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c/LiteraturaESP by u/fictograma 2w ago fictograma.com

En botas de otro hombre - cap IV

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John entró agitado en la zapatería.

—Williams está muerto —anunció.

Jane entró en el taller y se persignó. Gerald negó con la cabeza.

—Idiota avaricioso.

John se mostró curioso. Gerald le contó lo que sospechaban y el plan de Williams para hacerse con la mina. John se dejó caer en un banco.

—Ningún montón de plata vale la vida.

Jane y Gerald se mostraban de acuerdo. Un tiroteo explotó en la calle; las detonaciones de las balas colmaron el ambiente, el olor a pólvora podía olerse incluso dentro de las casas. Tras unos minutos de disparos, el sonido de los caballos cabalgando por la calle a toda velocidad reemplazó las detonaciones y, luego, silencio. Entonces sonó la campana.

—¡Fuego! ¡Fuego!

Jane, John y Gerald salieron a la calle. La tienda de artículos generales estaba en llamas; todo el pueblo salió a la calle en un intento de detener el incendio. Los baldes viajaban por la fila de personas desde el pozo hasta el fuego, pero sus esfuerzos eran en vano. Al final, un grupo de hombres se limitó a hacer caer segmentos de la tienda para evitar que el fuego alcanzase a los edificios cercanos.

—¿Qué pasó? —preguntó el sheriff.

—¡Sabes muy bien qué pasó! —le contestó John.

Todo el pueblo estaba furioso y se acercaba al sheriff, el cual empezaba a entrar en pánico. Al ver la multitud que se acercaba, su ayudante echó a correr. El sheriff sacó su arma.

—¡Atrás! Al primero que se acerque le meto un tiro.

Eso hizo a la multitud amedrentarse un poco. El sheriff sonrió; uno de los hombres que intentaba controlar el fuego se le acercó por la espalda y le dio un golpe en la cabeza haciéndolo caer al suelo. La multitud se lanzó sobre él, le quitaron el arma, lo cargaron entre varios y lo arrojaron a las llamas. Apenas al sentir el calor, el sheriff despertó, empezó a gritar, se levantó, pero en su confusión, en lugar de correr hacia la calle, corrió hacia el interior de las llamas; sus gritos se apagaron unos segundos después. Un caballo se lanzó a la carrera: el ayudante del sheriff intentaba huir del pueblo. Leonard, el herrero, tenía en la mano el arma del sheriff y disparó al ayudante tres veces; una de las balas le dio al caballo, el animal relinchó y se sacudió de forma enérgica, su jinete perdió el control y cayó al suelo. Adolorido, el ayudante se levantó; su caballo había huido. Miró hacia la multitud que se acercaba, John y Leonard al frente; el herrero aún sostenía el arma y apuntaba contra él.

—¡Mierda! —dijo Gerald al ver la cara nerviosa del ayudante.

El hombre intentó sacar su arma; Leonard disparó las tres balas restantes en el revólver, dos de ellas dieron en el pecho del ayudante, el hombre cayó al suelo.

—Esto va a ser un desastre —dijo John.

—¿Qué hacemos con este? —preguntó Hilda, una mujer rubia, alta y corpulenta que parecía tan fuerte y ruda como su marido.

—Tirarlo al fuego también. Hasta donde sabemos, los hombres de Ernest los mataron, junto con Henry y su familia, luego prendieron fuego a la tienda —opinó Gerald.

Los habitantes del pueblo se miraron unos a otros; nadie objetó, al parecer el acuerdo era unánime. Cargaron el cuerpo y lo lanzaron a las llamas.

—Los hombres de Ernest vendrán pronto, ahora ni siquiera tienen que aparentar —recordó John.

La gente empezó a quejarse.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Hilda.

—Nosotros nos iremos de aquí —respondió Leonard—. No nos quedaremos para que nos maten.

—Ahora enviarán un nuevo sheriff, ¿no? —preguntó el propietario del bar.

—Y será lo mismo, Virgil: nos enviarán otro sheriff corrupto —contestó John.

—¿Qué mierda quiere Ernest? ¿Por qué nos joden la vida? —seguía quejándose Hilda.

—Es por la mina de plata —mencionó John.

El pueblo entero se quedó mirándole. Gerald se dio vuelta y miró hacia John como si quisiera estrangularlo. Pero John no le puso ninguna atención.

—Al parecer, hay una mina de plata en las tierras al norte del pueblo. Los hombres de Ernest están intentando localizarla desde hace un mes. Nuestro sheriff formaba parte de un grupo de agentes corruptos; al parecer Ernest tiene negocios con la banda de Mazbit y además tienen negocios con los jueces y el sheriff de Slopetown.

—Entonces, ¿nadie vendrá a ayudarnos? —Virgil se veía pálido.

—A ayudarnos no, pero tal vez vengan a dispararnos —opinó Leonard.

—Tenemos que defendernos nosotros mismos —concluyó John—. Además, sin Ernest y sus hombres, la mina sería nuestra.

Gerald miró a su alrededor; el miedo había desaparecido, en su lugar había rostros de codicia.

—¡Jane! —gritó alguien.

Gerald y Jane se dieron vuelta en dirección al grito. Una mujer se acercaba con un niño en brazos; no fue difícil reconocerlo, como no fue difícil ver las manchas de sangre en sus ropas.

—¡Jeremy!

La aterrorizada madre se lanzó a la carrera; Gerald corrió tras ella. La mujer que traía al niño cayó de rodillas en el suelo llorando. Jane cogió al niño en sus brazos: estaba muerto.

—Silvia, ¿qué pasó? —preguntó Gerald.

—Lo encontré detrás de la herrería. Ha sangrado un montón, no se mueve, no respira —decía la mujer llorando.

Jane lloraba desconsolada; Gerald miraba en silencio. Una sombra parecía ceñirse sobre el pueblo, el ambiente se hizo lúgubre.

—Nos matarán a todos al final —comentó Leonard levantando el arma del sheriff aún en su mano—. Nadie vendrá a ayudarnos, los sheriffs, los rangers… a nadie le importa. Esto no es más que un pueblo miserable en medio de ningún lado.

El sol empezaba a ponerse en el horizonte; el calor del fuego, que ya se reducía tras consumir la tienda, parecía alimentar la ira de los habitantes.

—Hoy lloramos a nuestros muertos, mañana los enterramos y, cuando Ernest y sus hombres vuelvan, los matamos —dijo John.

Jane cargó el cuerpo de su hijo a casa en silencio; Gerald la siguió.

—Todo estará bien, pequeño —decía Jane mientras desvestía y limpiaba el cuerpo de su hijo; el trozo de tela que usaba se ensuciaba de sangre y tenía que enjuagarlo una y otra vez.

—Ahora estarás con tu padre en el cielo. Todos los niños van al cielo —las lágrimas no paraban de brotar.

—Dile que lo extraño, que es el hombre más maravilloso que he conocido.

Gerald escuchaba desde detrás de la cortina que dividía las habitaciones. Fue demasiado para él; salió al taller, miró la botella de whisky en el estante, caminó apurado hacia ella, la agarró con fuerza y la destapó. El intenso olor del alcohol inundó su nariz; su mano temblaba mientras acercaba la botella a su boca.

—Padre nuestro que estás en los cielos… santificado sea tu nombre…

Aún temblando volvió a tapar la botella y la colocó en el estante. Gerald salió de la casa y se unió a los otros hombres que juntaban sus fuerzas con el enterrador para confeccionar ataúdes para los fallecidos o cavar las tumbas.

La noche se hizo eterna. El sol dio la bienvenida a un nuevo día; los hombres sacaron los restos carbonizados del sheriff, su ayudante, Henry y su familia de las cenizas. El pueblo enterró a sus muertos al atardecer; nadie, excepto el cura, acudió a las tumbas del sheriff y su ayudante. Sus tumbas estaban alejadas del pueblo, junto a la tumba antigua de algún otro criminal muerto en los días de gloria del pueblo. La noche fue silenciosa y lúgubre.

Al día siguiente, las campanas del pueblo sonaron. Leonard pidió que se reunieran en el bar; la iglesia no era lugar para el tema que tratarían. El arma del sheriff colgaba de su cintura; sobre la barra del bar se mostraban las armas y munición disponibles en el pueblo: un par de rifles Winchester, el Colt Pacifier del ayudante y dos escopetas de barril doble, una de ellas perteneciente a Virgil.

Un grupo limitado asistió a la convocatoria; el barbero, el cura y otros residentes del pueblo se habían marchado justo al amanecer.

—Ernest y sus hombres volverán pronto —Leonard anunció lo que ya sabían—. Sin el sheriff ya no tienen necesidad de aparentar; nos matarán a todos o nos obligarán a vivir como esclavos. Es hora de luchar.

El ambiente en el bar se mostraba sombrío; las caras ahora estaban llenas de dudas, habían perdido el valor y la rabia de la noche previa. Uno de los hombres se puso de pie.

—Tenemos pocas armas y balas; los hombres de Ernest son demasiados y, además, son pistoleros.

—Mathew, piensa en tu familia —le objetó Leonard.

—Eso hago. Vamos a morir aquí ¿y por qué? ¿Por un pueblo minero que está a punto de ser un pueblo fantasma? Si quieren el pueblo, que se lo queden; yo me largo de aquí.

Sin esperar otra palabra, Mathew y su mujer se levantaron para salir del bar.

—¡Cobarde! —le gritó Jane.

Mathew se dio la vuelta.

—Jeremy era un buen chico. No se merecía eso; Henry tampoco, ni sus hijos, ni Williams. Tyler era un borracho, pero tampoco lo merecía. Espero que un día sean vengados y descansen en paz. Pero mis hijas están vivas y tengo que velar por ellas.

Mathew se encaminó a la puerta. Muchos de los presentes miraron hacia el suelo unos segundos, luego empezaron a salir del bar uno tras otro. Por último, John se levantó.

—¿John? —preguntó Leonard incrédulo.

John respondió sin darse la vuelta.

—Lo siento, Leonard, yo también tengo familia. De todas formas, pensaba irme a Dodge City.

Continuó caminando sin mirar atrás. Leonard miró a Virgil.

—Este bar es todo lo que tengo, pero no voy a morir por esto.

Jane se acercó a la barra y tomó uno de los rifles, toda la munición que podía cargar y salió del bar en dirección a la zapatería. Leonard miró a Gerald, el cual solo asintió y salió del bar.
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