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c/LiteraturaESP by u/fictograma 3w ago fictograma.com

En shadow Creek: Capítulo XII - AE

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Capítulo : XII

Perspectiva: Tyler J, Miller
Es sábado por la tarde y estoy frente al espejo de mi habitación, librando una batalla interna sobre si lo que veo cuenta como una decisión audaz o como la evidencia principal para un futuro juicio por crímenes contra la moda.

El traje naranja pastel me devuelve la mirada con una intensidad que roza la burla. La corbata celeste, de un tono tan claro que parece arrancado de un cielo de verano, no ayuda en absoluto. Es llamativo. Es ruidoso. Es todo lo que alguien como yo, acostumbrado a pasar desapercibido entre expedientes forenses juró no ser jamás.

—“Resalta tu sonrisa, Tyler” —había sentenciado mi madre esa mañana con esa convicción clínica que usa cuando no admite réplicas—. “Y, por Dios, combina de maravilla con los ojos de Logan. Ese chico tiene una paleta de colores fascinante”.

Claro. Porque ahora mi código de vestimenta depende de la heterocromía de otro chico. Todo muy lógico en este pueblo. Me ajusto el cuello de la camisa, sintiendo el roce de la tela nueva, y me peino por quinta vez, aunque el gel ya ha hecho su trabajo. La verdad —y la odio por admitirlo— es que el conjunto funciona. Me hace ver… vivo. Suspiré, dejando que el aire frío de la habitación llenara mis pulmones antes de la ejecución social. Desde la planta baja, el eco del timbre resonó con una vibración que pareció sacudir los cimientos de la casa.

—Ahí está —murmuro. Siento ese cosquilleo incómodo en el estómago, esa mezcla de adrenalina y simple resignación que precede a los grandes desastres.

Bajo las escaleras casi al trote, intentando interceptar a mis padres antes de que conviertan este momento en un especial de televisión de máxima audiencia. Llego a la puerta, apoyo la mano en el pomo de latón, cuento hasta tres y la abro sin pensar demasiado.

Y ahí está Logan.

Su cabello está desordenado, como si el viento fuera su estilista personal y le cobrara por cada mechón fuera de sitio. Sus ojos brillan bajo la luz del porche con esa ironía gélida que es su marca registrada, pero lo que realmente me deja sin habla es su traje.

Celeste. Con una corbata naranja pastel.

Es un reflejo exacto de mi ropa, pero a la inversa. Estamos perfectamente coordinados, como si hubiéramos ensayado durante semanas o como si estuviéramos a punto de salir en la portada de una revista de bodas alternativas. En su mano derecha sostiene un ramo de azucenas blancas, puras y fragantes. En la izquierda, dos pulseras de cuero y plata, discretas pero evidentemente elegidas para la ocasión.

Lo miro. Miro su traje. Vuelvo a mirarlo a él.

—Esto solo va a confirmar la teoría de todo el mundo —digo, arqueando una ceja mientras acepto las flores—. Van a pensar que somos pareja y que, además, estamos intentando disimularlo de la forma más patética posible.

Logan se encoge de hombros, con esa sonrisa ladeada que siempre sugiere que sabe algo que tú no.

—¿Qué puedo decir? —responde con una voz aterciopelada—. Sería muy poco caballeroso no traer flores a la persona que invité formalmente al baile… aunque ambos sepamos que esto es solo una alianza estratégica de supervivencia alimenticia.

Antes de que pueda lanzar una réplica mordaz, escucho el crujido de la madera detrás de mí. Error táctico de novato: dejé la retaguardia expuesta.

—¡Logan, cariño! ¡Pero si estás hecho un pincel! —exclama mi madre, apareciendo en el marco de la puerta con una energía que podría alimentar a todo el estado.

Mi padre aparece justo detrás, con las manos en los bolsillos de su cárdigan, evaluando a Logan con la precisión con la que examinaría una muestra de tejido en el laboratorio, pero con una sonrisa que no puede ocultar.

—azucenas blancas. Una elección botánica excelente, muchacho —asiente mi padre con tono de experto—. Tyler caerá rendido, aunque finja que está analizando el polen.

Cierro los ojos, pidiendo paciencia a un Dios que claramente se está riendo de mí.

—Ya les dije que no es…

—Que es solo por conveniencia —responden ambos al unísono, con una sincronización que me hace sospechar que lo ensayaron en el desayuno.

El silencio que sigue es sepulcral. Logan está disfrutando esto de una manera casi obscena; puedo ver el brillo de diversión en sus ojos claros.

—Déjanos vivir el momento, Tyler —añade mi madre, posando una mano en mi hombro—. Es tu primer baile escolar. Mat, la cámara. ¡Ahora!

—En posición desde hace tres minutos —responde mi padre, sacando una Canon que no sé en qué momento materializó.

Sin darnos cuenta, Logan y yo estamos posicionados en el porche como si fuéramos modelos de catálogo de graduaciones de los años noventa. Logan se coloca a mi lado con una naturalidad que me asusta; siento el calor de su brazo rozando el mío a través de la tela de los trajes.

—Que hagan la foto y corremos hacia el bosque —le susurro entre dientes, manteniendo una sonrisa fingida para el flash.

—Relájate, Tyler—murmura él, divertido, inclinándose apenas hacia mi oído—. He sobrevivido a eventos mucho más extraños que una sesión de fotos familiar.

No estoy seguro de querer saber a qué eventos se refiere, ni por qué usa el plural.

—¡Listo! ¡Perfectos! —exclama mi madre tras el destello—. Ahora, antes de que se vayan, tengo una lista de reglas—

—Sí, mamá —la corto, bajando los escalones del porche y arrastrando a Logan sutilmente por la manga—. Nada de sustancias dudosas, nada de sexo sin protección y, sobre todo, nada de invocar entidades antiguas en el gimnasio. Te veo a la hora acordada.

—¡TYLER JOSHUA MILLER! —escucho el grito de mi madre desde la puerta, mitad indignada y mitad divertida—. ¡Yo solo quería pedirte que trajeras algo del buffet de postres!

Mi padre suspira, apoyando una mano en el marco de la puerta mientras nos observa alejarnos por el sendero. —Déjalos, Tammy… estarán bien.

Hace una pequeña pausa, y su tono de voz cambia ligeramente, volviéndose más bajo, casi profesional. —¿Qué es lo peor que podría pasar en un baile escolar?

Mientras nos alejamos de la calidez de mi casa, el aire de Shadow Creek nos recibe con una caricia gélida. La niebla, espesa y grisácea, empieza a deslizarse entre las cercas de los jardines como si el pueblo estuviera exhalando un suspiro que nosotros no podemos comprender. Es una atmósfera pesada, casi eléctrica.

Caminamos en silencio durante unos metros. El aroma de las azucenas blancas en mi mano lucha contra el olor a tierra húmeda y pino del bosque cercano.

—Oye —digo al fin, rompiendo el mutismo y levantando ligeramente el ramo—. Gracias por esto. Por los detalles. No tenías por qué esforzarte tanto para una farsa.

Logan no me mira de inmediato. Mantiene la vista al frente, con las manos en los bolsillos de su pantalón celeste, su paso coordinado perfectamente con el mío.

—No te acostumbres, Miller —dice finalmente, aunque hay una suavidad nueva en su tono—. En Shadow Creek, la cortesía es a menudo la única arma que nos queda antes de que las luces se apaguen.

Sonrío, mirando mis zapatos brillantes contra el asfalto. —Tranquilo. No pienso acostumbrarme.

Unos faros nos ciegan de repente, recortando nuestras siluetas contra la niebla que ya empieza a devorar los jardines. Una limusina negra, pulida hasta el punto de parecer un espejo líquido, se detiene frente a nosotros con una suavidad casi teatral, como si el asfalto no existiera.

Logan frunce el ceño, sus ojos desiguales estrechándose ante el destello. —¿Pero qué…?

Antes de que termine la frase, la ventanilla trasera baja lentamente con un zumbido eléctrico. Una melena roja, vibrante incluso bajo la luz artificial, aparece primero. Y luego, esa sonrisa que es mitad invitación y mitad desafío.

—Súbanse, idiotas —dice Alexis con total naturalidad, como si las limusinas fueran el transporte público habitual de Shadow Creek—. Vamos a devorar ese bufet antes de que el resto de los buitres se den cuenta de que el paté es comestible.

No puedo evitar reír. El absurdo es la única defensa que nos queda. —Eres increíble, Alexis.

Abro la puerta y, en un arranque de caballerosidad exagerada, hago un gesto para que Logan pase primero. —Después de usted, caballero.

Entramos. Y es entonces cuando la noche decide que “rara” se queda corto como definición.

Del otro lado del asiento, perfectamente acomodado y luciendo un traje negro que probablemente cueste más que mi casa, está Jacob A. Smith. Lleva una corbata rosa y una flor a juego en la solapa, pero su expresión sugiere que preferiría estar en una extracción de muelas sin anestesia. Brazos cruzados. Mirada afilada.

—Hola, Miller —dice sin emoción, aunque sus ojos escanean mi traje naranja con un juicio silencioso—. Veo que tú y el “raro” de Logan han decidido ir a juego. Qué…Vulgares.

Logan se queda quieto un segundo mientras se acomoda. Luego le devuelve una sonrisa que no tiene nada de amable; es la sonrisa de un depredador que encuentra gracioso el intento de camuflaje de su presa. —Cuidado, Smith. Hoy estoy de buen humor y no me gustaría manchar tu traje de alta costura con tu propia sangre.

—Chicos —interrumpe Alexis, dándole una patada nada sutil a la espinilla de Jacob—. Recuerden que hoy tenemos un tratado de no agresión.

Me dejo caer en el asiento de cuero, mirándonos uno a otro. La limusina huele a pino y a un perfume caro que reconozco como el de Jacob. —¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Desde cuándo ustedes dos son el dúo dinámico?

—Sí, me robaste la pregunta —añade Logan, apoyando un brazo detrás de mí, en el respaldo del asiento, como si estuviéramos en el salón de su casa.

Alexis suspira dramáticamente mientras se ajusta el vestido rojo. Es una pieza hecha a mano que parece hecha de pétalos de sangre; honestamente, está diseñada para ser el centro de gravedad de cualquier habitación.

—Es una historia larga, pero con un toque cómico —dice cruzando las piernas—. John, arranca.

La limusina se pone en marcha con un deslizamiento casi imperceptible.

—A ver —continúa ella—. Ethan tuvo ese “golpe de calor” ayer. El pobre está fatal, dice que todavía ve sombras donde no las hay, así que decidió quedarse en cama. Eso arruinó mis planes. Sin pareja no hay acceso prioritario al bufet, y sin bufet… no hay sentido para este evento.

—Una tragedia griega —murmuró, dándole una sonrisa.

—Exacto. Entonces, en mi desesperación absoluta por no ir sola, me encontré con Smith hoy en la mañana en la cafetería del centro.

Jacob resopla, mirando por la ventana las casas que pasan velozmente. —Ashley decidió venir sola —dice con una molestia evidente que intenta ocultar tras su tono arrogante—. Según ella, como capitana del comité, debe “entregarse completamente a la visión del evento”. Básicamente, me dejó plantado en mi propia jugada maestra.

—Lo cual suena a una excusa barata para no estar atada a nadie mientras vigila a todo el mundo —añade Alexis—. Pero nos beneficia. Hicimos un trato: ella entra conmigo para ir a su dichoso buffet, y yo no parezco un perdedor sin pareja.

—Win-win —dice Alexis con una sonrisa triunfal que me da escalofríos.

—Esto suena como una comedia de enredos de muy bajo presupuesto —digo, cerrando los ojos un instante—. Ahora entiendo por qué Ethan no fue a la clase de arte. Espero que de verdad esté solo descansando.

Por un momento, el ambiente en la limusina cambia. Hay una pausa. Pequeña, sutil, pero cargada de esa electricidad estática que precede a las tormentas. Logan y Jacob intercambian una mirada rápida que no alcanzo a descifrar.

—El vivo al gozo y el muerto al pozo —suelta Alexis de repente, rompiendo el hechizo mientras le endereza la corbata a Jacob con un tirón brusco.

—¡Deja de tocarme! —protesta él, apartándola.

—Relájate, Jacob. Estás precioso. Pareces un pastelito de fresa con ese traje negro.

La limusina se detiene frente a la entrada principal de la Academia. —Hemos llegado —anuncia Alexis con un dramatismo que envidiaría cualquier actriz de Broadway.

Bajamos. Y ahí es cuando lo noto. La Academia… no parece la misma. Todas las luces están encendidas. No algunas para ahorrar energía como de costumbre. Todas. Guirnaldas de estrellas y cerezas cuelgan de cada arco y cada árbol, brillando bajo la noche con una intensidad que hace que los ojos duelan. Alguien ha intentado convertir el campus en un cuento de hadas, pero el resultado es tan perfecto que resulta siniestro.

—¿Cómo demonios Ashley logró esto con el presupuesto del consejo? —pregunto, dejando el ramo de azucenas blancas en la limusina por un momento para ajustarme las pulseras.

—Créeme —dice Jacob, cerrando la puerta con una firmeza que denota tensión—. Ashley no usa presupuestos. Usa favores. Acostúmbrate, Miller.

Se inclina hacia la ventanilla del chofer. —Vuelve a las dos, John. Ni un minuto antes, ni un minuto después.

En la entrada, la enfermera Sally y Mike, el bibliotecario, están sentados tras una mesa de madera oscura, revisando nombres en una lista con la rigurosidad de un control fronterizo en tiempos de guerra. Profesores como Olivia se mueven por los alrededores, sus rostros iluminados por las luces blancas, guiando a los estudiantes con una eficiencia mecánica.

Todo parece organizado. Demasiado organizado.

—Bueno —dice Logan, estirándose como un gato que detecta una presa cerca—. ¿Qué esperamos? La música ya empezó.

—Sí —añade Alexis, enganchando su brazo al de Jacob con una fuerza que no le deja opción—. Ese bufet tiene mi nombre escrito en cada bocado.

Empiezan a avanzar por la alfombra roja improvisada. Jacob y yo nos quedamos un segundo atrás. Miro el edificio principal, las luces parpadeantes y las sombras que se alargan entre ellas, retorciéndose como si estuvieran vivas. Algo no encaja en la simetría de esta noche.

—Vamos, Miller —dice Jacob.

Por primera vez, su voz no suena arrogante. Suena tensa. Como si él también estuviera caminando hacia un altar del que no sabe si podrá bajar.

Perspectiva: Ethan S, Williams
—Bueno, primo… es una lástima dejarte aquí mientras voy al baile con el petulante de Jacob Smith, pero es lo que hay —dijo Alexis desde el umbral de la puerta, impecable, envuelta en ese vestido rojo que gritaba elegancia.

Se giró apenas, regalándome esa sonrisa suya que siempre ha sido mi único refugio, una mezcla de protección materna y burla fraternal.

—Si te sientes mejor, puedes aparecerte más tarde… aunque eso sí, no te voy a guardar nada del buffet. Sabes que conmigo la comida desaparece más rápido que la moral en este pueblo.

La puerta se cerró con un clic suave, casi definitivo. El silencio que siguió no fue paz; fue una manta pesada y húmeda que cayó sobre mis hombros. Miré el reloj de mi mesita de noche. 5:30 p.m. El segundero avanzaba con un tic constante, un martilleo que me recordaba que cada segundo nos acercaba más a las ocho. A la cita. Al trato.

Entonces— Tac.

Algo golpeó el cristal de la ventana. Un sonido seco, pequeño. Fruncí el ceño y me acerqué con el corazón empezando a galopar contra mis costillas. Tac… tac.

Corrí la cortina. Ahí estaba Ryan, de pie en el jardín trasero, rodeado por la niebla que empezaba a brotar de la tierra como vapor. Tenía una pequeña sonrisa nerviosa, de esas que usa para ocultar que está a punto de desmayarse, y jugaba con otra piedrita en la mano.

Ya era hora. Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo del miedo en la garganta. —Claro… hora de trabajar —susurré para mi habitación vacía.

Me cambié rápido. Me puse algo oscuro, algo que no fuera llamativo, algo que me permitiera fundirme con las sombras del bosque. No quería darle espacio a mi cabeza para imaginar qué pasaría si fallábamos. Salí por la puerta trasera, sintiendo el aire frío y húmedo de Shadow Creek golpearme la cara como una advertencia.

—Hey, Ethan —dijo Ryan, metiéndose las manos en los bolsillos. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si no hubiera dormido en un siglo. —Hola, Ryan —respondí, cerrando la puerta con un cuidado excesivo.

Nos miramos un segundo. Bajo la luz pálida del atardecer, ambos parecíamos sombras de nosotros mismos. Sabíamos que lo que estábamos haciendo no era solo una “misión”; era algo más.

—¿Listo para la función? —preguntó, intentando sonar como el Ryan Davis que todos admiran. No le funcionó. Su voz tembló al final. —No sé qué es ese tal Lu… ni qué quiere realmente —respondí mientras empezábamos a caminar hacia la linde del bosque—. Pero después de lo que vimos en la capilla… prefiero cumplir su capricho antes de averiguar qué nos hará si lo dejamos plantado.

Ryan asintió. El camino hacia la maleza se abrió frente a nosotros, una boca negra y familiar que hoy se sentía distinta, como si los árboles hubieran crecido unos centímetros para cerrarnos el paso.

—Oye —añadí, rompiendo el silencio sepulcral—, ¿cómo exactamente vamos a convencer a los padres de Logan de ir a la iglesia? No podemos llegar y decir: “Hola, un tipo con cuernos quiere verlos”. Ryan soltó una risa corta, sin alegría. —No te preocupes. Tengo la excusa perfecta. La gente de este pueblo siempre cree lo peor de Logan. Solo tengo que alimentar ese prejuicio.

Lo miré de reojo. —Eso dijiste antes del examen de química… y Tyler fue el mejor. —Eso fue un error de cálculo en los reactivos —respondió, encogiéndose de hombros—. Esto es psicología social. Funcionará.

Hizo una pausa. Su paso se volvió más lento, sus botas crujiendo sobre la hojarasca seca. —Aunque… sigo sin entender por qué Lu quiere a los Reed en la iglesia de la colina. ¿Crees que les hará algo?

No respondí de inmediato. Miré hacia arriba, donde las ramas de los sauces se entrelazaban como dedos huesudos contra el cielo violeta. La respuesta honesta me quemaba la lengua: Sí. Lu no quería una reunión social.

—Puede ser —dije finalmente—. Después de la presión que sentimos en el cuello… no parece el tipo de entidad que invite a tomar el té por cortesía. Ryan… ese encuentro no fue un sueño. Ni la marca en tu hombro ni la cera en mis manos son alucinaciones por estrés.

Él no respondió. No hacía falta. Seguimos caminando hasta que el bosque se abrió para revelar la propiedad de los Reed. Tal como Tyler la había descrito: extraña. Demasiado perfecta. Las flores del jardín estaban demasiado alineadas, el césped demasiado verde, la pintura blanca de las paredes demasiado brillante para un pueblo donde todo tiende a pudrirse. Estaba… quieta. Como una maqueta.

—Este lugar me da más mala espina que el cementerio —murmuré.

Ryan ya estaba avanzando hacia la puerta principal. Tocó tres veces. La puerta se abrió de inmediato, como si hubieran estado esperando justo detrás de la madera.

Una mujer apareció frente a nosotros. Su ropa parecía sacada de un catálogo de los años cincuenta: un vestido de flores rígido, un delantal impecable, el cabello en ondas perfectas. A su lado, un hombre con un chaleco de lana y una pipa apagada. Ambos sonreían. Pero era una sonrisa estática, de esas que se quedan grabadas en las muñecas de porcelana antiguas.

—Oh, cariño… tenemos visitas —dijo la señora Reed. Su voz tenía una dulzura artificial, como sacarina pura. —Así es, querida —añadió el hombre—. Dos jóvenes de la misma edad, estatura y… generación que nuestro Logan.

Un escalofrío me recorrió la columna. ¿Generación? ¿Quién hablaba así, como si estuvieran clasificando especímenes en un laboratorio?

Ryan dio un paso al frente, activando su modo “Presidente del Consejo”. —Señores Reed, buenas tardes. Lamentamos molestarlos, somos compañeros de Logan. Ellos lo observaron fijamente. Sin parpadear. El aire alrededor de ellos olía a naftalina y a flores secas.

—Venimos a informarles que su hijo está causando disturbios graves en la iglesia de la colina —continuó Ryan con una frialdad impecable—. Está gritando cosas incoherentes… y está rompiendo el mobiliario. El padre Thomas no puede controlarlo.

Silencio. Un segundo. Dos...
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