LIVE
Loading live headlines…
Home Trending World Technology Entertainment Gaming Sports Music Science Lifestyle Business About Contact
c/LiteraturaESP by u/fictograma 3w ago fictograma.com

Pasajeros

3 upvotes 0 comments
Pensar en la muerte produce un pequeño escalofrío debido al fino velo que se descorre y que separa este mundo de su reino, ya que la muerte convive con nosotros en otro plano. Así, los siguientes pasajeros, verán que mientras en este lado eran las tres de la tarde de un soleado día de primavera; en el otro, un crepúsculo eterno dejaba ver nuevas y extrañas construcciones compartiendo el espacio físico con las que conocían. Lo urbano violentado por construcciones góticas y rústicas, inmensos y detallados edificios rodeados por otros que surgían de la roca como órganos vivientes.

Alberto ya no pensaba en la muerte, él ya tenía unas ideas bien arraigadas y sobre todo la veía como el punto previo a múltiples posibilidades, muchas provechosas para él. Nora y Genaro pensaron en ella en ciertos momentos de sus vidas y dejaron de hacerlo al sentir la brisa helada de origen desconocido. Efraín pensó mucho en ella en los últimos meses y no esperaba nada, sólo la calma que le traería la no-existencia. Por eso tardó en darse cuenta de que estaba muerto…

*

Efraín escuchaba reír a sus hijas en el dormitorio contiguo cuando tuvo una fugaz sensación de aprisionamiento en su pecho, justo al quedar en penumbras su habitación.

Con las manos cerca de su corazón, llevadas por reflejo, notó el denso silencio por el horrendo chillido que lo intervino como una incisión. Luego notó el par de ojos blancos que lo observaban, pertenecían a un hombre de ropas más oscuras que su cuarto. Un hombre delgado, alto que usaba un sombrero negro de ala ancha y que lo observaba paciente. Efraín con espanto lo vio acercarse deslizándose a ras del suelo y sin hablar puso su mano huesuda sobre su hombro. Debía acompañarlo, supo. En ese momento se vio de pie y, también, en su cama como durmiendo un sueño. Salió de su casa caminando con dificultad, el aire le ofrecía resistencia.

Afuera vio el mundo en penumbras y creyó observar un cuadro de pesadilla del cual él era una pequeña pincelada. Miró lo más cercano, la carroza tirada por caballos y entendió que de ese sueño no despertaría jamás.

—Estoy muerto —dijo. El hombre oscuro, que abría la portezuela de la carroza, le entregó una sonrisa. Es el cochero, se dijo Efraín tratando de mantener la calma, tratando de ahuyentar el miedo.

La creencia de Efraín sobre la muerte era debido a su pragmatismo formado por los golpes de la vida, estos le hicieron renunciar a la religión, a la espiritualidad y sus esperanzas como quien rechaza una camisa que, aunque siga en el clóset, nunca volverá a usar. Por eso cuando cayó enfermo tres meses atrás no volvió a su religión, a pesar de que sabía que esta le haría enfrentar y pasar de mejor manera su enfermedad. Ahora supo que si no le fue de ayuda en vida tampoco lo haría en la muerte. Una cruel reflexión que hizo mirando los caballos que estaban huecos y cuya piel parecía hecha de jirones de tela flameando con el viento ausente. Entró al coche.

El interior tenía un acolchado escarlata y parecía llevar solamente penumbras. Efraín se sobresaltó en el momento en que se puso en marcha el coche, en ese momento vio un par de puntos amarillos tenues frente a él, al recibir el saludo vio que pertenecían a un hombre joven de tenida formal. Fue un saludo muy amable que dejó al descubierto un diente de oro en la sonrisa de su acompañante. Efraín devolvió el saludo tartamudeando.

—¿Cómo se siente? ¿Desorientado todavía? A mí ya se me pasó —le dijo a Efraín en un tono tan afable que cualquiera diría que estaba feliz—. Ya sé. No me reconoce, me deberé presentar. Soy Alberto Aless, fui vecino suyo. Era pensionista de la señora Rocío.

—Oh, sí, claro —respondió dudando.

—¿No escuchó hablar de mí? Era vendedor de seguros. Nos vimos como dos o tres meses atrás en el almacén de la esquina…

Hablaba rápido en un tono molesto, su seguridad mostrada en un principio le abandonaba. Ante esa conducta humana Efraín sintió un poco de seguridad, ya que tenía compañía en aquel mundo siniestro.

Efraín hizo memoria y con un vahído vino a su mente el recuerdo de un preinfarto en el almacén vecino. El recuerdo vino con color y dolor, y también aparecieron un par de imágenes imprecisas de Alberto. En una Alberto se le acercaba empuñando un bastón, en la otra llevaba un maletín. Así ubicó a Alberto en el hospital donde estuvo convaleciente. Se lo hizo saber a Alberto.

—¡Claro! —dijo volviendo a mostrar su sonrisa y su diente de oro —Ve, yo debo haber ido a visitar a un… ¡ejem!… cliente. Le debo haber llevado algún formulario.

Efraín le sonrió. Sí, le tranquilizaba ver a alguien conocido y le hacía olvidar el miedo que sintió antes de entrar al coche cuando vio las calles desiertas, ausentes de gente viva. Volvió a mirar al exterior por la pequeña ventanilla.

—¿Y esos otros coches? ¿Dónde van? ¿Dónde nos llevan? —preguntó ligeramente inquieto. Un escalofrío le dio una pequeña sacudida al ver una figura deforme moviéndose, ocultándose en las sombras—. ¡Eh…! ¿Y eso?

Alberto se irguió en el asiento, acomodó su corbata y juntó sus manos. A Efraín le pareció ver los movimientos rutinarios que usaba cuando vendía seguros. Reforzó la idea cuando tosió antes de hablar.

—En nuestro culto decimos… decíamos que antes del principio estaba el Creador y otras criaturas menores; la piedad del Creador hizo que creara un mundo para su criatura, el hombre, y que dejara para las criaturas menores una dimensión distinta del mismo mundo. Ese mundo se llamó “Purgatorio”. Sin embargo, yo creo que el Purgatorio es más pequeño y debe estar allí —mostró un lugar a lo lejos que irradiaba un arco de luz.

El coche se detuvo permitiendo a Efraín mirar mejor ese lugar y lo asoció a una ciudad iluminada, que además de luz irradiaba tranquilidad.

Se abrió la portezuela y vio entrar a una vecina: la señora Nora.

*

Nora era una mujer alegre de estatura media y canosa. Ella dijo cuando comenzaron a aparecer aquellas canas que se debían a su hijo rebelde. Enviudó quince años atrás y hace siete que vivía sola. Sus hijos la visitaban en algunas festividades y en algunos cumpleaños, en el último no vinieron ni llamaron, fue ahí cuando pensó “estaré muerta” y como no vio ningún túnel, ni a un familiar que se hubiese ido antes esperándola descartó la idea. Ahora, un mes después, pensó en ese hecho como una señal que pasó por alto.

Mirando su cuerpo caído sobre el piso de madera recién encerado dijo sonriendo:

—Mejor lo hubiese sabido, así no habría encerado y me hubiese dado un lujo.

El pesado silencio y el pasillo semioscuro la cubrió de un frío aterrador que borró su sonrisa. Nora se aferró en lo más poderoso que conocía, en su Dios cuya señal de sacrificio de su único hijo pendía en su cuello. Y comenzó a rezar. No se asustó ante la presencia del cochero, ni a su mano en su hombro. Lo siguió hacia fuera. Ella también notó la resistencia del aire, pensó que caminaba en una piscina, e incluso asoció a eso la sensación fugaz de morir, le pareció que era como sumergirse en el agua, donde los movimientos son lentos y los sonidos llegan distorsionados.

Rezaba buscando seguridad para enfrentarse al nuevo y retorcido panorama y la encontraba. Brevemente se alteró al sentir en sus huesos un chillido, miró hacia arriba y vio a un animal volador, desvió la mirada de aquella atrocidad y rezó con más fuerza antes de entrar en el coche. Vio un rostro conocido y otro que la semioscuridad del interior no le dejaba ver. Continuó rezando.

El coche se puso en marcha, miró hacia el exterior donde se veía luminosidad y sintió que ese lugar emanaba muchas emociones, pero por sobre todas era la tranquilidad la que resaltaba. Para Nora esto era importante, ya que aun cuando lo que estaba viviendo no lo esperaba, sus convicciones la enfocaban a la tranquila esperanza emanada del lugar luminoso y lo sopesó con la cruz que sujetaba entre sus manos.

Nora escuchaba a sus acompañantes cuya conversación tras la cortina de sus rezos llegaba como hablada en un lenguaje desconocido para ella. En un momento comenzó a sentir la presencia de la maldad, en eso el coche se volvió a detener y al rato entró un sujeto joven de rostro familiar.

*

—No me respondió el saludo… ¿No me habrá oído?

—Está encerrada en su mundo —señaló Alberto, se paró y se sentó al lado de Efraín —Mire, tiene agarrado el crucifijo y está rezando.

—Tiene razón pues… ¿Habrá estado enferma?

—No sé —respondió desinteresado con un movimiento de hombros.

Miraron hacia el arco luminoso del exterior como lo hacía Nora en ese momento.

—El resto del paisaje es terrorífico… y ahora pensándolo bien… No me asustó verme acostado en la cama.

—A nadie le ocurre… sí, todos al morir vemos nuestros cuerpos. Es como una imagen psíquica de La Vida que pasa a este mundo.

—¿Y podemos ver los cuerpos de otros?

—Yo… No lo creo… ahí sé tanto como usted, supongo que están un rato y luego se desvanecen. Ocurre que en nuestro culto se contaban muchas historias, pero saber que tan ciertas son es una labor difícil.

—Por lo visto un culto como el suyo me hubiese preparado a la muerte. ¿Cómo qué historias contaban?

—Hay una que recuerdo ahora… no sé por qué. Era así: Una niña de unos seis años empezó a ver una noche desde su cama una luz de una llama que iluminaba una habitación en su patio. Una habitación que sólo existía mientras duraba la llama y sólo de noche. En el patio no había rastros de algo así. Se lo contó a sus padres quienes se sorprendieron por el lujo de detalles. Una noche llamó a gritos a sus padres diciéndole que había aparecido un hombre en esa ventana y que huía de algo, que vio miedo en el rostro del hombre. Los padres la tranquilizaron y la hicieron dormir. Al otro día la niña les dijo que se había despertado y vio al hombre hacerle señas, como indicándole que huyera. Los padres estaban preocupados e inmediatamente pidieron hora con algún especialista. La niña nunca fue. Esa noche los padres escucharon el ruido de vidrios al romperse, fueron a ver al cuarto de su hija y ella no estaba. La ventana estaba rota, la cama desordenada. Los investigadores que vieron la escena dijeron que fue atacada por perros. Lo dijeron para poder explicar unas extrañas huellas de animales encontradas en el dormitorio y que se perdían en la mitad del jardín del patio.

—Uff… habrá sido un animal de esos que vi hace poco, ¿No?

Alberto movió los hombros y dijo:

—No lo sé, puede… puede ser un invento… Arg… me está molestando la letanía de esta señora —se tapó la cara y se agachó colocando su cabeza entre las piernas.

—Oh… vamos —Efraín se calló, el coche se había detenido. Luego se abrió la portezuela era un muchacho que conocía, se llamaba Genaro.

*

A Genaro le ardía el cuello. Estaba de pie en una pose que demostraba agotamiento. Sus ojos se habían agrandado como platos y tenía la mirada perdida. En realidad, observaba el terrible paisaje. Sabía que, a pesar de que su cuerpo colgaba de una rama del árbol, no había logrado huir, que solamente había cruzado el espejo.

Tres meses atrás, Genaro, comenzó a oír voces. Fue el día después de que su novia rompió con él. Las voces en un principio fueron algo ininteligibles para con el correr de los días se hicieran más nítidas, más coherentes: “Debía hacer pagar a su novia. Debía matarla para ser pagado. Matarla para que no fuera de otro”.

Las voces además le sugirieron seguirla y cuando hace una semana la vio riendo con un compañero de trabajo en un Café, Las voces se transformaron en una sola voz, su propia voz, le dijo que el momento había llegado.

—¡Mátala! Córtala en trocitos y baila sobre sus restos… ¡Vamos, hazlo!

Pero Genaro se opuso. Y hoy cuando se vio en el espejo como un doble malvado reprendiéndose, se quiso liberar. Se le presentó un deseo potente que le hizo buscar una cuerda y en su auto condujo hasta donde estaba el árbol que tenía el corazón tallado con su nombre y su novia. Allí terminó todo, suicidándose.

En los pocos segundos que luchó por liberarse de la cuerda todo alrededor se cubrió con llamas, estas desaparecieron y se encontró de pie mirando su cuerpo colgado de un árbol negro, que más parecía una garra cadavérica emergiendo de la tierra de ese mundo de penumbras con convulsionadas construcciones. Estaba sorprendido, ese paisaje retorcido lo había visto tras su doble malvado en el espejo. Había perdido, estaba exhausto y asoció a su cansancio la pesada densidad del aire.

Sintió una pesada mano en su hombro y al voltearse se encontró con el cochero. No sintió temor de él, lo siguió.

Genaro creía en Dios a su manera, lo veía como un ser todopoderoso con intenciones misteriosas, desconocidas para todos. Y frente a este escenario su idea se mostraba más real. “¿Esto es la otra cara de Dios?”, se dijo en un tono mezcla de pregunta y afirmación.

Se enfocó para mirar hacia adelante y su mirada fue al interior de los caballos. Sin quitarle la vista entró en el coche. Allí había un par de personas conocidas y a otro que no podía ver ya que estaba agachado. Se sentó al lado de la mujer.

—¿Hacia dónde va este coche? —le preguntó al viejito que no le sabía el nombre, pero recordaba que era amigo de su padre.

*

—Allí —respondió Efraín indicándole la ciudad iluminada. Efraín conocía al joven, era hijo de un amigo llamado Hipólito.

Genaro se llevó las manos al rostro. Efraín le preguntó que le sucedía y fue Alberto quien respondió, levantando un poco la cabeza de sus piernas.

—Está marcado —su voz salió como un gemido—. Mire en su cuello hay algo brillante, es una marca. El joven está consciente que no podrá llegar a la ciudad de las estaciones.

—¿Marcas, Estaciones? ¿Otras historias de su culto…? Vamos… qué cosas dice. ¿Y ahora qué le pasa?

—¿No se ha puesto a pensar en lo que deja? ¿En sus amores, amistades, en su vida? ¡Arg! —Terminó con un quejido.

Aquellas preguntas Efraín las recibió como un golpe cuyo dolor se fue a sus ojos. Miró a sus compañeros de viaje y al verlos en sus propios mundos pudo dejar que las lágrimas cayeran sin vergüenza. Pensó en sus hijas, recordó un paseo que dio con ellas el año anterior. Allí sus hijas jugaban sobre un pasto verde. Jugaban y reían, incluso él. Pensó en la licenciatura de su hija mayor ese final de año, a la que no podría ir. Pensó en los años que le faltaban a la menor para poder terminar sus estudios. Pensó en todas las alegrías que no podría compartir con sus hijas. Pensó en que no podría asegurarse que tuvieran una buena vida. Lloró por los que quedaban vivos.

Escuchó los gemidos de Alberto como llantos fracturados. Se secó sus lágrimas y vio como Alberto tenía pequeños espasmos. Efraín le puso su mano en el hombro, un gesto que sin palabras le pedía calma.

—Las marcas —la voz de Alberto parecía provenir de un teléfono con mala señal—… ¿entiende? Las marcas fueron hechas por criaturas que cruzaron al mundo de los vivos ¿Entiende? …Usted también tiene una… en su pecho.

Efraín miró la cara de Genaro, tenía pánico en su rostro, pero… no lo miraba a él miraba a Alberto. Efraín comenzó a retirar lentamente su mano.

*

La brillante ciudad que apuntaba Efraín quebró algo en el interior de Genaro. Él estaba seguro de que escuchó romperse el cristal de su alma. Sintió las caricias de las esperanzas y supo que ellas no eran para él, se tapó la cara y comenzó a llorar.

Entre sus sollozos y los rezos de la mujer de al lado escuchó conversar a las personas de enfrente. Uno de ellos dijo que él estaba marcado y él lo sabía desde que vio las llamas al quitarse la vida. La voz del que habló de marcas tenía algo especial, una tonalidad, como un acento conocido. Miró de quien era. Era del tipo que estaba al lado del viejito amigo de su padre. Se esforzó en ver al sujeto… vio su rostro y empezó a entrar en pánico. La piel colgaba en jirones como los caballos del coche, sus ojos eran de un tenue amarillo, pero lo más atroz era el diente de oro que confería a ese extraño rostro un rasgo humano monstruoso. Quería arrancar, miró a la mujer a su lado, ella miraba el arco luminoso; miró al viejito y sus miradas se cruzaron. Vio como el viejito retiraba la mano que tenía en el hombro de su acompañante.

*

La maldad en el interior del coche se asemejaba a una señal que trataba de interferir, de minar las fuerzas de Nora. Ella apretó con fuerza el crucifijo hasta que esto le causó daño en su mano. Rezó más alto y con más fuerza. Miró hacia la luz pidiendo esperanzas y energía para mantenerse en el coche cuando todo se complicó y la portezuela se abrió.

*

Efraín miraba a lo que le había acompañado, tratando de ver de qué se trataba, que estaba oculto bajo la piel humana. Hasta que ‘eso’ lo miró también, un animal parecido a los que estaban afuera.

Alberto (fuera lo que fuera) movió rápido su brazo rompiendo las telas del camisón de Efraín dejando al descubierto un manchón brillante a la altura del corazón. Efraín también se lo miró y la imagen de Alberto empuñando un bastón volvió con nitidez y lo recordó, de alguna manera ocultándose en el aire y dándole una estocada, provocándole un preinfarto.

*

Genaro habló al oído a Nora, ella sólo cerró los ojos con fuerza. Luego él abrió la portezuela y saltó. A pesar de que el aire era más denso y se le interponía trató de correr lo más rápido que podía en sentido contrario al coche. Entró en una casa de roca. Oculto en la oscuridad se puso a pensar en que podía hacer en ese ambiente siniestro. Teniendo claro que debía mantenerse a salvo mientras encontraba una forma de huir, porque debía haber una forma de escapar. Dios debía ser misericordioso.

Trató de ver qué cosa podía usar como arma y la oscuridad allí adentro no lo dejaba. Luego escuchó un golpe sobre el techo de aquella casa. Estaba seguro de que era un animal, fue hacia la puerta para ver por donde alejarse y quedó petrificado con el chillido de aquella criatura.

Luego ese animal le habló.

*

—¿No quieres saber más historias? Tal vez conozca una larga que retarde tu hora —dijo Alberto (fuera lo que fuera), mostrando su sonrisa humana que desencajaba en su bestial rostro.

Efraín en su estado de sopor siguió el ejemplo de Genaro y saltó. Su caída fue lenta e indolora. La bestia salió del interior del coche ya sin rasgos humanos. Efraín miró alrededor y el escenario del que formaba parte no daba confiabilidad. Se preguntó qué sucedería con Genaro y con Nora.

La bestia puso su pie sobre Efraín y le dio una dentellada en el hombro. No salió sangre de allí, y sin embargo la bestia estaba complacida. Efraín pensó en sí mismo y no había nada en que pensar, sólo en cuando acabaría el dolor, ya que sería difícil morir cuando ya estabas muerto.

*

—Querido, Genaro –dijo la criatura oculta en la oscuridad de aquella casa, con una voz que parecía ser tres voces y una de ellas era la misma voz que él escuchó desde el otro lado del espejo, en su otra vida—. Esperaba tener una conexión contigo, porque, así como te dije que matarás a tu noviecita, jugaré con tu cuerpo

—¿Entonces, esto es el infierno? –dijo Genaro observando afuera, buscando que usar para defenderse.

—No, aunque te lo parezca. Dejemos la charla, comencemos nuestro juego.

—¿Qué juego?

—En el que tú corres y yo te alcanzo, y luego te despedazo y te vuelvo a armar… para practicar otro juego. Pero antes yo me quedaré con tu oreja y luego te la entrego…

Durante la conversación se había acercado a Genaro y cuando terminó de hablar dio un manotazo arrancándole la oreja derecha. Y al instante volvió a chillar.

Genaro sintiendo el dolor ardiente en su oído y cuello comprendió que la criatura reía. Y como no veía al animal se le presentó un nuevo temor que le hizo huir sin ningún destino conocido. Temiendo que en algún momento sería la oscuridad o el paisaje el que terminaría devorándolo.

*

El coche llegó a la ciudad iluminada, toda blanca como construida con mármol blanco y brillante. Nora bajó con la ayuda del cochero cuyo rostro no reflejaba emoción por la pérdida de pasajeros. A Nora le dolían los ojos y no sabía si era por la luz o por lo que di
Visit source Open discussion