LIVE
Loading live headlines…
Home Trending World Technology Entertainment Gaming Sports Music Science Lifestyle Business About Contact
c/LiteraturaESP by u/fictograma 2w ago fictograma.com

El Bosque Humano: Capítulo VII, Abducción

2 upvotes 0 comments
El Bosque Humano

Cap 7 Abducción
Acto I: El espécimen

Año 2236 – Orbita inferior terrestre / Nave de captura y contención Thro’Va

Para los A’zzir, la vida era disección.

No como tortura ni como crueldad. Ellos no sentían tales cosas. Eran una especie biomecánica nacida del cruce entre tecnología cuántica y biología reactiva. Veían la inteligencia como un fenómeno que debía entenderse desde adentro: cada pensamiento era una pulsación, cada impulso, una disonancia que podía mapearse.

Durante generaciones habían viajado por galaxias, recolectando fragmentos de conciencia, sentimientos cristalizados, circuitos afectivos. Su archivo de emociones disecadas contenía el odio de los Thalnari, la euforia de los Nuh-Dar, el misticismo vegetal de los Qe-Haru. No había mente que no pudieran clasificar.

Hasta la Tierra.

Habían oído los rumores.

Ecos lejanos de advertencias que no eran advertencias, sino supersticiones disfrazadas de ciencia.

Los Thanakir habían sellado todos sus nodos de investigación sobre la región terrestre.

Los Lurnessari se negaban a pronunciar el nombre humano sin envolverse en sueños inducidos.

Los sistemas de cartografía galáctica más precisos mostraban una anomalía estadística: la Tierra no era consultada.

No era omitida, simplemente… no aparecía.

Eso no era ciencia.

Eso era miedo.

Y el miedo, para los A’zzir, era un sabor aún no comprendido del todo.

Por eso, cuando detectaron una fluctuación psicoeléctrica inestable y altamente concentrada en una zona urbana del hemisferio sur terrestre, no dudaron.

Su misión no era destruir ni alterar. Solo extraer.

La operación fue limpia.

Utilizaron una sonda de intersección de fase, que desplazó un fragmento de espacio alrededor del objetivo sin provocar interacción con la atmósfera. El espécimen fue absorbido como una burbuja de aire atrapada bajo el agua.

Nadie en la Tierra lo notó.

Nadie lloró su ausencia.

En las bases de datos humanas, su identidad estaba rota. No había nombres consistentes. No tenía registros fiscales, ni familiares, ni memoria legal activa. Un hombre de unos cuarenta años, rostro promedio, cuerpo delgado, mirada perdida.

Para los A’zzir, era perfecto: un individuo marginal, desprovisto de vínculos. Ideal para estudio.

No sabían que su nombre era Lucas Halberg. Y no sabían qué había hecho.

En la cámara de contención, el espécimen humano se quedó de pie. No preguntó dónde estaba, no intentó escapar. Solo observó, una pared, luego una luz, después a uno de ellos, hasta que finalmente sonrió.

Los A’zzir comenzaron los análisis de conducta.

Sus primeras mediciones fueron incoherentes: el cerebro humano fluctuaba entre niveles de actividad similares al trance profundo y patrones idénticos al estado de euforia psicótica. Lucas no mostraba miedo, sorpresa ni ira.

Pero tenía algo más…

Un hambre estructural, no era un hambre de carne ni de sangre.

Sino de control.

Durante el segundo ciclo de monitoreo, uno de los técnicos notó que los sensores de la celda registraban alteraciones leves en la resonancia electromagnética del entorno. Como si la mente del sujeto generara campos de distorsión a través del pensamiento. Como si sus emociones tuvieran masa.

Uno de los científicos propuso sedarlo.

Otro se negó.

—“Esto es exactamente lo que buscábamos. El umbral de lo incomprensible.”

Fue durante la retirada de la órbita terrestre que ocurrió lo otro. Uno de los sensores de largo alcance captó una anomalía.

No era una nave, tampoco era un arma.

Era una figura, suspendida en el vacío, sin radiación, sin velocidad. Era humanoide pero sin rostro. Sus brazos eran demasiado largos.

Tampoco era opaca ni luminosa, y no tenía una dirección clara, simplemente estaba presente.

Los A’zzir no la comprendieron.

No sintieron amenaza, solo un desconcierto.

Intentaron enfocarla pero la figura desapareció. Luego reapareció… dentro del campo óptico de todos los monitores a la vez.

“¿Quién es ese?”, “¿Es parte del experimento humano?”, “¿Interferencia?”

Ninguna respuesta.

Y luego, como una gota cayendo en un lago silencioso, la imagen desapareció.

La figura se deshizo en la nada, sin dejar más rastro que un leve pulso en el sistema de soporte vital.

Una desviación de 0.07 grados en la presión ambiental. Como si el vacío hubiera exhalado.

Los A’zzir lo archivaron como una “fluctuación sin relevancia causal”. Pero en el registro sináptico del sujeto humano, hubo algo más.

Un pico. Una respuesta emocional extrema sin miedo ni en éxtasis.

Reconocimiento.

Lucas Halberg miró hacia la cámara.

Y murmuró una palabra en un idioma que los A’zzir no conocían.

Sus labios pronunciaron: “Ya están aquí.”

En los siguientes ciclos, Lucas no durmió. No pidió agua, tampoco pidió comida. Solo esperó.

A veces tarareaba una canción sin melodía.

Una vez dijo: “¿Saben lo que hay dentro de mí? No. Nadie lo sabe, ni yo. Solo sé que me gusta cuando gritan.”

Los A’zzir estaban fascinados.

Creían que lo tenían contenido.

No sabían que ya estaban dentro de su jaula.

Acto II: El Huésped

La Thro’Va flotaba en silencio.

Sus pasillos orgánicos, antes palpitantes con energía bioeléctrica, ahora crujían en tensión, como un organismo enfermo que siente una infección desplazándose lentamente por su interior. Los A’zzir ya no caminaban con confianza: sus cuerpos biomecánicos, antes fluidos y simétricos, ahora se movían en espasmos breves, vigilando cada rincón como si la nave misma hubiese adquirido voluntad.

Porque el humano había desaparecido.

Lucas Halberg, el espécimen terrestre, fue encontrado ausente de su celda en el ciclo 6.

No rompió las paredes.

No forzó los escudos de contención.

No engañó sensores.

Simplemente dejó de estar allí.

La celda registraba los mismos valores atmosféricos. Las cámaras mostraban estática justo en los 0.3 segundos previos a su desaparición. Uno de los técnicos intentó rastrearlo por firma calórica. El sistema respondió: “No hay fuente detectable.”

Pero a los 18 minutos, apareció el primer cuerpo.

El técnico Sha’nar fue encontrado colgado del eje de gravedad, invertido, con cortes limpios en los músculos propulsores de sus extremidades. Su cerebro había sido removido y colocado cuidadosamente dentro de un receptáculo alimentario.

A su lado, escrito con fluidos negros y óxidos metálicos, un mensaje garabateado en letras humanas:

“Aún no saben quién soy.”

Los A’zzir nunca habían enfrentado un horror así. No estaban diseñados para ello. Su especie no conocía el concepto de sádico. No sabían de rituales de violencia. Pero sus sensores cognitivos comenzaron a deteriorarse a medida que los cuerpos aumentaban.

El segundo muerto fue Reth-Kaal: su cavidad torácica había sido transformada en una escultura de pliegues y ganchos. Los otros lo encontraron con una expresión facial que jamás pensaron que uno de los suyos pudiera hacer.

Parecía… sonreír. Un rictus estirado y forzado.

Como si la carne hubiera sido enseñada a fingir felicidad.

La nave activó el protocolo de emergencia: cierre total de sectores y aislamiento de núcleos vitales. Pero cada intento de contener la amenaza resultaba inútil. Lucas no seguía un patrón lógico. Se ocultaba en zonas no cartografiadas, zonas que ni siquiera deberían ser accesibles sin herramientas de disolución.

Y, sin embargo, aparecía donde quería.

Una cámara lo captó por fin, caminando por el corredor de ingeniería.

Estaba desnudo, con la piel manchada de aceite alienígena y una sonrisa infantil.

En su brazo derecho, justo por debajo del codo, los alienígenas vieron el rostro tatuado del Joker de Gotham, boca extendida en un grito eterno.

Cuando la imagen fue analizada, uno de los sistemas de archivos culturales —una IA especializada en análisis simbólico— logró reconstruir la base de datos correspondiente.

Y el nombre surgió.

Lucas Halberg, nacido en 2189.

Detenido seis veces logrando escapar en todas las oportunidades.

Condenado por 31 asesinatos confirmados, pero presunto responsable de más de 100.

Escapó del Asilo Ryker, del Instituto Penal de Praga, del Hospital Saint-Alexis.

En todos los casos, las víctimas no fueron solo los guardias… sino otros prisioneros.

Sus métodos eran siempre distintos. Siempre teatrales. Nunca repetía.

Cuando los A’zzir supieron quién habían capturado, ya era demasiado tarde.

Las muertes se multiplicaban.

Uno de los científicos fue hallado con sus sistemas auditivos conectados directamente al núcleo de propulsión: durante horas, escuchó los pulsos de ignición hasta que su mente colapsó. Otro fue enterrado en el gel nutritivo de cultivo neural, con un mensaje en su espalda:

"No soy lo peor de los suyos.

Solo soy lo que dejaron suelto."

Fue en el ciclo 10 cuando empezaron los sueños.

Los A’zzir no soñaban. Su arquitectura mental no lo permitía. Pero comenzaron a experimentar episodios oníricos inducidos. Fragmentos caóticos insertos en su memoria consciente:

Imágenes de la figura sin rostro, de brazos largos, de mirada sin ojos.

Palabras repetidas en bucles: “devuélvelo”, “enciérralo”, “mátenlo”.

Pesadillas compartidas donde cada uno veía su propia muerte a manos del humano: desollados, ardiendo, reducidos a juguetes grotescos.

En todas esas visiones, la figura estaba allí.

Callada.

Observando.

Como un maestro de orquesta que no necesitaba mover las manos para controlar la sinfonía del horror.

Uno de los A’zzir, Va-Quan, imploró abrir una cápsula de escape y regresar a la Tierra.

“Si lo dejamos allí, su locura quedará contenida.”

Pero los sueños eran claros. No pedían que lo regresaran. Pedían que lo destruyeran. Y aún así… ninguno podía hacerlo.

A pesar de su avance tecnológico, de sus armas neurológicas, de sus escáneres cuánticos, no podían encontrarlo.

Lucas era humano.

No tenía poderes. No alteraba la física, tampoco rompía leyes de la realidad, el solo se escondía, observaba y luego mataba.

Y lo hacía con placer.

En una transmisión de auxilio no registrada oficialmente, uno de los A’zzir rompió el protocolo de neutralidad emocional. Su mensaje fue corto:

“Cometimos un error. Pensamos que era un espécimen, pero era una semilla, una semilla viva. Y la caja… la caja ya respira.”

Los sobrevivientes comenzaron a perder la cohesión mental. Algunos se desconectaron de la red de pensamiento común. Otros intentaron encerrarse en cápsulas criogénicas, dejando instrucciones para ser descongelados solo si la nave era recuperada por una especie no humana.

Uno de ellos, antes de encerrarse, dejó un mensaje grabado en bucle:

"Los Jardineros sabían. Por eso no interfirieron. No porque aprobaran…

Sino porque sabían que el castigo debía cumplirse."

Y en el corazón de la nave, donde el sistema de mando había dejado de responder a su especie, Lucas se sentó en el trono biológico, rodeado de tubos que aún goteaban sangre púrpura.

Silbó una canción, una de cuna.

Mientras en la pared, escrita con herramientas quirúrgicas, había tallado: “Gracias por la nave. Aún no sé a dónde ir, pero lo sabré cuando escuche un grito.”

Acto III: El castigo del fuego que ríe

La Thro’Va ya no era una nave.

Era una tumba viviente, con paredes de carne robada y sistemas que latían al ritmo de su nuevo dueño.

Lucas Halberg caminaba desnudo por los corredores, los pies manchados con fluidos de especies que jamás comprenderían su forma de matar.

Llevaba en la mano una hoja quirúrgica curva —una reliquia de los A’zzir— que usaba no por necesidad, sino por placer.

No mataba para escapar ni lo hacía por venganza. Tampoco lo hacía por algún trauma.

Mataba porque era hermoso. Porque el caos es su idioma y el dolor era su pincel.

Los últimos A’zzir que no logró asesinar a tiempo dormían ahora en cápsulas criogénicas. Los había dejado allí intencionalmente, como un niño que guarda un caramelo para después. En los cristales de las cápsulas había escrito palabras humanas con sus propios dedos ensangrentados:

“No me olvido de ustedes.”

La nave se dirigía al borde del sistema solar.

Lucas no sabía cómo ni por qué, pero sabía que iba hacia adelante, hacia lo desconocido.

El universo lo esperaba, mundos que jamás habían visto el miedo en estado puro, especies que jamás imaginaron lo que podía hacer un solo humano libre. El rostro tatuado del Joker en su brazo parecía vibrar con cada pulso de los motores.

“Vamos a divertirnos, viejo amigo”, murmuró, hablando consigo mismo, “tenemos que llevarles un poco de risa… a esta fiesta estelar.”

Fue entonces que el tiempo se detuvo…

No fue una detención real ni un fallo de sistema. Sino una presencia.

Primero se manifestó en la luz. Los corredores, antes bañados en tonos de biofluido cálido, se enfriaron en un azul grisáceo. Las sombras dejaron de proyectarse correctamente. Los reflejos eran de otros lugares, como si la nave reflejara escenas que no estaban ocurriendo en su interior.

Lucas detuvo el paso, no por miedo, sino porque algo lo estaba mirando. Y luego, allí estaba, al fondo del corredor, una figura.

Humanoide, delgada, sin rostro. Los brazos largos como ramas secas sin color ni volumen. Como si la idea de su forma apenas pudiera existir. No caminaba, tampoco flotaba…Simplemente estaba.

Lucas sonrió.

—¿Viniste a pararme? —preguntó con voz cantarina, ladeando la cabeza—. ¿Tú también quieres jugar?

La figura no respondió, pero algo dentro de él vibró.

No en su oído, tampoco en su mente. Lo hizo en su alma quebrada.

Una voz surgió como pensamiento grabado a fuego:

“No debiste salir de tu jaula. No debiste tocar el bosque. El Filo no está para protegerte. Está para evitar que tú protejas a otros de ti mismo.”

Lucas retrocedió un paso. Por primera vez, su sonrisa titubeó.

—¿Quién eres? ¿Un ángel? ¿El tipo de las llamas? —rió, girando su hoja en el aire—. Todos dicen lo mismo antes de morir, ¿sabes? “No debiste hacer esto”, “No debiste nacer”, “No debiste existir”…

"Tú eres lo que sobró, lo que escapó. "No eres el peor…

…pero eres una advertencia con pies."

La figura avanzó sin avanzar mientras el espacio se comprimía a su alrededor.

Lucas intentó apuñalar el aire sin lograr darle a nada, intentó correr y volvió al mismo punto.

Intentó esconderse, y su escondite estaba dentro del pecho del Jardinero.

—¡NO! ¡No me van a encerrar otra vez! ¡¡Esta vez yo gané!! ¡¡YO GANÉ!! —gritó Lucas, la voz desgarrada en una mezcla de furia y euforia.

“Ganaste… salir.”

“Y por eso, ahora perderás de verdad.”

Entonces, los A’zzir comenzaron a despertar.

Las cápsulas criogénicas se abrieron una por una, pero no como antes. Sus ocupantes no estaban vivos. Estaban conscientes, pero atrapados en sus cuerpos, forzados a ver.

Ver a Lucas. Ver lo que el Jardinero iba a hacer con él.

El tiempo se fragmentó.

Lucas no fue destruido de inmediato. Fue desdoblado y su cuerpo fue descompuesto y reconstruido una y otra vez. No con dolor físico, sino con sensaciones humanas:

El abandono de un niño, el terror de una víctima, el llanto de una madre, el sonido de un perro pateado, el vacío del asesino cuando no encuentra placer en matar.

Lo obligaron a vivir cada emoción que causó en otros. Una por una, miles. Décadas de horror, comprimidas en segundos.

La mente de Lucas gritó, pero su boca reía, no por gusto, más bien por reflejo.

—“No puedes matarme…”— balbuceó.

—No queremos matarte. Queremos que tú sepas… lo que realmente eres."

Y entonces, el Jardinero lo arrojó fuera de la realidad. No hacia la muerte, sino a un plano donde él es la única cosa viva, sin universo, sin cuerpo, sin reflejo.

Solo él… consigo mismo por la eternidad.

En la Thro’Va, los sistemas se reiniciaron. Los A’zzir sobrevivientes despertaron… vivos. Llorando.

Sin registros de lo ocurrido, sin imágenes ni datos. Solo un recuerdo grabado a fuego en su red colectiva:

“Jamás vuelvan a tocar la Tierra.”

“El precio no siempre es la muerte.”

“A veces, es mirar al espejo y no poder parpadear.”

En el espacio, un fragmento de la nave quedó flotando.

Dentro, una pared se encendió con una única frase en idioma humano, grabada por una mano que ya no existe:

“Sigo riendo en alguna parte. Aunque nadie me escuche.”

Los Jardineros no hablaron más.

No fue necesario.
Visit source Open discussion