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c/LiteraturaESP by u/fictograma 2w ago fictograma.com

En Shadow Creek: Capítulo XV -AE

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# ***El miedo es la resaca del alma.***  

Capítulo: XV

##### ***Perspectiva: Ethan S, Williams***

Mi mente era un avispero de pánico absoluto.

Las cintas de seda roja nos arrastraban por los pasillos de la Academia como si las leyes de la física hubieran sido derogadas. Ryan y yo no éramos más que muñecos de trapo en manos de un titán invisible. Sentía el roce áspero y caliente de la seda en mis tobillos, la presión humillante en mis muñecas y ese nudo helado en la garganta que me impedía articular un solo pensamiento lógico.

Las paredes desfilaban frente a mis ojos a una velocidad vertiginosa: los casilleros metálicos que tantas veces golpeé con frustración, las vitrinas de trofeos que ahora parecían altares de bronce, los retratos al óleo de antiguos directores cuyos ojos pintados parecían burlarse de nuestra captura. Todo estaba sumergido en aquella luz carmesí, una neblina de sangre líquida que convertía mi escuela en un matadero de diseño.

Intenté gritar, pero la cinta sobre mi boca succionaba el aire y el sonido, dejándome solo con el eco de mi propio pulso en los oídos. Giré la cabeza con un esfuerzo agónico hacia Ryan. Él también estaba inmovilizado, pero no se rendía; sus músculos se tensaban bajo la seda, forcejeando con una rabia animal que yo no poseía. Sus ojos buscaron los míos, cargados de una promesa de supervivencia. Ese contacto visual fue lo único que evitó que me desmayara de puro terror.

Entonces, con la misma brusquedad con la que un sueño se corta, la realidad recuperó su peso.

Las vendas se soltaron simultáneamente, cayendo al suelo y retorciéndose como serpientes que acababan de perder la vida antes de evaporarse en un humo rojo que olía a incienso y hierro. Caí de rodillas sobre el pavimento frío de la entrada principal, justo al pie de la escalinata de piedra. El aire de la noche me quemó los pulmones al entrar, un alivio doloroso.

Ryan colapsó a mi lado, apoyando una palma contra el suelo mientras con la otra se sujetaba el pecho, tratando de calmar su respiración.

—¿Estás… bien? —pregunté, mi voz era un hilo quebrado que apenas reconocí. —He estado mejor —respondió él, con la mandíbula apretada. Se puso de pie con una lentitud que denotaba un agotamiento profundo.

Levanté la vista. Estábamos en la entrada principal. Detrás de los ventanales, las luces del baile seguían parpadeando con su alegría artificial; la música de los 80 llegaba amortiguada por los muros de ladrillo, un eco de un mundo que ya no nos pertenecía. Y frente a nosotros, estacionada como un animal depredador esperando instrucciones, estaba la limusina negra. Todo parecía normal. Una normalidad que resultaba obscena.

El aire frente a nosotros se onduló, como si alguien hubiera lanzado una piedra en un estanque de cristal. Lu apareció de la nada. Sin humo, sin fuego, sin el drama que esperarías del Diablo. Simplemente estaba allí, sacudiéndose una mota de polvo inexistente de su solapa, como un hombre que acaba de bajar de un ascensor en una oficina de lujo.

—Casi dicen más de lo que debían ahí adentro, cachorros —comentó con una sonrisa ladeada, una expresión de falsa decepción—. Y ahora su amiguito Tyler está metido en esto hasta las rodillas. Muy mal, niños. Muy mal por su parte.

Ryan se irguió de inmediato, colocándose instintivamente medio paso por delante de mí, cubriéndome. —Si le haces daño a Tyler, te juro por lo más sagrado que—

No terminó la frase. Lu soltó una carcajada tan genuina y exagerada que tuvo que inclinarse hacia adelante, apoyando una mano en su abdomen. El sonido era melódico y cruel. —Ay, Ryan… tienes un complejo de héroe tan deliciosamente inútil que casi me dan ganas de adoptarte. ¿De verdad vas a jurar por “lo más sagrado” frente a mí? ¿Frente al que vio cómo se inventaban esas palabras?

Ryan apretó los puños. Sus nudillos crujieron en el silencio de la noche. No retrocedió. —Déjanos en paz, Lu. Ya hicimos lo de la iglesia. Ya terminó.

—Si quisiera dejarlos en paz, no me tomaría la molestia de administrar este hermoso escenario —Lu comenzó a caminar en un círculo lento a nuestro alrededor, con las manos entrelazadas en la espalda, evaluándonos como un tratante de esclavos—. Tranquilos. Ya hablé con Tyler. Su naturaleza curiosa hizo el resto. Ahora él será su brújula en nuestro pequeño trato.

Eso me heló la sangre. Pensar en Tyler, con su mente lógica y su escepticismo, siendo manipulado por este ser era insoportable. —No debiste meterlo en esto —solté, mi voz ganando una fuerza que no sabía que tenía—. Él no es como nosotros. Él no tiene ninguna maldición.

Lu me miró, alzando una ceja con una curiosidad fingida. —Y sin embargo, Ethan, aquí estamos. El destino no es una cuestión de mérito, sino de geografía. Él está en Shadow Creek, y eso es suficiente.

Se acercó a nosotros, eliminando cualquier espacio personal. Su olor era una mezcla de lavanda y algo quemado. —Solo les falta un último paso. Entreguen las azucenas blancas a mi querida María, y su servicio quedará suspendido… hasta que yo decida que necesito algo más.

Noté el cambio instantáneo en Ryan. Su cuerpo se volvió rígido como el acero templado. Sus hombros se ensancharon y el odio que emanaba de él era casi tangible. Algo en el nombre de su abuela lo golpeaba más fuerte que la visión de la criatura en la iglesia.

Lu, por supuesto, se regodeó en ello. —Oh, vamos, Ryan. No me pongas esa cara de tragedia griega. Siempre me agradó María. Tenemos una historia… larga, compleja y llena de matices que tú ni siquiera podrías imaginar.

—No te atrevas a mencionar su nombre —dijo Ryan. Su voz era un susurro cargado de una ponzoña pura. Por primera vez en mi vida, sentí que Ryan era capaz de matar.

Lu sonrió con una satisfacción depredadora. —Mucho carácter. Tu abuela estaría orgullosa de esa mirada… o quizá se echaría a temblar, recordando lo que pasa cuando uno me mira así.

Di un paso hacia Ryan, tocando su hombro para evitar que se lanzara contra Lu. Sería un suicidio. —¿Qué quieres de ella? —pregunté, intentando mantener la calma—. Es una anciana.

Lu giró su cabeza lentamente hacia mí, sus ojos eran dos abismos de inteligencia milenaria. —Conversar, Ethan. Recordar viejos tiempos. Tal vez tomar café mientras el mundo arde un poquito. ¿No es eso lo que hacen los viejos amigos?

—Mientes —murmuré. —Por supuesto —respondió él sin pestañear—. Pero no siempre. Y esa es la parte que debería darles miedo.

El silencio que siguió fue denso, cargado de la estática de un rayo a punto de caer. Lu dio una palmada suave, rompiendo el trance. —Bueno, niños. Tengo asuntos que atender. Monstruos que vigilar, deudas que cobrar y una realidad que mantener en su sitio. Ya saben cómo funciona este pueblo.

Nadie respondió. Estábamos exhaustos, vaciados de voluntad. —Esperen aquí a Tyler. Explíquenle lo necesario… y solo lo necesario. No quiero que su cabecita científica explote antes de tiempo.

Se inclinó hacia nosotros, su rostro a centímetros del nuestro. —Nos volveremos a ver en sus sueños, cachorros.

Chasqueó los dedos. El sonido retumbó en el aire como el disparo de un arma de gran calibre. La luz carmesí se desvaneció en un suspiro. El aire recuperó su frescura nocturna. La música del baile se hizo nítida, los bajos vibrando en el suelo. El mundo recuperó su color habitual: el gris del asfalto, el negro de la limusina, el blanco de la luna. Lu ya no estaba.

Me quedé inmóvil, esperando que regresara para darnos un golpe de gracia. No lo hizo. Ryan exhaló un aire que parecía haber estado reteniendo desde la iglesia y se pasó una mano temblorosa por el cabello desordenado.

—Parece que todo volvió a la normalidad —dijo, aunque la palabra sonó como un insulto.

Lo miré. Yo seguía temblando. ¿Normalidad? Habíamos visto a una criatura sacada del infierno devorar a un sacerdote. Los Reed, que para mí eran personas, habían muerto de forma antinatural. Un hombre que era, esencialmente, el Mal encarnado, nos tenía bajo su bota. Nada volvería a ser normal nunca más.

Tragué saliva, sintiendo el gusto amargo del miedo. —¿Y ahora qué hacemos, Ryan?

Él observó las ventanas de cristal de la Academia, detrás de las cuales la fiesta seguía su curso, ajena al abismo que acababa de abrirse en el vestíbulo. —Esperaremos a Tyler aquí afuera, como dijo ese malnacido. Luego nos iremos caminando con él y le explicaremos todo. —Hizo una pausa, y su mirada se ensombreció—. Es lo mínimo que le debemos por haberlo arrastrado a nuestro mundo de mierda.

Asentí. No teníamos otra opción. Nos sentamos en el borde de la banqueta, junto a la limusina. El metal negro del coche reflejaba las luces de la escuela y nuestras propias siluetas: dos adolescentes cansados y sudados que parecían haber envejecido cien años en una sola noche.

Durante un largo rato, ninguno habló. El silencio solo era roto por la música lejana. Yo no podía dejar de mirar la entrada, esperando ver aparecer la silueta de Tyler. Pero en mi mente, otra pregunta me atormentaba, una que Lu había dejado flotando en el aire.

Logan. Si sus padres eran “unidades parentales” y habían sido destruidos como máquinas… ¿Qué demonios era Logan? ¿Y de qué lado de esta guerra estaba realmente?

##### ***Perspectiva: Tyler J, Miller***

Apenas logré recuperar el aliento después de que la luz carmesí se disolviera y el mundo recuperara su pátina dorada y artificial, vi a Logan abrirse paso entre la multitud de estudiantes. Avanzaba como si nada extraordinario hubiera ocurrido, como si el Diablo no acabara de suspender la realidad por unos minutos. Llevaba una pequeña bolsa de dulces en una mano y esa expresión de despreocupada indiferencia que, ahora lo sabía, era su escudo más efectivo.

Se acercó con paso ligero, ladeando la cabeza al notar mi rigidez. Sus ojos heterocromos —uno azul profundo, el otro Café tormenta— me recorrieron con la precisión de un escáner médico.

—Perdona que te abandonara por un momento —dijo, extendiéndome un caramelo envuelto en papel dorado—. Mi brazalete detectó lo que pensé que era una emergencia en casa, pero resultó ser una falsa alarma. Una fluctuación en los sistemas de seguridad.

Su voz era tranquila, pero sentí una vibración extraña bajo sus palabras. Me estudió con una intensidad que me hizo apretar los dientes. —¿Y tú estás bien, Tyler? Te ves… pálido. Como si hubieras visto el final de una era.

Lo observé en silencio, el corazón todavía martilleando contra mis costillas. Mi mente científica, siempre tan ávida de datos, estaba colapsando bajo el peso de las verdades prohibidas.

No podía decirle la verdad. No podía contarle que acababa de tomar té con el hombre que gobierna este matadero llamado Shadow Creek. No podía decirle que Ryan y Ethan me habían hablado de una bestia que devora curas en iglesias profanadas. No podía decirle que, según el propio Lu, sus padres —esos señores Reed tan perfectos — habían sido reducidos a chatarra en el altar del Padre Thomas.

Y, sobre todo, no podía decirle que ahora sospechaba que Logan Reed no era un estudiante poco común, sino algo que no le pertenecía a la tierra.

Así que hice lo único razonable para sobrevivir: mentir. —Sí, todo bien. El cansancio del baile, supongo. Solo estaba esperando a que los reyes del baile bajaran de su trono para irnos.

Logan sostuvo mi mirada durante un segundo más de lo necesario. Fue un duelo silencioso. Me di cuenta de que él sabía que yo estaba mintiendo, y él sabía que yo sabía que él también ocultaba algo. Pero en Shadow Creek, las mentiras son el único pegamento que mantiene la cordura unida. Finalmente, sonrió con una suavidad gélida.

—Eres terrible mintiendo, Miller. Tus pupilas están dilatadas y tu frecuencia respiratoria es un 15% más alta de lo normal. —Y tú eres demasiado observador —respondí, intentando relajar los hombros—. Empieza a dar miedo. —Es uno de mis pocos talentos sociales en este planeta —dijo, y la palabra “planeta” me golpeó como un disparo, aunque la pronunció con total naturalidad.

Me tendió la bolsa de dulces de nuevo. —Toma. Provisiones para el regreso. He guardado varios para tu madre Si vamos a sobrevivir a lo que queda de noche, necesitaremos azúcar.

Tomé un chocolate casi por reflejo, sintiendo el frío de sus dedos al rozar los míos. —Gracias. —No te acostumbres, Miller. La generosidad no es mi estado permanente.

Volteé hacia el escenario justo cuando Alexis y Jacob descendían entre aplausos dispersos. Alexis caminaba con la dignidad tambaleante de un capitán cuyo barco se hunde, pero que ha decidido hundirse con la barriga llena. Su corona ya estaba torcida, colgando de un mechón de pelo rojo—Ya quiero irme de aquí —anunció dramáticamente, arrancándose la corona y agitándola en el aire como si fuera una bandera de rendición—. Siento que mi estómago va a declarar la independencia. Si muero esta noche en el carruaje de Jacob, díganle a todos que caí luchando contra el exceso de carbohidratos.

Jacob bajó detrás de ella, impecable, aunque su mirada reflejaba un agotamiento absoluto. Miraba con horror la forma en que Alexis manchaba su vestido rojo  con las migas del buffet. —Si me hubieras hecho caso y probado porciones humanas en lugar de arrasar con el buffet como una plaga de langostas, no estarías en este estado deplorable, Williams.

—Cállate, pastel funerario —replicó ella—¿Pastel funerario? —Jacob se detuvo en seco, ofendido. —Sí. Elegante, caro y estirado por fuera, pero seco y aburrido por dentro.

No pude evitar soltar una carcajada corta, una chispa de alivio en medio de la oscuridad. Jacob me ignoró con su habitual arrogancia aristocrática y revisó su reloj de pulsera con un gesto severo. —¿Nos vamos? Ya casi es la hora que acordé con mi chofer. No pienso pasar un minuto más en este gimnasio sudoroso por culpa de la glotonería de una Williams. Mi tiempo es oro, y el de ustedes es… bueno, lo que sea que hagan con sus vidas.

—Por supuesto, su majestad —dijo Alexis, haciendo una reverencia exagerada que casi la hace terminar en el suelo—. Llévame a mi carruaje negro antes de que mi sistema digestivo decida rebelarse sobre tu tapicería de cuero.

Logan soltó una risa genuina—Sí, vámonos. Antes de que Alexis declare otra guerra contra la sección de postres.

Comenzamos a caminar hacia la salida. Atravesamos el mar de globos desinflados, serpentinas pisoteadas y estudiantes que ya parecían fantasmas de sí mismos bajo las luces blancas de limpieza. El baile seguía vivo detrás de nosotros, pero ya se sentía como un organismo muerto que se negaba a aceptar su destino.

Mientras avanzábamos, las palabras de Lu se repetían en mi cabeza como un mantra maldito: *“Tu familia es importante… la historia comienza conmigo… ayuda a los cachorros”.* Miré de reojo a Logan. Caminaba a mi lado masticando un caramelo con una tranquilidad absoluta. ¿Qué sabía él realmente? ¿Y por qué hablaba de sus padres como si fueran máquinas que se pueden reconstruir?

Al llegar al vestíbulo principal, la realidad me dio otro golpe de realidad. A través de las grandes ventanas de cristal, bajo la luz mortecina de las farolas del estacionamiento, vi a las dos siluetas sentadas en la banqueta, junto a la limusina negra.

Ryan y Ethan.

Seguían allí, esperándome, como centinelas de una tragedia que yo apenas empezaba a comprender. Sus siluetas se veían pequeñas y vulnerables bajo la niebla de Shadow Creek. Sentí un peso inmenso hundirse en mi estómago, una presión que la lógica no podía aliviar.

Ahí estaban mis siguientes respuestas. Y, sin duda, mis siguientes problemas.

Empujé las puertas de madera con una mano que me temblaba ligeramente. El aire frío de la noche me golpeó el rostro como una bofetada, despertándome del letargo del gimnasio. La niebla de Shadow Creek nos recibió con sus dedos húmedos, ocultando los árboles, ocultando el bosque, ocultando los cadáveres que Lu decía que estaban en la iglesia.

Bajé las escaleras lentamente, con Logan, Alexis y Jacob pisándome los talones. Miré al frente, a mis amigos sentados en la acera. Ya no era el mismo chico que había entrado a ese baile con una cámara al cuello y la idea de que este sería un año escolar aburrido.

Ahora sabía que el diablo existía. Que mis amigos eran guerreros o víctimas de una guerra invisible. Y que Logan Reed era, posiblemente, lo más peligroso que había caído del cielo.

—Estamos fuera —susurré para mí mismo, mientras Ryan levantaba la cabeza y fijaba sus ojos en los míos.

La verdadera noche acababa de empezar.
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