El heroe Capitulo 1
Capítulo 1: El héroe del pueblo
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Nunca pensé que un arete podía cambiarlo todo.
La mañana arrancó como cualquier otra en el instituto. El pasillo olía a desinfectante barato y a ese perfume dulzón que siempre usan las chicas del grupo de Valentina. Ellas ya estaban ahí, apoyadas contra las taquillas, cuchicheando con los ojos muy abiertos. A su lado, Diego reía por lo bajo, con esa risa de superioridad que tanto le gusta y que a todos los demás les parece insoportable. Era el rey del instituto, el chico dorado. El ex de mi novia.
Me detuve un segundo antes de doblar la esquina. No me habían visto aún.
—Dicen que le arrancaron el arete de un tirón —susurró Camila, una de las populares, con ese tono de who está disfrutando demasiado la atención—. La hija del alcalde. Imaginate.
—Y el celular también desapareció —añadió la otra, Martina, abrazándose a sí misma como si tuviera frío aunque hacía calor—. La encontraron cerca del puente viejo. Mi papá es amigo de un policía y dijo que… bueno, que no fue rápido.
Diego chasqueó la lengua.
—Alguien la quería callar. Seguro sabía algo.
—O era un loco —dijo el tercer chico, Tomás, encogiéndose de hombros—. En este pueblo no pasa nada y de repente… esto.
Respiré hondo y seguí caminando. Al pasar junto a ellos, Camila me miró de reojo y bajó la voz aún más, como si yo no mereciera escuchar. No me importó. No necesitaba escuchar. Ya sabía todo lo que decían.
Al fondo del pasillo la vi. Carla. Mi novia. Estaba apoyada en el marco de la puerta del aula esperándome, con el cabello castaño recogido en una coleta alta y esa sonrisa que siempre me hacía sentir que el mundo no era tan malo como parecía. Llevábamos juntos ocho meses. Ocho meses en los que medio instituto se preguntaba cómo alguien como ella podía estar con alguien como yo. Ni yo mismo lo entendía del todo, pero ahí estaba, mirándome como si yo fuera lo único que le importaba.
—Buenos días —dije cuando llegué a su lado.
—Llegas tarde —me reprochó, pero su tono era cálido, de esos que acarician.
—Me dormí. Otra vez.
—Siempre te duermes. Algún día voy a tener que ir a despertarte yo misma.
—Mis padres no están, así que no tendrías que dar explicaciones —respondí encogiéndome de hombros.
Ella frunció el ceño apenas un segundo, pero no dijo nada. Mis padres trabajan en el exterior asi que siempre estaba solo
—Vamos, que ya va a empezar la clase.
Entramos juntos al aula. El murmullo del grupo de Valentina seguía ahí, flotando en el ambiente como el zumbido de una mosca. El asesinato de la hija del alcalde era lo único que importaba en el pueblo. Lo único de lo que todos hablaban. Y cuanto más hablaban, más tranquilo me sentía yo. Porque mientras miraran hacia otro lado, mientras señalaran a cualquiera menos a mí, todo iba bien.
La clase de historia fue un suplicio. El profesor Morales hablaba de la Revolución Francesa y yo miraba por la ventana, viendo las copas de los árboles mecerse con el viento. Carla tomaba apuntes a mi lado, concentrada, mordiendo de vez en cuando la tapa del bolígrafo. Cada tanto su rodilla rozaba la mía por debajo de la mesa. Eran esos pequeños gestos los que me anclaban a la normalidad. A lo que se suponía que debía ser.
Entonces la puerta se abrió.
Primero fue un golpe seco, de esos que no piden permiso. Luego entraron dos policías uniformados y el director, con el rostro pálido y las manos temblorosas. La clase entera enmudeció. La tiza del profesor Morales se quedó suspendida en el aire, a medio camino de escribir una fecha que nadie iba a recordar.
—Disculpen la interrupción —dijo el director, y su voz sonó demasiado aguda, demasiado frágil—. Necesitamos que Diego Salazar nos acompañe.
Todas las cabezas giraron hacia Diego.
Él estaba en la última fila, con los pies apoyados en la mochila del de adelante y el celular escondido bajo la mesa. Tardó un segundo en reaccionar. Primero alzó las cejas, luego sonrió un poco, como si aquello fuera una broma.
—¿Yo? ¿Para qué?
Los policías no respondieron. Avanzaron entre las mesas con pasos pesados, y cuando llegaron a su lado, uno de ellos apoyó una mano firme en su hombro.
—Quedas detenido. No opongas resistencia.
La sonrisa de Diego se borró de golpe.
—¿Detenido? ¿De qué están hablando? ¡Yo no hice nada!
—Hemos recibido una llamada esta mañana. Un testigo asegura haberte visto anoche con la hija del alcalde, poco antes de la hora estimada de su muerte.
Un murmullo recorrió el aula como un escalofrío colectivo. Carla me agarró la mano por debajo de la mesa. Estaba helada.
—¡Eso es mentira! —gritó Diego, levantándose tan brusco que la silla cayó hacia atrás y golpeó el suelo con un estruendo—. ¡Yo no vi a nadie anoche! ¡Estuve en mi casa!
—Registraremos tus pertenencias —dijo el segundo policía con una voz tan plana que daba miedo.
Agarraron la mochila de Diego. Él intentó resistirse, pero el agente que lo sujetaba lo mantuvo quieto. Yo observaba desde mi sitio. Quieto. Callado. Como todos los demás.
La cremallera de la mochila sonó como un disparo en el silencio. El policía metió la mano y empezó a sacar cosas. Libros, un estuche, papeles arrugados. Nada fuera de lo normal. Y entonces su mano se detuvo en el fondo.
La sacó lentamente.
Entre sus dedos brillaba algo pequeño. Dorado. Manchado de algo oscuro y seco.
Un arete.
Martina soltó un gritito ahogado. Camila se llevó las manos a la boca. Carla clavó sus uñas en mi mano sin darse cuenta.
—Esto es suficiente —murmuró el policía, metiendo el arete en una bolsa de plástico transparente—. Diego Salazar, quedas detenido por el asesinato de Lucía Herrera.
Diego empezó a forcejear. Gritaba, maldecía, juraba que era inocente. Que alguien le estaba tendiendo una trampa. Que él jamás le haría daño a nadie. Sus ojos recorrían el aula buscando algo, a alguien, y en un momento se detuvieron en Carla. En mi novia. Su ex.
—¡Carla! ¡Carla, sabes que yo no soy así! ¡Diles algo!
Ella no dijo nada. Apartó la mirada y escondió la cara contra mi hombro. Yo le pasé un brazo por los hombros y la atraje hacia mí. Podía sentirla temblar.
Los policías se llevaron a Diego entre forcejeos y alaridos. El eco de sus protestas se fue apagando a medida que lo arrastraban por el pasillo, hasta que solo quedó el silencio. Un silencio espeso y cargado que nadie se atrevía a romper.
El profesor Morales carraspeó.
—Bueno… chicos… intentemos… —balbuceó, pero no supo cómo terminar la frase.
La clase había terminado aunque el reloj dijera lo contrario.
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El resto del día pasó envuelto en una neblina. Nadie hablaba de otra cosa. Para la hora del almuerzo ya todo el pueblo sabía que Diego Salazar era el principal sospechoso. Los grupos de WhatsApp echaban humo. Las madres llamaban a sus hijos para preguntar si estaban bien. Las teorías se multiplicaban como conejos.
Cuando sonó el timbre de salida, acompañé a Carla a su casa. Caminamos en silencio, con las manos entrelazadas y los pasos sincronizados. No necesitábamos hablar. Su cabeza se apoyaba de vez en cuando en mi brazo, y eso bastaba.
—No puedo creerlo —dijo por fin cuando llegamos a la puerta de su casa—. O sea… Diego era… es un imbécil, pero nunca pensé que pudiera…
—La gente esconde muchas cosas —respondí con suavidad—. Tú solo intenta no pensar en eso ahora. Yo me quedo aquí contigo.
—Tus padres…
—Están de viaje, ya lo sabes. Trabajo en el exterior. No hay problema.
Ella asintió, agradecida. Entramos y nos sentamos en el sillón del salón. Carla encendió la tele más por ruido de fondo que por otra cosa, y el noticiero local repetía una y otra vez la misma información: Diego Salazar, de dieciocho años, detenido por el asesinato de Lucía Herrera. Una llamada anónima lo había delatado. El arete hallado en su mochila era la prueba clave.
—¿Tú qué piensas? —me preguntó Carla de repente, con los ojos clavados en la pantalla.
—No sé. La verdad es que no me esperaba que Diego fuera el asesino. Pero las pruebas están ahí.
—¿Y si no fue él?
La miré. Tenía el ceño fruncido y se mordía el labio inferior, un gesto que yo conocía bien. Era lo que hacía cuando algo le daba vueltas en la cabeza.
—¿Por qué dices eso?
—No sé. Es solo que… no me encaja. Diego es un cretino, pero nunca le haría daño a una mosca. Le tenía pánico a la sangre. Una vez se cortó con un papel y casi se desmaya —suspiró y negó con la cabeza—. Pero qué sé yo. Ya no conocemos a nadie de verdad.
—Eso es muy cierto —dije, y me permití una sonrisa pequeña que ella no vio.
Pasaron las horas. Anocheció rápido, como siempre en otoño. Las farolas del pueblo se encendieron una a una, y con ellas llegó la noticia que nadie esperaba: Diego se había escapado de la comisaría.
Lo vi en el móvil primero. Titular del periódico local. “El sospechoso del asesinato de Lucía Herrera se da a la fuga”. Carla palideció al leerlo y se abrazó a un cojín con fuerza.
—¿Y si viene aquí? —preguntó en un hilo de voz.
—¿Por qué iba a venir?
—Porque… porque yo soy su ex. Porque a lo mejor quiere pedirme ayuda. Porque está desesperado.
—Pues que no te encuentre sola —dije, poniéndome de pie—. Me voy a quedar aquí. No pienso dejarte.
Ella me miró con los ojos brillantes. En ese momento supe que me veía como su héroe. Como el chico bueno que se quedaba a su lado para protegerla.
Era hermoso, en cierto modo. Tan fácil de engañar.
No había pasado ni media hora cuando un coche patrulla aparcó frente a la casa. Dos agentes se acercaron a la puerta y Carla les abrió, envuelta en una manta fina.
—Señorita, queremos informarle que vamos a dejar una unidad vigilando la zona —dijo uno de los agentes, un hombre mayor con bigote canoso y cara de pocos amigos—. Dado que usted fue pareja del fugitivo, creemos que podría intentar contactar con usted.
—Gracias —respondió ella con un hilo de voz.
—No abran la puerta a nadie. Si ven algo sospechoso, llamen al número que les dejo aquí —añadió, entregándole una tarjeta.
Los policías volvieron a su coche y Carla cerró la puerta despacio. Se quedó un momento apoyada contra la madera, con los ojos cerrados.
—Esto es una pesadilla —murmuró.
—Se va a acabar pronto —le dije, acercándome para darle un abrazo—. Lo van a encontrar y todo volverá a la normalidad.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
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La noche se cerró por completo. Las estrellas no se veían; las nubes lo cubrían todo como una manta sucia. Carla había encendido unas velas aromáticas que olían a vainilla, y el salón estaba sumido en una penumbra cálida y acogedora. Habíamos cenado cualquier cosa, sin hambre de verdad, y ahora estábamos tumbados en el sofá, uno contra el otro, sin hablar.
Entonces lo oímos.
Un ruido. Algo rasgando la ventana del patio trasero.
Carla se incorporó de golpe, con el terror pintado en los ojos. Yo me levanté más despacio, con el ceño fruncido con mucha preocupación.
—Quédate aquí —le ordené en voz baja.
—No, por favor, no vayas…
—Quédate aquí —repetí, y esta vez mi tono no admitía réplica.
Avancé hacia la puerta del patio. Mis pies descalzos apenas hacían ruido sobre la madera del suelo. La ventana que daba al jardincito trasero estaba entreabierta, y una sombra se movía al otro lado.
Abrí la puerta.
Y ahí estaba él. Diego. Con la ropa sucia y rasgada, el pelo revuelto, los ojos enloquecidos por el miedo y la desesperación. En una mano sostenía un cuchillo de cocina que quién sabe de dónde había sacado.
—Tú… —dijo al verme, con los dientes apretados—. Apártate. Quiero hablar con Carla.
—No puedes hablar con ella —respondí con voz firme—. Eres peligroso, Diego. Tienes que entregarte.
—¡Yo no maté a nadie! —gritó, y su voz resonó en el silencio de la noche—. ¡Alguien me tendió una trampa! ¡Ese arete no estaba en mi mochila! ¡Alguien lo puso ahí!
—Las pruebas dicen otra cosa.
—¡Que te apartes!
Levantó el cuchillo. La hoja reflejó la luz amarillenta de las farolas. En ese momento escuché unos pasos apresurados detrás de mí y supe que Carla no había obedecido mi orden. Bajaba las escaleras y se asomaba a la puerta del patio. La vi con el rabillo del ojo, pálida y paralizada.
—¿Diego…? —balbuceó.
—¡Carla! ¡Tú me conoces! ¡Diles que yo no fui!
—No te acerques a ella —gruñí, interponiéndome.
Diego dio un paso al frente. Yo no me moví. Él levantó el cuchillo más alto y su cuerpo temblaba de rabia. Entonces ocurrió: se abalanzó sobre mí.
Forcejeamos. El cuchillo pasó a centímetros de mi cara. Sentí el roce del metal en la mejilla y el aliento caliente de Diego en el cuello. Él era más fuerte que yo, siempre lo había sido. Me empujó contra la pared y por un segundo estuve a su merced, pero entonces Carla gritó y corrió hacia la puerta principal, buscando a los policías. Aquello lo distrajo un instante. Un instante que yo aproveché.
Le golpeé en la espalda con todas mis fuerzas. Diego trastabilló y yo me lancé de nuevo sobre él. La pelea era un caos de brazos, piernas y resoplidos. No sé cuánto duró. Quizá segundos, quizá minutos.
Y entonces él me apuñaló.
El dolor fue seco, caliente, como un latigazo de fuego que me atravesó el costado izquierdo. El mundo se volvió borroso. Escuché a Carla gritar mi nombre desde muy lejos y vi las siluetas borrosas de los policías entrando por la puerta del patio con las armas desenfundadas.
—¡Alto! ¡Suelta el arma!
Tres disparos. Tres estampidos secos que me perforaron los tímpanos. Diego se quedó quieto un segundo, con una expresión de sorpresa infinita en el rostro, y después se desplomó. Cayó al suelo como un muñeco roto, con los ojos abiertos mirando al cielo sin estrellas.
Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue el tacto de las manos de Carla en mi cara y su voz llamándome una y otra vez, rota por el llanto.
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Desperté en el hospital.
La herida no era grave. El cuchillo no había alcanzado ningún órgano vital. Me dieron puntos, me tuvieron en observación un par de horas y me dijeron que podía irme a casa con reposo y antibióticos. Lo peor había sido el susto, según la enfermera. Y la sangre. Había mucha sangre. La mía y la de Diego.
Carla no se separó de mí en todo el tiempo. Cuando salimos del hospital ya era pasada la medianoche, y el pueblo estaba en silencio. No había periodistas, ni curiosos, ni policías. Solo el viento frío y las farolas anaranjadas.
—Te dije que no fueras —susurró Carla mientras me ayudaba a bajar del coche frente a mi casa—. Casi te mata.
—Pero no lo hizo.
—Eres un inconsciente. Un héroe inconsciente.
—Solo quería protegerte.
Ella me besó en la mejilla, suave, con cuidado de no rozar la herida que tenía en el otro lado de la cara. Luego me abrazó con fuerza, como si tuviera miedo de que desapareciera.
—Mañana te traigo el desayuno —prometió—. Descansa.
—Lo haré.
La vi alejarse por la calle vacía hasta que su coche dobló la esquina. Entonces, por fin, abrí la puerta de mi casa.
El interior estaba a oscuras y en silencio. Siempre estaba a oscuras y en silencio. Cerré con llave y me quedé un momento apoyado contra la madera, respirando despacio. El pecho me dolía. La herida del costado me palpitaba. Pero no podía evitar sonreír.
Prendí la luz del pasillo. Todo estaba en orden. Mi casa, mi refugio, mi santuario. Fui a la cocina con pasos lentos y abrí la nevera. Dentro quedaban un par de refrescos, solitarios en un estante casi vacío. Agarré uno, lo abrí con un siseo satisfactorio y me dirigí hacia la puerta que había al fondo del pasillo.
La puerta del sótano.
Bajé las escaleras despacio, disfrutando cada crujido de la madera vieja bajo mis pies. El sótano estaba frío, como siempre. Al llegar al cuarto escalón me detuve y me senté, apoyando la espalda contra la pared. Di un sorbo al refresco y suspiré.
—Papá, mamá… ¿saben cómo me fue hoy?
Mi voz resonó en la oscuridad del sótano.
—Magnífico —continué, riendo por lo bajo—. Encontraron a un asesino. Todo el pueblo está feliz. Todo el mundo respira aliviado. Las calles son seguras otra vez.
Di otro sorbo.
—Aunque… entre nosotros… no creo que él fuera el verdadero asesino.
Bajé un escalón más. La luz que entraba desde la puerta entreabierta del piso superior iluminó apenas el suelo de tierra. Allí estaban. Dos montículos, uno junto al otro. Dos tumbas improvisadas. Dos cuerpos que antes me llamaban hijo y ahora me servían de confesores silenciosos.
—Pero qué más da, ¿no? —dije, encogiéndome de hombros—. Lo importante es que el caso está cerrado. Diego en el depósito de cadáveres. La policía contenta. El alcalde podrá hacer su funeral con honores. Y vuestro hijo… vuestro querido hijo… es el héroe del pueblo.
Solté una carcajada corta y seca, y luego me quedé en silencio, saboreando la quietud. Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un objeto pequeño. La pantalla estaba rajada, pero aún funcionaba. El fondo de pantalla mostraba la foto de una chica sonriente que ya no volvería a sonreír.
El celular de Lucía Herrera.
Saqué un martillo de la caja de herramientas que guardaba en el rincón y lo dejé caer sobre la pantalla. Una vez. Dos veces. Los fragmentos saltaron por el suelo de tierra hasta que no quedó nada reconocible. Nada que pudiera delatarme.
Limpié el polvo de mis manos y volví a mirar las tumbas.
—Buenas noches, papá. Mamá.
Y apagué la luz.
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Nunca pensé que un arete podía cambiarlo todo.
La mañana arrancó como cualquier otra en el instituto. El pasillo olía a desinfectante barato y a ese perfume dulzón que siempre usan las chicas del grupo de Valentina. Ellas ya estaban ahí, apoyadas contra las taquillas, cuchicheando con los ojos muy abiertos. A su lado, Diego reía por lo bajo, con esa risa de superioridad que tanto le gusta y que a todos los demás les parece insoportable. Era el rey del instituto, el chico dorado. El ex de mi novia.
Me detuve un segundo antes de doblar la esquina. No me habían visto aún.
—Dicen que le arrancaron el arete de un tirón —susurró Camila, una de las populares, con ese tono de who está disfrutando demasiado la atención—. La hija del alcalde. Imaginate.
—Y el celular también desapareció —añadió la otra, Martina, abrazándose a sí misma como si tuviera frío aunque hacía calor—. La encontraron cerca del puente viejo. Mi papá es amigo de un policía y dijo que… bueno, que no fue rápido.
Diego chasqueó la lengua.
—Alguien la quería callar. Seguro sabía algo.
—O era un loco —dijo el tercer chico, Tomás, encogiéndose de hombros—. En este pueblo no pasa nada y de repente… esto.
Respiré hondo y seguí caminando. Al pasar junto a ellos, Camila me miró de reojo y bajó la voz aún más, como si yo no mereciera escuchar. No me importó. No necesitaba escuchar. Ya sabía todo lo que decían.
Al fondo del pasillo la vi. Carla. Mi novia. Estaba apoyada en el marco de la puerta del aula esperándome, con el cabello castaño recogido en una coleta alta y esa sonrisa que siempre me hacía sentir que el mundo no era tan malo como parecía. Llevábamos juntos ocho meses. Ocho meses en los que medio instituto se preguntaba cómo alguien como ella podía estar con alguien como yo. Ni yo mismo lo entendía del todo, pero ahí estaba, mirándome como si yo fuera lo único que le importaba.
—Buenos días —dije cuando llegué a su lado.
—Llegas tarde —me reprochó, pero su tono era cálido, de esos que acarician.
—Me dormí. Otra vez.
—Siempre te duermes. Algún día voy a tener que ir a despertarte yo misma.
—Mis padres no están, así que no tendrías que dar explicaciones —respondí encogiéndome de hombros.
Ella frunció el ceño apenas un segundo, pero no dijo nada. Mis padres trabajan en el exterior asi que siempre estaba solo
—Vamos, que ya va a empezar la clase.
Entramos juntos al aula. El murmullo del grupo de Valentina seguía ahí, flotando en el ambiente como el zumbido de una mosca. El asesinato de la hija del alcalde era lo único que importaba en el pueblo. Lo único de lo que todos hablaban. Y cuanto más hablaban, más tranquilo me sentía yo. Porque mientras miraran hacia otro lado, mientras señalaran a cualquiera menos a mí, todo iba bien.
La clase de historia fue un suplicio. El profesor Morales hablaba de la Revolución Francesa y yo miraba por la ventana, viendo las copas de los árboles mecerse con el viento. Carla tomaba apuntes a mi lado, concentrada, mordiendo de vez en cuando la tapa del bolígrafo. Cada tanto su rodilla rozaba la mía por debajo de la mesa. Eran esos pequeños gestos los que me anclaban a la normalidad. A lo que se suponía que debía ser.
Entonces la puerta se abrió.
Primero fue un golpe seco, de esos que no piden permiso. Luego entraron dos policías uniformados y el director, con el rostro pálido y las manos temblorosas. La clase entera enmudeció. La tiza del profesor Morales se quedó suspendida en el aire, a medio camino de escribir una fecha que nadie iba a recordar.
—Disculpen la interrupción —dijo el director, y su voz sonó demasiado aguda, demasiado frágil—. Necesitamos que Diego Salazar nos acompañe.
Todas las cabezas giraron hacia Diego.
Él estaba en la última fila, con los pies apoyados en la mochila del de adelante y el celular escondido bajo la mesa. Tardó un segundo en reaccionar. Primero alzó las cejas, luego sonrió un poco, como si aquello fuera una broma.
—¿Yo? ¿Para qué?
Los policías no respondieron. Avanzaron entre las mesas con pasos pesados, y cuando llegaron a su lado, uno de ellos apoyó una mano firme en su hombro.
—Quedas detenido. No opongas resistencia.
La sonrisa de Diego se borró de golpe.
—¿Detenido? ¿De qué están hablando? ¡Yo no hice nada!
—Hemos recibido una llamada esta mañana. Un testigo asegura haberte visto anoche con la hija del alcalde, poco antes de la hora estimada de su muerte.
Un murmullo recorrió el aula como un escalofrío colectivo. Carla me agarró la mano por debajo de la mesa. Estaba helada.
—¡Eso es mentira! —gritó Diego, levantándose tan brusco que la silla cayó hacia atrás y golpeó el suelo con un estruendo—. ¡Yo no vi a nadie anoche! ¡Estuve en mi casa!
—Registraremos tus pertenencias —dijo el segundo policía con una voz tan plana que daba miedo.
Agarraron la mochila de Diego. Él intentó resistirse, pero el agente que lo sujetaba lo mantuvo quieto. Yo observaba desde mi sitio. Quieto. Callado. Como todos los demás.
La cremallera de la mochila sonó como un disparo en el silencio. El policía metió la mano y empezó a sacar cosas. Libros, un estuche, papeles arrugados. Nada fuera de lo normal. Y entonces su mano se detuvo en el fondo.
La sacó lentamente.
Entre sus dedos brillaba algo pequeño. Dorado. Manchado de algo oscuro y seco.
Un arete.
Martina soltó un gritito ahogado. Camila se llevó las manos a la boca. Carla clavó sus uñas en mi mano sin darse cuenta.
—Esto es suficiente —murmuró el policía, metiendo el arete en una bolsa de plástico transparente—. Diego Salazar, quedas detenido por el asesinato de Lucía Herrera.
Diego empezó a forcejear. Gritaba, maldecía, juraba que era inocente. Que alguien le estaba tendiendo una trampa. Que él jamás le haría daño a nadie. Sus ojos recorrían el aula buscando algo, a alguien, y en un momento se detuvieron en Carla. En mi novia. Su ex.
—¡Carla! ¡Carla, sabes que yo no soy así! ¡Diles algo!
Ella no dijo nada. Apartó la mirada y escondió la cara contra mi hombro. Yo le pasé un brazo por los hombros y la atraje hacia mí. Podía sentirla temblar.
Los policías se llevaron a Diego entre forcejeos y alaridos. El eco de sus protestas se fue apagando a medida que lo arrastraban por el pasillo, hasta que solo quedó el silencio. Un silencio espeso y cargado que nadie se atrevía a romper.
El profesor Morales carraspeó.
—Bueno… chicos… intentemos… —balbuceó, pero no supo cómo terminar la frase.
La clase había terminado aunque el reloj dijera lo contrario.
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El resto del día pasó envuelto en una neblina. Nadie hablaba de otra cosa. Para la hora del almuerzo ya todo el pueblo sabía que Diego Salazar era el principal sospechoso. Los grupos de WhatsApp echaban humo. Las madres llamaban a sus hijos para preguntar si estaban bien. Las teorías se multiplicaban como conejos.
Cuando sonó el timbre de salida, acompañé a Carla a su casa. Caminamos en silencio, con las manos entrelazadas y los pasos sincronizados. No necesitábamos hablar. Su cabeza se apoyaba de vez en cuando en mi brazo, y eso bastaba.
—No puedo creerlo —dijo por fin cuando llegamos a la puerta de su casa—. O sea… Diego era… es un imbécil, pero nunca pensé que pudiera…
—La gente esconde muchas cosas —respondí con suavidad—. Tú solo intenta no pensar en eso ahora. Yo me quedo aquí contigo.
—Tus padres…
—Están de viaje, ya lo sabes. Trabajo en el exterior. No hay problema.
Ella asintió, agradecida. Entramos y nos sentamos en el sillón del salón. Carla encendió la tele más por ruido de fondo que por otra cosa, y el noticiero local repetía una y otra vez la misma información: Diego Salazar, de dieciocho años, detenido por el asesinato de Lucía Herrera. Una llamada anónima lo había delatado. El arete hallado en su mochila era la prueba clave.
—¿Tú qué piensas? —me preguntó Carla de repente, con los ojos clavados en la pantalla.
—No sé. La verdad es que no me esperaba que Diego fuera el asesino. Pero las pruebas están ahí.
—¿Y si no fue él?
La miré. Tenía el ceño fruncido y se mordía el labio inferior, un gesto que yo conocía bien. Era lo que hacía cuando algo le daba vueltas en la cabeza.
—¿Por qué dices eso?
—No sé. Es solo que… no me encaja. Diego es un cretino, pero nunca le haría daño a una mosca. Le tenía pánico a la sangre. Una vez se cortó con un papel y casi se desmaya —suspiró y negó con la cabeza—. Pero qué sé yo. Ya no conocemos a nadie de verdad.
—Eso es muy cierto —dije, y me permití una sonrisa pequeña que ella no vio.
Pasaron las horas. Anocheció rápido, como siempre en otoño. Las farolas del pueblo se encendieron una a una, y con ellas llegó la noticia que nadie esperaba: Diego se había escapado de la comisaría.
Lo vi en el móvil primero. Titular del periódico local. “El sospechoso del asesinato de Lucía Herrera se da a la fuga”. Carla palideció al leerlo y se abrazó a un cojín con fuerza.
—¿Y si viene aquí? —preguntó en un hilo de voz.
—¿Por qué iba a venir?
—Porque… porque yo soy su ex. Porque a lo mejor quiere pedirme ayuda. Porque está desesperado.
—Pues que no te encuentre sola —dije, poniéndome de pie—. Me voy a quedar aquí. No pienso dejarte.
Ella me miró con los ojos brillantes. En ese momento supe que me veía como su héroe. Como el chico bueno que se quedaba a su lado para protegerla.
Era hermoso, en cierto modo. Tan fácil de engañar.
No había pasado ni media hora cuando un coche patrulla aparcó frente a la casa. Dos agentes se acercaron a la puerta y Carla les abrió, envuelta en una manta fina.
—Señorita, queremos informarle que vamos a dejar una unidad vigilando la zona —dijo uno de los agentes, un hombre mayor con bigote canoso y cara de pocos amigos—. Dado que usted fue pareja del fugitivo, creemos que podría intentar contactar con usted.
—Gracias —respondió ella con un hilo de voz.
—No abran la puerta a nadie. Si ven algo sospechoso, llamen al número que les dejo aquí —añadió, entregándole una tarjeta.
Los policías volvieron a su coche y Carla cerró la puerta despacio. Se quedó un momento apoyada contra la madera, con los ojos cerrados.
—Esto es una pesadilla —murmuró.
—Se va a acabar pronto —le dije, acercándome para darle un abrazo—. Lo van a encontrar y todo volverá a la normalidad.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
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La noche se cerró por completo. Las estrellas no se veían; las nubes lo cubrían todo como una manta sucia. Carla había encendido unas velas aromáticas que olían a vainilla, y el salón estaba sumido en una penumbra cálida y acogedora. Habíamos cenado cualquier cosa, sin hambre de verdad, y ahora estábamos tumbados en el sofá, uno contra el otro, sin hablar.
Entonces lo oímos.
Un ruido. Algo rasgando la ventana del patio trasero.
Carla se incorporó de golpe, con el terror pintado en los ojos. Yo me levanté más despacio, con el ceño fruncido con mucha preocupación.
—Quédate aquí —le ordené en voz baja.
—No, por favor, no vayas…
—Quédate aquí —repetí, y esta vez mi tono no admitía réplica.
Avancé hacia la puerta del patio. Mis pies descalzos apenas hacían ruido sobre la madera del suelo. La ventana que daba al jardincito trasero estaba entreabierta, y una sombra se movía al otro lado.
Abrí la puerta.
Y ahí estaba él. Diego. Con la ropa sucia y rasgada, el pelo revuelto, los ojos enloquecidos por el miedo y la desesperación. En una mano sostenía un cuchillo de cocina que quién sabe de dónde había sacado.
—Tú… —dijo al verme, con los dientes apretados—. Apártate. Quiero hablar con Carla.
—No puedes hablar con ella —respondí con voz firme—. Eres peligroso, Diego. Tienes que entregarte.
—¡Yo no maté a nadie! —gritó, y su voz resonó en el silencio de la noche—. ¡Alguien me tendió una trampa! ¡Ese arete no estaba en mi mochila! ¡Alguien lo puso ahí!
—Las pruebas dicen otra cosa.
—¡Que te apartes!
Levantó el cuchillo. La hoja reflejó la luz amarillenta de las farolas. En ese momento escuché unos pasos apresurados detrás de mí y supe que Carla no había obedecido mi orden. Bajaba las escaleras y se asomaba a la puerta del patio. La vi con el rabillo del ojo, pálida y paralizada.
—¿Diego…? —balbuceó.
—¡Carla! ¡Tú me conoces! ¡Diles que yo no fui!
—No te acerques a ella —gruñí, interponiéndome.
Diego dio un paso al frente. Yo no me moví. Él levantó el cuchillo más alto y su cuerpo temblaba de rabia. Entonces ocurrió: se abalanzó sobre mí.
Forcejeamos. El cuchillo pasó a centímetros de mi cara. Sentí el roce del metal en la mejilla y el aliento caliente de Diego en el cuello. Él era más fuerte que yo, siempre lo había sido. Me empujó contra la pared y por un segundo estuve a su merced, pero entonces Carla gritó y corrió hacia la puerta principal, buscando a los policías. Aquello lo distrajo un instante. Un instante que yo aproveché.
Le golpeé en la espalda con todas mis fuerzas. Diego trastabilló y yo me lancé de nuevo sobre él. La pelea era un caos de brazos, piernas y resoplidos. No sé cuánto duró. Quizá segundos, quizá minutos.
Y entonces él me apuñaló.
El dolor fue seco, caliente, como un latigazo de fuego que me atravesó el costado izquierdo. El mundo se volvió borroso. Escuché a Carla gritar mi nombre desde muy lejos y vi las siluetas borrosas de los policías entrando por la puerta del patio con las armas desenfundadas.
—¡Alto! ¡Suelta el arma!
Tres disparos. Tres estampidos secos que me perforaron los tímpanos. Diego se quedó quieto un segundo, con una expresión de sorpresa infinita en el rostro, y después se desplomó. Cayó al suelo como un muñeco roto, con los ojos abiertos mirando al cielo sin estrellas.
Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue el tacto de las manos de Carla en mi cara y su voz llamándome una y otra vez, rota por el llanto.
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Desperté en el hospital.
La herida no era grave. El cuchillo no había alcanzado ningún órgano vital. Me dieron puntos, me tuvieron en observación un par de horas y me dijeron que podía irme a casa con reposo y antibióticos. Lo peor había sido el susto, según la enfermera. Y la sangre. Había mucha sangre. La mía y la de Diego.
Carla no se separó de mí en todo el tiempo. Cuando salimos del hospital ya era pasada la medianoche, y el pueblo estaba en silencio. No había periodistas, ni curiosos, ni policías. Solo el viento frío y las farolas anaranjadas.
—Te dije que no fueras —susurró Carla mientras me ayudaba a bajar del coche frente a mi casa—. Casi te mata.
—Pero no lo hizo.
—Eres un inconsciente. Un héroe inconsciente.
—Solo quería protegerte.
Ella me besó en la mejilla, suave, con cuidado de no rozar la herida que tenía en el otro lado de la cara. Luego me abrazó con fuerza, como si tuviera miedo de que desapareciera.
—Mañana te traigo el desayuno —prometió—. Descansa.
—Lo haré.
La vi alejarse por la calle vacía hasta que su coche dobló la esquina. Entonces, por fin, abrí la puerta de mi casa.
El interior estaba a oscuras y en silencio. Siempre estaba a oscuras y en silencio. Cerré con llave y me quedé un momento apoyado contra la madera, respirando despacio. El pecho me dolía. La herida del costado me palpitaba. Pero no podía evitar sonreír.
Prendí la luz del pasillo. Todo estaba en orden. Mi casa, mi refugio, mi santuario. Fui a la cocina con pasos lentos y abrí la nevera. Dentro quedaban un par de refrescos, solitarios en un estante casi vacío. Agarré uno, lo abrí con un siseo satisfactorio y me dirigí hacia la puerta que había al fondo del pasillo.
La puerta del sótano.
Bajé las escaleras despacio, disfrutando cada crujido de la madera vieja bajo mis pies. El sótano estaba frío, como siempre. Al llegar al cuarto escalón me detuve y me senté, apoyando la espalda contra la pared. Di un sorbo al refresco y suspiré.
—Papá, mamá… ¿saben cómo me fue hoy?
Mi voz resonó en la oscuridad del sótano.
—Magnífico —continué, riendo por lo bajo—. Encontraron a un asesino. Todo el pueblo está feliz. Todo el mundo respira aliviado. Las calles son seguras otra vez.
Di otro sorbo.
—Aunque… entre nosotros… no creo que él fuera el verdadero asesino.
Bajé un escalón más. La luz que entraba desde la puerta entreabierta del piso superior iluminó apenas el suelo de tierra. Allí estaban. Dos montículos, uno junto al otro. Dos tumbas improvisadas. Dos cuerpos que antes me llamaban hijo y ahora me servían de confesores silenciosos.
—Pero qué más da, ¿no? —dije, encogiéndome de hombros—. Lo importante es que el caso está cerrado. Diego en el depósito de cadáveres. La policía contenta. El alcalde podrá hacer su funeral con honores. Y vuestro hijo… vuestro querido hijo… es el héroe del pueblo.
Solté una carcajada corta y seca, y luego me quedé en silencio, saboreando la quietud. Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un objeto pequeño. La pantalla estaba rajada, pero aún funcionaba. El fondo de pantalla mostraba la foto de una chica sonriente que ya no volvería a sonreír.
El celular de Lucía Herrera.
Saqué un martillo de la caja de herramientas que guardaba en el rincón y lo dejé caer sobre la pantalla. Una vez. Dos veces. Los fragmentos saltaron por el suelo de tierra hasta que no quedó nada reconocible. Nada que pudiera delatarme.
Limpié el polvo de mis manos y volví a mirar las tumbas.
—Buenas noches, papá. Mamá.
Y apagué la luz.
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