Capitulo 6 El contrato vacio
Parte 1 LA ESPERA EN EL PUERTO
El puerto del Distrito Sur era una boca negra abierta al mar.
De noche, con la luna oculta tras un banco de nubes espesas, las grúas parecían esqueletos de dinosaurios abandonados en la orilla. Los contenedores se apilaban en torres de colores desvaídos por el salitre, formando calles estrechas por las que solo transitaban ratas, gaviotas dormidas y, de vez en cuando, algún vigilante nocturno que prefería no mirar demasiado.
Kael estaba agachado sobre un contenedor verde, a unos treinta metros del 47-B.
Llevaba allí desde las once de la noche. Había llegado temprano, como le habían enseñado en el programa pre-Cazador. “El que llega primero elige el terreno. El que elige el terreno elige la batalla.” Una de las máximas que le había grabado a fuego uno de sus instructores, un veterano con medio rostro paralizado por una cicatriz de energía.
El contenedor 47-B era de color azul oscuro, con el número pintado en letras blancas y un sello aduanero falso colgando de la cerradura. Parecía abandonado, como todos los demás, pero Kael sabía que no lo estaba. Elsus le había dicho que el cargamento llegaba a medianoche. Y Elsus, por viscoso que fuera, no mentía en los detalles operativos.
El reloj interno de Kael marcaba las once y cuarenta y siete.
Trece minutos.
Se ajustó la sudadera. Hacía frío junto al mar. El viento soplaba en ráfagas irregulares que levantaban remolinos de polvo y salitre, pegando la ropa al cuerpo y haciendo que los ojos escocieran. Pero Kael no se movió. El frío era una incomodidad. Las incomodidades se ignoraban.
Pensó en su madre.
Siempre pensaba en su madre.
La habitación 317. Las máquinas. El pitido constante del monitor cardíaco, aquel sonido que era la banda sonora de su vida desde hacía dos años. Mientras estuviera allí agachado esperando a un criminal de Rango B, ese pitido seguía sonando. Cada segundo que pasaba era un segundo más que su madre estaba atrapada en aquel cuerpo inmóvil, sin piernas, sin voz, sin consciencia.
No podía permitirse esperar demasiado.
Tenía que terminar rápido.
PARTE 2: LLEGA DREX
A las doce menos cinco, dos figuras aparecieron al final del pasillo de contenedores.
Kael tensó los músculos.
La primera figura era un hombre corpulento, de unos cuarenta años, con el cráneo rapado y una barba negra que le cubría media cara. Vestía ropa de trabajo: pantalones de carga, botas de seguridad y una chaqueta reflectante que brillaba bajo la escasa luz de las farolas portuarias. Caminaba con la seguridad de quien ha hecho aquello cien veces y sabe que nadie va a molestarlo.
La segunda figura era un muchacho joven, quizás de diecisiete o dieciocho años, flaco y nervioso, que cargaba una caja de herramientas en las manos. Su cabeza giraba constantemente de un lado a otro, vigilando las sombras. Un novato. Probablemente un aspirante a criminal que Drex había tomado como ayudante.
Kael evaluó la situación.
Dos objetivos. El principal era Drex, Rango B, Osteocinesis. El secundario era un desconocido, probablemente sin poder relevante o con algo de poca monta. Si lo tenía, lo habría usado para defenderse en lugar de cargar herramientas.
El plan era simple: eliminar a Drex lo más rápido posible y, si el ayudante intentaba interferir, eliminarlo también. Sin testigos. Sin piedad.
Kael no estaba allí para hacer amigos.
Estaba allí para salvar a su madre.
Drex se detuvo frente al contenedor 47-B. Sacó una llave de su bolsillo y la insertó en la cerradura. El sello aduanero falso cayó al suelo con un ruido metálico.
—Abre —ordenó al muchacho.
El ayudante se arrodilló junto a la cerradura y empezó a manipularla con una herramienta que había sacado de la caja. Sus dedos temblaban ligeramente. Drex lo observaba con los brazos cruzados, impaciente.
—Más rápido. No tenemos toda la noche.
—Es que esta cerradura es nueva, jefe. No es como las otras.
—No me importa. Abre.
Kael no esperó más.
Se deslizó por el lateral del contenedor con la agilidad de un felino, usando la Propulsión de Vacío en las suelas de las zapatillas para amortiguar el ruido de sus pasos. En tres segundos estaba en el suelo, a quince metros de Drex y su ayudante, oculto tras una pila de palés de madera.
El corazón le latía con fuerza, pero su mente estaba fría. Como siempre. La frialdad era su mejor arma.
Levantó la mano derecha y creó una esfera de Vacío del tamaño de una canica.
Apuntó a la cabeza de Drex.
Y lanzó.
PARTE 3: EL PRIMER ATAQUE
La esfera de Vacío surcó el aire en silencio, negra como un fragmento de noche recortado del cielo.
Pero Drex no era un novato.
En el último instante, algo debió de alertarlo —un cambio en la presión del aire, un reflejo de la esfera en el metal del contenedor, un instinto depredador afinado por años de combate— y se giró bruscamente.
La esfera, que iba dirigida a su cabeza, impactó en su hombro derecho.
El resultado fue devastador.
Un círculo perfecto de carne, músculo y hueso desapareció del hombro de Drex. No hubo explosión, ni sangre al principio, solo una ausencia repentina. Luego, como le había pasado a Garrick, la sangre brotó a borbotones cuando los vasos sanguíneos sellados por la anulación se abrieron al resto del sistema circulatorio.
Drex soltó un rugido de dolor y furia.
—¡Emboscada!
El ayudante se levantó de un salto, soltando la herramienta y mirando a su alrededor con los ojos desorbitados. No tenía ni idea de dónde había venido el ataque.
Kael salió de detrás de los palés.
—Drex —dijo, con voz plana—. Eres un Rango B. Tengo órdenes de capturarte o matarte. No me importa cuál de las dos.
El ayudante dio un paso atrás, aterrorizado. Drex, en cambio, apretó los dientes y se giró hacia Kael. El agujero en su hombro seguía sangrando, pero no parecía afectarle tanto como debería. Su cuerpo era resistente. Muy resistente.
—¿Un crío? —gruñó Drex—. ¿La Agencia manda críos ahora?
—No soy la Agencia —respondió Kael—. Soy un Cazador que tiene prisa.
Levantó la mano para lanzar otra esfera.
Pero Drex fue más rápido.
PARTE 4: LA HABILIDAD DE DREX
La Osteocinesis era una habilidad poco común y extraordinariamente versátil.
Según los archivos que Kael había consultado en la planta doce de la Agencia, Drex podía controlar su sistema óseo a voluntad. No solo sus huesos, sino también su densidad, su forma y su proyección externa. Era uno de esos poderes que, en manos de un usuario competente, se volvía aterrador.
Y Drex era competente.
De su antebrazo izquierdo, intacto, brotó una protuberancia blanca que perforó la piel sin esfuerzo. No era una fractura. Era un crecimiento controlado. El hueso se alargó, se afiló y se proyectó hacia fuera hasta formar una hoja de medio metro de longitud, tan blanca como el marfil y tan afilada como un cuchillo de carnicero.
—Prisa tienes, ¿eh? —dijo Drex, con una sonrisa manchada de sangre—. Pues esto también va a ser rápido.
Cargó contra Kael.
El ayudante, viendo que la pelea empezaba, decidió que su lealtad a Drex no llegaba hasta el punto de morir por él. Soltó la caja de herramientas y echó a correr en dirección contraria, perdiéndose entre los contenedores.
Kael no le prestó atención. No era su objetivo.
Se concentró en Drex.
El hueso-espada del antebrazo silbó en el aire, trazando un arco horizontal que apuntaba al cuello de Kael. Era un golpe rápido, preciso, diseñado para decapitar.
Kael se agachó justo a tiempo.
La hoja de hueso pasó a centímetros de su cabeza y fue a incrustarse en un contenedor cercano, arrancando una lluvia de chispas y un chirrido metálico.
Kael contraatacó con una esfera de Vacío lanzada a quemarropa.
Pero Drex ya había aprendido la lección del primer ataque. En lugar de esquivar —algo difícil a esa distancia—, proyectó una placa de hueso desde su pecho, justo en la trayectoria de la esfera.
La esfera impactó en la placa de hueso.
Y la atravesó como si fuera papel.
Pero la placa había cumplido su función: había frenado la esfera lo suficiente para que Drex pudiera apartarse. El agujero resultante en su pecho era superficial, apenas un arañazo en las costillas.
—Bonito poder tienes, chico —dijo Drex, jadeando ligeramente—. Pero no es tan útil si no me tocas.
—Ya te he tocado una vez.
—Y no volverá a pasar.
Drex levantó ambos brazos. De sus antebrazos brotaron más proyecciones óseas: no solo hojas, sino también pequeños dardos del tamaño de agujas de tejer. Los lanzó contra Kael en una ráfaga rápida, como si fueran misiles improvisados.
Kael activó el Radio de Aniquilación.
Los dardos de hueso entraron en el campo de un centímetro que rodeaba su cuerpo y dejaron de existir. Se desvanecieron en silencio, como gotas de lluvia en un fuego invisible.
—Bonito poder tienes tú —respondió Kael—. Pero no es tan útil si no me tocas.
Drex frunció el ceño.
Empezaba a darse cuenta de que aquel crío no era un Cazador novato normal.
PARTE 5: EL PITIDO
Fue entonces cuando Kael lo oyó.
Un pitido.
Agudo. Regular. Inconfundible.
Pip… Pip… Pip…
El sonido de un monitor cardíaco.
Kael conocía ese sonido mejor que cualquier otro. Lo había escuchado durante miles de horas en la habitación 317. Era el latido artificial de su madre, la prueba audible de que seguía viva.
Pero no debería estar oyéndolo ahora.
Estaba en un puerto, a kilómetros del hospital, rodeado de contenedores y grúas y un hombre que quería matarlo. No había monitores cardíacos en un puerto. No había máquinas de soporte vital.
Pip… Pip… Pip…
El sonido le taladraba el cráneo.
Kael parpadeó y, por una fracción de segundo, vio la habitación del hospital superpuesta al puerto. Las sábanas blancas. El respirador artificial. El rostro inmóvil de su madre.
Pip… Pip… Pip…
—¿Qué te pasa, chico? —dijo Drex, notando su vacilación—. ¿Te has quedado en blanco?
Kael sacudió la cabeza.
No era real. Lo sabía. Era su mente, jugándole una mala pasada. La falta de sueño, la adrenalina, los recuerdos de hacía unas horas en el hospital. Todo se mezclaba.
Pero el sonido no se iba.
Cada pitido era un segundo. Cada segundo era un paso más hacia la muerte de su madre si no encontraba a Violet a tiempo.
No podía permitirse fallar.
No podía permitirse tardar más de lo necesario.
Drex tenía que morir. Ya.
PARTE 6: DEMOLEDOR
Kael dejó de pensar.
Dejó que el instinto tomara el control. El instinto y el Vacío.
Creó una esfera en cada mano. No pequeñas. Medianas. Del tamaño de puños. El sudor le corría por la frente. Mantener dos esferas de ese tamaño a la vez era agotador, pero no le importó.
Drex lanzó otra ráfaga de dardos de hueso, esta vez apuntando a las piernas.
El Radio de Aniquilación los desintegró.
Kael avanzó.
No corrió. No zigzagueó. Avanzó en línea recta, caminando hacia Drex como si las proyecciones óseas no fueran más que lluvia. Cada dardo que entraba en su radio desaparecía sin dejar rastro.
Drex retrocedió. Por primera vez, su expresión de furia dio paso a la inquietud.
—¿Qué clase de monstruo eres?
—Soy alguien que tiene prisa —respondió Kael.
Lanzó la primera esfera.
No apuntó al cuerpo de Drex. Apuntó al suelo, justo delante de sus pies. La esfera impactó contra el cemento y desapareció un círculo perfecto del tamaño de un plato, desestabilizando a Drex y haciéndole perder el equilibrio.
La segunda esfera fue a su brazo derecho.
La hoja de hueso que Drex había proyectado desapareció junto con la mitad de su antebrazo. El hueso, la carne, la piel: todo se esfumó en un agujero limpio que dejaba al descubierto el cúbito y el radio seccionados con precisión quirúrgica.
Drex gritó.
No era un rugido de furia. Era un alarido de dolor puro, casi animal. Cayó al suelo de rodillas, sosteniendo el muñón de su brazo derecho con la mano izquierda, que aún conservaba la hoja de hueso.
—Espera, espera… —balbuceó, con la voz rota—. Puedo darte dinero. Información. Lo que quieras…
—No quiero nada de ti —dijo Kael.
—¡Todo el mundo quiere algo!
—Yo solo quiero que esto termine rápido.
Kael levantó la mano derecha. Una esfera diminuta, del tamaño de una uña, apareció sobre su palma.
Pero Drex, incluso herido, incluso agonizante, era un Rango B.
PARTE 7: EL ÚLTIMO HUESO
Con un último esfuerzo desesperado, Drex concentró toda su Osteocinesis en un único ataque.
De su pecho brotó un hueso distinto a los anteriores. No era una hoja ni un dardo. Era un proyectil macizo, del tamaño de un puño, que salió disparado como una bala de cañón impulsada por la presión de su propia caja torácica.
El proyectil iba dirigido a la cabeza de Kael.
Pero Kael vio la trayectoria.
No era perfecta. Drex estaba demasiado débil para apuntar con precisión. El hueso se desvió ligeramente hacia abajo, hacia la pierna derecha de Kael.
El Radio de Aniquilación lo detuvo.
Casi todo.
El proyectil desapareció al entrar en el campo de un centímetro. Pero la velocidad era tal, la masa era tal, que un fragmento ínfimo —una esquirla del tamaño de una uña, demasiado rápida para ser absorbida del todo— logró pasar.
La esquirla rozó el muslo de Kael.
Un rasguño. Apenas un hilillo de sangre que empapó la tela de los vaqueros.
Pero ese no fue el verdadero daño.
El proyectil, en su trayectoria original, había pasado demasiado cerca del bolsillo de Kael. El bolsillo donde llevaba el móvil.
La esquirla que no fue absorbida atravesó el dispositivo de lado a lado.
Kael oyó el crujido del cristal y el chisporroteo de los circuitos al morir. La pantalla se volvió negra. La foto de su madre en el fondo de pantalla se apagó.
Muerta.
Como Garrick. Como el móvil. Como iba a morir Drex.
Kael ni siquiera miró el teléfono destrozado. No había tiempo para lamentarse por un aparato roto.
Drex estaba allí. Herido. Incapaz de defenderse.
—Por favor… —suplicó, con los ojos llenos de lágrimas—. Tengo familia…
Kael apoyó la palma de la mano sobre su cabeza.
—Yo también.
Pum.
Una esfera diminuta atravesó el cráneo de Drex.
El cuerpo del Rango B se desplomó sobre el cemento del puerto, junto al agujero que Kael había abierto en el suelo. La sangre se mezcló con el polvo y el salitre, formando un charco oscuro que el viento nocturno empezó a enfriar.
Kael retiró la mano.
Se quedó un momento allí, de pie, mirando el cadáver.
El pitido del monitor cardíaco se desvaneció.
Ahora solo quedaba el silencio del puerto y el rumor lejano de las olas.
PARTE 8: LA DEUDA SALDADA
Kael se agachó junto al cadáver de Drex y le arrancó un trozo de la chaqueta. Limpió la sangre de su pierna con un gesto mecánico. El arañazo era superficial. No necesitaría puntos.
El móvil, en cambio, sí necesitaba un reemplazo.
Se palpó el bolsillo. Los fragmentos de cristal y plástico se clavaron en sus dedos. Sacó lo que quedaba del dispositivo y lo observó con una punzada de fastidio. Allí dentro, en la memoria muerta del teléfono, estaba la foto de su madre sonriendo con Sira en brazos. La foto que miraba antes de entrar en la Agencia.
No importaba.
La foto no era su madre.
Su madre seguía en el hospital, conectada a las máquinas, esperando a que él encontrara a Violet.
El móvil podía comprarse. El tiempo, no.
Se puso en pie y salió del puerto.
El local de Elsus, La Última Marea, estaba abierto a esas horas. Siempre lo estaba.
El intermediario estaba en su mesa del rincón, hojeando un periódico financiero con la misma atención distraída de siempre. Al ver entrar a Kael, dejó el periódico a un lado y esbozó una sonrisa fina.
—Has tardado menos de lo que esperaba. ¿Está hecho?
—Está hecho —dijo Kael—. Drex está muerto. Su ayudante huyó. El cargamento se queda sin dueño.
—Excelente. —Elsus no parecía especialmente sorprendido—. ¿Heridas?
—Un rasguño.
—Me refería a él.
—Un agujero en la cabeza. Como tu sentido del humor.
Elsus soltó una risa seca.
—Eres muy divertido cuando no estás amenazando gente. Deberías practicarlo más. —Se recostó en la silla—. ¿Y bien? ¿Quedamos en paz con el primer favor?
—En paz.
—Me alegro. Eso significa que solo me debes uno más. Cuando lo necesites, te llamaré.
Kael asintió y se giró para marcharse.
—Una cosa más —dijo Elsus a su espalda—. ¿Vas a por el Rey Pálido?
Kael se detuvo. No respondió.
—No hace falta que me lo digas. Sé que Orin te habló de la mansión del Distrito Este. —Elsus se puso serio—. Sé que no vas a escucharme, pero te lo diré igual: ten cuidado. El Rey Pálido no es Drex. No es Orin. No es nada que hayas enfrentado antes. Si vas allí sin un plan, no volverás.
—Tengo un plan.
—¿Cuál?
—Encontrarlo. Convencerlo de que me deje ver a Violet. Y si se niega… —Kael se encogió de hombros—. Improvisar.
Elsus lo miró fijamente. Luego negó con la cabeza.
—Eres un suicida con suerte. Espero que la suerte te dure un poco más.
—No necesito suerte. Necesito llegar al Distrito Este antes del amanecer.
—Entonces no te entretengo. —Elsus hizo un gesto vago con la mano—. La puerta está donde la dejaste.
Kael salió del bar sin mirar atrás Fin
El puerto del Distrito Sur era una boca negra abierta al mar.
De noche, con la luna oculta tras un banco de nubes espesas, las grúas parecían esqueletos de dinosaurios abandonados en la orilla. Los contenedores se apilaban en torres de colores desvaídos por el salitre, formando calles estrechas por las que solo transitaban ratas, gaviotas dormidas y, de vez en cuando, algún vigilante nocturno que prefería no mirar demasiado.
Kael estaba agachado sobre un contenedor verde, a unos treinta metros del 47-B.
Llevaba allí desde las once de la noche. Había llegado temprano, como le habían enseñado en el programa pre-Cazador. “El que llega primero elige el terreno. El que elige el terreno elige la batalla.” Una de las máximas que le había grabado a fuego uno de sus instructores, un veterano con medio rostro paralizado por una cicatriz de energía.
El contenedor 47-B era de color azul oscuro, con el número pintado en letras blancas y un sello aduanero falso colgando de la cerradura. Parecía abandonado, como todos los demás, pero Kael sabía que no lo estaba. Elsus le había dicho que el cargamento llegaba a medianoche. Y Elsus, por viscoso que fuera, no mentía en los detalles operativos.
El reloj interno de Kael marcaba las once y cuarenta y siete.
Trece minutos.
Se ajustó la sudadera. Hacía frío junto al mar. El viento soplaba en ráfagas irregulares que levantaban remolinos de polvo y salitre, pegando la ropa al cuerpo y haciendo que los ojos escocieran. Pero Kael no se movió. El frío era una incomodidad. Las incomodidades se ignoraban.
Pensó en su madre.
Siempre pensaba en su madre.
La habitación 317. Las máquinas. El pitido constante del monitor cardíaco, aquel sonido que era la banda sonora de su vida desde hacía dos años. Mientras estuviera allí agachado esperando a un criminal de Rango B, ese pitido seguía sonando. Cada segundo que pasaba era un segundo más que su madre estaba atrapada en aquel cuerpo inmóvil, sin piernas, sin voz, sin consciencia.
No podía permitirse esperar demasiado.
Tenía que terminar rápido.
PARTE 2: LLEGA DREX
A las doce menos cinco, dos figuras aparecieron al final del pasillo de contenedores.
Kael tensó los músculos.
La primera figura era un hombre corpulento, de unos cuarenta años, con el cráneo rapado y una barba negra que le cubría media cara. Vestía ropa de trabajo: pantalones de carga, botas de seguridad y una chaqueta reflectante que brillaba bajo la escasa luz de las farolas portuarias. Caminaba con la seguridad de quien ha hecho aquello cien veces y sabe que nadie va a molestarlo.
La segunda figura era un muchacho joven, quizás de diecisiete o dieciocho años, flaco y nervioso, que cargaba una caja de herramientas en las manos. Su cabeza giraba constantemente de un lado a otro, vigilando las sombras. Un novato. Probablemente un aspirante a criminal que Drex había tomado como ayudante.
Kael evaluó la situación.
Dos objetivos. El principal era Drex, Rango B, Osteocinesis. El secundario era un desconocido, probablemente sin poder relevante o con algo de poca monta. Si lo tenía, lo habría usado para defenderse en lugar de cargar herramientas.
El plan era simple: eliminar a Drex lo más rápido posible y, si el ayudante intentaba interferir, eliminarlo también. Sin testigos. Sin piedad.
Kael no estaba allí para hacer amigos.
Estaba allí para salvar a su madre.
Drex se detuvo frente al contenedor 47-B. Sacó una llave de su bolsillo y la insertó en la cerradura. El sello aduanero falso cayó al suelo con un ruido metálico.
—Abre —ordenó al muchacho.
El ayudante se arrodilló junto a la cerradura y empezó a manipularla con una herramienta que había sacado de la caja. Sus dedos temblaban ligeramente. Drex lo observaba con los brazos cruzados, impaciente.
—Más rápido. No tenemos toda la noche.
—Es que esta cerradura es nueva, jefe. No es como las otras.
—No me importa. Abre.
Kael no esperó más.
Se deslizó por el lateral del contenedor con la agilidad de un felino, usando la Propulsión de Vacío en las suelas de las zapatillas para amortiguar el ruido de sus pasos. En tres segundos estaba en el suelo, a quince metros de Drex y su ayudante, oculto tras una pila de palés de madera.
El corazón le latía con fuerza, pero su mente estaba fría. Como siempre. La frialdad era su mejor arma.
Levantó la mano derecha y creó una esfera de Vacío del tamaño de una canica.
Apuntó a la cabeza de Drex.
Y lanzó.
PARTE 3: EL PRIMER ATAQUE
La esfera de Vacío surcó el aire en silencio, negra como un fragmento de noche recortado del cielo.
Pero Drex no era un novato.
En el último instante, algo debió de alertarlo —un cambio en la presión del aire, un reflejo de la esfera en el metal del contenedor, un instinto depredador afinado por años de combate— y se giró bruscamente.
La esfera, que iba dirigida a su cabeza, impactó en su hombro derecho.
El resultado fue devastador.
Un círculo perfecto de carne, músculo y hueso desapareció del hombro de Drex. No hubo explosión, ni sangre al principio, solo una ausencia repentina. Luego, como le había pasado a Garrick, la sangre brotó a borbotones cuando los vasos sanguíneos sellados por la anulación se abrieron al resto del sistema circulatorio.
Drex soltó un rugido de dolor y furia.
—¡Emboscada!
El ayudante se levantó de un salto, soltando la herramienta y mirando a su alrededor con los ojos desorbitados. No tenía ni idea de dónde había venido el ataque.
Kael salió de detrás de los palés.
—Drex —dijo, con voz plana—. Eres un Rango B. Tengo órdenes de capturarte o matarte. No me importa cuál de las dos.
El ayudante dio un paso atrás, aterrorizado. Drex, en cambio, apretó los dientes y se giró hacia Kael. El agujero en su hombro seguía sangrando, pero no parecía afectarle tanto como debería. Su cuerpo era resistente. Muy resistente.
—¿Un crío? —gruñó Drex—. ¿La Agencia manda críos ahora?
—No soy la Agencia —respondió Kael—. Soy un Cazador que tiene prisa.
Levantó la mano para lanzar otra esfera.
Pero Drex fue más rápido.
PARTE 4: LA HABILIDAD DE DREX
La Osteocinesis era una habilidad poco común y extraordinariamente versátil.
Según los archivos que Kael había consultado en la planta doce de la Agencia, Drex podía controlar su sistema óseo a voluntad. No solo sus huesos, sino también su densidad, su forma y su proyección externa. Era uno de esos poderes que, en manos de un usuario competente, se volvía aterrador.
Y Drex era competente.
De su antebrazo izquierdo, intacto, brotó una protuberancia blanca que perforó la piel sin esfuerzo. No era una fractura. Era un crecimiento controlado. El hueso se alargó, se afiló y se proyectó hacia fuera hasta formar una hoja de medio metro de longitud, tan blanca como el marfil y tan afilada como un cuchillo de carnicero.
—Prisa tienes, ¿eh? —dijo Drex, con una sonrisa manchada de sangre—. Pues esto también va a ser rápido.
Cargó contra Kael.
El ayudante, viendo que la pelea empezaba, decidió que su lealtad a Drex no llegaba hasta el punto de morir por él. Soltó la caja de herramientas y echó a correr en dirección contraria, perdiéndose entre los contenedores.
Kael no le prestó atención. No era su objetivo.
Se concentró en Drex.
El hueso-espada del antebrazo silbó en el aire, trazando un arco horizontal que apuntaba al cuello de Kael. Era un golpe rápido, preciso, diseñado para decapitar.
Kael se agachó justo a tiempo.
La hoja de hueso pasó a centímetros de su cabeza y fue a incrustarse en un contenedor cercano, arrancando una lluvia de chispas y un chirrido metálico.
Kael contraatacó con una esfera de Vacío lanzada a quemarropa.
Pero Drex ya había aprendido la lección del primer ataque. En lugar de esquivar —algo difícil a esa distancia—, proyectó una placa de hueso desde su pecho, justo en la trayectoria de la esfera.
La esfera impactó en la placa de hueso.
Y la atravesó como si fuera papel.
Pero la placa había cumplido su función: había frenado la esfera lo suficiente para que Drex pudiera apartarse. El agujero resultante en su pecho era superficial, apenas un arañazo en las costillas.
—Bonito poder tienes, chico —dijo Drex, jadeando ligeramente—. Pero no es tan útil si no me tocas.
—Ya te he tocado una vez.
—Y no volverá a pasar.
Drex levantó ambos brazos. De sus antebrazos brotaron más proyecciones óseas: no solo hojas, sino también pequeños dardos del tamaño de agujas de tejer. Los lanzó contra Kael en una ráfaga rápida, como si fueran misiles improvisados.
Kael activó el Radio de Aniquilación.
Los dardos de hueso entraron en el campo de un centímetro que rodeaba su cuerpo y dejaron de existir. Se desvanecieron en silencio, como gotas de lluvia en un fuego invisible.
—Bonito poder tienes tú —respondió Kael—. Pero no es tan útil si no me tocas.
Drex frunció el ceño.
Empezaba a darse cuenta de que aquel crío no era un Cazador novato normal.
PARTE 5: EL PITIDO
Fue entonces cuando Kael lo oyó.
Un pitido.
Agudo. Regular. Inconfundible.
Pip… Pip… Pip…
El sonido de un monitor cardíaco.
Kael conocía ese sonido mejor que cualquier otro. Lo había escuchado durante miles de horas en la habitación 317. Era el latido artificial de su madre, la prueba audible de que seguía viva.
Pero no debería estar oyéndolo ahora.
Estaba en un puerto, a kilómetros del hospital, rodeado de contenedores y grúas y un hombre que quería matarlo. No había monitores cardíacos en un puerto. No había máquinas de soporte vital.
Pip… Pip… Pip…
El sonido le taladraba el cráneo.
Kael parpadeó y, por una fracción de segundo, vio la habitación del hospital superpuesta al puerto. Las sábanas blancas. El respirador artificial. El rostro inmóvil de su madre.
Pip… Pip… Pip…
—¿Qué te pasa, chico? —dijo Drex, notando su vacilación—. ¿Te has quedado en blanco?
Kael sacudió la cabeza.
No era real. Lo sabía. Era su mente, jugándole una mala pasada. La falta de sueño, la adrenalina, los recuerdos de hacía unas horas en el hospital. Todo se mezclaba.
Pero el sonido no se iba.
Cada pitido era un segundo. Cada segundo era un paso más hacia la muerte de su madre si no encontraba a Violet a tiempo.
No podía permitirse fallar.
No podía permitirse tardar más de lo necesario.
Drex tenía que morir. Ya.
PARTE 6: DEMOLEDOR
Kael dejó de pensar.
Dejó que el instinto tomara el control. El instinto y el Vacío.
Creó una esfera en cada mano. No pequeñas. Medianas. Del tamaño de puños. El sudor le corría por la frente. Mantener dos esferas de ese tamaño a la vez era agotador, pero no le importó.
Drex lanzó otra ráfaga de dardos de hueso, esta vez apuntando a las piernas.
El Radio de Aniquilación los desintegró.
Kael avanzó.
No corrió. No zigzagueó. Avanzó en línea recta, caminando hacia Drex como si las proyecciones óseas no fueran más que lluvia. Cada dardo que entraba en su radio desaparecía sin dejar rastro.
Drex retrocedió. Por primera vez, su expresión de furia dio paso a la inquietud.
—¿Qué clase de monstruo eres?
—Soy alguien que tiene prisa —respondió Kael.
Lanzó la primera esfera.
No apuntó al cuerpo de Drex. Apuntó al suelo, justo delante de sus pies. La esfera impactó contra el cemento y desapareció un círculo perfecto del tamaño de un plato, desestabilizando a Drex y haciéndole perder el equilibrio.
La segunda esfera fue a su brazo derecho.
La hoja de hueso que Drex había proyectado desapareció junto con la mitad de su antebrazo. El hueso, la carne, la piel: todo se esfumó en un agujero limpio que dejaba al descubierto el cúbito y el radio seccionados con precisión quirúrgica.
Drex gritó.
No era un rugido de furia. Era un alarido de dolor puro, casi animal. Cayó al suelo de rodillas, sosteniendo el muñón de su brazo derecho con la mano izquierda, que aún conservaba la hoja de hueso.
—Espera, espera… —balbuceó, con la voz rota—. Puedo darte dinero. Información. Lo que quieras…
—No quiero nada de ti —dijo Kael.
—¡Todo el mundo quiere algo!
—Yo solo quiero que esto termine rápido.
Kael levantó la mano derecha. Una esfera diminuta, del tamaño de una uña, apareció sobre su palma.
Pero Drex, incluso herido, incluso agonizante, era un Rango B.
PARTE 7: EL ÚLTIMO HUESO
Con un último esfuerzo desesperado, Drex concentró toda su Osteocinesis en un único ataque.
De su pecho brotó un hueso distinto a los anteriores. No era una hoja ni un dardo. Era un proyectil macizo, del tamaño de un puño, que salió disparado como una bala de cañón impulsada por la presión de su propia caja torácica.
El proyectil iba dirigido a la cabeza de Kael.
Pero Kael vio la trayectoria.
No era perfecta. Drex estaba demasiado débil para apuntar con precisión. El hueso se desvió ligeramente hacia abajo, hacia la pierna derecha de Kael.
El Radio de Aniquilación lo detuvo.
Casi todo.
El proyectil desapareció al entrar en el campo de un centímetro. Pero la velocidad era tal, la masa era tal, que un fragmento ínfimo —una esquirla del tamaño de una uña, demasiado rápida para ser absorbida del todo— logró pasar.
La esquirla rozó el muslo de Kael.
Un rasguño. Apenas un hilillo de sangre que empapó la tela de los vaqueros.
Pero ese no fue el verdadero daño.
El proyectil, en su trayectoria original, había pasado demasiado cerca del bolsillo de Kael. El bolsillo donde llevaba el móvil.
La esquirla que no fue absorbida atravesó el dispositivo de lado a lado.
Kael oyó el crujido del cristal y el chisporroteo de los circuitos al morir. La pantalla se volvió negra. La foto de su madre en el fondo de pantalla se apagó.
Muerta.
Como Garrick. Como el móvil. Como iba a morir Drex.
Kael ni siquiera miró el teléfono destrozado. No había tiempo para lamentarse por un aparato roto.
Drex estaba allí. Herido. Incapaz de defenderse.
—Por favor… —suplicó, con los ojos llenos de lágrimas—. Tengo familia…
Kael apoyó la palma de la mano sobre su cabeza.
—Yo también.
Pum.
Una esfera diminuta atravesó el cráneo de Drex.
El cuerpo del Rango B se desplomó sobre el cemento del puerto, junto al agujero que Kael había abierto en el suelo. La sangre se mezcló con el polvo y el salitre, formando un charco oscuro que el viento nocturno empezó a enfriar.
Kael retiró la mano.
Se quedó un momento allí, de pie, mirando el cadáver.
El pitido del monitor cardíaco se desvaneció.
Ahora solo quedaba el silencio del puerto y el rumor lejano de las olas.
PARTE 8: LA DEUDA SALDADA
Kael se agachó junto al cadáver de Drex y le arrancó un trozo de la chaqueta. Limpió la sangre de su pierna con un gesto mecánico. El arañazo era superficial. No necesitaría puntos.
El móvil, en cambio, sí necesitaba un reemplazo.
Se palpó el bolsillo. Los fragmentos de cristal y plástico se clavaron en sus dedos. Sacó lo que quedaba del dispositivo y lo observó con una punzada de fastidio. Allí dentro, en la memoria muerta del teléfono, estaba la foto de su madre sonriendo con Sira en brazos. La foto que miraba antes de entrar en la Agencia.
No importaba.
La foto no era su madre.
Su madre seguía en el hospital, conectada a las máquinas, esperando a que él encontrara a Violet.
El móvil podía comprarse. El tiempo, no.
Se puso en pie y salió del puerto.
El local de Elsus, La Última Marea, estaba abierto a esas horas. Siempre lo estaba.
El intermediario estaba en su mesa del rincón, hojeando un periódico financiero con la misma atención distraída de siempre. Al ver entrar a Kael, dejó el periódico a un lado y esbozó una sonrisa fina.
—Has tardado menos de lo que esperaba. ¿Está hecho?
—Está hecho —dijo Kael—. Drex está muerto. Su ayudante huyó. El cargamento se queda sin dueño.
—Excelente. —Elsus no parecía especialmente sorprendido—. ¿Heridas?
—Un rasguño.
—Me refería a él.
—Un agujero en la cabeza. Como tu sentido del humor.
Elsus soltó una risa seca.
—Eres muy divertido cuando no estás amenazando gente. Deberías practicarlo más. —Se recostó en la silla—. ¿Y bien? ¿Quedamos en paz con el primer favor?
—En paz.
—Me alegro. Eso significa que solo me debes uno más. Cuando lo necesites, te llamaré.
Kael asintió y se giró para marcharse.
—Una cosa más —dijo Elsus a su espalda—. ¿Vas a por el Rey Pálido?
Kael se detuvo. No respondió.
—No hace falta que me lo digas. Sé que Orin te habló de la mansión del Distrito Este. —Elsus se puso serio—. Sé que no vas a escucharme, pero te lo diré igual: ten cuidado. El Rey Pálido no es Drex. No es Orin. No es nada que hayas enfrentado antes. Si vas allí sin un plan, no volverás.
—Tengo un plan.
—¿Cuál?
—Encontrarlo. Convencerlo de que me deje ver a Violet. Y si se niega… —Kael se encogió de hombros—. Improvisar.
Elsus lo miró fijamente. Luego negó con la cabeza.
—Eres un suicida con suerte. Espero que la suerte te dure un poco más.
—No necesito suerte. Necesito llegar al Distrito Este antes del amanecer.
—Entonces no te entretengo. —Elsus hizo un gesto vago con la mano—. La puerta está donde la dejaste.
Kael salió del bar sin mirar atrás Fin