EL TEQUILA TUVO LA CULPA: Capítulo 2. TEQUILA PARA 3+1
Ya es oficial, he dejado a Álex con la canguro, me he calzado unos tacones de quince centímetros homicidas —los primeros en diez años— y he salido a celebrar, por llamarlo de alguna manera, que *vuelvo a ser libre*, o como dice Pam, que estoy *de vuelta en el mercado*.
¡Oh, Dios! Estoy más desfasada que un Nokia 3310.
La culpa por dejar a mi hijo no se me quita, no se atenúa y mucho menos se razona. Solo está ahí, doliendo bajo las costillas como si alguien me hubiera cosido una piedra al estómago.
Nos encontramos en la cola de un pub de moda, se llama “43” y no, aquí no hay adultos… bueno, sí, pero no. Todas las criaturas que esperan para entrar parecen salidas de Instagram o de una pasarela de Victoria’s Secret edición Zeta: piernas eternas, pestañas de escándalo y confianza desbordada.
Yo, en cambio, parezco su profesora de Literatura recién divorciada y al borde del colapso, intentando no romperme un tobillo con unos tacones que amenazan con asesinarme a cada paso. Mi pie derecho ya empieza a declararse en huelga, pero no hay vuelta atrás. Lo único con lo que fantaseo ahora mismo es con mis zapatillas de felpa, mi sofá y una cerveza bien fría, mientras devoro una bolsa de Cheetos escondida en el último cajón y veo cualquier telenovela con ojos de pescado muerto. Un plan bastante más atractivo que este, si me preguntan.
La cola avanza a ritmo agónico. Delante de nosotras, un grupo de chicas se saca fotos poniendo morritos mientras hablan, a voces, de lo *buenorros* que están unos chicos recién llegados. Las miro, luego miro a mis amigas y, por último, me observo a mí misma como si fuéramos de especies distintas. Sin Lourdes y Pamela, probablemente estaría en casa, en la cama, rodeada de clínex usados, comiendo helado sin control y hundida en una depresión de campeonato. Ahora que lo pienso… tampoco suena tan mal.
Lourdes y Pamela ya han pasado los cuarenta, pero conservan la energía de dos veinteañeras con una capacidad sobrenatural para entusiasmarse. Se ven tan felices, tan ilusionadas, que casi me da vergüenza admitir lo agotada que me siento, arrastrándome por las esquinas en modo supervivencia. Hace seis meses que me estoy adaptando a una nueva vida: a estar soltera, a no despertar junto a Pablo, a vivir otra vez en casa de mis padres como si hubiera retrocedido diez casillas en la partida de mi propia existencia. Hace dos meses cumplí treinta y siete. Seis meses sin el innombrable, que se largó con otra mujer seis años más joven que yo. Bravo, Pablo. Qué poco original.
—¡Raquel! ¿Qué pasa? Tienes otra vez esa cara de vinagre. ¿Has escuchado algo de lo que hemos dicho?
Las dos me observan con esa expresión de quien sabe perfectamente lo que pasa, aunque no lo verbalice. Mi silencio es bastante revelador, sigo en modo alma en pena, solo que ahora lo llevo con algo más de dignidad y menos dramatismo público, como si fuese una almorrana.
Me tienta decirles que pienso en Pablo, que estamos esperando para entrar en un pub lleno de veinteañeros y que, para colmo, hasta el nombre del local coincide con su edad, como si el universo quisiera vacilarme. Pero paso. Me limito a sacar del bolsillo la invitación que un chico nos ha dado por la calle, prometiendo “la mejor noche de nuestras vidas” por quince euros y una consumición.
—¡Ya nos toca! ¿Lleváis la entrada y el *flayer*? —pregunta Lou, llena de emoción, dando pequeños saltitos, como una niña con zapatos nuevos.
—La llevaba hace un momento… ¡No la encuentro! —Pam, se pone nerviosa, mientras revuelve el bolso, pasando de la euforia a la preocupación en cuestión de segundos.
Y así, de manera totalmente predecible, empieza la discusión.
—Siempre igual. Pues paga otros quince euros y listo.
—¡Sí, claro! ¿Te piensas que soy el Banco de España o qué?
—¡Mira, que son quince euros, no ciento cincuenta!
A estas alturas ya somos oficialmente el entretenimiento de la fila. Guardo el móvil en el bolso y las fulmino con la mirada.
—¡Vale ya! Hemos venido a que me animéis, no a montar un show. ¿Podemos dejar de ser el centro de atención? Gracias.
—Tienes razón… —Lourdes suspira al instante—. Es que desde que le han cambiado el turno en el hospital, Manolín está más raro que un piojo fosforito y me tiene de los nervios…
No hace falta que diga el resto. Lo conozco de sobra. Tiene miedo de que su marido termine convirtiéndose en otro Pablo y esa idea la está consumiendo por dentro. Le lanzo una mirada de advertencia a Pamela, rezando para que no suelte ninguna de sus perlas por esa boquita de piñón que se gasta.
—Venga, boba, ¡que no es nada! Seguro que está haciéndose al nuevo horario y a los nuevos compañeros.
—Y compañeras… —añade.
Fantástico.
Lourdes pone cara de funeral y yo estoy a un segundo de estrangular a Pamela con mis propias manos. ¡De verdad! ¡Qué poco tacto tiene esta mujer, a veces!
—¿Qué he dicho? —se encoge de hombros, sin entender nada—. ¿Me diréis que no tiene compañeras? Lou, cielo, que Manolín te quiere con locura, si se le cae la baba y lo que no es la baba cada vez que te mira.
La fila empieza a avanzar y, por suerte, el drama cambia de foco.
—¿Encuentras la entrada?
—Nop.
Pamela sigue sacando del bolso tampax, caramelos, envoltorios vacíos y probablemente restos arqueológicos del paleolítico. El típico bolso de madre que sirve como universo paralelo.
—Pero… vamos a ver, ¿cómo lo has podido perder si nos lo acaban de dar? Ahí tiene que estar. Busca bien.
—Que no, cansina, que no está. Que te digo que ya he mirado veintiocho millones de veces.
Como decía… las quiero con toda mi alma, pero es evidente que ya no estamos para estas aventuras. Lourdes tiene tres hijos y una vida construida junto a Manolín desde tiempos inmemoriales. Pamela, divorciada y madre de dos niñas, parece haber encontrado estabilidad con Miguelón, un bombero con más músculos que paciencia y un corazón enorme. Entre ambos llevan meses intentando encasquetarme citas a ciegas con compañeros del hospital y del parque de bomberos, como si mi vida sentimental fuera un proyecto benéfico.
Pero no puedo.
Es demasiado pronto.
Lo sé, lo sé… es una estupidez guardar un solo minuto de luto por ese capullo traidor, pero no fue solo un hombre más. Fue mi marido. El padre de mi hijo. La persona con la que construí una vida que ahora parece desmoronada, en piezas sin sentido. Y lo peor es que aún debo verle cada vez que viene a recoger a Álex. Tal vez, y solo tal vez, todavía quede en mí la absurda esperanza de que recapacite y vuelva. Sí, lo sé. Soy idiota.
Vuelvo a la realidad, intentando apartar el último pensamiento que lacera mi estado de ánimo y deja las brasas de un “quiero y no puede ser”. Sólo consigo hacerme daño, creyendo que, algún día, abrirá los ojos y se dará cuenta de la equivocación que cometió.
—¿Por qué no nos vamos a casa? La canguro se va a las doce.
La excusa suena tan pobre como realmente es.
—Claro, Cenicienta —dice Lourdes—. A otro perro con ese hueso.
—Llama y dile que no vuelves en toda la noche —añade Pamela.
—¿Y si Álex se despierta y no me ve?
Ahí está el verdadero problema. Desde que Pablo se fue, mi hijo tiene pesadillas. Se despierta llorando, convencido de que yo también voy a marcharme. Y eso hace que estar aquí, esta noche, me pese el doble.
Lo peor es cuando pregunta por su padre y tengo que explicarle lo mucho que significa para ambos, aun así, es mejor de esta manera. Papá y mamá siempre estaremos ahí para él. Es un agobio, la verdad. Yo no estoy hecha para estar soltera y mi niño, con su corta edad, parece entender la situación mejor que yo cuando hablamos de ello.
El armario empotrado que vigila la puerta nos observa divertido, como si estuviera preguntándose exactamente lo mismo que yo: qué demonios hacen tres señoras intentando entrar aquí. Mis amigas, por supuesto, reaccionan como adolescentes desatadas soltando burradas al estilo: “Bombón, yo por ti rompo la dieta” o “quien fuera escultora, para tener este monumento entre las manos”.
Podría morir —literalmente— de vergüenza ajena en este preciso instante. El grandullón se ríe, nos abre la puerta y nos desea buena noche.
El calor asfixiante de la calle desaparece en cuanto cruzamos el umbral. La luz de neón verde y roja parpadea como si sufriera un ataque epiléptico, mientras la multitud se mueve al ritmo de la música techno, una vibración casi palpable en el ambiente nos empuja a adentrarnos. Es como si todo el mundo estuviera perdido en su propio mundo, flotando al ritmo de un beat imparable. Y entonces recuerdo las palabras del chico que prometía “la mejor noche de nuestras vidas”.
¡Y una mierda!
Dios mío, cómo echo de menos el plan pijama, peli y manta con helado. Quizá, habría elegido *El Diario de Noah;* no hay nada mejor que llorar a gusto y con motivo, para flagelarme yo solita. ¿Qué le voy a hacer si me gusta regocijarme en mi propio dolor y el “podría haber sido, pero no fue… ni será”?
—¿Qué queréis tomar? — grita Lourdes a pleno pulmón, como si estuviéramos en mitad de un campo de batalla, mientras alza los brazos y los agita para señalar dónde está la barra.
—¡Un tequila! —responde Pamela —o eso creo—, agitando también los brazos, para que el barman se acerque. Nos hemos convertido oficialmente en “*señoras que*”.
—¡Yo quiero una Coca-Cola! —Ambas arrugan el ceño, preguntándose por qué no quiero ponerme como una cuba.
—Venga ya… ¡Otro tequila! Tía, no es un cumpleaños infantil—. La opción de no beber sigue rondando mi cabeza, pero mi cuerpo ya está cediendo a la presión de sus miradas.
Al final, me rindo al tequila, como si fuera una respuesta sencilla a un problema complicado y porque, diga lo que diga, van a hacer lo que les salga del *chirri.*
Pamela se ríe, moviendo la mano delante de mi cara, completamente en su salsa. Lourdes, por su parte, pelea con el volumen de la música, gesticulando como si estuviéramos en primera fila de un concierto. Y yo me quedo a medio camino entre las ganas de desaparecer y la necesidad de dejarme llevar.
Así, entre chupitos de tequila, gin-tonics y gritos para entendernos, nos acercamos a las doce… y a la pista de baile.
—¡Voy a llamar a casa!
Dudo que me hayan escuchado. El lugar está hasta los topes; hasta los topes de jóvenes ebrios, que no dejan de bailar por todas partes, así que, tardo toda una vida en salir del estruendo.
—Hola Clara, ¿qué tal va la noche? ¿Se ha despertado?
—Todo perfecto, Álex lleva dormido cuatro horas seguidas. Después de cinco cuentos de dinosaurios…
—¿Podrías quedarte un par de horas más? Si te parece bien… Puedo irme ahora si no…
—No hay problema, lo que necesites.
—Gracias, estaré atenta al móvil. Con lo que sea llámame y estaré allí en veinte minutos.
Vuelvo a entrar, intentando obviar todo lo que me rodea y más tranquila, sabiendo que todo está en orden.
La primera media hora pasa sin incidencias, quitando algún empujón.
Consciente del nivel de alcohol en sangre que llevamos las tres, decidimos alejarnos de la barra a mover el esqueleto, importándonos un pimiento lo que los demás piensen de nosotras. Porque, está claro: no encajamos.
Por fin, el techno nos da tregua y empieza a sonar la canción del momento, (esa que la radio se ha encargado de grabarnos en el cerebro a base de repetirla en bucle). Me animo y saco a mis amigas a bailar al centro de la pista.
¡Alegría, que la noche es joven… y nosotras también, aunque el DNI diga lo contrario!
Siempre me gustó bailar; lo hacía a todas horas, pero mi ex lo odiaba. Poco a poco, dejé de hacerlo y, jamás me había importado… hasta este momento. Ahora, no hay nadie que me reproche nada, ni que me mire con vergüenza ajena.
Estamos dándolo todo, haciéndonos hueco a base de movimientos anticuados, que nos hacen reír y olvidar los problemas del día a día. Bebemos, saltamos, nos movemos como locas, como si hubiéramos estado mucho tiempo aletargadas y, por fin, despertáramos. Todo fluye… hasta que noto una mano aferrándose a mi cintura.
Estoy borracha. Muy borracha. Y desinhibida. Me dejo llevar. El alcohol ayuda, sí, aunque no es solo eso. Es la sensación de estar, finalmente, haciendo algo para mí, sin la carga constante de las responsabilidades. Siento que la noche se vuelve nuestra, tanto, que hasta me parece bien cuando el resto del cuerpo que pertenece a esa mano, que se aferra a mi cadera, se pega a mi espalda, siguiéndome el ritmo.
Me giro con esa sonrisa fácil de cuando todo te da igual —de borracha total, vaya— y entonces lo veo.
Y se me pasa todo.
Un niñato con pintas de pandillero.
¡Por Dios! Es… joven, demasiado joven y ahí es cuando todo cobra sentido, en este lugar, nosotras somos las que no encajamos.
La sorpresa se mezcla con la incomodidad. ¿Qué hago ahora? Me siento casi ridícula, como si hubiera cometido un error, y, al mismo tiempo, también una extraña libertad empieza a asentarse en mi pecho. No me importa tanto.
Me sonríe y dice algo en mi oído que no alcanzo a comprender. Tiene unos bonitos ojos azules y está cubierto de tatuajes. Al menos las zonas de piel descubiertas. Me imagino la cara que se me ha quedado de pasmarote al verlo, cuando soy consciente de que señala en dirección a la zona más tranquila, pero yo quiero bailar, olvidar y pasarlo bien por primera vez en mucho tiempo. Cero calma.
Le devuelvo la sonrisa y, arrastrando las palabras como si fueran de plomo, le presento a mis amigas.
—Tú… tú eres la del primero B, ¿no? —Le miro, le miro, le miro y, por fin caigo; es mi vecino. Por un lado, se me rompe un poquito el corazón alcoholizado, y me empiezo a reír de mí misma y mis locos pensamientos. Le conozco de vista; coincidimos a menudo cuando llevo a Álex al cole. Me relajo, sonrío como la adulta funcional que soy y se lo explico a mis amigas, que también parecen un poquito decepcionadas.
—Sí, la misma que viste y calza, soy Raquel, o la vecina del primero B. Perdona, es que… no tengo ni idea de en qué piso vives tú—. Voy a darle dos besos, soy de la generación Millennial, ¿qué le vamos a hacer?
—Vas fuerte, Raquel.
Se le escapa la sonrisa por los ojos, y por un segundo brillan con algo más que simple diversión.
¡Vaya con el niño! ¡Pues estamos buenos! Intento explicarme, no quiero que me malinterprete, sin embargo, se ríe. Está vacilándome. A ver, seamos sinceras, tiene toda la pinta de ser el típico rompecorazones que coquetea con todo lo que se mueve y va coleccionando historias sin despeinarse. Y yo he dado ya demasiadas vueltas al sol como para dejarme engatusar. Ya no estoy para colecciones.
Definitivamente, el alcohol no me está ayudando a pensar con claridad.
—¡No, no! Me refiero a que tú sabes donde vivo, y yo no sé cuál es tu piso.
Maravilloso. Conversación absurda nivel experto.
Sea como sea, quiero quitármelo de encima, sin llegar a ser antipática. Me acabo de mudar, prácticamente, y no quiero empezar haciendo enemigos en el portal.
—Soy el tres A. Arnau, encantado.
Le tiendo la mano y él, en lugar de estrechármela, me da dos besos. El segundo roza demasiado cerca de la comisura de mis labios y dura un instante más de lo necesario. Su mano, además, se queda en la parte baja de mi espalda.
Todo un galán de barrio.
Me aparto con una sonrisa que no termino de controlar.
—¿Qué vais a tomar?
—¡¡Tequilaaaa!! —grita Pam, con esa mirada traviesa de “atacas o ataco yo”.
—¿Más tequila? No sé cómo puedes —Lou tuerce el gesto—. Yo ya me planto. Refresco.
—¡Los chupitos son lo mejor de la noche, nena! ¡No lo niegues! —Pam ríe, terminando con su copa—. ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Por qué esas miradas? Uno más y luego agüita fresca. Lo prometo.
Ellas debaten sobre alcohol y resacas, pero yo he dejado de escucharlas. Arnau ha captado toda mi atención.
—¿Y primero B? ¿Qué va a tomar?
¡Joder con el yogurín! Esa mirada podría derretir un glaciar. Y si encima te lo dice al oído… ¡Apaga y vámonos!
—Agua—. Respondo con la garganta seca.
—¿Estás segura de que no quieres otra copa?
—¿Agua? ¡A mi amiga… tequila doble y un yogurín que la cure los males!
Fulmino a Pamela con la mirada; tengo ganas de matarla. En cuanto estemos solas, voy a hacerlo. Me ignora y nos arrastra hasta la barra feliz y orgullosa de su capacidad para soltar lo primero que se le pasa por la cabeza sin filtro alguno.
—Pues tequila doble para primero B —repite él con voz de locutor, provocándome una carcajada al instante. ¡Voy fina yo!
Me repasa de arriba abajo, me coge de la mano y, esquivando cuerpos, nos abre paso hasta la barra. Y ahí pasa algo. Algo que llevaba demasiado tiempo dormido.
Había olvidado lo que era que alguien te mirase así, y que encima sea un chaval con ese descaro… me hace hasta gracia.
Soy atractiva, a fin de cuentas. Una realidad que acabo de redescubrir, gracias a mi vecino del tercero.
—¡Oh Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Raquel! ¿Qué ha sido eso? ―Grita Lourdes en cuanto nos quedamos a solas, mientras Arnau pide las bebidas.
—¿Has visto el repaso que te ha metido?
—Más bien, como te ha echado un buen polvo con la mirada.
—¡Ala! ¡Qué brutas!
—¿Acaso es mentira?
—¡Madre del amor hermoso! ¡Yo quiero un vecino así!
Harta de tanta tontería, decido zanjar el tema antes de que nos escuche.
—Es solo un vecino siendo simpático. ¡No exageréis! ¿O ahora no se puede hablar con alguien conocido?
—Nena, si mi vecino del tercero me mira así, le pongo una orden de alejamiento. ¡Te lo aseguro! ―remata Lourdes.
Nos reímos, pero Pamela no suelta.
—¿Y el toqueteo por aquí, toqueteo por allá? ¿Son costumbres del vecindario? ¡Venga ya! A ese le gustas.
—¡Lánzate, boba!
—¡Parad ya, copón! Os va a oír. Además, podría ser su madre. ¿Cuántos tendrá? ¿Veintidós? ¿Veinticinco? Demasiado joven. No, gracias.
—Aquí tenéis, chicas, invita la casa.
Arnau vuelve con los chupitos. Nos reímos como colegialas y brindamos con él, agradeciendo la invitación. Estoy a punto de beber, cuando me detiene.
—¿De verdad no sabéis cómo se toma el tequila? ¡No me lo creo!
Pamela, que está en todo lo alto de la noche, me reta con la mirada y sonríe con malicia.
—Cariño… a nuestra edad, el tequila solo se toma por dos razones. Y ninguna es por gusto.
—¡Amén hermana! —contesta la otra, brindando y riendo efusivamente, mientras yo quiero desintegrarme. Esto no es correcto. Se nos está yendo de las manos.
Arnau clava los ojos en mí, ignorando todo lo demás y, llamadme tonta, pero siento un cosquilleo que hace siglos no sentía. ¡Puñetero alcohol!
—Mirad y aprended del maestro. Primero, la sal.
Coge mi mano, la acerca, la besa y después humedece la piel con la lengua. Yo, que ya estoy taquicárdica perdida y al rojo vivo, comienzo a retorcerme, mientras mis amigas se parten de la risa al verme así.
¡Yo las mato! Ningún juez me condenaría.
—Pues si así empieza, ¡cómo será el limón! —grita entre carcajadas Pamela, a punto de caerse de espaldas del taburete.
—Con calma; ahora, tienes que lamer la sal.
¡Madre mía! Obedezco, sin apartar la atención de él y porque sí. Porque no estoy pensando con claridad. Porque su expresión de “tengo un master en este tema” no ayuda en absoluto.
Mi corazón va a mil.
Me acerca el chupito a los labios y, sin apartar los ojos de los míos, lo vierte despacio. El tequila quema mi garganta, pero no me importa.
Alrededor de mí, las luces siguen parpadeando, pero ya no me afectan igual. Todo se vuelve más difuso, como si el mundo entero se hubiera apartado un poco para dejarnos espacio. El calor aprieta, la gente baila y ríe, pero queda en un segundo plano. Solo siento el latido de mi corazón retumbando en los oídos y el olor a tequila y limón cuando retira el vaso con esa sonrisa suya.
El espacio entre nosotros se acorta y me doy cuenta de algo, por primera vez en mucho tiempo, mi cabeza no está en Pablo.
Se coloca la rodaja en los labios y se acerca unos milímetros a mí, invitándome a seguirlo. No dice nada, no hace falta. Me está retando a decidir si seguirle el juego o no, con esa mirada penetrante, que parece saber con antelación la respuesta.
¡No me atrevo! ¡No me atrevo! ¡Venga, Raquel, que es una noche! Estoy celebrando mi soltería. No es nada serio, no está mal permitírmelo. Al final, me lanzo. Sujeto su rostro con ambas manos y atrapo el limón que tiene prisionero, rozándonos.
¡No me lo puedo creer! ¡Esto es una locura! La acidez me hace fruncir el gesto y mis amigas estallan, chocando los cinco conmigo como si acabara de ganar una competición olímpica.
—Y así es como se toma el tequila —digo, con el corazón desbocado.
Mis amigas se dan aire con la mano de forma teatral y yo levanto los brazos como si fuera una campeona, hasta que el móvil vibra en mi bolsillo.
¡Oh, Dios! Estoy más desfasada que un Nokia 3310.
La culpa por dejar a mi hijo no se me quita, no se atenúa y mucho menos se razona. Solo está ahí, doliendo bajo las costillas como si alguien me hubiera cosido una piedra al estómago.
Nos encontramos en la cola de un pub de moda, se llama “43” y no, aquí no hay adultos… bueno, sí, pero no. Todas las criaturas que esperan para entrar parecen salidas de Instagram o de una pasarela de Victoria’s Secret edición Zeta: piernas eternas, pestañas de escándalo y confianza desbordada.
Yo, en cambio, parezco su profesora de Literatura recién divorciada y al borde del colapso, intentando no romperme un tobillo con unos tacones que amenazan con asesinarme a cada paso. Mi pie derecho ya empieza a declararse en huelga, pero no hay vuelta atrás. Lo único con lo que fantaseo ahora mismo es con mis zapatillas de felpa, mi sofá y una cerveza bien fría, mientras devoro una bolsa de Cheetos escondida en el último cajón y veo cualquier telenovela con ojos de pescado muerto. Un plan bastante más atractivo que este, si me preguntan.
La cola avanza a ritmo agónico. Delante de nosotras, un grupo de chicas se saca fotos poniendo morritos mientras hablan, a voces, de lo *buenorros* que están unos chicos recién llegados. Las miro, luego miro a mis amigas y, por último, me observo a mí misma como si fuéramos de especies distintas. Sin Lourdes y Pamela, probablemente estaría en casa, en la cama, rodeada de clínex usados, comiendo helado sin control y hundida en una depresión de campeonato. Ahora que lo pienso… tampoco suena tan mal.
Lourdes y Pamela ya han pasado los cuarenta, pero conservan la energía de dos veinteañeras con una capacidad sobrenatural para entusiasmarse. Se ven tan felices, tan ilusionadas, que casi me da vergüenza admitir lo agotada que me siento, arrastrándome por las esquinas en modo supervivencia. Hace seis meses que me estoy adaptando a una nueva vida: a estar soltera, a no despertar junto a Pablo, a vivir otra vez en casa de mis padres como si hubiera retrocedido diez casillas en la partida de mi propia existencia. Hace dos meses cumplí treinta y siete. Seis meses sin el innombrable, que se largó con otra mujer seis años más joven que yo. Bravo, Pablo. Qué poco original.
—¡Raquel! ¿Qué pasa? Tienes otra vez esa cara de vinagre. ¿Has escuchado algo de lo que hemos dicho?
Las dos me observan con esa expresión de quien sabe perfectamente lo que pasa, aunque no lo verbalice. Mi silencio es bastante revelador, sigo en modo alma en pena, solo que ahora lo llevo con algo más de dignidad y menos dramatismo público, como si fuese una almorrana.
Me tienta decirles que pienso en Pablo, que estamos esperando para entrar en un pub lleno de veinteañeros y que, para colmo, hasta el nombre del local coincide con su edad, como si el universo quisiera vacilarme. Pero paso. Me limito a sacar del bolsillo la invitación que un chico nos ha dado por la calle, prometiendo “la mejor noche de nuestras vidas” por quince euros y una consumición.
—¡Ya nos toca! ¿Lleváis la entrada y el *flayer*? —pregunta Lou, llena de emoción, dando pequeños saltitos, como una niña con zapatos nuevos.
—La llevaba hace un momento… ¡No la encuentro! —Pam, se pone nerviosa, mientras revuelve el bolso, pasando de la euforia a la preocupación en cuestión de segundos.
Y así, de manera totalmente predecible, empieza la discusión.
—Siempre igual. Pues paga otros quince euros y listo.
—¡Sí, claro! ¿Te piensas que soy el Banco de España o qué?
—¡Mira, que son quince euros, no ciento cincuenta!
A estas alturas ya somos oficialmente el entretenimiento de la fila. Guardo el móvil en el bolso y las fulmino con la mirada.
—¡Vale ya! Hemos venido a que me animéis, no a montar un show. ¿Podemos dejar de ser el centro de atención? Gracias.
—Tienes razón… —Lourdes suspira al instante—. Es que desde que le han cambiado el turno en el hospital, Manolín está más raro que un piojo fosforito y me tiene de los nervios…
No hace falta que diga el resto. Lo conozco de sobra. Tiene miedo de que su marido termine convirtiéndose en otro Pablo y esa idea la está consumiendo por dentro. Le lanzo una mirada de advertencia a Pamela, rezando para que no suelte ninguna de sus perlas por esa boquita de piñón que se gasta.
—Venga, boba, ¡que no es nada! Seguro que está haciéndose al nuevo horario y a los nuevos compañeros.
—Y compañeras… —añade.
Fantástico.
Lourdes pone cara de funeral y yo estoy a un segundo de estrangular a Pamela con mis propias manos. ¡De verdad! ¡Qué poco tacto tiene esta mujer, a veces!
—¿Qué he dicho? —se encoge de hombros, sin entender nada—. ¿Me diréis que no tiene compañeras? Lou, cielo, que Manolín te quiere con locura, si se le cae la baba y lo que no es la baba cada vez que te mira.
La fila empieza a avanzar y, por suerte, el drama cambia de foco.
—¿Encuentras la entrada?
—Nop.
Pamela sigue sacando del bolso tampax, caramelos, envoltorios vacíos y probablemente restos arqueológicos del paleolítico. El típico bolso de madre que sirve como universo paralelo.
—Pero… vamos a ver, ¿cómo lo has podido perder si nos lo acaban de dar? Ahí tiene que estar. Busca bien.
—Que no, cansina, que no está. Que te digo que ya he mirado veintiocho millones de veces.
Como decía… las quiero con toda mi alma, pero es evidente que ya no estamos para estas aventuras. Lourdes tiene tres hijos y una vida construida junto a Manolín desde tiempos inmemoriales. Pamela, divorciada y madre de dos niñas, parece haber encontrado estabilidad con Miguelón, un bombero con más músculos que paciencia y un corazón enorme. Entre ambos llevan meses intentando encasquetarme citas a ciegas con compañeros del hospital y del parque de bomberos, como si mi vida sentimental fuera un proyecto benéfico.
Pero no puedo.
Es demasiado pronto.
Lo sé, lo sé… es una estupidez guardar un solo minuto de luto por ese capullo traidor, pero no fue solo un hombre más. Fue mi marido. El padre de mi hijo. La persona con la que construí una vida que ahora parece desmoronada, en piezas sin sentido. Y lo peor es que aún debo verle cada vez que viene a recoger a Álex. Tal vez, y solo tal vez, todavía quede en mí la absurda esperanza de que recapacite y vuelva. Sí, lo sé. Soy idiota.
Vuelvo a la realidad, intentando apartar el último pensamiento que lacera mi estado de ánimo y deja las brasas de un “quiero y no puede ser”. Sólo consigo hacerme daño, creyendo que, algún día, abrirá los ojos y se dará cuenta de la equivocación que cometió.
—¿Por qué no nos vamos a casa? La canguro se va a las doce.
La excusa suena tan pobre como realmente es.
—Claro, Cenicienta —dice Lourdes—. A otro perro con ese hueso.
—Llama y dile que no vuelves en toda la noche —añade Pamela.
—¿Y si Álex se despierta y no me ve?
Ahí está el verdadero problema. Desde que Pablo se fue, mi hijo tiene pesadillas. Se despierta llorando, convencido de que yo también voy a marcharme. Y eso hace que estar aquí, esta noche, me pese el doble.
Lo peor es cuando pregunta por su padre y tengo que explicarle lo mucho que significa para ambos, aun así, es mejor de esta manera. Papá y mamá siempre estaremos ahí para él. Es un agobio, la verdad. Yo no estoy hecha para estar soltera y mi niño, con su corta edad, parece entender la situación mejor que yo cuando hablamos de ello.
El armario empotrado que vigila la puerta nos observa divertido, como si estuviera preguntándose exactamente lo mismo que yo: qué demonios hacen tres señoras intentando entrar aquí. Mis amigas, por supuesto, reaccionan como adolescentes desatadas soltando burradas al estilo: “Bombón, yo por ti rompo la dieta” o “quien fuera escultora, para tener este monumento entre las manos”.
Podría morir —literalmente— de vergüenza ajena en este preciso instante. El grandullón se ríe, nos abre la puerta y nos desea buena noche.
El calor asfixiante de la calle desaparece en cuanto cruzamos el umbral. La luz de neón verde y roja parpadea como si sufriera un ataque epiléptico, mientras la multitud se mueve al ritmo de la música techno, una vibración casi palpable en el ambiente nos empuja a adentrarnos. Es como si todo el mundo estuviera perdido en su propio mundo, flotando al ritmo de un beat imparable. Y entonces recuerdo las palabras del chico que prometía “la mejor noche de nuestras vidas”.
¡Y una mierda!
Dios mío, cómo echo de menos el plan pijama, peli y manta con helado. Quizá, habría elegido *El Diario de Noah;* no hay nada mejor que llorar a gusto y con motivo, para flagelarme yo solita. ¿Qué le voy a hacer si me gusta regocijarme en mi propio dolor y el “podría haber sido, pero no fue… ni será”?
—¿Qué queréis tomar? — grita Lourdes a pleno pulmón, como si estuviéramos en mitad de un campo de batalla, mientras alza los brazos y los agita para señalar dónde está la barra.
—¡Un tequila! —responde Pamela —o eso creo—, agitando también los brazos, para que el barman se acerque. Nos hemos convertido oficialmente en “*señoras que*”.
—¡Yo quiero una Coca-Cola! —Ambas arrugan el ceño, preguntándose por qué no quiero ponerme como una cuba.
—Venga ya… ¡Otro tequila! Tía, no es un cumpleaños infantil—. La opción de no beber sigue rondando mi cabeza, pero mi cuerpo ya está cediendo a la presión de sus miradas.
Al final, me rindo al tequila, como si fuera una respuesta sencilla a un problema complicado y porque, diga lo que diga, van a hacer lo que les salga del *chirri.*
Pamela se ríe, moviendo la mano delante de mi cara, completamente en su salsa. Lourdes, por su parte, pelea con el volumen de la música, gesticulando como si estuviéramos en primera fila de un concierto. Y yo me quedo a medio camino entre las ganas de desaparecer y la necesidad de dejarme llevar.
Así, entre chupitos de tequila, gin-tonics y gritos para entendernos, nos acercamos a las doce… y a la pista de baile.
—¡Voy a llamar a casa!
Dudo que me hayan escuchado. El lugar está hasta los topes; hasta los topes de jóvenes ebrios, que no dejan de bailar por todas partes, así que, tardo toda una vida en salir del estruendo.
—Hola Clara, ¿qué tal va la noche? ¿Se ha despertado?
—Todo perfecto, Álex lleva dormido cuatro horas seguidas. Después de cinco cuentos de dinosaurios…
—¿Podrías quedarte un par de horas más? Si te parece bien… Puedo irme ahora si no…
—No hay problema, lo que necesites.
—Gracias, estaré atenta al móvil. Con lo que sea llámame y estaré allí en veinte minutos.
Vuelvo a entrar, intentando obviar todo lo que me rodea y más tranquila, sabiendo que todo está en orden.
La primera media hora pasa sin incidencias, quitando algún empujón.
Consciente del nivel de alcohol en sangre que llevamos las tres, decidimos alejarnos de la barra a mover el esqueleto, importándonos un pimiento lo que los demás piensen de nosotras. Porque, está claro: no encajamos.
Por fin, el techno nos da tregua y empieza a sonar la canción del momento, (esa que la radio se ha encargado de grabarnos en el cerebro a base de repetirla en bucle). Me animo y saco a mis amigas a bailar al centro de la pista.
¡Alegría, que la noche es joven… y nosotras también, aunque el DNI diga lo contrario!
Siempre me gustó bailar; lo hacía a todas horas, pero mi ex lo odiaba. Poco a poco, dejé de hacerlo y, jamás me había importado… hasta este momento. Ahora, no hay nadie que me reproche nada, ni que me mire con vergüenza ajena.
Estamos dándolo todo, haciéndonos hueco a base de movimientos anticuados, que nos hacen reír y olvidar los problemas del día a día. Bebemos, saltamos, nos movemos como locas, como si hubiéramos estado mucho tiempo aletargadas y, por fin, despertáramos. Todo fluye… hasta que noto una mano aferrándose a mi cintura.
Estoy borracha. Muy borracha. Y desinhibida. Me dejo llevar. El alcohol ayuda, sí, aunque no es solo eso. Es la sensación de estar, finalmente, haciendo algo para mí, sin la carga constante de las responsabilidades. Siento que la noche se vuelve nuestra, tanto, que hasta me parece bien cuando el resto del cuerpo que pertenece a esa mano, que se aferra a mi cadera, se pega a mi espalda, siguiéndome el ritmo.
Me giro con esa sonrisa fácil de cuando todo te da igual —de borracha total, vaya— y entonces lo veo.
Y se me pasa todo.
Un niñato con pintas de pandillero.
¡Por Dios! Es… joven, demasiado joven y ahí es cuando todo cobra sentido, en este lugar, nosotras somos las que no encajamos.
La sorpresa se mezcla con la incomodidad. ¿Qué hago ahora? Me siento casi ridícula, como si hubiera cometido un error, y, al mismo tiempo, también una extraña libertad empieza a asentarse en mi pecho. No me importa tanto.
Me sonríe y dice algo en mi oído que no alcanzo a comprender. Tiene unos bonitos ojos azules y está cubierto de tatuajes. Al menos las zonas de piel descubiertas. Me imagino la cara que se me ha quedado de pasmarote al verlo, cuando soy consciente de que señala en dirección a la zona más tranquila, pero yo quiero bailar, olvidar y pasarlo bien por primera vez en mucho tiempo. Cero calma.
Le devuelvo la sonrisa y, arrastrando las palabras como si fueran de plomo, le presento a mis amigas.
—Tú… tú eres la del primero B, ¿no? —Le miro, le miro, le miro y, por fin caigo; es mi vecino. Por un lado, se me rompe un poquito el corazón alcoholizado, y me empiezo a reír de mí misma y mis locos pensamientos. Le conozco de vista; coincidimos a menudo cuando llevo a Álex al cole. Me relajo, sonrío como la adulta funcional que soy y se lo explico a mis amigas, que también parecen un poquito decepcionadas.
—Sí, la misma que viste y calza, soy Raquel, o la vecina del primero B. Perdona, es que… no tengo ni idea de en qué piso vives tú—. Voy a darle dos besos, soy de la generación Millennial, ¿qué le vamos a hacer?
—Vas fuerte, Raquel.
Se le escapa la sonrisa por los ojos, y por un segundo brillan con algo más que simple diversión.
¡Vaya con el niño! ¡Pues estamos buenos! Intento explicarme, no quiero que me malinterprete, sin embargo, se ríe. Está vacilándome. A ver, seamos sinceras, tiene toda la pinta de ser el típico rompecorazones que coquetea con todo lo que se mueve y va coleccionando historias sin despeinarse. Y yo he dado ya demasiadas vueltas al sol como para dejarme engatusar. Ya no estoy para colecciones.
Definitivamente, el alcohol no me está ayudando a pensar con claridad.
—¡No, no! Me refiero a que tú sabes donde vivo, y yo no sé cuál es tu piso.
Maravilloso. Conversación absurda nivel experto.
Sea como sea, quiero quitármelo de encima, sin llegar a ser antipática. Me acabo de mudar, prácticamente, y no quiero empezar haciendo enemigos en el portal.
—Soy el tres A. Arnau, encantado.
Le tiendo la mano y él, en lugar de estrechármela, me da dos besos. El segundo roza demasiado cerca de la comisura de mis labios y dura un instante más de lo necesario. Su mano, además, se queda en la parte baja de mi espalda.
Todo un galán de barrio.
Me aparto con una sonrisa que no termino de controlar.
—¿Qué vais a tomar?
—¡¡Tequilaaaa!! —grita Pam, con esa mirada traviesa de “atacas o ataco yo”.
—¿Más tequila? No sé cómo puedes —Lou tuerce el gesto—. Yo ya me planto. Refresco.
—¡Los chupitos son lo mejor de la noche, nena! ¡No lo niegues! —Pam ríe, terminando con su copa—. ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Por qué esas miradas? Uno más y luego agüita fresca. Lo prometo.
Ellas debaten sobre alcohol y resacas, pero yo he dejado de escucharlas. Arnau ha captado toda mi atención.
—¿Y primero B? ¿Qué va a tomar?
¡Joder con el yogurín! Esa mirada podría derretir un glaciar. Y si encima te lo dice al oído… ¡Apaga y vámonos!
—Agua—. Respondo con la garganta seca.
—¿Estás segura de que no quieres otra copa?
—¿Agua? ¡A mi amiga… tequila doble y un yogurín que la cure los males!
Fulmino a Pamela con la mirada; tengo ganas de matarla. En cuanto estemos solas, voy a hacerlo. Me ignora y nos arrastra hasta la barra feliz y orgullosa de su capacidad para soltar lo primero que se le pasa por la cabeza sin filtro alguno.
—Pues tequila doble para primero B —repite él con voz de locutor, provocándome una carcajada al instante. ¡Voy fina yo!
Me repasa de arriba abajo, me coge de la mano y, esquivando cuerpos, nos abre paso hasta la barra. Y ahí pasa algo. Algo que llevaba demasiado tiempo dormido.
Había olvidado lo que era que alguien te mirase así, y que encima sea un chaval con ese descaro… me hace hasta gracia.
Soy atractiva, a fin de cuentas. Una realidad que acabo de redescubrir, gracias a mi vecino del tercero.
—¡Oh Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Raquel! ¿Qué ha sido eso? ―Grita Lourdes en cuanto nos quedamos a solas, mientras Arnau pide las bebidas.
—¿Has visto el repaso que te ha metido?
—Más bien, como te ha echado un buen polvo con la mirada.
—¡Ala! ¡Qué brutas!
—¿Acaso es mentira?
—¡Madre del amor hermoso! ¡Yo quiero un vecino así!
Harta de tanta tontería, decido zanjar el tema antes de que nos escuche.
—Es solo un vecino siendo simpático. ¡No exageréis! ¿O ahora no se puede hablar con alguien conocido?
—Nena, si mi vecino del tercero me mira así, le pongo una orden de alejamiento. ¡Te lo aseguro! ―remata Lourdes.
Nos reímos, pero Pamela no suelta.
—¿Y el toqueteo por aquí, toqueteo por allá? ¿Son costumbres del vecindario? ¡Venga ya! A ese le gustas.
—¡Lánzate, boba!
—¡Parad ya, copón! Os va a oír. Además, podría ser su madre. ¿Cuántos tendrá? ¿Veintidós? ¿Veinticinco? Demasiado joven. No, gracias.
—Aquí tenéis, chicas, invita la casa.
Arnau vuelve con los chupitos. Nos reímos como colegialas y brindamos con él, agradeciendo la invitación. Estoy a punto de beber, cuando me detiene.
—¿De verdad no sabéis cómo se toma el tequila? ¡No me lo creo!
Pamela, que está en todo lo alto de la noche, me reta con la mirada y sonríe con malicia.
—Cariño… a nuestra edad, el tequila solo se toma por dos razones. Y ninguna es por gusto.
—¡Amén hermana! —contesta la otra, brindando y riendo efusivamente, mientras yo quiero desintegrarme. Esto no es correcto. Se nos está yendo de las manos.
Arnau clava los ojos en mí, ignorando todo lo demás y, llamadme tonta, pero siento un cosquilleo que hace siglos no sentía. ¡Puñetero alcohol!
—Mirad y aprended del maestro. Primero, la sal.
Coge mi mano, la acerca, la besa y después humedece la piel con la lengua. Yo, que ya estoy taquicárdica perdida y al rojo vivo, comienzo a retorcerme, mientras mis amigas se parten de la risa al verme así.
¡Yo las mato! Ningún juez me condenaría.
—Pues si así empieza, ¡cómo será el limón! —grita entre carcajadas Pamela, a punto de caerse de espaldas del taburete.
—Con calma; ahora, tienes que lamer la sal.
¡Madre mía! Obedezco, sin apartar la atención de él y porque sí. Porque no estoy pensando con claridad. Porque su expresión de “tengo un master en este tema” no ayuda en absoluto.
Mi corazón va a mil.
Me acerca el chupito a los labios y, sin apartar los ojos de los míos, lo vierte despacio. El tequila quema mi garganta, pero no me importa.
Alrededor de mí, las luces siguen parpadeando, pero ya no me afectan igual. Todo se vuelve más difuso, como si el mundo entero se hubiera apartado un poco para dejarnos espacio. El calor aprieta, la gente baila y ríe, pero queda en un segundo plano. Solo siento el latido de mi corazón retumbando en los oídos y el olor a tequila y limón cuando retira el vaso con esa sonrisa suya.
El espacio entre nosotros se acorta y me doy cuenta de algo, por primera vez en mucho tiempo, mi cabeza no está en Pablo.
Se coloca la rodaja en los labios y se acerca unos milímetros a mí, invitándome a seguirlo. No dice nada, no hace falta. Me está retando a decidir si seguirle el juego o no, con esa mirada penetrante, que parece saber con antelación la respuesta.
¡No me atrevo! ¡No me atrevo! ¡Venga, Raquel, que es una noche! Estoy celebrando mi soltería. No es nada serio, no está mal permitírmelo. Al final, me lanzo. Sujeto su rostro con ambas manos y atrapo el limón que tiene prisionero, rozándonos.
¡No me lo puedo creer! ¡Esto es una locura! La acidez me hace fruncir el gesto y mis amigas estallan, chocando los cinco conmigo como si acabara de ganar una competición olímpica.
—Y así es como se toma el tequila —digo, con el corazón desbocado.
Mis amigas se dan aire con la mano de forma teatral y yo levanto los brazos como si fuera una campeona, hasta que el móvil vibra en mi bolsillo.