Los códices de la serpiente: el rey y la serpiente emplumada.
Capítulo XXI. La calzada de los muertos (parte 1)
—¡¡Ya estoy cansado de este juego!! ¡¡Te eliminaré como debí hacerlo cuando aún eras un bebé!!
Enfurecido, se lanzó sobre él, impulsándose con el fuego que brotaba de ambas manos. Antes de llegar a donde estaba Elías, le lanzó dos esferas ígneas que explotaron violentamente, arrojando al muchacho varios metros hacia atrás. Aquella explosión fue vista por todos los que aún peleaban en la periferia de la ciudad.
Entre los escombros y el humo provocado por el ataque, el joven rey perdió de vista a su enemigo. No lograba encontrarlo por ningún lado. De pronto, una voz a sus espaldas lo dejó helado:
—¡Debes cuidar tu espalda, Quetzalcóatl! —declaró el malvado dios, posicionando su mano extendida sobre la espalda del muchacho. Una nueva explosión surgió del contacto, lanzándolo por los aires y haciéndolo caer varios metros más adelante.
Herido y con parte de su ropaje en llamas, en muchacho se incorporó solo para observar como el enemigo creó un círculo de fuego a su alrededor. Esta pared de fuego ese elevó varios metros hacia el cielo. Aquel poder, semejante a lava de un volcán activo, era visible desde todos los puntos de la ciudad.
Yarátu y Béelia observaban asombrados, impotentes ante lo que ocurría a la distancia. Béelia, que conocía bien la ciudad, se había dirigido al templo de los curanderos para buscar ayuda, pero ninguno de ellos se encontraba allí. En tanto, en las afueras de la ciudad, los guerreros águila comenzaban a tomar ventaja sobre los enemigos. Con el poder que ahora sentían recorrer sus cuerpos, sus fuerzas se multiplicaban.
—¡Tal poder solo puede venir de los dioses! —exclamó atónito Yarátu mientras observaba a la distancia como esa pared se alzaba. Era tan poderoso que podía sentir el calor desde allí.
El joven rey, atrapado por el fuego, comenzó a lanzar pequeños rayos en distintas direcciones, con la esperanza de alcanzar a su rival, pero no logró nada con aquello. Velozmente, atravesando las llamas, apareció el enemigo cual fantasma y le propinó un fuerte golpe en el estómago, obligándolo a caer de rodillas.
—¡Tú jamás podrás vencerme! Así, arrodillado, es como debiste estar ante mí hace tanto tiempo —sentenció, tomándolo del cuello con fuerza.
Elías rio levemente, lo que desconcertó a su oponente. Con dificultad, logró hablar.
—Tú… jamás debiste acercarte… demasiado.
En ese instante, su cuerpo comenzó a emitir electricidad que electrocutó a David violentamente, obligándolo a soltarlo. El joven aprovechó el momento para invocar un rayo que descendió del cielo y se estrelló en el pecho del enemigo, arrojándolo por los aires. El círculo de fuego se desvaneció de inmediato.
—¡Ya fue suficiente! —rugió David, furioso. Aquel ataque lo había herido. Se reincorporó con dificultad y alzó ambas manos al cielo — ¡Veremos si aún sigues riendo!
En el horizonte se divisó el murciélago que volaba a espaldas del enemigo y el cual se acercaba rápidamente. Al llegar hasta él, el dios del fuego lo envolvió en llamas y, de un salto, lo montó. Desde lo alto, la criatura envuelta en fuego se dirigía amenazante hacia el muchacho. Este fuego, al parecer no podía quemar a su jinete que airoso se lanzó amenazante en dirección al joven.
Desde su lomo, comenzó a lanzarle enormes esferas de fuego. Elías no tuvo más opción que esquivarlas mientras corría por la enorme calzada de los muertos. Tras varios minutos repitiendo esto, se detuvo y observó los movimientos del murciélago. Cuando lo tuvo a una distancia adecuada, lanzó un potente rayo que atravesó el rostro de la bestia ígnea. Pero esta solo se deshizo por unos segundos, para volver a su forma original. Era como si la lumbre que emanaba de su cuerpo pudiera regenerarse a voluntad. El enemigo comenzó a reír.
—¿Sorprendido, viejo amigo? ¡Ahora que soy el dios del fuego, no hay nadie que pueda detenerme!
El joven rey, decidido, lanzó varios rayos dirigidos al malvado dios, pero este, aunque con dificultad, logró desviar o detener la mayoría.
—Debo conseguir ese brazalete —murmuró Elías, divisándolo sobre su brazo. Sabía bien que ese objeto era la fuente de gran parte de su poder.
Por otro lado, Zazil e Ikal, que aún peleaban, miraban por momentos los destellos de poder a lo lejos.
—¿Qué estará pasando? —preguntó Zazil.
—No lo sé, pero nosotros también estamos ocupados aquí —respondió Ikal, mientras luchaba contra un nahual.
Las grandes águilas y quetzales aún combatían en los cielos, comandadas por Xaly. Poco a poco, el enemigo comenzaba a caer, uno por uno.
Yarátu y Béelia también observaban preocupados desde su posición.
—¿Crees que se encuentre bien mi hermano?
—Es muy poderoso… Ya ha despertado en él la serpiente emplumada, pero con el poder del brazalete le será más difícil acabarlo. Necesita quitárselo y traer de vuelta a los demás dioses. De no ser porque David se convirtió en un dios, ya habría acabado con él.
—Vayan a ayudarlo. No se preocupen por mí… Sé que no me queda mucho tiempo en este mundo… toma mi espada —habló en ese momento Solvit, que volvía en sí.
—No digas eso, amigo. No podemos dejarte. Has dado mucho por el imperio — respondió el guerrero águila, mirando a la Tlatoani, pues ya no sabían qué más hacer; no se veía persona alguna ni nadie que pudiera ayudar. Al parecer, todos se habían refugiado.
—Debemos buscar a algún curandero y obligarlo, si es preciso, a que nos ayude —afirmó Béelia, mirando todo a su alrededor.
—Pero ¿dónde? La ciudad es enorme —agregó Yarátu, pero en ese momento grandes borbotones de sangre surgieron de la boca del desafortunado guerrero.
Con gran dificultad y casi dando su último aliento, Solvit habló y dirigió sus últimas palabras.
—Mi amigo. Mi tiempo aquí ha terminado.
—No. No puedo aceptarlo, estamos por vencer al impostor. Se supone que los dos teníamos que verlo. Para eso luchamos tantos años —sollozó el guerrero águila con un vacío en el estómago.
El noble guerrero sonrió levemente con dificultad mientras una lagrima rodaba por su mejilla.
—Ya he vivido suficiente. La gente muere todo el tiempo en las guerras mi amigo. Ahora ve con tu rey y cumple ese deber —tosió con problema el guerrero, pero continuó antes de que Yarátu lo interrumpiera y le apretó con fuerza la palma de su mano entregándole su espada —cumple con tu promesa… ayuda a nuestro rey y salven el imperio… así lo soñamos, por eso luchamos y así tiene que ser… no te preocupes por mí, seguramente algún día nos encontraremos en los jardines del Tlalocan.
En ese momento los ojos del guerrero perdieron el brillo de la vida y las pupilas de sus ojos se abrieron hasta perderse en aquel color negro intenso de su iris.
El guerrero águila, lloró desconsoladamente mientras abrazaba con todas sus fuerzas el cuerpo de Solvit. Aquel dolor le ardía en el alma, pues después de la muerte de toda su familia, el guerrero era como su hermano. En su juventud habían prometido estar juntos el día de la profecía, cuando el verdadero rey dios fuera coronado. Lo habían prometido, es por ello que, a pesar de esa hermandad, Solvit se había sacrificado alejándose de su amigo para entrar en las filas enemigas y servir al impostor. Todo como parte de un plan para vencerlo desde adentro. Todos estos años Solvit había servido de espía y en gran parte era responsable de que los Taíj fracasaran en encontrar a la resistencia. De no ser por él, muy seguramente la resistencia no hubiera durado mucho tiempo.
—Yarátu, tenemos que ir con mi hermano —interrumpió la Tlatoani sacándolo de ese trance en el que había caído.
—No puedo dejarlo, no aquí.
—No te preocupes por él, yo cuidare su cuerpo —interrumpió Nicteel en ese momento.
—¿Dónde estabas Nicteel? Pudiste haberlo salvado — reclamó Yarátu aun dolido.
—No. Los dioses han decidido. Créeme, no podría haber hecho nada —respondió afligida la anciana.
—¡Nicteel! ¿Cómo es que has llegado hasta aquí? —interrumpió la Tlatoani al observar el caos que había por toda la ciudad.
—Yo tengo mis métodos. Deberían ir en ayuda del rey. No dejen que la muerte de Solvit sea en vano.
—¡Claro que no lo será! —respondió con ira el guerrero águila mientras observaba hacia la batalla. —Béelia tienes que quedarte. No quiero perderte a ti también — ordenó.
Béelia quiso decir algo, pero fue detenida por Nicteel que la sujeto de uno de sus brazos y le indicó que sería mejor así.
—Cuida a mi hermano y cuídate —dijo Béelia con preocupación.
El guerrero, secó sus lágrimas. Sin decir palabra alguna y sin dudarlo montó en Lazhur, que aún estaba ahí, y se dirigió en ayuda de su amigo.
Mientras tanto en la batalla de los dioses, Elías poco a poco se quedaba sin aliento. Exhausto esquivaba el ataque del enemigo. Contraatacaba, pero no lograba derribarlo.
—¿Qué pasa, Rey Alarii? ¿Acaso ese es todo tu poder? —Se burló el enloquecido dios, sin sospechar que justo detrás, se aproximaba a toda velocidad Yarátu, y antes de que pudiera percatarse, Lazhur lanzó fuego que tomó fuerza por el torbellino que provocó el guerrero águila mezclándose ambos, impactándose en la espalda del enemigo, provocando una explosión que lo mandó al suelo.
Rápidamente se puso en pie y observó con furia a Yarátu, que volaba por los aires.
— ¡Fuiste una molestia siempre! ¡Debí haberte eliminado hace tiempo!
Yarátu bajó de Lazhur de un salto, cayendo muy cerca de donde estaba parado David, y ambos se miraron fijamente.
—Debiste hacerlo. Porque ahora vengaré la muerte de todos aquellos a los que masacraste —amenazó el guerrero, y se abalanzó sobre él, empuñando la espada que Solvit le había dado.
David también desenfundó su espada y comenzaron a pelear ferozmente.
—¡Tonto! ¿Acaso piensas que un simple mortal como tú puede contra un dios poderoso? —Se mofaba el enemigo mientras sus espadas chocaban. Pero, de pronto, un rayo que golpeó su mano hizo volar su arma por los aires.
—¡No se te olvide que yo aún sigo con vida! —interrumpió en ese momento Elías.
Ante la distracción, Yarátu hundió un certero golpe en su rostro, lo cual lo hizo enfurecer y comenzar a atacarlo, pero el guerrero águila, con ayuda del viento y su espada, esquivaba los golpes. Con un movimiento rápido, logró cortar levemente el rostro de su oponente. David se detuvo y se tocó la mejilla, incrédulo por lo que había logrado su rival. Sus ojos se llenaron de furia nuevamente. Yarátu se puso en defensa, esperando su reacción, estaba decidido a acabar con el o morir en el intento. Sin embargo, rápidamente, de un salto, David volvió a montar la bestia envuelta en fuego que paso sobrevolando muy cerca de ellos.
Lo mismo hicieron los dos amigos, y comenzaron a perseguirlo con ayuda de Lazhur.
—¿Qué ha pasado con Solvit? —preguntó de inmediato el joven, pero el rostro de Yarátu le respondió, con una simple negación con la cabeza y sin decir palabra alguna, comprendió —Ya veo — musitó mientras sentía un vacío en el estómago.
Ahora más que nunca comprendía que la vida de al que alguna vez llamó amigo y casi era como un hermano, no tenía otro destino, que la muerte.
—Debemos quitarle el brazalete. Es la única forma de derrotarlo —afirmó el guerrero águila.
—Es muy poderoso. No lograremos acercarnos a él.
—¡Ya se nos ocurrirá algo! —Apenas y pudo decir eso el guerrero, cuando una esfera de fuego pasó muy cerca de ellos y casi los golpea.
Pronto la batalla se convirtió en una persecución a gran velocidad por los aires. Elías lanzaba rayos tratando de derribarlo, y por su parte, Yarátu creaba remolinos y ráfagas de viento, pero tampoco podían hacerle daño, pues este hábilmente los esquivaba.
Con un movimiento brusco en el aire, el enemigo logró posicionarse detrás de ellos y comenzó a lanzar esferas de fuego. Lazhur empezó a esquivarlas, pero, desgraciadamente, estos ataques se estrellaban en la ciudad, provocando incendios por doquier. Los habitantes huían despavoridos a ocultarse, pero muchos otros más, morían quemados dentro de sus propias casas, donde se habían refugiado por la guerra.
—¡Debemos hacer algo! ¡Destruirá la ciudad si continúa así! —exclamó el joven al ver los destrozos más abajo.
Con un gesto afirmativo y comprendiendo la situación, Yarátu lanzó otro torbellino, pero esta vez el murciélago emitió un fuerte chillido que deshizo el ataque. De inmediato, David respondió con otra esfera de fuego que Elías logró detener con un rayo, provocando una gran explosión en el aire.
El enemigo logró atravesar la explosión, pero al volver a mirar hacia el frente, ya no vio a Lazhur. Los amigos se habían posicionado velozmente encima de él, justo debajo del sol, ocultándose ante su vista.
—¿Dónde se han metido? —exclamó consternado, sin poder encontrarlos pues el resplandor del sol los ocultaba justo sobre él.
De pronto, un destello proveniente del sol llamó su atención. Pudo ver cómo se acercaba a toda velocidad el joven rey, que se había dejado caer en picada desde el lomo de Lazhur. Sin darle tiempo si quiera de reaccionar, este creó un rayo que lo impactó en el pecho, haciéndolo caer del murciélago.
Elías lo alcanzó en el aire, aferrándose a él con todas sus fuerzas mientras caían.
—¿Qué pretendes? —Aulló David, intentando zafarse.
—He venido por algo que es mío —entonces le arrancó el brazalete.
Rápidamente, lanzó otro rayo sobre su pecho, lo que hizo que se separaran bruscamente, provocando que el enemigo se estrellara contra la pirámide de la Luna, levantando una gran polvareda en la cima.
Mientras tanto, Elías aterrizó de pie en la plaza principal, frente a la pirámide.
—¡¡Rey Alarii, debes ponértelo rápido! ¡Solo así regresarán los dioses!! —gritó desde lo alto Yarátu, que se acercaba a toda velocidad.
El joven rey intentó colocarse el brazalete de inmediato, pero fue interrumpido por una avalancha de fuego que brotó de las manos de su oponente. Este la esquivó con agilidad, dando un salto hacia atrás.
—¡Acabaré con todos ustedes! —gritó furioso el malvado sujeto.
Creó una gigantesca esfera de fuego y la lanzó hacia Yarátu, quien no logró detener el ataque y cayó herido al suelo. Lazhur intentó alcanzarlo, pero no lo consiguió.
Esto enfureció al joven rey, quien miró con rabia a David, mientras este sonreía desde lo alto de la pirámide, seguro de haber dado muerte al guerrero.
—¡No permitiré que sigas lastimando a mis amigos! —Sentenció desde la distancia.
—¡Así es esto!… ¡Los amigos hoy están y mañana no! —respondió con soberbia el enemigo.
—¡Lamento tanto que tu corazón esté vacío! —Exclamó Elías con firmeza, y de un gran impulsó cayó de pie frente a él. —Es una lástima que todo este tiempo no hayas logrado tener amigos de verdad, ni gente que te quiera y respete por quién eres. Todo eso lo tenías antes, allá, en la otra vida que ahora te empeñas en negar —agregó.
Pero David solo lo contempló fríamente. Sus ojos ya no reflejaban humanidad alguna.
—Me recuerdas a tu madre… la reina Malinalli —dijo con una sonrisa torcida.
—¿Qué dices? ¿Mi madre? —Preguntó sorprendido Elías.
—Hace un par de años la encontré. Y como si fuera una reliquia o un tesoro muy valioso, decidí guardarla —respondió con cinismo.
—¿Dónde está ella? —Exclamó decidido, sin poder creer lo que oía.
—Verás, tu madre fue hechizada por alguien que tenía otros planes, hace ya doscientos años, cuando intenté matarte siendo un bebé —aseguró David mientras rodeaba al muchacho, que escuchaba incrédulo. —Por casualidad, Yhábi la halló en el volcán humeante, muy cerca de aquí. Estaba envuelta en una especie de roca brillante. Al tocarla tuve una revelación y comprendí quién era. Después de un tiempo, logré liberarla del hechizo, y para mi sorpresa, aún estaba con vida. Así que la hice mi prisionera y la obligué a revelarme muchos secretos de este mundo, secretos que solo ella conocía. Al principio se resistió, pero logré adentrarme en su mente. Me mostró el camino a las cavernas del sur, donde pude contactar al dios del fuego. Y fue gracias a ella que conseguí esto.
Del fuego que surgió de sus manos, apareció una espada: el legendario Macuahuitl forjado en el Xibalbá, la única arma capaz de matar a los dioses.
—¿No te parece genial? Esta arma acabará con tu inmortalidad. Lo irónico es que, en el fondo, tu propia madre contribuirá a tu muerte —finalizó con crueldad.
—¡¡Ya estoy cansado de este juego!! ¡¡Te eliminaré como debí hacerlo cuando aún eras un bebé!!
Enfurecido, se lanzó sobre él, impulsándose con el fuego que brotaba de ambas manos. Antes de llegar a donde estaba Elías, le lanzó dos esferas ígneas que explotaron violentamente, arrojando al muchacho varios metros hacia atrás. Aquella explosión fue vista por todos los que aún peleaban en la periferia de la ciudad.
Entre los escombros y el humo provocado por el ataque, el joven rey perdió de vista a su enemigo. No lograba encontrarlo por ningún lado. De pronto, una voz a sus espaldas lo dejó helado:
—¡Debes cuidar tu espalda, Quetzalcóatl! —declaró el malvado dios, posicionando su mano extendida sobre la espalda del muchacho. Una nueva explosión surgió del contacto, lanzándolo por los aires y haciéndolo caer varios metros más adelante.
Herido y con parte de su ropaje en llamas, en muchacho se incorporó solo para observar como el enemigo creó un círculo de fuego a su alrededor. Esta pared de fuego ese elevó varios metros hacia el cielo. Aquel poder, semejante a lava de un volcán activo, era visible desde todos los puntos de la ciudad.
Yarátu y Béelia observaban asombrados, impotentes ante lo que ocurría a la distancia. Béelia, que conocía bien la ciudad, se había dirigido al templo de los curanderos para buscar ayuda, pero ninguno de ellos se encontraba allí. En tanto, en las afueras de la ciudad, los guerreros águila comenzaban a tomar ventaja sobre los enemigos. Con el poder que ahora sentían recorrer sus cuerpos, sus fuerzas se multiplicaban.
—¡Tal poder solo puede venir de los dioses! —exclamó atónito Yarátu mientras observaba a la distancia como esa pared se alzaba. Era tan poderoso que podía sentir el calor desde allí.
El joven rey, atrapado por el fuego, comenzó a lanzar pequeños rayos en distintas direcciones, con la esperanza de alcanzar a su rival, pero no logró nada con aquello. Velozmente, atravesando las llamas, apareció el enemigo cual fantasma y le propinó un fuerte golpe en el estómago, obligándolo a caer de rodillas.
—¡Tú jamás podrás vencerme! Así, arrodillado, es como debiste estar ante mí hace tanto tiempo —sentenció, tomándolo del cuello con fuerza.
Elías rio levemente, lo que desconcertó a su oponente. Con dificultad, logró hablar.
—Tú… jamás debiste acercarte… demasiado.
En ese instante, su cuerpo comenzó a emitir electricidad que electrocutó a David violentamente, obligándolo a soltarlo. El joven aprovechó el momento para invocar un rayo que descendió del cielo y se estrelló en el pecho del enemigo, arrojándolo por los aires. El círculo de fuego se desvaneció de inmediato.
—¡Ya fue suficiente! —rugió David, furioso. Aquel ataque lo había herido. Se reincorporó con dificultad y alzó ambas manos al cielo — ¡Veremos si aún sigues riendo!
En el horizonte se divisó el murciélago que volaba a espaldas del enemigo y el cual se acercaba rápidamente. Al llegar hasta él, el dios del fuego lo envolvió en llamas y, de un salto, lo montó. Desde lo alto, la criatura envuelta en fuego se dirigía amenazante hacia el muchacho. Este fuego, al parecer no podía quemar a su jinete que airoso se lanzó amenazante en dirección al joven.
Desde su lomo, comenzó a lanzarle enormes esferas de fuego. Elías no tuvo más opción que esquivarlas mientras corría por la enorme calzada de los muertos. Tras varios minutos repitiendo esto, se detuvo y observó los movimientos del murciélago. Cuando lo tuvo a una distancia adecuada, lanzó un potente rayo que atravesó el rostro de la bestia ígnea. Pero esta solo se deshizo por unos segundos, para volver a su forma original. Era como si la lumbre que emanaba de su cuerpo pudiera regenerarse a voluntad. El enemigo comenzó a reír.
—¿Sorprendido, viejo amigo? ¡Ahora que soy el dios del fuego, no hay nadie que pueda detenerme!
El joven rey, decidido, lanzó varios rayos dirigidos al malvado dios, pero este, aunque con dificultad, logró desviar o detener la mayoría.
—Debo conseguir ese brazalete —murmuró Elías, divisándolo sobre su brazo. Sabía bien que ese objeto era la fuente de gran parte de su poder.
Por otro lado, Zazil e Ikal, que aún peleaban, miraban por momentos los destellos de poder a lo lejos.
—¿Qué estará pasando? —preguntó Zazil.
—No lo sé, pero nosotros también estamos ocupados aquí —respondió Ikal, mientras luchaba contra un nahual.
Las grandes águilas y quetzales aún combatían en los cielos, comandadas por Xaly. Poco a poco, el enemigo comenzaba a caer, uno por uno.
Yarátu y Béelia también observaban preocupados desde su posición.
—¿Crees que se encuentre bien mi hermano?
—Es muy poderoso… Ya ha despertado en él la serpiente emplumada, pero con el poder del brazalete le será más difícil acabarlo. Necesita quitárselo y traer de vuelta a los demás dioses. De no ser porque David se convirtió en un dios, ya habría acabado con él.
—Vayan a ayudarlo. No se preocupen por mí… Sé que no me queda mucho tiempo en este mundo… toma mi espada —habló en ese momento Solvit, que volvía en sí.
—No digas eso, amigo. No podemos dejarte. Has dado mucho por el imperio — respondió el guerrero águila, mirando a la Tlatoani, pues ya no sabían qué más hacer; no se veía persona alguna ni nadie que pudiera ayudar. Al parecer, todos se habían refugiado.
—Debemos buscar a algún curandero y obligarlo, si es preciso, a que nos ayude —afirmó Béelia, mirando todo a su alrededor.
—Pero ¿dónde? La ciudad es enorme —agregó Yarátu, pero en ese momento grandes borbotones de sangre surgieron de la boca del desafortunado guerrero.
Con gran dificultad y casi dando su último aliento, Solvit habló y dirigió sus últimas palabras.
—Mi amigo. Mi tiempo aquí ha terminado.
—No. No puedo aceptarlo, estamos por vencer al impostor. Se supone que los dos teníamos que verlo. Para eso luchamos tantos años —sollozó el guerrero águila con un vacío en el estómago.
El noble guerrero sonrió levemente con dificultad mientras una lagrima rodaba por su mejilla.
—Ya he vivido suficiente. La gente muere todo el tiempo en las guerras mi amigo. Ahora ve con tu rey y cumple ese deber —tosió con problema el guerrero, pero continuó antes de que Yarátu lo interrumpiera y le apretó con fuerza la palma de su mano entregándole su espada —cumple con tu promesa… ayuda a nuestro rey y salven el imperio… así lo soñamos, por eso luchamos y así tiene que ser… no te preocupes por mí, seguramente algún día nos encontraremos en los jardines del Tlalocan.
En ese momento los ojos del guerrero perdieron el brillo de la vida y las pupilas de sus ojos se abrieron hasta perderse en aquel color negro intenso de su iris.
El guerrero águila, lloró desconsoladamente mientras abrazaba con todas sus fuerzas el cuerpo de Solvit. Aquel dolor le ardía en el alma, pues después de la muerte de toda su familia, el guerrero era como su hermano. En su juventud habían prometido estar juntos el día de la profecía, cuando el verdadero rey dios fuera coronado. Lo habían prometido, es por ello que, a pesar de esa hermandad, Solvit se había sacrificado alejándose de su amigo para entrar en las filas enemigas y servir al impostor. Todo como parte de un plan para vencerlo desde adentro. Todos estos años Solvit había servido de espía y en gran parte era responsable de que los Taíj fracasaran en encontrar a la resistencia. De no ser por él, muy seguramente la resistencia no hubiera durado mucho tiempo.
—Yarátu, tenemos que ir con mi hermano —interrumpió la Tlatoani sacándolo de ese trance en el que había caído.
—No puedo dejarlo, no aquí.
—No te preocupes por él, yo cuidare su cuerpo —interrumpió Nicteel en ese momento.
—¿Dónde estabas Nicteel? Pudiste haberlo salvado — reclamó Yarátu aun dolido.
—No. Los dioses han decidido. Créeme, no podría haber hecho nada —respondió afligida la anciana.
—¡Nicteel! ¿Cómo es que has llegado hasta aquí? —interrumpió la Tlatoani al observar el caos que había por toda la ciudad.
—Yo tengo mis métodos. Deberían ir en ayuda del rey. No dejen que la muerte de Solvit sea en vano.
—¡Claro que no lo será! —respondió con ira el guerrero águila mientras observaba hacia la batalla. —Béelia tienes que quedarte. No quiero perderte a ti también — ordenó.
Béelia quiso decir algo, pero fue detenida por Nicteel que la sujeto de uno de sus brazos y le indicó que sería mejor así.
—Cuida a mi hermano y cuídate —dijo Béelia con preocupación.
El guerrero, secó sus lágrimas. Sin decir palabra alguna y sin dudarlo montó en Lazhur, que aún estaba ahí, y se dirigió en ayuda de su amigo.
Mientras tanto en la batalla de los dioses, Elías poco a poco se quedaba sin aliento. Exhausto esquivaba el ataque del enemigo. Contraatacaba, pero no lograba derribarlo.
—¿Qué pasa, Rey Alarii? ¿Acaso ese es todo tu poder? —Se burló el enloquecido dios, sin sospechar que justo detrás, se aproximaba a toda velocidad Yarátu, y antes de que pudiera percatarse, Lazhur lanzó fuego que tomó fuerza por el torbellino que provocó el guerrero águila mezclándose ambos, impactándose en la espalda del enemigo, provocando una explosión que lo mandó al suelo.
Rápidamente se puso en pie y observó con furia a Yarátu, que volaba por los aires.
— ¡Fuiste una molestia siempre! ¡Debí haberte eliminado hace tiempo!
Yarátu bajó de Lazhur de un salto, cayendo muy cerca de donde estaba parado David, y ambos se miraron fijamente.
—Debiste hacerlo. Porque ahora vengaré la muerte de todos aquellos a los que masacraste —amenazó el guerrero, y se abalanzó sobre él, empuñando la espada que Solvit le había dado.
David también desenfundó su espada y comenzaron a pelear ferozmente.
—¡Tonto! ¿Acaso piensas que un simple mortal como tú puede contra un dios poderoso? —Se mofaba el enemigo mientras sus espadas chocaban. Pero, de pronto, un rayo que golpeó su mano hizo volar su arma por los aires.
—¡No se te olvide que yo aún sigo con vida! —interrumpió en ese momento Elías.
Ante la distracción, Yarátu hundió un certero golpe en su rostro, lo cual lo hizo enfurecer y comenzar a atacarlo, pero el guerrero águila, con ayuda del viento y su espada, esquivaba los golpes. Con un movimiento rápido, logró cortar levemente el rostro de su oponente. David se detuvo y se tocó la mejilla, incrédulo por lo que había logrado su rival. Sus ojos se llenaron de furia nuevamente. Yarátu se puso en defensa, esperando su reacción, estaba decidido a acabar con el o morir en el intento. Sin embargo, rápidamente, de un salto, David volvió a montar la bestia envuelta en fuego que paso sobrevolando muy cerca de ellos.
Lo mismo hicieron los dos amigos, y comenzaron a perseguirlo con ayuda de Lazhur.
—¿Qué ha pasado con Solvit? —preguntó de inmediato el joven, pero el rostro de Yarátu le respondió, con una simple negación con la cabeza y sin decir palabra alguna, comprendió —Ya veo — musitó mientras sentía un vacío en el estómago.
Ahora más que nunca comprendía que la vida de al que alguna vez llamó amigo y casi era como un hermano, no tenía otro destino, que la muerte.
—Debemos quitarle el brazalete. Es la única forma de derrotarlo —afirmó el guerrero águila.
—Es muy poderoso. No lograremos acercarnos a él.
—¡Ya se nos ocurrirá algo! —Apenas y pudo decir eso el guerrero, cuando una esfera de fuego pasó muy cerca de ellos y casi los golpea.
Pronto la batalla se convirtió en una persecución a gran velocidad por los aires. Elías lanzaba rayos tratando de derribarlo, y por su parte, Yarátu creaba remolinos y ráfagas de viento, pero tampoco podían hacerle daño, pues este hábilmente los esquivaba.
Con un movimiento brusco en el aire, el enemigo logró posicionarse detrás de ellos y comenzó a lanzar esferas de fuego. Lazhur empezó a esquivarlas, pero, desgraciadamente, estos ataques se estrellaban en la ciudad, provocando incendios por doquier. Los habitantes huían despavoridos a ocultarse, pero muchos otros más, morían quemados dentro de sus propias casas, donde se habían refugiado por la guerra.
—¡Debemos hacer algo! ¡Destruirá la ciudad si continúa así! —exclamó el joven al ver los destrozos más abajo.
Con un gesto afirmativo y comprendiendo la situación, Yarátu lanzó otro torbellino, pero esta vez el murciélago emitió un fuerte chillido que deshizo el ataque. De inmediato, David respondió con otra esfera de fuego que Elías logró detener con un rayo, provocando una gran explosión en el aire.
El enemigo logró atravesar la explosión, pero al volver a mirar hacia el frente, ya no vio a Lazhur. Los amigos se habían posicionado velozmente encima de él, justo debajo del sol, ocultándose ante su vista.
—¿Dónde se han metido? —exclamó consternado, sin poder encontrarlos pues el resplandor del sol los ocultaba justo sobre él.
De pronto, un destello proveniente del sol llamó su atención. Pudo ver cómo se acercaba a toda velocidad el joven rey, que se había dejado caer en picada desde el lomo de Lazhur. Sin darle tiempo si quiera de reaccionar, este creó un rayo que lo impactó en el pecho, haciéndolo caer del murciélago.
Elías lo alcanzó en el aire, aferrándose a él con todas sus fuerzas mientras caían.
—¿Qué pretendes? —Aulló David, intentando zafarse.
—He venido por algo que es mío —entonces le arrancó el brazalete.
Rápidamente, lanzó otro rayo sobre su pecho, lo que hizo que se separaran bruscamente, provocando que el enemigo se estrellara contra la pirámide de la Luna, levantando una gran polvareda en la cima.
Mientras tanto, Elías aterrizó de pie en la plaza principal, frente a la pirámide.
—¡¡Rey Alarii, debes ponértelo rápido! ¡Solo así regresarán los dioses!! —gritó desde lo alto Yarátu, que se acercaba a toda velocidad.
El joven rey intentó colocarse el brazalete de inmediato, pero fue interrumpido por una avalancha de fuego que brotó de las manos de su oponente. Este la esquivó con agilidad, dando un salto hacia atrás.
—¡Acabaré con todos ustedes! —gritó furioso el malvado sujeto.
Creó una gigantesca esfera de fuego y la lanzó hacia Yarátu, quien no logró detener el ataque y cayó herido al suelo. Lazhur intentó alcanzarlo, pero no lo consiguió.
Esto enfureció al joven rey, quien miró con rabia a David, mientras este sonreía desde lo alto de la pirámide, seguro de haber dado muerte al guerrero.
—¡No permitiré que sigas lastimando a mis amigos! —Sentenció desde la distancia.
—¡Así es esto!… ¡Los amigos hoy están y mañana no! —respondió con soberbia el enemigo.
—¡Lamento tanto que tu corazón esté vacío! —Exclamó Elías con firmeza, y de un gran impulsó cayó de pie frente a él. —Es una lástima que todo este tiempo no hayas logrado tener amigos de verdad, ni gente que te quiera y respete por quién eres. Todo eso lo tenías antes, allá, en la otra vida que ahora te empeñas en negar —agregó.
Pero David solo lo contempló fríamente. Sus ojos ya no reflejaban humanidad alguna.
—Me recuerdas a tu madre… la reina Malinalli —dijo con una sonrisa torcida.
—¿Qué dices? ¿Mi madre? —Preguntó sorprendido Elías.
—Hace un par de años la encontré. Y como si fuera una reliquia o un tesoro muy valioso, decidí guardarla —respondió con cinismo.
—¿Dónde está ella? —Exclamó decidido, sin poder creer lo que oía.
—Verás, tu madre fue hechizada por alguien que tenía otros planes, hace ya doscientos años, cuando intenté matarte siendo un bebé —aseguró David mientras rodeaba al muchacho, que escuchaba incrédulo. —Por casualidad, Yhábi la halló en el volcán humeante, muy cerca de aquí. Estaba envuelta en una especie de roca brillante. Al tocarla tuve una revelación y comprendí quién era. Después de un tiempo, logré liberarla del hechizo, y para mi sorpresa, aún estaba con vida. Así que la hice mi prisionera y la obligué a revelarme muchos secretos de este mundo, secretos que solo ella conocía. Al principio se resistió, pero logré adentrarme en su mente. Me mostró el camino a las cavernas del sur, donde pude contactar al dios del fuego. Y fue gracias a ella que conseguí esto.
Del fuego que surgió de sus manos, apareció una espada: el legendario Macuahuitl forjado en el Xibalbá, la única arma capaz de matar a los dioses.
—¿No te parece genial? Esta arma acabará con tu inmortalidad. Lo irónico es que, en el fondo, tu propia madre contribuirá a tu muerte —finalizó con crueldad.