Una noche en el cementerio
Mi mamá se esmeraba mucho en el arreglo de las flores; llevaba un cepillo que le había sacado a una escoba vieja y una botella vacía para llenarla en el pozo. La tumba de mi abuela era de las más cuidadas de todo el cementerio, un cementerio de pueblo, terroso, con algunos árboles grandes, pero que ya estaban secos.
Una vez al mes hacíamos una visita, aunque fuera corta, para arreglarle la tumba y dejarle unas flores.
—Mira que la dejamos bonita, se va a poner contenta —decía mi mamá.
Yo pensaba cómo ella sabía eso; en una de esas mi abuelita ni siquiera se daba el tiempo de venir a este cementerio. Si los muertos pueden andar por donde quieran, ¿para qué se van a quedar ahí esperando que les traigan flores?
Como a veces me aburría un poco, siempre me daba una vuelta por ahí, así como para asegurarme de que no había nada nuevo; caminaba por los pasillos mirando las tumbas: las lápidas, los nichos siempre adornados, los imponentes mausoleos.
El final del recorrido siempre era el mismo: llegaba hasta lo más alejado, en la parte alta del cerro, y buscaba la tumba del tío Amadeo, que era una cruz de palo pintada de blanco que casi se perdía a la vista entre otras decenas iguales. Yo sabía cuál era porque tenía una cinta azul amarrada. Siempre me sentía atraído por ella, y con un poco de curiosidad de saber por qué no estaba con el resto de nuestra familia más abajo, así que siempre le decía:
—Hola, tío, ¿cómo está? Espero que bien; acá arriba llega más el viento, ¿o no? Me fue bien en el colegio, ya me queda un puro año; la Sara se mejoró del resfriado, así que puede volver a jugar básquetbol. Mi mamá y mi papá están bien.
Con eso me despedía y me iba; no sé por qué me hacía sentir culpable que nunca le dejáramos algo, tomando en cuenta todo lo que se preocupaba mi mamá por las demás.
Cuando íbamos de vuelta en el auto, le pregunté por primera vez:
—Mamá, ¿qué edad tenía el tío Amadeo cuando se murió?
Mis papás se miraron.
—No sé, creo que como 17 o 18, no me acuerdo bien.
—Ah, era como yo entonces.
—No, no era como tú.
—Pero tenía mi misma edad.
—Sí, pero eso nomás.
—¿Por qué nunca le vamos a dejar flores a su tumba?
—No sé, hijo, está muy al fondo.
—¿De qué se murió?
—Se colgó.
Eso no me lo esperaba.
—¿Dónde? ¿Cómo?
—En la casa de sus papás, donde vivían con tu abuela.
—¿Y por qué?
—Quizás tenía depresión o algo así.
—¿Y por qué lo enterraron tan lejos?
—Porque es un pecado muy grande; Dios da la vida y Dios la quita. Antes no se hacía funeral ni se enterraba a la gente con el resto de la familia; los dejaban muy lejos para evitarle la vergüenza a la familia.
—Qué mal.
—Eran otros tiempos, Fabián.
—Pero ahora son nuestros tiempos y tampoco le dejamos flores.
—Hijo, cada uno elige cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Hoy en la noche vamos a rezar para que su alma tenga descanso, ¿bueno?
—Bueno.
Todo me parecía muy contradictorio e hipócrita, pero ya no valía la pena seguir peleando con mi mamá. Esa noche, cuando tomábamos once, hicimos una oración por el alma del tío Amadeo y eso dio por terminada la historia. Vi tele un rato y me olvidé del asunto; cuando me dio sueño, me despedí de mis papás y me fui a dormir.
No me costó mucho agarrar sueño y al poco rato estaba totalmente dormido.
Cuando desperté, era de noche todavía, pero ya no estaba en mi casa: estaba al frente del cementerio.
Vi a lo lejos una figura que se acercaba y abría el viejo portón de fierro; me hizo una seña para que entrara y obedecí sin pensarlo demasiado. Una vez que entré, vi frente a mí a un muchacho de mi edad; era muy pálido y tenía los ojos un poco salidos y una marca gruesa y morada alrededor del cuello. Lo miré aterrorizado.
—Fabián, no te asustes, soy yo, tu tío Amadeo.
Traté de mostrarme tranquilo, pero la verdad es que me moría de miedo; recé muy fuerte para despertarme rápido de la pesadilla.
—Oye, ya sé que no estoy muy bonito, pero me veo bien a pesar de todo —me dijo en un tono gracioso, como si eso pudiera sacarme del estado de pánico—. Mira, te traje porque te vi preocupado hoy y me gustaría mostrarte algunas cosas. Vamos, camina conmigo.
Comencé a caminar por inercia atrás del tío Amadeo, por el camino de tierra principal rumbo a las tumbas. Desde lejos se escuchaban quejidos agónicos, llantos y risas; era ensordecedor y pensé que no podría continuar. No había luz, pero la luna menguante acompañaba, y saqué una vela que aún flameaba en un altar de la Virgen.
Llegamos al principio, donde se alzan los mausoleos. A medida que me acercaba, veía manos, manos a las que se les caía la carne podrida y algunas que eran solo huesos; se aferraban desesperadamente de los barrotes, los golpeaban y sacaban las manos hacia afuera, como si quisieran alcanzar algo. Cuando pasaba, veía los rostros de familias completas que se empujaban unos a otros tratando de salir. Eran cientos los gritos, los empujones y los dedos que se movían como gusanos cerca de mí.
—Sigue caminando, no te quedes atrás —me dijo para sacarme del miedo.
El ruido fue bajando un poco y eso me alivió; estaba cubriendo mi vela porque el viento estaba cada vez más fuerte. En ese lugar se oía como un golpe de un mazo bajo tierra y el suelo retumbaba; había gritos, pero casi imperceptibles.
—Estos de aquí no pueden ver nada del exterior, están unos sobre otros.
Miré rápidamente la tumba de la abuela, corrí y pegué un oído en el cemento, tratando de escucharla o a los demás.
—Ellos escuchan un poco, pero no pueden gritar hacia afuera.
—¿No ven que mi mamá les pone flores y les limpia todo?
—No, solo escuchan un poco. Creen que saben quiénes vienen, pero no saben —dijo aclarándose la garganta; a ratos tosía y se tocaba el cuello.
Me sentí muy angustiado por mi abuela, pero más por mi mamá, que venía mes a mes creyendo que nuestros familiares se ponían felices de que les cuidaran las tumbas.
—Mejor vámonos, Fabián, que te quiero mostrar otras cosas.
Fuimos pasando entre medio de tumbas enrejadas, esas que parecían pequeños jardines cuadrados, pero en realidad eran cunas; manitos te tiraban de los pantalones cuando pasabas por ahí, y decenas de niños solos, con las caras llenas de mocos y lágrimas, chillaban esperando a alguien que no llegaba.
En los nichos solo se sentían patadas contra el cemento; eran muy estrechos, algunos tenían reducciones de una o más personas. Esos estaban contracturados, con los huesos enredados entre parientes, metidos en cajas.
Me costaba respirar; ya no podía seguir caminando por ese lugar tan horroroso. No sabía a dónde quería ir el tío Amadeo ni para qué me había mostrado todo esto, pero ya estábamos llegando a la parte alejada del cementerio, donde estaba su tumba.
Cuando miré, los fantasmas se reían, bailaban, conversaban; bajo ellos, las cruces blancas y los fosos de tierra abiertos.
—Como no le importamos a nadie, nunca se preocuparon de hacernos una tumba; no hay rejas ni cemento. Solo estamos enterrados bajo tierra; todas las noches podemos moverla y salir a hacer lo que queramos, y como estamos tan lejos, no tenemos que escuchar a los desgraciados de abajo. No estés triste por mí, Fabián; me gustaría que me trajeran flores, pero compadécete de tu abuela y los otros que están allá.
Le sonreí tristemente al tío Amadeo y él me hizo adiós con la mano, al tiempo que desperté agitado en mi cama.
Con ese sentimiento de terror y melancolía, me destapé para levantarme y me di cuenta de que mi cama estaba áspera; mis pies estaban llenos de polvo y tierra.
Al mes siguiente fuimos, como de costumbre, al cementerio en familia. Mi mamá me pidió que fuera a llenar la botella con agua y mi hermana barría las hojas secas de las tumbas de nuestros parientes.
—Están preciosas las violetas, eran las que más le gustaban —dijo mi mamá, orgullosa del arreglo.
—El próximo mes traigamos las que le gustaban a tu papá también —agregó mi papá en broma.
Yo tomé un par de flores y fui a la tumba del tío Amadeo; me senté un rato y le conté las novedades familiares. Cuando bajé, vi a mis papás y a mi hermana contentos por la limpieza, y yo me sentí tremendamente desolado.
Y entendí que nosotros, los vivos, no sabemos lo que quieren los muertos. Y que las tumbas no son hogares: son prisiones.
Una vez al mes hacíamos una visita, aunque fuera corta, para arreglarle la tumba y dejarle unas flores.
—Mira que la dejamos bonita, se va a poner contenta —decía mi mamá.
Yo pensaba cómo ella sabía eso; en una de esas mi abuelita ni siquiera se daba el tiempo de venir a este cementerio. Si los muertos pueden andar por donde quieran, ¿para qué se van a quedar ahí esperando que les traigan flores?
Como a veces me aburría un poco, siempre me daba una vuelta por ahí, así como para asegurarme de que no había nada nuevo; caminaba por los pasillos mirando las tumbas: las lápidas, los nichos siempre adornados, los imponentes mausoleos.
El final del recorrido siempre era el mismo: llegaba hasta lo más alejado, en la parte alta del cerro, y buscaba la tumba del tío Amadeo, que era una cruz de palo pintada de blanco que casi se perdía a la vista entre otras decenas iguales. Yo sabía cuál era porque tenía una cinta azul amarrada. Siempre me sentía atraído por ella, y con un poco de curiosidad de saber por qué no estaba con el resto de nuestra familia más abajo, así que siempre le decía:
—Hola, tío, ¿cómo está? Espero que bien; acá arriba llega más el viento, ¿o no? Me fue bien en el colegio, ya me queda un puro año; la Sara se mejoró del resfriado, así que puede volver a jugar básquetbol. Mi mamá y mi papá están bien.
Con eso me despedía y me iba; no sé por qué me hacía sentir culpable que nunca le dejáramos algo, tomando en cuenta todo lo que se preocupaba mi mamá por las demás.
Cuando íbamos de vuelta en el auto, le pregunté por primera vez:
—Mamá, ¿qué edad tenía el tío Amadeo cuando se murió?
Mis papás se miraron.
—No sé, creo que como 17 o 18, no me acuerdo bien.
—Ah, era como yo entonces.
—No, no era como tú.
—Pero tenía mi misma edad.
—Sí, pero eso nomás.
—¿Por qué nunca le vamos a dejar flores a su tumba?
—No sé, hijo, está muy al fondo.
—¿De qué se murió?
—Se colgó.
Eso no me lo esperaba.
—¿Dónde? ¿Cómo?
—En la casa de sus papás, donde vivían con tu abuela.
—¿Y por qué?
—Quizás tenía depresión o algo así.
—¿Y por qué lo enterraron tan lejos?
—Porque es un pecado muy grande; Dios da la vida y Dios la quita. Antes no se hacía funeral ni se enterraba a la gente con el resto de la familia; los dejaban muy lejos para evitarle la vergüenza a la familia.
—Qué mal.
—Eran otros tiempos, Fabián.
—Pero ahora son nuestros tiempos y tampoco le dejamos flores.
—Hijo, cada uno elige cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Hoy en la noche vamos a rezar para que su alma tenga descanso, ¿bueno?
—Bueno.
Todo me parecía muy contradictorio e hipócrita, pero ya no valía la pena seguir peleando con mi mamá. Esa noche, cuando tomábamos once, hicimos una oración por el alma del tío Amadeo y eso dio por terminada la historia. Vi tele un rato y me olvidé del asunto; cuando me dio sueño, me despedí de mis papás y me fui a dormir.
No me costó mucho agarrar sueño y al poco rato estaba totalmente dormido.
Cuando desperté, era de noche todavía, pero ya no estaba en mi casa: estaba al frente del cementerio.
Vi a lo lejos una figura que se acercaba y abría el viejo portón de fierro; me hizo una seña para que entrara y obedecí sin pensarlo demasiado. Una vez que entré, vi frente a mí a un muchacho de mi edad; era muy pálido y tenía los ojos un poco salidos y una marca gruesa y morada alrededor del cuello. Lo miré aterrorizado.
—Fabián, no te asustes, soy yo, tu tío Amadeo.
Traté de mostrarme tranquilo, pero la verdad es que me moría de miedo; recé muy fuerte para despertarme rápido de la pesadilla.
—Oye, ya sé que no estoy muy bonito, pero me veo bien a pesar de todo —me dijo en un tono gracioso, como si eso pudiera sacarme del estado de pánico—. Mira, te traje porque te vi preocupado hoy y me gustaría mostrarte algunas cosas. Vamos, camina conmigo.
Comencé a caminar por inercia atrás del tío Amadeo, por el camino de tierra principal rumbo a las tumbas. Desde lejos se escuchaban quejidos agónicos, llantos y risas; era ensordecedor y pensé que no podría continuar. No había luz, pero la luna menguante acompañaba, y saqué una vela que aún flameaba en un altar de la Virgen.
Llegamos al principio, donde se alzan los mausoleos. A medida que me acercaba, veía manos, manos a las que se les caía la carne podrida y algunas que eran solo huesos; se aferraban desesperadamente de los barrotes, los golpeaban y sacaban las manos hacia afuera, como si quisieran alcanzar algo. Cuando pasaba, veía los rostros de familias completas que se empujaban unos a otros tratando de salir. Eran cientos los gritos, los empujones y los dedos que se movían como gusanos cerca de mí.
—Sigue caminando, no te quedes atrás —me dijo para sacarme del miedo.
El ruido fue bajando un poco y eso me alivió; estaba cubriendo mi vela porque el viento estaba cada vez más fuerte. En ese lugar se oía como un golpe de un mazo bajo tierra y el suelo retumbaba; había gritos, pero casi imperceptibles.
—Estos de aquí no pueden ver nada del exterior, están unos sobre otros.
Miré rápidamente la tumba de la abuela, corrí y pegué un oído en el cemento, tratando de escucharla o a los demás.
—Ellos escuchan un poco, pero no pueden gritar hacia afuera.
—¿No ven que mi mamá les pone flores y les limpia todo?
—No, solo escuchan un poco. Creen que saben quiénes vienen, pero no saben —dijo aclarándose la garganta; a ratos tosía y se tocaba el cuello.
Me sentí muy angustiado por mi abuela, pero más por mi mamá, que venía mes a mes creyendo que nuestros familiares se ponían felices de que les cuidaran las tumbas.
—Mejor vámonos, Fabián, que te quiero mostrar otras cosas.
Fuimos pasando entre medio de tumbas enrejadas, esas que parecían pequeños jardines cuadrados, pero en realidad eran cunas; manitos te tiraban de los pantalones cuando pasabas por ahí, y decenas de niños solos, con las caras llenas de mocos y lágrimas, chillaban esperando a alguien que no llegaba.
En los nichos solo se sentían patadas contra el cemento; eran muy estrechos, algunos tenían reducciones de una o más personas. Esos estaban contracturados, con los huesos enredados entre parientes, metidos en cajas.
Me costaba respirar; ya no podía seguir caminando por ese lugar tan horroroso. No sabía a dónde quería ir el tío Amadeo ni para qué me había mostrado todo esto, pero ya estábamos llegando a la parte alejada del cementerio, donde estaba su tumba.
Cuando miré, los fantasmas se reían, bailaban, conversaban; bajo ellos, las cruces blancas y los fosos de tierra abiertos.
—Como no le importamos a nadie, nunca se preocuparon de hacernos una tumba; no hay rejas ni cemento. Solo estamos enterrados bajo tierra; todas las noches podemos moverla y salir a hacer lo que queramos, y como estamos tan lejos, no tenemos que escuchar a los desgraciados de abajo. No estés triste por mí, Fabián; me gustaría que me trajeran flores, pero compadécete de tu abuela y los otros que están allá.
Le sonreí tristemente al tío Amadeo y él me hizo adiós con la mano, al tiempo que desperté agitado en mi cama.
Con ese sentimiento de terror y melancolía, me destapé para levantarme y me di cuenta de que mi cama estaba áspera; mis pies estaban llenos de polvo y tierra.
Al mes siguiente fuimos, como de costumbre, al cementerio en familia. Mi mamá me pidió que fuera a llenar la botella con agua y mi hermana barría las hojas secas de las tumbas de nuestros parientes.
—Están preciosas las violetas, eran las que más le gustaban —dijo mi mamá, orgullosa del arreglo.
—El próximo mes traigamos las que le gustaban a tu papá también —agregó mi papá en broma.
Yo tomé un par de flores y fui a la tumba del tío Amadeo; me senté un rato y le conté las novedades familiares. Cuando bajé, vi a mis papás y a mi hermana contentos por la limpieza, y yo me sentí tremendamente desolado.
Y entendí que nosotros, los vivos, no sabemos lo que quieren los muertos. Y que las tumbas no son hogares: son prisiones.