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c/LiteraturaESP by u/fictograma 3w ago fictograma.com

La Isla capitulo 2

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Capítulo 2: El octavo día de mayo

El despertador de la mesilla marcaba las 05:47 cuando Kai abrió los ojos.

No lo despertó la alarma, que aún no había sonado, ni ningún ruido de la calle, que a esa hora estaba sumida en el silencio de la madrugada. Simplemente, algo en su interior se encendió como un interruptor. Un calor seco en la nuca. Un hormigueo que le recorrió la columna vertebral y se expandió hacia los hombros, hacia las sienes, hacia la punta de los dedos.

Se quedó tumbado boca arriba, inmóvil, mirando las estrellas fluorescentes del techo. Fuera, las primeras luces del amanecer apenas empezaban a filtrarse a través de las contraventanas, dibujando líneas grises sobre el suelo de madera. El canto de un pájaro solitario llegaba desde el limonero del jardín.

Era 8 de mayo.

Kai contuvo la respiración. El hormigueo no desaparecía. Al contrario, se intensificaba. Era como si alguien hubiera vertido arena caliente dentro de su cráneo, una arena que se movía y burbujeaba. Se llevó una mano a la cabeza y notó la piel caliente, casi febril. Cerró los ojos con fuerza y luego los abrió.

El techo seguía allí. Las estrellas fluorescentes. El póster de la selección de balonmano. Su habitación de siempre. Pero algo era diferente. Algo en la luz, en el aire, en la forma en que percibía las cosas. Los colores parecían más intensos. El borde del póster, que antes era plano, ahora tenía un leve brillo, una especie de aura casi imperceptible. Las motas de polvo que bailaban en el haz de luz del amanecer se movían con una nitidez excesiva, como pequeñas estrellas en cámara lenta.

Se incorporó lentamente. El suelo de madera crujió bajo sus pies descalzos, igual que siempre. Cogió la sudadera que colgaba del respaldo de la silla y se la puso por encima del pijama. Salió al pasillo arrastrando los pies.

La casa estaba en silencio. Demasiado silencio para ser un día laborable. Normalmente, a esa hora, su madre ya estaría trajinando en la cocina y su padre buscaría las llaves del coche con prisas. Pero hoy no. Hoy el pasillo estaba oscuro y quieto, como si la casa contuviera el aliento.

Bajó las escaleras con cuidado, evitando el cuarto escalón, que siempre crujía. Al llegar al descansillo, oyó voces. Voces bajas que venían del salón. Y algo más: el rumor metálico de un coche aparcando frente a la casa.

Se le aceleró el pulso.

Entró en el salón y encontró a su familia reunida. Su madre, Alba, estaba de pie junto a la ventana con los brazos cruzados. Llevaba la bata de flores que se ponía cada mañana, pero no estaba preparando el desayuno. Miraba hacia la puerta de la calle con los ojos brillantes. Su padre, León, estaba a su lado con una mano apoyada en el hombro de Alba. Tenía las gafas torcidas, como si se las hubiera puesto con prisas. Mateo estaba sentado en el sofá con el pelo suelto y los pies descalzos. Sara permanecía abrazada a la abuela Adela, que los envolvía a ambos con sus brazos huesudos.

Todos miraron hacia Kai cuando entró.

—Ha pasado —dijo Alba, con una voz que era medio risa y medio llanto—. Kai, cariño, ha pasado.

—¿El qué?

No necesitó más respuesta. Su madre corrió hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que casi lo tira al suelo. Olía a café y a crema hidratante, como siempre. Su padre llegó detrás y los rodeó a ambos con sus brazos largos.

—Ha saltado la alarma —explicó Mateo, acercándose—. Hace como diez minutos. El sensor del ayuntamiento, esa sirena que solo suena el 8 de mayo. Y luego papá ha mirado la tableta y… venía tu nombre. Kai Herrera. Confirmado por el Sistema de Detección Global.

—¿Mi nombre? —Kai parpadeó—. ¿Mi nombre en la tableta?

—Tu nombre, tu ubicación, tu edad —dijo León, con voz ronca—. Dieciséis años, Veridiana, calle del Almendro 14. Lo tiene todo. Han llamado del Ministerio. Los agentes están de camino.

Como si las palabras de su padre hubieran invocado el sonido, en ese momento sonó el timbre.

La abuela Adela soltó a Sara y se acercó a Kai. Le puso las manos en las mejillas, como había hecho la noche anterior en la cena. Lo miró largamente con esos ojos viejos y sabios que habían visto tanto.

—Ya está —dijo, y su voz cascada sonó más suave que nunca—. Ya eres uno de ellos. Mi nieto, un Don.

Sara se abrazó a la cintura de Kai. No dijo nada, pero temblaba ligeramente. Él le acarició el pelo con torpeza.

—Un año pasa volando. Te escribiré. Veinte páginas.

—Cada mes —susurró Sara.

—Cada mes. Te lo prometo.

Mateo se acercó y le dio un golpecito en el hombro.

—Ten cuidado, ¿vale? Y aprende algo útil. Si te toca un poder de esos que molan, ya sabes, algo que podamos rentabilizar.

—Idiota —dijo Kai, sonriendo.

—Un poco.

El timbre volvió a sonar. Esta vez, acompañado de tres golpes firmes.

León fue a abrir. Kai se apartó de su madre y de su hermana, se alisó la camiseta del pijama y respiró hondo. Se sentía extraño. Como si estuviera a punto de subir a un escenario sin saber el guion.

La puerta se abrió.

En el umbral había tres personas. Dos hombres y una mujer, vestidos con trajes formales de color azul marino. En la solapa llevaban el emblema del Ministerio de Asuntos Excepcionales de la República de Aldoria: un círculo dorado con trece estrellas en su interior. El hombre que iba al frente era alto, de mediana edad, con el pelo castaño peinado hacia atrás y una sonrisa amplia y profesional. La mujer era más joven, de rasgos suaves y ojos claros, con una tableta en las manos. El tercer hombre permanecía un paso por detrás, con gafas de sol oscuras a pesar de lo temprano de la hora y una expresión neutra.

—Buenos días, familia Herrera —dijo el hombre del frente con voz grave pero cálida—. Soy el agente Dornier, del Ministerio de Asuntos Excepcionales, división de Recogida y Traslado. Ella es la agente Solenne y él es el agente Voss. Venimos en nombre del Gobierno de la República de Aldoria y de la comunidad internacional. En primer lugar, queremos darles la enhorabuena. Su hijo Kai ha sido identificado como uno de los trece Dones del presente ciclo. Es un honor para su familia y para todo el país.

Hizo una pausa, como si hubiera recitado ese discurso otras veces. Probablemente era así.

—Sabemos que este es un momento muy emotivo —continuó—, y no queremos apresurar a nadie. Pero el protocolo exige que el Don se traslade al punto de reunión continental en las próximas horas. Los trece Dones llegarán a lo largo de la mañana desde distintos puntos del mundo, y el traslado a la Isla del Primer Refugio está previsto para esta misma mañana.

—¿Esta misma mañana? —Alba apretó el brazo de Kai—. ¿Tan pronto?

—El protocolo está diseñado para minimizar el impacto emocional —intervino la agente Solenne con voz suave—. Cuanto antes lleguen a la Isla, antes podrán empezar su formación. Y créame, la Isla es un lugar maravilloso. Su hijo estará en las mejores manos.

—No se preocupen —añadió Dornier—. Tendrán tiempo para despedirse. Siempre lo hay.

Kai miró a los agentes. Dornier parecía amable y profesional. Solenne parecía dulce y comprensiva. Voss era una estatua con gafas de sol, completamente inmóvil, con las manos entrelazadas por detrás de la espalda. Algo en su quietud llamaba la atención, pero no lo suficiente para resultar inquietante. Simplemente era un tipo callado.

—¿Puedo vestirme? —preguntó Kai, señalándose el pijama.

Dornier esbozó una sonrisa más amplia.

—Claro, claro. Tómate tu tiempo. Disponemos de aproximadamente una hora antes de que debamos partir. Desayuna, dúchate, despídete de tu familia. Nosotros esperaremos aquí fuera.

Y dicho esto, los tres agentes se retiraron al coche oficial, un vehículo oscuro con el emblema del Ministerio en la puerta. Voss fue el último en retirarse. Caminaba sin hacer ruido, a pesar de la grava del jardín.

La hora siguiente transcurrió en una especie de burbuja cálida y acelerada. Kai subió a su cuarto humeante de pensamientos y se vistió con lo primero que encontró: vaqueros, camiseta azul, las zapatillas de siempre. Se miró al espejo del armario. El chico que le devolvía la mirada era el mismo de siempre. Pelo negro revuelto, ojos color avellana, cara de sueño. Pero algo en su interior había cambiado. Algo que aún no sabía nombrar.

Bajó a la cocina y encontró a su abuela friendo huevos en la sartén grande, la de los domingos.

—Siéntate y come —le ordenó sin girarse—. Que te van a llevar a una isla tropical y allí no sé qué clase de desayunos dan. En sitios así, seguro que todo es fruta y cosas raras. Tú come huevos, que es lo que da fuerza.

—Abuela, que voy a una isla con entrenadores de fama mundial. Seguro que comen bien.

—No me fío de la comida que no he cocinado yo. Siéntate.

Kai obedeció. Huevos fritos con puntillas crujientes, pan tostado con mantequilla, un vaso de leche fría. El desayuno de todos los días, pero hoy sabía distinto. Más intenso. Como si sus papilas gustativas también hubieran despertado.

Su madre se sentó a su lado y le cogió la mano.

—¿Cómo te sientes?

—Raro. Como si nada hubiera cambiado y a la vez todo hubiera cambiado. No sé explicarlo.

—Es normal. El Despertar es distinto para cada persona. Algunos dicen que sienten una corriente eléctrica. Otros, que no sienten nada. Ya te harán las pruebas en la Isla y descubrirás cuál es tu poder.

—¿Y si es algo inútil? Como lo de aquel chico que podía cambiar el color de las uñas.

Alba le apretó la mano.

—No hay poderes inútiles, Kai. Solo personas que no han aprendido a usarlos aún. Para eso está la Isla. Para descubrirlo.

Su padre se acercó con la tableta en la mano.

—Ya está todo registrado —dijo, con esa eficiencia que tenía para todo—. El Ministerio ha confirmado el traslado. A las ocho menos cuarto saldréis hacia el Centro de Tránsito Continental, en la capital. Allí os reuniréis con el resto de los Dones y volaréis juntos a la Isla. Llegada estimada a las once de la mañana, hora insular.

—¿Ya lo has calculado todo? —preguntó Kai con una sonrisa.

—Sí. —León se quitó las gafas y las limpió con la camisa—. Es lo que hago. Calcular cosas. Me tranquiliza.

Mateo entró en la cocina con un plátano en la mano.

—Pues yo he calculado que si tu poder es hacer dinero, me pido un diez por ciento.

—¿Y si es hacer crecer plantas?

—Entonces te pido un aguacate. Están carísimos.

Sara apareció detrás de Mateo, aún en pijama, con el pelo revuelto y los ojos hinchados. No dijo nada. Se sentó al lado de Kai y apoyó la cabeza en su hombro.

—Prométeme que volverás —dijo en voz baja.

—Claro que volveré. En un año, con un superpoder increíble, convertido en un héroe internacional.

—No me importa lo del superpoder. Solo quiero que vuelvas.

Kai le dio un beso en la coronilla.

—Te lo prometo.

A las ocho menos cuarto, Dornier llamó a la puerta.

—Ha llegado el momento, familia Herrera.

Kai se levantó de la mesa. Se despidió de su abuela, que le estrujó las mejillas con sus manos arrugadas y le dijo: «Pase lo que pase, recuerda quién eres». Se despidió de Mateo, que le dio un abrazo torpe y un «no hagas tonterías». Se despidió de Sara, que se aferró a su cintura hasta que Alba la separó con suavidad. Se despidió de su madre, que le sostuvo la cara entre las manos y lo miró como si quisiera memorizar cada rasgo.

—Estoy orgullosa de ti —le dijo—. Te quiero. Vuelve pronto.

—Te quiero, mamá.

Se despidió de su padre, que le estrechó la mano y luego lo atrajo hacia un abrazo firme y breve.

—Cuídate, hijo. Y escríbenos en cuanto puedas.

—Lo haré, papá.

Luego el agente Dornier le puso una mano en el hombro y lo guió hacia la puerta. Kai se giró una última vez. Vio a su familia reunida en el umbral del salón: su madre sonriendo entre lágrimas, su padre con el brazo alrededor de los hombros de Sara, Mateo alzando la mano en un gesto de despedida, la abuela Adela asintiendo lentamente.

El coche oficial arrancó y la calle del Almendro, la casa de fachada crema y contraventanas azules, el jardín de hortensias, el barrio de Los Tilos, todo fue quedando atrás. Kai apoyó la frente contra el cristal frío y vio cómo su mundo se empequeñecía.

No sabía que era la última vez que lo veía.

---

12:00 del mediodía. Calle del Almendro 14.

El sol de mayo caía a plomo sobre el jardín de hortensias de la casa de la familia Herrera. Las flores, rosas y violetas, brillaban bajo la luz intensa. La calle estaba tranquila, con el rumor lejano del tren elevado y el zumbido perezoso de algún insecto entre las plantas.

Alba estaba en la cocina, preparando una tarta de manzana. Era la tarta que siempre hacía para las grandes ocasiones, y aunque no sabía muy bien por qué, había sentido la necesidad de hornearla esa mañana. Quizás para tener las manos ocupadas. Quizás para que la casa oliera a algo familiar mientras Kai ya no estaba. La masa estaba lista, estirada sobre la encimera, y las manzanas peladas y cortadas en gajos esperaban en un cuenco.

León estaba en el salón, con la tableta en la mano. Había seguido el rastreador de vuelo de Kai durante toda la mañana: Veridiana - Capital - Punto de reunión. El vuelo hacia la Isla había despegado puntualmente y en ese momento sobrevolaba el océano. Todo según el plan. Todo correcto.

Mateo estaba en su cuarto, con los auriculares puestos y un juego de estrategia en la pantalla, matando el rato. Sara ayudaba a la abuela Adela a regar las plantas del jardín trasero, con la manguera que siempre se doblaba en el mismo sitio y que había que agitar con fuerza para que el agua saliera.

—Abuela, ¿tú crees que Kai está bien?

—Claro que sí, niña. Estará en el avión, mirando por la ventanilla, emocionado como un niño chico. Ya lo conoces.

—Pero es que todo ha sido tan rápido.

—La vida es rápida, Sara. Lo importante no es la velocidad, sino lo que haces mientras pasa.

El timbre de la puerta sonó.

—Voy yo —gritó Alba, limpiándose las manos en el delantal.

Abrió la puerta y encontró a dos agentes del Ministerio. Eran distintos a los de la mañana. Un hombre y una mujer jóvenes, con trajes azul marino y el mismo emblema dorado en la solapa. El hombre era moreno, de pelo corto y sonrisa agradable. La mujer era rubia, de ojos verdes y expresión dulce.

—¿Señora Herrera? —preguntó el hombre—. Soy el agente Corso y ella es la agente Lira. Venimos del Ministerio de Asuntos Excepcionales.

—Ah, sí, claro. ¿Ocurre algo? ¿Está bien mi hijo?

—Su hijo está perfectamente —dijo Lira con una sonrisa—. Ha llegado a la Isla sin novedad. De hecho, venimos por eso.

—¿Por eso?

—El Ministerio ofrece a las familias de los Dones la posibilidad de estar cerca de ellos durante su primer día —explicó Corso—. No en la Isla en sí, por supuesto, eso está restringido. Pero hay un centro de acogida para familias en una isla cercana, a apenas veinte minutos en barco. Allí pueden alojarse, conocer el entorno, y luego, esta misma noche, volver. Es una iniciativa nueva, una deferencia con las familias.

—¿Una isla cercana? —Alba se llevó la mano al pecho—. ¿Podremos verlo?

—Verlo directamente no, el entrenamiento es privado. Pero estarán cerca de él. Y les darán información de primera mano sobre cómo va a ser su año.

León había aparecido detrás de Alba, con la tableta en la mano y el ceño ligeramente fruncido.

—¿Y por qué no nos dijeron nada esta mañana?

—Es un programa piloto —dijo Lira, encogiéndose de hombros con cierto encanto—. No se anuncia por protocolo. Solo se ofrece a las familias una vez que el Don ha llegado sano y salvo. Así evitamos falsas expectativas si el vuelo se retrasa o surge algún imprevisto.

—No sé… —León se ajustó las gafas—. ¿Tenemos que firmar algo? ¿Hay algún documento oficial?

—Por supuesto —dijo Corso, sacando una tableta de su maletín—. Aquí tienen la autorización. Pueden leerla con calma. Es un permiso de visita temporal, completamente voluntario. Si no quieren ir, no pasa nada. Pero les aseguro que el lugar es precioso.

Alba miró a León con los ojos brillantes.

—Estar cerca de él. Aunque no lo veamos. Cerca.

León la miró y supo que no podía negarse. Además, todo parecía en regla. El documento en la tableta tenía el sello del Ministerio, las firmas digitales, los códigos de verificación.

—Vamos a preguntar a los niños —dijo.

Mateo bajó las escaleras justo en ese momento, con los auriculares colgando.

—¿Qué pasa?

—Ofrecen llevarnos a una isla cerca de donde está Kai —dijo Alba—. Como una visita de bienvenida. Para estar cerca de él.

—¿En serio? —Mateo arqueó una ceja—. Pues suena bien. ¿Es gratis?

—Todo lo cubre el Ministerio —dijo Lira—. Es un detalle para las familias de los Dones. Un agradecimiento por su sacrificio.

Sara y la abuela entraron por la puerta trasera. Alba les explicó la situación. Sara parecía emocionada. La abuela Adela, en cambio, observó a los agentes con sus ojos viejos y escrutadores.

—¿Y cuánto dura el viaje? —preguntó la abuela.

—Unas dos horas por carretera y luego un pequeño traslado en barco —dijo Corso—. Pero el trayecto es muy bonito. Paisajes de costa, acantilados, gaviotas.

—Dos horas de ida, dos de vuelta… —calculó León—. Volveríamos a casa a última hora de la tarde, si salimos ya.

—Eso es. Estarán de vuelta antes de la cena.

La familia se miró entre sí. Alba fue la primera en asentir.

—Vamos. Quiero estar cerca de él.

León asintió después.

—De acuerdo. Pero si surge algo, quiero que nos traigan de vuelta inmediatamente.

—Por supuesto, señor Herrera. Es un servicio diseñado para su comodidad.

Los agentes Corso y Lira sonrieron al unísono. Sonrisas profesionales, tranquilizadoras.

—Perfecto —dijo Corso—. Tenemos un vehículo esperando. ¿Pueden estar listos en diez minutos?

La familia Herrera se preparó en un instante. Alba se quitó el delantal, cogió el bolso y se aseguró de cerrar el horno. León apagó la tableta y se puso una chaqueta ligera. Mateo se calzó las zapatillas. Sara se peinó con los dedos. La abuela Adela se puso su chal de flores y cogió su bastón, el de empuñadura de plata.

Salieron de la casa a las doce y cuarto. El coche del Ministerio era amplio, con tres filas de asientos y ventanas tintadas. El agente Corso conducía. La agente Lira iba de copiloto, charlando animadamente con Alba sobre la Isla y sus instalaciones.

—Es un complejo pequeño pero muy bonito —decía Lira—. Hay jardines, una cafetería, incluso una pequeña playa privada. Las familias pueden pasear y relajarse.

—¿Y hay más familias? —preguntó Mateo.

—Sí, suelen coincidir con otras. Hoy hay tres o cuatro más. Es agradable, créanme.

El vehículo salió de Veridiana por la autopista del este. El día era espléndido. El cielo estaba despejado y el sol bañaba los campos de cultivo que se extendían a ambos lados de la carretera. Alba miraba por la ventanilla, pensando en Kai. León repasaba mentalmente el itinerario. Sara se había quedado dormida contra el hombro de la abuela. Mateo escuchaba música con sus auriculares.

—¿Falta mucho? —preguntó Alba al cabo de un rato.

—Un poco menos de una hora —respondió Corso—. Vamos bien.

El coche dejó la autopista y tomó una carretera secundaria que serpenteaba entre colinas verdes y bosques de pinos. El paisaje se volvió más agreste, más solitario. Apenas pasaban otros coches. Los pueblos que atravesaban eran diminutos, de casas blancas y tejados de teja roja.

—La costa está ahí detrás —señaló Lira, apuntando hacia una cadena de colinas—. Al otro lado está el mar. Y luego la isla donde los espera el centro de acogida.

—¿Y cómo se llama la isla? —preguntó León.

—Isla de la Brisa —dijo Lira—. Un nombre muy poético, ¿verdad?

En el asiento de atrás, la abuela Adela no dijo nada. Miraba por la ventanilla con los ojos entrecerrados. Llevaba un buen rato en silencio. Ni siquiera el ronquido suave de Sara la distraía.

El coche tomó un desvío sin asfaltar. Las ruedas crujieron sobre la grava. El bosque de pinos se cerró a ambos lados del camino, denso y oscuro. El aire olía a resina y a tierra húmeda.

—¿Es por aquí? —preguntó León, con un tono ligeramente extrañado.

—Un atajo —dijo Corso—. Llegamos antes.

El camino se estrechó. Las ramas de los árboles arañaban l
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