La montaña mágica: Capítulo 6 / 7 - Thomas Mann
Leo Naphta era natural de una pequeña aldea situada en las cercanías de la frontera de la Galitzia y la Volinia. Su padre, del que hablaba con estima —parecía consciente de hallarse lo bastante alejado de su antiguo medio para poder juzgar con benevolencia— había sido schohet, carnicero según el rito judío, y ese oficio era muy diferente del que ejercía el carnicero cristiano, que era un comerciante y un artesano. No era así el padre de Leo, que tenía un cargo de funcionario con caracteres de sacerdocio. Elegido por el rabino por sus piadosas aptitudes, autorizado por él para degollar el ganado según la ley de Moisés y de conformidad con los preceptos del Talmud, Elias Naphta, cuyos ojos azules, si uno se atenía al retrato hecho por su hijo, habían tenido un resplandor estelar y estaban llenos de una serena espiritualidad, tenía en todo su ser algo de sacerdotal que recordaba, como en los tiempos antiguos, que degollar el ganado había sido misión del sacerdote.
Cuando Leo, o Leib, como se le había llamado en su infancia, veía a su padre cumplir las funciones rituales con la cooperación de un formidable ayudante, un joven judío y verdadero atleta al lado del cual el frágil Elias, con su barba rubia, parecía todavía más frágil y más delicado; cuando le había visto blandir contra el animal atado, pero no aturdido, su gran cuchilla consagrada y hacerle una herida profunda en la juntura de la vértebra cervical, mientras el ayudante recogía la sangre humeante en cazoletas que se llenaban de inmediato, el muchacho había contemplado ese espectáculo con su mirada de niño que, más allá de las apariencias sensibles, penetra hasta lo esencial, con una mirada que era ciertamente la del hijo de Elias, el de los ojos estelares. Sabía que los carniceros cristianos debían aturdir a sus animales con un golpe de maza o de hacha antes de matarlos y que esta prescripción les había sido dictada a fin de evitar a los animales un trato demasiado cruel; pero aunque su padre fuese mucho más delicado y sabio que aquellos ganapanes, aunque tuviese los ojos brillantes como ninguno de ellos, obraba según la ley, hiriendo al animal no aturdido para degollarlo y dejando que se desangrara hasta morir. El joven Leib tenía la sensación de que el método de aquéllos estaba determinado por una especie de bondad despreocupada y profana, por lo cual no se rendía el mismo honor a ese acto sagrado más que por la crueldad, lo mismo que en su imaginación el aspecto y olor de la sangre que manaba se hallaban unidos a la idea de lo sagrado, pues comprendía que su padre no había elegido aquel oficio sangriento por el mismo gusto brutal que había inclinado a adoptarlo a jóvenes y vigorosos cristianos —incluso al propio ayudante judío—, sino por razones espirituales, a pesar de su fragilidad física y, en cierta manera, por razón de sus ojos estrellados.
En efecto, Elías Naphta había sido un soñador y un pensador; no sólo un estudioso de la Tora, sino también un crítico de las Escrituras, cuyos principios discutía con el rabino disputando con frecuencia con él. En su comarca —y no sólo entre sus correligionarios— era considerado una persona especial, alguien que sabía muchas más cosas que la mayoría, en parte por devoción, pero también de una manera que podía no ser del todo aprobada y que de todos modos no correspondía al orden establecido. Había en él algo de irregular, propio de los sectarios, algo de un confidente de Dios, de un Baal-Schem, o de un Zaddik, es decir, de un taumaturgo, por cuanto había curado cierto día a una mujer de una erupción virulenta, y otra vez a un muchacho de convulsiones, por medio de sangre y versículos. Pero precisamente esa aureola de una piedad un poco temeraria, en la que el olor de la sangre desempeñaba su papel, había sido la causa de su perdición, pues con motivo de una revuelta popular y de un pánico furioso provocado por el asesinato inexplicable de dos niños cristianos, Elías fue espantosamente asesinado. Se le encontró crucificado, sujeto con clavos en la puerta de su casa incendiada, después de lo cual su mujer, a pesar de estar enferma de tisis y permanecer siempre en la cama, había abandonado el país con su hijo Leib y otros cuatro hermanos que salieron gritando y gimiendo con los brazos en alto.
No enteramente desprovista de recursos gracias a la previsión de Elías, la familia encontró un asilo en una pequeña ciudad de Vorarlberg, donde la señora Naphta había obtenido un empleo en una fábrica de hilados, que desempeñó durante todo el tiempo que se lo permitieron sus fuerzas, mientras sus hijos más pequeños iban a la escuela primaria. Pero si las disciplinas intelectuales de aquella escuela bastaban al temperamento y las necesidades de los hermanos y hermanas de Leo, a éste no le sucedió lo mismo. Había heredado de su madre el germen de la tisis, y su padre le había dejado, además de la pequeña estatura, una inteligencia excepcional, dotes intelectuales que no tardaron en aliarse con sus instintos más ambiciosos, con la nostalgia angustiosa de formas de vida más aristocráticas y que le inspiraban una necesidad apasionada de elevarse sobre su origen.
Además de la escuela, el adolescente de catorce o quince años había formado su espíritu impacientemente y sin dilación, con la ayuda de los libros que se podía procurar y con los cuales alimentaba su inteligencia. Pensaba y formulaba preguntas que obligaban a su madre enferma a inclinar la cabeza y a elevar al cielo sus dos delgadas manos. Por sus maneras, por sus contestaciones, llamó durante la enseñanza religiosa la atención del rabino del cantón, un hombre piadoso y sabio que hizo de él su alumno predilecto y que satisfizo sus necesidades de saber con la enseñanza del hebreo y los clásicos, y sus lógicas inquietudes, iniciándole en las matemáticas. Pero la solicitud del buen hombre debía verse mal recompensada, pues no tardó en darse cuenta de que había albergado una serpiente en su seno. No se pusieron de acuerdo; entre el maestro y el alumno se produjeron diferencias religiosas y filosóficas que se agravaron cada día más, y el honrado doctor tuvo que sufrir a causa de la rebelión intelectual, de la inclinación a la crítica y al escepticismo, del espíritu de contradicción, de la dialéctica del joven Leo. Se añadió a eso que la ingeniosidad y el espíritu sedicioso de Leo habían acabado por adoptar un carácter revolucionario. La amistad que había contraído con el hijo de un diputado socialista del Reichstag y con ese mismo demagogo, habían orientado su espíritu hacia la política, habían dirigido su pasión de lógica en un sentido hostil a la sociedad. Pronunciaba palabras que hacían poner los pelos de punta al buen talmudista, empapado de lealtad, y que terminaron por poner fin al acuerdo entre el maestro y el discípulo. En una palabra, las cosas llegaron al punto de que Naphta fue desterrado para siempre del gabinete de trabajo del rabino, y eso precisamente en la época en que su madre, Rahel Naphta, estaba agonizante.
En ese tiempo, poco después del fallecimiento de su madre, Leo trabó conocimiento con el padre Unterpertinger. El joven de dieciséis años se hallaba sentado en un banco del parque de Margartenkopf, en una altura situada al oeste de la pequeña ciudad, en la ribera del Ill, desde donde disfrutaba de una vista extensa y clara sobre el valle del Rin. Se encontraba allí sentado, perdido en amargos y tristes pensamientos sobre su destino, sobre su porvenir, cuando un profesor de la institución de los jesuítas Stella Matutina, que paseaba por el parque, se sentó a su lado, se quitó el sombrero, cruzó las piernas bajo su sotana de cura mundano y, después de leer durante algún tiempo su breviario, entabló una conversación que continuó muy animada y que había de decidir el destino de Leo. El jesuita, el hombre de experiencia, de excelente educación, apasionado pedagogo, conocedor y pescador de almas, escuchó con atención las primeras frases sarcásticas y claramente articuladas con las cuales el joven judío contestaba a sus preguntas. Una espiritualidad aguda y atormentada se desprendía del joven Naphta y, al penetrar más hondamente, el jesuita se encontró con una ciencia y una elegancia de pensamiento que la apariencia negligente del joven hacían aparecer como sorprendentes. Se habló de Carlos Marx, del que Leo Naphta había estudiado El Capital en una edición popular, y de allí pasó a Hegel, al que había leído también bastante y sobre el cual pudo formular algunas observaciones impresionantes. Bien sea por una tendencia general a la paradoja, bien por una intención de cortesía, llamó a Hegel un pensador «católico», y cuando el padre, sonriendo, le preguntó sobre qué podía fundar semejante juicio, puesto que Hegel, en su calidad de filósofo prusiano del Estado, debía ser considerado como esencial y específicamente protestante, contestó que precisamente la frase «filósofo del Estado» confirmaba que en el sentido religioso, si no en el sentido dogmático y eclesiástico, se había fundado para hablar del catolicismo de Hegel. Pues —a Naphta le agradaban extraordinariamente esas conjeturas, adquirían algo de triunfante y despiadado en su boca, y sus ojos brillaban detrás de sus lentes cada vez que podía insertar una de esas frases—, pues el concepto de la política se hallaba psicológicamente unido al concepto del catolicismo, formaban una categoría que comprendía todo lo que había de objetivo, de realizable, de eficiente y de eficaz. En el jesuitismo, añadió, la naturaleza pedagógica y política del catolicismo se manifiesta hasta la evidencia, ya que esta orden había considerado siempre el arte de la política y educación como sus propios dominios. Y citó a Goethe que, hundiendo sus raíces en el pietismo, era incontestablemente protestante, teniendo sin embargo un aspecto netamente católico gracias a su realismo y a su doctrina de acción. Había defendido la práctica de la confesión y, como educador, se había mostrado casi jesuita.
Naphta pudo decir esas cosas porque creía en ellas, porque las encontraba espirituales, o porque quería complacer a su interlocutor en su calidad de pobre ser que debe adular y que calcula con precisión lo que puede servirle y lo que puede perjudicarle; sea lo que fuere, el padre se interesó, más que por la sinceridad de esas palabras, por la inteligencia que revelaban, y la conversación fue continuando. El jesuita no tardó en enterarse de las condiciones de la existencia personal de Leo y la entrevista terminó con una invitación de Unterpertinger para que fuese a verle a la institución.
De esta manera Naphta pudo poner el pie en el territorio de la Stella Matutina, cuya atmósfera científica y elevado nivel social excitaron su imaginación y nostalgia. Además, gracias a eso, pudo contar con un nuevo maestro y protector, mejor dispuesto que el anterior a animarle y a apreciar su naturaleza, un maestro cuya bondad, naturalmente fría, era debida a su experiencia de la vida, y en cuyo círculo él experimentaba los más vivos deseos de penetrar. Según la opinión de muchos judíos espirituales, Naphta tenía un instinto a la vez revolucionario y aristocrático socialista y, al mismo tiempo, poseído por los sueños de poder llegar a formas de existencia nobles y distinguidas, exclusivas y ordenadas.
La primera palabra que le había arrancado la presencia de un teólogo católico, aunque hubiese sido presentada como un puro análisis comparado, había consistido en una declaración de amor hacia la Iglesia romana, que estimaba como una potencia a la vez noble y espiritual, es decir, antimaterial, antirreal, hostil al mundo y, por consiguiente, revolucionaria. Y ese homenaje era sincero y salía del fondo de su ser, pues, como él mismo manifestó, el judaismo, gracias a su orientación hacia lo terrenal y objetivo, gracias a su socialismo y a su espíritu político, se hallaba infinitamente más cerca de la esfera católica que el protestantismo en su subjetividad mística e individualista, de manera que la conversión de un judío a la religión católica constituía una evolución espiritual mucho más fácil que la de un protestante.
Distanciado del Pastor de su comunidad religiosa primitiva, huérfano y abandonado, y además impaciente por respirar un aire más puro y conocer formas de existencia a las que tenía derecho, Naphta, que hacía algún tiempo había llegado a la mayoría de edad, se hallaba impacientemente dispuesto a franquear el umbral de la nueva confesión, hasta el punto de que su iniciador se vio dispensado del trabajo de ganar aquel cerebro excepcional para su religión. Antes de recibir el sacramento del bautismo, Naphta, por influencia del padre, había encontrado en la Stella un asilo provisional y su alimento material y espiritual. Se había trasladado, abandonando tranquilamente, y con la insensibilidad del aristócrata del espíritu, a sus hermanos pequeños a la beneficencia pública y a la suerte que justificaban sus mediocres dones.
Las tierras de la institución eran extensas, así como sus edificios, que podían acoger a cuatrocientos internos. Comprendían bosques y prados, media docena de campos de juego, granjas y establos para cientos de cabezas de ganado. La institución era a la vez un pensionado, una granja modelo, una academia de deportes, una escuela de eruditos y un templo de las musas, pues se representaban sin cesar obras teatrales y se daban conciertos. La vida era a un tiempo señorial y claustral. Por la disciplina y la elegancia que reinaban, por la alegría discreta, por su espiritualidad, por su organización minuciosa, por la precisión del empleo del tiempo, halagaba los instintos más profundos de Leo. Se sentía infinitamente feliz. Comía los excelentes manjares en un vasto refectorio en el que la regla era el silencio, lo mismo que en los corredores de la institución, y en medio del cual un joven prefecto, sentado delante de un pupitre, leía en alta voz. Su celo por el estudio era ardiente a pesar de su debilidad y hacía toda clase de esfuerzos para mantener su puesto, por la tarde, en los juegos deportivos. La piedad con que oía cada mañana la primera misa y tomaba parte los domingos en la misa mayor, satisfacía a los padres pedagogos. Su comportamiento y sus maneras eran también absolutamente satisfactorios. Los días de fiesta, por la tarde, después de comer pasteles y beber vino, iba a pasear vestido con el uniforme gris, el cuello alto, pantalón rayado y bonete.
Se sentía imbuido de un agradecimiento profundo ante las consideraciones de que era objeto en lo que se refería a su origen, a su cristianismo reciente, y a su situación personal en general. Nadie parecía saber que ocupaba una plaza gratuita en el establecimiento, pues las reglas de la casa desviaban la atención de sus camaradas del hecho de que no tuviese familia ni hogar. No era permitido a nadie recibir envíos de vituallas o golosinas, y los que se hacían a pesar de las órdenes, eran repartidos entre todos, y Leo también recibía su parte. El cosmopolitismo de la institución impedía que la raza del joven judío apareciese de una manera evidente. Había allí jóvenes extranjeros, sudamericanos, portugueses que parecían más «judíos» que él, y de ese modo se perdía toda noción. El príncipe etíope que había sido recibido al mismo tiempo que Naphta, tenía también un tipo parecido, aunque era muy distinguido.
En la clase de retórica, Leo manifestó el deseo de estudiar teología para pertenecer un día a la orden si era digno de ello. Desde entonces su bolsa fue trasladada del segundo pensionado, donde el régimen era más modesto, al primero. Ahora era servido en la mesa por criados, y su habitación se hallaba entre la de un conde silesíano, Von Harbuval, y la de un marqués, Rangoni-Santacroce, de Modena. Obtuvo un brillante éxito en los exámenes y, fiel a sus propósitos, abandonó la institución para ir al noviciado de Tisis, con el objeto de llevar una vida de humildad servicial, de disciplina muda y adaptación religiosa, que le procuraba placeres espirituales marcados con los conceptos fanáticos de otros tiempos.
Sin embargo, su salud fue debilitándose. Le perjudicó más su vida interior que la duración del noviciado, que no concedía reposo al cuerpo. A pesar de su sagacidad y su ingenio, los procedimientos pedagógicos de que era objeto contrariaban sus disposiciones personales y las estimulaban al mismo tiempo. Durante los ejercicios espirituales a que se consagraba todo el día y aun parte de la noche, durante todos esos exámenes, esos ejercicios y esas contemplaciones, se metía en mil dificultades, contradicciones y dudas por espíritu malicioso y apasionado. Era la desesperación —al mismo tiempo que la gran esperanza— de sus directores espirituales a quienes hacía sentir los fuegos del infierno por su furor dialéctico y su falta de ingenuidad.
«Ad haec quid tu?», preguntaba, mirando a través de los lentes. Y no le quedaba más recurso al padre que exhortarle a la plegaria para que consiguiese la paz del corazón: «Ut in aliquen gradum quietis in anima perveniat.» Pero esa «paz» consistía, cuando la obtenía, en un embotamiento completo de la vida personal, la reducía a no ser más que un simple instrumento, era la paz del cementerio, de la que el hermano Naphta podía estudiar los signos exteriores inquietantes en más de una fisonomía de mirada vacía, y que él no conseguía alcanzar más que a costa de la ruina corporal.
El alto empaque intelectual de sus superiores se traducía en el hecho de que esas reservas y objeciones no perjudicaban la estima de que disfrutaba cerca de ellos. El padre provincial mismo le convocó a fines de su segundo año de noviciado, habló con él, consintió en admitirle en el seno de la orden, y el joven escolástico, que había recibido cuatro ordenaciones inferiores y hecho igualmente los votos «simples», y que ahora pertenecía definitivamente a la sociedad, fue al colegio de Falkenburg, en Holanda, para comenzar sus estudios de teología.
Tenía entonces veinte años, y tres más tarde, bajo la influencia de un clima nocivo y de sus esfuerzos intelectuales, su mal hereditario realizó tales progresos que no hubiese podido continuar más que con peligro de su vida. Una hemoptisis alarmó a sus superiores y, después de hallarse durante unas semanas entre la vida y la muerte, le invitaron, apenas restablecido, a la misma institución en que había sido educado, donde encontró un empleo como prefecto, vigilante de alumnos internos y profesor de humanidades y filosofía. Aquella situación se ajustaba a la norma, pero ordinariamente se volvía, después de unos años de servicio, al colegio para continuar siete años de estudios teológicos y terminarlos. Continuaba enfermo, el médico y los superiores juzgaron que el servicio en ese lugar, al aire libre, con los alumnos y las ocupaciones agrícolas, le convenía provisionalmente. Recibió el primer grado superior y obtuvo el derecho de cantar la Epístola en la misa solemne del domingo, derecho que por otra parte no ejerció, en primer lugar porque no tenía la menor noción de música, y en segundo, porque la extrema debilidad de su voz le hacía completamente inepto para cantar. No fue más allá del subdiaconado; no llegó al diaconado ni a la ordenación sacerdotal y, como la hemoptisis se repitió y la fiebre no remitía, tuvo que someterse, a costa de la orden, a una cura prolongada; había elegido su domicilio en Davos y se hallaba aquí desde hacía ya siete años. No podía hablarse de una cura. Era una condición indispensable para salvar su vida, hecha menos penosa por su actividad de profesor de latín en el liceo de alumnos enfermos…
Esos detalles y otros más amplios y precisos fueron revelados a Hans Castorp por boca del mismo Naphta, cuando le iba a visitar a su celda tapizada de sedas, solo o bien acompañado de sus vecinos de mesa, Ferge y Wehsal, que había presentado a Naphta; o cuando le encontraba durante sus paseos y regresaba en su compañía hacia Dorf. Iba conociendo esos detalles al azar, por episodios o bajo forma de relatos...
Cuando Leo, o Leib, como se le había llamado en su infancia, veía a su padre cumplir las funciones rituales con la cooperación de un formidable ayudante, un joven judío y verdadero atleta al lado del cual el frágil Elias, con su barba rubia, parecía todavía más frágil y más delicado; cuando le había visto blandir contra el animal atado, pero no aturdido, su gran cuchilla consagrada y hacerle una herida profunda en la juntura de la vértebra cervical, mientras el ayudante recogía la sangre humeante en cazoletas que se llenaban de inmediato, el muchacho había contemplado ese espectáculo con su mirada de niño que, más allá de las apariencias sensibles, penetra hasta lo esencial, con una mirada que era ciertamente la del hijo de Elias, el de los ojos estelares. Sabía que los carniceros cristianos debían aturdir a sus animales con un golpe de maza o de hacha antes de matarlos y que esta prescripción les había sido dictada a fin de evitar a los animales un trato demasiado cruel; pero aunque su padre fuese mucho más delicado y sabio que aquellos ganapanes, aunque tuviese los ojos brillantes como ninguno de ellos, obraba según la ley, hiriendo al animal no aturdido para degollarlo y dejando que se desangrara hasta morir. El joven Leib tenía la sensación de que el método de aquéllos estaba determinado por una especie de bondad despreocupada y profana, por lo cual no se rendía el mismo honor a ese acto sagrado más que por la crueldad, lo mismo que en su imaginación el aspecto y olor de la sangre que manaba se hallaban unidos a la idea de lo sagrado, pues comprendía que su padre no había elegido aquel oficio sangriento por el mismo gusto brutal que había inclinado a adoptarlo a jóvenes y vigorosos cristianos —incluso al propio ayudante judío—, sino por razones espirituales, a pesar de su fragilidad física y, en cierta manera, por razón de sus ojos estrellados.
En efecto, Elías Naphta había sido un soñador y un pensador; no sólo un estudioso de la Tora, sino también un crítico de las Escrituras, cuyos principios discutía con el rabino disputando con frecuencia con él. En su comarca —y no sólo entre sus correligionarios— era considerado una persona especial, alguien que sabía muchas más cosas que la mayoría, en parte por devoción, pero también de una manera que podía no ser del todo aprobada y que de todos modos no correspondía al orden establecido. Había en él algo de irregular, propio de los sectarios, algo de un confidente de Dios, de un Baal-Schem, o de un Zaddik, es decir, de un taumaturgo, por cuanto había curado cierto día a una mujer de una erupción virulenta, y otra vez a un muchacho de convulsiones, por medio de sangre y versículos. Pero precisamente esa aureola de una piedad un poco temeraria, en la que el olor de la sangre desempeñaba su papel, había sido la causa de su perdición, pues con motivo de una revuelta popular y de un pánico furioso provocado por el asesinato inexplicable de dos niños cristianos, Elías fue espantosamente asesinado. Se le encontró crucificado, sujeto con clavos en la puerta de su casa incendiada, después de lo cual su mujer, a pesar de estar enferma de tisis y permanecer siempre en la cama, había abandonado el país con su hijo Leib y otros cuatro hermanos que salieron gritando y gimiendo con los brazos en alto.
No enteramente desprovista de recursos gracias a la previsión de Elías, la familia encontró un asilo en una pequeña ciudad de Vorarlberg, donde la señora Naphta había obtenido un empleo en una fábrica de hilados, que desempeñó durante todo el tiempo que se lo permitieron sus fuerzas, mientras sus hijos más pequeños iban a la escuela primaria. Pero si las disciplinas intelectuales de aquella escuela bastaban al temperamento y las necesidades de los hermanos y hermanas de Leo, a éste no le sucedió lo mismo. Había heredado de su madre el germen de la tisis, y su padre le había dejado, además de la pequeña estatura, una inteligencia excepcional, dotes intelectuales que no tardaron en aliarse con sus instintos más ambiciosos, con la nostalgia angustiosa de formas de vida más aristocráticas y que le inspiraban una necesidad apasionada de elevarse sobre su origen.
Además de la escuela, el adolescente de catorce o quince años había formado su espíritu impacientemente y sin dilación, con la ayuda de los libros que se podía procurar y con los cuales alimentaba su inteligencia. Pensaba y formulaba preguntas que obligaban a su madre enferma a inclinar la cabeza y a elevar al cielo sus dos delgadas manos. Por sus maneras, por sus contestaciones, llamó durante la enseñanza religiosa la atención del rabino del cantón, un hombre piadoso y sabio que hizo de él su alumno predilecto y que satisfizo sus necesidades de saber con la enseñanza del hebreo y los clásicos, y sus lógicas inquietudes, iniciándole en las matemáticas. Pero la solicitud del buen hombre debía verse mal recompensada, pues no tardó en darse cuenta de que había albergado una serpiente en su seno. No se pusieron de acuerdo; entre el maestro y el alumno se produjeron diferencias religiosas y filosóficas que se agravaron cada día más, y el honrado doctor tuvo que sufrir a causa de la rebelión intelectual, de la inclinación a la crítica y al escepticismo, del espíritu de contradicción, de la dialéctica del joven Leo. Se añadió a eso que la ingeniosidad y el espíritu sedicioso de Leo habían acabado por adoptar un carácter revolucionario. La amistad que había contraído con el hijo de un diputado socialista del Reichstag y con ese mismo demagogo, habían orientado su espíritu hacia la política, habían dirigido su pasión de lógica en un sentido hostil a la sociedad. Pronunciaba palabras que hacían poner los pelos de punta al buen talmudista, empapado de lealtad, y que terminaron por poner fin al acuerdo entre el maestro y el discípulo. En una palabra, las cosas llegaron al punto de que Naphta fue desterrado para siempre del gabinete de trabajo del rabino, y eso precisamente en la época en que su madre, Rahel Naphta, estaba agonizante.
En ese tiempo, poco después del fallecimiento de su madre, Leo trabó conocimiento con el padre Unterpertinger. El joven de dieciséis años se hallaba sentado en un banco del parque de Margartenkopf, en una altura situada al oeste de la pequeña ciudad, en la ribera del Ill, desde donde disfrutaba de una vista extensa y clara sobre el valle del Rin. Se encontraba allí sentado, perdido en amargos y tristes pensamientos sobre su destino, sobre su porvenir, cuando un profesor de la institución de los jesuítas Stella Matutina, que paseaba por el parque, se sentó a su lado, se quitó el sombrero, cruzó las piernas bajo su sotana de cura mundano y, después de leer durante algún tiempo su breviario, entabló una conversación que continuó muy animada y que había de decidir el destino de Leo. El jesuita, el hombre de experiencia, de excelente educación, apasionado pedagogo, conocedor y pescador de almas, escuchó con atención las primeras frases sarcásticas y claramente articuladas con las cuales el joven judío contestaba a sus preguntas. Una espiritualidad aguda y atormentada se desprendía del joven Naphta y, al penetrar más hondamente, el jesuita se encontró con una ciencia y una elegancia de pensamiento que la apariencia negligente del joven hacían aparecer como sorprendentes. Se habló de Carlos Marx, del que Leo Naphta había estudiado El Capital en una edición popular, y de allí pasó a Hegel, al que había leído también bastante y sobre el cual pudo formular algunas observaciones impresionantes. Bien sea por una tendencia general a la paradoja, bien por una intención de cortesía, llamó a Hegel un pensador «católico», y cuando el padre, sonriendo, le preguntó sobre qué podía fundar semejante juicio, puesto que Hegel, en su calidad de filósofo prusiano del Estado, debía ser considerado como esencial y específicamente protestante, contestó que precisamente la frase «filósofo del Estado» confirmaba que en el sentido religioso, si no en el sentido dogmático y eclesiástico, se había fundado para hablar del catolicismo de Hegel. Pues —a Naphta le agradaban extraordinariamente esas conjeturas, adquirían algo de triunfante y despiadado en su boca, y sus ojos brillaban detrás de sus lentes cada vez que podía insertar una de esas frases—, pues el concepto de la política se hallaba psicológicamente unido al concepto del catolicismo, formaban una categoría que comprendía todo lo que había de objetivo, de realizable, de eficiente y de eficaz. En el jesuitismo, añadió, la naturaleza pedagógica y política del catolicismo se manifiesta hasta la evidencia, ya que esta orden había considerado siempre el arte de la política y educación como sus propios dominios. Y citó a Goethe que, hundiendo sus raíces en el pietismo, era incontestablemente protestante, teniendo sin embargo un aspecto netamente católico gracias a su realismo y a su doctrina de acción. Había defendido la práctica de la confesión y, como educador, se había mostrado casi jesuita.
Naphta pudo decir esas cosas porque creía en ellas, porque las encontraba espirituales, o porque quería complacer a su interlocutor en su calidad de pobre ser que debe adular y que calcula con precisión lo que puede servirle y lo que puede perjudicarle; sea lo que fuere, el padre se interesó, más que por la sinceridad de esas palabras, por la inteligencia que revelaban, y la conversación fue continuando. El jesuita no tardó en enterarse de las condiciones de la existencia personal de Leo y la entrevista terminó con una invitación de Unterpertinger para que fuese a verle a la institución.
De esta manera Naphta pudo poner el pie en el territorio de la Stella Matutina, cuya atmósfera científica y elevado nivel social excitaron su imaginación y nostalgia. Además, gracias a eso, pudo contar con un nuevo maestro y protector, mejor dispuesto que el anterior a animarle y a apreciar su naturaleza, un maestro cuya bondad, naturalmente fría, era debida a su experiencia de la vida, y en cuyo círculo él experimentaba los más vivos deseos de penetrar. Según la opinión de muchos judíos espirituales, Naphta tenía un instinto a la vez revolucionario y aristocrático socialista y, al mismo tiempo, poseído por los sueños de poder llegar a formas de existencia nobles y distinguidas, exclusivas y ordenadas.
La primera palabra que le había arrancado la presencia de un teólogo católico, aunque hubiese sido presentada como un puro análisis comparado, había consistido en una declaración de amor hacia la Iglesia romana, que estimaba como una potencia a la vez noble y espiritual, es decir, antimaterial, antirreal, hostil al mundo y, por consiguiente, revolucionaria. Y ese homenaje era sincero y salía del fondo de su ser, pues, como él mismo manifestó, el judaismo, gracias a su orientación hacia lo terrenal y objetivo, gracias a su socialismo y a su espíritu político, se hallaba infinitamente más cerca de la esfera católica que el protestantismo en su subjetividad mística e individualista, de manera que la conversión de un judío a la religión católica constituía una evolución espiritual mucho más fácil que la de un protestante.
Distanciado del Pastor de su comunidad religiosa primitiva, huérfano y abandonado, y además impaciente por respirar un aire más puro y conocer formas de existencia a las que tenía derecho, Naphta, que hacía algún tiempo había llegado a la mayoría de edad, se hallaba impacientemente dispuesto a franquear el umbral de la nueva confesión, hasta el punto de que su iniciador se vio dispensado del trabajo de ganar aquel cerebro excepcional para su religión. Antes de recibir el sacramento del bautismo, Naphta, por influencia del padre, había encontrado en la Stella un asilo provisional y su alimento material y espiritual. Se había trasladado, abandonando tranquilamente, y con la insensibilidad del aristócrata del espíritu, a sus hermanos pequeños a la beneficencia pública y a la suerte que justificaban sus mediocres dones.
Las tierras de la institución eran extensas, así como sus edificios, que podían acoger a cuatrocientos internos. Comprendían bosques y prados, media docena de campos de juego, granjas y establos para cientos de cabezas de ganado. La institución era a la vez un pensionado, una granja modelo, una academia de deportes, una escuela de eruditos y un templo de las musas, pues se representaban sin cesar obras teatrales y se daban conciertos. La vida era a un tiempo señorial y claustral. Por la disciplina y la elegancia que reinaban, por la alegría discreta, por su espiritualidad, por su organización minuciosa, por la precisión del empleo del tiempo, halagaba los instintos más profundos de Leo. Se sentía infinitamente feliz. Comía los excelentes manjares en un vasto refectorio en el que la regla era el silencio, lo mismo que en los corredores de la institución, y en medio del cual un joven prefecto, sentado delante de un pupitre, leía en alta voz. Su celo por el estudio era ardiente a pesar de su debilidad y hacía toda clase de esfuerzos para mantener su puesto, por la tarde, en los juegos deportivos. La piedad con que oía cada mañana la primera misa y tomaba parte los domingos en la misa mayor, satisfacía a los padres pedagogos. Su comportamiento y sus maneras eran también absolutamente satisfactorios. Los días de fiesta, por la tarde, después de comer pasteles y beber vino, iba a pasear vestido con el uniforme gris, el cuello alto, pantalón rayado y bonete.
Se sentía imbuido de un agradecimiento profundo ante las consideraciones de que era objeto en lo que se refería a su origen, a su cristianismo reciente, y a su situación personal en general. Nadie parecía saber que ocupaba una plaza gratuita en el establecimiento, pues las reglas de la casa desviaban la atención de sus camaradas del hecho de que no tuviese familia ni hogar. No era permitido a nadie recibir envíos de vituallas o golosinas, y los que se hacían a pesar de las órdenes, eran repartidos entre todos, y Leo también recibía su parte. El cosmopolitismo de la institución impedía que la raza del joven judío apareciese de una manera evidente. Había allí jóvenes extranjeros, sudamericanos, portugueses que parecían más «judíos» que él, y de ese modo se perdía toda noción. El príncipe etíope que había sido recibido al mismo tiempo que Naphta, tenía también un tipo parecido, aunque era muy distinguido.
En la clase de retórica, Leo manifestó el deseo de estudiar teología para pertenecer un día a la orden si era digno de ello. Desde entonces su bolsa fue trasladada del segundo pensionado, donde el régimen era más modesto, al primero. Ahora era servido en la mesa por criados, y su habitación se hallaba entre la de un conde silesíano, Von Harbuval, y la de un marqués, Rangoni-Santacroce, de Modena. Obtuvo un brillante éxito en los exámenes y, fiel a sus propósitos, abandonó la institución para ir al noviciado de Tisis, con el objeto de llevar una vida de humildad servicial, de disciplina muda y adaptación religiosa, que le procuraba placeres espirituales marcados con los conceptos fanáticos de otros tiempos.
Sin embargo, su salud fue debilitándose. Le perjudicó más su vida interior que la duración del noviciado, que no concedía reposo al cuerpo. A pesar de su sagacidad y su ingenio, los procedimientos pedagógicos de que era objeto contrariaban sus disposiciones personales y las estimulaban al mismo tiempo. Durante los ejercicios espirituales a que se consagraba todo el día y aun parte de la noche, durante todos esos exámenes, esos ejercicios y esas contemplaciones, se metía en mil dificultades, contradicciones y dudas por espíritu malicioso y apasionado. Era la desesperación —al mismo tiempo que la gran esperanza— de sus directores espirituales a quienes hacía sentir los fuegos del infierno por su furor dialéctico y su falta de ingenuidad.
«Ad haec quid tu?», preguntaba, mirando a través de los lentes. Y no le quedaba más recurso al padre que exhortarle a la plegaria para que consiguiese la paz del corazón: «Ut in aliquen gradum quietis in anima perveniat.» Pero esa «paz» consistía, cuando la obtenía, en un embotamiento completo de la vida personal, la reducía a no ser más que un simple instrumento, era la paz del cementerio, de la que el hermano Naphta podía estudiar los signos exteriores inquietantes en más de una fisonomía de mirada vacía, y que él no conseguía alcanzar más que a costa de la ruina corporal.
El alto empaque intelectual de sus superiores se traducía en el hecho de que esas reservas y objeciones no perjudicaban la estima de que disfrutaba cerca de ellos. El padre provincial mismo le convocó a fines de su segundo año de noviciado, habló con él, consintió en admitirle en el seno de la orden, y el joven escolástico, que había recibido cuatro ordenaciones inferiores y hecho igualmente los votos «simples», y que ahora pertenecía definitivamente a la sociedad, fue al colegio de Falkenburg, en Holanda, para comenzar sus estudios de teología.
Tenía entonces veinte años, y tres más tarde, bajo la influencia de un clima nocivo y de sus esfuerzos intelectuales, su mal hereditario realizó tales progresos que no hubiese podido continuar más que con peligro de su vida. Una hemoptisis alarmó a sus superiores y, después de hallarse durante unas semanas entre la vida y la muerte, le invitaron, apenas restablecido, a la misma institución en que había sido educado, donde encontró un empleo como prefecto, vigilante de alumnos internos y profesor de humanidades y filosofía. Aquella situación se ajustaba a la norma, pero ordinariamente se volvía, después de unos años de servicio, al colegio para continuar siete años de estudios teológicos y terminarlos. Continuaba enfermo, el médico y los superiores juzgaron que el servicio en ese lugar, al aire libre, con los alumnos y las ocupaciones agrícolas, le convenía provisionalmente. Recibió el primer grado superior y obtuvo el derecho de cantar la Epístola en la misa solemne del domingo, derecho que por otra parte no ejerció, en primer lugar porque no tenía la menor noción de música, y en segundo, porque la extrema debilidad de su voz le hacía completamente inepto para cantar. No fue más allá del subdiaconado; no llegó al diaconado ni a la ordenación sacerdotal y, como la hemoptisis se repitió y la fiebre no remitía, tuvo que someterse, a costa de la orden, a una cura prolongada; había elegido su domicilio en Davos y se hallaba aquí desde hacía ya siete años. No podía hablarse de una cura. Era una condición indispensable para salvar su vida, hecha menos penosa por su actividad de profesor de latín en el liceo de alumnos enfermos…
Esos detalles y otros más amplios y precisos fueron revelados a Hans Castorp por boca del mismo Naphta, cuando le iba a visitar a su celda tapizada de sedas, solo o bien acompañado de sus vecinos de mesa, Ferge y Wehsal, que había presentado a Naphta; o cuando le encontraba durante sus paseos y regresaba en su compañía hacia Dorf. Iba conociendo esos detalles al azar, por episodios o bajo forma de relatos...