Una posible anomalía
Capítulo 21
Sábado 30 de julio de 2011.
Después de ayudar a su padre en la panadería toda la mañana, Edna se dirigió a la plaza del mercado. Su antojo era claro: unas papas a la francesa con abundante salsa picante y queso espolvoreado.
Se alejó del puesto con la charola de cartón en las manos. Un toque de nostalgia por sus días escolares comenzó a florecer en su pecho. Recordaba con cariño cuando compartía con sus amigas una bolsa de frituras empapadas en salsa picante y con un generoso chorro de limón, mientras se contaban los chismes entre risas. Ahora, sola en medio del bullicio de la plaza, intentaba llenar ese vacío con cada bocado de esas papas, buscando en su sabor un eco de aquellos momentos compartidos.
Siguió caminando lentamente hacia la jardinera donde podría sentarse bajo la sombra de los árboles, pero el movimiento y la salsa provocaron que una papa se deslizara hacia la orilla de la charola. Se iba a caer al piso cuando escuchó una voz varonil y vio que alguien agarraba rápidamente la papa.
—¡La tengo, no te preocupes! Le salvé la vida. ¡Soy un héroe! —dijo Jensen mientras lanzaba la papa a su boca y después chuparse los dedos.
—¿Ahora también robas papas?
—¡Le salvé la vida! ¿No viste?
—Sí, pero te la comiste y era mía.
—Se iba a caer al suelo y desperdiciarse; yo solo le di sentido a su existencia. ¿Quieres que te la devuelva? —dijo abriendo la boca para mostrarle la papa a medio masticar.
—¡Qué asco! Quédatela, ojalá que se te atore en la garganta —agarró una de sus papas como si fuera un minúsculo bat de béisbol—. Me quitas otra papa y te agarro a batazos.
—¡Já! Eso fue chistoso. ¿Te acuerdas de aquel viejo queriendo asustarme con su bat?
—Te estabas robando su botella. Si tienes un vicio, lo menos que puedes hacer es pagar por él, en vez de robar.
—El vicio no es mío. Es de mi madre. Es una alcohólica, y yo no voy a pagar por eso. El viejo no se había dado cuenta de que me llevaba la botella hasta que tú le dijiste.
Edna lo vio directamente, analizando si su acercamiento era un intento de intimidación o solo una casualidad. El ojo izquierdo se veía ligeramente más pequeño y a veces parpadeaba con irregularidad. Su piel era clara, tersa, y su complexión física era más grande y fuerte que el promedio.
—¿Qué quieres?
—Solo que le compres la botella a mi madre, ya no puedo entrar a esa tienda.
—¿Estás loco? Yo no compraré nada. No es mi vicio. Además, a los alcohólicos no hay que darles alcohol —la voz de Edna adquirió un tono de interés. Había pasado por eso. Sus padres se habían separado cuando ella era pequeña por los vicios de su padre; el alcohol y las mujeres. Después de un tiempo se volvieron a reunir, pero los vicios de su padre no desaparecieron, solo mutaron.
Jensen agarró un puñado de papas para llenarse la boca. Le pidió una servilleta para limpiarse la mano. Edna se la dio. Quería estar enojada, quería irse de ahí, pero encontraba algo interesante en ese joven que no percibía en los demás hombres: un desinterés. No la veía como un objeto. No notaba alguna tensión oculta.
—¿Y qué hace una chilanga en Oaxaca?
—Pues aquí, acusando a ladrones que se creen héroes. ¿Y tú?
Caminaron lentamente hacia la jardinera y se sentaron para continuar platicando.
Jensen dejó su morral a un costado. Edna depositó la charola de cartón a un lado suyo y, con la misma confianza con la que Jensen había agarrado las papas, se estiró para agarrar el morral de él.
—¿Cuántas cosas robadas traes aquí?
Jensen la vio abrir el morral para empezar a husmear en sus cosas. No hizo nada para impedirlo.
Edna sacó una libreta de dibujo. La abrió. Tenía imágenes a lápiz que mostraban mucho talento. Había animales, personas de diferentes edades. Las únicas imágenes a color eran paisajes, pero los colores eran extraños. Las sombras no eran oscuras, eran fluorescentes. Los colores amarillos tenían sombras violetas, los verdes se acompañaban con sombras anaranjadas. Había una coordinación de colores con sus respectivas sombras, lo que provocaba que las imágenes fueran muy intensas y hermosas.
—¿Te gusta dibujar? —preguntó Jensen.
—Me gustaría, pero no tengo ese talento. Están bonitos tus dibujos. ¿Quiénes son? —refiriéndose a un par de ancianos sentados en sillas de madera sobre un piso de piedra.
—Nadie en particular, solo son imágenes que aparecen en mi mente.
Edna se quedó observando el dibujo de una mujer con lo que parecía ser un manto cubriendo su cabeza. Era joven, con un lunar pequeño cerca de sus labios, de su lado izquierdo. Sus rasgos sencillos le atribuían una belleza sublime, como aquel equilibrio estético de un bonsái, esos arbolitos que son moldeados para acentuar la armonía entre las ramas existentes y la ausencia que dejan las ramas podadas. Lo más extraño fue que ese era el único dibujo que estaba iluminado con diferentes tonos de colores rojizos, anaranjados y un poco de amarillo.
—Entonces… ¿no los conoces?
—No.
—Yo no dibujo, pero alguien hizo un dibujo mío —dijo Edna emocionada. Sacó de su cartera un papel, lo desdobló para mostrárselo. Era el retrato de ella cuando era niña. Tenía la mejilla recargada en una mano, con la cabeza inclinada hacia un lado y unas rosas sobre la mesa.
Jensen estiró el dibujo para observarlo mejor. Se quedó estudiándolo.
—Esta no eres tú —dijo con el ceño fruncido.
—¡Ah! Obvio que es de cuando era una niña.
—No. No eres tú —dijo, fijando toda su atención mientras pasaba su mano sobre el dibujo.
El ambiente se sintió tan denso que los sonidos de las personas parecieron apagarse. Hubo una especie de explosión metafísica que arqueó violentamente hacia atrás la espalda de Jensen, mientras que el papel se elevó como si un fuerte viento lo hubiera empujado hacia arriba, pero no hubo ningún sonido ni tampoco viento. Nadie más se dio cuenta hasta que Jensen comenzó a convulsionar, mientras la hoja, meciéndose hacia ambos lados como si fuera un péndulo moviéndose pausadamente, caía sobre las piernas de Edna.
Fueron minutos de confusión. Personas tratando de auxiliar a Jensen, poniéndolo de costado para que no se fuera a asfixiar con la abundante espuma que le salía de la boca. Llamaron a una ambulancia y se lo llevaron al hospital, a pesar de que recuperó el sentido antes de que llegara.
Fue la primera vez que Jensen convulsionaba, y no supo qué lo había ocasionado. No quiso que nadie lo acompañara, solo se llevó su morral abrazado sobre su pecho, a pesar de que los paramédicos le decían que ellos se lo iban a cuidar.
Edna, pensativa, tiró el resto de las papas en el contenedor de basura que estaba cerca. Se sentó nuevamente en la jardinera, a pesar de que comenzaba a dar el sol en esa área, para repasar mentalmente todo lo que había sucedido. Estaba segura de que sintió una fuerte energía que atravesó su cuerpo cuando él comenzó a convulsionar, pero no logró identificar el origen ni el motivo.
Aquella hoja la había acompañado desde que llegó a Oaxaca porque le recordaba la escuela. En el último día de clases en el bachillerato, alguien se la había dejado entre sus cosas de manera anónima.
Cuando Jensen comenzó a convulsionar, ella había guardado la hoja apresuradamente. Ahora la sacó para plancharla con la mano.
Se le quedó viendo atentamente, sintiendo como si contuviera algún misterio.
Sintió un escalofrío al encontrar una posible anomalía. Hizo memoria, pero no estaba segura de si anteriormente se había dado cuenta de que al dibujo se le notaba una leve sonrisa.
Sábado 30 de julio de 2011.
Después de ayudar a su padre en la panadería toda la mañana, Edna se dirigió a la plaza del mercado. Su antojo era claro: unas papas a la francesa con abundante salsa picante y queso espolvoreado.
Se alejó del puesto con la charola de cartón en las manos. Un toque de nostalgia por sus días escolares comenzó a florecer en su pecho. Recordaba con cariño cuando compartía con sus amigas una bolsa de frituras empapadas en salsa picante y con un generoso chorro de limón, mientras se contaban los chismes entre risas. Ahora, sola en medio del bullicio de la plaza, intentaba llenar ese vacío con cada bocado de esas papas, buscando en su sabor un eco de aquellos momentos compartidos.
Siguió caminando lentamente hacia la jardinera donde podría sentarse bajo la sombra de los árboles, pero el movimiento y la salsa provocaron que una papa se deslizara hacia la orilla de la charola. Se iba a caer al piso cuando escuchó una voz varonil y vio que alguien agarraba rápidamente la papa.
—¡La tengo, no te preocupes! Le salvé la vida. ¡Soy un héroe! —dijo Jensen mientras lanzaba la papa a su boca y después chuparse los dedos.
—¿Ahora también robas papas?
—¡Le salvé la vida! ¿No viste?
—Sí, pero te la comiste y era mía.
—Se iba a caer al suelo y desperdiciarse; yo solo le di sentido a su existencia. ¿Quieres que te la devuelva? —dijo abriendo la boca para mostrarle la papa a medio masticar.
—¡Qué asco! Quédatela, ojalá que se te atore en la garganta —agarró una de sus papas como si fuera un minúsculo bat de béisbol—. Me quitas otra papa y te agarro a batazos.
—¡Já! Eso fue chistoso. ¿Te acuerdas de aquel viejo queriendo asustarme con su bat?
—Te estabas robando su botella. Si tienes un vicio, lo menos que puedes hacer es pagar por él, en vez de robar.
—El vicio no es mío. Es de mi madre. Es una alcohólica, y yo no voy a pagar por eso. El viejo no se había dado cuenta de que me llevaba la botella hasta que tú le dijiste.
Edna lo vio directamente, analizando si su acercamiento era un intento de intimidación o solo una casualidad. El ojo izquierdo se veía ligeramente más pequeño y a veces parpadeaba con irregularidad. Su piel era clara, tersa, y su complexión física era más grande y fuerte que el promedio.
—¿Qué quieres?
—Solo que le compres la botella a mi madre, ya no puedo entrar a esa tienda.
—¿Estás loco? Yo no compraré nada. No es mi vicio. Además, a los alcohólicos no hay que darles alcohol —la voz de Edna adquirió un tono de interés. Había pasado por eso. Sus padres se habían separado cuando ella era pequeña por los vicios de su padre; el alcohol y las mujeres. Después de un tiempo se volvieron a reunir, pero los vicios de su padre no desaparecieron, solo mutaron.
Jensen agarró un puñado de papas para llenarse la boca. Le pidió una servilleta para limpiarse la mano. Edna se la dio. Quería estar enojada, quería irse de ahí, pero encontraba algo interesante en ese joven que no percibía en los demás hombres: un desinterés. No la veía como un objeto. No notaba alguna tensión oculta.
—¿Y qué hace una chilanga en Oaxaca?
—Pues aquí, acusando a ladrones que se creen héroes. ¿Y tú?
Caminaron lentamente hacia la jardinera y se sentaron para continuar platicando.
Jensen dejó su morral a un costado. Edna depositó la charola de cartón a un lado suyo y, con la misma confianza con la que Jensen había agarrado las papas, se estiró para agarrar el morral de él.
—¿Cuántas cosas robadas traes aquí?
Jensen la vio abrir el morral para empezar a husmear en sus cosas. No hizo nada para impedirlo.
Edna sacó una libreta de dibujo. La abrió. Tenía imágenes a lápiz que mostraban mucho talento. Había animales, personas de diferentes edades. Las únicas imágenes a color eran paisajes, pero los colores eran extraños. Las sombras no eran oscuras, eran fluorescentes. Los colores amarillos tenían sombras violetas, los verdes se acompañaban con sombras anaranjadas. Había una coordinación de colores con sus respectivas sombras, lo que provocaba que las imágenes fueran muy intensas y hermosas.
—¿Te gusta dibujar? —preguntó Jensen.
—Me gustaría, pero no tengo ese talento. Están bonitos tus dibujos. ¿Quiénes son? —refiriéndose a un par de ancianos sentados en sillas de madera sobre un piso de piedra.
—Nadie en particular, solo son imágenes que aparecen en mi mente.
Edna se quedó observando el dibujo de una mujer con lo que parecía ser un manto cubriendo su cabeza. Era joven, con un lunar pequeño cerca de sus labios, de su lado izquierdo. Sus rasgos sencillos le atribuían una belleza sublime, como aquel equilibrio estético de un bonsái, esos arbolitos que son moldeados para acentuar la armonía entre las ramas existentes y la ausencia que dejan las ramas podadas. Lo más extraño fue que ese era el único dibujo que estaba iluminado con diferentes tonos de colores rojizos, anaranjados y un poco de amarillo.
—Entonces… ¿no los conoces?
—No.
—Yo no dibujo, pero alguien hizo un dibujo mío —dijo Edna emocionada. Sacó de su cartera un papel, lo desdobló para mostrárselo. Era el retrato de ella cuando era niña. Tenía la mejilla recargada en una mano, con la cabeza inclinada hacia un lado y unas rosas sobre la mesa.
Jensen estiró el dibujo para observarlo mejor. Se quedó estudiándolo.
—Esta no eres tú —dijo con el ceño fruncido.
—¡Ah! Obvio que es de cuando era una niña.
—No. No eres tú —dijo, fijando toda su atención mientras pasaba su mano sobre el dibujo.
El ambiente se sintió tan denso que los sonidos de las personas parecieron apagarse. Hubo una especie de explosión metafísica que arqueó violentamente hacia atrás la espalda de Jensen, mientras que el papel se elevó como si un fuerte viento lo hubiera empujado hacia arriba, pero no hubo ningún sonido ni tampoco viento. Nadie más se dio cuenta hasta que Jensen comenzó a convulsionar, mientras la hoja, meciéndose hacia ambos lados como si fuera un péndulo moviéndose pausadamente, caía sobre las piernas de Edna.
Fueron minutos de confusión. Personas tratando de auxiliar a Jensen, poniéndolo de costado para que no se fuera a asfixiar con la abundante espuma que le salía de la boca. Llamaron a una ambulancia y se lo llevaron al hospital, a pesar de que recuperó el sentido antes de que llegara.
Fue la primera vez que Jensen convulsionaba, y no supo qué lo había ocasionado. No quiso que nadie lo acompañara, solo se llevó su morral abrazado sobre su pecho, a pesar de que los paramédicos le decían que ellos se lo iban a cuidar.
Edna, pensativa, tiró el resto de las papas en el contenedor de basura que estaba cerca. Se sentó nuevamente en la jardinera, a pesar de que comenzaba a dar el sol en esa área, para repasar mentalmente todo lo que había sucedido. Estaba segura de que sintió una fuerte energía que atravesó su cuerpo cuando él comenzó a convulsionar, pero no logró identificar el origen ni el motivo.
Aquella hoja la había acompañado desde que llegó a Oaxaca porque le recordaba la escuela. En el último día de clases en el bachillerato, alguien se la había dejado entre sus cosas de manera anónima.
Cuando Jensen comenzó a convulsionar, ella había guardado la hoja apresuradamente. Ahora la sacó para plancharla con la mano.
Se le quedó viendo atentamente, sintiendo como si contuviera algún misterio.
Sintió un escalofrío al encontrar una posible anomalía. Hizo memoria, pero no estaba segura de si anteriormente se había dado cuenta de que al dibujo se le notaba una leve sonrisa.