La Isla Capitulo 1
El sol caía sobre la ciudad de Veridiana como una moneda de cobre gastada, tiñendo los tejados de las casas bajas con una luz anaranjada y perezosa. Era una ciudad de tamaño medio, de esas que no aparecen en las guías turísticas ni en las noticias internacionales, pero que albergan cientos de miles de vidas pequeñas y ordenadas. Las calles del barrio de Los Tilos estaban tranquilas a esa hora, con los plátanos de sombra meciéndose suavemente y el rumor lejano del tren elevado cruzando el distrito norte.
En una de esas calles, la calle del Almendro número 14, se alzaba una casa de dos plantas con la fachada pintada de un color crema desvaído por el sol de muchos veranos. Las contraventanas, de madera azul, estaban abiertas de par en par. En el pequeño jardín delantero, las hortensias de la abuela florecían en racimos rosas y violetas. Una bicicleta vieja descansaba apoyada contra la verja, con el candado colgando del manillar, olvidado.
Era 7 de mayo. Y en esa casa, como en millones de hogares de todo el continente de Aldoria, el aire estaba cargado de una mezcla extraña de ilusión y ansiedad.
Kai apoyó la frente contra el vidrio de la ventana de su cuarto. El cristal estaba frío, con ese frío que todavía guardan las noches de primavera. Desde allí arriba veía el movimiento tranquilo del barrio: la señora Castelán sacudiendo un mantel por el balcón, dos chicos en monopatín bajando la cuesta del parque, el viejo Tómas paseando a su perro, un pastor de pelo canoso que ya no corría como antes. Todo normal. Todo exactamente igual que ayer y que anteayer y que el mes pasado.
Pero mañana no sería un día normal. Mañana era 8 de mayo. El día del Despertar.
Kai se apartó de la ventana y se dejó caer en la silla giratoria de su escritorio. La silla protestó con un chirrido metálico, como hacía siempre. Su habitación era un reflejo fiel de quién era: un chico de dieciséis años con más libros de los que podía leer, más videojuegos de los que podía terminar y más ideas en la cabeza de las que podía ordenar. Las estanterías combadas bajo el peso de novelas de fantasía y ciencia ficción, tomos de historia de la República de Aldoria, algún cómic de superhéroes que ya no leía pero no se atrevía a tirar. En la pared, un póster de la selección nacional de balonmano, el deporte que practicaba los sábados. En el escritorio, la tableta apagada, los auriculares enredados, un vaso de agua a medio beber. Y en el techo, aquellas estrellas fluorescentes que había pegado con diez años y que ya no brillaban, pero que seguían allí, como un pequeño cementerio de la infancia.
Se miró en el espejo de la puerta del armario. Pelo negro y lacio, cayéndole sobre la frente. Ojos color avellana, con ese tono entre marrón y verde que su abuela llamaba «ojos de bosque». Una camiseta gris con el logo de una banda que ya ni escuchaba. Delgado, no especialmente alto ni especialmente fuerte. Un chico normal. Un chico cualquiera. El tipo de persona que camina por la calle sin que nadie se gire.
Pero mañana, quizás, dejaría de serlo.
Esa era la cuestión. Esa era la maldita cuestión que daba vueltas en su cabeza desde hacía semanas, desde que el calendario empezó a acercarse peligrosamente al octavo mes del año. Porque cada 8 de mayo, en algún lugar del mundo, trece personas despertaban con un Don. Un poder único, irrepetible, que nadie más en la historia había tenido y nadie más tendría jamás. Trece personas entre toda la población mundial. Trece entre más de ocho mil millones. La probabilidad era tan ridícula, tan astronómicamente pequeña, que ningún matemático se molestaba en calcularla en serio.
Pero alguien tenía que ser.
—¡Kai! ¡La cena está lista! ¡Y no me hagas gritar más, que tengo la garganta hecha polvo!
La voz de su madre subió por las escaleras como un hilo cálido y enérgico. Su madre, Alba, tenía esa costumbre: gritar en vez de mandar un mensaje por la tableta. Decía que el grito tenía textura, intención, amor. Que un mensaje era frío y que ella no había criado hijos para comunicarse con ellos por texto. Kai sonrió a pesar de sí mismo y se levantó de la silla.
Antes de bajar, echó un último vistazo a su tableta. La había dejado encendida sobre la almohada, con un artículo a medias. Era un reportaje especial del Noticiario Central de Aldoria, como cada año, sobre el Despertar. El titular brillaba en la pantalla: «El 8 de mayo: todo lo que sabemos sobre el fenómeno que cambia el mundo». Kai lo había leído ya tres veces, pero siempre encontraba algo nuevo. O algo que olvidaba.
El fenómeno había comenzado exactamente treinta y dos años atrás. El 8 de mayo del año 94 del calendario de la Unión de Naciones, trece personas en distintos puntos del planeta habían despertado con habilidades inexplicables. Al principio, el mundo entró en pánico. Se habló de mutaciones, de experimentos secretos, de intervención divina, de invasión extraterrestre. Las teorías florecieron como hongos tras la lluvia. Pero con el paso de los años, cuando el patrón se repitió idéntico —siempre trece, siempre el 8 de mayo, siempre personas de entre uno y dieciocho años—, el pánico se convirtió en aceptación. Y la aceptación, en celebración.
Ahora, tres décadas después, el Despertar era parte de la vida. Parte del calendario. Parte de la cultura popular. Los niños soñaban con ser Dones. Los adolescentes fantaseaban con el poder que les podría tocar. Las familias rezaban —a los dioses, al azar, a lo que fuera— para que uno de los suyos fuera elegido. Porque ser un Don significaba ser especial. Significaba pasar un año en la Isla del Primer Refugio, un paraíso tropical donde los mejores entrenadores del mundo enseñaban a los jóvenes a dominar sus habilidades. Significaba volver convertido en alguien importante, alguien útil, alguien que podía cambiar el mundo.
Eso era lo que decía la propaganda oficial. Eso era lo que todo el mundo creía.
Kai apagó la tableta y bajó las escaleras. La barandilla de madera crujía bajo su mano, como siempre. El pasillo olía a cebolla pochada, a carne guisada, a laurel. El olor de la cocina de su abuela. Un olor que para Kai significaba hogar, seguridad, infancia.
La cocina era el corazón de la casa. Amplia, con azulejos blancos y una gran mesa de madera en el centro. Sobre la mesa, un mantel de cuadros rojos que su abuela había traído de quién sabe qué pueblo de la región de Llanura Verde, quién sabe en qué década de otro siglo. La abuela estaba junto a los fogones, removiendo el contenido de una olla grande con un cucharón de palo. Se llamaba Adela y tenía ochenta y tres años. Era una mujer pequeña, de pelo blanco como la nieve y manos llenas de manchas y arrugas. Manos que habían hecho de todo: amasar pan, coser vestidos, plantar tomates, curar rasguños, acariciar frentes febriles. Llevaba el pelo recogido en un moño tirante y un delantal azul con bordados de flores.
—Siéntate, flaco —dijo sin girarse, con esa voz cascada que tenía—. Hoy hay que comer bien. Mañana es día grande.
Kai se sentó en su sitio habitual, frente a la ventana que daba al jardín trasero. El jardín no era más que un pequeño rectángulo de césped con un limonero en el centro y un tendedero de ropa que su madre siempre olvidaba recoger. Pero a la luz del atardecer, con las sombras alargándose y los pájaros cantando en el limonero, parecía un lugar mágico.
—¿Por qué hay que comer bien hoy? —preguntó Kai, aunque sabía perfectamente la respuesta.
La abuela se giró lentamente, con el cucharón en alto como un cetro. Lo miró con esos ojos pequeños y oscuros que habían visto tres guerras, dos repúblicas y una revolución.
—Porque mañana puede ser el día más importante de tu vida. O no. Pero si lo es, quiero que lo enfrentes con el estómago lleno y el corazón contento.
Su padre ya estaba sentado a la mesa, repasando algo en su tableta. Se llamaba León y trabajaba en el Departamento de Estadística del Ayuntamiento de Veridiana. Era un hombre alto y delgado como Kai, pero con el pelo ya entrecano y unas gafas de montura fina que le daban aire de profesor universitario. Trabajaba demasiadas horas y cobraba demasiado poco, pero nunca se quejaba. No era de los que se quejaban. Era de los que apretaban los dientes y seguían adelante.
—Tu abuela tiene razón —dijo León, quitándose las gafas y dejando la tableta a un lado—. Mañana es un día especial. Lo es siempre. Aunque no nos toque.
—Probabilísticamente es casi imposible que nos toque —dijo Kai—. Uno entre… bueno, entre millones y millones.
—Pero alguien tiene que ser —dijo su madre, entrando con una ensaladera entre las manos—. Cada año son trece. Trece en todo el mundo. Podrías ser tú. O podría ser Sara. O Mateo. Trece personas no son tantas, ¿sabes? El año pasado fueron dos en todo el continente de Aldoria. Dos.
Su madre, Alba, era maestra de primaria en el colegio público del barrio. Tenía cuarenta y cuatro años, el pelo castaño recogido en una coleta práctica y una energía contagiosa que llenaba cualquier habitación. Sus alumnos la adoraban y los padres la respetaban. Para ella, todo era posible. Todo podía ser maravilloso. Era una optimista irremediable, de las que ven el vaso medio lleno aunque el vaso esté roto y el agua se derrame por la mesa.
Kai a veces envidiaba esa capacidad.
—Pues yo espero que no me toque —dijo Mateo, entrando en la cocina con las manos en los bolsillos de su sudadera azul.
Mateo era el hermano mayor. Dieciocho años recién cumplidos, el último año en que podía despertar. A partir del año siguiente, cuando tuviera diecinueve, el Despertar sería imposible. Esa era una de las reglas inexplicables del fenómeno: solo afectaba a personas de entre uno y dieciocho años. Nadie sabía por qué. Nadie sabía casi nada en realidad.
Mateo se dejó caer en una silla con ese aire desgarbado que tenía. Era más alto que Kai y más ancho de espaldas, con pelo castaño oscuro recogido en una coleta baja y un pendiente diminuto en la oreja izquierda. Estudiaba programación informática en la Universidad Politécnica de Veridiana y siempre, pero siempre, olía a café.
—¿Por qué esperas que no te toque? —preguntó Kai.
—Porque si me toca a mí o a ti o a Sara, nos llevan a la Isla y no vemos a la familia en un año entero. Un año sin mamá. Un año sin la abuela. Sin vosotros. —Hizo una pausa y sonrió con cierta ironía—. Bueno, sin papá igual sí sobrevivo.
León levantó la vista de la tableta con una ceja arqueada.
—Te he oído.
—Era broma, papá. Medio broma.
—Un año pasa volando —intervino Alba, sirviendo agua en los vasos—. Y sería un orgullo para toda la familia. Un Don en la familia Herrera. ¿Te imaginas? Saldríamos en las noticias. Harían un reportaje en el instituto. Los vecinos nos señalarían por la calle.
—Eso último no me gusta mucho —murmuró Kai.
—A mí tampoco —admitió Mateo—. Prefiero el anonimato. Ya sabes, ser un genio de la informática en la sombra. Como en las películas.
—Tú lo que eres es un vago —dijo la abuela, poniendo la olla de estofado en el centro de la mesa—. Y ahora comed, que esto está en su punto.
El estofado humeaba, espeso y oscuro, lleno de trozos de carne tierna, zanahorias, patatas y guisantes. La abuela tenía un toque especial para los guisos, un toque que no se aprendía en ningún libro de cocina sino en años y años de experiencia y de amor. Kai se sirvió un plato generoso y aspiró el aroma. Le recordaba a los inviernos de su infancia, cuando la casa olía así todos los domingos y toda la familia se reunía alrededor de la mesa.
—¿Falta Sara? —preguntó León.
—Está en su cuarto —dijo Alba—. Dice que no tiene hambre. Anda rara hoy.
Sara era la pequeña de la casa. Trece años, una edad complicada. Estaba en ese punto exacto entre la infancia y la adolescencia donde todo se siente con demasiada intensidad. Kai la comprendía: mañana también era 8 de mayo para ella. Y aunque las probabilidades eran mínimas, el miedo y la ilusión no entienden de probabilidades.
—Voy a verla —dijo Kai, levantándose.
—Llévale un plato —ordenó la abuela—. Que no se acueste sin cenar. Una niña de trece años necesita comer.
—Ya no es una niña, abuela.
—Para mí siempre seréis niños. Tú también. Así que obedece.
Kai obedeció. Preparó un plato pequeño con un poco de estofado, cogió un trozo de pan del cesto y subió las escaleras hacia la habitación de Sara. La puerta estaba entreabierta y dejaba pasar un hilillo de luz azulada: la tableta encendida.
Sara estaba tumbada boca abajo sobre la cama, con las piernas dobladas hacia atrás y los pies descalzos balanceándose en el aire. Llevaba un pijama de cuadros y el pelo suelto —un pelo castaño claro, más claro que el del resto de la familia— le caía sobre los hombros. En la pantalla de la tableta se veían imágenes de la Isla del Primer Refugio: playas de arena blanca, edificios de cristal reluciente, jóvenes sonrientes. El reportaje anual. El mismo que Kai había estado leyendo.
—Te traigo cena —dijo Kai, dejando el plato en la mesilla.
Sara levantó la vista. Tenía los mismos ojos avellana que Kai, pero más grandes y expresivos. En ese momento, estaban enrojecidos.
—No tengo hambre.
—Lo suponía. Pero la abuela dice que comas.
—La abuela siempre dice que comamos.
—Y siempre tiene razón.
Sara esbozó una sonrisa pequeña y se incorporó, abrazándose las rodillas. Kai se sentó en el borde de la cama, apoyando la espalda contra la pared. La habitación de Sara era muy distinta a la suya: paredes pintadas de lila, guirnaldas de luces colgando, peluches ordenados en una estantería, fotos de sus amigas pegadas con cinta adhesiva. Y en el techo, también, estrellas fluorescentes. Esa era tradición de la casa. La abuela se las había pegado a cada nieto cuando cumplían diez años.
—Tengo miedo —dijo Sara en voz baja.
—Es normal. Yo también.
—¿Tú? —Sara lo miró con sorpresa—. Tú nunca tienes miedo de nada.
—Claro que sí. Lo que pasa es que no se me nota. Tengo cara de no tener miedo.
—Tienes cara de estar siempre pensando en otra cosa.
—Eso también.
Se quedaron un rato en silencio. En la tableta, las imágenes seguían desfilando: un grupo de jóvenes Dones en lo que parecía una ceremonia de despedida, con guirnaldas de flores y túnicas blancas. Las imágenes eran siempre las mismas, año tras año. Los mismos jóvenes anónimos, las mismas sonrisas, las mismas playas. Nadie sabía exactamente quiénes eran esos jóvenes. La Oficina de Asuntos Excepcionales nunca revelaba las identidades de los Dones durante su año de entrenamiento. Decían que era para proteger su privacidad, para que pudieran entrenar sin la presión mediática.
—Dicen que la Isla es preciosa —dijo Sara, mirando la pantalla—. Que hay bosques, cascadas, playas de arena fina. Que los entrenadores son los mejores del mundo.
—Eso dicen.
—Y que los trece se hacen amigos para toda la vida.
—Es lo que cuentan.
Sara frunció el ceño.
—Pero nadie ha contado nada en realidad. Quiero decir… los Dones que vuelven siempre son muy… no sé. Muy discretos. Dan algunas entrevistas y luego desaparecen.
Kai se encogió de hombros.
—Supongo que después de un año en una isla paradisíaca con doce desconocidos que tienen superpoderes, la vida normal les parece aburrida.
—O quizás es que algo pasa allí. Algo que no cuentan.
Kai se quedó quieto. Esa idea le había cruzado la mente más de una vez, pero nunca la había dicho en voz alta. En la escuela, cuando alguien insinuaba algo parecido, los profesores callaban y cambiaban de tema. Los medios de comunicación nunca cuestionaban la versión oficial. El gobierno de Aldoria, como todos los gobiernos del mundo, respaldaba sin fisuras el programa de la Isla.
—Lo que pase allí —dijo Kai por fin—, si me toca, lo descubriré por mí mismo.
—¿Irías?
—Claro. ¿Tú no?
Sara se quedó pensando, con la barbilla apoyada en las rodillas.
—No lo sé. Me da miedo separarme de vosotros. Un año es mucho tiempo.
—Un año pasa volando. Ya lo has oído a mamá.
—Mamá también dice que los tatuajes duelen poco. Y es mentira.
Kai soltó una carcajada. Su madre tenía un pequeño tatuaje en el hombro, un sol diminuto que se había hecho a los veinte años, y siempre contaba que no le había dolido nada. Mateo le había pillado la mentira cuando se hizo el suyo a los diecisiete y casi se desmaya del dolor.
—Vale, tienes razón. Pero creo que en lo del año, sí que es verdad. Pasaría rápido. Y luego volveríamos siendo famosos.
—No quiero ser famosa.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito. Quiero ser dibujante. Los dibujantes no son famosos.
—Algunos sí.
—Los que a mí me gustan no.
Se quedaron otro rato en silencio, viendo las imágenes de la Isla. En la pantalla apareció un mapa del mundo, con puntos brillantes marcando los lugares donde habían despertado los Dones en años anteriores. La mayoría de los puntos se concentraban en los continentes más poblados: el norte de Aldoria, el sur de Valdavia, las regiones costeras de Silvania. Pero había puntos dispersos por todas partes. El fenómeno no discriminaba por nacionalidad, raza, género o clase social. Era completamente aleatorio. Un misterio absoluto.
—¿Y si me toca algo malo? —preguntó Sara de repente.
—No hay poderes malos. Solo personas.
—Eso lo ha dicho mamá.
—Porque es verdad.
—Pero hay poderes que dan miedo. Hace dos años, esa mujer en el norte… la que podía hacer explotar cosas con la mente.
Kai recordaba el caso. Había sido breve, apenas una mención en las noticias. Una mujer joven, de 18 años —una Don de las primeras generaciones—, había usado su poder para demoler un puente viejo en la región minera de Borundia. Una demolición controlada, dijeron. Perfectamente segura, dijeron. La mujer había sonreído a las cámaras y había dicho que su poder, usado correctamente, era un regalo para la humanidad.
Pero Kai recordaba haber pensado: ¿y si no lo hubiera usado correctamente? ¿Y si hubiera querido hacer daño?
—En la Isla enseñan a controlar los poderes —dijo Kai, repitiendo lo que había oído mil veces—. Para eso está. Para que nadie se descontrole.
—Eso dicen —repitió Sara, con un tono que sugería que ya no se creía del todo lo que decían.
Kai le revolvió el pelo.
—Come algo y duerme. Mañana será lo que tenga que ser.
Sara cogió el plato y empezó a pinchar un trozo de patata con el tenedor, sin mucho entusiasmo. Kai se levantó y se fue hacia la puerta.
—Kai —lo llamó Sara.
—¿Sí?
—Si te toca… ¿me escribirás? Desde la Isla, digo.
—Claro que te escribiré. Todos los días.
—Dicen que en la Isla no dejan tener contacto con el exterior. Solo una carta al mes.
—Pues te escribiré una carta al mes. De veinte páginas.
Sara sonrió. Era una sonrisa triste y esperanzada al mismo tiempo.
—Vale. Trato.
—Trato.
Kai cerró la puerta con cuidado y bajó las escaleras. En el camino, se detuvo un momento en el rellano, junto a la ventana que daba al jardín delantero. El sol ya se había puesto del todo y el cielo era de un azul profundo, casi morado. Las primeras estrellas titilaban. La luna, casi llena, asomaba por encima de los tejados.
Mañana. Mañana a esta misma hora, todo podría ser diferente. O todo podría seguir exactamente igual.
Esa incertidumbre era la peor parte.
Cuando volvió a la cocina, la cena estaba en pleno apogeo. Mateo y León discutían sobre balonmano —Mateo era aficionado al Remo de Veridiana, León prefería al Unión Deportiva de la capital—, mientras Alba y la abuela Adela hablaban de las plantas del jardín y de si era buena época para plantar albahaca. La mesa estaba llena de platos, vasos, fuentes y servilletas arrugadas. La luz cálida de la lámpara colgante lo envolvía todo en un resplandor dorado.
Kai se sentó en su sitio y terminó su plato de estofado. La carne estaba tierna y sabrosa, la salsa espesa y llena de sabor. Comió despacio, saboreando cada bocado. La abuela lo miraba de reojo, con esa expresión satisfecha de quien sabe que ha cocinado bien.
En un rincón de la cocina, la televisión estaba encendida con el volumen bajo. Era un aparato viejo, de pantalla plana pero con los bordes gruesos, que la familia llevaba años diciendo que ca
En una de esas calles, la calle del Almendro número 14, se alzaba una casa de dos plantas con la fachada pintada de un color crema desvaído por el sol de muchos veranos. Las contraventanas, de madera azul, estaban abiertas de par en par. En el pequeño jardín delantero, las hortensias de la abuela florecían en racimos rosas y violetas. Una bicicleta vieja descansaba apoyada contra la verja, con el candado colgando del manillar, olvidado.
Era 7 de mayo. Y en esa casa, como en millones de hogares de todo el continente de Aldoria, el aire estaba cargado de una mezcla extraña de ilusión y ansiedad.
Kai apoyó la frente contra el vidrio de la ventana de su cuarto. El cristal estaba frío, con ese frío que todavía guardan las noches de primavera. Desde allí arriba veía el movimiento tranquilo del barrio: la señora Castelán sacudiendo un mantel por el balcón, dos chicos en monopatín bajando la cuesta del parque, el viejo Tómas paseando a su perro, un pastor de pelo canoso que ya no corría como antes. Todo normal. Todo exactamente igual que ayer y que anteayer y que el mes pasado.
Pero mañana no sería un día normal. Mañana era 8 de mayo. El día del Despertar.
Kai se apartó de la ventana y se dejó caer en la silla giratoria de su escritorio. La silla protestó con un chirrido metálico, como hacía siempre. Su habitación era un reflejo fiel de quién era: un chico de dieciséis años con más libros de los que podía leer, más videojuegos de los que podía terminar y más ideas en la cabeza de las que podía ordenar. Las estanterías combadas bajo el peso de novelas de fantasía y ciencia ficción, tomos de historia de la República de Aldoria, algún cómic de superhéroes que ya no leía pero no se atrevía a tirar. En la pared, un póster de la selección nacional de balonmano, el deporte que practicaba los sábados. En el escritorio, la tableta apagada, los auriculares enredados, un vaso de agua a medio beber. Y en el techo, aquellas estrellas fluorescentes que había pegado con diez años y que ya no brillaban, pero que seguían allí, como un pequeño cementerio de la infancia.
Se miró en el espejo de la puerta del armario. Pelo negro y lacio, cayéndole sobre la frente. Ojos color avellana, con ese tono entre marrón y verde que su abuela llamaba «ojos de bosque». Una camiseta gris con el logo de una banda que ya ni escuchaba. Delgado, no especialmente alto ni especialmente fuerte. Un chico normal. Un chico cualquiera. El tipo de persona que camina por la calle sin que nadie se gire.
Pero mañana, quizás, dejaría de serlo.
Esa era la cuestión. Esa era la maldita cuestión que daba vueltas en su cabeza desde hacía semanas, desde que el calendario empezó a acercarse peligrosamente al octavo mes del año. Porque cada 8 de mayo, en algún lugar del mundo, trece personas despertaban con un Don. Un poder único, irrepetible, que nadie más en la historia había tenido y nadie más tendría jamás. Trece personas entre toda la población mundial. Trece entre más de ocho mil millones. La probabilidad era tan ridícula, tan astronómicamente pequeña, que ningún matemático se molestaba en calcularla en serio.
Pero alguien tenía que ser.
—¡Kai! ¡La cena está lista! ¡Y no me hagas gritar más, que tengo la garganta hecha polvo!
La voz de su madre subió por las escaleras como un hilo cálido y enérgico. Su madre, Alba, tenía esa costumbre: gritar en vez de mandar un mensaje por la tableta. Decía que el grito tenía textura, intención, amor. Que un mensaje era frío y que ella no había criado hijos para comunicarse con ellos por texto. Kai sonrió a pesar de sí mismo y se levantó de la silla.
Antes de bajar, echó un último vistazo a su tableta. La había dejado encendida sobre la almohada, con un artículo a medias. Era un reportaje especial del Noticiario Central de Aldoria, como cada año, sobre el Despertar. El titular brillaba en la pantalla: «El 8 de mayo: todo lo que sabemos sobre el fenómeno que cambia el mundo». Kai lo había leído ya tres veces, pero siempre encontraba algo nuevo. O algo que olvidaba.
El fenómeno había comenzado exactamente treinta y dos años atrás. El 8 de mayo del año 94 del calendario de la Unión de Naciones, trece personas en distintos puntos del planeta habían despertado con habilidades inexplicables. Al principio, el mundo entró en pánico. Se habló de mutaciones, de experimentos secretos, de intervención divina, de invasión extraterrestre. Las teorías florecieron como hongos tras la lluvia. Pero con el paso de los años, cuando el patrón se repitió idéntico —siempre trece, siempre el 8 de mayo, siempre personas de entre uno y dieciocho años—, el pánico se convirtió en aceptación. Y la aceptación, en celebración.
Ahora, tres décadas después, el Despertar era parte de la vida. Parte del calendario. Parte de la cultura popular. Los niños soñaban con ser Dones. Los adolescentes fantaseaban con el poder que les podría tocar. Las familias rezaban —a los dioses, al azar, a lo que fuera— para que uno de los suyos fuera elegido. Porque ser un Don significaba ser especial. Significaba pasar un año en la Isla del Primer Refugio, un paraíso tropical donde los mejores entrenadores del mundo enseñaban a los jóvenes a dominar sus habilidades. Significaba volver convertido en alguien importante, alguien útil, alguien que podía cambiar el mundo.
Eso era lo que decía la propaganda oficial. Eso era lo que todo el mundo creía.
Kai apagó la tableta y bajó las escaleras. La barandilla de madera crujía bajo su mano, como siempre. El pasillo olía a cebolla pochada, a carne guisada, a laurel. El olor de la cocina de su abuela. Un olor que para Kai significaba hogar, seguridad, infancia.
La cocina era el corazón de la casa. Amplia, con azulejos blancos y una gran mesa de madera en el centro. Sobre la mesa, un mantel de cuadros rojos que su abuela había traído de quién sabe qué pueblo de la región de Llanura Verde, quién sabe en qué década de otro siglo. La abuela estaba junto a los fogones, removiendo el contenido de una olla grande con un cucharón de palo. Se llamaba Adela y tenía ochenta y tres años. Era una mujer pequeña, de pelo blanco como la nieve y manos llenas de manchas y arrugas. Manos que habían hecho de todo: amasar pan, coser vestidos, plantar tomates, curar rasguños, acariciar frentes febriles. Llevaba el pelo recogido en un moño tirante y un delantal azul con bordados de flores.
—Siéntate, flaco —dijo sin girarse, con esa voz cascada que tenía—. Hoy hay que comer bien. Mañana es día grande.
Kai se sentó en su sitio habitual, frente a la ventana que daba al jardín trasero. El jardín no era más que un pequeño rectángulo de césped con un limonero en el centro y un tendedero de ropa que su madre siempre olvidaba recoger. Pero a la luz del atardecer, con las sombras alargándose y los pájaros cantando en el limonero, parecía un lugar mágico.
—¿Por qué hay que comer bien hoy? —preguntó Kai, aunque sabía perfectamente la respuesta.
La abuela se giró lentamente, con el cucharón en alto como un cetro. Lo miró con esos ojos pequeños y oscuros que habían visto tres guerras, dos repúblicas y una revolución.
—Porque mañana puede ser el día más importante de tu vida. O no. Pero si lo es, quiero que lo enfrentes con el estómago lleno y el corazón contento.
Su padre ya estaba sentado a la mesa, repasando algo en su tableta. Se llamaba León y trabajaba en el Departamento de Estadística del Ayuntamiento de Veridiana. Era un hombre alto y delgado como Kai, pero con el pelo ya entrecano y unas gafas de montura fina que le daban aire de profesor universitario. Trabajaba demasiadas horas y cobraba demasiado poco, pero nunca se quejaba. No era de los que se quejaban. Era de los que apretaban los dientes y seguían adelante.
—Tu abuela tiene razón —dijo León, quitándose las gafas y dejando la tableta a un lado—. Mañana es un día especial. Lo es siempre. Aunque no nos toque.
—Probabilísticamente es casi imposible que nos toque —dijo Kai—. Uno entre… bueno, entre millones y millones.
—Pero alguien tiene que ser —dijo su madre, entrando con una ensaladera entre las manos—. Cada año son trece. Trece en todo el mundo. Podrías ser tú. O podría ser Sara. O Mateo. Trece personas no son tantas, ¿sabes? El año pasado fueron dos en todo el continente de Aldoria. Dos.
Su madre, Alba, era maestra de primaria en el colegio público del barrio. Tenía cuarenta y cuatro años, el pelo castaño recogido en una coleta práctica y una energía contagiosa que llenaba cualquier habitación. Sus alumnos la adoraban y los padres la respetaban. Para ella, todo era posible. Todo podía ser maravilloso. Era una optimista irremediable, de las que ven el vaso medio lleno aunque el vaso esté roto y el agua se derrame por la mesa.
Kai a veces envidiaba esa capacidad.
—Pues yo espero que no me toque —dijo Mateo, entrando en la cocina con las manos en los bolsillos de su sudadera azul.
Mateo era el hermano mayor. Dieciocho años recién cumplidos, el último año en que podía despertar. A partir del año siguiente, cuando tuviera diecinueve, el Despertar sería imposible. Esa era una de las reglas inexplicables del fenómeno: solo afectaba a personas de entre uno y dieciocho años. Nadie sabía por qué. Nadie sabía casi nada en realidad.
Mateo se dejó caer en una silla con ese aire desgarbado que tenía. Era más alto que Kai y más ancho de espaldas, con pelo castaño oscuro recogido en una coleta baja y un pendiente diminuto en la oreja izquierda. Estudiaba programación informática en la Universidad Politécnica de Veridiana y siempre, pero siempre, olía a café.
—¿Por qué esperas que no te toque? —preguntó Kai.
—Porque si me toca a mí o a ti o a Sara, nos llevan a la Isla y no vemos a la familia en un año entero. Un año sin mamá. Un año sin la abuela. Sin vosotros. —Hizo una pausa y sonrió con cierta ironía—. Bueno, sin papá igual sí sobrevivo.
León levantó la vista de la tableta con una ceja arqueada.
—Te he oído.
—Era broma, papá. Medio broma.
—Un año pasa volando —intervino Alba, sirviendo agua en los vasos—. Y sería un orgullo para toda la familia. Un Don en la familia Herrera. ¿Te imaginas? Saldríamos en las noticias. Harían un reportaje en el instituto. Los vecinos nos señalarían por la calle.
—Eso último no me gusta mucho —murmuró Kai.
—A mí tampoco —admitió Mateo—. Prefiero el anonimato. Ya sabes, ser un genio de la informática en la sombra. Como en las películas.
—Tú lo que eres es un vago —dijo la abuela, poniendo la olla de estofado en el centro de la mesa—. Y ahora comed, que esto está en su punto.
El estofado humeaba, espeso y oscuro, lleno de trozos de carne tierna, zanahorias, patatas y guisantes. La abuela tenía un toque especial para los guisos, un toque que no se aprendía en ningún libro de cocina sino en años y años de experiencia y de amor. Kai se sirvió un plato generoso y aspiró el aroma. Le recordaba a los inviernos de su infancia, cuando la casa olía así todos los domingos y toda la familia se reunía alrededor de la mesa.
—¿Falta Sara? —preguntó León.
—Está en su cuarto —dijo Alba—. Dice que no tiene hambre. Anda rara hoy.
Sara era la pequeña de la casa. Trece años, una edad complicada. Estaba en ese punto exacto entre la infancia y la adolescencia donde todo se siente con demasiada intensidad. Kai la comprendía: mañana también era 8 de mayo para ella. Y aunque las probabilidades eran mínimas, el miedo y la ilusión no entienden de probabilidades.
—Voy a verla —dijo Kai, levantándose.
—Llévale un plato —ordenó la abuela—. Que no se acueste sin cenar. Una niña de trece años necesita comer.
—Ya no es una niña, abuela.
—Para mí siempre seréis niños. Tú también. Así que obedece.
Kai obedeció. Preparó un plato pequeño con un poco de estofado, cogió un trozo de pan del cesto y subió las escaleras hacia la habitación de Sara. La puerta estaba entreabierta y dejaba pasar un hilillo de luz azulada: la tableta encendida.
Sara estaba tumbada boca abajo sobre la cama, con las piernas dobladas hacia atrás y los pies descalzos balanceándose en el aire. Llevaba un pijama de cuadros y el pelo suelto —un pelo castaño claro, más claro que el del resto de la familia— le caía sobre los hombros. En la pantalla de la tableta se veían imágenes de la Isla del Primer Refugio: playas de arena blanca, edificios de cristal reluciente, jóvenes sonrientes. El reportaje anual. El mismo que Kai había estado leyendo.
—Te traigo cena —dijo Kai, dejando el plato en la mesilla.
Sara levantó la vista. Tenía los mismos ojos avellana que Kai, pero más grandes y expresivos. En ese momento, estaban enrojecidos.
—No tengo hambre.
—Lo suponía. Pero la abuela dice que comas.
—La abuela siempre dice que comamos.
—Y siempre tiene razón.
Sara esbozó una sonrisa pequeña y se incorporó, abrazándose las rodillas. Kai se sentó en el borde de la cama, apoyando la espalda contra la pared. La habitación de Sara era muy distinta a la suya: paredes pintadas de lila, guirnaldas de luces colgando, peluches ordenados en una estantería, fotos de sus amigas pegadas con cinta adhesiva. Y en el techo, también, estrellas fluorescentes. Esa era tradición de la casa. La abuela se las había pegado a cada nieto cuando cumplían diez años.
—Tengo miedo —dijo Sara en voz baja.
—Es normal. Yo también.
—¿Tú? —Sara lo miró con sorpresa—. Tú nunca tienes miedo de nada.
—Claro que sí. Lo que pasa es que no se me nota. Tengo cara de no tener miedo.
—Tienes cara de estar siempre pensando en otra cosa.
—Eso también.
Se quedaron un rato en silencio. En la tableta, las imágenes seguían desfilando: un grupo de jóvenes Dones en lo que parecía una ceremonia de despedida, con guirnaldas de flores y túnicas blancas. Las imágenes eran siempre las mismas, año tras año. Los mismos jóvenes anónimos, las mismas sonrisas, las mismas playas. Nadie sabía exactamente quiénes eran esos jóvenes. La Oficina de Asuntos Excepcionales nunca revelaba las identidades de los Dones durante su año de entrenamiento. Decían que era para proteger su privacidad, para que pudieran entrenar sin la presión mediática.
—Dicen que la Isla es preciosa —dijo Sara, mirando la pantalla—. Que hay bosques, cascadas, playas de arena fina. Que los entrenadores son los mejores del mundo.
—Eso dicen.
—Y que los trece se hacen amigos para toda la vida.
—Es lo que cuentan.
Sara frunció el ceño.
—Pero nadie ha contado nada en realidad. Quiero decir… los Dones que vuelven siempre son muy… no sé. Muy discretos. Dan algunas entrevistas y luego desaparecen.
Kai se encogió de hombros.
—Supongo que después de un año en una isla paradisíaca con doce desconocidos que tienen superpoderes, la vida normal les parece aburrida.
—O quizás es que algo pasa allí. Algo que no cuentan.
Kai se quedó quieto. Esa idea le había cruzado la mente más de una vez, pero nunca la había dicho en voz alta. En la escuela, cuando alguien insinuaba algo parecido, los profesores callaban y cambiaban de tema. Los medios de comunicación nunca cuestionaban la versión oficial. El gobierno de Aldoria, como todos los gobiernos del mundo, respaldaba sin fisuras el programa de la Isla.
—Lo que pase allí —dijo Kai por fin—, si me toca, lo descubriré por mí mismo.
—¿Irías?
—Claro. ¿Tú no?
Sara se quedó pensando, con la barbilla apoyada en las rodillas.
—No lo sé. Me da miedo separarme de vosotros. Un año es mucho tiempo.
—Un año pasa volando. Ya lo has oído a mamá.
—Mamá también dice que los tatuajes duelen poco. Y es mentira.
Kai soltó una carcajada. Su madre tenía un pequeño tatuaje en el hombro, un sol diminuto que se había hecho a los veinte años, y siempre contaba que no le había dolido nada. Mateo le había pillado la mentira cuando se hizo el suyo a los diecisiete y casi se desmaya del dolor.
—Vale, tienes razón. Pero creo que en lo del año, sí que es verdad. Pasaría rápido. Y luego volveríamos siendo famosos.
—No quiero ser famosa.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito. Quiero ser dibujante. Los dibujantes no son famosos.
—Algunos sí.
—Los que a mí me gustan no.
Se quedaron otro rato en silencio, viendo las imágenes de la Isla. En la pantalla apareció un mapa del mundo, con puntos brillantes marcando los lugares donde habían despertado los Dones en años anteriores. La mayoría de los puntos se concentraban en los continentes más poblados: el norte de Aldoria, el sur de Valdavia, las regiones costeras de Silvania. Pero había puntos dispersos por todas partes. El fenómeno no discriminaba por nacionalidad, raza, género o clase social. Era completamente aleatorio. Un misterio absoluto.
—¿Y si me toca algo malo? —preguntó Sara de repente.
—No hay poderes malos. Solo personas.
—Eso lo ha dicho mamá.
—Porque es verdad.
—Pero hay poderes que dan miedo. Hace dos años, esa mujer en el norte… la que podía hacer explotar cosas con la mente.
Kai recordaba el caso. Había sido breve, apenas una mención en las noticias. Una mujer joven, de 18 años —una Don de las primeras generaciones—, había usado su poder para demoler un puente viejo en la región minera de Borundia. Una demolición controlada, dijeron. Perfectamente segura, dijeron. La mujer había sonreído a las cámaras y había dicho que su poder, usado correctamente, era un regalo para la humanidad.
Pero Kai recordaba haber pensado: ¿y si no lo hubiera usado correctamente? ¿Y si hubiera querido hacer daño?
—En la Isla enseñan a controlar los poderes —dijo Kai, repitiendo lo que había oído mil veces—. Para eso está. Para que nadie se descontrole.
—Eso dicen —repitió Sara, con un tono que sugería que ya no se creía del todo lo que decían.
Kai le revolvió el pelo.
—Come algo y duerme. Mañana será lo que tenga que ser.
Sara cogió el plato y empezó a pinchar un trozo de patata con el tenedor, sin mucho entusiasmo. Kai se levantó y se fue hacia la puerta.
—Kai —lo llamó Sara.
—¿Sí?
—Si te toca… ¿me escribirás? Desde la Isla, digo.
—Claro que te escribiré. Todos los días.
—Dicen que en la Isla no dejan tener contacto con el exterior. Solo una carta al mes.
—Pues te escribiré una carta al mes. De veinte páginas.
Sara sonrió. Era una sonrisa triste y esperanzada al mismo tiempo.
—Vale. Trato.
—Trato.
Kai cerró la puerta con cuidado y bajó las escaleras. En el camino, se detuvo un momento en el rellano, junto a la ventana que daba al jardín delantero. El sol ya se había puesto del todo y el cielo era de un azul profundo, casi morado. Las primeras estrellas titilaban. La luna, casi llena, asomaba por encima de los tejados.
Mañana. Mañana a esta misma hora, todo podría ser diferente. O todo podría seguir exactamente igual.
Esa incertidumbre era la peor parte.
Cuando volvió a la cocina, la cena estaba en pleno apogeo. Mateo y León discutían sobre balonmano —Mateo era aficionado al Remo de Veridiana, León prefería al Unión Deportiva de la capital—, mientras Alba y la abuela Adela hablaban de las plantas del jardín y de si era buena época para plantar albahaca. La mesa estaba llena de platos, vasos, fuentes y servilletas arrugadas. La luz cálida de la lámpara colgante lo envolvía todo en un resplandor dorado.
Kai se sentó en su sitio y terminó su plato de estofado. La carne estaba tierna y sabrosa, la salsa espesa y llena de sabor. Comió despacio, saboreando cada bocado. La abuela lo miraba de reojo, con esa expresión satisfecha de quien sabe que ha cocinado bien.
En un rincón de la cocina, la televisión estaba encendida con el volumen bajo. Era un aparato viejo, de pantalla plana pero con los bordes gruesos, que la familia llevaba años diciendo que ca