarrarse los zapatos y sin saber dónde poner los dedos ni dónde cruzar las agujetas.
Fue entonces que la realidad los despertó con un ruido metálico de la puerta.
Ambos se separaron de golpe y miraron hacia la entrada con llave.
—¡Samuel, salte por allá…!—Dijo Guillermo en un grito sofocado y apuntando hacia la ventana por donde él había entrado.
—¡Guillermo, ven!— Exclamó Samuel.
—No. Ándate.—Le ordenó Guillermo agitando la mano para que se fuera.
Samuel, se subió a la ventana no sin antes mirar a Guillermo por última vez.
La puerta se abrió y el padre Alfonso con las llaves en la mano, iba acompañado de Don Manuel Fortín, padre de Guillermo.
El joven tembló pero se mantuvo imperturbable mientras caminó hacia su padre, quién al tenerlo de frente le soltó una cachetada y lo jaló hacia afuera de la casita, desde donde Guillermo vio a lo lejos a Samuel siendo dirigido por el padre Hernando hacia su oficina.
La puerta de la antigua biblioteca se cerró con llave y candado de nuevo, como se cierran los viejos libros que no se sabe si se volverán a abrir.
—
La penitencia y los azotes dolieron menos que las nuevas noticias del seminario: Se tomaron las medidas de todos los seminaristas, excepto de uno. Samuel Cano y López sería transferido a otra parroquia fuera del pueblo y lejos de la ciudad. Por mandato de Don Manuel Fortín, el joven debía estar lejos de su hijo, por “mala influencia”, “indecente”, “rebelde” e “irrespetuoso de la autoridad”, así le había dicho Don Manuel a su hijo. Cada palabra contraria, cada “No es cierto”, era un azote de vara en las manos propinado por el padre Alfonso.
El día de su partida, Guillermo se quedó con la última mirada de Samuel al ser transferido. Con maletas en mano, su camisa blanca sin la sotana y una carreta, Samuel se fue de la Ermita de Santa Isabel, con lágrimas en los ojos y una promesa que soñaba con ser cumplida.
En la capilla, Guillermo Fortín miró al Cristo en la pared y recordó la conversación que tuvo con Samuel alguna vez. Lo miró como si suplicara que su amigo estuviera bien y que no lo olvidara jamás.
“Cuando mi padre se muera, me voy a quedar con la casita del rancho y te voy a llevar allá. Es la verdad. Tu te vas al pueblo a dar misa y yo a la ciudad donde seguro me van a asignar. Si, y luego te veo en casa donde te prepararé la cena para que tengas fuerzas para rezar. ¿Cómo que no?, la casita será mía y ahí te voy a llevar.”
El padre Alfonso Montes los seguía con la mirada, de pie con la sotana larga hasta por encima de los zapatos negros de cuero, erguido y con ojo de halcón para corregir cualquier falta. No se permitía correr, ni hablar, ni reír al entrar. Todos los alumnos pulcramente vestidos con sus sotanas entraron de dos en dos como por rutina y tomaron sus asientos en sepulcral silencio. Apenas se escuchaba el cantar de los pájaros en el exterior. Y un bostezo.
La expresión del padre que había dibujado una sutil sonrisa provocada por el orden que había imperado en su clase, un orden que había esculpido él mismo, la borró de inmediato.
—¿Quién ha sido?—Preguntó buscando con la mirada al culpable del atrevimiento.
Nadie contestó, pero desde su lugar, todos ya sabían la respuesta.
—Pregunté ¿Quién ha sido?—Volvió a cuestionar el padre.
Ya estaba abriendo la boca para aplicar su sermón sobre la omnipresencia de Dios y que él todo lo ve y que juzga a los que se esconden sin enfrentar sus faltas y sin confesarlas, cuando una mano se levantó en la cuarta fila del salón junto al pasillo de la pared.
—He sido yo.
—Como no me extraña, Guillermo Fortín—Sancionó el padre con voz resignada.—Levántate.
El jóven, de quince años, edad similar a la de sus compañeros, se puso de pie obedientemente.
—Recítame el evangelio de ayer.
Guillermo abrió los ojos con preocupación y volteó a ver a sus compañeros hacia un lado y detrás de él.
—¿Guillermo?—Le preguntó el padre, levantando la cabeza con impaciencia.
Guillermo cerró los ojos y los apretó tratando de recordar el evangelio, pero en su mente solo había un recuerdo durante la misa: las manos de Samuel, su amigo y compañero, sus manos que sostenían la biblia de donde el padre estaba leyendo aquél evangelio, de pie frente a él y con la seriedad que ameritaba tan respetuoso momento.
Dios mismo le habló a Guillermo en ese instante, con la mirada amenazante del padre clavándole la cien y como si por medio de la imagen de su amigo le hablara en su recuerdo le contestó:
—“No os hagáis tesoros en la tierra… porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón… La luz del cuerpo es el ojo.”
—La lámpara.—Corrigió el padre.
—La lámpara del cuerpo es el ojo.— Repitió el joven.
El padre suspiró con cierta satisfacción.
—Mateo seis…—El padre le instó a continuar.
Guillermo de nuevo dudó, pero entonces con una sonrisa dijo:
—Pues no sé.
Contestó ya con su característica sinceridad, llamado honestidad por los suyos, cinismo por sus maestros.
El padre se acercó con paso firme hasta su mesa y lo jaló de la sotana hasta la puerta del salón.
—Ve a lavarte la cara, Fortín.—ordenó el padre ya con evidente disgusto mientras los compañeros, seminaristas de la ermita de Santa Isabel, rieron por lo bajo y aprovecharon a lanzarse miradas burlonas unos a otros.
Samuel, que veía todo desde el otro lado de la fila, junto al pasillo de la otra pared pegada a la ventana, se rió junto con sus compañeros con orgullo, con respeto, por Memo Fortín que no temía a los padres ni a los castigos y a veces parecía que no temía ni a Dios.
—
—¡Fortín! ¡Fortín!— Gritó un compañero mientras corría con los libros pegados al pecho. —¿Te duele?
Guillermo caminaba mientras se sobaba y quejaba de los azotes que el padre le había dado en las nalgas frente al salón.
—¡Pues, claro!
—Dios te habla pero no muy fuerte, Fortín.—Dijo el compañero mientras se reía y se compadecía del dolor de su amigo.—¿Cómo te acuerdas del evangelio pero no de los versículos, hombre?
—Es que soy malo con los números.
—Ni que fueran matemáticas…
—Los números son números, Paco. No me llevo con ellos y tampoco ellos conmigo, por eso me mandaron aquí y no a trabajar al negocio de mi papá.
Paco se encogió de hombros
A lo lejos, cerca del atrio de la iglesia y junto a otros compañeros, estaba Samuel, su amigo, con su piel morena brillando bajo el sol y sus cabellos negros bien peinados y cortos que dejaban su nuca y una amplia friente descubiertas. Se acercaba y ya apreciaba su nariz ancha y pequeña, sus brillantes ojos negros bajo sus prominentes cejas y sus dientes imperfectos pero blancos bajo sus gruesos labios que oraban junto a él durante las misas.
—Fortín, ¿Va a venir tu papá a la reunión?— Preguntó un compañero que no era Samuel y que se le acercó.
—Quién sabe. —Dijo, sin despegar la mirada de Samuel.
—Si no viene, ¿Crees que venga tu mamá?
—¿Y a ti qué te importa?—Contestó Fortín mirándole a la cara después de haberle tocado una vena sensible.
Se sabía de la madre de Guillermo que era bien vista entre los hombres, era guapa, de piel morena clara, de cabellos oscuros y ojos castaños, de buena cintura y anchas caderas. Más de uno de los jóvenes había babeado al verla caminar por el seminario evidenciando el desarrollo de su pubertad.
—Nomás preguntaba, Memo.
Samuel, que estaba a unos pasos de él, finalmente llegó a su lado.
—¿Qué haces?— Le preguntó Guillermo con calidez mientras le agarraba la mano entrelazando sus dedos con los de él.
—Nos van a tomar medidas para las nuevas sotanas.
—¿Y dónde está la humildad?
—Las van a donar, Memo.
—¿Quién?
Samuel lo miró de reojo y lo apartó del resto. Con voz muy baja y acercándose al oído de Guillermo le confesó.
—Escuché que tu papá. Que va a traer las flores para las fiestas y las sotanas nuevas para que nos veamos bien.
—¡Es cosa de Don Manuel Fortín!… si se supone que debemos vernos así, pobres.
—Tu no eres pobre. Y baja la voz, me van a llamar chismoso. —Susurró Samuel apretando los dientes.
—Con lo bonita que te queda esa sotana…
De repente los dos chicos sintieron un golpazo en las manos entrelazadas que les cimbró con un dolor agudo y les hizo soltarse.
—¡Ay!—Gritaron los dos sobándose también los dedos con gesto de dolor.
—Está prohibido tomarse de las manos. —Dijo con frialdad serena un padre mayor de poco cabello y cano con la vara de madera aún sostenida. —Vente, Fortín.—Dijo el padre comenzando a caminar, y Guillermo le siguió sobándose aún y despidiéndose de Samuel con la mirada.
—
La oficina del padre Hernando tenía las paredes de piedra que colindaban con la iglesia, eran como solía decir orgulloso, los remanentes de una vieja iglesia que se quedaron inmortalizados en las paredes de la ermita. La historia misma estaba siempre a un toque de su mano.
Dejó la vara de madera a un lado y se dirigió a Guillermo con su fría y serena voz.
—¿Qué he dicho sobre el acercamiento entre compañeros?
—Más vale tener cerca a un amigo que a un enemigo…
¡Bam! sonó la mesa contra la que la mano del padre golpeó. Había furia en el acto pero no en su expresión.
—No va a ser gracioso conmigo, Fortín.—Dijo el padre con un tono escalofriantemente suave sentándose detrás de su escritorio. —El domingo voy a hablar con su padre, le tenemos un gran afecto y respeto. Su benevolencia ha ofrecido a la parroquia cambios significativos que enaltecen la gracia de Dios y por lo tanto le otorgan un lugar en el firmamento.
Guillermo hizo un gran esfuerzo para no reírse en ese momento.
El padre fingió ignorarlo y continuó:
—Lamento mucho que no haya adquirido esa idiosincrasia de su padre. Es una verdadera lástima.
—No se preocupe padre, la idiosincrasia la adquiriré cuando llegue la herencia. —Soltó Guillermo con cierta sorna.
El padre Hernando se puso nuevamente de pie y se acercó a él.
—¿Tanto rencor hay en tu corazón Guillermo, que buscas en otros esa paz que no has encontrado en tí? Dios mismo llora al ver que no has encontrado su abrazo si no en el de tus amigos, cuando es él tu único amigo.
Guillermo lo miró con seriedad mientras escuchaba sus palabras.
—Pero no seré yo quien te enseñe de nuevo las reglas, porque a mi parecer tu comportamiento te niega un pase directo al cielo. Sin embargo, Dios es misericordioso y te dará la oportunidad de redimirte.
El padre habló y le abrió la puerta para que saliera de su oficina.
—Y si no es Dios,—Le dijo antes de que el muchacho saliera. —En la tierra actuaremos por la gloria de su nombre.
—
El padre Jesús, un hombre de cara amigable, de unos treinta y seis años, piel muy curtida por el sol y cuerpo ancho, se acercó a toda prisa.
—¡Fortín!, perdóname…—Dijo cesando.
—Padre Jesús.
Entre todos los profesores, el padre Jesús era el único al que Guillermo le tenía respeto. Nunca lo había castigado y respondía a sus preguntas con humildad y gracia.
—Hijo, Pero, ¿otra vez? Yo ya no puedo decirte cosas que ya no sepas.
—Es todo culpa mía.
—No, no, Guillermo. Está muy bien amar a los amigos, son un complemento del alma.
El padre se secó el sudor de su frente con un pañuelo mientras se abanicaba con la otra mano.
—Es como este árbol que nos da sombra, un refugio entre tanto caos.—Continuó.
—Samuel es mi refugio.—Dijo Guillermo sin vacilamiento.
—Si, eso lo entiendo, pero no debes descuidar a Dios quien es verdadero amigo, Guillermo. Cuándo Samuel te falte ¿qué va a pasar? Dios será la sombra que cobije tu espíritu.
Guillermo bajó la cabeza y luego miró a lo lejos donde sabía que Samuel estaría esperando, quizás bajo otro árbol, quizás en compañía de otros amigos, quizás leyendo en soledad o quizás hincado rezando en la capilla.
—Lamento recordártelo, Guillermo, está bien amar a los amigos, pero no se les agarra de la mano, ni se les besa, ni se pasa uno la vida pensando en dónde estarán. Cuando se les ve se les aprecia porque no los tenemos cerca siempre que queremos.
Guillermo volvió a bajar la mirada.
—¿Y cómo se les ama, entonces?
—En comunión con Dios. Como se ama a un padre, a una madre y a un hermano.
—
El día de la reunión de padres de familia, Guillermo Fortín camino de prisa con la sotana sacudiéndose entre sus pantalones, los zapatos buenos ahora estaban sucios por el lodo del terreno hacia donde se dirigía, ahí en la casita que había hecho de biblioteca en tiempos anteriores. Abrió la ventana de un costado cómo solo él y una persona más sabían abrirla y entró a hurtadillas.
El espacio con paredes de piedra y que apenas daba para cuatro estanterías grandes donde antaño iban los libros, estaba ahora lleno de cajas, muebles viejos, algunos de cabeza, y dos vigas gruesas que hacían de soporte para que el techo no se viniera encima. Ahí, sentado en un rincón sobre sacos rellenos de viejos trapos y vestimentas, estaba sentado Samuel, esperando.
—¿Te vieron?
—Nunca me ven.
—Siempre tienen los ojos sobre ti, Memo.
—Y yo sobre ti y no me importa nada más.
Samuel sonrió tímidamente y agarró con sus dos manos las manos sudadas de Guillermo.
—¿Te regañó mucho el padre Hernando?— preguntó Samuel, sonriendo como si ya esperara una respuesta creativa.
—Nada. Al contrario, le besó los pies a mi papá. Y me estrechó la mano y me agradeció por tener un papá tan amable. Dice que con su dinero va a construir una catedral.
El tono sarcástico hizo reír a Samuel.
—Estás loco. —Le contestó.—Yo no me atrevería a burlarme de ninguno de ellos y menos de desobedecerlos.
—Pero ya lo haces. Eres un rebelde como yo.— Le dijo presionando sus mejillas con una mano.
En su mente, Samuel sabía que era cierto. En sus recuerdos, también sabía que Guillermo era el único que le entendía, con quien tenía gustos afines en lectura y con quien podía hablar cómodamente de cualquier cosa.
Samuel contempló el rostro de su intrépido amigo y los lunares que tanto le gustaban sobre su piel clara, lo recorrió del cuello hasta la cabeza.
—Mírate el pelo,—Dijo Samuel soltando una risita.—Es un relajo, te va a regañar tu papá.
—Péiname, pues.— Contestó Guillermo inclinando la cabeza para que su amigo le tocara la cabeza.
Samuel le soltó las manos y comenzó a acariciar su cabello suavemente con los dedos.
—Me gusta el color de tu pelo, ¿Te lo había dicho antes?
—Creo que no.
—Estoy seguro de que si.
—¿Y por qué preguntas, entonces?
—Para saber si te acordabas.
—Si me lo habías dicho. Y yo siempre te contesto que…
—Es el color de pelo de mi/tu mamá—Dijeron ambos al mismo tiempo.
Ambos rieron y se taparon la boca sofocando la risa para evitar ser escuchados.
—A mi me gusta tu boca, Sami, y tus dientes blancos.
—No son tan blancos.
—Más que los míos, si.
Samuel sonrió forzadamente y apretó los dientes para mostrar toda su dentadura.
—¿Ves? El colmillo está un poco amarillo.
Guillermo se acercó y lo tomó de la barbilla para plantarle un beso sobre los labios.
Ambos amigos se miraron a los ojos. Estudiaron cada parte de sus rostros desde menos de una palma de distancia y volvieron a pegar suavemente sus bocas el uno con la del otro.
En la dulce inexperiencia, apenas se movían, pero su respiración caliente acariciaba sus mejillas haciéndoles sentir que se calentaban y fundían uno con el otro. Si eso era pecado, Dios había sido injusto.
“Está bien amar a los amigos.” Pero Guillermo amaba a Samuel más que a nadie, más que a nada y más que a sí mismo.
“No se les agarra de las manos.” Pero Guillermo no quería soltar jamás a Samuel y quería llevárselo lejos donde pudieran predicar uno al lado del otro.
“No se les besa”, pero Guillermo quería abrazarle y besarle como esos hombres ahí fuera besaban a las señoritas a todas horas.
“No se vive pensando dónde estarán”, y Guillermo no quería saber, porque quería estar donde Samuel estuviera como en la omnipresencia de Dios.
Guillermo, que había aprendido poco con Samuel, apenas se había atrevido a girar la cabeza para besarle desde otro ángulo, un poco mejor que la segunda vez, y aún así seguían siendo inexpertos, como dos niños aprendiendo a amarrarse los zapatos y sin saber dónde poner los dedos ni dónde cruzar las agujetas.
Fue entonces que la realidad los despertó con un ruido metálico de la puerta.
Ambos se separaron de golpe y miraron hacia la entrada con llave.
—¡Samuel, salte por allá…!—Dijo Guillermo en un grito sofocado y apuntando hacia la ventana por donde él había entrado.
—¡Guillermo, ven!— Exclamó Samuel.
—No. Ándate.—Le ordenó Guillermo agitando la mano para que se fuera.
Samuel, se subió a la ventana no sin antes mirar a Guillermo por última vez.
La puerta se abrió y el padre Alfonso con las llaves en la mano, iba acompañado de Don Manuel Fortín, padre de Guillermo.
El joven tembló pero se mantuvo imperturbable mientras caminó hacia su padre, quién al tenerlo de frente le soltó una cachetada y lo jaló hacia afuera de la casita, desde donde Guillermo vio a lo lejos a Samuel siendo dirigido por el padre Hernando hacia su oficina.
La puerta de la antigua biblioteca se cerró con llave y candado de nuevo, como se cierran los viejos libros que no se sabe si se volverán a abrir.
—
La penitencia y los azotes dolieron menos que las nuevas noticias del seminario: Se tomaron las medidas de todos los seminaristas, excepto de uno. Samuel Cano y López sería transferido a otra parroquia fuera del pueblo y lejos de la ciudad. Por mandato de Don Manuel Fortín, el joven debía estar lejos de su hijo, por “mala influencia”, “indecente”, “rebelde” e “irrespetuoso de la autoridad”, así le había dicho Don Manuel a su hijo. Cada palabra contraria, cada “No es cierto”, era un azote de vara en las manos propinado por el padre Alfonso.
El día de su partida, Guillermo se quedó con la última mirada de Samuel al ser transferido. Con maletas en mano, su camisa blanca sin la sotana y una carreta, Samuel se fue de la Ermita de Santa Isabel, con lágrimas en los ojos y una promesa que soñaba con ser cumplida.
En la capilla, Guillermo Fortín miró al Cristo en la pared y recordó la conversación que tuvo con Samuel alguna vez. Lo miró como si suplicara que su amigo estuviera bien y que no lo olvidara jamás.
“Cuando mi padre se muera, me voy a quedar con la casita del rancho y te voy a llevar allá. Es la verdad. Tu te vas al pueblo a dar misa y yo a la ciudad donde seguro me van a asignar. Si, y luego te veo en casa donde te prepararé la cena para que tengas fuerzas para rezar. ¿Cómo que no?, la casita será mía y ahí te voy a llevar.”