Todos los días desde que me siguió
> ## ***\~ Cuento.***
Todos los días terminaba, a veces días de por medio, a veces sólo tres veces por semana, o una, no lo recuerdo, pero lo hacía. Y aunque se impregnaba de naturaleza, observaba los árboles, sentía el calor entonar con las brisas de abril y jugaba como nunca; pero su soledad lo dejaba desvalido y anegado; se culpaba una y otra vez, prometía no volver, sin embargo, siempre terminaba retornando, como niño pequeño que busca a su mamá desesperadamente.
Lo conocí un tres de marzo, hace más de ocho años, cuando lo encontré tirando de la palangana del sube y baja del parque, balanceándola de un lado a otro, aburrido y acompañado apenas por unos pocos. Me sorprendí al ver una persona tan razonable y a la vez tan divertida, claro, no era común, y no es que desperdiciara mi tiempo hablando con personas que poco transmitían tanta vibra como él. Sin embargo, guardaba consigo algo que sólo sabía él y que hasta este preciso momento ha sido como una manifestación que jamás pude terminar de comprender.
Un día, saliendo de su morada al terminar de hacer los deberes, me lo confesó. En ese momento me lo tomé como algo que no debía darle profundidad, pero, ahora que lo veo con otros ojos después de todo lo pasado, me han entrado los nervios y se me ha disparado la presión del mero hecho de recordarlo. «¿Qué harías si un día, por la razón que fuera, te encontraras con que jamás fuiste real?» — lo dijo así, suelto, con una seriedad de muerte, pero a la vez rara y banal. En el instante no pude entenderlo del todo, era muy niño para llegar a comprenderlo. Me asombraba su claridad a pesar de todo.
Al día siguiente me invitó a pasar la tarde en su casa. Sus padres no estaban, no recuerdo por qué. Hasta ese momento llevábamos desde noviembre sin ningún tipo de contacto por las vacaciones, y fue como una revelación tener que verlo otra vez para observar de nuevo en qué estado se encontraba: había adelgazado tanto que daba la impresión de verlo a punto de sucumbir ante la anorexia, si no fuese por la ropa ancha y estirada que lo escondía; su cara había recobrado una felicidad aparente, a pesar de haber madurado en exceso.
Mientras subíamos las escaleras hasta el quinto piso donde residía en aquella época, mi mente dispersa me hacía verlo como un animal extraño que serpenteaba de un lado a otro, y se tambaleaba como si la debilidad de su cuerpo lo hubiese encantado. Al abrir la puerta, pude distinguir, al fondo de la salita, a una señora gorda, gigante, con unos brazos y piernas totalmente desproporcionadas, y una cabeza tan pequeña que parecía el rostro enrojecido de una hormiga, haciendo el mayor de sus esfuerzos para levantar sus diminutas nalgas del sillón.
— Váyanse para el cuarto. Tú, Caín, después hablamos — soltó de pronto cuando caminaba para irse del lugar, como ignorando por completo mi presencia e invitándome a sentir miedo. Después, desapareció de la estancia y quedamos los dos en el corredor.
— ¿Y quién es ella? — inquirí inquieto.
— Es mi tía, la hermana de mi padre. Ha sido como un ángel de la guarda — respondió Caín, mi amigo, con una resonancia impía que simulaba agradecimiento.
Me callé. No desobedecimos. Entramos directamente a su cuartucho. Ya en el margen de la habitación, nos detuvimos; exhalaba un aroma a alquitrán desprendiéndose de algún lugar. Se percibía también el chirrido incesante de una grabadora con danzas viejas. Y sólo cuando terminé de entrar, sólo en ese momento, comprendí el sopor deliberante de su placidez.
No era más grande que la sala, pero era muy estrecha y la pared se cruzaba por entre las ventanas de afuera como si estuvieran mal puestas. Había una cama, un colchón de espuma tirado sobre los armazones de un bajo catre, y encima de él, una cantidad ridícula de colillas de cigarrillos y toallas desperdigadas por doquier. A un lado, una cómoda de hierro, de las antiguas, con bolsas plásticas vacías y la grabadora digital mal sintonizada, reluciente y aparentemente nueva. En el techo, pálido, había un gran ventilador girando en absoluto silencio, mientras que en el piso, erosionado por la tierra y el polvo que entraba con los vientos de afuera, había una pequeña iguana con un lazo rojo en su pescuezo dando vueltas por toda la habitación.
Me quedé paralizado, sin saber qué hacer. Me volví hacia él después de observarlo todo con contenida expectación. Sentí la sangre escalonar por todo mi cuerpo a causa de la peste del ambiente. Claro, no entendía muchas cosas, pero, dentro de lo que podría esperar a partir de lo que conocía, sabía que su situación no era la de un niño de once años, pero tampoco la de un adulto de cuarenta.
— Y ¿aquí duermes? — le pregunté después de unos minutos.
— Sí. ¿Crees que esto esté bien? — dijo dirigiéndose a mí, mientras parecía que su expresión se tornaba un aire de gravedad sin precedentes.
No logré contenerlo. Estallé, salí volando de ahí. Golpeé la puerta y salí del aposento. Me centré en la reja, iba a salir. En el apogeo de mi huida, cuando la perdí de vista, me encontré con esa señora, más bien bestia, otra vez.
Me retuvo frente a ella. Me miró con un aire de imposición, como si quisiera gritarme, pero callaba en todo momento. Tuve tanto miedo acumulado, que rompí a llorar sin hacer el más mínimo ruido o gesto que me hiciera sollozar; entonces comprendí que debía salir. La evité, me limpié el rastro de sal de las lágrimas con la yema de los dedos y atravesé el umbral sin decir nada, sin despedirme, sin ganas de volver siquiera a verlo. Caín se fue corriendo tras de mí. No logro llegar a contemplar el recuerdo en su totalidad, pero desde ese momento no dejó de seguirme.
Durante siete años, dos días y cinco horas no dejó de hacerlo, no dejó de volverse hacía mí, no dejó de escapar de su realidad. Ahora hacía parte de mí.
Y fue la noche quien se hizo cargo del letargo de nuestro encuentro, porque los días sólo sirvieron para agudizar la espera, para atravesar de un lado los años donde lo vi recaer, donde lo vi crecer.
Una madrugada, donde ya nadie entraba ni salía, una de esas noches donde mis padres y el resto de la familia simplemente retornaban al ensueño de vivir otra vez, me encontraba a oscuras, en las comodidades de mi hogar, mirando hacia afuera mientras se atravesaba uno que otro carro, uno que otro gato. Ese día llegó, como si hubiese retenido el bálsamo de mi memoria y la catarsis de mi cuerpo aquel día, la iguana de Caín, esta vez con un lazo gris amarrado en una de sus patas, evocando mi figura a través del cristal de la rendija. Quedé por completo petrificado, divisando con cierto temor, pero lleno de un alegre fulgor por observar sus ojos diáfanos mientras la luna daba de sí lo mejor en la penumbra.
Empecé a hacer girar la rosca de la ventana y la liberé de su seguridad, y apenas la abrí por la mitad, el animal salió presuroso, disparado, corriendo por toda la sala apenas iluminada, y se escondió debajo de la silla donde estaba arrimado. De pronto, apareció, centelleante, Caín en el umbral, esta vez cambiado por completo, con una gran cabellera negra y repuesto de todo mal. Sonrió levemente, levantó su rostro y miró hacia un costado de la ventana. Por un momento se tornó serio, como si detrás de mí se posara la imagen del diablo haciéndome cara hosca; en efecto, era mi abuelo Arselino, que me veía recién dormido, con los ojos entreabiertos y con la chapa sumergida en un termo con agua.
— ¡Bendito seas!, ¡pero si es ese marimbero! — vociferó de pronto, luego de mirarlo con una claridad aterrante —. ¡Jonás!, ¿dónde está Jonás? Llamen a ese desgraciado porque nos lo vamos a llevar pa’que conozca quién manda en el monte.
— Claro, estimado caudillo de la Ciénega, se lo llevaremos — le dije perspicaz, con el tono con los que entienden los más seniles cuando empiezan a balbucear y a gritar por los rescoldos de la memoria —. Puede usted tomar asiento, sólo de media vuelta al fondo mi señor, por la izquierda lo atenderán y le ofrecerán lo que quieran.
Luego se volvió, se escucharon sus pasos hasta que después resonaron los mismos golpes, los mismos gritos, hasta que sólo se percibió la voz del ronquido disiparse por toda la casa. Ahí fue cuando lo vi, después de mucho tiempo sin atreverme a buscarlo por miedo, después de tanto aguantarme y reprimirme las ganas, después del regreso de la vida a la suya propia.
Salí sin permiso. Me fui nada más que con los trapos de dormir que llevaba puestos, para no hacer el más mínimo de los ruidos y, durante toda la noche, no cavilé, no volvió el alma hacia mí, quedé impávido ante su testimonio.
Llegué antes de las seis. Pero cuando iba de regreso se me hizo muy raro ver a un tumulto de gente, muy alborotada y ensimismada en la puerta de mi casa, rodeando lo que era al parecer a alguien o algo tirado a la deriva en el piso. «Ahí está el viejo Párkinson», «ay, carajo, se nos murió el taito», «déjenlo respirar un poquito hola», parloteaban los vecinos, unos con otros, a veces en riña o simplemente a boca cerrada. Cuando pude apartar a toda la muchedumbre allí reunida, pude comprobar que se trataba de mi abuelo Arselino.
— ¡Quítense!, váyanse de aquí, chismosos del carajo — grité colmado de impaciencia. Entré rápidamente por la puerta, y al percatarme de dicha escena, vi que se interpusieron sobre mí mi padre Jonás y, sorpresivamente, la tía de Caín. Sentí el mismo temor recorriéndome las entrañas, y apenas se dispuso a salir de la sala, clavó en mí una mirada de falsa condolencia, como si de la manera menos sincera actuara solamente para preguntar por el paradero de su sobrino antes que por lo irremediable de nuestro encuentro.
— Ay amor, hasta nunca — resolvió por último esa señora, desapareciendo lentamente, cargando con todo su cuerpo, así como también su propio destino.
El día del entierro nos hallábamos reunidos en el Cementerio Viejo para celebrar la muerte del viejo Arselino; me enteré, por las lenguas más ávidas y mañosas de las gentes, que la señora Alarcón — la tía de Caín — «se había ido con todos sus motetes y se había llevado consigo, casi que a la fuerza, a su sobrino y al ratón que tenía de mascota».
Jamás volví a saber de él, no supe nada ni de su paradero hasta hoy, en el momento que escribo esto, para desahogar esta gran pena que llevo dentro, este raro y enrevesado sentimiento que me confunde y me dilata la mente.
Sólo algo quedó conmigo que volvió de la forma más misteriosa y rara que jamás pudo llegar a acontecer. Meses después, cuando llegaba del colegio mientras la sala y los cuartos se encontraban invadidos de su normalidad e inmensa soledad, de la ventana de mi cuarto apareció, como conejo asustado, la iguana de Caín, esta vez más grande y crecida, y que si no fuera porque no llevaba ningún lazo esta vez, la hubiese dejado en libertad y no la hubiese estado manteniendo durante tanto tiempo.
Sin embargo, ahora sé que sea como esté, no queda más remedio que dejar de vivir en la incertidumbre de este recuerdo, más ahora que sólo me queda estar con su atadura, con su interminable persecución, desde todos los días que han pasado desde que me siguió.
Todos los días terminaba, a veces días de por medio, a veces sólo tres veces por semana, o una, no lo recuerdo, pero lo hacía. Y aunque se impregnaba de naturaleza, observaba los árboles, sentía el calor entonar con las brisas de abril y jugaba como nunca; pero su soledad lo dejaba desvalido y anegado; se culpaba una y otra vez, prometía no volver, sin embargo, siempre terminaba retornando, como niño pequeño que busca a su mamá desesperadamente.
Lo conocí un tres de marzo, hace más de ocho años, cuando lo encontré tirando de la palangana del sube y baja del parque, balanceándola de un lado a otro, aburrido y acompañado apenas por unos pocos. Me sorprendí al ver una persona tan razonable y a la vez tan divertida, claro, no era común, y no es que desperdiciara mi tiempo hablando con personas que poco transmitían tanta vibra como él. Sin embargo, guardaba consigo algo que sólo sabía él y que hasta este preciso momento ha sido como una manifestación que jamás pude terminar de comprender.
Un día, saliendo de su morada al terminar de hacer los deberes, me lo confesó. En ese momento me lo tomé como algo que no debía darle profundidad, pero, ahora que lo veo con otros ojos después de todo lo pasado, me han entrado los nervios y se me ha disparado la presión del mero hecho de recordarlo. «¿Qué harías si un día, por la razón que fuera, te encontraras con que jamás fuiste real?» — lo dijo así, suelto, con una seriedad de muerte, pero a la vez rara y banal. En el instante no pude entenderlo del todo, era muy niño para llegar a comprenderlo. Me asombraba su claridad a pesar de todo.
Al día siguiente me invitó a pasar la tarde en su casa. Sus padres no estaban, no recuerdo por qué. Hasta ese momento llevábamos desde noviembre sin ningún tipo de contacto por las vacaciones, y fue como una revelación tener que verlo otra vez para observar de nuevo en qué estado se encontraba: había adelgazado tanto que daba la impresión de verlo a punto de sucumbir ante la anorexia, si no fuese por la ropa ancha y estirada que lo escondía; su cara había recobrado una felicidad aparente, a pesar de haber madurado en exceso.
Mientras subíamos las escaleras hasta el quinto piso donde residía en aquella época, mi mente dispersa me hacía verlo como un animal extraño que serpenteaba de un lado a otro, y se tambaleaba como si la debilidad de su cuerpo lo hubiese encantado. Al abrir la puerta, pude distinguir, al fondo de la salita, a una señora gorda, gigante, con unos brazos y piernas totalmente desproporcionadas, y una cabeza tan pequeña que parecía el rostro enrojecido de una hormiga, haciendo el mayor de sus esfuerzos para levantar sus diminutas nalgas del sillón.
— Váyanse para el cuarto. Tú, Caín, después hablamos — soltó de pronto cuando caminaba para irse del lugar, como ignorando por completo mi presencia e invitándome a sentir miedo. Después, desapareció de la estancia y quedamos los dos en el corredor.
— ¿Y quién es ella? — inquirí inquieto.
— Es mi tía, la hermana de mi padre. Ha sido como un ángel de la guarda — respondió Caín, mi amigo, con una resonancia impía que simulaba agradecimiento.
Me callé. No desobedecimos. Entramos directamente a su cuartucho. Ya en el margen de la habitación, nos detuvimos; exhalaba un aroma a alquitrán desprendiéndose de algún lugar. Se percibía también el chirrido incesante de una grabadora con danzas viejas. Y sólo cuando terminé de entrar, sólo en ese momento, comprendí el sopor deliberante de su placidez.
No era más grande que la sala, pero era muy estrecha y la pared se cruzaba por entre las ventanas de afuera como si estuvieran mal puestas. Había una cama, un colchón de espuma tirado sobre los armazones de un bajo catre, y encima de él, una cantidad ridícula de colillas de cigarrillos y toallas desperdigadas por doquier. A un lado, una cómoda de hierro, de las antiguas, con bolsas plásticas vacías y la grabadora digital mal sintonizada, reluciente y aparentemente nueva. En el techo, pálido, había un gran ventilador girando en absoluto silencio, mientras que en el piso, erosionado por la tierra y el polvo que entraba con los vientos de afuera, había una pequeña iguana con un lazo rojo en su pescuezo dando vueltas por toda la habitación.
Me quedé paralizado, sin saber qué hacer. Me volví hacia él después de observarlo todo con contenida expectación. Sentí la sangre escalonar por todo mi cuerpo a causa de la peste del ambiente. Claro, no entendía muchas cosas, pero, dentro de lo que podría esperar a partir de lo que conocía, sabía que su situación no era la de un niño de once años, pero tampoco la de un adulto de cuarenta.
— Y ¿aquí duermes? — le pregunté después de unos minutos.
— Sí. ¿Crees que esto esté bien? — dijo dirigiéndose a mí, mientras parecía que su expresión se tornaba un aire de gravedad sin precedentes.
No logré contenerlo. Estallé, salí volando de ahí. Golpeé la puerta y salí del aposento. Me centré en la reja, iba a salir. En el apogeo de mi huida, cuando la perdí de vista, me encontré con esa señora, más bien bestia, otra vez.
Me retuvo frente a ella. Me miró con un aire de imposición, como si quisiera gritarme, pero callaba en todo momento. Tuve tanto miedo acumulado, que rompí a llorar sin hacer el más mínimo ruido o gesto que me hiciera sollozar; entonces comprendí que debía salir. La evité, me limpié el rastro de sal de las lágrimas con la yema de los dedos y atravesé el umbral sin decir nada, sin despedirme, sin ganas de volver siquiera a verlo. Caín se fue corriendo tras de mí. No logro llegar a contemplar el recuerdo en su totalidad, pero desde ese momento no dejó de seguirme.
Durante siete años, dos días y cinco horas no dejó de hacerlo, no dejó de volverse hacía mí, no dejó de escapar de su realidad. Ahora hacía parte de mí.
Y fue la noche quien se hizo cargo del letargo de nuestro encuentro, porque los días sólo sirvieron para agudizar la espera, para atravesar de un lado los años donde lo vi recaer, donde lo vi crecer.
Una madrugada, donde ya nadie entraba ni salía, una de esas noches donde mis padres y el resto de la familia simplemente retornaban al ensueño de vivir otra vez, me encontraba a oscuras, en las comodidades de mi hogar, mirando hacia afuera mientras se atravesaba uno que otro carro, uno que otro gato. Ese día llegó, como si hubiese retenido el bálsamo de mi memoria y la catarsis de mi cuerpo aquel día, la iguana de Caín, esta vez con un lazo gris amarrado en una de sus patas, evocando mi figura a través del cristal de la rendija. Quedé por completo petrificado, divisando con cierto temor, pero lleno de un alegre fulgor por observar sus ojos diáfanos mientras la luna daba de sí lo mejor en la penumbra.
Empecé a hacer girar la rosca de la ventana y la liberé de su seguridad, y apenas la abrí por la mitad, el animal salió presuroso, disparado, corriendo por toda la sala apenas iluminada, y se escondió debajo de la silla donde estaba arrimado. De pronto, apareció, centelleante, Caín en el umbral, esta vez cambiado por completo, con una gran cabellera negra y repuesto de todo mal. Sonrió levemente, levantó su rostro y miró hacia un costado de la ventana. Por un momento se tornó serio, como si detrás de mí se posara la imagen del diablo haciéndome cara hosca; en efecto, era mi abuelo Arselino, que me veía recién dormido, con los ojos entreabiertos y con la chapa sumergida en un termo con agua.
— ¡Bendito seas!, ¡pero si es ese marimbero! — vociferó de pronto, luego de mirarlo con una claridad aterrante —. ¡Jonás!, ¿dónde está Jonás? Llamen a ese desgraciado porque nos lo vamos a llevar pa’que conozca quién manda en el monte.
— Claro, estimado caudillo de la Ciénega, se lo llevaremos — le dije perspicaz, con el tono con los que entienden los más seniles cuando empiezan a balbucear y a gritar por los rescoldos de la memoria —. Puede usted tomar asiento, sólo de media vuelta al fondo mi señor, por la izquierda lo atenderán y le ofrecerán lo que quieran.
Luego se volvió, se escucharon sus pasos hasta que después resonaron los mismos golpes, los mismos gritos, hasta que sólo se percibió la voz del ronquido disiparse por toda la casa. Ahí fue cuando lo vi, después de mucho tiempo sin atreverme a buscarlo por miedo, después de tanto aguantarme y reprimirme las ganas, después del regreso de la vida a la suya propia.
Salí sin permiso. Me fui nada más que con los trapos de dormir que llevaba puestos, para no hacer el más mínimo de los ruidos y, durante toda la noche, no cavilé, no volvió el alma hacia mí, quedé impávido ante su testimonio.
Llegué antes de las seis. Pero cuando iba de regreso se me hizo muy raro ver a un tumulto de gente, muy alborotada y ensimismada en la puerta de mi casa, rodeando lo que era al parecer a alguien o algo tirado a la deriva en el piso. «Ahí está el viejo Párkinson», «ay, carajo, se nos murió el taito», «déjenlo respirar un poquito hola», parloteaban los vecinos, unos con otros, a veces en riña o simplemente a boca cerrada. Cuando pude apartar a toda la muchedumbre allí reunida, pude comprobar que se trataba de mi abuelo Arselino.
— ¡Quítense!, váyanse de aquí, chismosos del carajo — grité colmado de impaciencia. Entré rápidamente por la puerta, y al percatarme de dicha escena, vi que se interpusieron sobre mí mi padre Jonás y, sorpresivamente, la tía de Caín. Sentí el mismo temor recorriéndome las entrañas, y apenas se dispuso a salir de la sala, clavó en mí una mirada de falsa condolencia, como si de la manera menos sincera actuara solamente para preguntar por el paradero de su sobrino antes que por lo irremediable de nuestro encuentro.
— Ay amor, hasta nunca — resolvió por último esa señora, desapareciendo lentamente, cargando con todo su cuerpo, así como también su propio destino.
El día del entierro nos hallábamos reunidos en el Cementerio Viejo para celebrar la muerte del viejo Arselino; me enteré, por las lenguas más ávidas y mañosas de las gentes, que la señora Alarcón — la tía de Caín — «se había ido con todos sus motetes y se había llevado consigo, casi que a la fuerza, a su sobrino y al ratón que tenía de mascota».
Jamás volví a saber de él, no supe nada ni de su paradero hasta hoy, en el momento que escribo esto, para desahogar esta gran pena que llevo dentro, este raro y enrevesado sentimiento que me confunde y me dilata la mente.
Sólo algo quedó conmigo que volvió de la forma más misteriosa y rara que jamás pudo llegar a acontecer. Meses después, cuando llegaba del colegio mientras la sala y los cuartos se encontraban invadidos de su normalidad e inmensa soledad, de la ventana de mi cuarto apareció, como conejo asustado, la iguana de Caín, esta vez más grande y crecida, y que si no fuera porque no llevaba ningún lazo esta vez, la hubiese dejado en libertad y no la hubiese estado manteniendo durante tanto tiempo.
Sin embargo, ahora sé que sea como esté, no queda más remedio que dejar de vivir en la incertidumbre de este recuerdo, más ahora que sólo me queda estar con su atadura, con su interminable persecución, desde todos los días que han pasado desde que me siguió.