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c/LiteraturaESP by u/fictograma 2w ago fictograma.com

La montaña mágica - 6 / 8 - Thomas Mann

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…Continuación de Operationes spirituales
De pronto, comenzaron a hablar sobre la incineración.

Settembrini la celebró. Era posible remediar esa vergüenza, dijo alegremente. Consideraciones utilitarias, al mismo tiempo que móviles idealistas, habían determinado a la humanidad a remediar esas cosas. Declaró que tomaba parte en los preparativos de un congreso internacional que se celebraría probablemente en Suecia. Se proyectaba exponer un crematorio modelo, construido según todos los experimentos hechos hasta hoy, lo mismo que un columbario, y era de prever que ese congreso ejercería una influencia vasta y animadora. ¡Qué procedimiento más anticuado y chocante el de enterrar a los muertos, dadas las condiciones de la vida moderna! ¡La extensión de las ciudades! ¡El apartamiento de los cementerios —esos lugares de reposo, según reza la etimología— a la periferia! ¡El precio de los terrenos! ¡El carácter prosaico de los funerales determinado por la necesidad de servirse de los medios modernos de transporte! Sobre todas esas cosas, Settembrini procuraba hacer observaciones sensatas. Ridiculizó la figura del viudo inconsolable que iba cada día en peregrinación a la tumba de su querida muerta para hablar con ella. Para tal idilio era preciso, ante todo, disponer del bien más precioso de la vida, a saber: de tiempo en cantidad abundante; y, por otra parte, las operaciones en serie de un cementerio central moderno no dejan de ser un remedio contra una sensiblería tradicional. Abogaba por la destrucción del cadáver por el fuego, ¡una noción más pura, higiénica y digna, casi heroica!, en lugar de entregarlo a una lamentable descomposición y a la asimilación por los organismos inferiores. El sentimiento mismo se satisfacía más fácilmente con ese nuevo procedimiento que respondía a esa necesidad humana de durar. Lo que era destruido por el fuego, eran las partes blandas del cuerpo; en cambio, las que tomaban una parte menor en esa corriente y que acompañaban al hombre casi sin modificarse a través de su existencia de adulto, eran también las que guardaban la parte imperecedera del difunto.

—Muy bonito —dijo Naphta—. ¡Oh, muy bonito! La parte imperecedera del hombre, las cenizas.

—Naphta —observó el orador—, pretende mantener a la humanidad dentro de su actitud irracionalista respecto a los hechos biológicos, mantiene la concepción religiosa primitiva según la cual la muerte era un fantasma espantoso que producía escalofríos, tan misterioso que era imposible dirigir sobre ese fenómeno la mirada de la clara razón. ¡Qué barbarie! El espanto ante la muerte se remonta a las épocas más bajas de la civilización, en las que la muerte violenta era la regla, y el carácter espantoso que en efecto ésta tenía, ha permanecido por largo tiempo unido en el sentimiento del hombre a la idea de la muerte en general. Pero gracias al desarrollo de la ciencia, de la higiene, y gracias a los progresos de la seguridad personal, la muerte natural se convierte en la norma, y para el obrero moderno el pensamiento de un reposo eterno después de un debilitamiento normal de sus fuerzas, es considerado como una cosa normal y deseable. No, la muerte no es ni un fantasma ni un misterio, es un fenómeno sencillo, racional, fisiológicamente necesario y deseable, y hubiese sido frustrar la vida el detenerme más de lo razonable en contemplarla. Por eso se ha proyectado completar el crematorio moderno y el columbario, es decir, en ningún modo la «sala de la muerte», sino una sala de la vida en que la arquitectura, la pintura, la escultura, la música y la poesía se alíen para evitar al sobreviviente el espectáculo de la muerte y de un duelo inactivo hacia los dones de la vida…

—Lo antes posible —dijo burlonamente Naphta—. Para que no se vaya demasiado lejos el culto a la muerte, para que no se vaya demasiado lejos en el respeto ante un hecho tan sencillo, sin el cual no habría, es verdad, arquitectura, ni pintura, ni escultura, ni música, ni incluso poesía.

—Deserta la bandera —dijo Hans Castorp, pensativo.

—Lo ininteligible de su observación, ingeniero —le respondió Settembrini—, deja sin embargo, transparentar su carácter censurable. Es preciso que la experiencia de la muerte sea, en último término, la experiencia de la vida; de lo contrario, no es más que un cuento de aparecidos.

—¿Se colocarán en la sala de la vida símbolos obscenos como sobre los sarcófagos antiguos? —preguntó Hans Castorp con toda su seriedad.

—De todas maneras los sentidos serán satisfechos —aseguró Naphta—. En mármol y en pintura el gusto clásico expondrá el cuerpo, ese cuerpo lleno de pecados que es salvado de la podredumbre, lo que no tiene nada de sorprendente, puesto que, a fuerza de ternura hacia él, no se permite ni que se flagele…

Aquí Wehsal intervino y llevó la conversación hacia las torturas y eso le parecía muy apropiado. ¿Qué pensaban los señores de la tortura? El, Fernando, no había dejado pasar en sus viajes ninguna ocasión para visitar, en los centros de cultura antigua, esos lugares discretos donde se había practicado ese procedimiento para explorar las conciencias. Conocía las cámaras de tortura de Nuremberg, de Ratisbona, pues, en su interés por su formación intelectual, las había visitado y estudiado de cerca. En efecto, por el amor del alma se habían infligido allí ataques contra el cuerpo, apelando a toda suerte de ingeniosos procedimientos. La pera metida dentro de la boca abierta, la famosa pera, que por cierto no era una golosina. Y ni se oían gritos; una vez metida en la boca, reinaba el silencio, un silencio completamente lleno…

—Porcheria —murmuró Settembrini.

Ferge dijo que rendía homenaje a la pera y al silencio completamente lleno, pero añadió que ni en aquellos tiempos se había llegado a inventar nada más repugnante que la palpación de la pleura.

¡Y habían hecho eso para curarle!

El alma endurecida, la justicia ofendida justificaban plenamente una pasajera falta de compasión. Además, la tortura sólo había sido el resultado del progreso racionalista.

Visiblemente, Naphta divagaba.

Pero no, no se extraviaba. Settembrini era un bello espíritu, y la historia del procedimiento en la Edad Media no se hallaba sin duda por completo presente en su espíritu. Era, en efecto, progresivamente racionalista, y eso de tal manera que Dios había sido excluido de la jurisprudencia y reemplazado por las nociones de la razón pura. El juicio de Dios había caído en desuso porque se dieron cuenta de que el más fuerte era el vencedor, incluso cuando no estaba la justicia de su parte. Gente como el señor Settembrini, escépticos, críticos, habían hecho esta observación y habían obtenido que la Inquisición, que no contaba con la intervención de Dios a favor de la verdad, sino que tendía a obtener del acusado la confesión de la verdad, fuese sustituida por la antigua manera inocente de ejercer la justicia. ¡Nada de condenas sin confesión! Hoy todavía persiste esa opinión en el pueblo, ese instinto está profundamente arraigado. Por estrecho que fuese el encadenamiento de las pruebas, la condena era juzgada ilegal cuando faltaba la confesión. ¿Cómo obtenerla? ¿Cómo determinar la verdad a través de las apariencias, a través de las sospechas? ¿Cómo penetrar en el cerebro, en el corazón de un hombre que disimulaba la verdad, que se negaba a revelarla? Cuando el espíritu era recalcitrante no quedaba más que el recurso de dirigirse al cuerpo, al que siempre se podía llegar. La tortura como medio de obtener la confesión indispensable, constituía una exigencia de la razón. Pero era el señor Settembrini quien había reclamado e introducido el recurso para obtener la confesión y por consiguiente él era igualmente el autor de la tortura.

El humanista rogó a sus amigos que no creyesen nada de eso. Eran bromas diabólicas. Si todo hubiese pasado como Naphta pretendía, si verdaderamente la razón había inventado aquella cosa espantosa, esto demostraba como mucho que tenía necesidad de ser apoyada y alumbrada y que los pocos adoradores del instinto natural tenían motivos para temer que las cosas pasasen demasiado razonablemente sobre la tierra. Pero su honorable contrincante se había extraviado. Esa justicia abominable no podía ser inspirada por la virtud, por la sana razón; su fondo había sido la creencia en el infierno. No había más que mirar los museos y las cámaras de tortura para convencerse de que aquellas maneras de pellizcar, desgarrar, atornillar, tostar, habían nacido evidentemente de una imaginación pueril y ciega, del deseo de imitar piadosamente lo que se practicaba en los lugares del castigo eterno, en el más allá. ¡Por otra parte, habían creído que ayudaban al malhechor! Se había aceptado que su propia alma en pena inspiraba a la confesión y que únicamente la carne, como principio del mal, se oponía a este deseo. De manera que se había deducido que se realizaba un servicio caritativo desgarrando la carne por medio de la tortura. Extravío de ascetas…

¿Habían cometido los antiguos romanos el mismo error…?

¿Los romanos? Ma che!

Sin embargo, ellos también habían conocido la tortura como forma de proceso.

Callejón sin salida, confusión de la lógica… Hans Castorp se esforzó en introducir, por su propia iniciativa, el problema de la pena de muerte dentro de la conversación. La tortura había sido suprimida, aunque los jueces de instrucción continuasen disponiendo de medios para dominar a sus acusados, pero la pena de muerte parecía inmortal y no era fácil pasar sin ella. Los pueblos más civilizados la conservaban. Los franceses habían sufrido ya grandes fracasos con sus deportaciones. No se sabía lo que se debía hacer en la práctica con ciertas criaturas antropoides, salvo cortarles la cabeza.

—No se trata de «criaturas antropoides» —rectificó Settembrini—. Se trata de hombre como usted y como yo mismo. Carecemos de voluntad y somos víctimas de una sociedad mal organizada.

Habló de un gran criminal, varias veces asesino, que tenía todas las características del tipo y al que los fiscales acostumbraban a calificar en sus acusaciones de «bestial», de «bestia con forma humana». Este hombre había cubierto de versos las paredes de su celda. Y esos versos no eran en modo alguno malos, eran incluso mejores que los que acostumbraban hacer los fiscales cuando se les ocurre versificar.

—Eso vierte una luz singular sobre el arte —contestó Naphta—. Pero al margen de eso, no es digno de mención.

Hans Castorp había creído que Naphta se declararía partidario de la pena de muerte.

Naphta, dijo Hans Castorp, era sin duda tan revolucionario como Settembrini, pero lo era en un sentido conservador. Era, pues, un revolucionario de la conservación.

—El universo —observó Settembrini sonriendo, muy seguro de sí mismo—, superará esta revolución de la reacción antihumana.

Naphta prefería considerar sospechoso el arte antes que reconocer que podía destituir la dignidad humana hasta en el más reprobo de los hombres. Era imposible atraer a la juventud en busca de luz a un tal fanatismo. Una liga internacional cuyo objeto era la supresión de la pena de muerte en todos los países civilizados acababa de formarse. Settembrini tenía el honor de ser uno de sus miembros. No se había elegido todavía el lugar en que debía celebrarse el próximo congreso, pero la humanidad podía tener la seguridad de que los oradores que iban a hacer oír su voz harían valer formidables argumentos. Invocó algunos, entre los cuales debía citarse el de la posibilidad, siempre presente, de un error judicial, error que convertía a la pena de muerte en un asesinato legal y hacía desaparecer la esperanza de que el criminal se enmendara. Citó incluso «la venganza me pertenece» y declaró también que el Estado, si la mejora del hombre le importaba más que la violencia, no podía devolver el mal por el mal, y rechazaba la idea del «castigo» después que sobre la base de un determinismo científico había combatido la de la culpabilidad.

Después de esto, «la juventud en busca de luz» pudo ver cómo Naphta retorcía el cuello a cada uno de esos argumentos. Se burló del temor de derramar sangre y del respeto hacia la vida humana que manifestaba el filántropo. Afirmó que el respeto a la vida individual procedía de las épocas burguesas más bajas y filisteas. Por poco que una sola idea dominase la de la seguridad, que una sola idea personal, y por lo tanto superindividual, se hallase en juego —y éste era el único estado digno y más elevado del hombre en condiciones normales— la vida individual sería no sólo sacrificada sin titubeos a los intereses superiores, sino también ofrecida voluntariamente y sin dudar por el individuo mismo. Afirmó que la filantropía de su señor adversario tendía a arrebatar a la vida todos sus acentos graves y mortalmente serios, tendía a castrar la vida incluso por el determinismo de su pretendida paciencia. Sin embargo, la verdad era que el concepto de la culpabilidad no podía ser abolido por él.

No estaba mal. ¿Deseaba acaso que la víctima infortunada de la sociedad se sintiera seriamente culpable y marchase por su propia voluntad al cadalso? ¡Sin ninguna duda! El criminal estaba tan convencido de su culpa como de sí mismo. Era tal como era y no podía ni quería ser diferente, y esto constituía precisamente su culpa. Naphta transportaba la culpabilidad y el mérito del dominio empírico al dominio metafísico. Es verdad que el acto era determinado y no había, respecto a él, libre albedrío, pero había uno para el ser. El hombre era y continuaba siendo lo que había querido ser hasta su aniquilamiento. Había asesinado a costa de su vida. Que muriese, pues, puesto que así expiaba su crimen con un profundo placer.

—¿Profundo placer?

—Profundísimo.

El otro apretó los labios. Hans tosió, Wehsal torció la boca. Settembrini observó con sutileza:

—Se comprende; hay una manera de generalizar una pregunta que da al asunto un matiz personal. ¿Tiene ganas de matar?

—Eso no le interesa. Pero si lo hubiese hecho me reiría a la cara de una ignorancia humanitaria que se halla dispuesta a alimentarme de lentejas hasta el fin natural de mis días. No tiene sentido alguno que el asesino sobreviva al asesinado. Ambos participaron, como jamás lo hacen dos seres más que en una circunstancia única y análoga, el uno sufriendo, el otro obrando, en un misterio que los une para siempre. Sus destinos son inseparables.

Settembrini confesó fríamente que no disponía de órgano para comprender tal misticismo de la muerte y del asesinato y que no lo lamentaba. No tenía nada que objetar a las dotes religiosas del señor Naphta, las cuales sobrepasaban incontestablemente a las suyas propias, pero ponía de relieve que no sentía envidia hacia él. Una necesidad invencible de limpieza le separaba de una esfera en la que el respeto hacia la desgracia reinaba no sólo en las relaciones físicas, sino también en las relaciones morales. En una palabra: una esfera en la que la virtud, la razón y la salud no se tenían en cuenta, y en la que los vicios y la enfermedad disfrutaban de la más alta consideración.

Naphta confirmó que, en efecto, la virtud y la salud no constituían estados religiosos. Se había ganado mucho —afirmó— cuando se demostró claramente que la religión no tenía absolutamente nada de común con la razón y la moral, pues no tenía nada que ver con la vida. La vida reposaba sobre condiciones y categorías que pertenecían a la doctrina de los conocimientos, al dominio de la moral. Las primeras se llamaban tiempo, espacio, casualidad; las segundas, moral y razón. Todas esas cosas eran no sólo extrañas e indiferentes al ser religioso sino también hostiles, pues eran precisamente ellas las que formaban la vida, la pretendida salud, es decir, la manera de ser cómoda y burguesa por excelencia, cosa respecto a la cual el universo religioso era lo contrario absoluto. Naphta no quería, por otra parte, negar de un modo absoluto a la esfera de la vida la posibilidad de dar nacimiento al genio. Existía una manera de ser burguesa no desprovista de trivial grandeza, una majestad filistea que se podía juzgar digna de respeto a condición de recordar en su dignidad cuadrada y maciza, las manos en la espalda y el pecho abombado, y era la misma irreligión encarnada.

Hans Castorp elevó el dedo índice como en la escuela. Dijo que no quería arremeter contra ninguna opinión, pero se hablaba indudablemente de progreso, del progreso humano y, por consiguiente, hasta cierto punto de la política, de la república oratoria y la civilización, el Occidente civilizado, y quería constatar que la diferencia o —si Naphta se empeñaba— la oposición entre la vida y la religión debía ser referida a la oposición entre el tiempo y la eternidad, pues el progreso tenía lugar únicamente en el tiempo; en la eternidad no había progreso, como tampoco política y elocuencia. Se apoyaba en cierta manera la cabeza sobre el hombro de Dios y se cerraban los ojos, y ésta era la diferencia entre la religión y la moral, confusamente expresada. Settembrini respondió que su manera ingenua de expresarse era menos inquietante que su temor de herir las opiniones ajenas y su tendencia a hacer concesiones al diablo. No hacía poco tiempo que Settembrini y él habían discutido sobre el diablo. O sanata, o rebelione. ¿A qué diablo había hecho, pues, concesiones? ¿Al de la rebelión, el trabajo y la crítica, o bien al otro? Uno se hallaba verdaderamente en peligro mortal: un diablo a la derecha, un diablo a la izquierda, ¿cómo diablos se las arreglaría para pasar? Naphta puntualizó que no era una manera justa eso de caracterizar la situación tal como Settembrini lo hacía. Lo que era decisivo, en su concepto del mundo, es que hacía de Dios y de Satán dos principios distintos y que colocaba la «vida» exactamente a la manera de la Edad Media, entre los dos, como botín de sus luchas. Pero en realidad, no formaban más que uno y se oponían de concierto a la vida, a la vida burguesa, a la ética, a la razón y a la virtud, como el principio religioso que representaban en común.

—¿Qué es una mezcolanza repugnante? Che guazzabuglio propio stomachavole! —exclamó Settembrini—. El mal y el bien, la santidad y el crimen, ¡todo es mezclado! ¡Sin juicio, sin voluntad! ¡Sin poder reprobar lo que es reprobable! —¿Sabía el señor Naphta lo que negaba confundiendo a Dios y al Diablo en presencia de esa juventud y negando el principio moral en nombre de esa dualidad abominable? Negaba el valor, toda la escala de valores; era espantoso. Así pues, no había ni bien ni mal, no existía más que el universo sin orden moral. No había tampoco el individuo en su dignidad crítica, no existía más que una comunidad absorbiéndolo y nivelándolo todo, ¡el aniquilamiento místico! El individuo…

¡Era exquisito que el señor Settembrini se considerase una vez más un individualista! Pero para ser individualista es preciso conocer la diferencia entre la moralidad y la felicidad, lo que era precisamente el caso de ese señor monista e iluminado. Allí donde la vida era estúpidamente considerada como un fin en sí misma, no preocupándose en modo alguno de un fin y de un sentido superior a ella, reinaba una ética social, una moral de vertebrados, pero no un individualismo que no encontraba su lugar más que en el círculo religioso y místico, en el pretendido «universo sin orden moral». ¿Qué se proponía, pues, la moral del señor Settembrini? Se hallaba unida a la vida únicamente utilitaria. Servía para llegar a viejo y ser felices, ricos y sanos por ella. ¡Y esa baja doctrina de la razón y del trabajo era considerada como una ética! En cuanto a él, a Naphta, se permitía de nuevo calificarla como una mezquina concepción burguesa de la vida.

Settembrini manifestó que se moderaría, pero su voz vibraba llena de pasión cuando calificó de insoportable que el señor Naphta hablase sin cesar del concepto burgués de la vida, Dios sabía por qué, con un tono de aristócrata desdeñoso, como si lo contrario —y ya se sabía lo que era lo contrario en la vida— fuese más distinguido.

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