El contrato vacío: Capítulo 3
PARTE 1: EL PESO DEL SILENCIO
El móvil vibró en el bolsillo de Kael cuando ya se alejaba de la nave.
Era una notificación automática de la Agencia. La foto del cadáver de Garrick había sido procesada por el sistema de verificación de capturas. Un algoritmo de reconocimiento facial había comparado los rasgos del muerto con la base de datos de criminales fichados y había confirmado la identidad con un 98,7% de coincidencia.
Debajo de la confirmación, un mensaje escueto del Departamento de Gestión de Cazadores:
“Captura confirmada: Garrick, alias ‘El Topo’. Rango C. Estado: Fallecido. Cuota de renovación cumplida. Próxima cuota vence en 4 meses y 23 días. Pago de 1.200 unidades ingresado en cuenta asociada. La Agencia agradece sus servicios.”
Kael leyó el mensaje sin detenerse.
Mil doscientas unidades. Suficiente para pagar dos meses de la residencia donde cuidaban a su madre. Suficiente para comprar tiempo. Pero no suficiente para encontrar a Violet. Para eso necesitaba más. Mucho más. Y no solo dinero.
Necesitaba contactos. Información. Aliados o, al menos, personas dispuestas a hablar sin que él tuviera que arrancarles las piernas a agujeros.
Se guardó el móvil y siguió caminando.
La noche en el Distrito Sur era un animal vivo.
A medida que Kael se alejaba del polígono industrial, las calles empezaron a llenarse de una actividad distinta. No era el bullicio diurno de comercios y transeúntes, sino un pulso subterráneo, oculto, que solo emergía cuando el sol se ponía. Portales entreabiertos que dejaban escapar música a bajo volumen. Figuras apoyadas en las esquinas que intercambiaban objetos pequeños en apretones de manos rápidos. Coches con las luces apagadas que se detenían junto a las aceras, recogían a alguien y desaparecían calle abajo.
Kael conocía ese ecosistema. Lo había estudiado en los mapas de riesgo de la Agencia, pero también lo había aprendido en las calles durante los últimos tres años, cuando todavía era un estudiante del programa pre-Cazador y se escapaba del instituto por las noches para foguearse.
Al principio lo hacía por rabia. Rabia contra el accidente que le había arrebatado a su padre y a su hermana. Rabia contra el mundo que seguía girando como si nada hubiera pasado. Rabia contra sí mismo por no haber estado allí, por no haber podido usar su Vacío para salvarlos.
Luego la rabia se fue enfriando, como el metal después de la forja, y se convirtió en algo más duro. Más útil. Determinación.
Ahora caminaba por las calles del Distrito Sur sin miedo. No porque fuera valiente, sino porque había aprendido que el miedo era un lujo que no podía permitirse. El miedo nublaba el juicio. Ralentizaba los reflejos. Te hacía cometer errores. Y en un mundo donde todos tenían una habilidad pero seguían siendo de carne y hueso, un error significaba un agujero en el pecho.
O en la cabeza.
Como Garrick.
Kael dobló una esquina y se encontró frente a una pequeña plaza rectangular que no figuraba en los mapas oficiales de la ciudad.
La llamaban La Plazoleta del Gato Tuerto, por una estatua de cemento que había en el centro: un gato desgastado por la intemperie al que le faltaba un ojo, probablemente arrancado por algún vándalo hacía décadas. Alrededor de la estatua, varios puestos ambulantes vendían comida callejera, baratijas electrónicas de dudosa procedencia y, en los rincones más oscuros, cosas que no se anunciaban en voz alta.
Kael se detuvo junto a un puesto de pinchos morunos. El vendedor, un hombre mayor con un delantal manchado de grasa y un gorro de cocina calado hasta las cejas, ensartaba trozos de carne en brochetas metálicas con movimientos mecánicos.
—Uno —dijo Kael.
El hombre asintió, cogió una brocheta ya hecha y la puso sobre una parrilla improvisada hecha con un bidón cortado por la mitad. Las brasas crepitaron al contacto con la grasa que goteaba de la carne.
Mientras esperaba, Kael observó la plaza.
Era un microcosmos del Distrito Sur. Había de todo: familias que vivían en los bloques de pisos cercanos y bajaban a cenar algo rápido; jóvenes con ropa de imitación que se agrupaban alrededor de un puesto de música pirateada; un par de mujeres que ejercían la prostitución apoyadas en una farola, con las caras cansadas y los ojos vacíos; y, en un banco apartado, tres hombres que hablaban en voz baja, demasiado bajas para ser una conversación normal.
Kael los estudió sin mirarlos directamente.
Eran delgados, con chaquetas de cuero gastado y botas militares. Uno de ellos tenía una cicatriz que le cruzaba el cuello, justo por encima de la nuez. Otro llevaba un parche en el ojo izquierdo. El tercero, el más joven, fumaba un cigarrillo con la mirada perdida en el suelo.
No parecían criminales de alto nivel. Probablemente Rango C, como Garrick. O incluso menos. Matones de barrio con habilidades mediocres que se dedicaban a trapicheos menores.
Pero podían saber algo.
El pincho moruno estuvo listo. Kael pagó con unas monedas y cogió la brocheta, mordiendo la carne sin prisa mientras se alejaba del puesto. Estaba dura y demasiado salada, pero caliente. En el Distrito Sur, eso era más que suficiente.
Caminó hacia el banco de los tres hombres.
PARTE 2: EL ARTE DE PREGUNTAR SIN PARECER QUE PREGUNTAS
Los tres levantaron la vista cuando Kael se acercó. El de la cicatriz en el cuello fue el primero en hablar.
—¿Qué quieres, chaval?
Su voz era rasposa, de fumador veterano. Sus ojos, pequeños y desconfiados, recorrieron a Kael de arriba abajo evaluando amenazas. No vio la placa, oculta en el bolsillo interior de la sudadera. Solo vio a un adolescente flaco con una brocheta a medio comer.
—Información —dijo Kael.
El del parche en el ojo soltó una risa corta.
—¿Información? ¿Tú? ¿A tu edad? ¿Qué vas a querer saber, dónde venden cromos de fútbol?
El más joven, el del cigarrillo, ni siquiera levantó la vista. Siguió mirando al suelo, como si la conversación no fuera con él.
Kael dio otro mordisco a la brocheta. Masticó despacio. Tragó.
—Busco a alguien que trabaja en el muelle viejo —dijo—. Un intermediario. Se hace llamar Elsus.
El nombre provocó una reacción inmediata.
El de la cicatriz se tensó. El del parche dejó de sonreír. Incluso el joven levantó la vista del suelo, con el cigarrillo colgando de los labios.
—Elsus —repitió el de la cicatriz, saboreando la palabra como si fuera una moneda falsa que acabaran de colarle—. ¿Y para qué quieres ver a Elsus?
—Eso es asunto mío.
—Aquí todos los asuntos son asuntos de todos, chaval. Así funciona el Distrito Sur.
Kael terminó la brocheta. Dejó el palo metálico sobre el banco, junto al muslo del joven del cigarrillo.
—He oído que Elsus sabe cosas —dijo—. Cosas que no están en los archivos de la Agencia. Cosas sobre gente que lleva mucho tiempo desaparecida.
El de la cicatriz y el del parche intercambiaron una mirada rápida.
—¿Eres Cazador? —preguntó el del parche.
—Sí.
El ambiente se enfrió de golpe. No porque los tres hombres fueran a atacarle —no eran tan estúpidos—, sino porque la palabra “Cazador” cambiaba las reglas de la conversación. Un civil haciendo preguntas era una molestia. Un Cazador haciendo preguntas era una amenaza potencial.
—Mira, chico —dijo el de la cicatriz, bajando la voz—. No sé quién te ha hablado de Elsus, pero te ha metido en un jardín. Elsus no es un cualquiera. Es un intermediario de verdad. De los que tratan con gente importante. Gente que no quiere que les pregunten por sus asuntos.
—No me importa con quién trate —dijo Kael—. Solo quiero saber dónde encontrarlo.
—¿Y qué nos das a cambio?
Kael metió la mano en el bolsillo. Los tres se tensaron, esperando un arma. Pero lo que sacó fue un billete de cincuenta unidades, nuevecito, que había retirado esa misma tarde del cajero automático.
Lo dejó sobre el banco, junto al palo de la brocheta.
—Esto ahora. Y mi palabra de que no mencionaré vuestros nombres si alguien pregunta.
El de la cicatriz miró el billete. Luego a Kael. Luego otra vez el billete.
—Elsus trabaja en un bar del muelle viejo —dijo al fin—. El bar se llama La Última Marea. Está al final del espigón norte, junto a los antiguos astilleros. No tiene letrero. Solo una puerta azul con un ancla pintada a mano.
—¿Horario?
—De diez de la noche a cinco de la mañana. Solo atiende a quien conoce o a quien va recomendado.
—¿Y cómo se consigue una recomendación?
El de la cicatriz sonrió, mostrando unos dientes amarillentos.
—Eso ya es cosa tuya, Cazador. Yo solo te he dicho dónde está.
Kael asintió. Se levantó del banco y se alejó sin decir nada más.
El billete de cincuenta desapareció en el bolsillo del de la cicatriz antes de que Kael hubiera dado tres pasos.
PARTE 3: EL CAMINO HACIA EL NORTE
El Distrito Norte estaba a una hora en metro desde el Sur.
Kael bajó las escaleras de la estación más cercana, una boca de acceso sucia y mal iluminada que olía a orines y a lejía industrial. El metro de la ciudad funcionaba las veinticuatro horas, pero a partir de medianoche los convoyes se espaciaban y los vagones se llenaban de una fauna distinta: trabajadores nocturnos con caras de sueño, estudiantes que volvían de fiesta, y figuras solitarias envueltas en abrigos que preferían no ser miradas.
Kael se sentó en un asiento de plástico junto a la ventanilla y apoyó la cabeza en el cristal.
El traqueteo del tren era hipnótico.
Mientras las luces del túnel pasaban como fogonazos intermitentes, su mente regresó al hospital.
Siempre regresaba al hospital.
La habitación 317 del Hospital General del Este era un cubículo blanco de tres por cuatro metros. Olía a desinfectante, a sábanas limpias y a ese olor indefinible que tienen los cuerpos que llevan demasiado tiempo inmóviles.
Su madre yacía en la cama del rincón, junto a la ventana.
Las máquinas que la mantenían con vida ocupaban más espacio que ella. El respirador artificial, con su fuelle subiendo y bajando en un ritmo mecánico. El monitor cardíaco, dibujando picos verdes en una pantalla negra. La bomba de alimentación, goteando una solución lechosa a través de un tubo que desaparecía bajo las sábanas.
Su madre tenía cuarenta y tres años, pero aparentaba sesenta. El accidente le había robado algo más que las piernas. Le había robado el color de la piel, el brillo de los ojos, la tensión de los músculos faciales. Era como si su cuerpo estuviera allí, pero la persona que lo habitaba se hubiera ido a alguna parte de la que no podía regresar.
Kael la visitaba cada tres días.
Se sentaba en la silla de plástico junto a la cama y le hablaba. Le contaba cosas del instituto, cuando todavía iba. Le leía noticias del periódico. A veces simplemente se quedaba en silencio, mirando el paisaje urbano a través de la ventana, preguntándose si su madre podía oír el ruido de los coches, el ulular de las sirenas, el latido de la ciudad.
Los médicos decían que no.
Decían que el estado vegetal era precisamente eso: un cuerpo vivo con una mente ausente. Actividad cerebral mínima, apenas la suficiente para mantener las funciones autónomas. Nada de consciencia. Nada de pensamiento. Nada de ella.
Pero Kael no les creía.
O no quería creerles.
Porque si les creía, entonces su madre ya estaba muerta. Y si su madre ya estaba muerta, entonces todo lo que estaba haciendo —el contrato de Cazador, la caza de Garrick, la búsqueda de Violet— no tenía sentido.
Así que elegía creer que su madre seguía ahí dentro. Atrapada. Esperando.
Esperando a que él encontrara a la única persona en el mundo que podía devolverla.
El metro frenó con un chirrido de ruedas contra raíles.
Kael abrió los ojos.
Había llegado al Distrito Norte.
PARTE 4: EL MUELLE VIEJO
El Distrito Norte era la antítesis del Sur.
Mientras que el Sur era una cicatriz industrial en proceso de putrefacción, el Norte era un cadáver portuario que alguien había intentado maquillar sin mucho éxito. Los muelles, que antaño habían recibido barcos mercantes de medio mundo, llevaban décadas en declive. Las grúas oxidadas se alzaban como esqueletos de hierro contra el cielo nocturno. Los almacenes de ladrillo, con las ventanas tapiadas, se alineaban a lo largo de calles adoquinadas por las que ya casi nadie transitaba.
Pero no estaba completamente muerto.
Había bares. Antros, más bien. Locales diminutos con nombres náuticos —El Ancla Rota, La Sirena Tuerta, El Timón Torcido— que servían alcohol barato a marineros jubilados, estibadores sin trabajo y buscavidas que preferían operar lejos de las zonas más concurridas de la ciudad.
Kael caminó por el espigón norte con las manos en los bolsillos y la capucha subida.
El viento que soplaba desde el mar era frío y húmedo, cargado de olor a salitre y a pescado podrido. Las olas lamían los pilares del espigón con un rumor constante, como la respiración de un animal dormido.
Buscaba una puerta azul con un ancla pintada a mano.
La encontró al final del espigón, donde el paseo marítimo se convertía en un camino de tierra que llevaba a los antiguos astilleros. El edificio era una construcción baja de dos plantas, con la fachada desconchada y las ventanas superiores cegadas con tablones. La puerta, tal como le habían dicho, era de un azul marino desvaído, y en el centro, pintada con trazo torpe pero reconocible, había un ancla blanca.
No había letrero.
No había luz en el exterior.
Solo la puerta azul y el sonido del mar.
Kael empujó la puerta y entró.
PARTE 5: LA ÚLTIMA MAREA
El interior de La Última Marea era más pequeño de lo que sugería el exterior.
Una barra de madera oscura, gastada por décadas de codos apoyados y vasos derramados, ocupaba la pared del fondo. Detrás de la barra, estanterías con botellas de licor barato y algunos reservados de mayor calidad cubiertos de polvo. Cuatro mesas redondas, cada una con dos sillas desparejadas. Una lámpara de araña hecha con cabos de cuerda y bombillas de filamento que proyectaba una luz amarillenta y temblorosa.
El local estaba vacío.
Casi.
En una de las mesas del rincón, un hombre leía un periódico deportivo con la misma atención que un erudito dedica a un manuscrito antiguo. Era mayor, de unos sesenta años, con el pelo blanco recogido en una coleta y una barba cuidada que le llegaba al pecho. Vestía un jersey de lana grueso, de color verde oscuro, y tenía los dedos manchados de nicotina.
Junto a su codo, una taza de café humeaba.
Kael se acercó a la barra.
El camarero era un tipo fornido, de unos cincuenta años, con los brazos cubiertos de tatuajes marineros: anclas, sirenas, rosas de los vientos. Su cabeza era un mapa de cicatrices mal curadas, y le faltaba el lóbulo de la oreja izquierda.
—¿Qué te pongo? —preguntó, sin mirar a Kael directamente.
—Coca-Cola.
El camarero sirvió el refresco en un vaso sucio y lo dejó sobre la barra.
—Cinco unidades.
Kael pagó. Dio un sorbo. La Coca-Cola sabía a jarabe pasado y a agua del grifo.
—Busco a Elsus —dijo.
El camarero no se inmutó. Siguió secando vasos con un trapo que probablemente estaba más sucio que los propios vasos.
—Aquí no trabaja nadie con ese nombre.
—Me han dicho que sí.
—Pues te han mentido.
Kael dejó el vaso sobre la barra.
—He pagado cincuenta unidades por esta dirección. No me gusta que me mientan.
El camarero levantó la vista por primera vez. Sus ojos eran de un azul pálido, casi gris, como el agua del puerto en un día nublado. Miró a Kael durante un largo momento, evaluándolo.
—¿Quién te envía?
—Nadie. Vengo por mi cuenta.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
El camarero resopló. Dejó el vaso y el trapo sobre la barra y se apoyó en ella con ambos antebrazos, inclinándose hacia Kael.
—Mira, chaval. No sé quién eres ni qué quieres, pero te voy a dar un consejo. Elsus no recibe a cualquiera. Elsus recibe a quien él quiere recibir. Y tú, con todos mis respetos, no pareces el tipo de cliente que él busca.
—¿Y qué tipo de cliente busca?
—Gente con dinero. Gente con influencia. Gente que puede ofrecer algo a cambio de la información que pide. —El camarero lo recorrió con la mirada—. Tú tienes pinta de estudiante. O de Cazador novato. Ninguna de las dos cosas le interesa a Elsus.
Kael metió la mano en el bolsillo interior de la sudadera.
El camarero se tensó.
Pero lo que Kael sacó no fue un arma. Fue la placa de Cazador. La dejó sobre la barra, junto al vaso de Coca-Cola.
—Soy Cazador —dijo—. Y busco información sobre una criminal desaparecida hace diez años. Violet. La Sanadora.
El nombre provocó una reacción en cadena.
El camarero se quedó rígido. El hombre del periódico deportivo dejó de leer y levantó la vista. Incluso el aire del local pareció volverse más denso, como si las paredes mismas hubieran aguzado el oído.
El camarero miró la placa. Luego a Kael. Luego otra vez la placa.
—Violet —repitió, en voz baja—. Hacía años que nadie preguntaba por ella en este local.
—Pues yo estoy preguntando ahora.
Hubo un silencio largo. El hombre del periódico dobló las páginas con cuidado, las dejó sobre la mesa y se levantó.
Era más alto de lo que parecía sentado. Delgado, pero con una presencia que llenaba la habitación. Sus ojos, oscuros y brillantes, se clavaron en Kael con una intensidad que recordaba a la de un tasador examinando una joya de dudosa procedencia.
—Déjalo, Tato —dijo el hombre, dirigiéndose al camarero—. Yo me ocupo.
El camarero —Tato, aparentemente— asintió y volvió a sus vasos.
El hombre del jersey verde se acercó a Kael.
—Acompáñame —dijo, señalando la mesa del rincón—. Y paga otra Coca-Cola. La primera la invita la casa.
PARTE 6: ELSUS
Se sentaron frente a frente.
El hombre del jersey verde —Elsus, no podía ser otro— apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos bajo la barbilla. Sus ojos oscuros no parpadeaban. Kael sintió que lo estaban desnudando, capa por capa, hasta dejar al descubierto algo que ni siquiera él sabía que tenía.
—Así que eres Cazador —dijo Elsus—. Quince años. Primera cuota cumplida esta misma noche. Garrick el Topo, ¿verdad?
Kael no respondió.
—No hace falta que confirmes nada —continuó Elsus—. Las noticias corren rápido en los muelles. Garrick era una rata, pero una rata conocida. Su muerte no pasará desapercibida. Algunos te lo agradecerán. Otros te pondrán una diana en la espalda. Así funciona este mundo.
—No me importa lo que hagan los demás —dijo Kael—. Solo quiero información.
—Información sobre Violet. —Elsus saboreó el nombre—. La Sanadora. La única mujer en el mundo capaz de curar cualquier enfermedad. Desaparecida durante una década. Buscada por gobiernos, corporaciones, mafias y lunáticos de todo pelaje. —Inclinó la cabeza—. ¿Por qué la busca un niño de quince años?
—Eso es asunto mío.
—Aquí, en esta mesa, todos los asuntos son asunto mío. Es la condición para que yo hable. Si no te gusta, puedes levantarte y marcharte. La puerta está donde la dejaste.
Kael apretó los dientes.
Pero no se levantó.
—Mi madre —dijo al fin, con voz más baja de la que pretendía—. Está en estado vegetal. Perdió las piernas en un accidente. Mi padre y mi hermana murieron. Ella es lo único que me queda. Violet puede curarla.
Elsus lo observó en silencio durante un largo momento.
—¿Y qué me ofreces a cambio de la información?
—Dinero.
—No necesito dinero.
—¿Entonces qué?
Elsus sonrió. Fue una sonrisa fina, afilada, sin alegría.
—Favores. Los Cazadores jóvenes sois valiosos. Tenéis acceso a sitios a los que yo no puedo ir. Tenéis licencia para hacer cosas que yo no puedo hacer. Y, sobre todo, tenéis un futuro incierto que puede truncarse en cualquier momento. Eso os hace… maleables.
—No soy maleable.
—Todos lo sois. Solo es cuestión de encontrar la presión adecuada.
Kael sostuvo la mirada.
—Dime qué sabes de Violet.
Elsus se recostó en la silla.
—Violet no está simplemente desaparecida. Está escondida. Protegida. Por alguien muy poderoso. Alguien que lleva diez años asegurándose de que nadie la encuentre. Los pocos que han estado cerca han acabado muertos. Y no me refiero a matones de poca monta como Garrick...
... "
El móvil vibró en el bolsillo de Kael cuando ya se alejaba de la nave.
Era una notificación automática de la Agencia. La foto del cadáver de Garrick había sido procesada por el sistema de verificación de capturas. Un algoritmo de reconocimiento facial había comparado los rasgos del muerto con la base de datos de criminales fichados y había confirmado la identidad con un 98,7% de coincidencia.
Debajo de la confirmación, un mensaje escueto del Departamento de Gestión de Cazadores:
“Captura confirmada: Garrick, alias ‘El Topo’. Rango C. Estado: Fallecido. Cuota de renovación cumplida. Próxima cuota vence en 4 meses y 23 días. Pago de 1.200 unidades ingresado en cuenta asociada. La Agencia agradece sus servicios.”
Kael leyó el mensaje sin detenerse.
Mil doscientas unidades. Suficiente para pagar dos meses de la residencia donde cuidaban a su madre. Suficiente para comprar tiempo. Pero no suficiente para encontrar a Violet. Para eso necesitaba más. Mucho más. Y no solo dinero.
Necesitaba contactos. Información. Aliados o, al menos, personas dispuestas a hablar sin que él tuviera que arrancarles las piernas a agujeros.
Se guardó el móvil y siguió caminando.
La noche en el Distrito Sur era un animal vivo.
A medida que Kael se alejaba del polígono industrial, las calles empezaron a llenarse de una actividad distinta. No era el bullicio diurno de comercios y transeúntes, sino un pulso subterráneo, oculto, que solo emergía cuando el sol se ponía. Portales entreabiertos que dejaban escapar música a bajo volumen. Figuras apoyadas en las esquinas que intercambiaban objetos pequeños en apretones de manos rápidos. Coches con las luces apagadas que se detenían junto a las aceras, recogían a alguien y desaparecían calle abajo.
Kael conocía ese ecosistema. Lo había estudiado en los mapas de riesgo de la Agencia, pero también lo había aprendido en las calles durante los últimos tres años, cuando todavía era un estudiante del programa pre-Cazador y se escapaba del instituto por las noches para foguearse.
Al principio lo hacía por rabia. Rabia contra el accidente que le había arrebatado a su padre y a su hermana. Rabia contra el mundo que seguía girando como si nada hubiera pasado. Rabia contra sí mismo por no haber estado allí, por no haber podido usar su Vacío para salvarlos.
Luego la rabia se fue enfriando, como el metal después de la forja, y se convirtió en algo más duro. Más útil. Determinación.
Ahora caminaba por las calles del Distrito Sur sin miedo. No porque fuera valiente, sino porque había aprendido que el miedo era un lujo que no podía permitirse. El miedo nublaba el juicio. Ralentizaba los reflejos. Te hacía cometer errores. Y en un mundo donde todos tenían una habilidad pero seguían siendo de carne y hueso, un error significaba un agujero en el pecho.
O en la cabeza.
Como Garrick.
Kael dobló una esquina y se encontró frente a una pequeña plaza rectangular que no figuraba en los mapas oficiales de la ciudad.
La llamaban La Plazoleta del Gato Tuerto, por una estatua de cemento que había en el centro: un gato desgastado por la intemperie al que le faltaba un ojo, probablemente arrancado por algún vándalo hacía décadas. Alrededor de la estatua, varios puestos ambulantes vendían comida callejera, baratijas electrónicas de dudosa procedencia y, en los rincones más oscuros, cosas que no se anunciaban en voz alta.
Kael se detuvo junto a un puesto de pinchos morunos. El vendedor, un hombre mayor con un delantal manchado de grasa y un gorro de cocina calado hasta las cejas, ensartaba trozos de carne en brochetas metálicas con movimientos mecánicos.
—Uno —dijo Kael.
El hombre asintió, cogió una brocheta ya hecha y la puso sobre una parrilla improvisada hecha con un bidón cortado por la mitad. Las brasas crepitaron al contacto con la grasa que goteaba de la carne.
Mientras esperaba, Kael observó la plaza.
Era un microcosmos del Distrito Sur. Había de todo: familias que vivían en los bloques de pisos cercanos y bajaban a cenar algo rápido; jóvenes con ropa de imitación que se agrupaban alrededor de un puesto de música pirateada; un par de mujeres que ejercían la prostitución apoyadas en una farola, con las caras cansadas y los ojos vacíos; y, en un banco apartado, tres hombres que hablaban en voz baja, demasiado bajas para ser una conversación normal.
Kael los estudió sin mirarlos directamente.
Eran delgados, con chaquetas de cuero gastado y botas militares. Uno de ellos tenía una cicatriz que le cruzaba el cuello, justo por encima de la nuez. Otro llevaba un parche en el ojo izquierdo. El tercero, el más joven, fumaba un cigarrillo con la mirada perdida en el suelo.
No parecían criminales de alto nivel. Probablemente Rango C, como Garrick. O incluso menos. Matones de barrio con habilidades mediocres que se dedicaban a trapicheos menores.
Pero podían saber algo.
El pincho moruno estuvo listo. Kael pagó con unas monedas y cogió la brocheta, mordiendo la carne sin prisa mientras se alejaba del puesto. Estaba dura y demasiado salada, pero caliente. En el Distrito Sur, eso era más que suficiente.
Caminó hacia el banco de los tres hombres.
PARTE 2: EL ARTE DE PREGUNTAR SIN PARECER QUE PREGUNTAS
Los tres levantaron la vista cuando Kael se acercó. El de la cicatriz en el cuello fue el primero en hablar.
—¿Qué quieres, chaval?
Su voz era rasposa, de fumador veterano. Sus ojos, pequeños y desconfiados, recorrieron a Kael de arriba abajo evaluando amenazas. No vio la placa, oculta en el bolsillo interior de la sudadera. Solo vio a un adolescente flaco con una brocheta a medio comer.
—Información —dijo Kael.
El del parche en el ojo soltó una risa corta.
—¿Información? ¿Tú? ¿A tu edad? ¿Qué vas a querer saber, dónde venden cromos de fútbol?
El más joven, el del cigarrillo, ni siquiera levantó la vista. Siguió mirando al suelo, como si la conversación no fuera con él.
Kael dio otro mordisco a la brocheta. Masticó despacio. Tragó.
—Busco a alguien que trabaja en el muelle viejo —dijo—. Un intermediario. Se hace llamar Elsus.
El nombre provocó una reacción inmediata.
El de la cicatriz se tensó. El del parche dejó de sonreír. Incluso el joven levantó la vista del suelo, con el cigarrillo colgando de los labios.
—Elsus —repitió el de la cicatriz, saboreando la palabra como si fuera una moneda falsa que acabaran de colarle—. ¿Y para qué quieres ver a Elsus?
—Eso es asunto mío.
—Aquí todos los asuntos son asuntos de todos, chaval. Así funciona el Distrito Sur.
Kael terminó la brocheta. Dejó el palo metálico sobre el banco, junto al muslo del joven del cigarrillo.
—He oído que Elsus sabe cosas —dijo—. Cosas que no están en los archivos de la Agencia. Cosas sobre gente que lleva mucho tiempo desaparecida.
El de la cicatriz y el del parche intercambiaron una mirada rápida.
—¿Eres Cazador? —preguntó el del parche.
—Sí.
El ambiente se enfrió de golpe. No porque los tres hombres fueran a atacarle —no eran tan estúpidos—, sino porque la palabra “Cazador” cambiaba las reglas de la conversación. Un civil haciendo preguntas era una molestia. Un Cazador haciendo preguntas era una amenaza potencial.
—Mira, chico —dijo el de la cicatriz, bajando la voz—. No sé quién te ha hablado de Elsus, pero te ha metido en un jardín. Elsus no es un cualquiera. Es un intermediario de verdad. De los que tratan con gente importante. Gente que no quiere que les pregunten por sus asuntos.
—No me importa con quién trate —dijo Kael—. Solo quiero saber dónde encontrarlo.
—¿Y qué nos das a cambio?
Kael metió la mano en el bolsillo. Los tres se tensaron, esperando un arma. Pero lo que sacó fue un billete de cincuenta unidades, nuevecito, que había retirado esa misma tarde del cajero automático.
Lo dejó sobre el banco, junto al palo de la brocheta.
—Esto ahora. Y mi palabra de que no mencionaré vuestros nombres si alguien pregunta.
El de la cicatriz miró el billete. Luego a Kael. Luego otra vez el billete.
—Elsus trabaja en un bar del muelle viejo —dijo al fin—. El bar se llama La Última Marea. Está al final del espigón norte, junto a los antiguos astilleros. No tiene letrero. Solo una puerta azul con un ancla pintada a mano.
—¿Horario?
—De diez de la noche a cinco de la mañana. Solo atiende a quien conoce o a quien va recomendado.
—¿Y cómo se consigue una recomendación?
El de la cicatriz sonrió, mostrando unos dientes amarillentos.
—Eso ya es cosa tuya, Cazador. Yo solo te he dicho dónde está.
Kael asintió. Se levantó del banco y se alejó sin decir nada más.
El billete de cincuenta desapareció en el bolsillo del de la cicatriz antes de que Kael hubiera dado tres pasos.
PARTE 3: EL CAMINO HACIA EL NORTE
El Distrito Norte estaba a una hora en metro desde el Sur.
Kael bajó las escaleras de la estación más cercana, una boca de acceso sucia y mal iluminada que olía a orines y a lejía industrial. El metro de la ciudad funcionaba las veinticuatro horas, pero a partir de medianoche los convoyes se espaciaban y los vagones se llenaban de una fauna distinta: trabajadores nocturnos con caras de sueño, estudiantes que volvían de fiesta, y figuras solitarias envueltas en abrigos que preferían no ser miradas.
Kael se sentó en un asiento de plástico junto a la ventanilla y apoyó la cabeza en el cristal.
El traqueteo del tren era hipnótico.
Mientras las luces del túnel pasaban como fogonazos intermitentes, su mente regresó al hospital.
Siempre regresaba al hospital.
La habitación 317 del Hospital General del Este era un cubículo blanco de tres por cuatro metros. Olía a desinfectante, a sábanas limpias y a ese olor indefinible que tienen los cuerpos que llevan demasiado tiempo inmóviles.
Su madre yacía en la cama del rincón, junto a la ventana.
Las máquinas que la mantenían con vida ocupaban más espacio que ella. El respirador artificial, con su fuelle subiendo y bajando en un ritmo mecánico. El monitor cardíaco, dibujando picos verdes en una pantalla negra. La bomba de alimentación, goteando una solución lechosa a través de un tubo que desaparecía bajo las sábanas.
Su madre tenía cuarenta y tres años, pero aparentaba sesenta. El accidente le había robado algo más que las piernas. Le había robado el color de la piel, el brillo de los ojos, la tensión de los músculos faciales. Era como si su cuerpo estuviera allí, pero la persona que lo habitaba se hubiera ido a alguna parte de la que no podía regresar.
Kael la visitaba cada tres días.
Se sentaba en la silla de plástico junto a la cama y le hablaba. Le contaba cosas del instituto, cuando todavía iba. Le leía noticias del periódico. A veces simplemente se quedaba en silencio, mirando el paisaje urbano a través de la ventana, preguntándose si su madre podía oír el ruido de los coches, el ulular de las sirenas, el latido de la ciudad.
Los médicos decían que no.
Decían que el estado vegetal era precisamente eso: un cuerpo vivo con una mente ausente. Actividad cerebral mínima, apenas la suficiente para mantener las funciones autónomas. Nada de consciencia. Nada de pensamiento. Nada de ella.
Pero Kael no les creía.
O no quería creerles.
Porque si les creía, entonces su madre ya estaba muerta. Y si su madre ya estaba muerta, entonces todo lo que estaba haciendo —el contrato de Cazador, la caza de Garrick, la búsqueda de Violet— no tenía sentido.
Así que elegía creer que su madre seguía ahí dentro. Atrapada. Esperando.
Esperando a que él encontrara a la única persona en el mundo que podía devolverla.
El metro frenó con un chirrido de ruedas contra raíles.
Kael abrió los ojos.
Había llegado al Distrito Norte.
PARTE 4: EL MUELLE VIEJO
El Distrito Norte era la antítesis del Sur.
Mientras que el Sur era una cicatriz industrial en proceso de putrefacción, el Norte era un cadáver portuario que alguien había intentado maquillar sin mucho éxito. Los muelles, que antaño habían recibido barcos mercantes de medio mundo, llevaban décadas en declive. Las grúas oxidadas se alzaban como esqueletos de hierro contra el cielo nocturno. Los almacenes de ladrillo, con las ventanas tapiadas, se alineaban a lo largo de calles adoquinadas por las que ya casi nadie transitaba.
Pero no estaba completamente muerto.
Había bares. Antros, más bien. Locales diminutos con nombres náuticos —El Ancla Rota, La Sirena Tuerta, El Timón Torcido— que servían alcohol barato a marineros jubilados, estibadores sin trabajo y buscavidas que preferían operar lejos de las zonas más concurridas de la ciudad.
Kael caminó por el espigón norte con las manos en los bolsillos y la capucha subida.
El viento que soplaba desde el mar era frío y húmedo, cargado de olor a salitre y a pescado podrido. Las olas lamían los pilares del espigón con un rumor constante, como la respiración de un animal dormido.
Buscaba una puerta azul con un ancla pintada a mano.
La encontró al final del espigón, donde el paseo marítimo se convertía en un camino de tierra que llevaba a los antiguos astilleros. El edificio era una construcción baja de dos plantas, con la fachada desconchada y las ventanas superiores cegadas con tablones. La puerta, tal como le habían dicho, era de un azul marino desvaído, y en el centro, pintada con trazo torpe pero reconocible, había un ancla blanca.
No había letrero.
No había luz en el exterior.
Solo la puerta azul y el sonido del mar.
Kael empujó la puerta y entró.
PARTE 5: LA ÚLTIMA MAREA
El interior de La Última Marea era más pequeño de lo que sugería el exterior.
Una barra de madera oscura, gastada por décadas de codos apoyados y vasos derramados, ocupaba la pared del fondo. Detrás de la barra, estanterías con botellas de licor barato y algunos reservados de mayor calidad cubiertos de polvo. Cuatro mesas redondas, cada una con dos sillas desparejadas. Una lámpara de araña hecha con cabos de cuerda y bombillas de filamento que proyectaba una luz amarillenta y temblorosa.
El local estaba vacío.
Casi.
En una de las mesas del rincón, un hombre leía un periódico deportivo con la misma atención que un erudito dedica a un manuscrito antiguo. Era mayor, de unos sesenta años, con el pelo blanco recogido en una coleta y una barba cuidada que le llegaba al pecho. Vestía un jersey de lana grueso, de color verde oscuro, y tenía los dedos manchados de nicotina.
Junto a su codo, una taza de café humeaba.
Kael se acercó a la barra.
El camarero era un tipo fornido, de unos cincuenta años, con los brazos cubiertos de tatuajes marineros: anclas, sirenas, rosas de los vientos. Su cabeza era un mapa de cicatrices mal curadas, y le faltaba el lóbulo de la oreja izquierda.
—¿Qué te pongo? —preguntó, sin mirar a Kael directamente.
—Coca-Cola.
El camarero sirvió el refresco en un vaso sucio y lo dejó sobre la barra.
—Cinco unidades.
Kael pagó. Dio un sorbo. La Coca-Cola sabía a jarabe pasado y a agua del grifo.
—Busco a Elsus —dijo.
El camarero no se inmutó. Siguió secando vasos con un trapo que probablemente estaba más sucio que los propios vasos.
—Aquí no trabaja nadie con ese nombre.
—Me han dicho que sí.
—Pues te han mentido.
Kael dejó el vaso sobre la barra.
—He pagado cincuenta unidades por esta dirección. No me gusta que me mientan.
El camarero levantó la vista por primera vez. Sus ojos eran de un azul pálido, casi gris, como el agua del puerto en un día nublado. Miró a Kael durante un largo momento, evaluándolo.
—¿Quién te envía?
—Nadie. Vengo por mi cuenta.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
El camarero resopló. Dejó el vaso y el trapo sobre la barra y se apoyó en ella con ambos antebrazos, inclinándose hacia Kael.
—Mira, chaval. No sé quién eres ni qué quieres, pero te voy a dar un consejo. Elsus no recibe a cualquiera. Elsus recibe a quien él quiere recibir. Y tú, con todos mis respetos, no pareces el tipo de cliente que él busca.
—¿Y qué tipo de cliente busca?
—Gente con dinero. Gente con influencia. Gente que puede ofrecer algo a cambio de la información que pide. —El camarero lo recorrió con la mirada—. Tú tienes pinta de estudiante. O de Cazador novato. Ninguna de las dos cosas le interesa a Elsus.
Kael metió la mano en el bolsillo interior de la sudadera.
El camarero se tensó.
Pero lo que Kael sacó no fue un arma. Fue la placa de Cazador. La dejó sobre la barra, junto al vaso de Coca-Cola.
—Soy Cazador —dijo—. Y busco información sobre una criminal desaparecida hace diez años. Violet. La Sanadora.
El nombre provocó una reacción en cadena.
El camarero se quedó rígido. El hombre del periódico deportivo dejó de leer y levantó la vista. Incluso el aire del local pareció volverse más denso, como si las paredes mismas hubieran aguzado el oído.
El camarero miró la placa. Luego a Kael. Luego otra vez la placa.
—Violet —repitió, en voz baja—. Hacía años que nadie preguntaba por ella en este local.
—Pues yo estoy preguntando ahora.
Hubo un silencio largo. El hombre del periódico dobló las páginas con cuidado, las dejó sobre la mesa y se levantó.
Era más alto de lo que parecía sentado. Delgado, pero con una presencia que llenaba la habitación. Sus ojos, oscuros y brillantes, se clavaron en Kael con una intensidad que recordaba a la de un tasador examinando una joya de dudosa procedencia.
—Déjalo, Tato —dijo el hombre, dirigiéndose al camarero—. Yo me ocupo.
El camarero —Tato, aparentemente— asintió y volvió a sus vasos.
El hombre del jersey verde se acercó a Kael.
—Acompáñame —dijo, señalando la mesa del rincón—. Y paga otra Coca-Cola. La primera la invita la casa.
PARTE 6: ELSUS
Se sentaron frente a frente.
El hombre del jersey verde —Elsus, no podía ser otro— apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos bajo la barbilla. Sus ojos oscuros no parpadeaban. Kael sintió que lo estaban desnudando, capa por capa, hasta dejar al descubierto algo que ni siquiera él sabía que tenía.
—Así que eres Cazador —dijo Elsus—. Quince años. Primera cuota cumplida esta misma noche. Garrick el Topo, ¿verdad?
Kael no respondió.
—No hace falta que confirmes nada —continuó Elsus—. Las noticias corren rápido en los muelles. Garrick era una rata, pero una rata conocida. Su muerte no pasará desapercibida. Algunos te lo agradecerán. Otros te pondrán una diana en la espalda. Así funciona este mundo.
—No me importa lo que hagan los demás —dijo Kael—. Solo quiero información.
—Información sobre Violet. —Elsus saboreó el nombre—. La Sanadora. La única mujer en el mundo capaz de curar cualquier enfermedad. Desaparecida durante una década. Buscada por gobiernos, corporaciones, mafias y lunáticos de todo pelaje. —Inclinó la cabeza—. ¿Por qué la busca un niño de quince años?
—Eso es asunto mío.
—Aquí, en esta mesa, todos los asuntos son asunto mío. Es la condición para que yo hable. Si no te gusta, puedes levantarte y marcharte. La puerta está donde la dejaste.
Kael apretó los dientes.
Pero no se levantó.
—Mi madre —dijo al fin, con voz más baja de la que pretendía—. Está en estado vegetal. Perdió las piernas en un accidente. Mi padre y mi hermana murieron. Ella es lo único que me queda. Violet puede curarla.
Elsus lo observó en silencio durante un largo momento.
—¿Y qué me ofreces a cambio de la información?
—Dinero.
—No necesito dinero.
—¿Entonces qué?
Elsus sonrió. Fue una sonrisa fina, afilada, sin alegría.
—Favores. Los Cazadores jóvenes sois valiosos. Tenéis acceso a sitios a los que yo no puedo ir. Tenéis licencia para hacer cosas que yo no puedo hacer. Y, sobre todo, tenéis un futuro incierto que puede truncarse en cualquier momento. Eso os hace… maleables.
—No soy maleable.
—Todos lo sois. Solo es cuestión de encontrar la presión adecuada.
Kael sostuvo la mirada.
—Dime qué sabes de Violet.
Elsus se recostó en la silla.
—Violet no está simplemente desaparecida. Está escondida. Protegida. Por alguien muy poderoso. Alguien que lleva diez años asegurándose de que nadie la encuentre. Los pocos que han estado cerca han acabado muertos. Y no me refiero a matones de poca monta como Garrick...
... "