TE FALTÓ ALGO
Había decidido terminar la historia esa noche.
Era algo clásico, una pareja de enamorados, uno se muere, el otro sufre.\
Le quería dar un giro distinto y no lo encontraba. La venía arrastrando en los ratos muertos del hospital, entre sellos de autorizaciones y gente con cara de urgencia.
Abría el archivo, avanzaba dos líneas, lo cerraba. El personaje no avanzaba; se quedaba mirando las escenas desde afuera, como si le faltara el aire para entrar.
Yo también empezaba a cansarme de él.
Me senté en el escritorio. La puerta del dormitorio estaba entornada y, del otro lado, el sueño de Graciela era un pulso apenas audible. La casa tenía ese silencio de cuando el día ya no pide nada.
Encendí la computadora. Releí el último párrafo y busqué un cierre limpio: entender, aceptar, soltar.
Cuando el cursor titilaba sobre la última palabra, una voz me detuvo.
—No.
El vello de mi nuca se erizó antes de que pudiera procesar el sonido. La voz, grave, venía de mi izquierda.
Me quedé quieto. Esperé que fuera la madera, el viento, cualquier cosa.
—No —repitió—. Eso no fue lo que pasó.
Giré la cabeza despacio.
Estaba apoyado contra la biblioteca. Flaco. La camisa clara le quedaba grande en los hombros; los puños, arrugados. Tenía un cansancio viejo en los ojos.
—¿Qué hacés acá? —dije.
—Corrigiendo.
—El final funciona —dije—. Cierra.
—Para vos.
Se despegó de la biblioteca y caminó sin ruido. Se inclinó sobre el monitor.
—Esto es mentira —dijo—. Lo escribiste para que cierre.
—Es un recurso.
—Me dejaste afuera del vidrio.
No contesté.
—Decís que no llegué porque lo entendí. Porque acepté. —negó apenas con la cabeza—. No sabés lo que fue estar ahí.
Sentí un hormigueo en la mano derecha. Moví los dedos; tardaron en responder.
—Estaba con un papel de indicaciones médicas doblado en la mano —dijo—. Esperando.
Apoyé la mano en la mesa para que no se notara el temblor.
—Eso no está en el cuento.
—Por eso.
Se inclinó más. En el puño de la camisa tenía una mancha oscura, vieja. El olor llegó después: desinfectante, tela húmeda.
—No me voy a ir.
Asentí, sin darme cuenta.
—Te tenés que ir —dije.
—Pero no sabés cómo.
Volví a la computadora y escribí el final igual. Más rápido. Sin mirarlo.
Lo hice entrar. La vio. Le habló. Entendió.
Cerré todo ahí.
Borré la sala de espera, el vidrio, la tos. El nombre de Lucía lo dejé brillar un segundo antes de borrarlo.
Cuando terminé, releí.
Funcionaba.
Quise estirar la espalda. Me quedé medio trabado en la silla. La mano derecha seguía rara. La apoyé en el muslo y esperé a que respondiera.
Levanté la vista.
No estaba.
Guardé el archivo.
Cuando volví a mirar la pantalla, el final no estaba.
Las líneas habían cambiado. La sala de espera. El vidrio. El papel en la mano.
—Te faltó algo.
La voz salió atrás de mi hombro.
No giré enseguida. Probé seguir leyendo. No sirvió.
—¿Qué?
—Yo.
Sentí su mano en el respaldo. No apretaba.
—Ahora está mejor —dijo.
Quise girar. El cuello no respondió. Las piernas, pesadas. La derecha no obedecía.
La computadora se encendió con un golpe de luz. El cursor titilaba al final de una frase que no era mía.
Se acomodó a mi lado.
—Correte un poco.
No me moví.
Empujó la silla y alcanzó el teclado.
Empezó a escribir despacio. Se detenía en algunas palabras.
En la pantalla apareció la puerta. El vidrio. La luz del pasillo. El papel doblado.
Del otro lado dijeron que podía pasar. No entró.
No levantó la vista.
La tos volvió a aparecer. Dos veces. Cortita.
Desde el dormitorio se escuchó la cama.
Graciela tosió, dormida.
Él se quedó quieto. Levantó la cabeza. Miró hacia la puerta.
Dio un paso.
—No.
Se detuvo.
—No —repetí, más bajo—. Está durmiendo.
No me miró.
—También ella estaba durmiendo. No te preocupes. Vos vas a estar.
Siguió escribiendo.
Las letras aparecían una por una. Intenté levantar la mano derecha para cerrar la pantalla. No llegué.
Se inclinó para la última línea. La manga rozó mi brazo. La mancha pasó frente a mis ojos.
Mi nombre apareció en la primera línea.
La manija empezó a bajar, despacio.
Era algo clásico, una pareja de enamorados, uno se muere, el otro sufre.\
Le quería dar un giro distinto y no lo encontraba. La venía arrastrando en los ratos muertos del hospital, entre sellos de autorizaciones y gente con cara de urgencia.
Abría el archivo, avanzaba dos líneas, lo cerraba. El personaje no avanzaba; se quedaba mirando las escenas desde afuera, como si le faltara el aire para entrar.
Yo también empezaba a cansarme de él.
Me senté en el escritorio. La puerta del dormitorio estaba entornada y, del otro lado, el sueño de Graciela era un pulso apenas audible. La casa tenía ese silencio de cuando el día ya no pide nada.
Encendí la computadora. Releí el último párrafo y busqué un cierre limpio: entender, aceptar, soltar.
Cuando el cursor titilaba sobre la última palabra, una voz me detuvo.
—No.
El vello de mi nuca se erizó antes de que pudiera procesar el sonido. La voz, grave, venía de mi izquierda.
Me quedé quieto. Esperé que fuera la madera, el viento, cualquier cosa.
—No —repitió—. Eso no fue lo que pasó.
Giré la cabeza despacio.
Estaba apoyado contra la biblioteca. Flaco. La camisa clara le quedaba grande en los hombros; los puños, arrugados. Tenía un cansancio viejo en los ojos.
—¿Qué hacés acá? —dije.
—Corrigiendo.
—El final funciona —dije—. Cierra.
—Para vos.
Se despegó de la biblioteca y caminó sin ruido. Se inclinó sobre el monitor.
—Esto es mentira —dijo—. Lo escribiste para que cierre.
—Es un recurso.
—Me dejaste afuera del vidrio.
No contesté.
—Decís que no llegué porque lo entendí. Porque acepté. —negó apenas con la cabeza—. No sabés lo que fue estar ahí.
Sentí un hormigueo en la mano derecha. Moví los dedos; tardaron en responder.
—Estaba con un papel de indicaciones médicas doblado en la mano —dijo—. Esperando.
Apoyé la mano en la mesa para que no se notara el temblor.
—Eso no está en el cuento.
—Por eso.
Se inclinó más. En el puño de la camisa tenía una mancha oscura, vieja. El olor llegó después: desinfectante, tela húmeda.
—No me voy a ir.
Asentí, sin darme cuenta.
—Te tenés que ir —dije.
—Pero no sabés cómo.
Volví a la computadora y escribí el final igual. Más rápido. Sin mirarlo.
Lo hice entrar. La vio. Le habló. Entendió.
Cerré todo ahí.
Borré la sala de espera, el vidrio, la tos. El nombre de Lucía lo dejé brillar un segundo antes de borrarlo.
Cuando terminé, releí.
Funcionaba.
Quise estirar la espalda. Me quedé medio trabado en la silla. La mano derecha seguía rara. La apoyé en el muslo y esperé a que respondiera.
Levanté la vista.
No estaba.
Guardé el archivo.
Cuando volví a mirar la pantalla, el final no estaba.
Las líneas habían cambiado. La sala de espera. El vidrio. El papel en la mano.
—Te faltó algo.
La voz salió atrás de mi hombro.
No giré enseguida. Probé seguir leyendo. No sirvió.
—¿Qué?
—Yo.
Sentí su mano en el respaldo. No apretaba.
—Ahora está mejor —dijo.
Quise girar. El cuello no respondió. Las piernas, pesadas. La derecha no obedecía.
La computadora se encendió con un golpe de luz. El cursor titilaba al final de una frase que no era mía.
Se acomodó a mi lado.
—Correte un poco.
No me moví.
Empujó la silla y alcanzó el teclado.
Empezó a escribir despacio. Se detenía en algunas palabras.
En la pantalla apareció la puerta. El vidrio. La luz del pasillo. El papel doblado.
Del otro lado dijeron que podía pasar. No entró.
No levantó la vista.
La tos volvió a aparecer. Dos veces. Cortita.
Desde el dormitorio se escuchó la cama.
Graciela tosió, dormida.
Él se quedó quieto. Levantó la cabeza. Miró hacia la puerta.
Dio un paso.
—No.
Se detuvo.
—No —repetí, más bajo—. Está durmiendo.
No me miró.
—También ella estaba durmiendo. No te preocupes. Vos vas a estar.
Siguió escribiendo.
Las letras aparecían una por una. Intenté levantar la mano derecha para cerrar la pantalla. No llegué.
Se inclinó para la última línea. La manga rozó mi brazo. La mancha pasó frente a mis ojos.
Mi nombre apareció en la primera línea.
La manija empezó a bajar, despacio.