El contrato vacío: Capitulo 2
El reloj del vestíbulo de la Agencia marcaba las 19:47 cuando Kael terminó de firmar los últimos papeles complementarios al contrato.
No eran documentos importantes. Solo formalidades burocráticas que el sistema exigía para activar su perfil en la base de datos: declaración de domicilio fiscal, designación de beneficiario en caso de fallecimiento, autorización para que la Agencia retirara automáticamente de su cuenta los gastos de munición y material táctico utilizado en cada misión. Cosas así.
Kael dejó el bolígrafo sobre el mostrador y observó a la funcionaria que recogía los papeles. Era una mujer mayor, de pelo cano recogido en un moño tirante, con gafas de cadena y un aire de cansancio perpetuo. Llevaba un identificador en la solapa que la acreditaba como Oficial de Registro de Cazadores Nivel 2. Su habilidad, si es que tenía alguna, no era visible. Quizás algo administrativo. Quizás algo tan insignificante que ni siquiera merecía la pena mencionarlo.
En este mundo, todo el mundo nacía con una habilidad. Pero la mayoría de las habilidades eran… normales. Olvidables. Cosas como “hacer que las flores se abran más rápido”, “silbar sin usar los labios” o “saber siempre dónde está el norte”. Utilidades cotidianas que no cambiaban vidas ni ganaban guerras.
La funcionaria le entregó una tarjeta de plástico negro con su nombre grabado en letras plateadas y un chip incrustado en el reverso.
—Tu placa de Cazador en período de prueba —dijo, sin mirarlo a los ojos—. Te da acceso a las zonas comunes de la Agencia, a los archivos de planta doce y a los centros de detención autorizados. No te da autoridad para arrestar por tu cuenta a ciudadanos sin historial criminal confirmado. Si te pasas de listo, te la retiramos y te quedas sin nada. ¿Entendido?
Entendido.
El pago por captura se ingresa en la cuenta que has indicado. La primera cuota vence en cinco meses exactos a partir de hoy. Si no has entregado al menos un criminal de Rango C para entonces, tu licencia expira automáticamente y tendrás que devolver la placa. ¿Alguna pregunta?
Kael negó con la cabeza.
Puedes retirarte.
Kael se guardó la placa en el bolsillo interior de la sudadera y salió del edificio
El aire de la calle olía a humedad y a asfalto mojado. Había llovido durante la tarde, aunque Kael no se había dado cuenta desde el interior sin ventanas de la Agencia. Los charcos reflejaban las luces de los faros de los coches y los neones de los locales cercanos. Un puesto callejero de fritanga soltaba humo grasiento al otro lado de la acera. Una pareja de adolescentes reía junto a un portal, compartiendo auriculares y mirando algo en un móvil.
Un mundo normal.
Kael se quedó parado un momento, observando a la gente pasar. Todos ellos tenían una habilidad. Todos. El hombre del puesto de fritanga quizás podía calentar el aceite con solo tocarlo. La chica de los auriculares quizás podía escuchar conversaciones a cien metros de distancia. El niño que correteaba detrás de su madre quizás podía hacer que sus juguetes flotaran unos centímetros.
Pero ninguno de ellos estaba en la Agencia firmando un contrato que básicamente certificaba que su vida valía menos que el próximo criminal que capturara.
Porque ese era el truco del sistema. Todos nacían con una habilidad, sí. Pero todos seguían siendo humanos. Carne y hueso. Órganos frágiles envueltos en piel vulnerable. Un disparo en el pecho mataba igual al usuario más poderoso que al más insignificante. Una caída desde un tercer piso rompía huesos sin importar si podías crear fuego con las manos. Un cuchillo en la garganta segaba vidas sin discriminar si tu habilidad era controlar el clima o hacer pompas de jabón irrompibles.
Esa era la gran igualdad.
Y también era la razón por la que existían los Cazadores. Porque cuando un criminal con una habilidad peligrosa se volvía loco, no hacía falta otro usuario con una habilidad más poderosa para detenerlo. Hacía falta alguien entrenado. Alguien que supiera disparar, pelear, pensar. Alguien dispuesto a arriesgar su frágil cuerpo humano para poner fin a la amenaza.
La Agencia no buscaba dioses. Buscaba soldados.
Kael se ajustó la sudadera y echó a andar calle abajo, alejándose del centro, adentrándose en las tripas del Distrito Sur
parte 2 EL MAPA DE LOS OLVIDADOS
El Distrito Sur era una cicatriz en el mapa de la ciudad.
Originalmente había sido una zona industrial próspera, llena de fábricas textiles y almacenes de distribución. Pero cuando la economía cambió y las grandes empresas se trasladaron al extranjero, el distrito se marchitó. Las naves quedaron vacías. Los trabajadores se fueron. Y en su lugar llegaron los que no tenían otro sitio al que ir.
Ahora el Distrito Sur era un hervidero de pensiones baratas, bares de mala muerte, talleres clandestinos y mercados negros donde se podía comprar desde piezas de coche robadas hasta información sobre Cazadores corruptos. La policía convencional patrullaba de día, en parejas y con chalecos antibalas, pero en cuanto caía el sol se retiraban a las avenidas principales. Las callejuelas interiores quedaban a merced de quienes se atrevían a recorrerlas.
Kael caminaba por una de esas callejuelas ahora mismo.
El alumbrado público parpadeaba con un zumbido eléctrico irritante. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de grafitis superpuestos, capas y capas de pintura que contaban la historia de pandillas que ya no existían, de amores que ya se habían olvidado, de amenazas que nunca se cumplieron. Cubos de basura rebosantes. Un colchón quemado apoyado contra una verja. El esqueleto oxidado de una bicicleta sin ruedas encadenado a una farola desde hacía probablemente una década.
Kael se movía con la soltura de quien conoce el terreno. No porque hubiera crecido aquí, sino porque había estudiado.
Durante los tres años que había pasado en el programa pre-Cazador del instituto, una de las materias obligatorias era Cartografía Urbana y Zonas de Riesgo. Los profesores (todos ellos Cazadores retirados, con cicatrices y miradas gastadas) les enseñaban a leer la ciudad como quien lee un campo de batalla. Cada distrito tenía su ecosistema criminal. Cada barrio, sus reglas no escritas.
El Distrito Sur era el escalón más bajo. Aquí operaban los criminales de Rango C y B. Los que no tenían suficiente poder ni inteligencia para aspirar a algo más. Ladrones de poca monta con habilidades que les permitían abrir cerraduras sin dejar huella. Camellos que usaban su poder para alterar el sabor de las drogas y hacerlas más adictivas. Matones de barrio que podían endurecer su piel durante unos segundos, lo justo para aguantar un par de golpes en una pelea.
Eran basura. Pero basura peligrosa si la subestimabas.
Kael no pensaba subestimar a nadie
El primer sitio al que fue se llamaba El Sumidero.
Era un bar situado en el sótano de un edificio de apartamentos abandonado. No tenía letrero en la puerta, solo una marca de tiza blanca en el marco: un círculo con una línea ondulada en el centro, el símbolo universal de “aquí se puede beber sin que te hagan preguntas”. La entrada era una escalera de cemento que descendía hacia un pasillo iluminado por tubos fluorescentes que teñían todo de un verde enfermizo.
Kael bajó los escalones sin prisa.
El interior de El Sumidero era exactamente como lo había imaginado: una barra de formica desconchada, taburetes cojos, mesas de billar con el tapete raído y una clientela que parecía llevar allí sentada desde que el local abrió, probablemente antes de que Kael naciera.
El olor era una mezcla de cerveza derramada, tabaco rancio y un perfume dulzón que intentaba enmascarar el tufo a sudor y no lo conseguía.
Kael se acercó a la barra.
El camarero era un hombre enorme, con los brazos cubiertos de tatuajes borrosos y una calva reluciente. Tenía una cicatriz que le cruzaba el pómulo izquierdo y los ojos pequeños y astutos de quien ha aprendido a leer a la gente por pura supervivencia. Su habilidad, si las apariencias no engañaban, probablemente estaba relacionada con su físico: quizás podía aumentar su masa corporal, o quizás sus huesos eran más densos de lo normal. Algo que lo hiciera útil como portero de un antro como aquel.
Kael se sentó en un taburete.
—Coca-Cola —dijo.
El camarero lo miró de arriba abajo.
—Esto no es un instituto, chaval.
—Lo sé. Coca-Cola.
El camarero resopló, pero cogió un vaso sucio, lo limpió con un trapo que parecía más sucio aún y sirvió el refresco de una botella de litro que tenía detrás de la barra. Lo dejó sobre la formica con un golpe seco.
—Tres pavos.
Kael dejó un billete de cinco sobre la barra.
—Quédate el cambio. Quiero información.
El camarero cogió el billete, lo alisó con los dedos y se lo guardó en el bolsillo del delantal. No dijo nada, pero tampoco se fue. Eso significaba que estaba dispuesto a escuchar.
—Busco a un Rango C —dijo Kael—. Nombre: Garrick. Alias: El Topo. Habilidad: Vibración localizada. Puede hacer temblar superficies pequeñas. Reventar cerraduras. Romper cristales.
El camarero se rascó la barbilla.
—¿Y qué quieres de él?
—Es mi primera cuota.
Hubo un silencio. Luego el camarero soltó una risa corta, sin alegría.
—Eres un Cazador novato. Qué sorpresa. —Se inclinó sobre la barra, bajando la voz—. Mira, chico. Aquí la gente no habla de otros a menos que haya confianza. Y tú no tienes confianza con nadie. Acabas de llegar. Hueles a Agencia a diez metros. Si empiezas a hacer preguntas así, lo único que vas a conseguir es que te cierren todas las puertas. O que te abran la cabeza en un callejón.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy dando un consejo gratis. Aprécialo.
Kael dio un sorbo a la Coca-Cola. Estaba caliente y sabía a jarabe caducado.
—Aprecio el consejo —dijo—. Pero sigo necesitando encontrar a Garrick.
El camarero suspiró.
—Prueba en La Charca. Está a seis calles de aquí, junto a la vieja fábrica de conservas. Allí se mueve la gente de poca monta. Si Garrick sigue vivo y en el distrito, alguien allí lo habrá visto.
Kael asintió y se levantó del taburete.
—Gracia
—No me des las gracias. No te he ayudado. Solo te he dicho dónde ir para que dejes de molestarme a mí.
Kael salió del bar sin responder
parte 3 LA CHARCA Y SUS CRIATURAS
La Charca no era un bar. Era un descampado.
Un solar vallado con planchas de metal oxidado, situado entre la fábrica de conservas abandonada y un canal de aguas residuales que olía a muerte. En el centro del solar, varios bidones metálicos ardían como hogueras improvisadas, alrededor de las cuales se agrupaban figuras envueltas en mantas sucias, abrigos raídos y capuchas que ocultaban rostros.
Era un asentamiento informal. Un refugio para los que estaban demasiado rotos incluso para El Sumidero.
Kael se acercó con cuidado, evaluando el terreno. El suelo era una mezcla de barro, gravilla y fragmentos de vidrio. Las hogueras proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de la fábrica, creando la ilusión de que el edificio abandonado estaba vivo.
Había quizás veinte personas repartidas por el descampado. Algunas dormían acurrucadas junto al fuego. Otras hablaban en voz baja, en corrillos de dos o tres. Un par de ellas jugaban a las cartas sobre un cajón de madera, usando tapones de botella como fichas.
Todos levantaron la vista cuando Kael entró en el círculo de luz de la hoguera más cercana.
Eran miradas cansadas. Desconfiadas. Miradas de gente que había aprendido que los desconocidos rara vez traían buenas noticias.
Kael se detuvo a una distancia prudencial. Levantó las manos, mostrando las palmas vacías.
—Solo busco información —dijo—. No quiero problemas.
Una mujer de mediana edad, envuelta en un abrigo de lana que alguna vez fue rojo y ahora era de un marrón indefinido, se adelantó un paso. Tenía el pelo apelmazado y los ojos hundidos, pero su mirada era aguda.
—Aquí nadie da información gratis, chico.
Kael asintió.
—Lo sé.
Sacó un billete de veinte del bolsillo y lo sostuvo en el aire.
—Busco a un hombre llamado Garrick. Alias El Topo. Rango C. Habilidad de vibración.
La mujer miró el billete, luego a Kael, luego otra vez el billete.
—¿Eres Cazador?
—Sí.
—¿Cuántos años tienes?
—Los suficientes.
La mujer soltó una risa seca.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Hubo un silencio tenso. Alguien tosió junto a otra hoguera. El viento arrastró el olor del canal, denso y nauseabundo.
—Garrick —dijo la mujer al fin—. Sí, lo conozco. Un rata asquerosa. Debe dinero a medio distrito. Se esconde como una cucaracha. La última vez que lo vi fue hace tres días, merodeando por los almacenes del polígono industrial, al final de la calle del Matadero. Dijo que tenía un golpe planeado. Algo con una caja fuerte.
Kael le lanzó el billete. La mujer lo atrapó al vuelo con una rapidez que desmentía su aspecto demacrado.
—¿Alguna habilidad más aparte de la vibración? —preguntó Kael.
—No que yo sepa. Es un inútil con un poder de mierda. Pero es escurridizo. Tiene instinto de rata. Sabe cuándo esconderse.
—Gracias.
—No me des las gracias, Cazador. Solo quiero que te vayas. Tu presencia pone nerviosa a la gente.
Kael asintió y se marchó sin decir nada más.
Mientras se alejaba del descampado, notó las miradas clavadas en su espalda. No eran hostiles, exactamente. Eran… evaluadoras. Como si cada una de aquellas personas estuviera calculando si merecía la pena intentar robarle, o si el riesgo de enfrentarse a un Cazador, por joven que fuera, era demasiado alto.
Nadie lo siguió.
Parte4 EL POLÍGONO Y LA NAVE ABANDONADA
El polígono industrial era el cadáver de lo que una vez fue el corazón productivo del Distrito Sur.
Naves enormes de hormigón y chapa se alineaban a lo largo de calles mal asfaltadas, con las ventanas rotas y las puertas de carga oxidadas. Algunas todavía conservaban los letreros de las empresas que las ocuparon: Textiles Martín, Conservas del Sur, Logística Rápida. Nombres que ya no significaban nada.
Kael avanzaba pegado a las sombras, utilizando los contenedores de basura y los vehículos abandonados como cobertura. No porque esperara una emboscada, sino por costumbre. El entrenamiento pre-Cazador le había grabado a fuego una máxima: “El cuerpo humano es frágil. Tu habilidad puede ser un cañón, pero si te ven primero, estás muerto antes de poder usarla.”
La calle del Matadero era la última del polígono. Al final, justo donde la carretera se convertía en un camino de tierra que llevaba al vertedero municipal, se alzaba una nave más pequeña que las demás. Una construcción rectangular de unos veinte metros de largo, con el techo de chapa hundido en un extremo y las paredes cubiertas de grafitis.
Era el lugar que la mujer de La Charca había descrito.
Kael se detuvo a unos treinta metros, agazapado tras un coche calcinado que llevaba años en el mismo sitio, a juzgar por la hierba que crecía a través de los agujeros del chasis.
Observó.
La puerta principal de la nave estaba cerrada. Una cadena gruesa, de eslabones de acero, rodeaba los tiradores y se aseguraba con un candado que parecía nuevo. Demasiado nuevo para un edificio abandonado.
Alguien lo ha cambiado recientemente.
Eso significaba que había alguien dentro. O que alguien quería hacer creer que no había nadie dentro y proteger lo que fuera que hubiera dejado.
Kael esperó.
El entrenamiento también le había enseñado que la paciencia era un arma más letal que cualquier poder. Observar antes de actuar. Entender el terreno. Identificar salidas, puntos ciegos, posibles amenazas.
Pasaron diez minutos.
No se oía nada salvo el viento que silbaba entre las chapas sueltas y, a lo lejos, el ladrido de un perro callejero.
Kael salió de detrás del coche y avanzó hacia la nave.
La cadena era gruesa, de eslabones de acero macizo. El candado, un modelo de combinación de cuatro dígitos. Kael no tenía tiempo ni ganas de probar diez mil combinaciones posibles.
Levantó la mano derecha.
Concentrarse en el Vacío era como mirar al interior de un pozo sin fondo. Estaba ahí, siempre, latiendo bajo su piel como un segundo corazón oscuro. No era una sensación agradable. Era fría. Hambrienta. Como si una parte de él estuviera constantemente susurrándole que lo borrara todo, que dejara de contenerlo, que dejara que el mundo desapareciera en un instante de negrura absoluta.
Kael había aprendido a ignorar ese susurro.
En lugar de eso, canalizó una fracción minúscula del Vacío hacia su palma. Una esfera del tamaño de una uña apareció flotando, tan negra que parecía un agujero en la realidad misma. No reflejaba la luz de las farolas lejanas. La absorbía.
Kael acercó la esfera al candado.
El contacto fue silencioso.
La esfera tocó el metal y, en una fracción de segundo, el acero simplemente dejó de existir en ese punto. No hubo chispas, ni calor, ni ruido. Solo una ausencia perfecta. Un agujero limpio del diámetro exacto de la esfera.
Kael retiró la mano y la esfera se desvaneció como si nunca hubiera existido.
El candado, ahora con un agujero que lo atravesaba de lado a lado, se partió en dos y cayó al suelo con un ruido metálico. La cadena se deslizó por los tiradores y se amontonó en el cemento.
Kael empujó la puerta y entró
Parte 5 eL INTERIOR DE LA RATA
El interior de la nave olía a cerrado, a tabaco frío y a algo más. Algo dulzón y desagradable. Comida podrida, quizás. O el rastro de alguien que llevaba demasiado tiempo sin lavarse.
Kael avanzó con cuidado, los sentidos alerta.
La bombilla desnuda que colgaba del techo estaba encendida, lo cual confirmaba que alguien había estado allí recientemente. La electricidad en el polígono industrial llevaba años cortada oficialmente, pero los ocupantes ilegales siempre encontraban formas de engancharse a la red.
El espacio estaba dividido en dos zonas por una cortina de lona sucia. La parte delantera, donde se encontraba Kael, era un caos de cartones apilados, botellas vacías, latas de conserva oxidadas y montones de ropa vieja. Una cama improvisada, hecha con palés y un colchón sin sábanas, ocupaba una esquina.
La parte trasera, oculta tras la cortina, estaba a oscuras.
Pero Kael oyó algo.
Un roce. Apenas audible. El sonido de una suela de zapato arrastrándose sobre cemento.
—Garrick —dijo Kael, sin alzar la voz—. Sal.
Silencio.
Luego, un movimiento brusco.
La cortina de lona se apartó de golpe y una figura salió disparada hacia la puerta. Un hombre de unos cuarenta años, calvo, con una camiseta blanca llena de agujeros y unos pantalones de chándal sucios. Corría agachado, con la cabeza gacha, como si esperara que le dispararan.
Kael ni se inmutó.
Cuando Garrick llegó a la altura de la cadena caída en el suelo, su pie tropezó con los eslabones y se fue de bruces contra el cemento. El impacto fue feo. Rodilla contra suelo, manos arañadas, un quejido ahogado.
—Mierda, mierda, mierda…
Kael se giró para mirarlo.
Garrick se dio la vuelta, quedando sentado en el suelo, y alzó la vista. Sus ojos, pequeños y acuosos, se encontraron con los de Kael. Eran los ojos de un animal acorralado. Un animal que sabía que no tenía escapatoria pero que aún conservaba el instinto de morder.
—¿Quién coño eres tú?
Kael sacó la placa del bolsillo. La mostró sin ostentación.
—Cazador. Estás atrasado con tu entrega.
Garrick palideció. Su mirada saltó de la placa a la cara de Kael, luego otra vez a la placa, luego al agujero perfecto en el candado caído, luego otra vez a Kael.
—Pero si eres un crío. ¿Qué tienes, catorce años?
—Quince.
—Mira, chaval, esto es un malentendido. Yo no he hecho nada grave. Solo algunos robos. Cosas pequeñas. Nada de sangre, ¿vale? Nada de…
Kael levantó la mano derecha.
Garrick se calló de golpe.
Una esfera de Vacío apareció flotando sobre la palma de Kael. Pequeña. Del tamaño de una canica. Negra como el fondo de un pozo sin luz. Girando lentamente sobre sí misma.
Garrick la miró. Tragó saliva.
—Espera. Espera, espera, espera.
—No voy a esperar —dijo Kael—. Vas a responder...
... "
No eran documentos importantes. Solo formalidades burocráticas que el sistema exigía para activar su perfil en la base de datos: declaración de domicilio fiscal, designación de beneficiario en caso de fallecimiento, autorización para que la Agencia retirara automáticamente de su cuenta los gastos de munición y material táctico utilizado en cada misión. Cosas así.
Kael dejó el bolígrafo sobre el mostrador y observó a la funcionaria que recogía los papeles. Era una mujer mayor, de pelo cano recogido en un moño tirante, con gafas de cadena y un aire de cansancio perpetuo. Llevaba un identificador en la solapa que la acreditaba como Oficial de Registro de Cazadores Nivel 2. Su habilidad, si es que tenía alguna, no era visible. Quizás algo administrativo. Quizás algo tan insignificante que ni siquiera merecía la pena mencionarlo.
En este mundo, todo el mundo nacía con una habilidad. Pero la mayoría de las habilidades eran… normales. Olvidables. Cosas como “hacer que las flores se abran más rápido”, “silbar sin usar los labios” o “saber siempre dónde está el norte”. Utilidades cotidianas que no cambiaban vidas ni ganaban guerras.
La funcionaria le entregó una tarjeta de plástico negro con su nombre grabado en letras plateadas y un chip incrustado en el reverso.
—Tu placa de Cazador en período de prueba —dijo, sin mirarlo a los ojos—. Te da acceso a las zonas comunes de la Agencia, a los archivos de planta doce y a los centros de detención autorizados. No te da autoridad para arrestar por tu cuenta a ciudadanos sin historial criminal confirmado. Si te pasas de listo, te la retiramos y te quedas sin nada. ¿Entendido?
Entendido.
El pago por captura se ingresa en la cuenta que has indicado. La primera cuota vence en cinco meses exactos a partir de hoy. Si no has entregado al menos un criminal de Rango C para entonces, tu licencia expira automáticamente y tendrás que devolver la placa. ¿Alguna pregunta?
Kael negó con la cabeza.
Puedes retirarte.
Kael se guardó la placa en el bolsillo interior de la sudadera y salió del edificio
El aire de la calle olía a humedad y a asfalto mojado. Había llovido durante la tarde, aunque Kael no se había dado cuenta desde el interior sin ventanas de la Agencia. Los charcos reflejaban las luces de los faros de los coches y los neones de los locales cercanos. Un puesto callejero de fritanga soltaba humo grasiento al otro lado de la acera. Una pareja de adolescentes reía junto a un portal, compartiendo auriculares y mirando algo en un móvil.
Un mundo normal.
Kael se quedó parado un momento, observando a la gente pasar. Todos ellos tenían una habilidad. Todos. El hombre del puesto de fritanga quizás podía calentar el aceite con solo tocarlo. La chica de los auriculares quizás podía escuchar conversaciones a cien metros de distancia. El niño que correteaba detrás de su madre quizás podía hacer que sus juguetes flotaran unos centímetros.
Pero ninguno de ellos estaba en la Agencia firmando un contrato que básicamente certificaba que su vida valía menos que el próximo criminal que capturara.
Porque ese era el truco del sistema. Todos nacían con una habilidad, sí. Pero todos seguían siendo humanos. Carne y hueso. Órganos frágiles envueltos en piel vulnerable. Un disparo en el pecho mataba igual al usuario más poderoso que al más insignificante. Una caída desde un tercer piso rompía huesos sin importar si podías crear fuego con las manos. Un cuchillo en la garganta segaba vidas sin discriminar si tu habilidad era controlar el clima o hacer pompas de jabón irrompibles.
Esa era la gran igualdad.
Y también era la razón por la que existían los Cazadores. Porque cuando un criminal con una habilidad peligrosa se volvía loco, no hacía falta otro usuario con una habilidad más poderosa para detenerlo. Hacía falta alguien entrenado. Alguien que supiera disparar, pelear, pensar. Alguien dispuesto a arriesgar su frágil cuerpo humano para poner fin a la amenaza.
La Agencia no buscaba dioses. Buscaba soldados.
Kael se ajustó la sudadera y echó a andar calle abajo, alejándose del centro, adentrándose en las tripas del Distrito Sur
parte 2 EL MAPA DE LOS OLVIDADOS
El Distrito Sur era una cicatriz en el mapa de la ciudad.
Originalmente había sido una zona industrial próspera, llena de fábricas textiles y almacenes de distribución. Pero cuando la economía cambió y las grandes empresas se trasladaron al extranjero, el distrito se marchitó. Las naves quedaron vacías. Los trabajadores se fueron. Y en su lugar llegaron los que no tenían otro sitio al que ir.
Ahora el Distrito Sur era un hervidero de pensiones baratas, bares de mala muerte, talleres clandestinos y mercados negros donde se podía comprar desde piezas de coche robadas hasta información sobre Cazadores corruptos. La policía convencional patrullaba de día, en parejas y con chalecos antibalas, pero en cuanto caía el sol se retiraban a las avenidas principales. Las callejuelas interiores quedaban a merced de quienes se atrevían a recorrerlas.
Kael caminaba por una de esas callejuelas ahora mismo.
El alumbrado público parpadeaba con un zumbido eléctrico irritante. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de grafitis superpuestos, capas y capas de pintura que contaban la historia de pandillas que ya no existían, de amores que ya se habían olvidado, de amenazas que nunca se cumplieron. Cubos de basura rebosantes. Un colchón quemado apoyado contra una verja. El esqueleto oxidado de una bicicleta sin ruedas encadenado a una farola desde hacía probablemente una década.
Kael se movía con la soltura de quien conoce el terreno. No porque hubiera crecido aquí, sino porque había estudiado.
Durante los tres años que había pasado en el programa pre-Cazador del instituto, una de las materias obligatorias era Cartografía Urbana y Zonas de Riesgo. Los profesores (todos ellos Cazadores retirados, con cicatrices y miradas gastadas) les enseñaban a leer la ciudad como quien lee un campo de batalla. Cada distrito tenía su ecosistema criminal. Cada barrio, sus reglas no escritas.
El Distrito Sur era el escalón más bajo. Aquí operaban los criminales de Rango C y B. Los que no tenían suficiente poder ni inteligencia para aspirar a algo más. Ladrones de poca monta con habilidades que les permitían abrir cerraduras sin dejar huella. Camellos que usaban su poder para alterar el sabor de las drogas y hacerlas más adictivas. Matones de barrio que podían endurecer su piel durante unos segundos, lo justo para aguantar un par de golpes en una pelea.
Eran basura. Pero basura peligrosa si la subestimabas.
Kael no pensaba subestimar a nadie
El primer sitio al que fue se llamaba El Sumidero.
Era un bar situado en el sótano de un edificio de apartamentos abandonado. No tenía letrero en la puerta, solo una marca de tiza blanca en el marco: un círculo con una línea ondulada en el centro, el símbolo universal de “aquí se puede beber sin que te hagan preguntas”. La entrada era una escalera de cemento que descendía hacia un pasillo iluminado por tubos fluorescentes que teñían todo de un verde enfermizo.
Kael bajó los escalones sin prisa.
El interior de El Sumidero era exactamente como lo había imaginado: una barra de formica desconchada, taburetes cojos, mesas de billar con el tapete raído y una clientela que parecía llevar allí sentada desde que el local abrió, probablemente antes de que Kael naciera.
El olor era una mezcla de cerveza derramada, tabaco rancio y un perfume dulzón que intentaba enmascarar el tufo a sudor y no lo conseguía.
Kael se acercó a la barra.
El camarero era un hombre enorme, con los brazos cubiertos de tatuajes borrosos y una calva reluciente. Tenía una cicatriz que le cruzaba el pómulo izquierdo y los ojos pequeños y astutos de quien ha aprendido a leer a la gente por pura supervivencia. Su habilidad, si las apariencias no engañaban, probablemente estaba relacionada con su físico: quizás podía aumentar su masa corporal, o quizás sus huesos eran más densos de lo normal. Algo que lo hiciera útil como portero de un antro como aquel.
Kael se sentó en un taburete.
—Coca-Cola —dijo.
El camarero lo miró de arriba abajo.
—Esto no es un instituto, chaval.
—Lo sé. Coca-Cola.
El camarero resopló, pero cogió un vaso sucio, lo limpió con un trapo que parecía más sucio aún y sirvió el refresco de una botella de litro que tenía detrás de la barra. Lo dejó sobre la formica con un golpe seco.
—Tres pavos.
Kael dejó un billete de cinco sobre la barra.
—Quédate el cambio. Quiero información.
El camarero cogió el billete, lo alisó con los dedos y se lo guardó en el bolsillo del delantal. No dijo nada, pero tampoco se fue. Eso significaba que estaba dispuesto a escuchar.
—Busco a un Rango C —dijo Kael—. Nombre: Garrick. Alias: El Topo. Habilidad: Vibración localizada. Puede hacer temblar superficies pequeñas. Reventar cerraduras. Romper cristales.
El camarero se rascó la barbilla.
—¿Y qué quieres de él?
—Es mi primera cuota.
Hubo un silencio. Luego el camarero soltó una risa corta, sin alegría.
—Eres un Cazador novato. Qué sorpresa. —Se inclinó sobre la barra, bajando la voz—. Mira, chico. Aquí la gente no habla de otros a menos que haya confianza. Y tú no tienes confianza con nadie. Acabas de llegar. Hueles a Agencia a diez metros. Si empiezas a hacer preguntas así, lo único que vas a conseguir es que te cierren todas las puertas. O que te abran la cabeza en un callejón.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy dando un consejo gratis. Aprécialo.
Kael dio un sorbo a la Coca-Cola. Estaba caliente y sabía a jarabe caducado.
—Aprecio el consejo —dijo—. Pero sigo necesitando encontrar a Garrick.
El camarero suspiró.
—Prueba en La Charca. Está a seis calles de aquí, junto a la vieja fábrica de conservas. Allí se mueve la gente de poca monta. Si Garrick sigue vivo y en el distrito, alguien allí lo habrá visto.
Kael asintió y se levantó del taburete.
—Gracia
—No me des las gracias. No te he ayudado. Solo te he dicho dónde ir para que dejes de molestarme a mí.
Kael salió del bar sin responder
parte 3 LA CHARCA Y SUS CRIATURAS
La Charca no era un bar. Era un descampado.
Un solar vallado con planchas de metal oxidado, situado entre la fábrica de conservas abandonada y un canal de aguas residuales que olía a muerte. En el centro del solar, varios bidones metálicos ardían como hogueras improvisadas, alrededor de las cuales se agrupaban figuras envueltas en mantas sucias, abrigos raídos y capuchas que ocultaban rostros.
Era un asentamiento informal. Un refugio para los que estaban demasiado rotos incluso para El Sumidero.
Kael se acercó con cuidado, evaluando el terreno. El suelo era una mezcla de barro, gravilla y fragmentos de vidrio. Las hogueras proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de la fábrica, creando la ilusión de que el edificio abandonado estaba vivo.
Había quizás veinte personas repartidas por el descampado. Algunas dormían acurrucadas junto al fuego. Otras hablaban en voz baja, en corrillos de dos o tres. Un par de ellas jugaban a las cartas sobre un cajón de madera, usando tapones de botella como fichas.
Todos levantaron la vista cuando Kael entró en el círculo de luz de la hoguera más cercana.
Eran miradas cansadas. Desconfiadas. Miradas de gente que había aprendido que los desconocidos rara vez traían buenas noticias.
Kael se detuvo a una distancia prudencial. Levantó las manos, mostrando las palmas vacías.
—Solo busco información —dijo—. No quiero problemas.
Una mujer de mediana edad, envuelta en un abrigo de lana que alguna vez fue rojo y ahora era de un marrón indefinido, se adelantó un paso. Tenía el pelo apelmazado y los ojos hundidos, pero su mirada era aguda.
—Aquí nadie da información gratis, chico.
Kael asintió.
—Lo sé.
Sacó un billete de veinte del bolsillo y lo sostuvo en el aire.
—Busco a un hombre llamado Garrick. Alias El Topo. Rango C. Habilidad de vibración.
La mujer miró el billete, luego a Kael, luego otra vez el billete.
—¿Eres Cazador?
—Sí.
—¿Cuántos años tienes?
—Los suficientes.
La mujer soltó una risa seca.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Hubo un silencio tenso. Alguien tosió junto a otra hoguera. El viento arrastró el olor del canal, denso y nauseabundo.
—Garrick —dijo la mujer al fin—. Sí, lo conozco. Un rata asquerosa. Debe dinero a medio distrito. Se esconde como una cucaracha. La última vez que lo vi fue hace tres días, merodeando por los almacenes del polígono industrial, al final de la calle del Matadero. Dijo que tenía un golpe planeado. Algo con una caja fuerte.
Kael le lanzó el billete. La mujer lo atrapó al vuelo con una rapidez que desmentía su aspecto demacrado.
—¿Alguna habilidad más aparte de la vibración? —preguntó Kael.
—No que yo sepa. Es un inútil con un poder de mierda. Pero es escurridizo. Tiene instinto de rata. Sabe cuándo esconderse.
—Gracias.
—No me des las gracias, Cazador. Solo quiero que te vayas. Tu presencia pone nerviosa a la gente.
Kael asintió y se marchó sin decir nada más.
Mientras se alejaba del descampado, notó las miradas clavadas en su espalda. No eran hostiles, exactamente. Eran… evaluadoras. Como si cada una de aquellas personas estuviera calculando si merecía la pena intentar robarle, o si el riesgo de enfrentarse a un Cazador, por joven que fuera, era demasiado alto.
Nadie lo siguió.
Parte4 EL POLÍGONO Y LA NAVE ABANDONADA
El polígono industrial era el cadáver de lo que una vez fue el corazón productivo del Distrito Sur.
Naves enormes de hormigón y chapa se alineaban a lo largo de calles mal asfaltadas, con las ventanas rotas y las puertas de carga oxidadas. Algunas todavía conservaban los letreros de las empresas que las ocuparon: Textiles Martín, Conservas del Sur, Logística Rápida. Nombres que ya no significaban nada.
Kael avanzaba pegado a las sombras, utilizando los contenedores de basura y los vehículos abandonados como cobertura. No porque esperara una emboscada, sino por costumbre. El entrenamiento pre-Cazador le había grabado a fuego una máxima: “El cuerpo humano es frágil. Tu habilidad puede ser un cañón, pero si te ven primero, estás muerto antes de poder usarla.”
La calle del Matadero era la última del polígono. Al final, justo donde la carretera se convertía en un camino de tierra que llevaba al vertedero municipal, se alzaba una nave más pequeña que las demás. Una construcción rectangular de unos veinte metros de largo, con el techo de chapa hundido en un extremo y las paredes cubiertas de grafitis.
Era el lugar que la mujer de La Charca había descrito.
Kael se detuvo a unos treinta metros, agazapado tras un coche calcinado que llevaba años en el mismo sitio, a juzgar por la hierba que crecía a través de los agujeros del chasis.
Observó.
La puerta principal de la nave estaba cerrada. Una cadena gruesa, de eslabones de acero, rodeaba los tiradores y se aseguraba con un candado que parecía nuevo. Demasiado nuevo para un edificio abandonado.
Alguien lo ha cambiado recientemente.
Eso significaba que había alguien dentro. O que alguien quería hacer creer que no había nadie dentro y proteger lo que fuera que hubiera dejado.
Kael esperó.
El entrenamiento también le había enseñado que la paciencia era un arma más letal que cualquier poder. Observar antes de actuar. Entender el terreno. Identificar salidas, puntos ciegos, posibles amenazas.
Pasaron diez minutos.
No se oía nada salvo el viento que silbaba entre las chapas sueltas y, a lo lejos, el ladrido de un perro callejero.
Kael salió de detrás del coche y avanzó hacia la nave.
La cadena era gruesa, de eslabones de acero macizo. El candado, un modelo de combinación de cuatro dígitos. Kael no tenía tiempo ni ganas de probar diez mil combinaciones posibles.
Levantó la mano derecha.
Concentrarse en el Vacío era como mirar al interior de un pozo sin fondo. Estaba ahí, siempre, latiendo bajo su piel como un segundo corazón oscuro. No era una sensación agradable. Era fría. Hambrienta. Como si una parte de él estuviera constantemente susurrándole que lo borrara todo, que dejara de contenerlo, que dejara que el mundo desapareciera en un instante de negrura absoluta.
Kael había aprendido a ignorar ese susurro.
En lugar de eso, canalizó una fracción minúscula del Vacío hacia su palma. Una esfera del tamaño de una uña apareció flotando, tan negra que parecía un agujero en la realidad misma. No reflejaba la luz de las farolas lejanas. La absorbía.
Kael acercó la esfera al candado.
El contacto fue silencioso.
La esfera tocó el metal y, en una fracción de segundo, el acero simplemente dejó de existir en ese punto. No hubo chispas, ni calor, ni ruido. Solo una ausencia perfecta. Un agujero limpio del diámetro exacto de la esfera.
Kael retiró la mano y la esfera se desvaneció como si nunca hubiera existido.
El candado, ahora con un agujero que lo atravesaba de lado a lado, se partió en dos y cayó al suelo con un ruido metálico. La cadena se deslizó por los tiradores y se amontonó en el cemento.
Kael empujó la puerta y entró
Parte 5 eL INTERIOR DE LA RATA
El interior de la nave olía a cerrado, a tabaco frío y a algo más. Algo dulzón y desagradable. Comida podrida, quizás. O el rastro de alguien que llevaba demasiado tiempo sin lavarse.
Kael avanzó con cuidado, los sentidos alerta.
La bombilla desnuda que colgaba del techo estaba encendida, lo cual confirmaba que alguien había estado allí recientemente. La electricidad en el polígono industrial llevaba años cortada oficialmente, pero los ocupantes ilegales siempre encontraban formas de engancharse a la red.
El espacio estaba dividido en dos zonas por una cortina de lona sucia. La parte delantera, donde se encontraba Kael, era un caos de cartones apilados, botellas vacías, latas de conserva oxidadas y montones de ropa vieja. Una cama improvisada, hecha con palés y un colchón sin sábanas, ocupaba una esquina.
La parte trasera, oculta tras la cortina, estaba a oscuras.
Pero Kael oyó algo.
Un roce. Apenas audible. El sonido de una suela de zapato arrastrándose sobre cemento.
—Garrick —dijo Kael, sin alzar la voz—. Sal.
Silencio.
Luego, un movimiento brusco.
La cortina de lona se apartó de golpe y una figura salió disparada hacia la puerta. Un hombre de unos cuarenta años, calvo, con una camiseta blanca llena de agujeros y unos pantalones de chándal sucios. Corría agachado, con la cabeza gacha, como si esperara que le dispararan.
Kael ni se inmutó.
Cuando Garrick llegó a la altura de la cadena caída en el suelo, su pie tropezó con los eslabones y se fue de bruces contra el cemento. El impacto fue feo. Rodilla contra suelo, manos arañadas, un quejido ahogado.
—Mierda, mierda, mierda…
Kael se giró para mirarlo.
Garrick se dio la vuelta, quedando sentado en el suelo, y alzó la vista. Sus ojos, pequeños y acuosos, se encontraron con los de Kael. Eran los ojos de un animal acorralado. Un animal que sabía que no tenía escapatoria pero que aún conservaba el instinto de morder.
—¿Quién coño eres tú?
Kael sacó la placa del bolsillo. La mostró sin ostentación.
—Cazador. Estás atrasado con tu entrega.
Garrick palideció. Su mirada saltó de la placa a la cara de Kael, luego otra vez a la placa, luego al agujero perfecto en el candado caído, luego otra vez a Kael.
—Pero si eres un crío. ¿Qué tienes, catorce años?
—Quince.
—Mira, chaval, esto es un malentendido. Yo no he hecho nada grave. Solo algunos robos. Cosas pequeñas. Nada de sangre, ¿vale? Nada de…
Kael levantó la mano derecha.
Garrick se calló de golpe.
Una esfera de Vacío apareció flotando sobre la palma de Kael. Pequeña. Del tamaño de una canica. Negra como el fondo de un pozo sin luz. Girando lentamente sobre sí misma.
Garrick la miró. Tragó saliva.
—Espera. Espera, espera, espera.
—No voy a esperar —dijo Kael—. Vas a responder...
... "