El contrato vacío: Capitulo 5
parte 1 LA HORA MÁS OSCURA
Eran las tres de la mañana cuando Kael llegó al Hospital General del Este.
El edificio se alzaba contra el cielo nocturno como un monolito de hormigón y cristal, con las ventanas de las habitaciones formando un mosaico irregular de luces encendidas y apagadas. Pocas cosas hay más silenciosas que un hospital de madrugada. Los pasillos vacíos. Las salas de espera desiertas. El eco de los pasos sobre el linóleo.
Kael entró por la puerta principal, donde un guardia de seguridad con cara de sueño apenas levantó la vista de su novela de bolsillo. La placa de Cazador colgaba visiblemente del cuello, y eso era suficiente para que nadie le hiciera preguntas.
Recorrió el pasillo del ala este sin prisa.
Conocía cada centímetro de ese recorrido. Lo había hecho cientos de veces en los últimos dos años. Primero a diario, cuando el accidente acababa de ocurrir y los médicos aún tenían algo de esperanza. Luego cada dos días. Luego cada tres. Ahora, desde que había firmado el contrato con la Agencia, iba siempre que podía permitirse el billete de metro y el tiempo de sueño que le robaba la visita.
La habitación 317 estaba al final del pasillo, junto a una ventana que daba al jardín interior del hospital. De día, los pacientes podían ver los árboles y el pequeño estanque con peces de colores. De noche, solo se veía el reflejo de las luces fluorescentes sobre el cristal.
Kael se detuvo frente a la puerta.
El letrero junto al marco decía: PACIENTE: M. LEDA. ESTADO: CRÍTICO ESTABLE. VISITAS AUTORIZADAS: FAMILIARES DIRECTOS.
Familiares directos.
Técnicamente, Kael no era familia directa de M. Leda. No existía ningún documento legal que lo acreditara. No había certificado de adopción, ni sentencia judicial, ni partida de nacimiento con su nombre junto al de ella. Todo eso se había perdido en el accidente. O, más exactamente, nunca había llegado a existir.
Porque el accidente ocurrió justo el día en que iban a firmar los papeles.
Kael empujó la puerta y entró.
PARTE 2: LA MUJER QUE LE ENSEÑÓ A SER HIJO
La habitación 317 olía a desinfectante de flores, a sábanas limpias y a ese olor indefinible que tienen los cuerpos que llevan demasiado tiempo sin moverse. Las máquinas ocupaban más espacio que la cama: el respirador artificial con su fuelle rítmico, el monitor cardíaco dibujando picos verdes en una pantalla negra, la bomba de alimentación goteando una solución lechosa a través de una sonda nasogástrica.
Y en el centro de todo aquello, envuelta en sábanas blancas, estaba su madre.
M. Leda.
Cuarenta y tres años. Pelo castaño que empezaba a encanecer en las sienes. Piel pálida por la falta de sol. Ojos cerrados. Siempre cerrados.
Kael se acercó a la cama y se sentó en la silla de plástico que había junto a la cabecera. Era una silla incómoda, de esas que te dejan marcas en los muslos si te quedas demasiado tiempo. Pero a Kael no le importaba. Se había sentado allí tantas veces que su cuerpo se había adaptado a la forma del plástico.
—Hola, mamá —dijo, en voz baja.
Las máquinas siguieron pitando con su ritmo mecánico.
—He tenido una noche larga. He cazado a mi primera rata. Un tipo llamado Garrick. Un inútil con un poder de mierda. Me pagaron mil doscientas unidades. Suficiente para dos meses más.
Silencio.
—Luego he ido a un bar en el muelle viejo. He conocido a un intermediario. Elsus. Me ha dado dos nombres: el Rey Pálido y Orin. He ido a buscar a Orin. Era un Cazador retirado, de los mejores. Casi me parte en dos con un hacha. Pero he ganado yo.
Silencio.
—Me ha hablado del Rey Pálido. Un Rango SS. El que protege a Violet. Voy a ir a buscarlo.
Silencio.
Kael se quedó callado un momento. Luego apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos bajo la barbilla, mirando el rostro inmóvil de su madre.
—Antes de irme… necesitaba verte. Necesitaba recordar por qué estoy haciendo todo esto.
Las máquinas pitaron.
Y Kael cerró los ojos.
Y recordó.
PARTE 3: EL NIÑO QUE NADIE QUERÍA
Había nacido con el Vacío.
Eso ya lo convertía en un niño problemático. Pero el verdadero problema no era su poder. Era su madre biológica.
Kael no recordaba su rostro. Solo recordaba fragmentos: una voz aguda gritando por teléfono, el olor a tabaco rancio en un apartamento diminuto, platos sucios amontonados en el fregadero. Y una frase, repetida tantas veces que se le había grabado en la memoria como un tatuaje:
“Eres una carga. No vales nada. Si no fuera por ti, yo podría tener una vida.”
Tenía cuatro años cuando su madre biológica lo abandonó.
Lo dejó en una guardería pública del Distrito Sur, diciendo que volvería a recogerlo por la tarde. Nunca volvió. La policía la buscó durante meses, pero nunca la encontraron. Algunos decían que se había ido de la ciudad. Otros, que se había metido en algo turbio y había acabado mal.
A Kael nunca le importó.
Porque para cuando la policía cerró el caso, él ya estaba en un centro de acogida. Y allí, entre literas metálicas y educadores sociales desbordados, aprendió tres cosas:
1. Su habilidad era peligrosa.
2. Los adultos no eran de fiar.
3. Nadie quería adoptar a un niño que podía hacer agujeros en la realidad.
Pasó un año en el centro. Un año de entrevistas con posibles familias adoptivas que se echaban atrás en cuanto veían el expediente de su habilidad. Vacío. Anulación de materia. Peligro potencial no determinado. Las etiquetas se acumulaban como capas de pintura vieja, cubriendo al niño que había debajo.
Hasta que apareció M. Leda.
Kael recordaba aquel día con una claridad que dolía.
Tenía cinco años. Estaba sentado en un banco del patio del centro de acogida, solo, mientras los otros niños jugaban al fútbol con una pelota desinflada. Ninguno de ellos quería jugar con él. Algunos le tenían miedo. Otros simplemente lo encontraban raro.
Una mujer se acercó. No era alta ni baja, no llevaba ropa elegante ni joyas llamativas. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta, unos vaqueros gastados y una sonrisa que le arrugaba los ojos.
—Hola —dijo, sentándose en el banco junto a él—. Me llamo Leda. ¿Y tú?
—Kael.
—Bonito nombre. ¿Qué haces aquí solo?
—No quiero jugar.
—¿Por qué no?
—Porque mi poder es malo.
Leda frunció el ceño. No parecía asustada. Solo curiosa.
—¿Malo? ¿Quién te ha dicho eso?
—Todos. Los monitores. Los otros niños. Las familias que vienen a adoptar. Dicen que doy miedo.
Leda se quedó callada un momento. Luego se giró hacia él y le puso una mano en el hombro. Era una mano cálida, áspera por el trabajo, pero suave en el contacto.
—Mira, Kael. Yo no sé nada de poderes. Soy costurera. Arreglo vestidos y pantalones en una tienda del centro. Mi poder es hacer que las agujas floten. Es una tontería, ya lo sé. Pero creo que ningún poder es malo. Solo hay gente que no sabe usarlo.
—Tú no me tienes miedo.
—No. —Leda sonrió—. ¿Sabes por qué?
Kael negó con la cabeza.
—Porque yo también sé lo que es que te miren como si no valieras nada. Y mira, aquí estoy. Tengo un trabajo, una casa pequeña, un marido que me quiere y una hija que me vuelve loca. Y ahora, además, he conocido a un niño con un poder increíble que solo necesita que alguien le enseñe a usarlo bien.
—¿Tú?
—No. Yo no puedo enseñarte eso. Pero puedo enseñarte otras cosas. A coser, por ejemplo. A cocinar. A leer libros que no son del colegio. Y puedo darte una cama donde dormir sin miedo.
Kael la miró fijamente. Sus ojos grises, tan planos para un niño de cinco años, buscaron en el rostro de Leda alguna señal de engaño. Alguna mentira. Alguna grieta por la que colar el miedo que todos los demás sentían hacia él.
No la encontró.
—¿Vas a adoptarme? —preguntó.
—Si tú quieres.
—Pero mi poder…
—Tu poder me da igual. Lo que me importa es lo que hay aquí. —Y le tocó el pecho, justo encima del corazón—. Y lo que hay aquí me gusta.
Fue la primera vez que alguien le decía que valía algo.
Y fue la última vez que Kael lloró.
PARTE 4: LA FAMILIA QUE ELIGIÓ
Los años siguientes fueron los mejores de su vida.
Leda lo llevó a su casa, un apartamento modesto en un barrio tranquilo del extrarradio. Allí conoció a Joren, su padre adoptivo, un hombre corpulento y risueño que trabajaba de mecánico en un taller y cuyo poder era poder inflar las ruedas de los coches con solo tocarlas. Y a Sira, su hermana mayor, tres años mayor que él, con una melena morena y una habilidad que nunca acabó de desarrollar del todo: podía hablar con los insectos. Solo escucharlos, no controlarlos. Decía que las hormigas eran muy aburridas pero que las abejas tenían un sentido del humor excelente.
Ninguno de ellos le tuvo miedo.
Joren le enseñó a montar en bicicleta y a arreglar motores pequeños. Sira le leía cuentos por las noches, cuando él aún no sabía leer bien, y le dejaba dormir en su cama cuando tenía pesadillas. Leda le enseñó a coser, como le había prometido, y también a cocinar, y también a no tener miedo de su propio poder.
—El Vacío es parte de ti —le decía, mientras él practicaba a hacer esferas diminutas en el patio trasero—. No tienes que odiarlo. Solo tienes que aprender a controlarlo. Como yo controlo mis agujas.
Y Kael aprendió.
Aprendió a controlar el tamaño de las esferas. A regular su intensidad. A no dejar que el poder lo dominara a él, sino a dominarlo él al poder. Fue un proceso lento, lleno de pequeños accidentes (una vez agujereó la mesa del salón y Leda lo castigó una semana sin postre), pero también lleno de pequeños triunfos.
Lo más importante no era el poder.
Lo más importante era que, por primera vez en su vida, Kael se sentía querido.
No útil. No valioso como un activo. Querido. Como un hijo. Como un hermano. Como alguien que importaba.
PARTE 5: LA SORPRESA
El día del accidente, Kael tenía doce años.
Era sábado. Por la mañana, Joren había preparado tortitas para desayunar y Sira había derramado el sirope sobre el mantel, como siempre. Leda había estado cosiendo hasta tarde la noche anterior, terminando un encargo urgente, y tenía los dedos llenos de pequeños pinchazos de aguja. Nada fuera de lo normal.
Después de desayunar, Joren y Leda se miraron de una forma rara. Una de esas miradas que los padres intercambian cuando están tramando algo y no quieren que los hijos se den cuenta.
—Kael —dijo Leda—, hoy vamos a salir un momento. Papá, Sira y yo. Tenemos que hacer unas cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Kael.
—Cosas de adultos —respondió Joren, guiñándole un ojo—. Tú quédate en casa. Cuando volvamos, te tendremos una sorpresa. Algo muy especial.
—¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa?
—Si te lo decimos, no sería una sorpresa —dijo Sira, dándole un codazo cariñoso—. Pero te va a gustar. Palabra de hermana mayor.
Kael se quedó en casa, como le habían pedido. Se sentó en el sofá del salón, con las piernas encogidas y un libro de aventuras en las manos, aunque no podía concentrarse en la lectura. Le daba vueltas a la cabeza tratando de adivinar qué clase de sorpresa le estaban preparando.
¿Un regalo? No era su cumpleaños.
¿Una excursión? Ya habían ido a la playa el mes pasado.
¿Algo relacionado con su poder? Quizás. Llevaban meses hablando de buscar un tutor especializado, alguien que pudiera enseñarle cosas que en el colegio no le enseñaban.
No se le ocurrió que la sorpresa pudiera ser la que realmente era.
Horas después, un policía llamó a la puerta.
PARTE 6: LO QUE LLEVABAN EN EL COCHE
El atestado del accidente ocupaba dos páginas. Kael lo había leído tantas veces que se lo sabía de memoria.
“El vehículo, un turismo de color blanco matrícula 7842-KLM, circulaba por la autopista A-7 en dirección norte cuando, a la altura del kilómetro 23, fue impactado lateralmente por un camión de transporte de mercancías que se había saltado un semáforo en rojo. El turismo salió despedido contra la mediana y volcó tres veces antes de detenerse. Los servicios de emergencia acudieron al lugar de los hechos a las 14:37 horas. El conductor, Joren D., de 44 años, falleció en el acto. La pasajera del asiento trasero derecho, Sira D., de 15 años, falleció en el acto. La pasajera del asiento del copiloto, M. Leda, de 40 años, fue trasladada al Hospital General del Este con politraumatismos graves. Se le practicó una amputación de ambas piernas por encima de la rodilla. Entró en estado vegetal profundo a las 18:12 horas y no ha recuperado la consciencia desde entonces.”
Lo que el atestado no decía era lo que llevaban en el coche.
Kael lo supo después, cuando una trabajadora social vino al hospital a hablar con él. Llevaba un sobre en la mano. Un sobre marrón, de papel reciclado, con el logo del juzgado de familia en una esquina.
—Kael —dijo la trabajadora social, con esa voz falsamente dulce que los adultos usan para dar malas noticias a los niños—, tus padres estaban haciendo algo importante cuando ocurrió el accidente.
—¿Qué? —preguntó Kael, con los ojos enrojecidos de no haber llorado en todo el día.
—Habían ido al juzgado. A firmar los papeles de tu adopción. —La mujer abrió el sobre y sacó un documento—. Aquí está. El certificado de adopción. Solo falta la firma. La de ellos y la tuya. Si lo hubieran conseguido… ahora serías legalmente su hijo.
Kael cogió el documento con manos temblorosas.
Era un papel como cualquier otro, lleno de párrafos en letra pequeña y sellos oficiales. Pero en la parte inferior, había dos espacios en blanco para las firmas. Y un tercer espacio, junto a las palabras: “Firma del menor adoptado (si es mayor de doce años).”
Leda y Joren habían ido al juzgado a firmar eso.
Y, de paso, habían comprado una tarta.
—¿Una tarta? —preguntó Kael.
—En el coche había una tarta —dijo la trabajadora social—. De chocolate. Con velas. Suponemos que era para celebrarlo contigo cuando volvieran a casa.
Kael no lloró entonces.
No lloró en el funeral de su padre y su hermana. No lloró cuando los médicos dijeron que su madre nunca volvería a caminar. No lloró cuando firmó el contrato de Cazador.
Pero aquella noche, en la habitación 317 del Hospital General del Este, con las máquinas pitando a su alrededor y el rostro inmóvil de su madre frente a él, Kael sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
No era tristeza.
Era rabia.
Rabia contra el camionero que se había saltado el semáforo. Rabia contra el destino que le había arrebatado a su familia justo cuando iba a ser oficialmente suya. Rabia contra sí mismo por no haber estado allí, por no haber podido evitarlo, por tener un poder que podía destruirlo todo menos salvar lo que importaba.
—Te prometo una cosa, mamá —dijo, con la voz rota pero firme—. Voy a encontrar a Violet. Voy a traerla aquí. Y vas a despertar. Y entonces vamos a firmar ese papel. Tú y yo. Y voy a ser tu hijo. Oficialmente. Para siempre.
Se levantó de la silla.
Besó la frente fría de su madre.
Y salió de la habitación.
PARTE 7: EL CAFÉ DE LAS CUATRO
El hospital tenía una cafetería en la planta baja que permanecía abierta toda la noche. Era un local pequeño, de paredes amarillas y mesas de formica, donde los familiares de los pacientes podían tomar un café malo mientras esperaban noticias.
Kael bajó a la cafetería por costumbre. No tenía hambre, pero necesitaba un café antes de emprender el camino al Distrito Este. Algo caliente que le despejara la mente.
Pidió un café solo y se sentó en una mesa del rincón, junto a la ventana. Fuera, el cielo empezaba a clarear ligeramente por el horizonte. La noche estaba en su punto más frío, ese momento justo antes del amanecer en que el mundo parece contener la respiración.
Dio un sorbo al café. Estaba amargo y quemado, como siempre.
—Esa cara no es de quien ha cumplido su primera cuota —dijo una voz a su espalda.
Kael se giró.
Elsus estaba de pie junto a la máquina de café, con una taza de cartón en la mano y el mismo jersey verde de lana que llevaba en La Última Marea. Su barba blanca estaba ligeramente despeinada y sus ojos oscuros brillaban con esa inteligencia afilada que Kael había aprendido a desconfiar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Kael, sin molestarse en disimular la hostilidad.
—Cobrar mi primer favor —respondió Elsus, sentándose en la silla frente a él sin pedir permiso—. No me gusta dejar las deudas pendientes. El tiempo es oro.
—Son las cuatro de la mañana.
—Y tú estás despierto. Yo también. El mundo no se detiene porque sea de noche. —Elsus dio un sorbo a su café y torció el gesto—. Qué asco. ¿Cómo puedes beber esto?
—Necesito cafeína.
—Necesitas un paladar nuevo. —Elsus dejó la taza sobre la mesa y se reclinó en la silla—. Pero no he venido a hablar de café. He venido a pedirte algo.
Kael apretó la mandíbula.
—Te debo un favor. Lo sé. Dime qué quieres.
—Hay un cargamento —dijo Elsus, bajando la voz—. Llega mañana por la noche al puerto del Distrito Sur. Contenedor 47-B. No te pediré que lo robes ni que lo transportes. Solo quiero que estés allí cuando se abra.
—¿Por qué?
—Porque el tipo que lo abre es un viejo conocido mío. Un Cazador corrupto. Rango B. Se llama Drex. Su habilidad es la Osteocinesis. Puede manipular sus huesos, estirarlos, endurecerlos, incluso proyectarlos fuera del cuerpo como si fueran lanzas. Un tipo desagradable.
—¿Y qué quieres que haga con él?
—Quiero que lo detengas. O lo mates. Me da igual. —Elsus sonrió con esa sonrisa fina y afilada—. Eres un Cazador, ¿no? Es tu trabajo.
Kael entrecerró los ojos.
—¿Qué te ha hecho Drex?
—Digamos que me debe dinero. Mucho dinero. Y ha decidido que es más fácil esconderse que pagarme. No me gusta que me ignoren. Es malo para los negocios.
—¿Y por qué no lo denuncias a la Agencia?
—Porque la Agencia y yo no somos exactamente amigos. Oficialmente, yo no existo. Y prefiero que siga siendo así. —Elsus se inclinó hacia delante—. Es un favor sencillo. Vas al puerto, esperas a que Drex abra el contenedor, lo capturas o lo matas, y quedamos en paz con una de tus deudas.
Kael se quedó callado.
No le gustaba la idea de trabajar para Elsus. El intermediario era viscoso, manipulador, del tipo de persona que siempre tenía un plan B y un plan C y un plan D por si fallaban los anteriores. Pero le había dado la pista sobre Orin, y Orin le había dado la pista sobre el Rey Pálido. Sin Elsus, seguiría en el Distrito Sur cazando ratas de poca monta sin ninguna pista sobre Violet.
Y además, un Rango B contaba para su cuota de renovación.
—Trato hecho —dijo Kael.
—Excelente. —Elsus se levantó y le tendió la mano—. Me alegra hacer negocios contigo.
Kael no se la estrechó.
—No soy tu socio. Solo te debo un favor.
—Por ahora. —Elsus retiró la mano sin inmutarse—. El contenedor 47-B. Mañana a medianoche. No llegues tarde.
Y se fue, dejando la taza de café intacta sobre la mesa.
Kael se quedó solo en la cafetería, mirando el horizonte que empezaba a teñirse de gris.
Tenía menos de veinticuatro horas para cazar a un Rango B y luego dirigirse al Distrito Este a buscar al Rey Pálido.
Pero antes de todo eso, necesitaba dormir.
Aunque solo fuera un par de horas.
PARTE 8: EL DOCUMENTO
Antes de salir del hospital, Kael pasó por la oficina de administración de la planta tres. Era un cubículo con estanterías metálicas y un mostrador donde una administrativa con cara de sueño tecleaba en un ordenador.
—Disculpe —dijo Kael, mostrando su placa de Cazador—. ¿Podría consultar el expediente de la paciente de la habitación 317? M. Leda.
—¿Es usted familiar? —preguntó la administrativa, sin levantar la vista de la pantalla.
—Soy su hijo.
—Necesito un documento que lo acredite.
Kael dudó un instante. Luego sacó del bolsillo el documento arrugado que llevaba meses guardando. El certificado de adopción. El que nunca se había firmado.
Se lo mostró a la administrativa.
—Esto es lo que hay. El juzgado aún no lo ha procesado.
La mujer lo miró por encima de las gafas. Vio la placa de Cazador. Vio el documento. Vio los ojos grises de Kael.
—Deme un momento —dijo, con una voz ligeramente más suave.
Tecleó algo en el ordenador.
—Aquí está. M. Leda. Ingresó hace setecientos veinte días. Estado vegetal persis
Eran las tres de la mañana cuando Kael llegó al Hospital General del Este.
El edificio se alzaba contra el cielo nocturno como un monolito de hormigón y cristal, con las ventanas de las habitaciones formando un mosaico irregular de luces encendidas y apagadas. Pocas cosas hay más silenciosas que un hospital de madrugada. Los pasillos vacíos. Las salas de espera desiertas. El eco de los pasos sobre el linóleo.
Kael entró por la puerta principal, donde un guardia de seguridad con cara de sueño apenas levantó la vista de su novela de bolsillo. La placa de Cazador colgaba visiblemente del cuello, y eso era suficiente para que nadie le hiciera preguntas.
Recorrió el pasillo del ala este sin prisa.
Conocía cada centímetro de ese recorrido. Lo había hecho cientos de veces en los últimos dos años. Primero a diario, cuando el accidente acababa de ocurrir y los médicos aún tenían algo de esperanza. Luego cada dos días. Luego cada tres. Ahora, desde que había firmado el contrato con la Agencia, iba siempre que podía permitirse el billete de metro y el tiempo de sueño que le robaba la visita.
La habitación 317 estaba al final del pasillo, junto a una ventana que daba al jardín interior del hospital. De día, los pacientes podían ver los árboles y el pequeño estanque con peces de colores. De noche, solo se veía el reflejo de las luces fluorescentes sobre el cristal.
Kael se detuvo frente a la puerta.
El letrero junto al marco decía: PACIENTE: M. LEDA. ESTADO: CRÍTICO ESTABLE. VISITAS AUTORIZADAS: FAMILIARES DIRECTOS.
Familiares directos.
Técnicamente, Kael no era familia directa de M. Leda. No existía ningún documento legal que lo acreditara. No había certificado de adopción, ni sentencia judicial, ni partida de nacimiento con su nombre junto al de ella. Todo eso se había perdido en el accidente. O, más exactamente, nunca había llegado a existir.
Porque el accidente ocurrió justo el día en que iban a firmar los papeles.
Kael empujó la puerta y entró.
PARTE 2: LA MUJER QUE LE ENSEÑÓ A SER HIJO
La habitación 317 olía a desinfectante de flores, a sábanas limpias y a ese olor indefinible que tienen los cuerpos que llevan demasiado tiempo sin moverse. Las máquinas ocupaban más espacio que la cama: el respirador artificial con su fuelle rítmico, el monitor cardíaco dibujando picos verdes en una pantalla negra, la bomba de alimentación goteando una solución lechosa a través de una sonda nasogástrica.
Y en el centro de todo aquello, envuelta en sábanas blancas, estaba su madre.
M. Leda.
Cuarenta y tres años. Pelo castaño que empezaba a encanecer en las sienes. Piel pálida por la falta de sol. Ojos cerrados. Siempre cerrados.
Kael se acercó a la cama y se sentó en la silla de plástico que había junto a la cabecera. Era una silla incómoda, de esas que te dejan marcas en los muslos si te quedas demasiado tiempo. Pero a Kael no le importaba. Se había sentado allí tantas veces que su cuerpo se había adaptado a la forma del plástico.
—Hola, mamá —dijo, en voz baja.
Las máquinas siguieron pitando con su ritmo mecánico.
—He tenido una noche larga. He cazado a mi primera rata. Un tipo llamado Garrick. Un inútil con un poder de mierda. Me pagaron mil doscientas unidades. Suficiente para dos meses más.
Silencio.
—Luego he ido a un bar en el muelle viejo. He conocido a un intermediario. Elsus. Me ha dado dos nombres: el Rey Pálido y Orin. He ido a buscar a Orin. Era un Cazador retirado, de los mejores. Casi me parte en dos con un hacha. Pero he ganado yo.
Silencio.
—Me ha hablado del Rey Pálido. Un Rango SS. El que protege a Violet. Voy a ir a buscarlo.
Silencio.
Kael se quedó callado un momento. Luego apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos bajo la barbilla, mirando el rostro inmóvil de su madre.
—Antes de irme… necesitaba verte. Necesitaba recordar por qué estoy haciendo todo esto.
Las máquinas pitaron.
Y Kael cerró los ojos.
Y recordó.
PARTE 3: EL NIÑO QUE NADIE QUERÍA
Había nacido con el Vacío.
Eso ya lo convertía en un niño problemático. Pero el verdadero problema no era su poder. Era su madre biológica.
Kael no recordaba su rostro. Solo recordaba fragmentos: una voz aguda gritando por teléfono, el olor a tabaco rancio en un apartamento diminuto, platos sucios amontonados en el fregadero. Y una frase, repetida tantas veces que se le había grabado en la memoria como un tatuaje:
“Eres una carga. No vales nada. Si no fuera por ti, yo podría tener una vida.”
Tenía cuatro años cuando su madre biológica lo abandonó.
Lo dejó en una guardería pública del Distrito Sur, diciendo que volvería a recogerlo por la tarde. Nunca volvió. La policía la buscó durante meses, pero nunca la encontraron. Algunos decían que se había ido de la ciudad. Otros, que se había metido en algo turbio y había acabado mal.
A Kael nunca le importó.
Porque para cuando la policía cerró el caso, él ya estaba en un centro de acogida. Y allí, entre literas metálicas y educadores sociales desbordados, aprendió tres cosas:
1. Su habilidad era peligrosa.
2. Los adultos no eran de fiar.
3. Nadie quería adoptar a un niño que podía hacer agujeros en la realidad.
Pasó un año en el centro. Un año de entrevistas con posibles familias adoptivas que se echaban atrás en cuanto veían el expediente de su habilidad. Vacío. Anulación de materia. Peligro potencial no determinado. Las etiquetas se acumulaban como capas de pintura vieja, cubriendo al niño que había debajo.
Hasta que apareció M. Leda.
Kael recordaba aquel día con una claridad que dolía.
Tenía cinco años. Estaba sentado en un banco del patio del centro de acogida, solo, mientras los otros niños jugaban al fútbol con una pelota desinflada. Ninguno de ellos quería jugar con él. Algunos le tenían miedo. Otros simplemente lo encontraban raro.
Una mujer se acercó. No era alta ni baja, no llevaba ropa elegante ni joyas llamativas. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta, unos vaqueros gastados y una sonrisa que le arrugaba los ojos.
—Hola —dijo, sentándose en el banco junto a él—. Me llamo Leda. ¿Y tú?
—Kael.
—Bonito nombre. ¿Qué haces aquí solo?
—No quiero jugar.
—¿Por qué no?
—Porque mi poder es malo.
Leda frunció el ceño. No parecía asustada. Solo curiosa.
—¿Malo? ¿Quién te ha dicho eso?
—Todos. Los monitores. Los otros niños. Las familias que vienen a adoptar. Dicen que doy miedo.
Leda se quedó callada un momento. Luego se giró hacia él y le puso una mano en el hombro. Era una mano cálida, áspera por el trabajo, pero suave en el contacto.
—Mira, Kael. Yo no sé nada de poderes. Soy costurera. Arreglo vestidos y pantalones en una tienda del centro. Mi poder es hacer que las agujas floten. Es una tontería, ya lo sé. Pero creo que ningún poder es malo. Solo hay gente que no sabe usarlo.
—Tú no me tienes miedo.
—No. —Leda sonrió—. ¿Sabes por qué?
Kael negó con la cabeza.
—Porque yo también sé lo que es que te miren como si no valieras nada. Y mira, aquí estoy. Tengo un trabajo, una casa pequeña, un marido que me quiere y una hija que me vuelve loca. Y ahora, además, he conocido a un niño con un poder increíble que solo necesita que alguien le enseñe a usarlo bien.
—¿Tú?
—No. Yo no puedo enseñarte eso. Pero puedo enseñarte otras cosas. A coser, por ejemplo. A cocinar. A leer libros que no son del colegio. Y puedo darte una cama donde dormir sin miedo.
Kael la miró fijamente. Sus ojos grises, tan planos para un niño de cinco años, buscaron en el rostro de Leda alguna señal de engaño. Alguna mentira. Alguna grieta por la que colar el miedo que todos los demás sentían hacia él.
No la encontró.
—¿Vas a adoptarme? —preguntó.
—Si tú quieres.
—Pero mi poder…
—Tu poder me da igual. Lo que me importa es lo que hay aquí. —Y le tocó el pecho, justo encima del corazón—. Y lo que hay aquí me gusta.
Fue la primera vez que alguien le decía que valía algo.
Y fue la última vez que Kael lloró.
PARTE 4: LA FAMILIA QUE ELIGIÓ
Los años siguientes fueron los mejores de su vida.
Leda lo llevó a su casa, un apartamento modesto en un barrio tranquilo del extrarradio. Allí conoció a Joren, su padre adoptivo, un hombre corpulento y risueño que trabajaba de mecánico en un taller y cuyo poder era poder inflar las ruedas de los coches con solo tocarlas. Y a Sira, su hermana mayor, tres años mayor que él, con una melena morena y una habilidad que nunca acabó de desarrollar del todo: podía hablar con los insectos. Solo escucharlos, no controlarlos. Decía que las hormigas eran muy aburridas pero que las abejas tenían un sentido del humor excelente.
Ninguno de ellos le tuvo miedo.
Joren le enseñó a montar en bicicleta y a arreglar motores pequeños. Sira le leía cuentos por las noches, cuando él aún no sabía leer bien, y le dejaba dormir en su cama cuando tenía pesadillas. Leda le enseñó a coser, como le había prometido, y también a cocinar, y también a no tener miedo de su propio poder.
—El Vacío es parte de ti —le decía, mientras él practicaba a hacer esferas diminutas en el patio trasero—. No tienes que odiarlo. Solo tienes que aprender a controlarlo. Como yo controlo mis agujas.
Y Kael aprendió.
Aprendió a controlar el tamaño de las esferas. A regular su intensidad. A no dejar que el poder lo dominara a él, sino a dominarlo él al poder. Fue un proceso lento, lleno de pequeños accidentes (una vez agujereó la mesa del salón y Leda lo castigó una semana sin postre), pero también lleno de pequeños triunfos.
Lo más importante no era el poder.
Lo más importante era que, por primera vez en su vida, Kael se sentía querido.
No útil. No valioso como un activo. Querido. Como un hijo. Como un hermano. Como alguien que importaba.
PARTE 5: LA SORPRESA
El día del accidente, Kael tenía doce años.
Era sábado. Por la mañana, Joren había preparado tortitas para desayunar y Sira había derramado el sirope sobre el mantel, como siempre. Leda había estado cosiendo hasta tarde la noche anterior, terminando un encargo urgente, y tenía los dedos llenos de pequeños pinchazos de aguja. Nada fuera de lo normal.
Después de desayunar, Joren y Leda se miraron de una forma rara. Una de esas miradas que los padres intercambian cuando están tramando algo y no quieren que los hijos se den cuenta.
—Kael —dijo Leda—, hoy vamos a salir un momento. Papá, Sira y yo. Tenemos que hacer unas cosas.
—¿Qué cosas? —preguntó Kael.
—Cosas de adultos —respondió Joren, guiñándole un ojo—. Tú quédate en casa. Cuando volvamos, te tendremos una sorpresa. Algo muy especial.
—¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa?
—Si te lo decimos, no sería una sorpresa —dijo Sira, dándole un codazo cariñoso—. Pero te va a gustar. Palabra de hermana mayor.
Kael se quedó en casa, como le habían pedido. Se sentó en el sofá del salón, con las piernas encogidas y un libro de aventuras en las manos, aunque no podía concentrarse en la lectura. Le daba vueltas a la cabeza tratando de adivinar qué clase de sorpresa le estaban preparando.
¿Un regalo? No era su cumpleaños.
¿Una excursión? Ya habían ido a la playa el mes pasado.
¿Algo relacionado con su poder? Quizás. Llevaban meses hablando de buscar un tutor especializado, alguien que pudiera enseñarle cosas que en el colegio no le enseñaban.
No se le ocurrió que la sorpresa pudiera ser la que realmente era.
Horas después, un policía llamó a la puerta.
PARTE 6: LO QUE LLEVABAN EN EL COCHE
El atestado del accidente ocupaba dos páginas. Kael lo había leído tantas veces que se lo sabía de memoria.
“El vehículo, un turismo de color blanco matrícula 7842-KLM, circulaba por la autopista A-7 en dirección norte cuando, a la altura del kilómetro 23, fue impactado lateralmente por un camión de transporte de mercancías que se había saltado un semáforo en rojo. El turismo salió despedido contra la mediana y volcó tres veces antes de detenerse. Los servicios de emergencia acudieron al lugar de los hechos a las 14:37 horas. El conductor, Joren D., de 44 años, falleció en el acto. La pasajera del asiento trasero derecho, Sira D., de 15 años, falleció en el acto. La pasajera del asiento del copiloto, M. Leda, de 40 años, fue trasladada al Hospital General del Este con politraumatismos graves. Se le practicó una amputación de ambas piernas por encima de la rodilla. Entró en estado vegetal profundo a las 18:12 horas y no ha recuperado la consciencia desde entonces.”
Lo que el atestado no decía era lo que llevaban en el coche.
Kael lo supo después, cuando una trabajadora social vino al hospital a hablar con él. Llevaba un sobre en la mano. Un sobre marrón, de papel reciclado, con el logo del juzgado de familia en una esquina.
—Kael —dijo la trabajadora social, con esa voz falsamente dulce que los adultos usan para dar malas noticias a los niños—, tus padres estaban haciendo algo importante cuando ocurrió el accidente.
—¿Qué? —preguntó Kael, con los ojos enrojecidos de no haber llorado en todo el día.
—Habían ido al juzgado. A firmar los papeles de tu adopción. —La mujer abrió el sobre y sacó un documento—. Aquí está. El certificado de adopción. Solo falta la firma. La de ellos y la tuya. Si lo hubieran conseguido… ahora serías legalmente su hijo.
Kael cogió el documento con manos temblorosas.
Era un papel como cualquier otro, lleno de párrafos en letra pequeña y sellos oficiales. Pero en la parte inferior, había dos espacios en blanco para las firmas. Y un tercer espacio, junto a las palabras: “Firma del menor adoptado (si es mayor de doce años).”
Leda y Joren habían ido al juzgado a firmar eso.
Y, de paso, habían comprado una tarta.
—¿Una tarta? —preguntó Kael.
—En el coche había una tarta —dijo la trabajadora social—. De chocolate. Con velas. Suponemos que era para celebrarlo contigo cuando volvieran a casa.
Kael no lloró entonces.
No lloró en el funeral de su padre y su hermana. No lloró cuando los médicos dijeron que su madre nunca volvería a caminar. No lloró cuando firmó el contrato de Cazador.
Pero aquella noche, en la habitación 317 del Hospital General del Este, con las máquinas pitando a su alrededor y el rostro inmóvil de su madre frente a él, Kael sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
No era tristeza.
Era rabia.
Rabia contra el camionero que se había saltado el semáforo. Rabia contra el destino que le había arrebatado a su familia justo cuando iba a ser oficialmente suya. Rabia contra sí mismo por no haber estado allí, por no haber podido evitarlo, por tener un poder que podía destruirlo todo menos salvar lo que importaba.
—Te prometo una cosa, mamá —dijo, con la voz rota pero firme—. Voy a encontrar a Violet. Voy a traerla aquí. Y vas a despertar. Y entonces vamos a firmar ese papel. Tú y yo. Y voy a ser tu hijo. Oficialmente. Para siempre.
Se levantó de la silla.
Besó la frente fría de su madre.
Y salió de la habitación.
PARTE 7: EL CAFÉ DE LAS CUATRO
El hospital tenía una cafetería en la planta baja que permanecía abierta toda la noche. Era un local pequeño, de paredes amarillas y mesas de formica, donde los familiares de los pacientes podían tomar un café malo mientras esperaban noticias.
Kael bajó a la cafetería por costumbre. No tenía hambre, pero necesitaba un café antes de emprender el camino al Distrito Este. Algo caliente que le despejara la mente.
Pidió un café solo y se sentó en una mesa del rincón, junto a la ventana. Fuera, el cielo empezaba a clarear ligeramente por el horizonte. La noche estaba en su punto más frío, ese momento justo antes del amanecer en que el mundo parece contener la respiración.
Dio un sorbo al café. Estaba amargo y quemado, como siempre.
—Esa cara no es de quien ha cumplido su primera cuota —dijo una voz a su espalda.
Kael se giró.
Elsus estaba de pie junto a la máquina de café, con una taza de cartón en la mano y el mismo jersey verde de lana que llevaba en La Última Marea. Su barba blanca estaba ligeramente despeinada y sus ojos oscuros brillaban con esa inteligencia afilada que Kael había aprendido a desconfiar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Kael, sin molestarse en disimular la hostilidad.
—Cobrar mi primer favor —respondió Elsus, sentándose en la silla frente a él sin pedir permiso—. No me gusta dejar las deudas pendientes. El tiempo es oro.
—Son las cuatro de la mañana.
—Y tú estás despierto. Yo también. El mundo no se detiene porque sea de noche. —Elsus dio un sorbo a su café y torció el gesto—. Qué asco. ¿Cómo puedes beber esto?
—Necesito cafeína.
—Necesitas un paladar nuevo. —Elsus dejó la taza sobre la mesa y se reclinó en la silla—. Pero no he venido a hablar de café. He venido a pedirte algo.
Kael apretó la mandíbula.
—Te debo un favor. Lo sé. Dime qué quieres.
—Hay un cargamento —dijo Elsus, bajando la voz—. Llega mañana por la noche al puerto del Distrito Sur. Contenedor 47-B. No te pediré que lo robes ni que lo transportes. Solo quiero que estés allí cuando se abra.
—¿Por qué?
—Porque el tipo que lo abre es un viejo conocido mío. Un Cazador corrupto. Rango B. Se llama Drex. Su habilidad es la Osteocinesis. Puede manipular sus huesos, estirarlos, endurecerlos, incluso proyectarlos fuera del cuerpo como si fueran lanzas. Un tipo desagradable.
—¿Y qué quieres que haga con él?
—Quiero que lo detengas. O lo mates. Me da igual. —Elsus sonrió con esa sonrisa fina y afilada—. Eres un Cazador, ¿no? Es tu trabajo.
Kael entrecerró los ojos.
—¿Qué te ha hecho Drex?
—Digamos que me debe dinero. Mucho dinero. Y ha decidido que es más fácil esconderse que pagarme. No me gusta que me ignoren. Es malo para los negocios.
—¿Y por qué no lo denuncias a la Agencia?
—Porque la Agencia y yo no somos exactamente amigos. Oficialmente, yo no existo. Y prefiero que siga siendo así. —Elsus se inclinó hacia delante—. Es un favor sencillo. Vas al puerto, esperas a que Drex abra el contenedor, lo capturas o lo matas, y quedamos en paz con una de tus deudas.
Kael se quedó callado.
No le gustaba la idea de trabajar para Elsus. El intermediario era viscoso, manipulador, del tipo de persona que siempre tenía un plan B y un plan C y un plan D por si fallaban los anteriores. Pero le había dado la pista sobre Orin, y Orin le había dado la pista sobre el Rey Pálido. Sin Elsus, seguiría en el Distrito Sur cazando ratas de poca monta sin ninguna pista sobre Violet.
Y además, un Rango B contaba para su cuota de renovación.
—Trato hecho —dijo Kael.
—Excelente. —Elsus se levantó y le tendió la mano—. Me alegra hacer negocios contigo.
Kael no se la estrechó.
—No soy tu socio. Solo te debo un favor.
—Por ahora. —Elsus retiró la mano sin inmutarse—. El contenedor 47-B. Mañana a medianoche. No llegues tarde.
Y se fue, dejando la taza de café intacta sobre la mesa.
Kael se quedó solo en la cafetería, mirando el horizonte que empezaba a teñirse de gris.
Tenía menos de veinticuatro horas para cazar a un Rango B y luego dirigirse al Distrito Este a buscar al Rey Pálido.
Pero antes de todo eso, necesitaba dormir.
Aunque solo fuera un par de horas.
PARTE 8: EL DOCUMENTO
Antes de salir del hospital, Kael pasó por la oficina de administración de la planta tres. Era un cubículo con estanterías metálicas y un mostrador donde una administrativa con cara de sueño tecleaba en un ordenador.
—Disculpe —dijo Kael, mostrando su placa de Cazador—. ¿Podría consultar el expediente de la paciente de la habitación 317? M. Leda.
—¿Es usted familiar? —preguntó la administrativa, sin levantar la vista de la pantalla.
—Soy su hijo.
—Necesito un documento que lo acredite.
Kael dudó un instante. Luego sacó del bolsillo el documento arrugado que llevaba meses guardando. El certificado de adopción. El que nunca se había firmado.
Se lo mostró a la administrativa.
—Esto es lo que hay. El juzgado aún no lo ha procesado.
La mujer lo miró por encima de las gafas. Vio la placa de Cazador. Vio el documento. Vio los ojos grises de Kael.
—Deme un momento —dijo, con una voz ligeramente más suave.
Tecleó algo en el ordenador.
—Aquí está. M. Leda. Ingresó hace setecientos veinte días. Estado vegetal persis